“Seminario
Misionero San José”
Trabajo investigación
de:
Marvin Brando
Ticona Caypa
Tema: Historia de Teología Moral
Curso: Teología Moral
Prof.: Efraín Huanca Cáceres
Tacna – Perú
Tabla de contenido
Tabla de contenido..........................................................................2
Introducción.....................................................................................3
1. La moral en la Sagrada Escritura 4
2. La moral en la doctrina patrística 4
3. Del siglo V al XII 7
4. La moral en la alta Edad Media: Santo Tomás de Aquino 7
5. Siglos XIV al XVI 9
5.1. La revolución de la moral en Ockham 9
5.2. La teología moral como ciencia independiente 9
6. Siglos XVII—XVIII 11
7. Siglo XIX y comienzos del XX 11
7.1. Renovación de la Teología moral 11
7.2. Nuevas corrientes con ocasión de la renovación de la Teología
moral: la “nueva moral” y la “ética de situación” 12
7.3. Otros intentos de renovación y fundamentación de la Teología
moral 12
8. El Concilio Vaticano II 13
9. La Teología moral después del Concilio Vaticano: algunas tendencias y
cuestiones en debate 14
9.1. La moral autónoma 14
9.2. La opción fundamental 14
9.3. El teleologismo 15
10. Últimas intervenciones del Magisterio de la Iglesia sobre temas de moral
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Introducción
El ejemplo de la vida de Cristo y el mensaje moral predicado por Él ha
originado no sólo la vida cristiana, sino también la reflexión científica sobre
ese mensaje, que se desarrolla a lo largo de la historia de la Iglesia. Es
importante conocer los momentos más significativos de ese proceso, las
dificultades con las que se han enfrentado los teólogos para presentar
fielmente la moral cristiana, las soluciones que han aportado, y cómo ha
ejercido la Iglesia en las diversas épocas su función de enseñar la verdad
moral sirviendo de guía para el pueblo cristiano.
Se ha de tener en cuenta que, si bien es cierto que en los principios
morales proclamados por la Revelación “la moral no cambia”, sin embargo ha
habido un proceso (en ocasiones lento) en la elaboración doctrinal de esos
principios.
Además la historia es testigo del nacimiento de nuevos temas, de cómo
se suscitan y que respuesta moral reciben, pues la Iglesia, en su conciencia
social y publica, se hace eco de ciertos problemas y elabora la respuesta
doctrinal adecuada, según la enseñanza de la Escritura y los datos de la
Tradición.
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Pero no se ha de caer en cuenta que ninguna de esas aportaciones de la
historia es motivo para caer en una consideración relativista ni de la vida
moral ni de la doctrina que la interpreta, sino que más bien se trata de una
aportación positiva para comprender la teología moral católica en toda su
riqueza y originalidad.
Sin descender a detalles, que excederían nuestro propósito, es muy útil
hacer un breve recorrido para contemplar los momentos más significativos de
la historia de la Teología moral. Porque para comprender la forma genuina del
obrar cristiano, hemos de introducirnos en la tradición viva que es la vida de la
Iglesia. Es en ella donde percibiremos en una historia los principios que
definen el existir cristiano.
Historia de Teología Moral
1. La moral en la Sagrada Escritura
En los Evangelios no hay una exposición sistemática de la doctrina
moral. Sin embargo, en él se encuentra una verdadera doctrina moral
completa, unitaria, universal y original.
Las enseñanzas morales de Jesús están todas comprendidas en el
anuncio de la Buena Nueva.
Cristo, el único maestro de la nueva alianza, fundada en la oblación de
su propia sangre, establece una nueva ley, una ley de proporciones inauditas:
la de vivir con Él, la de seguir sus huellas, servir por amor, cargar con la cruz,
ser humilde y amar incluso a los enemigos.
El Evangelio contiene verdaderas normas precisas que abarcan todas
las relaciones del hombre con Dios, consigo mismo, con los demás y frente a
las cosas. Son normas encauzadas hacia la unidad interior y propia del amor.
Dos características muy importantes de la moral de Jesucristo son las
siguientes:
a) Es universal: está destinada a todos, no solamente a los elegidos;
incluso a los pecadores.
b) El mismo Jesucristo se presenta como ejemplo y modelo de vida
moral.
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La exigencia moral de la vida cristiana está presente en toda la
predicación apostólica. Algunas cartas contienen de manera especial la
exposición de los más variados temas de moral: especialmente las cartas de
San Pablo a los Romanos, la segunda a los Corintios, a los Efesios y a los
Colosenses.
La doctrina moral de San Pablo se centra en Jesucristo y en la
incorporación a Él, que el hombre recibe en el sacramento del Bautismo. De
Él viene la novedad de vida en Cristo, cuya incorporación se realiza, se
perfecciona y se consuma en y por medio de la Iglesia.
2. La moral en la doctrina patrística
No hay, en los inicios del cristianismo, una preocupación por estructurar
de modo sistemático los misterios revelados.
Los escritos del nuevo testamento muestran como los apóstoles salieron
al paso de las cuestiones éticas de su tiempo y aplicaron el mensaje moral de
Jesús a las nuevas circunstancias en las que se encontraban las primeras
comunidades cristianas en el mundo judío o pagano. Cabría destacar la
denuncia de los problemas morales de la comunidad de Corinto y las
soluciones que san Pablo aporta.
Así la Didaque, en catequesis a los que van a ser o han sido
recientemente bautizados, expone la nueva vocación como la elección entre
dos caminos: el de la iniquidad y el del bien (lo cual tiene fundamento bíblico
en Dt. 30, 15-20 y en Mt. 7, 13-14). Pues bien el autor de este escrito la
propone a quienes se han decidido por el camino del bien y les advierte sobre
el riesgo de volver al camino del mal.
Además, este escrito articula sobre ambos caminos una lista de virtudes
y vicios, lo cual permite conocer el catálogo de acciones que se consideraban
pecado en esta primera etapa.
En los escritos de los Padres domina la predicación y la catequética
sobre el trabajo más específico de construcción teológica, aunque
evidentemente ésta no falta. En esa catequesis, la exposición de las verdades
morales ocupa un lugar importante, y se pueden encontrar todos los temas
centrales de la moral fundamental y especial.
Algunas características de la moral de los Padres:
La moral, en los padres, se halla íntimamente ligada a la Teología
sistemática. No se presenta como una aplicación de principios racionales,
sino como una dimensión más de la fe que en sí misma es una vida. El modo
de plantear la moral está unida a una concepción de la vida feliz, que no
consiste en una serie de normas morales, sino en una concepción de
conformar una vida en su totalidad como un camino de salvación, en el que se
destaca la centralidad de Cristo.
El influjo del neoplatonismo y del estoicismo es grande, pero los Padres
asumen algunas de sus aportaciones desde los principios genuinamente
cristianos. Por tanto la relación con estas corrientes de pensamiento no se
puede considerar e ningún modo como traición a la pureza de la revelación,
sino precisamente una muestra de fidelidad a la misma. Los Padres usan con
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gran naturalidad de la filosofía de su tiempo, pero siempre después de
haberla contrastado y purificado desde el superior conocimiento de la fe
La riqueza y espontaneidad con que se nutre de la Escritura. Los
Padres son particularmente conscientes del carácter inspirado de la Biblia,
reconociendo a Dios como su autor principal: la fe con que leen el texto
sagrado y procuran ponerlo por obra les lleva a extraer en abundancia su
fuerza directiva para la conducta humana.
No separan la moral de la dogmática, ni de la espiritualidad.
Inculcan, como exigencia para todos los cristianos y no sólo para
algunos, el deber de llevar una vida santa, en contraste con la decadencia
moral que les circunda, y en medio de la cual dan un audaz testimonio.
Merecen destacarse por la especial abundancia y riqueza de sus
consideraciones morales los escritos de:
Clemente de Alejandría (150-210) en su obra El pedagogo. En ella pone
como maestro de moral al Verbo y desarrolla el modo propio de enseñanza en
el libro primero donde analiza en el la vida según la razón que conduce a la
vida feliz y divina.
Orígenes, también sistematiza las distintas doctrinas sobre la
construcción del acto humano para poder compaginarlas con una libertad
cuyo horizonte ya no es el solo cosmos, sino que está en una dinámica
espiritual que acaba en Dios
Los Padres Capadocios presentan una teología de la libertad en la vida
cristiana con una unidad profunda entre la vida espiritual, en el conocimiento
divino y la vida moral.
San Basilio (329-379) tiene una preocupación practica y espiritual que se
concreta en su Regula Pastolaris. Entiende la vida ascética desde los
principios del amor que la guía internamente.
San Juan Crisóstomo (340-407), en una vertiente más exhortativa,
muestra la importancia de la práctica de la fe. Insiste en las exigencias de la
vida moral social frente a las desigualdades y lujos de la sociedad bizantina
de su tiempo.
San Ambrosio (339-397) en su libro De officis ministroum, es un tratado
de virtudes que sigue el esquema de virtudes cardinales de las cuales se
desprenden los distintos deberes que corresponden a cada persona en su
situación.
Pero la primera estructura científica de la Teología Moral se debe a San
Agustín (354-430); no es que elabore una Teología Moral como ciencia
autónoma, sino que analiza de modo orgánico, dentro de la Teología, las
grandes cuestiones morales, de modo semejante a cómo habría de hacer
más tarde Santo Tomás.
Algunas características de la moral de San Agustín:
Considera la moral cristiana como un vivir de las verdades profesadas
por la fe, que dispone el alma para conocer y poseer plenamente a Aquél en
quien ha comenzado a creer.
Las realidades temporales, aunque dotadas de un valor propio, sólo
cobran su verdadero sentido como vías de acceso a Dios. Tampoco debe el
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hombre buscar su finalidad en sí mismo: fuera de Dios nada se debe amar
como último fin. La actividad moral consiste en amar bien, conforme al orden
que la fe nos da a conocer.
La moral cristiana no está centrada primordialmente en la idea de
obligación y de ley, aunque las comprenda y valore en su importancia, sino
sobre todo en el ideal de la perfección humana: más aún, de aquella
perfección por la que el hombre alcanza la salvación, la felicidad temporal y
eterna.
La novedad cristiana radica en ser capaz de liberar al hombre de la
situación de esclavitud e impotencia moral en que se encontraba, mediante la
verdad y la gracia de Jesucristo, según el panorama de las bienaventuranzas.
3. Del siglo V al XII
La época que va de finales del siglo V al X es poco activa en el campo de
la construcción teológica. Las Etimologías de San Isidoro son una obra
representativa de estos siglos.
Desde el punto de vista de la Teología moral, la novedad más importante
es la aparición de los libri poenitentiales, cuya función es ayudar a los
confesores a fijar las penitencias aplicables en el sacramento de la Confesión.
Donde tratan de ofrecer un criterio y hasta la medida exacta de penitencia que
se debe imponer por los distintos pecados. Estamos en un tiempo en el que
se inicia la confesión frecuente, que coincide con una situación generalizada
de la falta de cultura teológica en el clero y se precisa conocer una “penitencia
tarifaria”. No se trata, pues, de la exposición moral inspirada en la Escritura,
sino que más bien recoge el contenido de los cánones de diversos concilios
provinciales.
Un momento de tensión intelectual fue la discusión entre San Bernardo y
Abelardo acerca de la relación entre conciencia y norma. El santo de Claraval
acentuaba la importancia de la norma, mientras que Abelardo salía en
defensa de la conciencia. Pero el origen de la discusión y el contexto
intelectual era diferente al que hoy despierta este mismo problema.
En el periodo más avanzado de la época clásica de la patrística, surge
como género literario el comentario moral de la Sagrada Escritura. San
Gregorio Magno consagra un modo propio de exegesis moral que será
seguido en toda la Edad Media, que se va a denominar: sentido tropológico.
En esa situación, y en medio de las disputas monotelistas, se produce el
estudio más pormenorizado del acto humano a partir de la influencia de
Aristóteles que recoge Nemesio de Emesa y que luego consagrará san
Máximo el confesor y llegará a la gran escolástica por la recopilación de san
Juan Damasceno.
El siglo XI conoce un renacer de la tarea teológica con el inicio de la
escolástica. El descubrimiento de la filosofía de Aristóteles ejerce su positiva
influencia, aunque a veces provoque desviaciones, como en Berengario de
Tours, pero en tantos otros permite un progreso en la Teología que redunda
en la mejor comprensión de la fe.
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El personaje de esta época más digno de destacar por su servicio a la
teología es San Anselmo de Bec que, usando los recursos de la lógica
dialéctica de su tiempo, intenta organizar de modo sistemático los distintos
temas propios de la teología. En lo concerniente a la teología moral, hay que
destacar su modo peculiar de concebir la relación existente entre libertad y la
verdad como fundamento para comprender la acción del hombre pecador y
redimido.
4. La moral en la alta Edad Media: Santo Tomás de Aquino
El carácter unitario de la ciencia sagrada sigue en la edad de oro de la
Escolástica (siglos XII y XIII). Para los representantes de esta época, la
Teología es un tratado de Dios, del hombre y del mundo en cuanto creados
por Dios y redimidos por Cristo; no cabe entender quién es el hombre sin
recurrir a Dios: la antropología cristiana es teocéntrica.
La gran figura del método dialectico, de la lógica de Aristóteles, es Pedro
Abelardo, que presta una atención destacada a los temas morales por sí
mismos. Al plantear la división general de la teología lo hacen según la triada:
fe, caridad y sacramentos, con ello da una autonomía de la moral que
adjudica la caridad. Su obra principal fue: Ethica seu liber dictus scito te
ipsum. En este libro va a formular los temas principales que luego serán
puntos de discusión para la escolástica posterior: la intención subjetiva de la
acción, la conciencia y el pecado. Su objetivo fundamental es recuperar el
aspecto personal de la acción frente al objetivismo craso de los penitenciales;
aunque por su modo dialectico de reflexionar, valora la acción desde el
exterior y llega a opiniones poco equilibradas.
Por eso Alejandro de Hales va a ser el inspirador y principal autor de la
primera Summa Theologica denominada también Summa Fratis Alexandri. La
estructura que sigue toma la configuración en cuatro libros propia de Pedro
Lombardo: 1° la Trinidad, 2° la Creación, 3°Jesucristo, 4° los Sacramentos y la
escatología. San Alejandro Magno aporta una mayor atención a la psicología
del acto humano en la que, con una teoría del conocimiento más desarrollada,
simplifica los complicados sistemas a los que había llegado la escuela
franciscana con Juan de la Rochelle.
Santo Tomás de Aquino representa la cumbre de este período áureo de
la ciencia teológica.
Dentro de su concepción teológica, la moral está armónicamente
integrada con la dogmática. Los temas básicos de la moral, en la Summa
Theologiae, forman la Secunda pars; esto ha llevado a identificar la moral de
Santo Tomás con las cuestiones en ella tratadas; en realidad toda la Summa
Theologiae es dogmática y moral.
En la Summa contra gentes los temas morales aparecen desde la
primera página del libro I, pues Dios es el Creador del hombre, su último fin y
causa ejemplar de todas sus perfecciones.
En toda la obra teológica del Doctor Angélico, dogmática y moral se
ofrecen en su unidad; y son muchos los escritos que dedica en concreto a
cuestiones morales. Puede afirmarse que sus comentarios bíblicos, tan ricos
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en un análisis de las verdades morales nutrido de la Sagrada Escritura,
constituyen un verdadero modelo de uso de la Escritura en Teología moral tan
aconsejado por el Concilio Vaticano II.
Entre los puntos más salientes de la síntesis moral de Santo Tomás,
resaltaremos los siguientes:
La centralidad del último fin del hombre, que consiste en la eterna y
sobrenatural bienaventuranza, incoada ya en la tierra por el conocimiento y
amor de Dios, que debe inspirar todas sus obras.
La profundidad con que la libertad se muestra como capacidad de
glorificar a Dios por el conocimiento y el amor.
Su análisis de la moralidad de las acciones humanas, con la distinción
entre los dos momentos —acto interior y exterior—, que permite subrayar la
primacía de la interioridad en la conducta moral, recalcando el papel esencial
—junto al objeto— de la finalidad o intención.
Su modo de resaltar el carácter intrínseco de la ley divina, tanto natural
como sobrenatural, aunque ésta sea además una ley exterior —la letra de la
Sagrada Escritura—, y la consiguiente inseparabilidad entre perfección y
felicidad humanas.
Su presentación de la conciencia como juicio de la inteligencia, que
precede y acompaña a todo acto libre, y cuya rectitud exige, además de la
ciencia moral, la posesión de una voluntad recta, por obra de las virtudes
morales.
El modo en que las virtudes —adquiridas e infusas— se muestran
como principios de la vida moral cristiana en su íntima unidad con los dones
del Espíritu Santo.
5. Siglos XIV al XVI
5.1. La revolución de la moral en Ockham
Los siglos XIV y XV, junto a la continuación de la escolástica, contemplan
la aparición de un nuevo modo de concebir la moral, en torno a la idea de
obligación.
Guillermo de Ockham entiende la libertad como indiferencia de la
voluntad; y la moralidad como la relación de la voluntad humana con la norma
divina, dependiente del arbitrio absoluto del Creador, que podría haber
determinado que fueran buenas las acciones que ahora son malas, o
viceversa.
La relación entre el hombre y Dios se resume en el cumplimiento de la
voluntad de Dios por el hombre. Y como la voluntad divina se expresa en la
ley, que tiene fuerza de obligación, la ley y la obligación constituirán, para
Ockham y sus seguidores, el núcleo de la moral.
La moral no se funda ya en el íntimo deseo de felicidad o
bienaventuranza, en las inclinaciones interiores al bien y en el desarrollo de
las virtudes, sino en la obligación marcada por una ley en algún modo
extrínseca al hombre.
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El influjo de Ockham sobre la evolución posterior de la moral ha sido muy
poderoso. No sólo por haber dado origen a las morales de la obligación sino
porque en su concepción de la libertad como indiferencia de la voluntad, se
encuentra en germen la reivindicación de su total autonomía, y, por tanto, de
las varias y sucesivas morales autónomas, que proclaman la conciencia como
juez supremo de la moralidad.
5.2. La teología moral como ciencia independiente
A comienzos del siglo XVI tiene lugar un renacimiento del trabajo
teológico, que busca inspirarse en Santo Tomás y del que puede considerarse
especialmente representativa la Escuela de Salamanca. Los temas morales
ocupan un lugar importante, siendo de destacar los comentarios a la Secunda
pars de Konrad Koellin, Francisco de Victoria y el Cardenal Cayetano.
Merecen también señalarse las obras de Gabriel Vázquez y Francisco
Suárez.
Esta teología, que se desarrolla sobre todo en las Universidades, se
caracteriza por un uso creciente de los procedimientos racionales de la
escolástica: se multiplican las cuestiones, las divisiones, los argumentos y se
difunde un vocabulario técnico especializado, con una creciente abstracción y
complejidad de los problemas y las soluciones.
Semejante producción teológica, fuertemente especulativa y de escuela,
se separa poco a poco de lo que se llamará teología mística y de las grandes
corrientes de espiritualidad de la época.
Merece, por eso, una particular mención, en cuanto supera esta división
y retorna a la unidad tradicional, San Francisco de Sales: en su obra aparecen
ligados el saber teológico y la experiencia espiritual, mostrando que todo
cristiano debe y puede adquirir sólida vida interior. Destacan su Introducción a
la vida devota y su Tratado del amor de Dios.
En la mayoría de los autores de la época, sin embargo, bajo el influjo
del nominalismo y la creciente difusión del modelo de Ockham, la moral tiende
a ocuparse «esencialmente de los preceptos, que fijan las obligaciones en los
distintos sectores del obrar humano y se imponen indistintamente a todos. Los
consejos describirán un nivel suplementario, de actos supererogatorios,
dejados a la libre iniciativa de cada uno, y de hecho reservados a una elite
que busca la perfección: será el terreno de la ascética y de la mística» 1.
Al mismo tiempo, la teología moral se separa de la pastoral, más al
alcance de todos los sacerdotes: se diversifican así el teólogo y el pastor de
almas.
En este ambiente tuvo lugar el nacimiento de la Teología moral como
disciplina independiente. Entre los sucesos que condicionaron su aparición,
puede considerarse la nueva organización de estudios de la Compañía de
Jesús. Ésta establecía que los principios morales —Teología moral
especulativa— se expusieran conforme al plan de la Summa Theologiae, y a
1S. PINCKAERS, Las fuentes de la moral cristiana, Eunsa, Pamplona 1998, p.
334.
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la vez disponía la creación de una nueva disciplina —la Teología moral
práctica—, explicada por profesores distintos y destinada a la solución de
casos de conciencia, con la que abordaba la necesidad de formar a los
confesores.
Poco a poco el pensamiento moral se desgaja de la espiritualidad,
perdiendo su dimensión más propia y positiva: ser guía para la unión con
Dios, estimulando al crecimiento en las virtudes. Los nuevos tratados de
moral dejan así de considerar parte de los elementos necesarios para formar
y dirigir las conciencias; y la nueva moral práctica recorta sus miras y
aspiraciones.
Por otra parte, al presentar la ley divina al modo de las leyes humanas,
resaltando de la enseñanza moral bíblica sobre todo y casi sólo los preceptos,
se tiende a oscurecer su función intrínseca y dinámica: el orden moral objetivo
aparece casi como un mandato extrínseco que coarta la libertad; la visión
cristiana de la ley, principio vital y guía divina hacia la unión con Dios y la
práctica del amor de caridad, tiende a desdibujarse.
6. Siglos XVII—XVIII
Durante estos siglos la investigación teológica, en el terreno moral, se
desgasta en buena parte en la famosa controversia sobre los sistemas
morales (tuciorismo, probabiliorismo, probabilismo, equiprobabilismo,
laxismo): una tarea salpicada de duras polémicas, poco fructuosa, que los
Papas (Alejandro VII, Inocencio XI y Alejandro VIII) se vieron obligados a
zanjar.
Como ejemplo de moralista que da una gran importancia a una intensa
vida cristiana para el quehacer teológico, y que pone sus riquezas al servicio
de la formación de los fieles, cabe recordar a San Alfonso María de Ligorio
(1696-1787).
Aunque su Theología moralis, aparecida en 1775, permanece ligada a
los esquemas de la época y en parte a su metodología, alienta en ella una
viva experiencia apostólica y un profundo conocimiento sapiencial. La
exposición y solución de los casos, y la guía sapiente de las almas —muchas
veces en ambientes difíciles y entre personas desprovistas de formación—,
nunca se cierran en esquemas racionalistas y abstractos, sino que apoyan
sus bases en la experiencia de almas, discernida a la luz de la Sagrada
Escritura, los Santos Padres y el Magisterio. Marca un paso de renovación
positiva de la Teología moral.
7. Siglo XIX y comienzos del XX
7.1. Renovación de la Teología moral
El impulso que León XIII dio al tomismo con la Encíclica Aeterni Patris
(1879), el deseo de superar la casuística de los manuales mediante una más
profunda reflexión teológica, etc., producen un nuevo movimiento renovador a
finales del siglo XIX.
Ya en el siglo XX nos encontramos con un conjunto de autores que
aportan una cierta renovación a la teología moral gracias, en gran parte, al
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impulso tomista, pues éste provocó algunos cambios de perspectiva que
facilitaron la renovación posterior. La comparación de los manuales con la
Summa Theologiae de Santo Tomás mostró diferencias de importancia que
animaron a los autores a realizar retoques e introducir tratados desatendidos
(D. Prümmer, B.H. Merkelbach, A.B. Tanquerey, A. Veermeersch, etc.).
La modificación más importante que se produjo en los manuales
consistió en estructurar la moral en torno a las virtudes teologales en lugar de
los mandamientos. Se reintrodujo al comienzo de la moral el tratado del fin
último y de la bienaventuranza.
Sus obras representan, por tanto, un inicio de la vuelta hacia los trazos
de la moral perenne, aunque en realidad sigan tomando su contenido
fundamental de la moral de obligaciones. No aparece, pues, todavía una
verdadera reestructuración de la moral en base a la especulación de los
Padres y de Santo Tomás, centrada en la bienaventuranza, el carácter
intrínseco de la ley divina y el desarrollo de las virtudes bajo la acción de la
gracia.
El período de renovación que va de los años 30 hasta la mitad de siglo,
se caracteriza por la búsqueda metodológica de un principio organizador
específicamente cristiano de la teología moral. Se trata de ver si la
predicación del Señor contiene un pensamiento fundamental o una idea
directriz adecuada para ser el principio estructurador y plasmador de la vida
moral cristiana.
F. Tilmann afirma que le principio fundamental de la moral cristiana es
la imitación de Cristo.
E. Mersch propone la incorporación a Cristo como el principio capaz de
ofrecer un planteamiento unitario y específicamente cristiano al discurso
moral.
G. Gilleman y R. Carpentier sitúan en la caridad el principio
fundamental.
En la práctica, estos autores mostraron la necesidad de una renovación
más ligada a la tradición patrística y a esas dos cimas de la moral que
representan las obras de San Agustín y Santo Tomás.
7.2. Nuevas corrientes con ocasión de la renovación de la
Teología moral: la “nueva moral” y la “ética de situación”
En la década de los 50 (del siglo XX) comienza a usarse la expresión
“nueva moral”. En los documentos pontificios la utilizó por primera vez Pío XII
en el Radiomensaje sobre la educación cristiana a los jóvenes (23-III-1952).
El error fundamental de esta “nueva moral” consistía en negar el valor
objetivo de las normas universales y en otorgar a la conciencia del individuo el
único criterio determinante de la moralidad del acto humano.
En la “nueva moral” la conciencia queda separada de la tutela del
Magisterio, y de ese modo —afirma— el hombre adquiere la posibilidad de
obrar con espontaneidad e inocentemente, ya que al no contar con
intermediario alguno, la conciencia se encontrará en su interior con la voz de
Dios. La conciencia obrará sólo por la ley del amor, superando así la atadura
del rigorismo legal de la moral.
En este contexto adquiere un protagonismo especial lo que se ha
venido a llamar la “ética de situación”. Cuando se atiende exclusivamente a
las “circunstancias” de cada sujeto, la “nueva moral” queda despojada de los
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grandes principios y viene a ser uno de los mayores peligros que ha de correr
la fe.
Una cosa es valorar las circunstancias, y otra muy distinta es hacer
depender la moralidad sólo —o principalmente— de las circunstancias. En la
“ética de situación” se disuelve toda norma moral objetiva y universal.
7.3. Otros intentos de renovación y fundamentación de la
Teología moral
En la segunda mitad del siglo XX, un crecido número de autores
aportan consideraciones de gran interés y acierto —corrigiendo el legalismo
de la moral de los últimos siglos—, que de hecho sirvieron de base a algunas
de las tomas de postura del Concilio Vaticano II, como por ejemplo la
renovación bíblica de la moral o el prestar mayor atención a la persona y su
dignidad.
Con el retorno a la Escritura, se subraya también la necesidad de:
Unir la moral con la dogmática y la espiritualidad;
Partir de la antropología bíblica;
Un mayor recurso a las enseñanzas de los Padres y del estudio directo
de Santo Tomás;
Una más sólida fundación metafísica de la moral;
Aprovechar los datos de las nuevas ciencias humanas para elaborar
los juicios morales.
Destacan, entre los autores a los que nos referimos: S. Pinckaers, C.
Spicq, Ph. Delhaye, O. Lottin y tantos otros. No se deben olvidar las
aportaciones a la moral realizadas por quienes se han ocupado
fundamentalmente de la Teología dogmática —por ej., Ch. Journet, L. Bouyer
o el grupo de Communio (J. Ratzinger, H.U. von Baltasar, I. Congar, H. de
Lubac, etc.)—, ni la decisiva contribución de quienes cultivaron la renovación
de la moral desde sus fundamentos filosóficos, como O.N. Derisi, E. Gilson,
C. Fabro, K. Wojtyla y D. von Hildebrand.
8. El Concilio Vaticano II
Cerrando este recorrido histórico es necesaria una referencia a las
enseñanzas del Concilio Vaticano II, que centra la renovación de la moral en
una más directa fundamentación en la Sagrada Escritura, entroncada con lo
que ha sido el punto central de las enseñanzas conciliares: la proclamación
de la llamada universal a la santidad2.
Dos son los presupuestos imprescindibles de la renovación auspiciada:
una vuelta a sus fundamentos bíblicos y el ser instrumento para promover
frutos de santidad.
Otros puntos importantes de la doctrina conciliar para la renovación de
la moral son:
Su insistencia en la dignidad de la persona y su raíz trascendente
(Gaudium et spes, n. 19);
La afirmación de la dimensión social y comunitaria de la conducta
humana (cf. Gandium et spes n. 23 y ss.),
2CONCILIO VATICANO II, Const. Dogm. Lumen gentium, n. 11 y cap. V.
12
Y que la vida de la persona cristiana es siempre una vida en la Iglesia:
en ella se genera y desarrolla (cf. Lumen gentium, n. 4 y ss.).
Sus enseñanzas morales, que aparecen entrelazadas con las
dogmáticas, se concentran especialmente en la Const. past. Gaudium et
spes:
En su parte primera trata los temas capitales de la moral fundamental
(naturaleza humana, sabiduría e inteligencia, libertad, conciencia, pecado,
divinización del hombre por la gracia, recto orden de la actividad humana,
bien común, etc.);
Su parte segunda viene a ser una moral especial, dedicada a las
cuestiones éticas más urgentes en el mundo de hoy (matrimonio y familia,
cultura, orden económico, orden social e internacional).
9. La Teología moral después del Concilio Vaticano: algunas
tendencias y cuestiones en debate
9.1. La moral autónoma
Tiene su origen en determinadas orientaciones éticas contemporáneas
que atribuyen a cada individuo o a los grupos sociales la facultad de decidir
sobre el bien y el mal, de modo que la libertad humana se convertiría en
creadora de valores y gozaría de primacía sobre la verdad. La libertad
«reivindicaría tal grado de autonomía moral que prácticamente significaría su
soberanía absoluta».
Propugna una completa autonomía de la razón en el ámbito moral de
las normas morales relativas al recto ordenamiento de la vida en este mundo
(normas intramundanas). Tales normas constituirían el ámbito de una moral
solamente “humana”; es decir: serían expresión de una ley que el hombre se
da autónomamente a sí mismo, y que tiene su origen exclusivamente en la
razón humana. Dios en modo alguno podría ser considerado Autor de esta
ley; sólo en el sentido de que la razón humana ejerce su autonomía
legisladora en virtud de un mandato originario y total de Dios al hombre (cf.
VS, 36).
Esta corriente habla de “autonomía teónoma”: Dios ha creado al
hombre y le ha encomendado establecer bajo su propia responsabilidad las
normas del bien y el mal: algo que el hombre lleva a cabo en un proceso
histórico-cultural que se rige por sus propias leyes.
La teonomía de esta “autonomía teónoma” queda así prácticamente
reducida a la idea de que el sujeto autónomo tiene en Dios el fundamento del
carácter autónomo de su ser. El hombre depende totalmente de Dios (puesto
que ha recibido su libertad como un don), pero al mismo tiempo es también
totalmente independiente de Él, en cuanto que le está encomendada la
configuración de su propia libertad.
La moral autónoma olvida que la razón humana depende de la
Sabiduría divina, y que en el estado actual de naturaleza caída se encuentra
también necesitada de la Revelación para el conocimiento de verdades
morales incluso de orden natural.
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9.2. La opción fundamental
El tema de la “opción fundamental”, aunque relativamente reciente, ha
ido adquiriendo una importancia cada vez mayor en el quehacer de la
Teología moral de los años posteriores al Concilio Vaticano II.
El Magisterio de la Iglesia se ha pronunciado advirtiendo que esta
categoría debe ser entendida adecuadamente a fin de «no poner en duda la
concepción tradicional» y «ser fieles a la palabra de Dios» 3.
La Encíclica Veritatis splendor rechaza una noción de opción
fundamental entendida como un acto realizado por la libertad fundamental, no
electivo ni reflejo, sino trascendental y atemático, por el que la persona
dispone de sí hacia el Bien absoluto (cf. VS, n. 65).
Esta noción de libertad procede de la distinción de dos niveles diversos
de libertad en el hombre:
Un nivel fundamental o trascendental, que tiene por objeto el Bien
absoluto;
Y otro categorial o intramundano, que tiene por objeto los bienes
particulares o finitos.
El acto propio de la libertad trascendental sería la opción fundamental;
los actos propios de la libertad categorial, serían las elecciones particulares
por las que el sujeto tiende a bienes finitos. Estas elecciones, obviamente,
guardan una relación con la fundamental, pues son signo suyo, y modos de
su realización práctica. Pero precisamente por no poder expresarla
totalmente, al estar a otro nivel de libertad —afirman—, tampoco pueden
romperla.
De este modo se introduce una disociación del obrar humano en dos
niveles:
El trascendental, que sería propiamente el moral, y
El categorial, que no tendría propiamente significado moral, sino
simplemente de corrección o incorrección, dependiendo de las exigencias
naturales y sociales de la vida intramundana de los hombres.
Una de las consecuencias de este planteamiento es que, para estos
autores, sólo habría pecado (mal moral) cuando la opción fundamental es
cambiada por otra contraria, pero no cuando algún acto particular es contrario
a la ley moral. Estos últimos podrían ser correctos o incorrectos pero no
buenos o malos. Se elimina así la realidad del pecado moral tal y como ha
sido entendido en la tradición de la Iglesia a partir de la revelación misma (cf.
VS, nn. 65, 69 y 70).
9.3. El teleologismo
Las teorías teleológicas4 hacen depender el bien y el mal morales del
fin propuesto, y de la suma de bienes que se persiguen. No se considera si la
acción es en sí buena o mala: la fuente de la moralidad es el fin que se
propone conseguir el sujeto, junto con los “bienes que se siguen”.
La distinción entre “valores morales” y “valores premorales”, no-
morales, ónticos o físicos. Estas teorías consideran que los valores o bienes
implicados en un acto humano son de orden moral, cuando se relacionan
3Exhort. apost. Reconciliatio et paenitentia, n. 17.
4Véase Veritatis splendor, nn. 75ss.
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directamente con los valores propiamente morales, como el amor a Dios, la
benevolencia con el prójimo, la justicia, etc. Serían, en cambio, de orden
premoral, los que se refieren a las ventajas o inconvenientes originados por
una acción. Por ejemplo, la muerte de un inocente podría estar justificada en
algunas circunstancias, aun cuando estuviese prohibido por leyes universales.
La muerte del inocente no sería juzgada como homicidio —acto inmoral—,
sino que se trataría de un valor premoral.
Parten de un presupuesto antropológico erróneo: la contraposición
entre persona y naturaleza5: por persona entienden el hombre en cuento
libertad autónoma; la naturaleza, en cambio, sería la corporeidad vivificada
junto a las relaciones y conexiones con el mundo circundante.
Niegan la existencia de normas morales absolutas de validez
supratemporal.
Dentro de las corrientes teleológicas nacen y se desarrollan el
consecuencialismo y el proporcionalismo
a) El consecuencialismo afirma que la moralidad está en que la suma
final de bienes supere a los males que se sigan de una acción concreta.
La moralidad de las acciones humanas deriva fundamentalmente, y en
algunos casos de modo exclusivo, de las consecuencias que se siguen de la
acción realizada.
Sitúa la moralidad no en la conformidad de la persona con el querer de
Dios, sino en el resultado práctico-temporal de sus acciones, según las
previsiones del sujeto y su escala de valores.
b) El proporcionalismo afirma que el acto es moralmente bueno si
existe proporción entre los bienes que se consiguen y los males que se
evitan.
10. Últimas intervenciones del Magisterio de la Iglesia sobre
temas de moral
Las orientaciones dadas por el Concilio han de completarse con una
alusión a la labor magisterial realizada por los Papas, Pablo VI, Juan Pablo I y
Juan Pablo II, que han velado por su aplicación.
De hecho, nunca en la historia precedente de la Iglesia el Magisterio se
había ocupado con tanto detenimiento y hondura de los fundamentos y los
conceptos básicos de la moral, a parte de su discernimiento sobre las
cuestiones morales más importantes hoy debatidas.
Se puede realmente decir que todas las nociones básicas de la vida y
la experiencia moral (la libertad, la conciencia, la ley, el pecado, la conversión,
las bienaventuranzas, las virtudes la gracia, el acto moral, etc.) han sido
objeto de claras y hondas enseñanzas, fundadas en la Escritura y en la
Tradición, según las directrices del Concilio.
Quizá el punto clave en la ansiada renovación sea la fundación de un
personalismo cristiano de honda raigambre metafísica, donde la
consideración de la persona como imagen de Dios-Amor, y que debe ser
5Para un análisis de esta distinción y sus consecuencias para la moral, ver
Veritatis splendor, nn. 43-46 y 65-69.
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amada por sí misma, desvela en toda su fuerza el carácter central del
mandato nuevo de la caridad.
Es obligado citar de entre los distintos documentos que, sobre Teología
moral, han aparecido a partir de la celebración del Concilio Vaticano II:
La Encíclica Humanae vitae, del Papa Pablo VI (25-VII-1968).
La Declaración Persona humana, acerca de ciertas cuestiones de ética
sexual, de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (29-XII-1975).
La Exhortación Apostólica Familiaris consortio, (22-XI-1981).
La Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, (2-XII-1984).
La Encíclica Sollicitudo rei socialis (30-XII-1987).
La Carta Apostólica Mullieris dignitatem (15-VIII-1988).
La Encíclica Evangelium vitae (25-III-1995), del Papa Juan Pablo II.
El Catecismo de la Iglesia Católica (11-XI-1992).
Y de manera especial la Encíclica Veritatis splendor, del Papa Juan
Pablo II (6-VIII-1993).
La oportunidad del pronunciamiento de cada uno de estos documentos
y la profundidad de su doctrina hacen que en el momento presente no pueda
tener lugar una duda razonable o un disenso honrado en los más variados
temas de teología moral fundamental, objeto de esa documentación. A la luz
de estos documentos resulta relativamente fácil descubrir los temas más
discutidos, cuando no tergiversados, que en los últimos años han necesitado
una clara intervención del Magisterio de la Iglesia.
Bibliografía
S. PINCKAERS, Las fuentes de la moral cristiana, Eunsa, Pamplona 1998
Exhort. apost. Reconciliatio et paenitentia
Veritatis splendor
Const. Dogm. Lumen gentium
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