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LA JUSTICIA COMO IGUALDAD

Alfonso Rmz MIGUEL


Catedrático de Filosofía del Derecho
Universidad Autónoma de Madrid

SUMARIO: l. Introducción.-2. La igualdad ante la ley.-3. La igualdad de oportunidades.---4. La


igualdad de resultados.-5 Bibliografía.

l. INTRODUCCIÓN

C uando en la Ética nicomáquea Aristóteles dijo que «lo justo es lo legal y lo


equitativo» (1129ab) estaba comenzando a asentar una tradición filosófica
que hasta hoy mismo viene entendiendo la noción de justicia en dos sentidos dife­
rentes. En el primero, aparentemente el más amplio, la justicia se manifiesta como
orden u organización social conforme a reglas y viene a configurarse como el
principio propio de una sociedad bien ordenada. En el segundo, aparentemente
más estricto y simple, la justicia se presenta como igualdad. Aunque diferentes,
no hay que presuponer necesariamente que estos dos significados sean completa­
mente distintos y, todavía menos, incompatibles entre sí. No lo eran en la visión
aristotélica y, dando un salto hasta hoy, aparecen como conjuntamente integrados
en una teoría como la de John Rawls, cuyos dos principios de justicia para una
sociedad bien ordenada son, por reducirlos a dos palabras, el de libertad y el de
igualdad; como también aparecen integrados, por hacer referencia a una visión
muy influyente en una buena parte de la actual filosofía del Derecho española, en
la concepción de Norberto Bobbio, donde la justicia se concreta en los valores de
seguridad, libertad e igualdad.
El título de esta contribución me permite abandonar el primer significado de
la noción de justicia y concentrarme en el segundo, por más que esa reducción,
puramente convencional, no pueda servir para soslayar por definición los comple­
jos y a veces conflictivos entrecruzamientos entre la igualdad y otros valores de
justicia como los citados. En realidad, por lo demás, la idea de justicia como

AFDUAM 2 (1998), pp.131-144

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A. RUIZ MIGUEL

igualdad sólo aparentemente es más estricta y simple que la de justicia como


orden, pues es improbable que exista noción más compleja y versátil que la de
igualdad. Y ello porque hasta lo contrario de la igualdad, la desigualdad, al menos
cuando se considera justa, puede ser vista también como una forma de trato igual.
Baste recordar que en la clásica formula aristotélica de la justicia como igualdad,
la de «igualdad para los iguales y desigualdad para los desiguales», este segundo
patrón viene a fin de cuentas reconducido a la noción de igualdad proporcional o
geométrica, que en forma de justicia distributiva, relativa al diferente reparto
según los distintos méritos de cada cual, se presenta en paralelo a la justicia
correctiva, que, aplicada a la esfera de los intercambios de bienes y de las sancio­
nes penales, sigue en cambio el primer patrón de la igualdad estricta o aritmética.
No es extraño, así pues, que, como cajón de sastre que puede servir para impug­
narlo casi todo, Oliver Wendell Holmes denominara al principio jurídico de igual­
dad «el último recurso habitual de los argumentos constitucionales» (Buch v. Bel/,
274 U.S., 208 [1927]).
La misma diversidad de significados y aplicaciones que la idea de igualdad ha
adquirido en la historia del pensamiento jurídico-político, sin duda también atri­
buible a la alta carga valorativa de toda discusión sobre la justicia, hace difícil
ordenar una reflexión general como la que anuncia el título de esta intervención.
De ello puede dar idea el hecho, acertadamente puesto de relieve por Amartya
Sen, de que ninguna concepción política, del signo que sea, prescinde de una cier­
ta noción de igualdad, se aplique a un grupo determinado o al conjunto de la
humanidad, y se refiera a la atribución de beneficios y cargas conforme a los
méritos, las necesidades, el azar, el rango, el nacimiento u otros varios criterios
(cf. 1992, 3). Si a ello se sumara el anverso ofrecido por las concepciones que han
descalificado como injusta o temido como indeseable la propuesta de una mayor
igualdad entre los hombres, la pretensión de dar cuenta de un tema como el de la
justicia como igualdad en el marco de una hora equivaldría a querer vaciar una
playa con cubos de arena.
Lo que en adelante voy a intentar es ofrecer un bosquejo parcial de este
inmenso tema mediante un análisis de tres modelos básicos, los tres un tanto for­
males, en el entendimiento de la igualdad: la igualdad ante la ley, la igualdad de
oportunidades y la igualdad de resultados. Cuando digo que se trata de modelos, y
que tienen un carácter eminentemente formal, me refiero al hecho de que se trata
de grandes marcos teóricos dentro de cada uno de los cuales caben muy comple­
jas y variadas concepciones sobre la igualdad, si bien probablemente quepa esta­
blecer entre ellos una cierta progresión, no mecánica ni lineal, en la demanda de
mayores formas y cotas de igualdad entre los seres humanos: a esa diferencia
apunta la distinción entre igualdad formal e igualdad real que, aunque en origen
ideológicamente exagerada y terminológicamente desafortunada, sirve para refle­
jar la distancia que a veces media entre la garantía jurídica de la igualdad y su

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AFDUAM 2 (1998)

plasmación en las prácticas sociales. Como sea, esa reducción a tres grandes mode­
los teóricos sobre la igualdad, no exhaustivos pero sí suficientemente comprensi­
vos, permitirá observar una pequeña parte, creo que representativa, de varias con­
cepciones relevantes sobre la igualdad que hoy se encuentran en discusión.

2. LA IGUALDAD ANTE LA LEY

Lo que puede denominarse el modelo de la igualdad ante la ley germina filo­


sóficamente con el iusnaturalismo racionalista y florece jurídicamente, a partir de
la Revolución Francesa, con las constituciones liberales. La formulación canónica
del principio, como igualdad de todos ante la ley, se entendió entonces como exi­
gencia de generalidad y abstracción de las normas jurídicas, lo que puede explicar
que su alcance originario se redujera casi prácticamente a la exclusión de los pri­
vilegios estamentales, caracterizados por hacer referencia a familias nominalmen­
te determinadas, sin prohibir entonces desigualdades tan inadmisibles hoy como
la de sufragio por el sexo, la raza o el nivel económico y otras similares. Junto a
esas limitaciones, el control a propósito de si las leyes trataban o no por igual a
los ciudadanos ha estado al arbitrio del propio legislador hasta bien asentados los
sistemas de revisión de constitucionalidad de las leyes, es decir, salvo excepcio­
nes, hasta pasada la Segunda Guerra Mundial (para más precisiones, remito a
Ruiz Miguel, 1996a, 41-3). Y es así cómo, en la actualidad, el tradicional princi­
pio de igualdad ante la ley ha llegado a transformarse en un criterio bastante más
exigente, y no sólo en el aspecto procedimental de la mencionada extensión del
control de constitucionalidad de las leyes, sino también en el aspecto sustantivo,
donde se ha venido a generalizar la prohibición de discriminaciones intolerables
como las señaladas y otras similares. Con todo, esa mayor exigencia del principio
de igualdad no lo ha convertido en un criterio judicialmente aplicable para llevar
a cabo activas -alguien diría también «activistas»- políticas de igualación social
ni en esa área de las discriminaciones severas ni, con mayor razón, en el de las
desigualdades más comunes pero también dignas de superación.
Las generalizaciones anteriores tal vez puedan ilustrarse en perspectiva histó-
rica recordando en sendas instantáneas tres conocidas sentencias del Tribunal
Supremo de Estados Unidos en materia de igualdad racial. La primera, Plessy v.
Ferguson, de 1896, aceptó la conformidad de una ley del estado de Lousiana que
obligaba a las compañías de ferrocarril a segregar los asientos entre blancos y
negros con la garantía de la igual protección de las leyes establecida en la Enmien- /
da XIV de la Constitución americana, apelando al principio «separados pero igua­
les». Esta decisión trascendería negativamente durante largos años en el ámbito
de la segregación racial en las escuelas, hasta que otra sentencia, en 1954, Brown
v. Board ofEducation ofTopeka, revisó completamente sus presupuestos obligan-

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A. RUIZ MIGUEL

do a establecer un sistema de integración racial en aplicación de la doctrina de


que la Constitución es ciega al color de la piel. Esta es la doctrina que hasta ahora
ha prevalecido, hasta el punto de que las políticas de discriminación inversa han
sido severamente limitadas por la jurisprudencia constitucional estadounidense,
como ocurrió en el caso University ofCalifornia Regents v. Bakke, de 1978, donde
una tercera doctrina, más activa, se quedó en un mero voto particular, expresado
así por el juez Blackmun: «Para superar el racismo tenemos que tener en cuenta la
raza. No hay otro camino. Y para tratar a algunas personas igualmente tenemos
que tratarlas de manera diferente».
Ante límites como el anterior, genéricamente comunes en el marco de los sis­
temas políticos democrático-liberales, parece acertado afirmar que, en cuanto
modelo de igualdad, la igualdad ante la ley no resulta un modelo especialmente
exigente. Lo que no significa que, puesto que tal modelo de igualdad no configu­
ra una condición suficiente para una sociedad justa, sea un valor ya conquistado
que pueda desmerecerse o minusvalorarse, pues sigue tratándose de una exigen­
cia mínima e importante, que establece una condición necesaria para ese tipo de
sociedad.
En todo caso, la razón básica por la que este modelo -al menos en el marco de
las sociedades democrático-liberales, insisto- no aparece como especialmente
exigente, viniendo a ser en general una manifestación de los consensos sociales
establecidos o dominantes, está en el criterio habitualmente utilizado por los tri­
bunales para determinar el cumplimiento del principio de igualdad ante la ley: me
refiero al criterio de razonabilidad, según el cual una distinción normativa sólo es
contraria al principio constitucional de igualdad cuando carece de justificación
razonable. Y, precisamente, el examen de razonabilidad tiende a recoger los crite­
rios socialmente dominantes y se presta en principio al mantenimiento de la máxi­
ma deferencia judicial hacia el punto de vista del legislador, por más que, en oca­
siones, los inevitables márgenes de duda y disputabilidad propios del criterio no
dejen de hacer hueco a excepciones: un buen ejemplo de éstas, a mi modo de ver,
es la sentencia de nuestro Tribunal Constitucional 45/1989, de 20 de febrero, que
declaró inconstitucional el sistema de acumulación de rentas para las unidades
familiares establecido por la Ley de la Renta de las Personas Físicas alegando,
entre otras razones, que los casados resultaban discriminados respecto de las pare­
jas de hecho y similares, de modo que se vino así a proponer un criterio tan exi­
gente y perfeccionista para el legislador en el diseño de las distinciones legales,
usualmente basadas en meras generalizaciones aproximativas a las finalidades
pretendidas, que si el Tribunal Constitucional se atreviera a aplicarlo siempre al
pie de la letra probablemente dejaría en pie muy pocas reglas legales, si llegase a
dejar alguna.
Al margen de lo llamativo de las excepciones, con todo, me sigue pareciendo
generalizable la observación de que en la actualidad únicamente ante la utiliza-

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ción de rasgos o «clasificaciones sospechosas», como la raza, el sexo, la religión


y similares, el examen de constitucionalidad tiende a hacerse más estricto. Una
vez más, también aquí pueden encontrarse llamativas excepciones, como otra
sentencia del mismo tribunal, la STC 126/1997, de 3 de julio, que, tras rendir
homenaje en la teoría a la sana doctrina de que el sexo es una categoría particular­
mente sospechosa que exige un examen estricto, eludió por completo tal examen
en la práctica para dar en la conclusión de que la preferencia por el varón sobre la
mujer con independencia de la primogenitura en la sucesión de títulos nobiliarios
es perfectamente acorde con el artículo 14 de nuestra Constitución. En todo caso,
las excepciones son excepciones porque la regla va sobre todo en el camino inver­
so de proponer y practicar un examen riguroso a las categorías sospechosas (para
más detalles, cf. Ruiz Miguel, 1996a, 53-69). No obstante, aun dentro de este tipo
de examen más exigente, ha de insistirse en que tampoco el alcance del principio
de igualdad ante la ley suele sobrepasar un tipo de control judicial negativo y
comparativo, de mera exclusión, en su caso, de discriminaciones o desigualdades
irrazonables legalmente previstas, sin llegar por lo general a decisiones construc­
tivas que, por ejemplo, obliguen a medidas de acción positiva o de discriminación
inversa.
De este modo, lo que el principio de igualdad ante la ley sigue garantizando es
el criterio liberal de que las categorías utilizadas por las leyes para la distinción de
personas y situaciones se mantengan dentro de los márgenes de generalidad y
abstracción que parecen razonables en cada caso. Esto significa que, hoy por hoy
al menos y en sociedades como la nuestra, el principio de igualdad ante la ley se
desarrolla en el marco del liberalismo político propio del llamado Estado social
de Derecho. Esta fórmula política, aunque viene a establecer considerables lími­
tes al libre juego del mercado mediante la previsión de ciertos derechos sociales,
tiende no obstante a garantizarlos jurídicamente sin el tipo de protección jurisdic­
cional directa propia de los derechos civiles y políticos.
Así pues, aunque el modelo de la igualdad ante la ley ha llegado a operar bas­
tante más allá de lo que inicialmente comenzó siendo, y de lo que el liberalismo
económico estricto ha llegado a defender, también parece tener su límite en el sis­
tema político democrático-liberal y en su modo básico de delimitación de los
derechos sociales a través de la negociación política y la decisión del legislativo.
En el primer aspecto, tal vez no esté de más señalar lo lejos que el desarrollo
actual de aquel modelo se encuentra de una doctrina como la de Friedrich Hayek,
que no deja de ser otra de sus posibles concreciones, sin duda de las más extre­
mas. Por recordarlo brevemente, me refiero a la pretensión de Hayek de vincular
teóricamente en el principio de igualdad ante la ley tres ideas diferentes, como
son la garantía de las libertades civiles y políticas, la defensa del máximo grado
posible de libertad de mercado y, en fin, una interpretación muy restrictiva, y en
realidad ad hoc, de los rasgos de generalidad y abstracción de la ley, entendidos

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como los propios de las «normas de conducta», las cuales, sobre todo mediante
prohibiciones, establecerían el marco de libertad de cada cual. A diferencia del
tipo de control jurídico hoy generalizado en sistemas como el nuestro, semejante
doctrina exigiría someter al legislador -y, eventualmente, al juez llamado a con­
trolar la constitucionalidad de la legislación- al criterio de que todas las normas
jurídicas deben dirigirse al funcionamiento del libre mercado so pena de ser con­
sideradas irrazonables por violar el principio de igualdad en la ley.
En el segundo aspecto mencionado, es decir, en relación con los límites del
modelo mismo de la igualdad ante la ley, baste concluir ya su análisis poniendo
de relieve lo difícilmente reconocible, y hasta impensable, que resultaría el tipo
de control judicial alternativo al control negativo y comparativo que caracteriza a
aquel modelo y que excluye simplemente las discriminaciones o desigualdades
irrazonables previstas en las leyes. Porque, en efecto, un control de constituciona­
lidad de la igualdad de carácter más positivo y sustantivo, como el que se confi­
guraría mediante una utilización activa del principio de igualdad real y efectiva
por parte de los jueces, convertiría a éstos en los protagonistas de la definición y
alcance del área de los derechos sociales, una transformación de consecuencias
radicales, y seguramente indeseables, en la organizacion y distribución de los
poderes estatales.

3. LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES

Bajo el título de «igualdad de oportunidades» (o de posibilidades) han recibi­


do cobertura muy diversos contenidos e ideologías. Si en algunas doctrinas, como
el ultraliberalismo de Hayek o Milton Friedman o del Nozick de Anarquía, estado
y utopía, tal forma de igualdad se identifica sin más con la igualdad ante la ley, en
el extremo opuesto del arco ideológico una igualdad sustantiva mucho más exi­
gente, la igualdad en el desarrollo de las capacidades individuales, también puede
ser vista como igualdad en las posibilidades. Entre ambos extremos, probable­
mente la manifestación doctrinal más característica y conocida de la igualdad de
oportunidades es la promovida por la ideología meritocrática, según la cual los
puestos y recompensas sociales deben atribuirse conforme a los talentos de cada
cual. Con todo, destacar la ambigüedad de la fórmula «igual oportunidades para
todos» me parece esencial para entender por qué este modelo de igualdad puede
aparecer como ideal de un espectro ideológico muy amplio -de derecha a izquier­
da, por utilizar la terminología tradicional-, si bien seguramente contenido dentro
de posiciones que comparten una amplia y básica inspiración liberal (dentro de
las cuales ha de incluirse, por supuesto, a la ideología socialdemócrata). Esa
misma ambigüedad permite situar el modelo de la igualdad de oportunidades en

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AFDUAM 2 (1998)

una posición intermedia -o, mejor, en una serie de posiciones intermedias- entre
el modelo de la igualdad ante la ley y el de la igualdad de resultados.
La enorme ambigüedad de la noción de igualdad de oportunidades puede mos­
trarse analíticamente ilustrando dos diferentes e importantes distinciones en las
que tal forma de igualdad tiende a operar de forma también tajantemente distinta.
Me refiero a las distinciones, por un lado, entre igualdad de oportunidades en el
acceso y en la partida y, por otro lado, entre igualdad de oportunidades aplicada
individualmente y por grupos.
Conforme a la primera distinción, cuya terminología recojo de Giovanni Sarto­
ri (cf. 1987, 72-74), la igualdad de oportunidades en el acceso tiene como modelo
típico a la carrera deportiva, donde se trata de igualar a todos los contendientes en
las condiciones formales de participación, de modo que en el momento de la ins­
cripción no haya exclusiones por razones irrelevantes, como la nacionalidad, la
raza, las creencias religiosas o políticas, etc., y que en la carrera misma se garanti­
ce que todos salgan del mismo punto, o un punto equivalente, y, en su caso, estén
sometidos al mismo tipo de obstáculos. Si el juego del Monopoly es el perfecto
compendio de esta forma de igualdad en la esfera de la competencia económica, el
sistema de oposición abierta a todos los individuos calificados para el puesto y rea­
lizada mediante ejercicios iguales o similares para todos ellos es su prototipo tradi­
cional en la esfera de la función pública. Este mismo es, obviamente, el trasfondo
de la ideología meritocrática, no por casualidad contrapuesta a la igualitaria por
uno de sus más brillantes defensores, como lo ha sido Daniel Bell (cf. 1972, 31).
La segunda concepción de la igualdad de oportunidades, la igualdad en la par­
tida, que en realidad comprende a la anterior pero va más allá que ella, pretende
afectar a las condiciones previas con las que los contendientes llegan al punto de
partida, de manera que todos puedan tomar la salida con la mayor igualdad posi­
ble, en el sentido de que durante la competición puedan desarrollar al máximo sus
potencialidades. La carrera sigue apareciendo todavía en esta concepción, pero
sus focos se desplazan ahora, por seguir con el símil, al momento previo de los
entrenamientos, las inversiones públicas en instalaciones deportivas y los incenti­
vos al deporte. En definitiva, en esta versión de la igualdad de oportunidades lo
que se pretende es que quienes en principio resultan desaventajados por su entor­
no familiar o cultural sean ayudados y compensados con la finalidad de que pue­
dan manifestar todos sus talentos naturales, estando así en condiciones de igual­
dad, precisamente en las oportunidades, con quienes, gracias a un entorno más
favorable, no han encontrado obstáculos sociales al desarrollo de sus capacidades.
La política de ayudas especiales dirigidas a los sectores socialmente más deprimi­
dos, especialmente en el ámbito educativo, es sin duda el paradigma de esta
segunda forma de la igualdad de oportunidades.
Resulta obvia la diferencia de exigibilidad entre las dos anteriores versiones
de la igualdad de oportunidades, siendo la primera más formal, hasta práctica-

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mente solaparse con el principio de igualdad ante la ley, y la segunda más sustan­
tiva, hasta propugnar reformas sociales que dejan lejos incluso las manifestacio­
nes más exigentes de aquel principio: de conformidad con ello, algún autor las ha
denominado directamente igualdad de oportunidades formal y sustantiva (cf.
Galston, 1986, 89). De nuevo no por casualidad, en una teoría de la justicia liberal
progresista como la de John Rawls la primera versión de la igualdad de oportuni­
dades, o en el acceso, considerada tradicional y formal, viene enmendada por una
forma de la segunda, en la partida, que Rawls denomina «justa (o equitativa)
igualdad de oportunidades» (fair equality of opportunity), que --destacando «la
importancia de prevenir las excesivas acumulaciones de propiedad y riqueza y de
mantener iguales oportunidades de educación para todos» (Rawls, 1971, 73)­
constituye la primera de las dos condiciones de su segundo principio de justicia,
relativo a las desigualdades sociales y económicas aceptables.
Con todo, tanto una como otra versión de la igualdad de oportunidades pro­
pugnan la igualdad sólo en las posibilidades de conseguir algo, pero presuponen
la desigualdad en tal algo, es decir, en los resultados. En este significado, la igual­
dad de oportunidades y la de resultados son necesariamente opuestas, pues no
sólo las iguales oportunidades suponen desiguales resultados, sino que también
-al menos a diferencia de talentos (o, en su caso, de suerte, etc.)- los «iguales
resultados postulan desiguales oportunidades» (Sartori, 1987, 79; t. c., 96). Esa
disparidad entre oportunidades y resultados se produce incluso en el modelo más
exigente de la igualdad de oportunidades en la partida, pues también en ésta se
trata de igualar las posibilidades previas a la competición para dejar expresarse
después las diferencias naturales de mérito, que en la meta darán lugar a ganado­
res y perdedores. Por ello, por más que la igualdad de partida reduzca o modifi­
que las condiciones de la libre competencia, no deja de operar en una carrera en la
que se compite por obtener un resultado que no todos los competidores pueden
conseguir, es decir, un resultado desigual. Como se ha dicho en fórmula feliz,
«[e]n último término, la "igualdad de oportunidades" implica que las "oportuni­
dades" serán más importantes que la "igualdad"» (Bealey, 1988, 147). De ahí que,
en la medida en que las diferencias de talentos naturales se toman como relevan­
tes para establecer desigualdades sociales, la igualdad de oportunidades puede
seguir apareciendo a fin de cuentas como poco igualitarista, según queda crítica­
mente condensado en el lema «iguales oportunidades para convertirse en desi­
gual».
Un resultado similar, aunque de distinto carácter y por diferente camino, apa­
rece tras la alternativa que presenta la segunda distinción que antes anuncié, según
la igualdad de oportunidades se aplique individualmente o para grupos determina­
dos. La distinción puede ilustrarse brevemente recordando el caso Kalanke, en el
que el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas, en su sentencia de 17
de octubre de 1995, consideró contraria a la Directiva 76/207 la preferencia de las

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AFDUAM 2 (1998)

mujeres sobre los varones con igual capacitación en sectores laborales con menor
representación femenina. El Tribunal, al rechazar que tal política pueda incluirse
entre «las medidas encaminadas a promover la igualdad de oportunidades entre
hombres y mujeres, en particular para corregir las desigualdades de hecho que
afecten a las oportunidades de las mujeres», expresamente salvaguardadas por la
Directiva en cuestión, recogía el argumento de que aquella preferencia pretendía
igualar resultados entre hombres y mujeres a costa de desigualar las oportunida­
des entre los competidores (para más detalles, remito a mi trabajo sobre dicha
sentencia, en Ruiz Miguel, 1996b, 132 y ss.).
Ahora bien, esta contraposición entre oportunidades y resultados se da sólo
cuando se comparan posiciones individuales, entre las que, a igualdad de méritos,
las oportunidades iguales suponen resultados desiguales y, a la inversa, los resul­
tados iguales exigen desigualación de las oportunidades. Pero la contraposición
desaparece si se mira con la perspectiva de los grupos, donde es perfectamente
consistente y defendible incrementar la igualdad de oportunidades para un colec­
tivo tradicionalmente discriminado precisamente mediante la igualación de resul­
tados para ese mismo colectivo, en especial en la llegada a puestos socialmente
relevantes. En este punto, sin embargo, no dejan de aparecer los límites de toda
política de igualdad de oportunidades, que presupone una sociedad desigual, que
distribuye puestos de distinto prestigio social: en esa medida, las políticas de dis­
criminación inversa en favor de las mujeres, o de minorías tradicionalmente dis­
criminadas, no propugnan una igualdad absoluta y en los resultados o sustantiva,
sino sólo relativa y, precisamente, de oportunidades. Si visualizáramos esquemá­
ticamente en una pirámide la jerarquía de los distintos puestos de una sociedad
que discrimina a las mujeres manteniéndolas en la base de la pirámide, una políti­
ca de igualdad de oportunidades efectiva entre hombres y mujeres debería termi­
nar por conseguir una distribución indistinta de ambos grupos en los distintos
escalones de la pirámide pero no afectaría por sí sola a la pervivencia de la pirá­
mide misma, que mantendría similares jerarquías sociales sólo con una diferente
ubicación de sus protagonistas.
Así pues, en sus distintas manifestaciones habituales, y en especial en las
efectivamente practicadas, la igualdad de oportunidades resulta ser un modelo
coherente con sociedades bien desiguales en los resultados. Con todo, antes de
pasar a analizar el modelo de la igualdad de resultados, que tiende a propugnar un
ideal de sociedad justa más exigente que los modelos anteriores, tal vez no sea
inútil llamar la atención sobre el importante alcance, revolucionario en términos
históricos, del modelo de la igualdad de oportunidades. Por el lado menos exigen­
te, incluso la mera igualdad de oportunidades en el acceso es un mínimo necesa­
rio cuya relevancia destaca en cuanto pensamos en sociedades (y, dentro de la
nuestra, en ámbitos como la esfera privada) en las que los puestos de prestigio se
otorgan por razones ajenas al mérito, consolidando ordenaciones jerarquizadas

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prácticamente conforme al nacimiento. Pero, por el lado más exigente, si por ven­
tura fuese posible, alcanzar una perfecta igualdad de oportunidades en la partida,
hasta excluir la relevancia de toda desigualdad no meramente natural, exigiría
cambios prácticamente inimaginables, y seguramente indeseables, en la organiza­
ción social y, en particular, en el valor que hoy tendemos a atribuir a la autonomía
individual y familiar, que con toda probabilidad está en la base de las modifica­
ciones más notables, tanto a peor como a mejor, de los talentos naturales. Lo cual,
por cierto, sirve para advertir de nuevo que dentro del modelo de la igualdad de
oportunidades hay un arco de diferentes concepciones cuyo contenido y justifica­
ción debe seguir sometiéndose a discusión.

4. LA IGUALDAD DE RESULTADOS

El modelo de la igualdad de resultados no pretende sólo que las leyes no esta­


blezcan distinciones irrazonables o arbitrarias entre los ciudadanos, ni tampoco
meramente igualar en mayor o menor medida las condiciones o medios en el
marco de una sociedad competitiva que distribuye desigualmente cargos y bienes,
sino que propugna algún sistema de distribución igual de ciertos bienes o recursos
escasos y especialmente valiosos entre todos los seres humanos o, al menos, entre
todos los miembros que componen una sociedad, y ello con independencia en
principio de las diferencias humanas, incluidas también las naturales. La idea de
la igualdad de resultados, que también se ha llamado a veces igualdad sustancial,
material o real, se encuentra estrechamente asociada a nociones como la de justi­
cia social o la de igualdad económica, pero no se reduce a proponer la igualación
-o una mayor igualación- en los bienes económicos, sino que pretende también
extenderla a la cultura, el poder social y político y demás bienes sociales especial­
mente importantes. Rechazada en bloque por el radicalismo liberal como mero
fruto de la envidia o como espejismo que conduce a la servidumbre, el modelo
admite, desde luego, concepciones extremas y ajenas a todo atractivo, como ese
extremo igualitarismo que Bobbio ha sintetizado en la absurda pretensión de igua­
lar a todos en todo (cf. 1977, 358 y 361; t. c., 69 y 83). En realidad, el abanico de
las concepciones verosímiles del modelo de la igualdad de resultados gira más
bien en torno a la fórmula de la igualación de todos en algo. La discusión intere­
sante es en qué.
Para ordenar el marco de la discusión propongo aceptar la distinción de Dwor­
kin entre dos grandes concepciones rivales de la igualdad de resultados: la igual­
dad de bienestar y la igualdad de recursos. El bienestar o la felicidad, que es el
bien final característico de una concepción ética como el utilitarismo, sería el
resultado que una sociedad justa debería igualar entre todos sus componentes, de
modo que cualquiera pudiera satisfacer sus necesidades y preferencias hasta

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alcanzar un nivel de bienestar similar. Ha de advertirse que, en una de las formu­


laciones más famosas de esta concepción de la igualdad, no precisa y propiamen­
te utilitarista sino popularizada por Carlos Marx, su significado está más allá de la
justicia en la medida en que presupone la superación de toda escasez, que es una
de las condiciones de la preocupación por, precisamente, una justa distribución
de los bienes. Porque tal sociedad más allá de la justicia y seguramente de la rea­
lizabilidad, pero en todo caso ideal y feliz, sería nada menos que la imaginada,
tras las huellas de Louis Blanc, en la Crítica al programa de Gotha bajo el criterio
«De cada cual según sus capacidades y a cada cual según sus necesidades», una
sociedad de la abundancia en la que habrían de correr «a chorro lleno los manan­
tiales de la riqueza colectiva». Pero aun suponiendo que nos enfrentamos a una
sociedad de menor abundancia y, por tanto, más competitiva, la concepción de la
igualdad de bienestar propone que el poder político se organice de modo que
todos puedan satisfacer igualmente sus preferencias, sólo algunas de las cuales
serán genéricamente comunes a todos, como tener una buena salud o una apropia­
da educación.
La concepción de la igualdad de recursos, por su parte, presenta un ideal dife­
rente, que se conseguiría cuando todos tuvieran iguales medios, no sólo materia­
les sino también culturales, para desarrollar sus planes de vida. El bien final que
aquí está en juego no es tanto el bienestar, o la felicidad, cuanto la autonomía per­
sonal, principio definitorio de las concepciones éticas de raíz kantiana, que, en
caso de conflicto, dan prioridad a los valores de dignidad y libertad que al de feli­
cidad. Obsérvese que, en paralelo al caso anterior, tampoco aquí se trata de conse­
guir una eventual sociedad utópica en la que todas las personas fueran máxima­
mente autónomas, sino más modestamente una sociedad en la que todos tengan
iguales recursos para desarrollar su propia autonomía.
Las dos concepciones anteriores propugnan no sólo ideales distintos, sino
también sistemas de distribución bien diferentes. En efecto, una vez superado el
umbral de las necesidades básicas -que ambas están comprometidas a satisfacer,
aun por diferentes razones-, mientras la igualdad de bienestar parece exigir desi­
gualdad de recursos, en la medida en que según tal concepción se debe dar más a
quien necesita más para obtener el mismo nivel de bienestar, en cambio, la igual­
dad de recursos propone distribuir igualmente los medios adecuados para que
cada cual ejerza en la mayor medida posible su autonomía o capacidad de realiza­
ción personal. Así pues, si se tiene presente, como datos de hecho, que las dife­
rencias en preferencias individuales pueden ser considerables tanto para obtener
el bienestar como para realizar la autonomía, y que en ambas concepciones de la
igualdad de resultados lo que a fin de cuentas se puede distribuir entre los indivi­
duos son recursos (en último término económicos), resulta que en el caso de la
igualdad de bienestar los recursos se habrán de distribuir desigualmente según las
distintas preferencias individuales, mientras que la concepción alternativa lo que

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A. RUIZ MIGUEL

exige es la igualdad en la distribución de los recursos mismos. O, dicho de otro


modo, si en la igualdad de bienestar se distribuye un igual bienestar con indepen­
dencia de la desigualdad de recursos que tal finalidad exija, en la igualdad de
recursos se distribuyen igualmente tales recursos como medio de realización de la
autonomía con independencia de la desigualdad de bienestar que ello comporte
(cf. Dworkin, 1981a, 186). Por tanto, el distinto modo de distribución de los recur­
sos, que depende del distinto bien final contemplado por cada concepción, hace
que el trato de una y otra concepción a las diferencias de los seres humanos en sus
preferencias vaya, por así decirlo, en sentido opuesto.
Aunque la concepción de la igualdad de bienestar aparente tener inicial e
intuitivamente una fuerte atracción, tiene flancos débiles en los dos lados de su
enunciado. Por un lado, el del bienestar, para quienes niegan la premisa mayor,
como las concepciones no utilitaristas (o, con mayor amplitud, no «bienestaris­
tas»), tal valor no es un fin que merezca perseguirse por encima de otros, y quizá
ni siquiera en paridad con ellos, de manera que desde tales posiciones difícilmen­
te existirán razones para propugnar la igualdad precisa y dominantemente en un
tipo de bien que no tiene suficiente valor. Por otro lado, el lado de la igualdad, y
aun para quienes acepten el carácter especialmente valioso del bienestar, se ha
formulado el vigoroso argumento de que, dadas las eventuales diferencias en las
preferencias humanas, la concepción de la igualdad de bienestar puede producir
una distribución injustamente desigualitaria, por la que se terminaría benefician­
do especialmente, en eficaz ilustración de Amartya Sen, a «la gente más difícil de
complacer, que tienen que ser rociados con champán y enterrados con caviar para
que alcancen un nivel normal de utilidad, que cualquiera alcanza con un bocadillo
y una cerveza» (Sen, 1979, 156-7; t. c., 149). Una variante de este mismo argu­
mento, que afecta no ya a los exquisitos sino a los aprovechados, es la elaborada
por Dworkin: en una sociedad que llevara a cabo la igualdad de bienestar las per­
sonas podrían decidir desarrollar gustos o ambiciones caras para aumentar su bie­
nestar, pero esa decisión sería injusta y no merecería recursos aparte (o, en su
defecto, compensación) porque disminuiría los recursos globales a repartir y, por
tanto, el bienestar de los demás (cf. 1981a, 237).
En cuanto a la concepción de la igualdad de recursos, el centro de la discusión
contemporánea sobre su alcance me parece que gira en tomo al ya clásico princi­
pio de diferencia de John Rawls, conforme al cual no deben admitirse más desi­
gualdades sociales y económicas que las que beneficien a los socio-económica­
mente peor situados en una determinada sociedad (cf., últimamente, 1993, 5-7).
Pueden mencionarse brevemente las críticas más bien de matiz que el criterio
rawlsiano ha suscitado en autores ideológicamente cercanos, como Ronald Dwor­
kin, que considera poco afinada la referencia rawlsiana al grupo menos favoreci­
do económicamente en comparación con una aproximación más personalizada
(cf. 1981 b, 338-41), o Amartya Sen, que ha propuesto flexibilizar la aplicación

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AFDUAM 2 (1998)

rawlsiana de la igualdad a los bienes básicos sustituyéndola por su aplicación a


las variables capacidades básicas de las personas (cf. 1979, 159-61; t. c., 151-3;
y 1992,passim).
Junto a las anteriores, resulta de mayor pretensión y alcance otro tipo de críti­
cas, que consideran demasiado exigente el principio de diferencia, si bien tampo­
co se apartan del todo del básico ideal de igualdad social propio del Estado de
bienestar. Sirvan como ejemplo de estas posiciones la de Harry Frankfurt y la de
Jeremy Waldrom. Para el primero, el igualitarismo de Rawls sería tan indefendi­
ble como el igualitarismo absoluto por atribuir a los medios (los recursos econó­
micos) una relevancia que sólo merecen los fines (la libertad, la felicidad ... ),
cuando, según Frankfurt, lo importante no sería que todos tengan lo mismo sino
que todos tengan bastante, es decir, no el tener menos que otros sino el tener
demasiado poco (cf. 1987, 134-5; 146; y 156-7). Waldrom, por su parte, ha inten­
tado mostrar que, incluso desde los propios presupuestos neocontractualistas de
Rawls -con la posición original y el velo de la ignorancia entendidos como apara­
tos de presentación más que de justificación-, lo racional sería escoger no el prin­
cipio de diferencia sino un principio de mínimo social, esto es, de distribución de
unos recursos económico-sociales esenciales que cubran las necesidades básicas
de todos hasta garantizar su leal participación como ciudadanos activos, criterios
éstos que serían relativos al tipo de sociedad en cuestión pero independientes de
la relación entre los mejor y los peor situados (cf. 1986, passim).
Las dos anteriores posiciones, que sin duda retan frontalmente a una teoría
como la de Rawls, vienen a coincidir en la presuposición de que la igualdad sus­
tantiva importa sólo hasta el nivel de superación de una pobreza o privación
entendida en términos socialmente absolutos, esto es, absolutos al menos en el
marco de una sociedad y una cultura dada, no necesariamente absolutos en el sen­
tido de definibles de forma ahistórica y transcultural. Frente a esa presuposición,
el ideal rawlsiano se sustenta en la idea de que la pobreza o la privación pueden
ser, además, relativas dentro de cada sociedad, de manera que pueden depender
de la mayor o menor distancia entre los extremos de la pirámide social, esto es, de
la comparación entre quienes están mejor y quienes están peor.
Se trata, me parece personalmente, de un ideal atrayente y que presenta un
referente valioso y realizable para sociedades como las nuestras, aunque mucho
más difícilmente alcanzable a escala mundial, al menos por lo que se puede entre­
ver por el momento. En todo caso, y para ir concluyendo ya, críticas al principio
de diferencia como las anteriores muestran que una concepción de la igualdad de
resultados como la que tal principio presupone sigue siendo merecedora de consi­
deración y discusión. En realidad, por lo demás, el impacto de la obra de Rawls
en la filosofía política contemporánea no es sino un signo más de que la eterna
discusión sobre la justicia, y dentro de ella de la justicia como igualdad, está lejos
de haber llegado a su fin.

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A. RUIZ MIGUEL

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(Nota: El presente texto se encuentra en el proyecto de investigación PB94-0193, del Programa


Sectorial del Conocimiento de la DGICYT.)

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