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Curso: RUNAS VIKINGAS
Lic. Marinela Ramírez
Guía N° 9. EL DIOS THOR
Thor, también conocido como Donar, es
hijo de Odín y es el dios de la guerra y la
lucha más fiera. De su esposa Sif, tuvo tres
hijos: Magni, Modi y Trud.
Es considerado el más fuerte de todos los
dioses, incluso rudo, y la representación del
coraje y la fuerza viril. Es conocido como el
dios del trueno, pero su papel es complejo
ya que tenía influencia en áreas muy
diferentes, tales como el clima, las
cosechas, la protección de los hombres, la
consagración, la justicia, las lidias, los
viajes y las batallas. A veces iracundo, es la
divinidad del rayo y el trueno. Su aposento
es el mayor de los palacios de Asgard, en
Bilskirnir, una impresionante mansión con
quinientas cuarenta estancias. Igual
número que las puertas del Valhalla, donde
se alojaban, espléndidamente, los
humildes jornaleros tras su muerte- allí les
aseguraba la felicidad eterna, en
condiciones de igualdad con sus amos y
señores, los guerreros, para compensarles
Thor y los Gigantes, por W.E. Winge, 1890 de todo lo que en la tierra habían padecido,
gloria sobradamente ganada con su
honrado y constante esfuerzo.
Las más preciadas posesiones de Thor, que lo caracterizan, son su martillo de guerra
arrojadizo Mjollnir (el aplastador), el cinto o especie de faja que duplicaba su fuerza y unos
guantes de hierro que usaba para poder blandir su martillo. El martillo de Thor en miniatura
se usaba como amuleto que posteriormente se convirtió en un símbolo desafiante de los
paganos nórdicos durante la cristianización de Escandinavia.
Thor era rápido al actuar e inclemente a veces pero en causas justas. Se le asociaba con
las tormentas, el trueno y el relámpago y, según relatan las sagas, el granizo proviene de
las ruedas de su carro, que descienden y golpean como proyectiles de hielo que expulsan
a su paso.
Thor era considerado el defensor de los humanos, ante todo, frente al peligro de los
gigantes de hielo. De igual manera resguardaba la seguridad de la vivienda y otras
propiedades, al tiempo que brindaba fuerza y poder a quienes lo invocaban. Era tan
respetado y reverenciado por su tutela a los humanos, que fue considerado el segundo en
el orden celestial, después de Odín, su padre, incluso el primero para los noruegos.
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El martillo de Thor
Thor llevaba siempre con él su martillo Mjollnir que tenía la propiedad de dar brutal e
infaliblemente en el blanco y, como un bumerang, regresar al dios sin dañarlo y sin importar
a qué distancia había sido arrojado. Cuando Thor lanzaba su martillo se producían
relámpagos en el cielo pues el propio martillo era incandescente y lo impulsaba con doble
fuerza, la suya que ya era prodigiosa y el impulso adicional que le permitía su cinturón
mágico.
El símbolo de su arma, el martillo Mjollnir, era usado como
protección, al igual que los cristianos posteriormente
emplearían la señal de la cruz. Elaborado en diversos
materiales, en miniatura, era utilizado por los creyentes
como talismán. Podían llevarlo al cuello, tatuado en la piel
o grabado en sus objetos personales. De ese modo
invocaban su protección divina. De igual forma, se usaba
sacramentalmente para bendecir el hogar, para marcar los
linderos de las propiedades, para dar validez a las
uniones, o para cerrar la pira funeraria o el barco-urna de
los guerreros.
Al respecto es de señalar que según las costumbres funerarias, si el fallecido había sido un
guerrero (con mayor razón si había sido un hombre poderoso), era enterrado o cremado
junto con sus armas, su caballo y otras propiedades. Igualmente irían su esposa y sus
sirvientes, puesto que todo y todos, lo que le había pertenecido, ya no eran más que inútiles
pertenencias en la tierra, pero podrían serles necesarias en el otro mundo.
En el caso de los entierros, en innumerables hallazgos arqueológicos es frecuente hallar un
Martillo de Thor junto a los objetos de valor de los difuntos, de modo que era venerado
como el dios protector de los hombres, aun en el mundo de los muertos.
Dios de la tormenta
Cuando Thor se desplazaba vigoroso en su carruaje de bronce, tirado por dos machos
cabríos, resonaba el estruendo de los truenos. Desde Midgard, la tierra de los hombres, se
oía el rugido de la tormenta y los humanos sabían que por los cielos estaba pasando el
carro de Thor, tirado por sus dos cabras de hocicos de fuego, tal vez a luchar contra los
gigantes de hielo, el mayor peligro para los pueblos del Norte, siempre amenazados por el
cruento frío. Estas cabras podían ser sacrificadas al atardecer y resucitar al alba, si se
cuidaba de no romper ningún hueso y de colocarlos dentro de su piel.
El viaje de Thor a Utdard
Hay muchos relatos que muestran la bravura y la fuerza de Thor, así como lo invencible de
su poderosa arma, Mjollnir. Pero he seleccionado éste en especial, por mostrar el contenido
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de la psicología nórdica, los valores subyacentes en el saber popular de los pueblos
vikingos y lo complejo de sus paradigmas.
En una ocasión, Thor decidió hacer un viaje a Utgard, ciudadela de Jotunheim, reino de los
gigantes de hielo, a fin de retarlos de cesar de enviar ráfagas de viento helado a la tierra,
ya que congelaban los brotes aun verdes e impedían el crecimiento de las flores. Estaba
dispuesto a acabar con la raza de los gigantes, para lo cual se hizo acompañar del dios
Loki, debido a sus múltiples recursos y habilidades. Dispuso su carruaje de bronce y tras
un día de viaje, faltando aun para llegar, decidieron pasar la noche en una cabaña ubicada
en el solitario paraje. El anfitrión los recibió con agrado y los alojó, como era la costumbre
recibir a los viajeros, pero era pobre y no tenía mucho que ofrecerles. El apetito de Thor era
muy grande y decidió sacrificar las dos cabras que tiraban de su carro. Las preparó y cocinó
e invitó al dueño de casa y familia a compartir el alimento. Su única advertencia fue que
juntaran todos los huesos, sin romperlos, y los colocaran dentro de piel cuidadosamente
extendida en el suelo.
Todos comieron con entusiasmo cuidando de los huesos de las cabras, menos uno de los
hijos del campesino que, aconsejado por Loki, el embaucador, rompió uno de los huesos y
absorbió la médula, creyendo que su picardía sería ignorada.
Al amanecer Thor se alistó para salir y los animales se levantaron, tan vivos y fuertes como
el día anterior, pero al iniciar la marcha uno de ellos comenzó a cojear. Thor entendió que
había sido desobedecido y, enfurecido, estuvo a punto de matar a la familia completa, hasta
que el transgresor confesó su falta. Entonces el padre, avergonzado y para calmar la furia
del dios, le entregó al muchacho además de una de sus hijas, para que lo acompañaran y
le sirvieran en adelante.
El dios aceptó el trato. Dejó al campesino al cuidado de las cabras hasta su regreso y
continuó el resto del camino a pie, junto a Loki y los dos nuevos sirvientes. Luego de un día
de camino, anochecía en un sitio envuelto en una densa niebla. Allí, se alojaron en una
especie de cobertizo que parecía abandonado, donde se arrojaron al suelo para descansar.
Pronto sintieron un extraño sonido y un prolongado temblor en el suelo donde yacían.
Temiendo que el techo se desplomara a causa del temblor de tierra, se refugiaron en un
rincón donde pronto se quedaron dormidos. Al amanecer vieron con claridad que el temblor
que había sentido por la noche no era otra cosa que los ronquidos de un enorme gigante
que dormía junto a ellos.
El gigante despertó y, buscó en el suelo algo que al parecer había dejado allí para dormir.
Lo vieron entonces recoger un descomunal guante. Ese había sido el objeto que en niebla
nocturno ellos habían confundido con un cobertizo y, el rincón donde se habían alojado, no
era otra cosa que el pulgar del gigantesco guante.
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El coloso resultó ser el buen gigante
Skrymir quien, al enterarse de que la
comitiva se dirigía a Utgard, en
Jotunheim, se ofreció a servirles de
guía. En este encuentro, Skrymir
utilizó una poderosa e inteligente
magia que haría que el dios de la
fuerza, Thor, y el dios del fuego, Loki,
se vieran minimizados.
Les puso una serie de pruebas que
no pidieron superar, entre ellas que el
martillo de Thor no le causaba ningún
daño. Al final les advirtió: en ese lugar
donde van, la ciudadela de Utgard, yo
resulto ser pequeño, de modo que se
enfrentarán a gigantes más colosales
que yo y ustedes resultan ser
diminutos y débiles allí.
Tal argumento los persuadió de
desistir de su marcha y regresar al
Asgard, persuadidos de no destruir a
la raza de los gigantes. En esta
ocasión, Thor y Loki recibieron una
lección de paz y convivencia, además
de entender que no siempre las
cosas son como uno las imagina.