Mariño, Como Si El Ruido Pudiera Molestar

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Como si el ruido pudiera molestar, Gustavo Roldán.

Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente todos
los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca,
y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir.
Es que no había nada que decir.
Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de
ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue
una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia.
Ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto de morir.
Por eso los animales lo rodeaban, cuidá ndolo, pero sin saber qué hacer.
—Es que no hay nada que hacer —dijo el tatú con una voz que apenas se oía—.
Ademá s, me parece que ya era hora.
Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos miraban con una tristeza larga en
los ojos.
—¡Pero, don tatú , no puede ser! —dijo el piojo—, si hasta ayer nomá s nos
contaba todas las cosas que le hizo al tigre.
—¿Se acuerda de las veces que lo embromó al zorro?
—¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo?
—¡Y có mo se reía con las mentiras del sapo!
Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían oído hablar
de la muerte, miraban sin entender.
—¡Eh, don sapo! —dijo en voz baja un monito—. ¿Qué le pasa a don tatú ? ¿Por
qué mi papá dice que se va a morir?
—Vamos, chicos —dijo el sapo—, vamos hasta el río, yo les voy a contar.
Y un montó n de quirquinchos, corzuelas y monitos lo sigueron hasta la orilla
del río, para que el sapo les dijera qué era eso de la muerte.
Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y
que la muerte, cuando llega a su debido tiempo, no era una cosa mala.
—Pero don sapo —preguntó una corzuela—, ¿entonces no vamos a jugar má s
con don tatú ?
—No. No vamos a jugar má s.
—¿Y él no está triste?
—Para nada. ¿Y saben por qué?
—No, don sapo, no sabemos...
—No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos. Por eso se va
contento.
—Claro —dijo el piojo—. ¡Có mo jugaba!
—¡Pero tampoco va a pelear má s con el tigre!
—No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar tranquilo al
tigre. También por eso se va contento.
—¡Cierto! —dijo el piojo—. ¡Có mo peleaba!
—Y ademá s, siempre anduvo enamorado. También es muy importante querer
mucho.
—¡É l sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! —dijo la iguana.
—¡Como para que no! Si má s de una historia la inventamos juntos, y por eso se
va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió mucho.
—Cierto —dijo el piojo—. ¡Có mo se divertía!
—Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo.
—Un poquito sí, pero... —la voz le quedó en la garganta y los ojos se le mojaron
al sapo —. Bueno, mejor vamos a saludarlo por ú ltima vez.
—¿Qué está pasando que hay tanto silencio? —preguntó el tatú con esa voz que
apenas se oía—. Creo que ya se me acabó la cuerda. ¿Me ayudan a meterme en la
cueva?
Al piojo, que estaba en la cabeza del ñ andú , se le cayó una lá grima, pero era tan
chiquita que nadie se dio cuenta.
El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y murió .
Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por muchos cuerpos
pasó un escalofrío.
Todos sintieron que los oprimía una piedra muy grande.
Nadie dijo nada.
Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar, los animales se fueron
alejando.
El viento sopló y sopló , y comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló , y las
nubes se abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo
ruido con las hojas de los á rboles y silbó entre los pastos secos.
—¿Se acuerdan —dijo el sapo— cuando hizo el trato con el zorro para sembar
maíz?

Extraído, con autorización de su autor y sus editores, del libro Como si el ruido


pudiera molestar (Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1998. Colección Torre de Papel;
Serie Torre Roja)

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