Los Dones de San José
Los Dones de San José
Los Dones de San José
Isidoro de Solano
CAPÍTULO XII.
De los dones de los siete del Espíritu Santo
La excelencia de la pureza tiene por consecuencia los dones del
Espíritu Santo. Estos dones brillan en San José de la misma
manera que en la Santísima Virgen, y son, según nos enseña el
Profeta, en número de siete, a saber: sabiduría, entendimiento,
ciencia, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios. La sabiduría se
opone a la locura o a la necedad. La sabiduría de José fue muy
parecida a la de la Santísima Virgen, porque como nos dice el
Libro de los Proverbios: Donde hay humildad hay sabiduría, y
como la humildad de José corrió parejas con la de la Reina del
mundo su esposa, hemos de concluir que tuvo también su
sabiduría.
Además, quien dice sabiduría dice ciencia gastada; y de ahí
dimana el gusto espiritual de la verdad suprema. Tres son las
cosas que se hallan en el gusto, 4 saber; el contactado de las cosas
gustosas con el órgano del gusto, la distinción de los gustos y el
placer. José gozó todas estas sensaciones con respecto a! Cristo
en un grado inmediatamente inferior al de la Santísima Virgen. La
humildad del Cristo estuvo en efecto más en contacto con José
que con el resto de los hombres y la comprendió y sintió mejor
que nadie. La luz divina le manifestó qué debía pensar, querer y
hacer; los ángeles y Ja Santísima Virgen le dieron las mismas
lecciones... Pero creemos haber hablado antes lo bastante del
placer que José experimentó en compañía de Jesús tanto en su
infancia y en su adolescencia como en su juventud.
«El don de entendimiento, dice San Gregorio; es la facultad por Ja
cual el espíritu penetra lo que entiende y lo que disipa las tinieblas
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de su corazón fortificándolo.» Notad la perspicacia con que el
levantado espíritu de San José comprendió las órdenes de los
ángeles, las consintió y se dió prisa en ejecutarlas. Por ahí se ve
cuán animado estaba, el corazón del excelso José por la
esperanza, iluminado por la inteligencia y libre de las tinieblas
humanas. El grado de entendimiento está en relación con el de
pureza y la de José es casi tau lúcida como la de la Santísima
Virgen. ¿Cómo es posible qué José dejara de tener un
entendimiento ilustradísimo cuando vivía entre el Sol y la Luna?
Estaba iluminado de un lado y purificado de otro, ¿Pueden darse
tinieblas allí donde el sol y la luna envían sin cesar los rayos de
luz? Está escrito del Cristo: El espíritu del Señor, el espíritu de
ciencia y de entendimiento descansará en Él {1). Pues bien; el
espíritu de entendimiento descansó en San José, ya que después
de la Santísima Virgen, Jesús, Dios eterno, no halló mejor lugar de
descanso que los brazos, el pecho, los hombros, la casa y el lecho
de San José. Y no se trate de profanar esta verdad apelando a
argucias y diciendo que dicho contacto es ineficaz. Si el Cristo des-
cansó corporal mente lo hizo también espiritualmente, y si
descansó espiritualmente, le dió un grado proporcionado de
entendimiento. Hay que admitir solamente que la mente estuvo
dispuesta para el efecto: hay más; la filosofía católica admite la
necesidad de tal presencia espiritual del Cristo, hasta cuando no
es corporal. Ahora bien; no puede negarse la disposición de la
mente de José que fué siempre dócil a la voz de Dios. Añádase a
esto la presencia de su Esposa que le instruía y la del Cristo que le
fortificaba vivamente. Creemos, y no es ciertamente una creencia
vana, que así como un objeto capaz de calentarse mucho, si se
halla colocado entre dos fuegos excitados é inflamados por el
viento, no puede dejar de tomar un grado muy subido de calor,
así no es posible que el alma de José morando en compañía del
Dios humanado que era un fuego ardiente, atizado
incesantemente por el soplo del amor, de las enseñanzas divinas y
de la oración en el) entendimiento de José, haya dejado de llegar
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a un elevadísimo grado de entendimiento, que sólo cedía al de la
Santísima Virgen.
Sigue el tercer don del Espíritu Santo, que es el de consejo, del
cual San Gregorio habla en esta forma: «El consejo pone trabas a
las decisiones precipitadas (en las cosas presentes) y llena el
espíritu de razón (para las cosas futuras). Nos depara la luz que
ilumina tas cuestiones complicadas, y nos sirve para meditarlas,
penetrarlas y adoptar una resolución para llevarlas a efecto.»
Pruébese haber poseído San José este don en un altísimo grado
inmediatamente después de la Santísima Virgen, en primer lugar,
a causa de Jesucristo, por gracia del cual colmó Dios a José de
tantos dones. Un rey muy sabio para la dilucidación de gravísimos
asuntos llama consultores muy sabios. Ahora bien, el Cristo está
sobre todos los seres como Creador, como Reparador y como fin
del universo. Si Dios eligió a San José para guardar y conservar el
Cristo, especialmente contra los poderosos, astutos y órneles,
hemos de confesar por precisión, con la sana razón, haberle
dotado del mejor don de consejo, y que en este punto no fué José
inferior a la Santísima Virgen la cual estaba más inmediatamente
ordenada para el Cristo.
Además, está escrito: La unción os lo enseñará todo (1J; ahora
bien; José tuvo en su compañía y además por Hijo al Autor de esta
unción, el cual le estaba sujeto, por cuyo motivo hemos de
concluir que atesoró más que cualquier otro, exceptuada la
Santísima Virgen, suma abundancia de esta unción, y por esta
abundancia poseyó en alto grado el don de consejo.
Los reyes confían los secretos más importantes a los más capaces
entre sus consejeros, y como el Misterio de la Encarnación, que es
el mayor de todos los misterios, fué confiado por el ángel a José
después de la Reina de las vírgenes, hemos de concluir igualmente
que después de Ella nadie como él atesoró en tan alto grado el
don de consejo.
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Con relación a los ángeles se dan las siguientes razones: La luz que
de los ángeles se recibe purifica la mente; las relaciones que con
ellos se tienen iluminan admirablemente la inteligencia; lo que
ellos nos enseñan sobrepuja a todo pensamiento humano puesto
que los pensamientos angélicos descienden de Dios; por
consiguiente, el que reciba la luz de Los ángeles ha de tener en
grado eminente el don de consejo. Nadie como José, exceptuada
la beatísima Virgen, ha recibido más luz de los ángeles, y en
consecuencia hemos de deducir que atesoraba excelentemente el
don de consejo.
Las relaciones de José con la Santísima Virgen nos brindan con
otros argumentos. £1 hombre es cabeza de la mujer, a la cual
gobierna con su consejo, habiendo dado Dios a José por cabeza de
la Santísima Virgen, resulta que debió de ser o más sabio, o tan
sabio, o menos sabio que ella. No puede ciertamente decirse que
la sobrepujó o le fué igual en sabiduría, sino que debió de serlo
menos, pero en el grado inmediatamente inferior, porque en tan
admirable matrimonio el esposo tenía que convenir todo lo
posible a la esposa.
San Gregorio define el don de fortaleza de la siguiente manera:
«No teme la adversidad; es lo que basta en lo presente; alimenta
la confianza y siempre persiste del mismo modo en el porvenir.;»
La prueba de que José poseía admirablemente el don de fortaleza
la bailamos en que estando desarmado protegió al Rey soberano
del mundo contra reyes muy poderosos, orgullosos y
sobremanera crueles. José protegió valerosamente al Cristo
contra los ataques del demonio, cuyo poder, según Job, no tiene
en la tierra nada que pueda comparársele.
José alcanzó toda suerte de victorias a causa del Cristo. En primer
lugar, venciese a sí mismo dando crédito a la revelación del ángel
(1). Venció su propia carne conservando la virginidad: «los
combates de la carne, dice San Jerónimo, son más rudos que
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cualesquiera otros.» Venció las afecciones del mundo al
abandonar su patria. No le espantaron los trabajos, ni los peligros
de los viajes, ni las costumbres corrompidas de naciones
extranjeras, ni el temor de la pobreza, sino que valeroso,
magnánimo, ardiendo en el fuego del divino amor, se hizo
superior a todo con santa audacia, presentándose vencedor a los
ojos de Dios, de los ángeles y de los hombres. ¿No os parece que
en fuerza de la admiración que Les infundía el valor de San José
los ángeles se dirían: ¿Mirad con qué fortaleza de ánimo este
carpintero guarda al mismo cuya majestad adoramos, cuyo poder
tememos, y cuyo imperio abarca todo el universo? ¡Mirad con
qué magnanimidad se ríe y triunfa del demonio, et cual arrastró
en su caída la tercera parte de las estrellas de cielo ¡Oh! cuán
admirable es el nombre de este varón I Sólo a él ha sido cometida
una misión que nosotros espíritus celestiales, cuyo número no
puede contarse, no podemos cumplir dignamente. Él solo sirve al
Bey del cielo y a la Reina del mundo. Nosotros somos también
ministros de los mismos, nosotros que somos millares de millares,
millones de millones y más todavía. Mirad a José, hombro mortal,
lleno de confianza; nada teme, de nada desespera, y nunca se
irrita.
Un pasaje del Evangelio, empero, parece contradecir la fortaleza
de José. Dice este pasaje: Noticioso de que Arquéalo reinaba en
Jadea, temió w allá. Y con todo San Gregorio dice que el don de
fortaleza disipa el temor de los sucesos adversos; pero hay que
tener en cuenta que una cosa es el temor de sucesos adversos
que se nos preparan y otra el temor de aquellos que conviene
evitar. Los primeros no atemorizan al que posee el don de
fortaleza; pero el predominio de la razón le obliga a temer los
segundos. En ambos casos se practica un acto de virtud, en el
primero de Fortaleza, en el segundo de prudencia. Si José hubiese
recibido la orden de establecerse en Judea, es seguro que hubiera
desechado todo temor; pero como la razón le persuadía á que no
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fuera, no había motivo para un acto de fortaleza sino de prudente
temor. La fortaleza de José parecerá más admirable, si se
reflexiona que ella y su destierro debían servir de ejemplo a los
futuros mártires de la Iglesia, de quienes era ya la figura.
Tratemos ahora del don de ciencia, que como San Gregorio dice:
«corla el ajuno de la ignorancia.» Del don de ciencia el Espíritu
Santo hace brotar tres cosas, a saber: defiende la fe, viene en
ayuda de la piedad, y entre la razón extraviada y pervertida
conserva la razón sana y recta. Estos tres actos tienen el
manantial en el juicio formado por la ciencia. El don de ciencia se
manifiesta en la inteligencia, pero viene de la caridad que tiene su
asiento en la voluntad y nos hace juzgar bien de los objetos
interpuestos entre Dios y nosotros. Esta excelencia de juicio da a
conocer los errores de los filósofos, proporciona los medios de
combatirlos y nos hace aquéllos despreciables. Por ahí venimos en
ayuda de los hombres piadosos y suportamos a los que no lo son.
Estos actos provienen de la ciencia como de una causa más
elevada, cuyo principal efecto es el juicio. Conviene no echar en
olvido lo que San Agustín dice de la ciencia que es la doctrina
sagrada. «La ciencia produce, alimenta, fortifica y defiende la fe
sana que lleva a la bienaventuranza (1).» T más adelante añade:
«EL objeto de la ciencia se reduce a la defensa de la fe contra los
impíos para sostener las almas fieles. Teniendo la ciencia, que es
uno de los dones del Espíritu Santo, y La doctrina sagrada idéntico
objeto, juzgan igualmente de un mismo objeto, con sólo la
diferencia que la una lo hace por la inspiración y la otra por el
conocimiento.» Según estas observaciones se ve que San José
poseyó el don de ciencia en grado eminente, inferior tan sólo al
de la Santísima Virgen. En efecto, no sólo defendió la fe, sino
también al Autor de ella, y nutrió al mismo Maestro del mundo. La
Iglesia dedica á su Esposa estas palabras: «Tú sola destruiste todas
las herejías en el universo mundo.» José protegió esta Reina de
innumerables peligros, la sostuvo, y alimentó con el fruto de su
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trabajo. Para vivir conforme a la piedad del Cristo y de su Madre
se mantuvo en una fe inquebrantable en medio de la pervertida
nación egipcia. Es muy cierto que José era de inteligencia elevada
y de clarísimo ingenio, y que, iluminado por la luz divina, tenía
más exactas nociones sobre las cosas sensibles, sobre la na-
turaleza del alma, sobre la moral y sobre los ángeles que no las
han tenido jamás los más eminentes teólogos, y los más sabios
filósofos. Veía a los ángeles aparecérsele en sueños, y algunas
veces hasta en forma sensible cuando venían a servir al Cristo y a
la Virgen, según nuestra piadosa creencia; y estas relaciones
excitaban su espirita a discernir la naturaleza angélica, y los
conocimientos que bebía en estas fuentes los refería en el
momento al Cristo. Complacíase en conocer también al mismo
tiempo la causa y el efecto. Levantando los ojos al cielo veía el sol,
la lona, y los astros en movimiento; admirando su hermosura, su
grandeza y su fuerza, volvíase tanto en espíritu como con los
corporales ojos al Cristo, y le decía: «Los cielos no pueden
compararse con tu magnificencia.» Si la natural debilidad de la
inteligencia humana le bacía concebir alguna dada, o no le dejaba
comprender lo bastante, venía acto seguido a ilustrarse en el
Cristo que lodo lo sabe. No pensamos siquiera hablar de las
numerosas conversaciones que tuvo con la Santísima Virgen sobre
la Sagrada Escritora y el profundo sentido que en ella encontraba.
Todos los sábados concurría a la sinagoga, donde muy
atentamente es^ cuchaba la explicación de los dogmas divinos,
adoptando la interpretación que de los mismos daban los
ancianos. De regreso a su casa, consultaba sobre ciertos puntos
con Jesucristo y la Santísima Virgen, cuyas enseñanzas levantaban
su espíritu al grado más eminente del conocimiento de las cosas
divinas, confirmándose todos los días su convencimiento de que
Jesús era aquel cuya venida tenían vaticinada Moisés y los
Profetas. Compadeciéndose de la ceguedad de los judíos se decía:
«Oh Dios verdadero; ¿por qué no enseñas estas verdades a los
judíos ancianos? Manifiéstales tu rostro. Aparécete a Efraím,
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Benjamín y Manasés. ¿Quién podrá decir si no filé obligado por
estos votos de su padre adoptivo, que Jesús a la edad de los doce
años quiso enseñar en el templo, volviendo luego á eclipsarse
hasta que hubo llegado el tiempo señalado por su Padre? No cabe
dudar que después de la pública discusión de Jesús con los
doctores en el templo, Je haría José preguntas sobre las cosas
divinas, y que recibiría en consecuencia enseñanzas inenarrables.
Elevóse su espíritu a las más sublimes y sabias contemplaciones y
su corazón todo entero vacó al estudio de la sabiduría, llegada
estaba su mente por aquella fuente de los huertos y aquel pozo
de aguas vivas que abundantemente manan del Líbano, y se abría
en sí mismo un manantial de aguas vivas pe saltaba en la vida
eterna. Parece ser falta de perspicacia la duda de que José no
fuese de nobilísimo ingenio, y que habiendo vivido largos años en
compañía de la Sabiduría en persona, no recibiera de la misma el
don de una ciencia muy vasta. Quien tenga entendimiento, juicio
y cierto conocimiento de la influencia de los divinos misterios
sobre las acciones de los hombres, afirmará lleno de fe haber José
recibido de Dios el don de la ciencia en grado eminente. Un arle
mecánico no es ciertamente obstáculo para recibir del Espíritu
Santo el don de la ciencia, pero tampoco deja que ésta se
adquiera oyendo solamente i los Doctores, 6 registrando
numerosos volúmenes. Si no se nos representa k José como un
doctor versado en la Sagrada Escritura, como un rabino, como un
anciano, como un maestro en la ley, no puede negarse que
tuviera grandísimo ingenio, puesto que Dios ha elegido todo lo
que al mundo le parece necio, y ha manifestado frecuentemente
que los sabios del siglo no son más que insensatos. Cuantos
recibieron el don del Espíritu Santo junto con la unción interior
huyen del renombre y tienen procedimientos distintos de los dé
los sabios del mundo; porque la sabiduría mundana hincha y la del
Espíritu Santo nos hace humildes; la primera tiene formada de sí
un gran concepto y la segunda solamente está animada de
pensamientos modestos; aquélla se viste de ropas preciosas y se
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rodea de pompa, y ésta usa vestidos pobres y se esconde para ser
conocida de Dios sólo. Creemos no haber habido nadie en
tiempos de José, (es decir, en los del nacimiento e infancia del
Cristo, bien sea entre los judíos, bien entre los filósofos), que se
dedicara más profundamente que él al estudio de las cosas
divinas, movido particularmente a ello por las conferencias
continuas que tenía con el Cristo y su excelsa Madre.
Pero vengamos al don de piedad, del cual dice San Gregorio que
colma el corazón de obras de misericordia. Y porque la piedad
para todo es útil, como dice San Pablo (1), por esto tiene tres
géneros de acción: primero, inclina a las obras de misericordia;
segundo, obedece a la palabra divina, bien se nos dé á oír
interiormente por medio de la inspiración, como dice el Salmista:
diré lo que el Señor habla en mi interior; bien venga por revelación
angélica, según dice el Profeta: El ángel me hablaba mí; bien la
conozcamos por las Sagradas Letras. El tercero consiste en el
respeto a las cosas sagradas. De ahí que La glosa sobre el capítulo
quinto de San Mateo, comentando las palabras Bienaventurados
los mansos, dice: «Bienaventurados aquellos que piadosamente
buscan y veneran las cosas santas.» La inclinación a las obras de
misericordia procede ya del objeto en sí, ya del precepto y de las
exhortaciones o ya de un afecto particular. Así es como se siente
más compasión por los grandes infortunios de los reyes, en razón
a ser objetos más nobles, y movernos por ahí a la conmiseración.
Más fácilmente nos conmueven los males de nuestros deudos, en
cuyo lugar más fácilmente nos ponemos, y nos movemos sin
esfuerzo & hacer regalos a los que vamos a legar nuestros bienes.
Los mandamientos de Dios y las exhortaciones de los superiores
tienen mucha fuerza para excitarnos a los actos de piedad.
Cuando el excelso José consideraba expuesto a las calamidades de
la vida mortal al verdadero Dios revestido de carne para regenerar
a la humanidad, le consagraba sus piadosas atenciones con un
esmero y afecto proporcionados a la superioridad que sobre los
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reyes de la tierra tiene el Rey inmortal. El resto de los hombres
manifiestan su piedad a la imagen de Dios, pero José manifestaba
la suya a la imagen y al mismo Dios. Si el rey del universo, lanzado,
por muy justo que fuese, por una conjuración de sus vasallos, se
refugiara confiadamente en nosotros, llamándonos amigos y
parientes suyos, ¿no sería muy puesto en orden que le
ofreciéramos con todo nuestro corazón cuanto nuestro afecto nos
sugiriera? F si esto haríamos nosotros, ¿qué debemos pensar de
José, el cual vió con los ojos del espíritu y del cuerpo, con plena
certidumbre al Rey de los reyes, débil niño, desnudo, falto de todo
socorro, con la tierna Virgen su Madre, recibiendo de Él sublimes
enseñanzas por medio de admirables prodigios? Lo que ex presa
así: «Así como la seda sirve para introducir el hilo asimismo el
temor abre el paso A la caridad.» No tuvo losé este temor, porque
era bueno y se abstenía de pecar no por temor al castigo sino por
amor A la virtud. Sabía que Dios es severo en sus venganzas, y que
es cosa espantosa caer en manos del Dios que castiga; pero
herido del amor divino, fijaba los ojos de su alma en los rayos de
la caridad divina y no se acordaba de las penas del pecado. £1
temor de José con relación al pecado era inicial al sentido de este
pasaje del Libro de los Proverbios: El temor del Señor aborrece el
mal(l). Este temor comparado con el temor puro, es imperfecto,
pero perfeccionándose de día en día acaba por convertirse en
temor puro 6 casto. San Pablo llama filial A este temor: /Yo habéis
recibidor dice, ciertamente el espíritu de servidumbre para regiros
por el temor; sino que recibisteis el espíritu de la adopción de los
hijos merced al cual exclamamos: Padre mío, Padre mío (S). Este
temor casto se parece, según San Agustín, al de una esposa muy
pura que se guarda de inferir ofensa alguna a su esposo y s<Mo
teme una cosa y es decrecer en su amor. Este temor obra de dos
maneras, a saber, hace temer verse separada de Dios y dos le
hace respetar y venerar. En este punto el respeto se mezcla con el
amor. Tal era La naturaleza del temor de Dios que animaba A San
José, Este temor dimana del amor por lo mismo que tiene la raíz
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en la caridad. Su amor ardiente, sus multiplicadas obras, su culto
purísimo & Dios nos obligan A decir que José atesoraba en un
grado igual este temor casto. Heridos de este temor tememos a
menudo lo que no sería de temer, y es cosa común en las almas
virtuosas temer el pecado hasta allí donde no lo hay. No diremos
ciertamente que sean vanos los efectos de este temor, muy al
contrario, pues los que lo sienten sólo cuando están bien seguros
que un acto no es ofensa a Dios sólo entonces ponen la bondad
del acto en tela de juicio. La bondad divina les sostiene entonces
colmándolos de la consolación de una iluminación interior. De
esta naturaleza fué el temor de José en recibir a María su esposa;
pero viniendo a él el ángel de Iuz le dijo: José, hijo de David, no
temas recibir a tu esposa porque lo que de ella ha nacido del
Espíritu Santo es. £1 temor casto da el conocimiento de Las cosas
del mundo, puesto que el temor del Señor es el principio de la
sabiduría y de ella no se aparta nunca. De esta sabiduría mana
una prudencia admirable en las acciones, particularmente en
aquellas que miran al culto de Dios. Con respecto a) particular,
dice de José el Evangelista: Noticioso de que Arquéalo reinaba en
Jadea ocupando el trono de su padre, temió ir allá. Ya conocemos
la veneración de José bacía el Cristo, por su justicia proclamada en
las Sagradas Letras, por sus trabajos cuyo único fin era Jesús, por
sus visitas al templo para adorar a Dios particularmente en las
grandes festividades, pues tenía por costumbre ir a Jerusalén para
celebrarlas. José fué, pues, un templo, que descansaba sobre siete
adornadas columnas y en el cual ardía continuamente el fuego del
Espirita Santo. José fué también aquel hombre único por la
elección, por las obras, por la gloria, que siete mujeres tomaron,
es a saber, los siete dones del Espíritu Santo que pueden ser por
su fecundidad llamados mujeres. Llevan consigo al mismo tiempo
vestidos y alimentos para adornar el alma y nutrirla.
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