Comentario Literal de Tomás de Aquino Job
Comentario Literal de Tomás de Aquino Job
Comentario Literal de Tomás de Aquino Job
Agustín Echavarría
SECRETARIO
ISSN 1137-2176
Depósito Legal: NA 200/2010
Pamplona
Nº 222: Josep-Ignasi Saranyana, Por qué sufren los buenos y triunfan los
malos. Comentario literal de Tomás de Aquino al libro de Job
(capítulos 1-3), Traducción, estudio preliminar y notas
http://www.unav.es/filosofia/publicaciones/cuadernos/serieuniversitaria/
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Fax: 948 42 56 36
ESTUDIO PRELIMINAR.......................................................................................5
1. El tema del libro de Job y la ocasión del comentario tomasiano ...........5
2. Las convicciones de Santo Tomás .........................................................7
3. La exégesis tomasiana .........................................................................10
4. Algunas consideraciones sobre la autoría del libro de Job y la
historicidad del personaje ...................................................................13
5. La presente edición ..............................................................................15
Capítulo II .....................................................................................................57
Lección 1 ......................................................................................................57
Lección 2 ......................................................................................................61
Capítulo III....................................................................................................67
Lección 1..................................................................................................67
Lección 2..................................................................................................78
Lección 3..................................................................................................86
ESTUDIO PRELIMINAR
1
“Tota intentio [libri Iob] circa hoc versatur ut per probabiles rationes ostendatur res humanas
divina providentia regi” (ed. Leonina, prologus, p. 155-57). Cfr. una excelente exposición gene-
ral acerca de la providencia en este libro veterotestamentario, según el comentario aquiniano,
en: S. AUSÍN, “La providencia divina en el libro de Job. Estudio sobre la “Expositio in Iob” de
Sto. Tomás de Aquino”, Scripta theologica, 1976 (8), pp. 477-550. Según Chenu, este comen-
tario fue redactado para combatir los errores averroístas que negaban la providencia divina y,
a través de la negación de la pervivencia personal del alma después de la muerte, la justicia
distributiva divina. Cfr. M.-D. CHENU, Introduction à l’étude de saint Thomas d’Aquin, J.
Vrin / Publications de l’Institut d’Études Médiévales, Paris / Montreal, 21954, p. 210. Véase
también: L. CARVAJAL PUYANA, Doctrina de Santo Tomás sobre la Providencia en la
“Expositio super Iob ad litteram”, Universidad de Navarra (Facultad de Teología), tesis doc-
toral, Pamplona 1982, pro manuscipto.
6 Josep Ignasi Saranyana
2
“Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su
creación hacia su perfección” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302). Conduce con sabidu-
ría y amor todas las criaturas hasta su fin último (ibid. n. 321). A los hombres Dios concede
cooperar libremente en sus designios (ibid., n. 323).
3
“Decimos que el ser (ens), la cosa (res) y ser necesario (necesse) son tales que inmediatamen-
te se imprimen en el alma con la primera impresión, la cual no se adquiere por medio de otras
nociones” (AVICENA, Liber de Philosophia Prima, tractatus I, cap. 5 [ed. Van Riet, t. I, pp. 3-
32]).
4
Cfr. J. A. WEISHEIPL, Tomás de Aquino. Vida, obra y doctrina, tras. cast. cuidado de J. I. Sa-
ranyana, EUNSA, Pamplona, 1994, p. 421.
5
Cfr. TOMÁS DE A QUINO, In Iob, cap. 1, lect. 2, in fine (Leonina, p. 11518-524).
Estudio Preliminar 7
6
TOMÁS DE AQUINO, In Iob, cap. 2, lect. 2. (Leonina, p. 18204-219).
8 Josep Ignasi Saranyana
7
TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiæ, I, q. 22, a. 2, c. El principio “omne agens agit propter
finem” tiene dos aplicaciones fundamentales: al comportamiento de los seres racionales (o
sea, el hombre), planteando entonces el amplio problema del eudemonismo ético; y al com-
portamiento de los irracionales, dando lugar al asunto de la finalidad natural. De este primer
principio Aquino dedujo la existencia y universalidad de la providencia divina. Por ser primer
principio, es evidente e indemostrable. Pero, por no ser uno de los primerísimos primeros
principios (como lo son el de no-contradicción, el de identidad y el del tercero excluido), ha
sido discutido por los anti-finalistas, sobre todo desde la ilustración inglesa. En otros casos ha
sido aceptado, pero separado de la providencia divina, entendiendo el comportamiento de ra-
cionales y de irracionales como pura consecuencia de una fatalidad inevitable.
8
TOMÁS DE AQUINO, In Iob, cap. 7, lect. 4 (Leonina, p. 50366-390).
9
TOMÁS DE AQUINO, Contra gentiles, III, c. 113. Por el mismo argumento, también gobierna
las esferas celestes, eviternas según las creencias de la cosmología y astronomía de la época,
porque en su movimiento no hay degradación entitativa. Por tal motivo, se decía entonces,
son perpetuas individualmente, a pesar de ser materiales en algún sentido. Esta idea intuía una
verdad fundamental, también revelada: que no toda materia será destruida al fin de los tiem-
pos.
Estudio Preliminar 9
10
TOMÁS DE AQUINO, In Iob, cap. 5, lect. 3 (Leonina, p. 38293-294): “quibusdam [hominibus] ad
correptionem qui per adversitates emmendantur, quos asserit esse beatos”.
11
TOMÁS DE AQUINO, In Iob, cap. 21, lect. 1 (Leonina, p. 124-125140-144).
12
TOMÁS DE AQUINO, In Iob, cap. 21, lect. 11 (Leonina, p. 125166-172).
10 Josep Ignasi Saranyana
3. LA EXÉGESIS TOMASIANA
13
TOMÁS DE AQUINO, In Iob, prol. (Leonina, p. 496-103).
14
Por ejemplo: “Algunos [se refiere a Gregorio Magno], en cambio, no relacionan esta alegría
con el placer de morir e ir al sepulcro, sino con encontrar el tesoro, que de ordinario se ente-
rraba en los sepulcros, para acompañar a los muertos en su itinerario. Pero, resulta más acep-
table la primera interpretación” (In Iob, cap. 3, lect. 3 [Leonina, p. 25461]). Se refiere a Mora-
lia in Iob, V, 10, que cito según la edición española preparada por J. Rico Pavés, Editorial
Nueva, Madrid, 1998, aquí p. 307.
15
Cfr. J. M. CASCIARO, Exégesis bíblica, hermenéutica y teología, EUNSA, Pamplona, 1983, pp.
155-181. Sobre el uso de la alegoría, por parte de Santo Tomás, en su obra sistemática y en
sus comentarios bíblicos, ver: M.-D. CHENU, La théologie au douzième siècle, J. Vrin, Paris,
2
1966, c. 8 (pp. 191-209, especialmente pp. 204-209).
Estudio Preliminar 11
16
Por ejemplo: la palabra víbora designa, propiamente, un reptil determinado, muy venenoso.
En sentido metafórico o impropio, señala una persona que cuya lengua exuda veneno cuando
habla o maquina, porque mata o daña. Por eso, el Bautista increpa a los fariseos y saduceos
llamándolos “raza de víboras”. En ambos casos, la noción significada se descubre acudiendo,
en primer lugar, a la letra, que se toma, en un caso, propiamente, y en el segundo, metafó-
ricamente.
17
La parábola de los talentos, interpretando los cinco talentos, como los cinco sentidos corpora-
les, y los dos talentos, como las dos potencias del alma (intelecto y voluntad). Hay alegorías o
metáforas de gran belleza imaginativa y poética, pero no útiles, evidentemente, para la de-
mostración teológica.
18
El vellón de Gedeón, que se impregna de rocío, significa la Encarnación. Melquisedec, rey-
sacerdote de Salén, sin genealogía, a quien Abraham entrega las ofrendas para el sacrificio de
acción de gracias, es tipo del sacerdocio de Cristo. El sacrificio de Isaac y el sacrificio de
Cristo en la Cruz.
19
El diálogo de Jesús con los fariseos y herodianos sobre el tributo al César permite extraer pau-
tas de conducta acerca de las relaciones entre la jurisdicción civil y la jurisdicción eclesiástica
(poder temporal vs. potestad espiritual).
20
Las descripciones veterotestamentarias del la tierra prometida, pueden predicarse, en algún
sentido, de la vida futura en el paraíso. Las descripciones de los tiempos mesiánicos, que se
hallan en los libros proféticos, también evocan características de la Patria celeste.
21
El Cantar de los Cantares aplicado a las relaciones del alma con Cristo, su Esposo.
12 Josep Ignasi Saranyana
22
“Ubi considerandum est quod omnia quae supra figurative locutus est hac finali clausula
exposuisse videtur, quod etiam in aliis euis dictis advertendum est” (In Iob, cap. 3, lect. 1
[Leonina, p. 23315-319]).
Estudio Preliminar 13
23
“[…] et quamvis ad intentionem libri non multum differat utrum sic vel aliter fuerit [Iob in
rerum naturam], refert tamen ad ipsam veritatem” (In Iob, prol. [Leonina, 477-79]).
24
La Bíblia. Versió dels textos originals i comentari pels Monjos de Montserrat, IX. Job, per D.
Ramir Augé, Monestir de Montserrat, Montserrat (Barcelona) 1959; texto catalán-latino (latín
de la Vulgata sixto-clementina).
25
Sagrada Biblia. Antiguo Testamento, 3. Libros poéticos y sapienciales, EUNSA (Facultad de
Teología, Universidad de Navarra), Pamplona, 2001; texto castellano-latíno (latín de la se-
gunda edición de la Nova Vulgata [1986]). Sobre la legitimidad de ambos análisis del texto
sagrado, montserratino y navarrense, cfr. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de
la Biblia en la Iglesia, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1993.
14 Josep Ignasi Saranyana
26
La Biblia vulgata latina traducida al español, por F. Scío de San Miguel, Madrid, 1885, 5
vols. en 10 tomos.
27
“Fueme dirigida la palabra de Yahvé: ‘aunque hubieran estado en ella [en la tierra, es decir,
en vida todavía] estos tres varones, Noé, Daniel y Job’”, su intercesión no habría bastado para
que perdonara tanta maldad.
28
“Sabéis la paciencia de Job, el fin que Dios le otorgó, porque el Señor es compasivo y
misericordioso”.
Estudio Preliminar 15
5. LA PRESENTE EDICIÓN
29
TOMÁS DE AQUINO, Expositio super Iob ad litteram, en Sancti Thomae de Aquino opera
omnia iussu Leonis XIII P. M. edita, ad Sanctæ Sabinæ, Romæ, 1965, tomus XXVI, 336 pp.
Se cita por la página y línea (el número de la línea va volado).
30
Divi Thomæ Aquinatis Doctoris Angelici in librum Beati Job Expositio, en Tomus tertius
decimus D. Thomæ Aquinatis omnia opera, Romæ: apud Iulium Accoltum, 1570.
31
Doctoris Angelici Divi Thomae Aquinatis Expositio in librum Sancti Job, en Opera omnia,
apud Ludovicum Vivès, Paris, 1876, vol. 18/1, pp. 1-227.
16 Josep Ignasi Saranyana
obras más. He incluido, aunque muy rara vez, alguna referencia a autorida-
des importantes, en concreto a Aristóteles, Boecio, San Agustín, el corpus
dionisiano y Avicena.
Es muy escasa la bibliografía moderna citada (tres o cuatro autores y un
par de estudios del que suscribe). Me ha parecido innecesario recargar de
erudición los escolios a pie de página. Tales referencias están exigidas por
deudas que el editor tiene con colegas de claustro académico, y de las que
desea dejar constancia de alguna forma.
* * *
COMENTARIO LITERAL
AL LIBRO DE JOB
(CAPÍTULOS 1-3)
PRÓLOGO
1
Aquino va a resumir, en pocas palabras, el itinerario de la filosofía. Es evidente que tiene a la
vista el libro primero de la Metafísica de Aristóteles, donde el Estagirita repasa el desarrollo
de la filosofía antigua, antes de ofrecer su punto de vista personal. Puesto que su comentario
al primero de los Metafísicos es tempranero, se puede mantener la cronología propuesta por
Tolomeo de Lucca (asumida por los editores de la Edición Leonina y por J. A. Weisheipl),
según la cual Tomás habría comentado el libro de Job durante el pontificado de Urbano IV,
entre 1261 y 1264, en Orvieto (Italia). Weisheipl estima que Aquino dictó sus lecciones sobre
el libro de Job siendo lector del convento dominicano de Orvieto, después de 1261, porque
aduce la versión de algunos libros aristotélicos traducidos por Guillermo de Moerbeke, no
terminados antes de esa fecha. Posteriormente lo habría puesto por escrito. Su trabajo debió
de ser contemporáneo de la redacción del libro III de Contra Gentiles, donde también trata
profundamente el misterio de la providencia divina. Por ello, el límite ad quem sería 1264, por
ser la fecha en que falleció Urbano IV, o 1265, en que se ausentó de Orvieto para trasladarse a
Roma, aunque es muy posible que haya revisado el texto más tarde. Cfr. J. A. WEISHEIPL,
Tomás de Aquino. Vida, obras y doctrina, pp. 188 y 421.
2
Dice literalmente: “expositionibus antiquorum naturalium”, aludiendo a los presocráticos.
3
Los primeros físicos, es decir, aquellos que intentaron por vez primera un conocimiento cierto
por causas, aun cuando sólo conocieron la causa material, surgieron en Jonia, región situada
en la costa sudoccidental de la península de Anatolia. Si Jonia fue la cuna de la filosofía grie-
ga, Mileto, urbe de la Jonia, fue la ciudad “filosófica” por excelencia. Oriundos de Mileto fue-
20 Tomás de Aquino
9
Está refiriéndose implícitamente a Cicerón, según los editores de la Leonina (p. 337).
10
Santo Tomás sigue la triple división del Antiguo Testamento establecida por el canon pales-
tinense: la Ley (Pentateuco), los profetas (entre los que se contaban, también, algunos libros
históricos, denominados “profetas primeros”) y los libros sapienciales o hagiográficos. Entre
los sapienciales, la ordenación era: Salmos, Job, Proverbios…, o bien Salmos, Proverbios,
Job…, según la antigüedad o la época en que eran situados sus protagonistas. Así, Job aparece
como el segundo o tercero de los sapienciales (pero siempre en el primer grupo), porque en
este libro se narra la historia de un patriarca muy antiguo (sobre la historicidad del personaje y
la composición del libro, véase mi “Introducción” general). Los Setenta (Biblia griega)
también situó el libro de Job entre los hagiográficos, pero en uno de los últimos lugares. La
traducción Vulgata prefirió otra ordenación de los libros veterotestamentarios: la Ley, los
libros históricos (entre ellos, el libro de Job), los sapienciales y los profetas.
11
Esta consideración metodológica es muy importante. Se parte de que la providencia gobierna
todo lo humano (considera que las cosas humanas se incluyen entre las cosas naturales); lue-
go, todas las situaciones humanas deben quedar bajo la providencia divina, no sólo el bien de
los malos, sino también el mal de los buenos. Esta demostración es muy clásica en el mundo
teológico medieval: se trata de una razón de conveniencia. Es partir de la fe, para llegar a la
fe. Por ello, al final del libro de Job, el hagiógrafo pone la solución del problema en boca de
Dios (cfr. Iob, 38, 1-30; 40, 6-26).
22 Tomás de Aquino
parece contradecir la providencia divina sobre las cosas humanas [res huma-
næ] que los justos sufran. Que a veces los malos disfruten de bienes, aunque
a primera vista parezca contra razón [irrationabile] y en oposición a la pro-
videncia, se puede justificar, en cierto modo, atendiendo a la misericordia de
Dios; pero, que los justos sean afligidos sin motivo, parece minar totalmente
el fundamento de la providencia. A la vista de la cuestión planteada se
propone, como tema [de discusión], los múltiples y graves sufrimientos de
cierto varón, dechado de virtud, que se llama Job.
Hubo quienes pensaron que Job no existió realmente, y que todo es una
parábola amañada para arbitrar un tema con que poder discutir acerca de la
providencia, al igual que fingen frecuentemente los hombres algunos su-
cesos, para poder disputar en torno a ellos. Y aunque para la intención del
libro no importa mucho si fue así o de otra manera, interesa sin embargo
esclarecer la verdad sobre esta cuestión. Porque parece que la opinión [que
niega su historicidad] se opone al testimonio de la Sagrada Escritura, pues se
dice en Ezequiel por boca del Señor: “Si estuvieren en medio de ella estos
tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarán sus almas” (Ez.,
14, 14). Ahora bien, nos consta que Noé y Daniel existieron; luego, no cabe
tampoco dudar del tercero que se enumera con ellos, a saber, de Job. Más
todavía; dice la Escritura: “Mirad cómo proclamamos bienaventurados a
quienes sufrieron con paciencia. Habéis oído de la paciencia de Job y habéis
visto el desenlace que el Señor le dio” (Iac., 5, 11). Hay que admitir, por
tanto, que Job existió realmente12.
En qué tiempo existió, o de qué padres nació e, incluso, quién fue el autor
de este libro (o sea: si el mismo Job escribió este libro, hablando de sí como
en nombre de un tercero, o fue otro quien relató estas cosas sobre él), no es
12
Aquino reconoce que la historicidad o ficción poética del personaje poco aportan a la inten-
cionalidad sapiencial del libro sagrado, que pretende ilustrarnos sobre la universalidad de la
providencia divina y el sentido que tiene la contradicción del justo. Con todo, aborda la
cuestión de su historicidad y se inclina por reconocerla, basándose en dos textos tomados de
la Escritura: el primero, del profeta Ezequiel (14, 14) y el segundo, de la carta del apóstol San-
tiago (5, 11). Pudo pesar también la autoridad de la Vulgata, que sitúa el libro de Job entre los
históricos, como ya se ha dicho. Los comentaristas modernos se inclinan, en cambio, por la
ficción del relato, con diversas hipótesis sobre la composición del texto que ahora tenemos.
Sobre la cuestión crítica véase cuanto hemos dicho en nuestra “Introducción”.
Comentario al libro de Job, Prólogo 23
13
Santo Tomás pasa por encima de estas sutilezas. No afectan al argumento teológico, ni la
cronología biográfica de Job, ni su genealogía. Aquino no era un historiador, sino un teólogo
sistemático.
14
Dice: “secundum litterale sensum exponere”. “Aunque el título de esta obra [y el prólogo] se-
ñalen que se trata de una exposición ad litteram, no podemos llamarnos a engaño. Santo
Tomás no hace un comentario en sentido literal [propio]; su comentario es teológico. Esta lec-
tura responde a la concepción que Santo Tomás tiene de la Sagrada Escritura: sabe que cuan-
do Dios revela algo, tras el signo se encuentra el significado, una enseñanza en orden a nues-
tra salvación. A lo largo de la Expositio se manifiesta este paso del aspecto natural [propio] de
las perícopas jobianas al aspecto teológico y sobrenatural que Dios nos quiere revelar [literal
impropio o figurado]” (A. QUIRÓS HERRUZO, “Demonología en la Expositio super Iob de
Santo Tomás de Aquino”, Excerpta e dissertationibus in Sacra Theologia, Pamplona, 1987
(12), pp. 279-368, aquí p. 281).
15
Se refiere a los Moralia in Iob, de San Gregorio Magno, de los que hay edición crítica recien-
te, a cargo de Marcus Adriaen, en tres volúmenes, publicados entre 1979 y 1985 en Corpus
Christianorum Latinorum (143, 143A, 143B). Aquino considera que la exposición alegórica o
espiritual de Gregorio Magno es insuperable; por ello, se va a limitar a un comentario literal.
Para Santo Tomás, el relato narra una historia verdadera. Job fue, pues, un personaje de carne
y hueso –tiene a la vista la alusión del profeta Ezequiel (14, 14) y la referencia de la epístola
de Santiago (5, 11)–. Sin embargo, no entra a discutir quién fue el autor del libro. En esto si-
gue la misma actitud que Gregorio, en los tres primeros párrafos del Prefacio a su comentario
alegórico. Para San Gregorio, en efecto, lo que importa es que el hagiógrafo, cualquiera que
haya sido, actuó movido por el Espíritu Santo.
CAPÍTULO I
LECCIÓN 1
1
Aquino seguía la edición Vulgata. Los editores de la Comisión Leonina no han podido deter-
minar qué versión de la Vulgata empleó Santo Tomás. Sobre este tema cfr.: Expositio super
Iob ad litteram, en Sancti Thomæ de Aquino opera omnia iussu Leonis XIII P. M. edita, ad
Sanctæ Sabinæ, Romae 1965, tomus XXVI, Praefatio, pp. 20*-25*. En esta monografía he
usado la versión castellana preparada por el P. Scío: La Biblia vulgata traducida en español,
por F. Scío de San Miguel, Madrid, 1885, en 5 volúmenes (10 tomos). Se trata de una versión
muy acreditada, bilingüe castellano-latina, que he retocado ligeramente, para adecuar con ma-
yor facilidad el comentario tomasiano al texto escriturístico, y también para superar algunos
arcaísmos del texto del P. Scio, que fue después consagrado obispo de Segovia.
2
La expresión de la Vulgata es: “inter omnes orientales”. El escritor sagrado sitúa al “Job en
prosa” en el Oriente, es decir, más allá del Jordán, fuera de las tierras palestinas. Este detalle
es muy importante, porque, al ubicar al protagonista fuera de Israel, se justifica más fácilmen-
te que se hayan deslizado algunas expresiones inconvenientes en los discursos de lamenta-
ción, que Job pronuncia en el largo ciclo poético (3, 1-42, 6), expresiones que difícilmente un
judío habría proferido.
26 Tomás de Aquino
y [no hayan] bendecido a Dios en sus corazones3. Así hacía Job todos los
días.
Había en el país de Hus un varón etc. Queda dicho que este libro se
orienta a manifestar cómo las cosas humanas son gobernadas por la provi-
dencia divina. Por eso, se pone por delante, como fundamento de toda la dis-
puta4, una historia que nos cuenta las múltiples aflicciones de cierto varón
justo, pues esto [la aflicción del justo] es lo que de manera especial parece
excluir la providencia divina de las cosas humanas. Por consiguiente, se des-
cribe, ante todo, la condición de este hombre, no solamente en cuanto el se-
xo, por las palabras: Había un varón, pues este sexo se considera más fuerte
[que el femenino] para el sufrimiento en las contrariedades5; sino también
aludiendo a su patria, cuando se dice: en tierras de Hus, situadas en la re-
gión de Oriente6; e incluso especificando su nombre: llamado Job. Pienso
que estos dos últimos extremos se han consignado para aclarar que la
narración no es una parábola, sino hecho histórico 7.
3
El texto latino de la Vulgata omite las palabras entre corchetes: “Ne forte peccaverint filii
mei, et benedixerint Deo in cordibus suis”. El pasaje pide, para su correcta comprensión, el
añadido entre corchetes. No obstante, puesto que Tomás de Aquino se esforzó por explicar en
qué sentido se podía interpretar correctamente el versículo de la Vulgata sin el añadido, en
aras de una mayor fidelidad al comentario teológico aquiniano, en adelante prescindiremos de
él.
4
Aquino emplea el término latino disputatio, que expresa una controversia intelectual que pre-
tendía iluminar un tema oscuro y controvertido. En el mundo universitario de la época la
disputatio estaba cuidadosamente reglada.
5
Sobre la opinión de Tomás de Aquino acerca de la debilidad femenina y la fortaleza del va-
rón, tan influida por las doctrinas biológicas de la medicina romano-arábica y por la antro-
pología aristotélica, que estuvo en la base de la desconsideración aquiniana hacia la mujer,
cfr. M. F. MANZANEDO, “La mujer según Santo Tomás de Aquino”, Ciencia Tomista, 1995
(122), pp. 85-131; y J. I. SARANYANA, La discusión medieval sobre la condición femenina
(siglos VIII-XIII), Publicaciones de la Pontificia Universidad de Salamanca, Salamanca, 1997.
6
Aquino dice: “in terra Hus, quæ est in partibus Orientis”. Ya hemos indicado que, según una
antigua tradición, Hus se hallaba entre el Mar Muerto y el Mar Rojo, en las proximidades del
golfo de Aqaba. Santo Tomás no presta especial atención al significado profundo que tenía
para un israelita (y lo era el hagiógrafo), que el protagonista fuese “oriental” (cfr. Iob, 1, 3 y la
anterior nota 2). Se limita a señalar que el lugar de la acción se sitúa al Oriente, porque al
Oriente de Italia, donde residía Santo Tomás en aquel momento, se hallaba Hus.
7
Véase, supra, las notas 12 y 13 en p. 22.
Comentario al libro de Job, capítulo I 27
Y para que nadie llegase a creer que a causa de sus pecados le habían
sobrevenido las desgracias que seguidamente se exponen, considera lógico
describirnos su virtud, la cual demuestra que está inmune de pecados8.
El hombre incurre en tres clases de pecados. Por unos, se peca contra el
prójimo, como el homicidio, el adulterio, el robo y similares; por otros, se
peca contra Dios, como el perjurio, el sacrilegio, la blasfemia y similares; y
por otros, finalmente, se peca contra sí mismo, como dice el Apóstol: “El
que fornica peca contra su cuerpo” (1 Cor., 6, 18).
Contra el prójimo se puede pecar de dos maneras: ocultamente, por dolo,
y a la luz, por la violencia. Pero este varón [Job] no ataca al prójimo con
dolo, por lo que se dice: era hombre sencillo, pues la sencillez se opone
particularmente al engaño. Y a nadie ocasionó violencia, ya que prosigue: y
recto, porque la rectitud conviene de forma especial a la justicia, que con-
siste en la igualdad, según se lee en Isaías: “El camino del justo es recto y
recta es la calle del justo para caminar” (Is., 26, 7).
Tampoco pecó contra Dios, como se demuestra claramente por la frase: y
temeroso de Dios, que expresa su reverencia a Dios.
Ni siquiera pecó contra sí mismo, como se prueba por las palabras: y ale-
jado del mal, porque en atención a sí mismo odió al mal, y no sólo [lo odió]
por daño al prójimo u ofensa a Dios.
Tras describirnos la persona y virtud de este hombre, muestra su prospe-
ridad anterior, para que, en contraste con ella, se considere más grave la
desgracia posterior; pero también para enseñar que Dios, de primer intento,
siempre concede a los justos bienes, no sólo espirituales, sino también
temporales. Con todo, que las desgracias atormenten a veces a los justos se
debe a una causa especial, porque el hombre fue constituido desde un prin-
cipio para no ser víctima de perturbación alguna, si hubiese permanecido en
la inocencia9.
8
En pocas palabras Aquino ha formulado la tesis central del libro de Job, tesis teológica que se
desarrollará lentamente en los siguientes capítulos, muy particularmente en el largo diálogo
poético mantenido por Job con sus tres amigos y, sobre todo, en la última intervención de
Dios en el coloquio, aclarando por qué ha permitido que Job sufriese.
9
La causa última del mal en el mundo es el pecado original. Si el hombre hubiese perseverado
en el estado de inocencia original, no hubiese padecido mal alguno, ni físico ni moral. Para
los pueblos antiguos, en efecto, era escandaloso que la providencia divina permitiese el mal
físico. También para los judíos, depositarios de la revelación divina. Aunque la revelación
divina desveló poco a poco, progresivamente, muchos misterios divinos, entre ellos la compa-
28 Tomás de Aquino
tibilidad del concurso, gobierno y providencia divinos con la presencia del mal en el mundo,
todavía en tiempos de Jesucristo, los judíos se escandalizaban de que el mal físico casase con
una vida moral intachable. Por ello, los discípulos preguntaron a Jesús, al encontrar al ciego
de Betsaida: “Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?” (Ioan, 9, 2).
10
Tiene a la vista el dicho aristotélico, que Aquino repite en otras obras: mulier mas occasio-
natus (la mujer es un varón frustrado). Cfr., por ejemplo, De veritate, q. 5, a. 9, ad 9, obra de
la primera regencia parisina, y, más tardía: Summa Theologiæ, I, q. 2 (passim) y I, q. 99, a. 2,
ad1. La argumentación de la superioridad del varón sobre la mujer es primariamente bioló-
gica, según el estado de la biología de la época, que, influida por la cultura clásica, valoraba
sobre todo la fuerza física, tanto para la guerra como para las explotaciones agrícolas. Al mis-
mo tiempo, por influjo de las ideas morales del momento, sostenidas especialmente en am-
bientes clericales y monásticos, y difundidas por la predicación cotidiana, se estimaba que la
mujer era mucho más débil que el varón en la práctica de la virtud. Pesaba en esa concepción
de la debilidad moral femenina una lectura demasiado literal del relato mosaico acerca del
pecado original.
Comentario al libro de Job, capítulo I 29
estos cuatro géneros de animales se resumen, además, todos los usos que de
ellos se puede obtener. Por ejemplo, de las ovejas, todo lo necesario para el
alimento y vestido, y así en todos los demás casos. Y puesto que los pro-
pietarios de grandes riquezas necesitan para su gobierno de buen número de
criados, se añade lógicamente: y muchísima familia. Se consigna también,
como signo de prosperidad, el honor y la fama, divulgados en todas las
direcciones; y esto es lo que se da a entender cuando dice: Y este varón era
grande entre todos los orientales, es decir, respetado y famoso.
Y para completar el elogio de Job, se describe la disciplina de su casa,
que se veía libre de aquellos vicios que la opulencia suele originar, pues la
abundancia de riquezas engendra la discordia; por lo que se lee en el Pen-
tateuco que Abraham y Lot tuvieron que separarse, para evitar las penden-
cias que les ocasionaba la opulencia (Gen., 13, 6). Por otra parte, quienes
nadan en la abundancia, aman inmoderadamente las riquezas, usándolas
avaramente; por lo que se dice: “Hay otra desgracia que vi bajo el sol, y es
muy frecuente entre los hombres: un hombre, al que Dios concede riquezas,
posesiones y honra, a quien no falta nada de cuanto pudiera apetecer, pero al
que Dios no permite comer de ellas” (Qoh., 6, 1). De estos males se veía
libre la casa del bienaventurado Job, porque reinaba en ella una concordia
gozosa y una atemperada frugalidad; lo que se da a entender por las
palabras: Y sus hijos iban y hacían convite en sus casas, cada uno en su día.
Pero no reinaba solamente concordia y amor entre los hermanos, sino que
se extendía hasta las hermanas, las que de ordinario son objeto de desprecio
por parte de los hermanos, movidos por la soberbia que produce con
frecuencia la opulencia. Por eso se añade: E invitaban a sus tres hermanas,
para que comiesen y bebiesen con ellos. Al mismo tiempo se destaca, con
ello, la seguridad que se tenía acerca de la castidad de las hijas, pues, de lo
contrario, no las habrían invitado, sino más bien encerrado 11, según aquello
del Eclesiástico: “Sobre hija obstinada refuerza la vigilancia, no sea que se
aproveche si encuentra indulgencia” (Sir., 26, 13).
Y así como en la casa de Job reinaba la frugalidad y la concordia, así
también Job se preocupaba santamente por la pureza, que con frecuencia las
11
Velada alusión a los gineceos, sobre todo de las casas griegas acomodadas, donde vivían las
mujeres y sus hijos (los niños varones hasta los seis u ocho años) en régimen de semi-encerra-
miento. Esta institución fue copiada a lo largo y ancho de la cultura helenística y muy particu-
larmente por la civilización romana. Nada tenían que ver los gineceos con los harenes orien-
tales.
30 Tomás de Aquino
12
El texto latino dice: “vix aut nunquam”.
13
En algunos códices se dice “vitare immunditiam”, lectura que recoge la edición Vivès. La edi-
ción Leonina suprime “immunditiam” (p. 6140).
14
En Contra Gentiles, IV, c. 57, Santo Tomás desarrolló con amplitud la doctrina acerca de la
existencia y condición de los sacramentos de la antigua Ley (“sacramenta legalia”, como los
denomina), distinguiéndolos de los sacramentos instituidos por Cristo. Los libros II, III y IV
de Contra Gentiles fueron redactados, según la cronología más aceptada, contemporáneamen-
te a su comentario al libro de Job, es decir, en Orvieto, entre 1261 y 1264. Aquí se refiere, sin
embargo, a los “sacrificia ante Legem datam”, contemplando el tiempo anterior a la ley
mosaica. Recuérdese, además, que Abram (antes, por tanto de la Alianza, o sea, antes de que
Dios le cambiase el nombre) dio a Melquisedec el diezmo de todo (Gen., 14, 20), después de
derrotar a Codorlaomor.
Comentario al libro de Job, capítulo I 31
15
Tiene a la vista la liturgia sacrificial mosaica. El holocausto se distinguía de los demás sacri-
ficios cruentos en que la víctima era quemada por entero, sin que se reservase porción alguna
para los sacerdotes o los donantes. El holocausto satisfacía por todos los pecados, cualquiera
que fuese su número, pues era la culminación de la liturgia sacrificial: nada quedaba fuera de
la propiciación del holocausto.
32 Tomás de Aquino
16
La edición Vivès lee: “ut intelligatur divisim [a contrario sensu]”. El texto entre corchetes no
se halla en la edición Leonina.
17
En los dos casos, tanto si toman conjuntamente las dos partes de las cavilaciones de Job (lo
cual implica endurecimiento del corazón y oscurecimiento de la razón), como separadamente
y como partes contrarias (lo que implica eufemismo), se ha cometido un grave pecado, que
exige expiación. Aquino ha resuelto este complejo recurso literario, apelando a las figuras de
amplificación: en ambos casos (tomadas conjuntamente o separadamente) se trataría de una
paradoja, porque el término bendecir se emplearía para lo contrario que expresa literalmente;
bendecir sería, pues, algo pecaminoso.
Comentario al libro de Job, capítulo I 33
LECCIÓN 2
6. Cierto día vinieron los hijos de Dios para asistir delante del Señor, y se
halló también entre ellos Satanás.
7. Al cual dijo el Señor: ¿De dónde vienes? Él respondió diciendo: He
rodeado la tierra y la he recorrido.
8. Y le dijo el Señor: ¿Por ventura has reparado en mi siervo Job que no
hay semejante a él en la tierra, hombre sencillo y recto, y que teme a Dios y
se aparta del mal?
9. Y Satanás le respondió y dijo: ¿Por ventura Job teme a Dios de balde?
10. ¿Acaso no has cercado a él y a su casa y a toda su hacienda en derre-
dor, has bendecido las obras de sus manos; y sus posesiones han crecido en
la tierra?
11. Mas extiende un poquito tu mano y toca todo lo que posee; y verás si
te bendice cara a cara.
12. Dijo pues el Señor a Satanás: Mira que todo lo que tiene está en tu
mano. Solamente no extiendas tu mano contra él.
18
Aquino apela a los distintos sentidos de la Sagrada Escritura, literal y espiritual o simbólico,
estudiados por la Noemática, que es una parte de la Hermenéutica bíblica, de los que ya he
tratado en la “Introducción” de este cuaderno.
34 Tomás de Aquino
pretende en primer lugar por las mismas palabras, dichas bien en sentido
propio o figurado19.
Se ha de tener en cuenta que la divina providencia gobierna las cosas con
tal orden, que rige las cosas inferiores valiéndose de las superiores; porque
los cuerpos generables y corruptibles se ven sometidos al movimiento de los
cuerpos celestes; y paralelamente, los espíritus racionales inferiores, unidos
a cuerpo mortales, las almas, por ejemplo, son gobernados por espíritus
incorpóreos superiores20.
Enseña la tradición de la Iglesia21 que, entre los espíritus incorpóreos22,
algunos son buenos y que, por conservar la santidad en que fueron creados,
gozan de la gloria de Dios, sin separarse jamás de la voluntad de Dios. La
Escritura en ocasiones los llama ángeles, es decir, nuncios, porque anuncian
mensajes divinos a los hombres. Y, a veces, hijos de Dios, a causa de ase-
mejarse a Dios por la participación de su gloria. Pero hay también algunos
espíritus malos, no por naturaleza o por haber sido así creados (porque Dios
es el autor de cada naturaleza, y sólo puede admitirse que el sumo bien sea
19
Según Santo Tomás, como ya he señalado en mi “Introducción”, el sentido literal se subdivide
en propio (designa su objeto sin recurrir a figuras del lenguaje) e impropio o figurado (recurre
comparaciones, metáforas, parábolas, alegorías, etc., para designar su objeto).
20
Santo Tomás sigue aquí dos doctrinas que constituían, en su época, la plataforma cultural co-
mún. Por una parte, la doctrina neoplatónica expuesta canónicamente por el corpus dioni-
siano, según la cual los seres superiores iluminan intelectualmente y, por ello, orientan y diri-
gen a los seres inferiores; y la doctrina cosmológica helénica, según la cual los seres supe-
riores mueven a los inferiores, pues son sus motores. En este contexto, el movimiento del
mundo sublunar es causado por el movimiento de las tres esferas superiores: la esfera del sol
y de la luna, la esfera de las estrellas fijas, y la esfera de la luz sideral o cielo empíreo. Los
motores de cada una de estas esferas celestes (las substancias separadas de los peripatéticos)
podían identificarse, según Tomás, con ángeles.
21
Se refiere a lo que ahora se denomina la “gran tradición de la Iglesia”, que remonta a la tradi-
ción apostólica y está en continuidad con ella.
22
Como se sabe, la incorporeidad no implica, eo ipso, la absoluta inmaterialidad. San Agustín,
por ejemplo, defendió que los ángeles son incorpóreos, aunque materiales; compuestos a par-
tir de una materia etérea. Aquino, en cambio, sostuvo que los ángeles son positivamente in-
materiales. Su doctrina fue discutida por otros filósofos y teólogos cristianos contemporáneos.
Para soslayar la polémica, Santo Tomás evita discutir aquí la cuestión de la pura espi-
ritualidad de los ángeles, a los que simplemente denomina espíritus incorpóreos.
Comentario al libro de Job, capítulo I 35
causa del bien)23, sino por su propia culpa. En la Escritura se les llama de-
monios y, al primero de todos ellos, diablo, que quiere decir el que cae desde
arriba, o también Satanás, es decir, adversario. Tanto los espíritus buenos
como los malos mueven a los hombres a actuar: los buenos inspiran buenas
obras, los malos, malas24. Y así como Dios mueve a los hombres valiéndose
de tales espíritus, así también, según dice la Escritura, las obras de los hom-
bres son presentadas al tribunal divino por medio de esos mismos espíritus.
Y para demostrar que tanto las obras buenas de los hombres, como las ma-
las, son sometidas al juicio de Dios, se dice: Cierto día vinieron los hijos de
Dios para asistir delante del Señor, y se halló también entre ellos Satanás.
Los ángeles, llamados aquí hijos de Dios, asisten al Señor de dos ma-
neras. Una, cuando contemplan a Dios, como dice el profeta Daniel: “Eran
millares de millares los que le servían; y mil millones los que asistían ante
su presencia” (Dan., 7, 10). Otra, cuando los mismos ángeles y sus actos son
vistos por Dios; pues, quienes asisten a un señor, no sólo lo ven, sino que
también son vistos por él25.
La primera manera de asistir [contemplando a Dios] sólo conviene a los
ángeles buenos, que disfrutan de la visión divina; mas no a todos del mismo
modo, sino particularmente a aquellos de la jerarquía superior26, que gozan
23
Aquino tiene a la vista el Decreto Firmiter, de 11 de noviembre de 1215, del IV Concilio
Lateranense, que el glosó ampliamente en su Expositio super primam et secundam Decreta-
lem ad Archidiaconum Tudertinum. Este comentario fue redactado en un momento indeter-
minado de la década de los 1260.
24
Se sobreentiende que tanto la intervención de los ángeles como la de los demonios respeta la
libertad personal. También se da por supuesto que no hay una perfecta simetría entre las bue-
nas inspiraciones de los ángeles fieles y las tentaciones o seducciones de los ángeles malos.
Los ángeles buenos siempre se atienen a la voluntad divina y quieren el bien para los hom-
bres. Los demonios quieren el mal para los hombres. Además, la intervención de los diablos
esta necesariamente circunscrita a la voluntad divina, que la permite por razones siempre bue-
nas, como el libro de Job intenta demostrar.
25
Unos asisten, contemplando; y otros asisten, sirviendo.
26
El texto latino, que hemos tenido que traducir libremente, dice: “nec his omnibus sed illis tan-
tum qui inter eos superiores existunt” (mas no a todos, sino tan sólo a los que son superiores).
Es evidente que Santo Tomás no excluye de la visión beatífica a los espíritus puros agrupados
en las dos jerarquías inferiores. Lo único que pretende señalar es que los espíritus de la
primera jerarquía sólo se “dedican” a asistir al Altísimo y a estar en su presencia, sin “salir” al
exterior para atender a los hombres y al mundo. Véase la siguiente nota 27, sobre la tradición
teológica que agrupa a los espíritus bienaventurados en tres jerarquías.
36 Tomás de Aquino
27
El corpus dionisiano, un cuerpo neoplatónico de autoría desconocida, aunque ciertamente un
autor cristiano de finales del siglo V o principios del siglo VI, ordena los espíritus celestes en
tres jerarquías celestes, cada una subdividida en tres órdenes. En la primera jerarquía se en-
cuadran los serafines, querubines y tronos, que asisten a Dios directamente y no “salen al
exterior”. Estos son los espíritus de orden superior, que gozan más íntimamente de la visión
beatífica. Evidentemente, también gozan de la visión beatífica las dos jerarquías inferiores,
pero de otra manera, puesto que su ministerio consiste en atender a las cosas exteriores. Estos
seis órdenes inferiores, que son espíritus enviados, se denominan “ángeles”, por la función
que ejercen. He aquí el origen de la diferencia tradicional entre los espíritus que sólo asisten y
los espíritus que sirven. – Los espíritus que pecaron, es decir, los ángeles malos, también se
ocupan de las cosas exteriores, aunque obviamente no gozan de la visión beatífica. Están con-
denados para siempre.
28
En este sentido amplio, también Satanás “asiste” a Dios, en cuanto que ni él ni sus obras pue-
den escapar a la mirada divina. Comenta San Gregorio al respecto: “De él [de Satanás] se dice
que estaba ante el Señor, pero no que lo estuviera viendo. Acude a Él para ser visto, no para
ver. Acudió a ponerse en presencia del Señor, no el Señor a su presencia. Como un ciego que
se coloca ante el sol: aunque los rayos del sol lo inunden, no alcanza a ver la luz que lo ilumi-
na. Acudió también Satanás entre los ángeles a la presencia del Señor porque la potencia di-
vina, que penetra todo con su visión, ve el espíritu inmundo que a Él no ve. Como los que se
alejan de Dios no pueden ocultarse a su vista, porque todo está descubierto a su mirada, Sa-
tanás estuvo presente y, al mismo tiempo, ausente del que tenía ante él” (Moralia in Iob, II, 5,
cito por la edición española de Editorial Nueva, a cargo de J. Rico Pavés, Madrid, 1998, p.
132).
29
El Angélico alude aquí a la distinción entre tiempo y eviternidad o ævum. Tanto en el tiempo
como en el ævum hay antes y después y, por consiguiente, movimiento. Sólo la eternidad im-
Comentario al libro de Job, capítulo I 37
plica un instante absolutamente inmutable. El tiempo es la medición de los cambios de los en-
tes físicos, según el antes y el después. La eviternidad expresa la duración de las substancias
puramente espirituales y mide sus cambios (por ejemplo, el paso de potencia a acto en el co-
nocimiento). Los ángeles (buenos y malos) y las almas separadas están fuera del tiempo. Su
dimensión es el ævum. Cfr. sobre este tema, J. I. SARANYANA, Sobre la muerte y el alma sepa-
rada. Medio siglo de debate escatológico, EUNSA, Pamplona, 2010, passim, pero sobre todo
pp. 170-173, 213-217.
30
He aquí uno de los misterios más difíciles para la inteligencia humana, acostumbrada a las
categorías de tiempo y espacio. Dios es eterno e inmutable. Sin embargo, quoad nos, es decir,
desde nuestro punto de vista, apreciamos que hay actuaciones de Dios en la historia y, por lo
mismo, en el tiempo. Tales acciones divinas ad extra no implican cambio en la inmutabilidad
perfecta divina, que es acto puro perfectísimo; en nosotros, por el contrario, suponen cambio.
Por eso podemos decir, según nuestro modo de expresarnos, que Dios actúa en el tiempo. El
hexaëmeron bíblico, o relato de los seis días de la creación, es la prueba aducida por Aquino
para mostrar que es correcta tal manera de expresarnos respecto a Dios.
31
La prudencia con que se expresa aquí Santo Tomás, al hablar de las relaciones entre la eterni-
dad (sin antes ni después, es decir, pura y perpetua simultaneidad), la evi-eternidad (duración
de los seres estrictamente espirituales, con antes y después) y el tiempo (que es la medida del
movimiento de los seres materiales, según el antes y el después), sugiere que Aquino quería
evitar en este punto el debate con los filósofos y teólogos (principalmente franciscanos) sobre
si es posible o no una creación “ab æterno”. Este debate adquiriría posteriormente, durante la
segunda regencia parisina del Angélico (1269-1272) una intensidad extraordinaria.
38 Tomás de Aquino
que los males no son pretendidos directamente, sino que [el mal] sobreviene
por accidente a las cosas buenas32.
Hay diferencia, por consiguiente, entre las obras de los ángeles buenos y
malos. Porque los buenos nada hacen sino movidos por la voluntad y el
mandato divinos, que cumplen siempre en todo; mientras que los ángeles
malos mantienen su voluntad apartada de Dios, de modo que sus obras se
oponen a Dios, por la intención que las anima33.
Y puesto que no acostumbramos a preguntar por las cosas que nosotros
hacemos, sino por las cosas en que no intervenimos, no se dice el Señor
preguntase a los hijos de Dios; se señala que sólo preguntó a Satanás, según
lo que sigue: Al cual dijo el Señor: ¿De dónde vienes? Conviene advertir
que no le dice el Señor: ¿Qué haces o dónde estás? sino ¿De dónde vienes?
Porque los mismos hechos que los demonios procuran, acaecen a veces por
voluntad de Dios, cuando ellos castigan a los malos o prueban a los buenos;
aunque la intención de los demonios sea siempre mala y hostil a Dios. Por
eso se le pregunta a Satanás: ¿De dónde vienes?, porque la intención [del
demonio], de la que proceden todas sus obras, es opuesta a Dios.
Se usa el verbo decir34 en dos sentidos. Se dice el “concepto objetivo”35,
y también se dice la palabra o signo con que tal concepto objetivo es
32
He aquí una doctrina básica de la metafísica tomasiana, fundamental también en la especula-
ción cristiana: “malum non ex natura, sed per accidens” (cfr. por ejemplo, TOMÁS DE AQUINO,
Summa Theologiæ, I, q. 63, a. 4, c). Sería falsa una doctrina que, como el maniqueísmo, sos-
tuviera que hay un doble primer principio, uno bueno y otro malo (cfr. I, q. 49, a. 3, c).
33
El Aquinate dice que son ajenas a Dios por la intención que las anima (“a Deo aliena existunt
quantum ad eorum intentionem”). En sí mismas, no son ajenas a Dios, porque nada escapa a
su mirada. Los demonios, por tanto, están sometidos a Dios ineluctablemente. Su voluntad ac-
túa contra Dios, pero ni ellos ni sus obras se sustraen a la omnipotencia divina.
34
Comienza a comentar la expresión: “Cui dixit Dominus” (a quien [al demonio] dijo Dios). Va
a explicar, por consiguiente, en qué sentido se puede afirmar que “Dios dice o habla”.
35
Santo Tomás emplea aquí el sintagma “conceptum cordis” para referirse al concepto interior,
o sea, al “concepto objetivo” (verbo mental o palabra interior): es lo que dice la mente, lo que
genera la mente a través de la concepción mental. La dimensión interna o el hecho mismo del
concebir se denomina “concepto formal”. Éste es algo propio de la mente. En cambio, el con-
cepto objetivo es algo que está frente a la mente, como su producto. Es el resultado de la sim-
ple aprehensión. La expresión externa del concepto objetivo (oral, escrita o por otro modo) se
denomina de distintas maneras: término, palabra, signo, etc. Esta división entre concepto
objetivo y concepto formal no debe confundirse con la división entre objeto material y objeto
Comentario al libro de Job, capítulo I 39
formal (quod y quo), que son los aspectos de la cosa conocida por una ciencia cualquiera, y
que determinan la condición o naturaleza de esa ciencia.
36
La teología aquiniana presenta la procesión eterna del Hijo, en el seno de la Santísima Trini-
dad, como una generación, análoga a la generación del verbo mental en el intelecto humano.
Es una analogía, puesto que en Dios todo es lo mismo salvo cuando media relación de oposi-
ción. Por consiguiente, hay semejanza y diferencia entre el entender divino y el humano y, por
lo mismo, entre la generación divina inmanente y la generación humana intelectual (también
inmanente). En nosotros, en efecto, el entender o concepción, o sea, la dimensión interna del
entender (el concepto formal), es algo real inmanente en el sujeto pensante, algo de él. De este
modo, en el intelecto humano la concepción y el verbo procedente (el concepto objetivo) no
son el sujeto cognoscente. Hay que distinguir entre el intelecto o facultad cognoscitiva, la
concepción intelectual y lo concebido. En Dios, en cambio, el entender divino no se distingue
realmente de la misma substancia divina inteligente; es la misma substancia divina. Por ello,
el Verbo es también substancialmente Dios, aunque, por ser Verbo engendrado, Hijo unigéni-
to, se opone a su principio de generación, que es el Padre eterno.
37
Los espíritus puros se comunican entre sí por medio de iluminaciones estrictamente intelec-
tuales. “Expressio intelligibilis” indica aquí que Dios infunde en la inteligencia de Satanás
algunas ideas (cfr. Summa Theologiæ, I, q. 107, a. 2, c; y q. 109, a. 3, c).
40 Tomás de Aquino
38
“Rectum est cuius medium non exit ab extremis”. Se hace eco de una definición magistral, re-
portada por San Alberto, que remonta a Platón, según indican los editores críticos de la Leo-
nina (p. 9371 nota ).
39
Las ediciones Piana y Vivès leen: “Cum ergo actio iusti a suo principio, quod est Dei volun-
tas”. La edición Leonina, en cambio, ha suprimido la palabra “Dei”, sin referencia en el apa-
rato crítico. Esta omisión parece acertada, porque, para Santo Tomás, el principio de las
acciones humanas es la voluntad humana. El hombre es causa de sus actos, aunque no sea
causa sui en cuanto a su existencia, por ser contingente o causado. La síntesis aquiniana se
basa, precisamente, en la autonomía de las causas segundas.
40
El texto que comenta, no se olvide, es: “He rodeado la tierra y la he recorrido”.
Comentario al libro de Job, capítulo I 41
los ángeles y todos los bienaventurados; otros, en la tierra, como los hom-
bres que todavía viven en carne mortal; y otros, bajo la tierra, como los de-
monios y todos los condenados. A los primeros, Satanás ni los rodea ni anda
en medio de ellos, porque no puede haber malicia en los ciudadanos del cie-
lo, como tampoco se encuentra en los cuerpos celestes mal alguno [o defec-
to] de naturaleza41. Y a aquellos que están en el infierno los recorre, pero no
los rodea, porque los tiene totalmente sometidos a su malicia, sin necesidad
de emplear su astucia para engañarlos. En cambio, rodea y recorre a los que
están en la tierra, porque intenta engañarlos con su astucia y arrastrar con su
malicia a algunos de ellos, a los que principalmente se les llama “tierra”, se-
gún queda dicho.
Que se llame tierra a los hombres terrenos, se manifiesta claramente por
el hecho de que el Señor, no obstante habitar Job la tierra, parece sin embar-
go segregarlo de ella; porque a la respuesta de Satanás: He rodeado la tierra
y la he recorrido, se añade: Y le dijo el Señor: ¿Por ventura has reparado en
mi siervo Job que no hay semejante a él en la tierra? Pues vana sería pre-
guntar si había reparado en Job, a quien afirmaba haber rodeado y recorrido
la tierra, a no ser que entendiese que su siervo Job estaba fuera de la tierra; y
el indicio clarísimo de que estaba segregado de la tierra son sus palabras: a
mi siervo Job.
El hombre está colocado, en efecto, como en medio entre Dios y las co-
sas terrenas; pues por la inteligencia se aproxima a Dios, mientras que por la
carne se une a las cosas terrenas. Y todo lo intermedio entre dos cosas, tanto
más se aleja de un extremo cuanto más se acerca al contrario. El hombre,
por consiguiente, cuanto más se acerca a Dios, tanto más se distancia de la
tierra. Esto significa que ser siervo de Dios es adherirse a Dios con la mente.
Porque es siervo quien no es dueño de sí; y quien con su mente se adhiere a
Dios, se ordena a Dios como siervo de amor, no de temor.
Notemos que, si de alguna manera las afecciones terrenas imitan remo-
tamente los afectos espirituales42, por los que la mente se une a Dios, de nin-
41
La perfección de los cuerpos celestes, por su movimiento, su duración e inalterabilidad, su
luz, etc., era un presupuesto de la cosmología antigua y medieval.
42
Al referirse a “affectiones terrenæ”, que contrapone a las “affectiones spirituales”, Aquino
echa mano del modelo antropológico trimembre. Establece una cuidadosa distinción entre el
apetito superior o intelectual (en el que se hallan la “ratio superior” y la “ratio inferior”, o sea,
la razón meramente intelectual y la razón intelectual que se une a la sensibilidad) y el apetito
sensitivo o sensibilidad (en el que radican el apetito concupiscible y el irascible). En el tercer
42 Tomás de Aquino
gún modo pueden ser completamente semejantes. El amor terreno, por ejem-
plo, dista mucho del amor de Dios y, por esta causa, cualquier afección
[dista del amor de Dios], puesto que el principio de cualquier afecto es el
amor. Y así, después de decir: ¿Por ventura has reparado en mi siervo Job,
añade: que no hay semejante a él en la tierra?, pues nada terreno puede
igualarse a lo espiritual.
Aunque esto también puede interpretarse de otra forma. Porque unos san-
tos sobresalen en una virtud y otros, en otra, con sus actos propios en cada
caso. Por eso, la Iglesia canta de cada uno de los confesores: “No se ha en-
contrado semejante a él en el cumplimiento de la ley del Altísimo” (Sir., 44,
20), salvo en Cristo, en quien se dio todo en grado de excepcional perfec-
ción. En tal sentido puede interpretarse que ninguno de los que habitaban en
la tierra era semejante a Job, porque Job destacaba en la práctica de alguna
virtud. A continuación se dice en qué aspecto Job fue siervo de Dios y no
tuvo rival en la tierra, al añadir: hombre sencillo y recto, y que teme a Dios y
se aparta del mal, en cuya afirmación no vamos a detenernos, porque ya lo
hemos hecho anteriormente.
Dios no sólo ordena la vida de los justos para el propio bien de ellos, sino
que también trata de resaltarla en beneficio de los demás. Sin embargo, entre
los que la observan, no todos reaccionan de la misma manera. Los buenos, al
tomarla como ejemplo, se aprovechan de ella. Los malos, por el contrario, si
no se corrigen con su ejemplo para hacerse buenos, se apartan, al contemplar
la vida de los santos, bien por envidia, o como empedernidos detractores, se-
gún aquello del Apóstol: “Porque nosotros somos el buen olor de Cristo de-
lante de Dios, así para los que se salvan como para los que se pierden: para
los unos olor mortífero que les ocasiona la muerte; mas para los otros olor
vivificante que les causa la vida” (2 Cor., 2, 15).
Y así quiere Dios que contemplen la vida de los santos no sólo los ele-
gidos, para provecho de su salvación, sino también los malos, para colmo de
nivel están los cinco sentidos corpóreos. Los movimientos, emociones, pulsiones, senti-
mientos o pasiones de la sensibilidad (se trata de términos sinónimos), entre las cuales destaca
el par amor-odio, se asemejan (“imitan”) a las tendencias del apetito superior, que son virtu-
des o vicios, es decir, hábitos. Así, el amor-pasión es semejante al amor-virtud o caridad, pero
de otra condición, porque el amor-pasión produce cierta conmoción corporal o sensible, mien-
tras que el amor-virtud o caridad no tiene por qué producirlo. En consecuencia dice Aquino
que el “amor terreno” (amor-pasión) dista mucho del “amor de [a] Dios”. Y, por lo mismo, es
diferente amar a una persona con amor-pasión que con amor-virtud.
Comentario al libro de Job, capítulo I 43
Satanás quería demostrar, por su respuesta43, que Job servía a Dios por la
prosperidad terrena que había alcanzado. Por ello, si, cesando la prosperidad
terrena, Job abandonase el temor de Dios, quedaría claro que sólo temía a
Dios por la prosperidad que disfrutaba; y por eso añade: Mas extiende un po-
quito tu mano y toca todo lo que posee (es decir, arrebatándoselo) y verás si
(no) te bendice cara a cara, es decir, si no te maldice claramente, quedando
implícito el conjuro satánico: ¡En caso contrario, que me suceda una des-
gracia!44. A veces hasta los corazones de los verdaderamente justos se con-
mueven por una gran desgracia; pero los que son sólo justos en apariencia,
se [conmueven] ante una pequeña desgracia, por carecer de virtud arraigada.
Quiere Satanás, por lo tanto, insinuar que Job no era en realidad justo, sino
sólo en apariencia. Por eso dice que si le afectase un poquito [paululum] la
desgracia, murmuraría contra Dios, es decir, blasfemaría de Él, destacándolo
con estas palabras: Si te bendice cara a cara, para dar a entender que, en
cierto modo, hasta en la prosperidad blasfemaba de Dios, aunque en su co-
razón, [es decir, en la intimidad de su conciencia], al anteponer al amor [de
Dios] las cosas temporales; y que, arrebatada la prosperidad, blasfemaría in-
cluso cara a cara, es decir abiertamente45.
También puede, el inciso: Si te bendice cara a cara, entendiendo la ben-
dición en sentido propio, en los siguientes términos: Si tú lo pruebas un po-
quito, arrebatándole la prosperidad terrena, sucédanme esas desgracias, si
entonces no queda claro que antes te bendecía insinceramente, sólo para
aparentar ante los hombres46.
43
Las ediciones Piana y Vivès añaden “per suum responsum”.
44
“Male mihi accidat”: el diablo pide para sí una nueva maldición o desgracia si no se cumple
su presagio de que Job habría de abandonar la senda del bien en cuanto le faltasen los bienes
temporales, que había alcanzado por especial favor de Dios.
45
Satanás insinúa que el amor que Job profesa a Dios es hipócrita y doloso, puesto que es como
una tapadera o coartada para conservar los bienes que Dios le da. Cuando pierda los bienes,
saldrá a luz su hipocresía. En el fondo, no sería un amor a Dios, son un amor a sí mismo; o
bien, un amor servil en lugar de un amor filial. Estaríamos en el marco del primer manda-
miento del Decálogo.
46
El tema de la bendición supuestamente interesada e insincera de Job, a causa de los muchos
bienes que ha recibido de Dios (bienes de familia y materiales), se va a repetir en el capítulo
próximo (cfr. Iob, 2, 5), cuando el demonio solicite autorización para tentarle con una terrible
enfermedad. Por ser la bendición un acto religioso, la actitud de Job equivaldría a un
instrumentalización de los actos de culto, no por honor y adoración a Dios, sino sólo para
Comentario al libro de Job, capítulo I 45
alcanzar de Dios lo bienes apetecidos. Estaríamos en el marco del segundo precepto del
Decálogo.
47
Texto del comentario de San Agustín al Génesis (PL 34, 431), tomado de la Glossa ordinaria
a Genesis, 3, 1 (cfr. la ed. Leonina, p. 11572).
48
Sólo la Vulgata Latina trasmite esta perícopa del libro de Tobías; la omiten las modernas edi-
ciones de la Biblia realizadas sobre el texto original.
46 Tomás de Aquino
LECCIÓN 3
do como se dice que se presentan ante Dios los que son sometidos al juicio y
examen divino, pero no al modo con que se dice asisten ante Dios aquellos
que ven a Dios. Por esta razón no se afirma aquí que Satanás se apartó de la
faz de Dios49, sino que salió de la presencia del Señor, como apartándose de
la intención de la providencia divina, aunque sin lograr rehuirla.
Se describe la desgracia en orden contrario al observado en la narración
de la prosperidad. En la narración de la prosperidad se procede de lo mayor
a lo menor, comenzando por la persona de Job y consignando, a continua-
ción, la prole; después los animales y, en primer lugar las ovejas; y al final
las otras cosas. Esta ordenación es razonable, porque se busca perpetuar la
propia persona en la prole, para cuyo sustento se precisan posesiones. En
cambio, en la desgracia, el orden que se sigue es el inverso, pues se narra en
primer lugar la pérdida de la hacienda, después, la muerte de la prole, y en
tercero, la prueba de la propia persona. Y se hace así para que se aprecie el
aumento de la desgracia. Porque el que se sintió ya oprimido por una des-
gracia mayor, no siente la menor. En cambio, después de la menor, se siente
más la mayor. Consecuentemente, para que Job sintiera la propia aflicción
por cada una de las desgracias y se excitara así todavía más a la impaciencia,
comenzó Satanás afligiendo a Job por una desgracia menor y, poco a poco,
pasó a las mayores.
El corazón del hombre se conmueve todavía más ante las cosas que so-
brevienen repentinamente; porque las desgracias previstas se sufren con ma-
yor facilidad. Por todo ello, para que Job se conmoviera más todavía, Sata-
nás le presenta la desgracia en circunstancias de máxima alegría, en las que
menos se podía pensar en la desgracia; conseguía así que de la misma ale-
gría surgiera, como más grave, la desgracia, porque “en la oposición de los
contrarios el contraste resplandece más”50. Por ello se dice: Y como un día
sus hijos e hijas comiesen y bebiesen vino (prueba especial de alegría, según
el Eclesiástico: “El vino desde el principio fue creado para alegría, no para
embriaguez” [Sir., 31, 35]) en la casa de su hermano primogénito (es un in-
ciso que se pone para mayor solemnidad, pues es probable que en casa del
primogénito se celebrase un convite más solemne) vino a Job un mensajero
que le dijo: Los bueyes estaban arando (para que, recordando la cosecha, el
daño apareciese más insufrible) y las borricas paciendo junto a ellos (lo que
49
“Satanás se apartó de la faz de Dios”, porque no gozaba de la visión facial, propia sólo de los
bienaventurados.
50
Aforismo tomado de la Rhetorica de Aristóteles (cfr. ed. Leonina, p. 12637).
48 Tomás de Aquino
se consigna para aumentar más el dolor, al considerar que los enemigos lle-
garon en un momento en que podían robarle a la vez muchas cosas) y aco-
metieron los sabeos (enemigos venidos desde lejos, de quienes difícilmente
podría ser recuperado lo robado 51) y se llevaron todo (para que ni siquiera
hubiese quedado un poco, para el consumo imprescindible personal y para la
prole) y han pasado a cuchillo a los mozos (golpe más fuerte para un hom-
bre justo) y yo solo he escapado para darte la noticia (como diciendo: dis-
puso la Providencia que yo solo escapase, precisamente para que tú pudieses
tener noticia de tan gran daño, porque Dios pretende afligirte con dolor).
Apenas acababa de serle comunicada la desgracia, se le anuncia otra, no
sea que, de darse algún intervalo de tiempo, pudiera recogerse en su corazón
y disponerse a la paciencia, con que soportar más fácilmente las siguientes
pruebas. Por eso se añade: Y estando aún hablando éste, llegó otro y dijo:
Fuego de Dios (es decir, enviado por Dios) cayó del cielo (para grabar en su
mente que padecería persecución no sólo por parte de los hombres, sino
también de Dios y provocarle así más fácilmente contra Dios); e hiriendo a
las ovejas y a los pastores, los consumió (como si todo ello hubiese sido
producido al modo divino, para que al solo contacto del fuego, al instante
todo se consumiese, lo cual está por encima de la propiedad natural del fue-
go); y escapé yo solo para darte la noticia. Sigue: Y, mientras que éste aún
hablaba, llegó otro y dijo: Los caldeos (que eran feroces y poderosos52); por
lo que para destacar su poder, añade: formaron tres cuadrillas, para desechar
la esperanza de vengarse y la posibilidad de resarcirse del daño que se espe-
cifica; añadiendo y dieron sobre los camellos etc. Se narra seguidamente la
muerte de la prole: Y, cuando éste aún hablaba, llegó otro y dijo: Mientras
comían tus hijos e hijas y bebían vino en la casa de su hermano (para con
51
Eran los habitantes del reino de Sabá (cfr. I Reges, 10, 1-13), el reino del mediodía (cfr.
Matthaeum, 12, 42), tierras lejanísimas situadas en el actual Yemen del Norte, al sur de la pe-
nínsula de Arabia.
52
Las tribus caldeas, de origen semítico, procedían de los territorios surbabilónicos. En tiempos
de su rey Nabucodonosor (604-562 a.C.) tomaron Jerusalén y deportaron a la elite de la po-
blación judía. En cambio, la Biblia de Montserrat identifica estos chaldei con los kaldu, que
habitaban en los confines del golfo pérsico con Arabia. Se trataría, por consiguiente, de ban-
das desplazadas de ellos, porque, si no, no hubieran podido llegar fácilmente a los territorios
de Edón, para realizar sus razzias.
Comentario al libro de Job, capítulo I 49
ello fuera más triste su muerte53, pues Job podía sospechar que habían sido
sorprendidos por la muerte estando en pecado, pues precisamente él trataba
de santificarlos y ofrecía holocaustos por cada uno de ellos, ante el temor de
que hubiesen incurrido en algún pecado durante los banquetes). Y para
descartar la posibilidad de que hubiesen hecho penitencia, procurando así
por su alma, añade: se levantó de improviso un viento impetuoso de la parte
del desierto; y arremetió sobre las cuatro esquinas de la casa (detalle con-
signado para destacar la vehemencia del viento, que, cosa no habitual, des-
truyó al mismo tiempo toda la casa, para que con ello quedase más claro que
había sucedido por voluntad divina, y así se dispusiera más fácilmente con-
tra Dios, al verse afligido por Aquél a quien servía con devoción de cora-
zón).
Y para mayor colmo de dolor se agrega la muerte de toda la prole, pues la
casa derrumbándose, oprimió a tus hijos y murieron (es decir, todos; para
que ni siquiera en alguno que quedara continuase la esperanza de posteri-
dad). Y esto resultaba tanto más doloroso cuanto que, muertos los hijos, so-
brevivió alguno de los criados para contárselo y provocar su dolor; porque
sigue: Y yo solo escapé para darte la noticia.
Toda la desgracia anterior fue provocada por Satanás. Es preciso recono-
cer que, con la permisión divina, los demonios pueden agitar el aire, produ-
cir vientos y hacer caer fuego del cielo. Porque, aun cuando la materia cor-
poral no obedezca inmediatamente [ad nutum] a los ángeles, buenos o ma-
los, recibiendo nuevas formas, sino tan sólo a Dios creador; con todo, es
propio de la naturaleza corpórea obedecer a la naturaleza espiritual en cuan-
to al movimiento local, como se prueba contemplando al hombre, que impe-
ra a su voluntad para que se muevan sus miembros, a fin de realizar la obra
dispuesta por la voluntad 54. Por tanto, todo cuanto puede hacerse con solo
53
Las ediciones Piana y Vivès leen en este pasaje: “ut ex hoc eius mens tristior foret”, en lugar
de: “ut ex hoc eorum mors tristior foret”. Parece más lógica la lectura de la Leonina, que he-
mos seguido.
54
El argumento es muy sutil. Sólo Dios, que es creador, puede infundir inmediatamente nuevas
formas en la materia, sin mediación de causas segundas. En cambio, las naturalezas superiores
sólo pueden mover localmente a las inferiores. El alma humana, que es espiritual, es capaz de
imperar, por medio de la voluntad, que se mueva un miembro suyo, por ejemplo, su brazo o
sus manos o todo su cuerpo, cambiando de lugar. Las naturalezas espirituales pueden provo-
car otros cambios accidentales e incluso substanciales, siempre valiéndose de causas segun-
das. Así, al provocar un viento o un fuego, se producen cambios substanciales; pero, no pue-
den transformar las cosas directa e inmediatamente.
50 Tomás de Aquino
movimiento local, pueden hacerlo por su virtud natural no sólo los espíritus
buenos sino también los malos, a no ser que Dios se lo prohíba. Los vientos
y lluvias y otras perturbaciones similares del aire, pueden realizarse por el
solo movimiento de vapores disueltos, procedentes de la tierra y del agua.
De lo cual se concluye que, para conseguir tales fenómenos, basta el poder
natural del demonio; pero a veces queda éste impedido por el poder de Dios,
no siéndole lícito hacer cuanto pueden naturalmente. No se opone a esto lo
que se dice en Jeremías: “¿Por ventura hay entre los ídolos de los gentiles
alguno que dé la lluvia?” (Ier., 14, 22). Porque una cosa es que llueva por
curso natural, competencia exclusiva de Dios, que ordenó a este fin las
causas naturales; y otra, usar las causas naturales que han sido ordenadas por
Dios para este fin, para producir artificialmente la lluvia, o producir a veces
el viento de modo extraordinario.
Comentario al libro de Job, capítulo I 51
LECCIÓN 4
55
Aquino expone aquí, de modo muy sintético, las posiciones antitéticas de estoicos y peripato-
ticos acerca de las pasiones del alma, centrándose en la tristeza, pasión del concupiscible. Se-
gún Aristóteles, son seis las pasiones del concupiscible o deseo (agrupadas en tres parejas que
expresan movimientos contrarios): amor-odio, deseo-aversión, gozo-tristeza o dolor. Son cin-
co las pasiones del apetito irascible o impulso: esperanza-desesperanza, miedo o temor-auda-
cia, ira. La actitud cristiana ante las pasiones se asemeja a la peripatética: son inevitables y ve-
hementes, porque son la reacción espontánea de la sensibilidad ante un bien o un mal, presen-
te o ausente; pero, deben ser moderadas por la razón y permanecer bajo su guía. Es evidente
que la voluntariedad se ve afectada por las pasiones. Si la pasión es antecedente, aunque no
directamente provocada, obnubila la razón, en mayor o menor medida. La pasión consecuen-
te, si es provocada, aumenta la voluntariedad. La pasión consecuente, no querida directamen-
52 Tomás de Aquino
Job siguió esta sentencia: mostró una tristeza tan moderada en la des-
gracia, que se sujetaba a la razón; por eso se dice: Entonces Job se levantó y
rasgó sus vestiduras (señal entre los hombres de tristeza). Nótese que dice:
Entonces [tunc], o sea: tras la noticia de la muerte de los hijos, para sig-
nificar que se dolía más por ellos que por la pérdida de la hacienda. Porque
no dolerse de la muerte de los amigos sería propio de un corazón duro e in-
sensible. Pero corresponde al virtuoso tener este dolor moderado, según
aquello del Apóstol: “En orden a los difuntos no queremos, hermanos, de-
jaros en ignorancia, porque no os entristezcáis del modo que suelen los de-
más hombres que no tienen esperanza” (I Thes., 4, 13). Y así se comportó
Job, pues su estado de ánimo se manifestó por un acto exterior. Su razón
permaneció firme, por lo cual congruentemente se dice que Job se levantó,
aunque los hombres que sufren más bien acostumbran a estar postrados. Pa-
decía tristeza, pero no hasta el punto de perturbar íntimamente su razón. Por
ello, manifestó al exterior su tristeza dos modos. Primero, en las cosas que
están fuera del cuerpo, por lo que se dice: y rasgó sus vestiduras; y, en se-
gundo lugar, en cuanto a las cosas que proceden de la misma naturaleza cor-
poral, y de ahí las palabras: y se rapó la cabeza, que es indicio de dolor entre
los que se dejan la cabellera. Estas dos señales de tristeza responden con-
venientemente a las desgracias antes referidas, pues el rasgado de la túnica
responde a la pérdida de la hacienda, y la tonsura de la cabeza, a la pérdida
de los hijos56.
Ahora bien, la mente se mantiene tanto más firme, cuanto más humilde-
mente se somete a Dios, porque las cosas alcanzan mayor nobleza cuanto
más se atienen a su perfección. Como el aire, cuando es iluminado por la
luz, y la materia, cuando se une a la forma57. Por consiguiente, se advierte
te, es sólo signo de la intensidad con que la voluntad ha pretendido un bien o se ha apartado
de un mal.
56
La hacienda es exterior al hombre, como su vestido; el cabello es parte de su naturaleza, como
también lo son los hijos engendrados según naturaleza.
57
Complejo razonamiento filosófico, que podría aclararse del siguiente modo. El aire, sin la luz,
es oscuro; cuando es iluminado, se vuelve claro y transparente. La materia, sin la forma, es
pura potencia; con la forma pasa a ser un ente concreto. La mente, si no es iluminada por
Dios, está en tinieblas; alcanza su perfección cuando recibe la luz de su principio. Es obvio
que con este razonamiento, Aquino no pretende sostener doctrinas gnoseológicas que se ha-
llan en las antípodas de su síntesis filosófica (por ejemplo, la doctrina de la infusión de las
ideas seminales); más bien se desenvuelve en el marco del comportamiento moral y, por con-
siguiente, apunta a la sindéresis, es decir, a los primeros principios del obrar moral. Con todo,
Comentario al libro de Job, capítulo I 53
que la razón del bienaventurado Job no quedó abatida por la tristeza, sino
que se mantuvo en su rectitud, al someterse humildemente a Dios, pues con-
tinúa: Postrándose en tierra, adoró, mostrando su humildad y devoción.
Y no sólo con hechos declaró el estado de su espíritu, sino también con
palabras; mostrando con argumentos que, si bien estaba afectado por la tris-
teza, no debía abandonarse a ella. En primer lugar, al aludir a la condición
de su naturaleza; de ahí la frase: Y dijo: Desnudo salí del vientre de mi ma-
dre (o sea: la tierra, que es madre común de todos), y desnudo volveré allá
(es decir, a la tierra); y en este sentido se dice en Eclesiástico: “Gran fatiga
se ha impuesto a todo hombre, yugo pesado sobre los hijos de Adán, desde
el día de su nacimiento materno hasta el día de su retorno a la madre de to-
dos” (Sir., 40, 1).
Cabe otra interpretación, entendiendo literalmente la frase del vientre de
mi madre como referida al seno de la mujer que lo engendró. Y la otra frase:
desnudo volveré allá, tomando su vocablo allá [illuc] como una simple rela-
ción [entre la situación actual y la que vendrá después]. Porque, en efecto,
nadie vuelve nuevamente al vientre de la madre, sino a algo que tuvo en
aquel estado en el vientre de la madre58, por ejemplo, cuando no estaba in-
merso en el barullo de las cosas humanas. Al hablar así muestra de forma
convincente que el hombre no debe dejarse absorber por la tristeza al perder
la hacienda y los bienes exteriores, porque los bienes exteriores no le son
connaturales, sino que le advienen accidentalmente. Lo cual es obvio por
parece que, al menos en una primera etapa de su carrera, Santo Tomás mostró simpatía por la
condición innata de los primeros principios (tanto del conocer como del obrar), que serían
infusos, posición que después abandonó. Tampoco pretende alinearse aquí con la doctrina del
hilemorfismo universal; que jamás profesó.
58
“Revertitur in illum statum quem habuit […] quantum ad aliquid”. El sintagma ad aliquid (a
algo) define, precisamente, el accidente relación. Por eso dice Aquino que ese volver al seno
materno hay que tomarlo como una simple relación. En efecto; la vuelta al seno materno in-
dica, aquí, regresar a una de las condiciones que se tenía en el seno materno: el estar apartado
del mundo. Fiel a la interpretación estrictamente alegórica, San Gregorio Magno no considera
“volver al vientre de mi madre” sea regresar al seno materno; ni tampoco cuando más ade-
lante vuelva a tratarse el tema de la concepción y el nacimiento, en el capítulo 3, considerará
que las entrañas de la madre deban interpretarse en sentido literal. Según San Gregorio, el ute-
rus matris meæ es la Sinagoga [sic], de la cual ha salido Cristo desnudo, porque la Sinagoga
le ha arrebatado la túnica, como la esposa adúltera de Putifar retuvo la túnica de José (cfr.
Genesis, 39, 12). Al volver en la parusía, desnudo, será recibido por la Sinagoga. Cfr. Moralia
in Iob, II, 59, p. 167.
54 Tomás de Aquino
que el hombre vino al mundo sin ellos y sin ellos lo deja. Arrebatados, pues,
los bienes accidentales, si subsisten los substanciales, no debe el hombre
abandonarse a la tristeza, aun cuando le afecte la tristeza.
En segundo lugar prueba lo mismo (a saber que el hombre no debe su-
cumbir a la tristeza) fijándose en la actuación de Dios, cuando dice: El Señor
lo dio, el Señor lo quitó. Su afirmación es correcta, como se advierte, ante
todo, porque considera que Dios es providente. Pues por la frase el Señor lo
dio reconoce que la prosperidad terrena llega a los hombres, no casualmente,
ni por la fatalidad que se deriva de los astros [ex fato stellarum], ni por el so-
lo esfuerzo humano, sino por disposición divina. Por la otra frase el Señor lo
quitó, reconoce que también acaecen al hombre las desgracias mundanas por
juicio de la divina providencia. También insinúa que no tiene el hombre
justo motivo para quejarse de Dios, si se ve despojado de los bienes tem-
porales, porque quien dio gratis, pudo darlo hasta la muerte, o por un tiempo
determinado. Por ello, no puede el hombre quejarse cuando Dios le arrebata
lo temporal antes de su muerte.
En tercer lugar, prueba también que el hombre ha de sobreponerse a la
tristeza, cuando alude a la voluntad divina, al decir: todo ha sucedido según
el beneplácito divino. Los amigos, en efecto, coinciden en el querer y en el
no-querer. Por consiguiente, si depende del querer divino que uno sea des-
pojado de los bienes temporales, y uno ama a Dios, debe conformar su vo-
luntad a la de Dios, y así, con esta consideración, no se dejará abatir por la
tristeza [si pierde sus bienes].
Las tres razones se exponen, pues, en orden lógico. Por la primera se
prueba que los bienes temporales son accidentales al hombre; por la se-
gunda, que es Dios quien los da y los quita; y por la tercera, que esto se rea-
liza según el beneplácito de la voluntad divina. De la primera se concluye,
evidentemente, que no debe el hombre dejarse absorber por la tristeza, al
perder los bienes temporales; de la segunda, que ni siquiera puede quejarse;
de la tercera, que hasta debe gozarse. Porque, no sería del agrado divino que
uno padeciese adversidad, si no fuera por algún bien, que de ello resultara.
En consecuencia, la desgracia, aunque por sí misma sea amarga y engendre
tristeza, considerando su utilidad, que la hace agradable a Dios, se nos pre-
senta como motivo de gozo, como también se dice de los Apóstoles: “Ellos
se fueron contentos de la presencia del sanedrín, porque habían sido dignos
de padecer ultrajes por el nombre de Jesús” (Act., 5, 41). Pues hasta de to-
mar la medicina amarga uno se alegra razonablemente, por la esperanza de
recuperar la salud, aunque atormente sus sentidos. Y ya que el gozo es mo-
Comentario al libro de Job, capítulo I 55
tivo de acción de gracias, por eso termina su tercera razón en una acción de
gracias, cuando dice: ¡Bendito sea el nombre del Señor!, pues los hombres
bendicen el nombre de Dios, cuando conocen su bondad, que gobierna bien
todas las cosas y nada hace injustamente.
De todo lo cual se concluye la inocencia de Job, cuando afirma: En todas
estas cosas no pecó Job con sus labios, es decir, con palabras que
expresasen impaciencia; ni habló contra Dios alguna cosa necia, es decir,
nada blasfemo, pues no blasfemó de la divina providencia. La necedad, en
efecto, se opone a la sabiduría, cuyo objeto propio es el conocimiento de las
cosas divinas.
CAPÍTULO II
LECCIÓN 1
Y aconteció que un día etc. Es triple el bien del hombre: el alma, el cuer-
po y las cosas exteriores, ordenándose entre sí de forma que el cuerpo sea
por el alma, y las cosas exteriores lo sean por el cuerpo y por el alma. Y así
tan perversa es la opinión según la cual uno ordena el bien del alma a la acu-
mulación de bienes exteriores, como la de quien subordina el bien del alma a
la salud del cuerpo.
Que Job rebosaba en actos de virtud, que son bienes del alma, todos po-
dían comprobarlo palpablemente. Por ello el Señor había dicho anterior-
mente a Satanás: Por ventura has reparado en mi siervo Job etc. (cfr. Iob, 1,
8 y su amplio comentario). Sin embargo, Satanás calumniaba a Job de con-
sagrarse a los actos de virtud por lograr bienes temporales, como los hom-
58 Tomás de Aquino
bres malos, cuyo príncipe es Satanás, que juzgan también a tenor de sus ex-
periencias sobre la intención de los justos1; ahora bien, esta calumnia que-
daba refutada por el hecho de que, tras la pérdida de los bienes exteriores,
continuaba aún firme en la virtud; luego estaba suficientemente claro que su
intención no se supeditaba a los bienes exteriores.
Faltaba todavía, para tener una prueba definitiva de la virtud de Job, mos-
trar que su intención en modo alguno estaba subordinada a la salud de su
propio cuerpo. Y por eso aduce nuevamente el juicio divino, para aclarar es-
te punto: Y aconteció que un día vinieron los hijos de Dios y comparecieron
delante del Señor; y vino también Satanás entre ellos y se puso en su
presencia; de modo que dijo el Señor a Satanás. ¿De dónde vienes?
No es caso de detenernos largamente en estas palabras, anteriormente
glosadas (cfr. el comentario al capítulo I), salvo destacar el detalle de que,
para describir un nuevo hecho, se introduce un nuevo día, como en el princi-
pio del Génesis, donde se describen días diversos según los diversos géneros
de cosas que se creaban 2.
A todo ello respondió Satanás con las palabras siguientes: El cual res-
pondiendo, dijo: He rodeado la tierra y la he recorrido toda, a lo que ya nos
hemos referido. Y de nuevo el Señor le presenta con evidencia la virtud de
Job, como se dijo antes. Por ello continúa: Y dijo el Señor a Satanás: Por
ventura has reparado en mi siervo Job que no hay semejante a él en la tie-
rra, varón sencillo y recto, y temeroso de Dios, y que se aparta del mal?
Como ahora se manifestaba una virtud de Job que antes no quedaba de
manifiesto, a saber: la constancia en la adversidad, ahora lógicamente añade:
Y aún (es decir, tras la pérdida de los bienes temporales) conserva su inocen-
cia; de donde, como avanzando, prueba el Señor que la sospecha de Satanás
había sido calumniosa y que su pretensión había fracasado. Por ello,
prosigue: Mas tú me has incitado contra él.
Las palabras tú me has incitado contra él no se han de entender como si
uno pueda provocar al Señor a querer lo que antes no quería, como suele su-
ceder entre los hombres; pues está escrito: “Dios no es como un hombre para
mentir, ni como hijo de hombre para arrepentirse” (Num., 23, 19); sino que
aquí la Escritura habla de Dios figurativamente, al modo humano. Cuando
los hombres, en efecto, deciden obrar algo por alguien, se dice que son mo-
1
Dice el refrán castellano: “cree el ladrón que todos son de su condición”.
2
“Vino también Satanás”. Cfr. supra, nota 28, p. 36.
Comentario al libro de Job, capítulo II 59
vidos por éste. Dios, por el contrario, quiere obrar y de hecho obra por algo,
pero sin movimiento alguno de su mente, porque desde la eternidad tenía en
mente lo que ahora es realizado 3. Por consiguiente, desde siempre tenía Dios
dispuesto afligir en el tiempo a Job para probar su virtud a fin de eliminar
toda calumnia de los malvados. Para destacarlo aquí, se dice: Mas tú me has
incitado contra él.
La frase: para que le afligiese en vano, debe interpretarse en cuanto a la
intención de Satanás, no en cuanto a la de Dios. Porque fue Satanás quien
reclamó tales desgracias para Job, intentando hacerle caer en la impaciencia
y en la blasfemia, fin que no logró alcanzar. Dios lo permitió, en cambio, pa-
ra que resplandeciera su virtud, como así sucedió. Por tanto, la prueba de
Job constituyó un fracaso de Satanás; no, por el contrario, en cuanto a la in-
tención de Dios. No obstante, Satanás, aun vencido, no descansa, sino que
levanta otra calumnia con el propósito de mostrar que Job soportaba con pa-
ciencia las desgracias, no por amor de Dios, sino por la salud de su cuerpo.
De ahí las palabras: Y Satanás respondió diciendo: Piel por piel y todo
cuanto el hombre tiene, dará por su alma.
Téngase en cuenta que Job había sido afligido doblemente: con la pérdida
de sus posesiones y con la de sus hijos. Satanás intenta ahora concluir que
Job había soportado con paciencia ambas pruebas por la salud de su cuerpo
y que esto no suponía virtud mayor, sino sólo lo que era humano y, por con-
siguiente, lo que era de esperar de cualquier hombre. Por ello dice: El hom-
bre (es decir cualquiera de ellos, aun el hombre no virtuoso) dará con faci-
lidad piel por piel es decir, la carne de los otros por su propia carne. Porque
el hombre no virtuoso admite que otros, incluso los más íntimos, sean some-
tidos, antes que él, a la aflicción corporal. Y paralelamente cualquier hombre
dará todo, los bienes exteriores que posee, por su alma, es decir: por con-
servar su vida; porque los bienes exteriores se buscan para la conservación
de la vida, como medios para alimentarse y vestirse, o para cosas similares,
con los que cómodamente se conserva la vida del hombre.
Y puesto que se podría argüir a Satanás: ¿Cómo puede probarse que Job
soportó con paciencia la pérdida de hijos y de posesiones, si le atemorizaba
el daño de su piel y de su vida?, a modo de respuesta, añade: Si no, es decir:
si no se da crédito a mis inocentes palabras, extiende tu mano (esto es: ejer-
cita tu poder) y toca sus huesos y carne (equivalente a: aflígele en el cuerpo;
3
En Dios no hay cambio, porque es acto puro subsistente. Es eterno. La eternidad es, según
Boecio, vida inmutable.
60 Tomás de Aquino
4
Cfr. supra glosa de Santo Tomás a Iob, 1, 11 (In Iob, cap. 1, lectio 2, in fine), con la nota 46
de p. 44.
Comentario al libro de Job, capítulo II 61
LECCIÓN 2
7. Saliendo Satanás de la presencia del Señor, hirió a Job con una úlcera
muy mala, desde la planta del pie hasta lo alto de la cabeza.
8. Y él, sentado en un estercolero, con un casco de teja se raía la podre.
9. Y su mujer le dijo: ¿Todavía te mantienes en tu simplicidad? Bendice a
Dios y muérete.
10. Él le dijo: Has hablado como una de las mujeres necias. Si de la mano
de Dios hemos recibido los bienes, ¿por qué no recibiremos los males? En
todas estas cosas no pecó Job con sus labios.
11. Tres amigos de Job se enteraron de todo el mal que le había acaecido,
y vinieron cada uno de su lugar: Elifaz, de Theman, y Baldad, de Suha, y
Sofar, de Naamath. Porque habían concertado entre sí venir juntos a visitarle
y consolarle.
12. Y cuando desde lejos alzaron los ojos, no le conocieron; y excla-
mando, lloraron; y rasgadas sus vestiduras, esparcieron polvo sobre su ca-
beza hacia el cielo.
13. Y estuvieron sentados con él en tierra siete días y siete noches; y nin-
guno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era vehemente.
5
Esta frase entre corchetes, y bastante enigmática, recogida por la edición Leonina, falta en las
ediciones Piana y Vivès.
6
La ediciones Piana y Vivès leen: “quam solam diabolus reliquerat ad occidendum”. La edi-
ción Leonina, en cambio, lee: “quam solam diabolus reliquerat”. El sentido es el mismo.
7
Este comentario, que tiene a la vista el relato de Genesis, 3, 1, trasluce las actitudes desconsi-
deradas del Aquinate hacia la condición femenina, tan patente en otros lugares de sus obras.
Sobre dicha cuestión, sorprendente en un teólogo tan exquisitamente prudente, véase J. I.
SARANYANA, La discusión medieval sobre la condición femenina, citado en cap. I, nota 5, p.
26. San Gregorio, seis siglos antes, había señalado, a propósito de este pasaje: “Repite [Sa-
tanás] las insidias de su antigua arte y, sabiendo cómo suele caer Adán, recurre a Eva. […] Se
pregunta ahora el adversario cómo escalar y asaltar un baluarte tan resistente. Encuentra a la
mujer, cercana al marido y unida a él. Se adueña del corazón de la mujer y se sirve de ella co-
mo de una escalera con la cual poder subir al corazón de su marido” (Moralia in Iob, III, 12,
p. 194). También remite al Protoevangelio, como remitiría Santo Tomás. No obstante, en el
comentario de Gregorio Magno no hallamos juicio alguno despectivo contra la condición fe-
menina, sino más bien alabanzas (considera a la mujer solaz de la familia). La posición de San
Gregorio confirma nuestra tesis de que la teología medieval se torció hacia posiciones misó-
ginas, cuando entró en contacto con la biología y la fisiología aristotélicas, recibidas por me-
diación de los árabes. Es importante retener que Santo Tomás se halló inmerso en esa tradi-
ción biológica, con todas sus ventajas e inconvenientes; y, al mismo tiempo, conviene distin-
guir entre las ideas biológicas del Aquinate y su metafísica, no extrapolando conclusiones,
porque la metafísica va más allá de la física y la biología y se establece en un orden de aná-
lisis superior.
Comentario al libro de Job, capítulo II 63
8
Las ediciones Piana y Vivès suprimen esta frase.
9
El escritor sagrado presenta a los tres amigos como provenientes de tres lugares distintos. La
patria de los tres amigos resulta ahora imprecisa, aunque sus nombres aparecen en las genea-
logías (Genesis, 25, 2 y 36, 1). La Biblia de Montserrat sitúa a Elifaz en Temán, una ciudad
de Transjordania, que actualmente se denomina Saubak o Sobak. Baldad provendría de Suah,
que ubica genéricamente en la tierra de Qédem. No sabe situar la tierra de Sofar, aunque lo
sospecha oriundo de Edom. Otra hipótesis sería la siguiente: Elifaz, originario de Temana (un
oasis muy rico del desierto de Sáhara) o de Temama (una cordillera montañosa en la Arabia
central); Baldad, quizá natural de la ciudad de Suah (una población del bajo Egipto); y Sofar,
64 Tomás de Aquino
dado que todo el argumento del libro gira en torno a estos tres personajes, es
preciso advertir que en algunas cosas opinaban como Job, por lo que se les
llama amigos; y que en otras discrepaban de él, coincidiendo entre sí; por lo
cual se les menciona agrupadamente y se les distingue de Job.
Coincidían con Job en que tanto las cosas naturales, como las humanas
están sometidas a la providencia divina; pero disentían de él al opinar que
Dios remunera al hombre con la prosperidad temporal por el bien que hace y
le castiga con daños temporales por el mal que obra10, como si aquélla fuese
el premio de la virtud y estos el castigo propio del pecado. Cada uno de los
tres amigos se esforzaba en defender esta última postura con sus propios ar-
gumentos, según se lo sugería su ingenio personal; por lo cual se dice que
cada uno había venido de su lugar. Pero Job no compartía tal opinión; sino
que creía que las obras buenas de los hombres se ordenan a una remune-
ración espiritual venidera después de esta vida; y de modo parecido, que los
pecados han de ser castigados con futuros suplicios11.
Que aquellos amigos de Job habían venido a consolarle, se prueba por lo
que sigue: porque se habían concertado entre sí venir juntos a visitarle y
consolarle, hecho que los acredita como verdaderos amigos, que no se trai-
cionan unos a otros en la tribulación, pues, como dice el Eclesiastés, los
amigos se conocen en las alegrías y en las tristezas (cfr. Sir., 12, 9).
Y en primer lugar, la misma visita era ya un consuelo: pues ver al amigo
y reunirse con él constituye un placer. Le consuelan además con hechos,
dándole muestras de compasión; y, como para justificar tales muestras, se
señala antes algo que mueve a compasión con las palabras: Y cuando desde
lejos alzaron los ojos, no le conocieron: su aspecto estaba desfigurado por
las úlceras, y la vestimenta y lo demás, por la pérdida de su hacienda. La ex-
presión desde lejos, hay que entenderla según el alcance [visual] que permite
reconocer a un hombre a distancia. Este cambio del amigo les movió a tris-
teza y compasión, que mostraron con signos externos, pues continúa: Y
exclamando –indudablemente a causa del dolor intenso– lloraron; y rasga-
das sus vestiduras, esparcieron polvo sobre su cabeza, en señal de postra-
ción y abatimiento, considerándose heridos por la desgracia del amigo. Mas
agrega: hacia el cielo, como si con tal humillación atrajeran la misericordia
del cielo.
La compasión de los amigos produce consuelo, bien porque la desgracia
compartida por muchos se soporta como una carga más ligera, o, mejor aún,
porque toda tristeza se atenúa con la alegría. Es agradabilísimo sentir el cari-
ño de un amigo, particularmente en la contrariedad; y por esto produce con-
suelo.
Le consolaban no sólo con las muestras de compasión, sino también brin-
dándole compañía, pues sigue: Y estuvieron sentados con él siete días y siete
noches, porque la amplitud de su tristeza reclamaba consuelo duradero. En-
tiéndase, sin embargo, no de continuo, sino a horas convenientes12.
Pero no emplearon la tercera muestra de consolación, que ciertamente es
la más eficaz, es decir, la palabra, pues continúa: Y ninguno le hablaba pala-
bra. Pero se indica por qué callaban: Porque veían que su dolor era vehe-
mente. Se da esta explicación atendiendo más a la creencia de los conso-
ladores que al estado del afligido; porque la mente de éste, cuando está su-
mida en el dolor, no percibe las palabras de consuelo. Por lo que hasta el
poeta dice: “Quién –de no estar loco– prohíbe a la madre llorar en la muerte
del hijo?”13. Sin embargo, la situación de Job no era tal que no pudiese reci-
bir consuelo a causa de su tristeza, sino que más bien era él mismo quien se
consolaba con cordura, como lo declaran sus palabras anteriormente expues-
tas.
12
Pequeña muestra humorística de Aquino.
13
“Quis matrem nisi mentis inops in funere nati flere vetat” (OVIDIO, Remedia amoris, 127).
CAPÍTULO III 1
LECCIÓN 1
1
El capítulo 3 del libro de Job resulta particularmente oscuro y difícil. Santo Tomás dio por
buena la versión de la Vulgata, sin entrar en distingos acerca de una hipotética corrupción del
texto original. Por este motivo, la exégesis literal de Aquino se vuelve especialmente com-
pleja. Como ya he advertido en la “Introducción”, las teorías acerca de las sucesivas re-
dacciones del texto intentan justificar estas y otras oscuridades. La Biblia de Montserrat (aquí
el erudito exegeta Dom Ramir Augé), ha propuesto, además, una translocación de algunos
versículos y supresión de otros en el capítulo 3, de modo que el hipotético original sería: 1, 2,
3, 4a, 9b, 4b, 5, 6, 7, 8, 9a, 10, 11, (supresión del v. 12, supuestamente interpolado), 16, 13,
14, 15, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, (supresión del v. 24, interpolado), 25, 26.
68 Tomás de Aquino
10. Pues no cerró las puertas del vientre que me llevó, ni quitó de mis
ojos los males.
Después de esto abrió Job su boca etc. Como atrás queda indicado 2, en
torno a las pasiones del alma se han dado dos opiniones entre los antiguos.
Los estoicos afirmaron que en el sabio no hay lugar para la tristeza; los peri-
patéticos, en cambio, defendieron que el sabio puede entristecerse, com-
portándose, sin embargo, moderadamente en la tristeza, o sea, según la ra-
zón. Esta última opinión responde a la verdad, porque la razón no puede eli-
minar la condición de la naturaleza. Ahora bien, es natural a la naturaleza
sensible deleitarse y gozarse en las cosas agradables, y dolerse y entris-
tecerse en las nocivas. Por consiguiente, no puede la razón eliminar esta rea-
lidad de la tristeza, aunque logre la razón controlarla, evitando que la tristeza
desvíe a la razón de su rectitud. Está también de acuerdo esta opinión con la
Sagrada Escritura que consigna tristeza en Cristo, en Quien se da la plenitud
de toda virtud y sabiduría3.
En consecuencia, Job sintió ciertamente la tristeza ante las desgracias an-
tes narradas; de lo contrario no habría podido ejercer la virtud de la pacien-
cia. Pero, su tristeza no lo apartó de la recta razón, antes bien la razón seño-
reaba su tristeza. Y para probarlo, se dice: Después de esto abrió Job su bo-
ca. Dice en efecto: después de esto, o sea, después de siete días de silencio,
como aclarando con ello que las palabras que siguen fueron pronunciadas
razonablemente, no bajo la perturbación de la tristeza. Puesto que, de haber-
las dicho con la mente alterada, las hubiese pronunciado antes, en el mo-
mento en que la presión de la tristeza era más fuerte; ya que cualquier tipo
de tristeza se mitiga con el correr del tiempo y se siente más al principio.
Luego, precisamente por esto, parece que calló durante tanto tiempo, para
que no se pensase que hablaba con la mente perturbada. Esto mismo se ma-
nifiesta con la expresión: abrió su boca; pues, cuando uno habla por arrebato
pasional, no es él mismo quien abre su boca, sino que es la pasión la que lo
2
Véase supra el comentario aquiniano a Iob, 1, 7 en capítulo I, lección 2, y la correspondiente
nota 42, p. 41; y también a Iob, 2, 20, en capítulo II, lección 4, y la nota 55, p. 51.
3
Alusión, por ejemplo, a la oración en el huerto de los Olivos o de Getsemaní, que comentará
un poco después.
Comentario al libro de Job, capítulo III 69
mueve a hablar, pues no somos dueños de nuestro acto por la pasión, sino
tan sólo por la razón 4.
Al hablar, muestra la tristeza que verdaderamente sentía, pues acostum-
bran los sabios a hablar, guiados por la razón, acerca de los afectos pasiona-
les que sienten, como Cristo, que dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte”
(Mt., 26, 38), y como afirma el Apóstol: “Por lo que, yo mismo no hago el
bien que amo; sino que hago el mal que aborrezco” (Rom., 7, 15). Como
también Boecio al principio de su obra De consolatione philosophiæ5 descu-
bre su tristeza para manifestar cómo la mitigaba con la razón; y así también
expresó Job su tristeza, hablando.
Por este motivo sigue: y maldijo su día, lo que parece contradecir a aque-
llo del Apóstol: “Bendecid y no queráis maldecir” (Rom., 12, 14). Maldecir
se puede tomar en muchos sentidos. Cuando maldecir no es otra cosa que
decir lo malo, se maldice siempre que se dice algo malo. Ahora bien, se dice
lo malo de varios modos. En primer lugar, con palabras que produzcan el
mal, como la palabra de Dios, que es causa de aquello que expresa, y la sen-
tencia condenatoria del juez, que es causa de la pena impuesta al reo. Y en
este sentido se entiende lo que el Señor dijo en el libro del Génesis: “Maldita
sea la tierra por tu causa” (Gen., 3, 17) y “Maldito sea Canaán, esclavo será
de sus hermanos” (Gen., 9, 25); o cuando Josué maldijo a Achor, que no tu-
vo en cuenta el anatema (Ios., 7, 25). En segundo lugar, maldecir significa
pedir o desear un mal, como se lee el libro de los Reyes: “Maldijo el Filisteo
a David, por sus dioses” (1 Reg., 17, 43). El tercer caso de maldición consis-
te en enunciar simplemente algún mal, o en presente o en pretérito o en fu-
turo, con verdad o con mentira. El Apóstol prohíbe aquel tipo de maldición
por la que uno desea mal a otro o le difama con mentira, pero no aquellas
por las que el juez condena al reo o alguien con verdad y ordenadamente
prueba la maldad de una cosa, bien al narrar lo presente, o recitar lo pasado
o anunciar lo futuro. De este modo, por tanto, habrá que entender que Job
maldijo su día, al haber denunciado que tal día era malo, no porque Dios ha-
ya creado malo ese día, sino según la costumbre de la Sagrada Escritura, que
designa al tiempo bueno o malo a tenor de lo que sucede en el correr del
tiempo, si nos fijamos en el dicho del Apóstol: “Redimiendo el tiempo por-
4
Los moralistas concuerdan en que la pasión antecedente, no provocada directamente, dismi-
nuye el voluntario, llegando incluso a anularlo por completo. Por eso dice Aquino: “non enim
per passionem nostri actus domini sumus sed per solam rationem” (ed. Leonina, p. 2233-34).
5
BOECIO, De consolatione philosophiæ, I (PL 63, 587-591).
70 Tomás de Aquino
que los días son malos” (Eph., 5, 16). Por consiguiente, Job maldijo su día
por recordarle que a partir de esa fecha le sucedieron tales desgracias.
A continuación expresa su maldición: Y habló: Perezca el día en que na-
cí y la noche en la que se dijo: Ha sido concebido un hombre6. Por sí mis-
mos, el existir [esse] y el vivir son apetecibles. Hay que evitar [est fugien-
dum], pues, una existencia y una vida en la miseria, aun cuando, y por algún
tiempo, se pueda sobrellevar de buen grado vivir en la miseria por un motivo
[razonable]. Por consiguiente, en modo alguno hay que elegir [est eligenda]
una vida mísera que no se ordene a un fin bueno, según el dicho del Señor:
“Mejor le hubiera sido a aquel hombre, no haber nacido” (Mt., 26, 24).
En todo caso, sólo la razón es capaz de comprender que de la desgracia
pueda obtenerse algún bien; no, en cambio, la sensibilidad. El gusto, en
efecto, sólo percibe el amargor de la medicina; la razón, por el contrario, se
goza en la esperanza de recobrar la salud. En consecuencia, si uno se dejase
llevar por lo que siente su gusto, exclamaría que la medicina es mala, aun-
que la razón juzgase que es buena a causa de su finalidad. De modo seme-
jante, la miseria que padecía el bienaventurado Job podía parecerle útil, en
algún aspecto, a su razón, al tiempo que la parte inferior de su alma [es de-
cir, su sensibilidad], que estaba afectada por la tristeza, repudiaba totalmente
esa adversidad, de modo que hasta el mismo vivir en tal desgracia le re-
sultaba odioso. [La razón aceptaba la situación adversa; la sensibilidad la re-
pudiaba por completo].
Cuando una cosa nos resulta odiosa, aborrecemos también todo lo que
nos lleva a ella. Y por esta misma razón Job aborrecía, según la parte infe-
rior de su alma, cuya pasión intentaba ahora expresar, no sólo su nacimiento
y su concepción, por las que vino a la vida, sino también el día mismo de su
6
San Gregorio Magno, al comentar estos pasajes, propone pasar del sentido literal al sentido
alegórico o espiritual, y emplear la analogia Sacræ Scripturæ: “Cuando relacionamos unos
pasajes con otros, reconocemos el rostro en las palabras y descubrimos que una cosa es lo que
guardan dentro y otra la que expresan fuera. Tanto más extraños nos volvemos al conocimien-
to de la Escritura cuanto más nos aferramos sólo a su superficie” (Moralia in Iob, IV, Prefa-
cio, 1, p. 236). Al contrario de Aquino, San Gregorio Magno evitó, fiel a sus principios exe-
géticos, la problemática acerca de la bondad del existir, la maldad del aborto y la justificación,
a veces tan difícil, de las expresiones de Job. También soslayó la temática del estado inter-
medio (el alma separada). Para Gregorio, todo el capítulo 3 jobiano alude al estado de justicia
original y a la pérdida de esa justicia. Job maldice el día, pensando en la tentación diabólica:
“Sabe Dios que el día que comáis de él se os abrirán los ojos” (in quocumque die). Cfr. Mora-
lia in Iob, IV, 6, p. 246.
Comentario al libro de Job, capítulo III 71
7
San Gregorio trata con bastante detención, y en paralelo, las palabras de Job y Jeremías, y rei-
tera que sólo apelando al sentido pleno o espiritual se puede alcanzar una comprensión cabal
del texto jobiano: “Dado que las palabras de Job son contrarias a la razón leídas superficial-
mente, descubrimos, a partir de la misma letra, que con sus palabras el santo varón nada quiso
decir según el sentido literal” (Moralia in Iob, IV, Prefacio, 3, p. 239). Según San Gregorio,
cuando maldice el día, se refiere a la tentación diabólica, porque tiene a la vista el relato
genesíaco: “Sabe Dios que el día que comáis de él se os abrirán los ojos” (in quocumque die).
Cfr. Moralia in Iob, lib. IV, 6, ed. cit. p. 246. La noche que sigue al día sería, en tal contexto,
la expulsión del paraíso. Por consiguiente, en tal marco, maldecir “el día en que nací” y de-
sear ser “envuelto en amargura” implica maldecir al demonio. Esta conclusión alegórica va
precedida de ua largo razonamiento sobre la subsistencia y la inmortalidad, en el que se con-
frontan abundantes textos bíblicos (analogía de la Escritura).
8
SAN JERÓNIMO, Praefatio S. Hieronimi in librum Job (PL 28, 1081B).
9
La armonía dactílico-espondaica consiste en la combinación de dos pies métricos de la poesía
griega y latina. El dáctilo está compuesto de tres sílabas: la primera larga y las otras dos, cor-
tas. El espondeo, de dos sílabas largas.
72 Tomás de Aquino
10
Aquí se aprecia, una vez más, el influjo de San Gregorio, que desarrolla el mismo tema: lo pa-
sado ya no puede maldecirse, porque ya no existe.
Comentario al libro de Job, capítulo III 73
gratos, como Herodes y Faraón celebraban el día del nacimiento. Job tam-
bién suprime tal claridad al referido día, con la frase: y no se cuente en el re-
cuerdo, a saber, de los hombres, porque en verdad nada agradable ocurrió en
aquel día, sino más bien cosas tristes, como aparece por lo sucedido.
Resulta el día luminoso, en tercer lugar, por la luz corporal, cuya claridad
desaparece por muchas razones. Primero, por el ocultamiento de los rayos
del sol que iluminan la tierra, como se aprecia cuando se eclipsa el sol. Y
aludiendo a esto, dice: y no sea esclarecido de lumbre. Segundo, por la in-
terposición de las nubes o similares que ocultan los rayos del sol, aludiendo
a lo cual, dice: oscurézcanle las tinieblas. Tercero, por defecto de la poten-
cia visual, porque cuando uno muere o se ve privado de la vista, se le arreba-
ta la claridad del día; de ahí la expresión: y la sombra de la muerte.
Ahora bien, presenta de dos modos el oscurecimiento. Primeramente, se-
gún el orden como se produce [la luz se oscurece], con estas palabras: ocú-
pele oscuridad. El día, antes esplendoroso, se oscurece repentina e inespera-
damente al ser invadido por las tinieblas. Hay un evidente paralelismo entre
la vida de Job y el oscurecimiento del día esplendoroso. En segundo lugar,
se habla del tipo de oscurecimiento, usando la expresión: y sea envuelto en
amargura. Así se da a entender que todo cuanto se ha dicho del oscu-
recimiento, hay que aplicarlo a las tinieblas de la tristeza; siguiendo la cos-
tumbre, de explicar una locución parabólica por algo que sigue después [pri-
mero se dice la metáfora y después se explica]. Mediante tales figuras retó-
ricas sólo se dice que el día de su nacimiento no debe considerarse día de
gozo, sino de tristeza; ya que su nacimiento le ha traído a una vida, sometida
a tanta desgracia.
Y tras la maldición del día de su nacimiento maldice la noche de su con-
cepción con palabras similares. En primer lugar, predica de la noche aquello
que la hace ser más horrible. Porque, al ser las tinieblas la causa de que la
noche sea horrible, cuanto más intensas son aquéllas, tanto más horrible será
ésta, como sucede en la noche de gran tempestad: Tenebroso torbellino po-
sea aquella noche, como diciendo: Habría sido conveniente que tal noche
hubiese sido invadida por tenebroso torbellino para que estuviera a tono con
mi vida, envuelta en el enorme torbellino de la desgracia.
Luego sustrae a la noche todo aquello que contribuye a ennoblecerla, y se
atiene, ante todo, al modo de pensar de los hombres11.
11
Primero habla de lo que ennoblece a la noche, según la opinión de los hombres, y más ade-
lante tratará de lo que ennoblece a la noche según la naturaleza o cosmos.
74 Tomás de Aquino
Los hombres distinguen los tiempos según las cosas que se hacen en el
tiempo. En la noche pocas cosas son dignas de recordarse, pues la noche no
destaca por sí misma en el recuerdo de los hombres, sino en cuanto unida al
día. En consecuencia le arrebata a su noche este bien [que éste unida al día],
diciendo: no sea contada entre los días del año ni sea puesta en el número
de los meses, como si dijera: tal noche no es digna de recuerdo, por no haber
sucedido en ella nada destacable, por el contrario, más bien algo doloroso. A
pesar de todo, los hombres recuerdan algunas noches, no sólo porque han
sido memorables, sino hasta célebres y festivas, por reunirse en ellas para
alguna solemnidad. Le retira también este bien diciendo: Sea solitaria aque-
lla noche. Las reuniones nocturnas se convocan para conmemorar que algo
célebre ha ocurrido en la noche, como proceden los fieles en la noche de la
Pascua, por lo que añade: y no digna de alabanza; pues se llama digna de
alabanza una noche por algún hecho singular acaecido en ella.
Job sólo pretende mostrar que su concepción [en el seno materno] no fue
algo grande, ordenado al bien, sino que, al contrario, lo fue para mal, a causa
de la desgracia que le afectaba; por eso añade: Maldíganla los que maldicen
el día, los que están prontos para despertar a Leviatán. Literalmente, esto se
puede interpretar de a dos maneras. Primero, entendiendo por Leviatán al-
gún cetáceo grande, como parece convenir con el final de este libro, donde
se lee: “¿Acaso podrás (dice) pescar con anzuelo a Leviatán?” (Iob, 40, 25).
Así se expresan quienes pescan de noche esos grandes peces, que asaltan a
la hora de las tinieblas; al despertar el día, lo maldicen, porque les interrum-
pe la obra que intentaban12. En segundo lugar, significando por Leviatán el
dragón antiguo, o sea, el diablo, como dice el profeta Isaías: “En aquel día,
el Señor con su espada cortante y grande y fuerte, castigará a Leviatán, ser-
piente huidiza” (Is., 27, 1)13. Por lo tanto, están preparados para despertar a
12
Leviatán designaba, tomando el término literalmente, un monstruo marino, de origen legen-
dario, parecido a un cetáceo de enormes proporciones, que asaltaba de noche a los hombres de
mar, desbaratando la pesca nocturna. Por ello, cuando descubrían su ataque, al amanecer, mal-
decían al monstruo marino.
13
Refiriéndose a los nombres con que Aquino designa al diablo o a sus actividades, dice Quirós:
“Especial mención merecen los nombres de Leviatán y Vehemot, en donde los comentaristas
[de Job] anteriores al Doctor Angélico vieron siempre una figura del diablo. El Aquinate los
identifica literalmente con la ballena y el elefante, y, teológicamente, con la figura de Sata-
nás” (A. Q UIRÓS HERRUZO, “Demonología en la Expositio super Iob de Santo Tomás de Aqui-
no”, p. 298, citado en nuestra “Introducción”, supra, nota 14, p. 23). Véase también: S. AUSÍN,
Santo Tomás, magister in “sacra pagina” (Doctrina de la providencia y método exegético en
Comentario al libro de Job, capítulo III 75
Leviatán, aquellos que se dedican a ejecutar las sugestiones del diablo, en-
tregados a las obras de maldad. Estos tales maldicen el día, porque, como se
dice en el Evangelio: “Quien obra mal, aborrece la luz” (Jn., 3, 20), y más
adelante: El ojo del adúltero está aguardando la oscuridad (Iob, 24, 15), y
seguidamente: Si los sorprende la aurora, míranla como sombra de muerte
(Iob, 25, 17).
Por todo lo cual, como indica la expresión: no digna de alabanza, Job
pretende que tal noche es odiosa para los buenos, y además añade: mal-
díganla etc., porque intenta que también sea odiosa para los malos, porque
tanto los buenos como los malos aborrecen la desgracia.
En segundo lugar, excluye de la referida noche lo que la ennoblece según
la naturaleza o cosmos, es decir, lo que constituye naturalmente su bien.
En primer lugar, el estar estrellada, diciendo: Entenebrézcanse las estre-
llas con su oscuridad. Otro adorno suyo es la esperanza del día, que también
se niega con las palabras: espere la luz y no la vea, como si dijera: aun cuan-
do es natural que durante la noche se espere la luz del día, tal noche tenga,
sin embargo, tinieblas infinitas que jamás se disipen por la llegada de la luz
diurna. Las tinieblas nocturnas se disipan totalmente con la plenitud lumi-
nosa del día, y se atenúan con el crepúsculo de la aurora; por ello desea que
en tal noche, no sólo que no se disipen sus tinieblas por el día, sino que ni
siquiera se atenúen por la aurora; de ahí su expresión: ni el nacimiento de la
aurora que se levanta.
Pero, como tales imprecaciones parecen absurdas, porque es absurdo que
a la noche no suceda ni el día ni la aurora, indica en qué sentido las ha dicho,
agregando: pues no cerró las puertas del vientre que me llevó 14. La vida del
hombre está escondida en el vientre de las madres, donde reinan unas tinie-
blas que se comparan a las de la noche; de modo que el alumbramiento se
compara con salir al día claro. Deseaba que aquella noche no hubiese tenido
15
“Non ipsam vitam propter se abhorreo sed propter mala quæ patior; etsi vita secundum se de-
siderabilis sit, non tamen vita miseriis subiecta”. Al comentar Iob, 3, 3, supra, había dicho:
“El existir (esse) y el vivir son apetecibles por sí mismos. Hay que evitar (est fugiendum),
pues, una existencia y una vida en la miseria, aun cuando, y por algún tiempo, se pueda so-
brellevar de buen grado vivir en la miseria por un motivo [razonable]”. Ahora, al glosar Iob,
3, 10, repite la misma idea: “La vida por sí misma es apetecible, aunque no lo es cuando está
sujeta a miserias”. La vida miserable se puede tolerar por algún tiempo (interdum), siempre
que haya un motivo superior. Aunque expresamente evitó el término pobreza (paupertas), es
evidente que Aquino pensaba aquí en los mendicantes, sobre todo en los franciscanos, que
profesaban pobreza y “mendicidad”. El Aquinate recordaría, al redactar estas líneas, las polé-
micas sobre la pobreza desatadas por los albigenses y valdenses y tantas otras sectas, que ha-
bían sido la causa de la tremenda cruzada en el sur de Francia (al fin y al cabo, los dominicos
habían nacido en ese dramático contexto histórico). Además, cuando redactaba estas líneas
apenas había concluido la primera gran polémica en torno a las Órdenes mendicantes (entre
1254-1257), y estaba a punto de estallar la segunda. Por tal motivo, Aquino recordaba que se
podía profesar la pobreza propter regnum cælorum, es decir, con sentido vocacional, en el
marco de una debida regulación canónica. Al mismo tiempo, la pobreza no debía identificarse
con la miseria. Por sentido común, Santo Tomás recordaba que un mínimo de bienestar habi-
tual es necesario para evitar el embrutecimiento de la existencia humana, a no ser que haya ra-
zones graves y sólo por un tiempo breve. También es posible que, al dictar estas líneas, el
Doctor Angélico tuviese en mente las agrias discusiones habidas entre los franciscanos acerca
del Testamento de San Francisco. Tales discrepancias darían origen, algunos años más tarde,
al partido de los fraticelos y provocarían importantes debates doctrinales sobre el usus pauper
y la veracidad de los relatos evangélicos acerca de la pobreza de Cristo y los apóstoles, zan-
jados por Juan XXII, con la constitución Cum inter nonnullos, de 13 de noviembre de 1323.
Comentario al libro de Job, capítulo III 77
Nótese que [Job] ha expuesto aquí, en estas ultimas líneas, todo cuanto
antes ha comentado figurativamente. Esta advertencia vale, por consi-
guiente, para las demás sentencias [del libro sagrado].
78 Tomás de Aquino
LECCIÓN 2
16
“Est autem duplex status vitæ”: hemos traducido status por “tipo”, para orillar cualquier sen-
tido jurídico o canónico.
17
Continuando con su lectura alegórica, Gregorio Magno escribió: “Considere el santo varón
cuántas maldades ha cometido el hombre tras la primera culpa [el pecado original] haciéndolo
peor; cuántos son los precipicios del exilio en los que ha caído una vez que perdió el paraíso,
y diga: ¿Por qué no morí en el seno materno? Esto es: ‘si, cuando la sugestión de la serpiente
me concibió como pecador, yo hubiera sabido a qué muerte me conducía, no me habría
Comentario al libro de Job, capítulo III 79
Prueba, en segundo lugar, [la inutilidad de su vida] por los bienes que ha-
bía tenido. Alguien, en efecto, podría decirle: “Si no hubiese conservado la
vida, no habrías disfrutado de los bienes que tuviste en otro tiempo”. A lo
que responde que ni siquiera esos bienes [tenidos] le compensaban la con-
servación de la vida, porque todos los hombres mueren, aun aquellos que
durante toda la vida disfrutan de las mayores prosperidades. Y esto es lo que
dice: pues ahora en mi sueño (o sea, con la muerte) descansaría [requiesce-
rem] es decir: me vería libre de las inquietudes de la vida, juntamente con
los reyes y consejeros de la tierra. Los constituidos en dignidad y que pare-
cen ser los que más prosperan, se dedican a gozar de los placeres (que edi-
fican soledades para sí, que literalmente significa: prefieren vivir solitarios
o por la caza o por otros placeres); o a amontonar riquezas, con relación a
las cuales dice: o con los príncipes que poseen oro y llenan sus casas de pla-
ta, cual si afirmase: Si hubiese muerto al nacer, no tendría ahora menos que
tienen (después de morir) quienes prosperaron en muchas cosas20.
Sobre la expresión descansaría [requiescerem] advirtamos, primera-
mente, que sólo descansa [quiescit] quien es subsistente [subsistens]21. Con
ello, [Job] da a entender que el hombre, en cuanto al alma [homo secundum
animam]22, subsiste tras la muerte23. Si alguien objetase [a la vista de las
20
Es decir: la muerte iguala a todos. Los que mucho tuvieron, ganado a lo largo de su vida, tie-
nen, cuando mueren, lo mismo que yo tendría, si hubiese muerto nada más nacer. Es impor-
tante el término subsistens, que tiene aquí un sentido técnico. Véase la aclaración en la nota
23, p. 81 infra.
21
La lectura alegórica de San Gregorio, siempre referida –como ya hemos indicado– al estado
de naturaleza íntegra y a su caída, evita las sutilezas metafísicas en las que va a entrar segui-
damente Aquino. Gregorio dice simplemente: “El hombre había sido colocado en el paraíso a
fin de que, sometiéndose con lazos de caridad en obediencia a su Creador, pasara a la patria
celeste de los ángeles sin conocer la muerte de la carne. Fue creado inmortal, aunque de tal
manera que, si pecaba, podía morir. Fue creado mortal, pero de tal manera que, si no pecaba,
no moriría. De esta forma, gracias a su libre albedrío podía alcanzar [en su condición de Adán
íntegro] la bienaventuranza de aquella región en la que ya no se puede pecar ni morir”
(Moralia in Iob, IV, 54, p. 278).
22
Para Santo Tomás, “este hombre no es el alma, sino un compuesto a partir de alma y cuerpo”
(Summa Theologiæ, I, q. 75, a. 4, c). Por ello dice aquí: “homo secundum animam”, para se-
ñalar que el alma, después de la muerte, es portadora del yo personal humano, aunque ella
misma, subsistiendo separada, no es el hombre, es decir, no es una persona humana. En efec-
to: la materia, en las entidades que naturalmente tienen materia y precisan de ella, pertenece a
su condición específica y entra, por lo mismo, en su definición. Por eso el hombre, que es un
Comentario al libro de Job, capítulo III 81
palabras de Job] que los reyes y príncipes antes aludidos quizá no descansan,
sino que yacen sepultados en las penas del infierno 24; o bien, [leyéndolo en
compuesto natural de materia y espíritu, no está completo cuando sólo subsiste el alma sepa-
rada. Aquino se aparta decisivamente, con estas consideraciones, de la antropología platónica.
23
El Aquinate resume aquí una de las cuestiones centrales de la escatología cristiana: que el al-
ma, separada del cuerpo, subsiste después de la muerte. Sólo si el alma, después de la muerte,
subsiste separada hasta la resurrección final, se garantiza la verdad del estado escatológico in-
termedio. La justificación filosófica de este artículo de la fe exige la más alta especulación
metafísica y compromete toda la visión antropológica de Aquino. Su solución es muy co-
nocida y, por ello, sólo me limitaré a apuntarla. Santo Tomás parte de una analogía. En efecto,
aunque alma y cuerpo se unan substancialmente para dar lugar a una unidad orgánica viva que
es la persona humana, en la cual el alma se comporta con respecto al cuerpo como la forma
substancial con relación a la materia prima; por ser inmortal (por su naturaleza espiritual), el
alma subsiste cuando se separa del cuerpo. Tal subsistencia se justifica, según Santo Tomás,
porque el esse, que la hace existir, es el mismo esse que tenía cuando estaba unida al cuerpo y
que, por ser el mismo, la mantiene en tensión hacia el cuerpo que tuvo, que ahora no tiene y
que recuperará en la resurrección final. Tal esse la pone tendencialmente (virtualmente) en
relación con el cuerpo, que fue, mientras vivía, su principio de individuación. En con-
secuencia, también el alma separada y subsistente está individuada, aunque transitoriamente
no informe substancialmente materia alguna. El alma no pierde, pues, la individuación una
vez que la ha adquirido (cfr. De ente et essentia, c. 5 [ed. M.-D. Roland Gosselin]). Para una
exposición más amplia, puede verse: J. I. SARANYANA, Sobre la muerte y el más allá, c. 3. Pa-
ra una exposición del debate contemporáneo sobre estas cuestiones, cfr. pp. 66-68. Autores
contemporáneos de nota, en efecto, han sostenido, siguiendo quizá al “último” Cayetano, que
el alma separada por ser espiritual es inmortal, aunque no se pueda deducir de esa inmor-
talidad su subsistencia como forma separada. La subsistencia sería don gratuito (no debido) y,
por lo mismo, indemostrable filosóficamente.
24
Esta reflexión no versa sobre la subsistencia del alma después de la muerte, sino acerca de la
significación literal del término descansar [requiescere]. Aquino recuerda que los condenados
no descansarán en el infierno, lugar de tormento eterno, donde no es posible ningún bien pla-
centero. El Nuevo Testamento es definitivo en este tema. Años después de Santo Tomás, se
abrió un importante debate, provocado por seis homilías del Papa Juan XXII, pronunciadas en-
tre finales de 1331 y mayo de 1334, de las cuales se retractó el Romano Pontífice el día antes
de su muerte, acaecida el 4 de diciembre de 1334. En las citadas homilías había sostenido que
los santos están en el cielo con Jesucristo, aunque sin ver la esencia divina hasta que se cum-
pla el juicio final. Así mismo, que los condenados no van al infierno hasta que los bienaven-
turados tomen completa posesión de la vida eterna; mientras tanto, están en un lugar tene-
broso, con los demonios. Se basaba en una interpretación literalísima de Apocalypsis, 6, 9. El
debate abierto por Juan XXII se cerró con la declaración dogmática de su sucesor, Benedicto
XII, en la bula Benedictus Deus, de 29 de enero de 1336. Por tanto, el término descansar nada
82 Tomás de Aquino
otro sentido] que la vida le ha sido útil, porque al vivir Job adquirió ganancia
[meritum] para sí25, habría que recordarle que Job, como antes se dijo, habla
según los dictados de la sensualidad, que sólo apetece los bienes o males
corporales presentes [no los pasados].
Después de mostrar, con lo anterior, por qué se lamentaba de haber vivi-
do después de nacer, manifiesta ahora por qué también se lamentaba de ha-
ber sido conservado en el útero, llegando al nacimiento26, justificando que
hubiese dicho: ¿Por qué no perecí en el seno materno?27.
Algunos mueren en el seno materno antes de la infusión del alma racio-
nal28, la única que es inmortal29. Refiriéndose a ello, dice: O como abortivo
tenía que ver, en tiempos de Aquino, con la polémica que se desataría medio siglo después, en
que se comenzó a hablar acerca de un “descanso” de las almas, como una especie de situación
provisoria antes de la resurrección final. Sobre esta importante cuestión, con bibliografía: C.
POZO, Teología del más allá, BAC, Madrid, 31992, c. 8.
25
El comentario tomasiano es muy complejo. Job afirma que le gustaría haber muerto al nacer,
para descansar, como ya descansan los reyes y los potentados que ya murieron. La exclama-
ción jobiana puede leerse de tres modos: a) que la muerte iguala a todos, de forma que las ri-
quezas de nada sirven a los ricos, porque no bajan con ellos a la tumba (en consecuencia, da
lo mismo ser rico que pobre); b) que Job considera que su muerte va a ser, en definitiva, como
la de los reyes y potentados, que murieron después de vivir ricamente (puesto que después de
vivir no se puede disfrutar de los bienes, compensa haberlos disfrutado en vida, como él mis-
mo los había disfrutado, aunque ahora yacía en la miseria); c) que si hubiese muerto al nacer
descansaría en el infierno donde descansan los ricos que ya murieron. Aquino rechaza las lec-
turas b) y c).
26
Después de tratar de la vida exterior o status manifestus, declarando por qué había deseado
morir nada más nacer, pasa ahora a la vida en el seno materno o status occultus, explicando
por qué le habría gustado morir en el seno materno, antes del alumbramiento.
27
“Quare non in vulva mortuus sum?”. Esta expresión aquiniana resume bien el tenor literal de
la Vulgata (Iob, 3, 16): “Quare sicut abortivum absconditum non subsisterem, vel qui concepti
non viderunt lucem”.
28
Ateniéndose a los conocimientos biológicos de la época y, sobre todo, fiel a las doctrinas peri-
patéticas del hilemorfismo, Aquino consideraba que todo cambio substancial es preparado por
cambios accidentales sucesivos, aun cuando uno y otros sean de naturaleza distinta. Por ejem-
plo, el papel, al arder, se cambia substancialmente en ceniza. Pero, para arder, debe calen-
tarse. Del mismo modo, la infusión del alma espiritual es, para Santo Tomás, un cambio subs-
tancial, que debe ser preparado por una progresiva maduración del embrión. Sólo cuando éste
es capaz de recibir la nueva forma substancial, se produce la infusión del alma espiritual. “Al
principio, el embrión tiene un alma sólo sensitiva que es sustituida por otra más perfecta, a la
Comentario al libro de Job, capítulo III 83
vez sensitiva e intelectiva” (Summa Theologiæ, q. 76, a. 3, ad3). Esta doctrina se conoce con
el nombre de “infusión retardada”.
29
Antes de la infusión del alma racional, el embrión tiene, según Aquino, alma puramente vege-
tativa o, a lo sumo, sensitiva. Al recibir por infusión el alma racional, ésta queda como una
forma substancial del hombre, realizando sus funciones propias (aunque todavía no puedan
éstas expresarse por defecto del cuerpo) y subsumiendo las funciones sensitivas y vegetativas.
“Por lo tanto, hay que decir que el alma intelectiva es creada por Dios al completarse la gene-
ración humana, y que esta alma intelectiva es, a un tiempo, sensitiva, y vegetativa” (Summa
Theologiæ, I, q. 118, a. 2, ad2 in fine). El Aquinate, no se olvide, sostuvo que toda substancia
tiene sólo una forma substancial. Por lo mismo, el hombre sólo tiene una, que es el alma ra-
cional.
30
Por ser abortos producidos después de la infusión del alma racional, su suerte ya es eterna,
aunque no ven la luz de este mundo, porque mueren en el seno materno.
31
Aquino se refiere a un lugar (ibi) donde no habrá mal de culpa (malum culpæ). La culpa es, en
rigor, el mismo pecado habitual. Por causa de la culpa, el pecador se hace reo de una pena,
temporal o eterna. La lectura del Aquinate es muy forzada y parece contaminada por un aprio-
rismo. El tormento, que los malvados infligen a otros, es la pena o mal de la culpa. Los mal-
vados son los demonios, “encargados” de atormentar, en la otra vida, a los culpables (reos de
culpa). Santo Tomás quiere justificar, a partir de la Escritura, que los fetos abortivos, en quie-
nes ya fue infundida el alma racional, son destinados a un lugar donde no hay culpa. Esa
ausencia de mal de culpa, incompatible, sin embargo, con la visión beatífica, postula –según
el Aquinate– la existencia de un lugar eterno donde se goza de felicidad estrictamente natural.
Esto es lo que la Escuela denominó “limbo de los niños”, una hipótesis teológica apta para
ilustrar la incompatibilidad entre visión beatífica y el pecado original originado, “una tesis se-
cundaria al servicio de una verdad que es absolutamente primaria para la fe: la importancia
del bautismo” (J. RATZINGER, Informe sobre la fe, BAC, Madrid, 1985, p. 163). Tal hipótesis
se ajustaba muy bien, por otra parte, al marco filosófico del peripatetismo. Aristóteles, en
efecto, había considerado con atención la posibilidad de una felicidad perfecta estrictamente
84 Tomás de Aquino
de los muertos) los de fuerzas cansadas (a saber: los hombres guerreros que
se fatigaron maquinando guerras) reposaron (es decir: cejaron en sus em-
peños), porque, como se dijo, no habla ahora sino del descanso de los males
de la presente vida32.
Puede también entenderse que Job habla de reposar del cansancio que
uno padece a causa de cualquier clase de trabajo, al trabajar con sus propias
fuerzas33: Y (aquellos que estuvieron) en otro tiempo juntos con grillete [es-
tarán allí] juntos sin molestia (esto es: sin la anterior angustia, junto con
aquellos que los tenían atados); y allí los hombres, atenazados al acarreo y a
otras servidumbres, [estarán] sin oír la voz del capataz, según aquello que
dice el profeta Isaías: “¿Cómo es que no aparece ya el exactor y cesó el tri-
buto?” (Is., 14, 4). Y prueba la verdad de tal afirmación, por lo que sigue: El
pequeño y el grande allí están, porque en esta vida se valora la pequeñez y
grandeza según la desigualdad de la prosperidad terrena, suprimida la cual,
quedan todos iguales según la naturaleza. Al decir pequeño y grande, se
refiere Job a aquellos que fueron desiguales en esta vida, en cuanto a la mag-
nitud de la prosperidad terrena. Sin embargo, la diferencia de grandeza o de
natural. Se recomienda, para una exposición sistemática del tema: COMISIÓN TEOLÓGICA IN-
TERNACIONAL, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo, docu-
mento de 19 de enero de 2007; y el comentario a este texto ofrecido por J. JOSÉ ALVIAR, “El
destino de los niños que mueren sin bautismo. Comentario al documento de la Comisión Teo-
lógica Internacional”, Scripta theologica, 2009 (41), pp. 711-744. No se olvide, a pesar de to-
do lo dicho hasta ahora en esta nota, que la Comisión Teológica Internacional advirtió, aun-
que sin acogerla, que la hipótesis del limbo de los niños es una hipótesis teológica “posible”
(cfr. las palabras de presentación de su documento de 2007).
32
El comentario tomasiano se ha vuelto muy oscuro y parece corrompido, a pesar de los esfuer-
zos de los editores de la Leonina por aclararlo. Probablemente se refiera, al tratarse de un
verso de dos dísticos, a los malvados que incordiaban con sus tumultos y alborotos. Tales
guerreros, cansadas sus fuerzas, han cesado de pelear y molestar. En ese lugar (no olvidemos
que continúa refiriéndose al “limbo de los niños”) las almas no son atormentadas por los gue-
rreros malvados; no sufren ni los males de la vida presente ni los males propios del infierno.
33
“[Requieverunt] de fatigatione in quacumque labore”: descansan (literalmente: descansaron)
del cansancio producido por el trabajo. Santo Tomás contempla aquí una de las consecuencias
del pecado original: cansarse al trabajar. Según Aquino, en el “limbo de los niños” tampoco
se padecerá tal fatiga.
Comentario al libro de Job, capítulo III 85
34
Apunta, como una señal de la felicidad eterna, tanto en el cielo, como en esa situación de feli-
cidad eterna estrictamente natural (el limbo de los niños), la desaparición de la esclavitud y de
toda servidumbre. Es muy importante, en el “Job en verso”, el tratamiento de la esclavitud,
realmente revolucionario, para su época, y único en el Antiguo Testamento. Véase, sobre to-
do, Iob, 31, 13-15. El autor sagrado reconoce que los esclavos tienen derechos, respetables
por sus amos; que tanto unos como otros son iguales por nacimiento; y que Dios pedirá cuenta
a los amos del trato que hayan dispensado a sus esclavos. Estos desarrollos faltan en el “Job
en prosa”. Por todo ello, no resulta improcedente que Aquino haya interpretado en sentido an-
tiesclavista el capítulo tercero, aun cuando en él no se diga nada literalmente sobre la ser-
vidumbre, porque pertenece al “Job en verso”, al final del cual se halla la importante de-
claración antiesclavista. Todo el “Job en verso” es orgánico y unitario, salvo mínimas adicio-
nes del último recopilador. Véase sobre este asunto nuestra “Introducción” al principio de este
cuaderno.
86 Tomás de Aquino
LECCIÓN 3
20. ¿Por qué fue concedida la luz al miserable y la vida a aquellos que es-
tán en amargura de ánimo?
21. ¿A los que aguardan la muerte que no viene, como los que cavan en
busca de un tesoro?
22. ¿Y se gozan en extremo, cuando hallan el sepulcro?
23. ¿A un hombre, cuyo camino está escondido y a quien Dios cercó de
tinieblas?
24. Suspiro antes de comer; y mi gemido como aguas que inundan;
25. por cuanto el temor que temía me ha venido; y me ha acontecido lo
que recelaba.
26. ¿Por ventura no disimulé? ¿no callé? ¿no estuve sosegado y vino
indignación sobre mí?
35
“In viventibus”, aunque se está refiriendo, obviamente, sólo a los hombres.
36
Alude al alma racional, que es inmortal.
Comentario al libro de Job, capítulo III 87
dola, agrega: ¿como los que cavan en busca de un tesoro? Pues hasta llegar
al tesoro, un gran deseo acucia a los que cavan. Ahora bien, el deseo cum-
plido engendra gozo; por eso añade: ¿Y se gozan en extremo, cuando hallan
el sepulcro?, es decir: [se alegran] al comprobar que se acercan a la muerte,
mediante la cual encuentran el sepulcro. Algunos37, en cambio, no relacio-
nan esta alegría con el placer de morir e ir al sepulcro, sino con encontrar el
tesoro, que de ordinario se enterraba en los sepulcros, para acompañar a los
muertos en su itinerario. Pero, resulta más aceptable la primera interpre-
tación 38.
Y por si alguno podía objetar que la vida, aun cuando se dé inútilmente a
los desgraciados, en cambio, se da con utilidad a los que están en prospe-
ridad, para refutarlo añade: A un hombre, cuyo camino está escondido (sú-
plase) ¿por qué se le ha dado la luz y la vida?
En efecto, el camino del hombre está escondido, si ignora a dónde puede
conducirle la presente prosperidad. Por ello se lee en los Proverbios: “Mez-
clada anda la risa con el llanto; el término del gozo es el dolor” (Prov., 14,
13); y en el profeta Jeremías: “No está en el querer del hombre dirigir sus
propios caminos” (Ier., 10, 23); y en el Eclesiastés: “¿Quién sabe lo que es
bueno al hombre para su vida, en los pocos días de su vana vida que pasan
como sombra? ¿Quién contará al hombre lo que habrá bajo el sol después de
él?” (Qoh., 6, 12). Job expone que el camino del hombre está escondido,
añadiendo: ¿a quien Dios cercó de tinieblas?, lo que es evidente en muchos
aspectos. Primero, en relación a lo anterior y a lo posterior: “Es grande la
pena del hombre, porque ignora lo pasado, por ninguna vía puede saber lo
venidero” (Qoh., 8,6). Después, en relación a las cosas que están junto a los
hombres: “¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino solamente
el espíritu del hombre que está dentro de él?” (1 Cor., 2, 11). En relación a
las cosas que están arriba: “Habita en una luz inaccesible” (es decir: Dios) “a
Quien ninguno de los hombres ha visto ni tampoco puede ver” (1 Tim., 6,
16); y: “puso entre tinieblas su asiento” (Ps., 17, 12). Y también con respec-
to a las cosas que están debajo, pues se dice en el Eclesiastés: “Todas las co-
sas [del mundo] son difíciles; no puede el hombre explicarlas con palabras”
(Qoh., 1, 8). Se dice, pues, que Dios rodeó al hombre de tinieblas, en el sen-
37
Este quidam se refiere, según los editores de la Leonina (p. 25461), a San Gregorio Magno
(Moralia in Iob, V, 10, p. 307).
38
Hemos traducido con cierta libertad, para adaptar el texto castellano a la idea que expresa
Santo Tomás.
88 Tomás de Aquino
tido de que el entendimiento que le dio no puede conocer tales cosas [el an-
tes y el después, lo de arriba y lo de abajo]39.
Una vez mostrado que la vida del hombre es difícil por sus desgracias y
amarguras, aplica a sí mismo cuanto había dicho en general, expresando su
amargura con estas palabras: Suspiro antes de comer. Porque, así como la
risa es signo de gozo, así el suspiro es signo de la amargura del alma. Prue-
ba, pues, la intensidad de su amargura, por la intensidad del suspiro. Comen-
zaba su suspiro temprano, pues dice: suspiro antes de comer; aunque era
también continuo y profundo, por lo que agrega: y mi gemido como aguas
que inundan. Porque, si el suspiro es señal de tristeza moderada, el gemido
lo es de tristeza intensa y casi insoportable. Este gemido se compara al es-
truendo de las aguas; pues el agua es agitada fácilmente y produce un es-
truendo lejano; y así también el hombre, sumergido en gran aflicción, ante el
ligero recuerdo de su desgracia, es empujado a proferir suspiros como de
aguas lejanas40. Y añade: como de aguas que inundan, para manifestar la
continuidad de su amargura; porque las aguas desbordadas se mueven con-
tinuamente y producen ruido. Y puesto que la amargura del alma se origina
de la desgracia, trata lo referente a su desgracia, diciendo: por cuanto el te-
mor que temía me ha venido.
La miseria del hombre, incitándole a la amargura, estriba en dos cosas: en
el daño de la hacienda o de la persona, y en la deshonra. En cuanto a lo pri-
mero, dice: el temor que temía me ha venido, es decir: cuanto temía, me ha
acaecido, expresando así la magnitud de los daños y de las penas. Porque, en
efecto, cuanto más prudente es una persona, tanto más considera, mientras
dura la prosperidad, todo aquello que le puede suceder al tiempo de la des-
gracia: “En los días buenos no te olvides de los días malos” (Sir., 11, 27).
Grande, por lo tanto, era la miseria que padecía el prudentísimo Job, al suce-
derle cuanto temía. En cuanto a lo segundo, a saber: la deshonra, dice: y me
ha acontecido lo que recelaba; pues la vergüenza, según el Filósofo, es el
39
Están ocultos al hombre: su propio destino (el sentido de su pasado y su futuro); lo más pro-
fundo de sí mismo; Dios en Sí mismo considerado (aunque cognoscible, nunca perfectamente
comprehensible, ni aquí, ni en la Patria); y, finalmente, el mundo físico en toda su vasta com-
plejidad. Con todo, es compatible, en Aquino, una gran confianza en las posibilidades del
intelecto humano (haciendo suya la expresión aristotélica: “anima quodammodo omnia”), con
un gran realismo, a la vista de la limitaciones efectivas de nuestro conocimiento.
40
También aquí hemos traducido con libertad.
Comentario al libro de Job, capítulo III 89
41
ARISTÓTELES, Ethica, IV, 17 (1128 b 11).
42
La ira es una pasión del apetito irascible. Es obvio que la ira no puede predicarse de Dios co-
mo pasión, porque en Dios no hay cambio ni hay sensibilidad (por ser Espíritu puro increado);
análogamente, sin embargo, se puede decir que Dios se aíra, cuando justamente castiga al
hombre, por los pecados de éste.
CUADERNOS DE ANUARIO FILOSÓFICO
SERIE UNIVERSITARIA