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Ay, Babilonia PDF

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La

paz existía en las plegarias e intenciones hasta que llegó el día fatal. El
hongo atómico creció furibundo, con velocidad increíble, ponzoñosa,
maligna. Creció hasta que el borde de su cúpula parecía una gigantesca ola
marina multicolor, una especie de cancerosa avenida creada por el hombre…
Con perfiles aterradores desarróllase este relato en el que la ficción no es tal
cuando la incertidumbre es tan palpable como el suelo que se pisa. AY
BABILONIA, de Pat Frank, es síntesis del pánico y la desolación que se
abatieron sobre un sector del mundo a partir del minuto en que la explosión
atómica dejó de ser una torva amenaza para convertirse en apocalíptica
realidad.

ebookelo.com - Página 2
Pat Frank

Ay, Babilonia
ePub r1.1
GONZALEZ 23.08.2018

ebookelo.com - Página 3
Título original: Alas, Babylon
Pat Frank, 1959
Traducción: J. Moreno

Editor digital: GONZALEZ


Corrección de erratas: acrux & orhi
ePub base r1.2

ebookelo.com - Página 4
PREFACIO

Tengo un conocido, fabricante retirado, hombre práctico, que recientemente


siente preocupación por las tensiones internacionales, proyectiles dirigidos
intercontinentales, bombas H y tal.
Un día, conocedor de que yo había escrito unas cosas sobre asuntos militares, me
preguntó:
—¿Qué cree que ocurriría si los rusos nos atacasen mientras estamos
distraídos…, ya sabe, como ocurrió en Pearl Harbor?
La cuestión quedó en mi cabeza. Había regresado yo recientemente de una misión
de la revista en Offutt field, cuartel general del Comando Estratégico Aéreo, varias
bases de operaciones del C.E.A. y el Centro de Pruebas de Proyectiles dirigidos en
Cabo Cañaveral. Más aún, había discutido tal posibilidad con varios astutos altos
jefes de Estado Mayor ingleses. Los británicos habían vivido bajo la sombra de
cohetes nucleares más tiempo que nosotros. También tienen un recuerdo vívido de
ciudades devastadas desde los cielos, como los alemanes y los japoneses.
Un hombre que se ha visto conmovido con una explosión de una bomba de dos
toneladas tiene naturalmente un punto de referencia. Puede igualar el impacto de una
bomba H con su propia experiencia, aunque la explosión de la bomba H sea un
millón de veces más potente que la sacudida que él experimentó. Para cualquiera que
jamás sintió una bomba, bomba es una simple palabra. La bola de fuego de una
bomba H es algo que uno ve en televisión. No es algo que te incinera hasta
convertirte en cenizas en la milésima parte de un segundo. Así, pues, la bomba H
queda más baja en la imaginación de todos excepto unos cuántos americanos,
mientras que los ingleses, alemanes y japoneses pueden comprenderla, aunque sea
vagamente. Y sólo los japoneses tienen comprensión personal del calor atómico y de
la radiación.
Era una gran pregunta. Le di una opinión muy chapucera, que resultó ser
conservadora comparada con algunas de las predicciones oficiales publicadas más
tarde. Yo le dije: «¡Oh! Creo que mataría a cincuenta o sesenta millones de
americanos…, pero me parece que ganaríamos la guerra».
Pensó en esto y me contestó:
«¡Uf! ¡Cincuenta o sesenta millones de muertos! ¡Vaya un hueco que dejarían!».
Dudo que se diera cuenta de la exacta naturaleza y de la extensión del hueco…,
por eso es por lo que escribí este libro.

PAT FRANK

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PARTE 1

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I

En Fort Repose, una ciudad fluvial de Florida Central, se decía que enviar un
mensaje por la Western Union era lo mismo que radiarlo por toda la red combinada
de emisoras. Eso no era del todo cierto. Es verdad que Florence Wechek, la gerenta,
chismorreaba. Sin embargo, con todo juicio clasificaba el espionaje personal que fluía
por debajo de sus regordetes dedos y mantenía una prudente censura sobre su lengua.
Cortaba de su conversación todo lo escandaloso y embarazador. Fruslero, trivial e
inofensivo es lo que trasladaba a sus amigos permitiéndose así derivar en parte el
aburrimiento de su soltería. Si tu hermana se encontraba en un apuro y te enviaba un
telegrama pidiendo dinero, el secreto estaba seguro con Florence Wechek. Pero si tu
propia hermana daba a luz un niño ilegítimo, su sexo y peso no tardaría en saberlo
toda la ciudad.
Florence despertó a las seis y media, como siempre, en un viernes a primero de
septiembre. Pesada, rígida y sin gracia, salió de la cama y caminó en chancletas por la
sala de estar entrando en la cocina. Se asomó al porche posterior, abrió en la puerta
persiana una rendija y palpó en busca del cartón de leche sito en el umbral. Hasta que
no se enderezó sus ojos azul china no comenzaron a discernir movimiento en el
mundo aterciopelado y gris que la rodeaba. Una nerviosa ardilla saltó de la rama más
larga de un árbol. Sir Percy, su enorme gato amarillo, se levantó del acolchado diván
que constituía su pequeño dormitorio preparado por su ama cerca del calentador de
agua, arqueó el lomo, se desperezó y frotó los hombros con el extremo de la bata de
franela de la mujer. Los tórtolos africanos oscilaron rítmicamente con las cabezas
juntas en el columpio de su jaula. Ella les habló:
—Buenos días, Anthony; buenos días, Cleo.
Sus ojillos, espectacularmente anillados en blanco, como si estuviesen embutidos
en salvavidas, la miraron parpadeantes. Anthony sacudió su plumaje verde y amarillo
y carraspeó un saludo. Pero no dijo nada. Anthony era aventurero; Cleo, tímida. En
ocasiones Anthony se ponía furioso e irascible. Florence lo soltaba a la ilimitada
libertad exterior. Pero siempre, al anochecer, Anthony aguardaba en lo alto del
escobillón, o encima del frangipani, ansioso de volar hasta su casa. Así como Cleo
prefería la comodidad y la cómoda reclusión, Anthony sería un loro domesticado. Por
eso le dijeron, cuando compró los pájaros en Miami un mes antes, que no tuviese
cuidado de que el macho escapara. Aparentemente eso era verdad.
Florence entró la jaula en la cocina y puso semillas frescas de girasol en el
comedero. Llenó de leche la vasija de Sir Percy y desmenuzó un poquito de barquillo
para los peces de colores de la pecera del trinchante. Regresó a la sala de estar y dio
de comer a los diversos pececillos del acuario. Advirtió que los dos peces gato en
miniatura, de ordinario tranquilos, mostraban actividad. Revisaba la temperatura del
tanque, su filtro eléctrico y calentador, cuando la cafetera silbó su llamada al
desayuno. A las siete, exactamente, Florence conectó la televisión, sintonizando el

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canal 8, Tampa, y se sentó ante su jugo de naranja y sus huevos. Su rutina mañanera
era invariable y eficiente. Lo único malo de ella lo constituía el cocinar para una sola
y comer también a solas. Sin embargo, el desayuno no era su comida más solitaria,
con Anthony parloteando y cantando, los seis pececitos dorados bailoteando un
ensoñador ballet oriental con sus transparentes aletas. Sir Percy frotándose contra sus
piernas por debajo de la mesa, y sus animosos amigos del espectáculo matinal,
contratados, con grandes gastos, para informarla y entretenerla.
En cuanto veía el rostro de Dave, Florence podía notar si las noticias iban a ser
buenas o malas. Esta mañana Dave parecía turbado y con toda seguridad, cuando
empezó a dar las noticias resultaron malas. Los rusos habían lanzado otro Sputnik, el
número 23, y algo siniestro ocurrió en Oriente Medio. El Sputnik 23 era el mayor,
aún, según el Instituto Smitsoniano y emitía continuas y elaboradas señales en clave.
—Hay motivos para creer —decía Frank— que los Sputnik de ese tamaño están
equipados para observar la superficie terrestre inferior.
Florence se subió hasta el cuello su bata de franela rosada. Alzó la vista,
aprensiva, por la ventana de la cocina. Todo lo que vio eran las hojas goteantes de
humedad de la niebla matutina y un gris firmamento más allá. No tenían derecho a
colocar Sputniks para espiar a la gente. Como si también lo pensara así, Frank
continuó:
—El senador Holler, del Comité de Servicios de la Armada, se unió ayer con
otros en un blocao de Mir Buets para ver cómo la Fuerza Aérea derribaría a todos los
Sputnik capaces de espionaje militar si violaban el espacio aéreo de los Estados
Unidos. «El Kremlin ya tenía algo preparado que decir sobre esto». Según el
Kremlin, cualquier acción de esta clase sería considerada como un ataque a un navío
o avión soviético. Kremlin señaló que los Estados Unidos tradicionalmente
defendieron la doctrina de la libertad de los mares. Esta misma libertad, dice la
declaración soviética, se aplica al espacio exterior.
El periodista se detuvo, alzó la vista y medio sonrió divertido ante esta
complejidad. Volvió la página del papel que tenía delante.
«—Hay una media crisis en Oriente Medio. Un informe de Beirut, vía El Cairo,
dice que tanques sirios del modelo ruso más moderno han cruzado la frontera
jordana. Esto es una amenaza indudable a Israel. Al mismo tiempo Damasco acusa
que las tropas turcas se están movilizando…».
Florence cambió al canal 6, Orlando, y buscó música campestre. No comprendía,
no podía interesarse en la política del Oriente Medio. Los Sputnik le parecían una
amenaza más próxima y personal. Su mejor amiga, Alice Cooksey, la bibliotecaria,
pretendía haber visto, una noche, un Sputnik durante el crepúsculo. Si uno podía
verlo, entonces desde el aparato podían verte a ti también. Volvió a mirar por la
ventana. Ningún Sputnik. Agrupó los platos y regresó a su dormitorio.
Mientras luchaba con sus enaguas, los pensamientos de Florence se volvieron
hacia el comportamiento igualmente inquisitivo de Randy Bragg. Ajustó las persianas

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venecianas hasta que le permitieron mirar fuera. ¡Allí volvía a estar!
Se le veía descarado y modesto a la vez, con un pijama a cuadros rojos y negros,
sentado en los escalones delanteros, las rodillas dobladas y unos binoculares
apretados contra los ojos. Aunque quizás estaba a 75 metros de distancia, ella parecía
segura de que la miraba directamente y que le podía ver a través de la persiana baja.
Retrocedió apoyándose contra la pared del dormitorio, con las manos tapándose los
senos.
Casi cada tarde durante las pasadas tres semanas, y buen número de mañanas, ella
le había pillado. Algunas veces él estaba en el vestíbulo, como ahora, otras en una
ventana del segundo piso, y en ocasiones, muy alto, en la terraza. Solía barrerlo todo
con sus anteojos, pretendiendo interesarse en alguna otra parte, pero más a menudo
enfocaba a su casita. ¡Randolph Rowzee Bragg un fisgón! ¡Era sorprendente!
Mucho antes que la madre de Florence se trasladase al sur y construyese la casita,
los Bragg vivían ya en la casa grande, fea y monolítica, con altas ventanas victorianas
y panzudas chimeneas de ladrillo. Una vez estuvo aquel edificio considerado como el
más impresionante de River Road. Ahora, aparecía cochambroso y pasado de moda
comparado con las bajas, largas y antisépticas ciudadelas de cristal, metal y ladrillo
de color construidas por los ricos norteños que durante los pasados quince años
habían descubierto el río Timucuan. Sin embargo, la casa Bragg estaba chapada con
ciprés del país y con un suelo de planchas de pino, duro como el hierro, que podría
durar otros cien años. Su seto, en esta época como una capa llena de verde rebordeada
de oro, recorría todo el patio trasero hasta la orilla del río, unos cuatrocientos metros.
Y ella tenía que reconocerle ésto a Randy: sus jardines tan bien cuidados, brillantes
de flores de todas clases, camelias, gardenias y enredaderas. Florence había conocido
bien a la madre de Randolph, Rowzee Bragg, y de igual manera al juez Bragg. Vio
cómo Randolph se graduaba, iba desde la bicicleta hasta el coche de segunda mano,
desaparecía cierto número de años en una universidad donde estudiaba leyes,
reaparecía con un descapotable, volvía a desaparecer durante la guerra de Corea y por
último volvía a casa para siempre cuando el juez Bragg y la señora Bragg fueron
enterrados el mismo año. Ahora que este Randy, uno de los jóvenes mejor conocidos
del condado de Timucuan, aun cuando había salido con chicas de Pistolville y vivía
demasiado, era un… buen partido, como lo llamaría cualquier francesa. Era una pena.
La gente no podría imaginarse las cosas que ocurrían en las pequeñas ciudades.
Florence se enfrentó al espejo del tocador, preguntándose hasta qué punto habría
visto el joven de su desnudez.
Muchos años atrás un hombre le dijo que se parecía un poco a Clara Bow. Desde
entonces, Florence se peinaba al estilo de la actriz y no se preocupaba demasiado por
su regordeta figura. El hombre, un idealista imaginativo, se fue a Inglaterra en 1940,
alistado en los comandos, y le mataron. Ella retuvo sólo una memoria vaga e inexacta
de sus caricias, pero no podía olvidar cómo la comparó a Clara Bow, una estrella del
cine. Seguía viendo cierto parecido, aunque para eso era preciso que metiese el

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estómago y levantase la barbilla para borrar las fieras arrugas de su cuello… excepto
que su pelo ya no era tan largo como el de Clara. La cabellera se le había puesto
escasa y desvaída hasta tomar un color rosa sucio. Apresuradamente hizo con sus
labios el clásico pucherito de Clara Bow y terminó de vestirse.
Cuando salió por la puerta principal, no sabía Florence si dar un escamón a Randy
y no hacerle el menor caso. Allí estaba él en los escalones, los binoculares en su
regazo. Agitó la mano, sonrió y gritó a través del jardín y de la calzada:
—Buenos días, señorita Florence —su pelo negro estaba alborotado, los dientes
blancos, y parecía infantil, guapo e inofensivo.
—Buenos días, Randy —contestó Florence. A causa de la distancia, tuvo que
gritar, así que su voz no era tan seria y frígida como había pretendido.
—Está usted bonita y apetecible hoy —gritó él.
Ella caminó hasta la portezuela del coche, la cabeza inclinada como evitando un
mal olor, su porte rígido llevaba en sí una reprimenda y ninguna respuesta. Realmente
el chico tenía frescura, allí sentado con aquel pijama vil, tratando de decirle cosas
dulces. Todo el camino hasta la ciudad estuvo pensando en Randy. ¿Quién podría
haber sospechado jamás que el muchacho era un degenerado con impulsos de vigilar
cómo las mujeres se vestían y se desnudaban? Deberían arrestarlo. Pero si se lo decía
al Scheriff, o a cualquiera, se le reirían en la cara. Todos sabían que Randy salía con
muchas chicas y no todas ellas vírgenes. Ella misma le había visto con Rita
Hernández, aquella menorquina dulce de Pistolville, a la que se llevaba a su casa y,
sin duda, a su dormitorio, puesto que las luces se encendían en el piso superior y se
apagaban en el inferior. Y habían habido otras, recientemente una rubia alta que
conducía su propio coche, un Imperial nuevo con matricula de Ohio, y que se metió
en el sendero circular y se detuvo ante los escalones principales como si fuese la
dueña del lugar y de Randy. Nadie creería que encontraba desahogo a su sexualidad,
a larga distancia, a través de los ópticos y binoculares. Sin embargo, resultaba extraño
que no se hubiese casado. Era raro que viviese solo en aquel mausoleo de madera.
Incluso tenía su despacho allí, en vez de en un edificio profesional como los otros
abogados; era un ermitaño y un cursi, y un amante de los negros, y un pervertido.
Dios sabe lo que hacía con aquellas chicas, en su cuarto. Quizás se contentaba con
hacerlas desnudarse y vestirse mientras las miraba. Ella había oído de tales
desviaciones. Y no obstante…
No podía creer que hubiese algo básicamente equívoco con Randy. Había votado
por él en las elecciones primarias y se le mantuvo fiel en las reuniones del círculo
Frangipani cuando aquellos pájaros de jardín querían hacerlo pedazos. Después de
todo, era un Bragg, y un vecino, y además…
Con toda evidencia necesitaba ayuda y consejo. La edad de Randy, sabía ella, era
de treinta y dos años. Florence tenía cuarenta y siete. Entre gente que pasase de los
treinta y de los cuarenta la distancia en edades no era una brecha insalvable. Quizás
necesitaba, decidió, un poco de comprensión y ternura de una mujer ya mayor.

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II

Randy contempló cómo el Chevrolet de diez años de antigüedad, de Florence,


disminuía de tamaño y desaparecía por el túnel de robles que cubría River Road. Le
gustaba Florence. Podía ser una vieja solterona murmuradora, pero probablemente
una de las pocas personas de River Road que había votado a su favor. Ahora actuaba
como si él fuese un desconocido que trataba de cobrar sin credenciales una orden de
pago en efectivo. Se preguntó por qué. Quizás desaprobaba a Lib McGovern, que
había entrado y salido de la casa muchas veces en las últimas semanas. Lo que
Florence necesitaba, dedujo, era la única cosa que probablemente no conseguiría, un
hombre. Se levantó, desperezó y miró la bronceada puerta del garaje. Apuntaba
resueltamente hacia el noreste. Al igual que la veleta. Repasó un barómetro grande y
marinero y a su termómetro gemelo, instalados en la puerta principal. La presión
había subido bastante las últimas doce horas. La temperatura era normal. El día sería
claro y cálido y la marea comenzaría a producirse dentro de poco en el extremo del
muelle. Silbó y canturreó «¡Graff! ¡Eh, Graff!». Las hojas murmuraron en el macizo
de azaleas y una larga nariz salió, seguida por una interminable extensión de perro
basset. Graff, su mantita roja reluciente y agitando la cola, subió los escalones, ágil
como una foca.
—Vamos, amigo de patitas cortas —dijo Randy y entró, los binoculares
colgándole del cuello, para tomarse una segunda taza de café, la taza que tendría un
poco de whisky, para darle mejor sabor.
Excepto la biblioteca, cubierta de libros de jurisprudencia de su padre, y el salón
de caza, raramente utilizaba Randy el primer piso. Había convertido una ala de la
segunda planta en un apartamento conveniente en tamaño para un solterón y según su
propio gusto. Su gusto significaba vivir con el menor esfuerzo posible. Su ala
contenía un despacho, una sala de estar, una combinación de bar y cocina y
dormitorio y cuarto de baño. La decoración era tosca, designada para su comodidad,
no para que disfrutase el ojo de su invitado. Así dormía en un descomunal lecho de
caoba importado de Nueva Inglaterra por algún remoto antecesor, pero equipado con
colchones de espuma de goma y sábanas de nylon. Cuando, en su aburrimiento,
desperdiciaba una noche preparándose toda una cena, comía en una vajilla de
Starfordshire que llevaba el sello de los Bragg y utilizaba cubiertos de plata de Paul
Storr, a la luz de candelabros; pero utilizaba el mostrador de formica del bar que
separaba la sala de estar de la eficiente cocina. Ahora se sentó sobre un tamburete
alto, en el mostrador, llenó su taza de una cafetera voluminosa emitiendo vapores, se
colocó dos terrones de azúcar y completó la bebida con unos dos centímetros de
whisky. Sorbió el conjunto, con ansiedad, que le recalentó de arriba a abajo.
Randy no se acordaba, exactamente, de cuándo empezó a tomar un trago o dos
antes del desayuno. Dan Gunn, su mejor amigo y probablemente el mejor médico al
norte de Miami, decía que era una práctica poco saludable y que estaba en los

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umbrales del alcoholismo. No es que Dan le hubiese regañado. Dan se limitó a
aconsejarle que tuviese cuidado y que no lo transformarse todo en una costumbre.
Randy sabía que no era alcohólico porque un alcohólico ansiaba licor. Jamás lo
deseó. Sólo bebía por placer y la más agradable de todas las bebidas era la primera
que se tomaba en una fría mañana de invierno. Además, cuando se la mezclaba con
café formaba parte del desayuno y, por tanto, no era tan vicioso. Dedujo que empezó
durante la guerra, cuando se vio obligado a cargar su estómago con cosas fritas, cosas
asadas goteantes de grasa, con ostras a la brasa cocidas en la misma arena y bebiendo
cerveza caliente y un crudo brebaje alcohólico. Después de tales noches, sólo el suave
whisky podía aclararle la cabeza y prepararle para enfrentarse a otro día. El whisky le
animó durante la guerra y ahora piadosamente le nublaba los recuerdos.
Pudo haber vencido a Porky Logan, ciertamente, pero hubo un pequeño error
táctico. Randy pronunció su primer discurso en Pasco Creek, una ciudad vaquera del
norte del país, cuando alguien gritó:
—Eh, Randy, ¿qué lugar ocupas en el Tribunal Supremo?
Se imaginó que esta pregunta se produciría, pero no tenía preparada la respuesta
adecuada: el casi liberal y moderado sureño, el segregacionista modo de hablar que
habría satisfecho a todo el mundo excepto a los exaltados, a los bocazas miembros
del Klux y a los ratones de tribunal que hubiesen votado de todas maneras por Porky,
y a los desperdicios de Georgia, Alabama, que se apiñaban con los menorquines
buscando espacio vital allá en el barrio de Pistolville. La verdad era que Randolph
Bragg se veía a sí mismo como roto por el problema, reconociendo sus peligros y
complejidades. Tenia ciertas convicciones. Había luchado en Corea y Japón y conocía
que la batalla por Asia se perdía en países y condados como el de Timucuan.
Igualmente conocía que Pasco Creek no se preocupaba por Asia. Creía que la
integración debería empezar en Florida, pero aún antes en las escuelas de párvulos y
en los jardines de infancia y que ocuparía toda una generación. Todo esto era difícil
de explicar, pero anunció su convicción igual, ineludible a causa de su herencia y su
entrenamiento y los juramentos efectuados como votante y soldado. Dijo:
—Creo en la Constitución de los Estados Unidos…
Entre la multitud se oyeron risitas y exclamaciones de desprecio y sus oyentes,
excepto los periodistas de Tampa, Orlando, y del semanario del condado, se fueron.
En los discursos posteriores, por lo demás, trató de explicar su posición, pero fue
inútil. A su espalda se le llamaba estúpido y traidor a su Estado y a su raza. Randolph
Rowee Bragg, cuyo abuelo fue senador de los Estados Unidos, cuyo bisabuelo fue
elegido por el presidente Wilson como ministro plenipotenciario y enviado
extraordinario en tiempo de guerra, cuyo padre fue elegido sin oposición, a media
docena de empleos, Randolph estaba derrotado en la proporción de cinco a uno
durante las elecciones democráticas primarias para ser nombrado a la legislatura del
estado. Eso fue peor que una derrota. Fue humillación y Randy sabía que nunca
podría solicitar un cargo público de nuevo. Volvió a llenar su taza, esta vez con más

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whisky que café, y Missouri, su doncella, apareció en el pasillo y llamó. El
respondió:
—Entra, Mizzoo.
Missouri abrió la puerta, empujando un aspirador eléctrico, llevando un cubo
lleno de latas, botellas y trapos. Missouri era la mujer de Tone Henry, vecina al
mismo tiempo que mujer de limpieza. Era unos 15 centímetros más bajita que Tu
Tone, que tenía casi la altura de Randy, pero Tu Tone decía que ella pesaba más que
él lo menos cincuenta kilos. Si eso era cierto, el peso de Missouri tenía que ser
descomunal. Pero esta mañana le pareció a Randy que había adelgazado un poco.
—¿Hace régimen, Mizzoo? —dijo.
—No, señor, no hago régimen. Estoy nerviosa.
¡Missouri siempre pareció sin nervios, sólida y plácida como un árbol
profundamente enraizado!
—¿Tu Tone te está dando otra vez disgustos?
—No. Tu Tone se ha portado bien. Está ahora pescando en el muelle. A decir
verdad, señor Randy, es la señora McGovern. Me sigue a todas partes con guantes
blancos.
Missouri trabajaba dos horas cada mañana para Randy y el resto del día para la
señora McGovern, que vivía a unos ochocientos metros más cerca de la ciudad. Los
McGovern eran los Fluseor McGovern, la Central Tool y Pite McGovern,
antiguamente de Cleveland y los padres de Liz McGovern, cuyo propio nombre era
Elizabet.
—¿Qué quiere decir, Mizzoo? —preguntó, fascinado Randy.
—Después de quitar el polvo, ella me sigue con los guantes blancos para ver si
limpié bien. Sé que hago las faenas a conciencia, señor Randy.
—Seguro que sí, Mizzoo.
Missouri enchufó el aspirador, lo puso en marcha y lo volvió a parar. Tenía más
que decir.
—Eso no es todo. Usted estuvo en esa casa, señor Randy. ¿Ha visto cuántos
ceniceros?
—¿Qué hay de malo con los ceniceros?
—Que ella no permite que hayan cenizas en ellos. Ese pobre del señor McGovern
tiene que fumar sus cigarros fuera. Luego estuvo lo de la cucaracha. Una gran
cucaracha en un cajón de la cómoda de plata. La señora McGovern abrió aquel cajón
y vio la cucaracha y gritó como si la hubiese picado un escorpión. Me hizo repasar el
cajón de la cocina y del comedor y colocar papel nuevo. Fue esa cucaracha la que me
envió al doctor Gunn, ayer. La señora McGovern no puede impedir que los gusanos y
los lagartos verdes entren en su casa ni puede soportarlos fuera, por lo que no sale
después de oscurecer por miedo a los reptiles. No creo que el señor McGovern esté
con nosotros mucho tiempo, señor Randy, porque, ¿qué es Florida excepto gusanos,
lagartos y reptiles? Creo que se marcharán en mayo, cuando empiece la época de los

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gusanos. Pero la señorita McGovern no querrá marcharse. Está emperrada en usted.
—¿Y qué es lo que te hace pensar en eso?
Missouri sonrió.
—Preguntas que ella hace. Como lo que usted toma para desayunar. —Missouri
miró a la botella sobre el mostrador—. Y quién le cocina. Y si le visitan a usted otras
chicas.
Randy cambió de conversación.
—Has dicho que fuiste a ver al doctor Gunn. ¿Qué te dijo?
—El doctor asegura que soy un caso complicado. Dijo que tengo la presión alta,
porque estoy gruesa. Dice que es bueno que pierda peso, porque así me bajará la
presión, pero el coger rabietas con los guantes blancos de la señora McGovern me
perjudica la salud. Dice que sólo debo comer verduras. Que renuncie al cerdo, que
coma pescado. Y me da comprimidos tranquilizantes para tomar uno cada día antes
de irme a trabajar para la señora McGovern.
—Hazlo, Mizzoo —dijo Randy y llevándose la taza subió al porche superior que
daba al seto y al río. Después trepó por la estrecha escalera de mano tipo marina que
conducía a la alta terraza, un rectángulo de cinco metros por dos y medio, firmes
planchas y una barandilla alzándose en el inclinado tejado. Tenía la fama de ser éste
el lugar más alto del condado de Timucuan. Desde él podía ver todas las haciendas de
la orilla del río, muelles y lanchas y toda la ciudad de Fort Repose, a una distancia de
cinco kilómetros corriente abajo, abarcada por una curva del agua plateada en donde
el Timucuan desembocaba al más amplio río San Yons.
Esta era su ciudad, o lo había sido. En 1838 durante las guerras seminolas, un
teniente Randolph Rowzee Peyton, U.S.N., virginiano, fue enviado a esta confluencia
fluvial con una fuerza y diez y ocho marines y dos pequeños cañones de latón. El
teniente Peyton viajó, con una barcaza, al sur, desde Cows Fort, cuyo nombre fue
cambiado más tarde por el de Jaksonville. Las órdenes del general Clinch eran atacar
y yugular las comunicaciones indias en los ríos, protegiendo así el flanco de las
tropas que bajaban por la costa este de St. Agustine. El teniente Peyton construyó un
blocao de troncos de palmera en el lugar, sus cañones cubriendo el canal. Al cabo de
dos años, excepto durante una expedición de alivio, más allá, hacia Nueva Esmirna,
no peleó, ni en batallas ni en escaramuzas. Pero cazó y pescó para alimentar a la
guarnición y estudió botánica y el cultivo de los cítricos. El clima suave, descrito en
un diario que se conservaba ahora en la arqueta de roble del despacho de Randy
Bragg, inspiraron al teniente el nombre de su puesto avanzado, Fort Repose.
Cuando terminaron las guerras, el fuerte fue desmilitarizado y el teniente Peyton
destinado al servicio en el mar. Cuatro años más tarde regresó a Fort Repose con una
esposa, una hija, y un título del gobierno abarcando cien acres. Había escogido aquel
preciso lugar para su hacienda porque era el campo más alto de la zona, con una
brusca pendiente hacia el río, ideal para plantar los naranjeros importados de España
y del Lejano Oriente. La casa original de Peyton se incendió. El edificio actual había

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sido construido por su yerno, el primer Marcus Bragg, nativo de Filadelfia, y abogado
enviado eventualmente al Senado. La atalaya o terraza fue añadida por el viejo
teniente Peyton, de modo que con sus catalejos de latón pudiese observar lo que
ocurría en la confluencia de los ríos.
Ahora las pertenencias de los Bragg habían disminuido hasta treinta y seis acres,
pero treinta quedaban aún con cítricos primitivos… naranjas, mandarinas, valencias y
temples… todos cuidados y vendidos en la temporada por la cooperativa del condado.
Cada año Randy recibía cheques totalizando de ocho a diez mil dólares de la
cooperativa. La mitad pasaba a su hermano mayor, Mark, el de la Fuerza Aérea, de la
que era coronel destinado en Offutt Field, cuartel general de la fuerza del Comando
Aéreo Estratégico, cerca de Omaha. Con su parte, más los dividendos de una
fundación establecida por su padre y sus honorarios ocasionales como abogado,
Randy vivía cómodamente. Puesto que conducía un coche nuevo y pagaba sus
facturas sin retraso, el comercio de Fort Repose le consideraba bien acomodado. Los
ricos recién llegados le clasificaban como un pobre gentilhombre.
Randy oyó música abajo y supo que Missouri había puesto en marcha su
tocadiscos y que, por tanto, estaba fregando el piso. El método de Missouri era
extender la cera, quitarse los zapatos, envolver sus pies en trapos y luego pulirla
bailando. Esto era probablemente tan eficiente, y con certeza más divertido, que
utilizar la enceradora eléctrica.
Se dejó caer en una hamaca y enfocó sus binoculares sobre la casa del predicador
Henri, buscando su condenado pájaro entre los pinos, palmas y hojas y ramas de
robles. Los Henri habían vivido allí tanto como los Bragg porque el primer Henri
vino como esclavo y sirviente del teniente Peyton. Ahora los Henri poseían cuatro
acres enclavados en el límite de levante de los bosques Bragg. El padre del
predicador Henri lo compró del abuelo de Randolph a cien dólares el acre, mucho
antes de la primera inflación, cuando la tierra se valoraba sólo por lo que producía. El
predicador estaba enganchando su mula, Balaam —la última mula del condado de
Timucuan— a la carretela. En este mes el predicador cuidaba su maíz y centeno,
mientras que su esposa, Jane, recogía y vendía tomates y efectuaba la labor de
fabricar conservas. Tenía que bajar y hablar al predicador sobre aquel condenado
pájaro, pensó Randy. Si alguien era adecuado para observar y reconocer un periquito
de Carolina volando por allí era el predicador, porque conocía a todos los pájaros, sus
costumbres y sus cantos. Enfocó con los anteojos el extremo del muelle desvencijado
de Henri. Tu Tone tenía cinco cañas de bambú extendidas. El propio Tu Tone estaba
reclinado de costado, la cabeza apoyada en la mano, para poder vigilar los corchos,
sin esfuerzo. El hijo menor del predicador, Malachai, que era portero de Randy y tan
de confianza como Tu Tone, no estaba por allí.
Randy oyó cómo sonaba el teléfono de su despacho. La música se detuvo y
comprendió que Missouri estaba contestando. Al poco ella le llamó desde la terraza
inferior.

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—Señor Randy, es para usted. Es Wertern Union.
—Dígale que bajo en seguida —contestó Randy, saltando de la hamaca y bajando
por la escalera, preguntándose quien le enviaba un telegrama. No era su cumpleaños.
Si ocurría algo importante, la gente telefoneaba. A menos…, se acordó, que la Fuerza
Aérea enviaba telegramas cuando un hombre resultaba herido o moría. Pero no podía
ser Mark, porque dos años llevaba su hermano sin volar, tras un escritorio. Sin
embargo, Mark hacía prácticas de vuelo cada mes, a ser posible, tratando de cobrar
una paga extra.
Tomó el teléfono de manos de Missouri y la apartó a un lado.
—¿Diga? —preguntó.
—Tengo un telegrama, Randy… en realidad es un cable… de San Juan, Puerto
Rico. Está firmado por Mark. Es realmente muy raro.
Randy respiró, aliviado. Si Mark había enviado el mensaje, entonces Mark estaba
bien.
El hombre no podía elegir a sus parientes, sólo a sus amigos, pero Mark había
sido siempre amigo de Randy, además de hermano.
—¿Qué dice el mensaje?
—Bueno, se lo leeré —contestó Florence—, y luego usted me lo vuelve a leer
para confirmarlo. Dice: —«Urgente que te reúnas conmigo en Base Ops McCoy a
mediodía de hoy. Gerad y los chicos vuelan hacia Orlando esta noche. Ay,
Babilonia». —Florence hizo una pausa—. Eso es lo que dice «Ay, Babilonia».
¿Quiere que se lo repita todo, Randy?
—No, gracias.
—¿Qué es lo que significa «Ay, Babilonia»? ¿No está sacado de la Biblia?
—No lo sé. Me lo imagino. —Conocía muy bien lo que significaba. Sintió
náuseas.
—Hay otra cosa más, Randy.
—¿Sí?
—Oh, no es nada. Se lo diré la próxima vez que nos veamos. Y espero que no
vista usted esos llamativos pijamas. Adiós, Randy. ¿Seguro de que se enteró del
mensaje?
—Seguro —contestó él y colgó, dejándose caer en una mecedora. Ay, Babilonia,
era una señal particular de la familia. Cuando eran chicos, Mark y él solían deslizarse
de la iglesia bautista del Primer Reposo Africano las noches del sábado para oír al
predicador Henri evocar el fuego del infierno y la condenación sobre los pecadores de
las grandes ciudades. El predicador Henri siempre sacaba su texto de la revelación de
San Juan. Parecía ser que terminara cada verso con «¡Ay, Babilonia!», en una voz tan
resonante que podía notársela si uno colocaba las yemas de los dedos en los tableros
de pino de la iglesia. Randy y Mark se agazapaban bajo la ventana posterior detrás
del público, fascinados y con los ojos muy abiertos, mientras el predicador Henri
describía las aberraciones babilonianas, incluyendo la fornicación. Algunas veces el

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predicador Henri hacía que Babilonia pareciese Miami y otras veces Tampa, porque
no sólo condenaba la fornicación —leyó la palabra sacándola de la Biblia— sino las
carreras de caballos y las de perros. Randy casi podía oírle aún. «Y os digo ahora,
todos los engañadores de esposas, los bebedores de whisky y los pervertidos lo
conseguirán. Todos los que salen de esos palacios del pecado, de la playa, que llaman
hoteles o moteles, cuando mujeres vestidas con abrigos de visón y joyas y no mucha
más ropa, recibirán su castigo. Y los que viajan raudos en Cadillac y en llamativos
vehículos, recibirán su castigo. Como se dice aquí en el Buen Libro, que la Gran
Ciudad estaba forrada de fino lino y de púrpura y de escarlata cubierta de piedras
preciosas y de perlas, esa Gran Ciudad fue borrada por el fuego, de la superficie de la
tierra, en una hora. ¡Sólo en una hora! ¡Ay, Babilonia!».
O bien el predicador Henri era demasiado viejo, o la congregación de Reposo
Africano estaba cansada de sus calcinantes profecías, porque solamente predicaba
aquellos domingos en que llegaba el nuevo ministro, un graduado de la universidad,
de piel clara, que en aquellas fechas se dirigía a la ciudad. Randy y Mark nunca
olvidaron la atronadora predicación de Henri y de ella sacaron su sinónimo privado
de desastre verdadero, cósmico, pasado, o pasado a futuro. Si uno se caía del muelle,
o perdía su dinero jugando al póker o llegaba tarde a una cita prometedora con alguna
buena pieza de Pistolville, o anunciaba que un huracán o una helada se aproximaba,
el otro se quejaba con un «¡Ay, Babilonia!».
Pero en este telegrama había un significado muy especial, exacto. Mark tuvo un
permiso por Navidades y bajó con Gerad y los dos niños, Ben Franklin y Peyton para
pasarse en la casa una semana. Durante su última noche en Fort Repose, después de
que los demás estuviesen en la cama, Mark y Randy estuvieron sentados allí, en este
despacho, mirando a la botella de whisky y con profunda ansiedad en sus corazones,
tratando de adivinar el futuro. Las Navidades habían sido una época de tribulaciones,
un tiempo de confusiones en casa y de tensiones en el extranjero, pero de toda su
vida, Randy no podía recordar otra clase de épocas. Siempre hubo depresión, o
guerra, o amenaza de conflicto bélico.
Mark estaba en el servicio de inteligencia de CAS, había recorrido el anticuado
planeta tres veces por completo desde su casa en la bahía, de modo que lo conoció
perfectamente. Ahora miraba el globo terráqueo, comprado por su abuelo, el
diplomático, antes de la primera gran guerra, de modo que los países, algunos con
nombres infamiliares, parecían singularmente garrapateados. Los continentes y mares
eran los mismos, que es lo que importaba. Mientras Mark hablaba, su rostro se puso
serio, casi fantasmal, y su dedo índice trazó grandes rutas circulares a través de la
agrietada superficie… trayectorias de proyectiles dirigidos y de bombarderos. Luego
trazó un tosco mapa, con dos lineas que se cortaban, la línea que continuaba hacia
arriba después del cruce pertenecía a la Unión Soviética y el momento de intersección
era el adecuado, entonces.
—¿Cómo sucedió? —había preguntado Rancy—. ¿Dónde cometimos el resbalón?

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—No fue falta de dinero —había sido la respuesta de Mark—. Fue un estado
mental. Las mentalidades Chevrolet buscando alejarse de un mundo espacionave. Las
naciones son como las personas. Cuando se hacen ricas y gordas se convierten en
conservadoras. Gastan su energía tratando de conservar las cosas tal y como están…
y eso va contra la naturaleza. O, los servicios también tuvieron la culpa. Quizás
incluso C.A.S. Nosotros diseñamos los bombarderos más hermosos del mundo y los
construimos a millares. Hemos mejorado y perfeccionado cada año estos aparatos,
como a los nuevos modelos de coches. No podemos soportar la idea de que los
bombarderos a reacción por sí mismos puedan quedar pasados de moda. Ahora
estamos en la posición de la Marina Federal, con sus fragatas de vapor y de madera,
contra los buques blindados confederados. Es un estado mental que el dinero a solas
no curará.
—¿Y quién lo hará? —preguntó Randy.
—Hombres. Hombres como John Ericsson para inventar un «Monitor» que se
enfrente a un «Merrimac». Hombres valientes, osados, tenaces. Hombres impacientes
y singulares como Rickover, aporreando escritorios, pidiendo su submarino atómico.
Hombres implacables que disparan las cabezas de muerte de proyectiles incendiarios.
Hombres rudos que guían a los poco imaginativos, a los indiferentes, a los hijos de
perra que saltan sobre un ganso, al galope. Jóvenes, porque necesitamos volver a ser
un país joven. Si conseguimos esa clase de hombres quizá lo logremos… Mientras el
otro bando nos dé tiempo.
—¿Lo darán?
Mark había repasado la esfera terráquea y se encogió de hombros.
—No lo sé. Creo que el globo está a punto de subir y yo voy a enviar a Helen y a
los chicos a esta casa. Cuando un hombre muere y su mujer y sus hijos mueren con
él, entonces ha muerto por entero, sin dejar nada atrás.
—¿Crees que estarán aquí más seguros que en Omaha? Después de todo tenemos
aquí el complejo Jax Naval Air al norte nuestro, y Homestead y Miami al sur y Eglin
al noroeste y Machill y Tampa al suroeste y el Centro de pruebas de proyectiles
dirigidos en Cabo Cañaveral al este y McCoy y Orlando casi a la puerta de la calle, a
sólo sesenta y cinco kilómetros. ¿Te parece buen lugar?
—No hay ningún sitio que pueda considerarse absolutamente a salvo. Con las
explosiones y la radiación, habrá suerte… según sea el tamaño y la configuración de
las armas, la altitud de la bola de fuego, la dirección del viento. Pero conozco a Helen
y los chicos y sé que no tendrán mucha posibilidad en Omaha. Los cuarteles
generales del C.A.S. tienen que ser el blanco número uno para el enemigo. Apuesto a
que tienen programada una bomba de cinco megatones para Offutt y puesto que
nuestra casa queda a ocho millas de la base ninguna clase de Fuerte le salvaría… —
Mark sacudió los dedos—. No es que crea que eso haría mucho bien al enemigo…
Bastaría dar automáticamente órdenes a otros centros de control y todas nuestras
tripulaciones conocerían sus blancos. Pero ellos atacarán el cuartel general del C. E.

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S., esperando una parálisis temporal. Todo cuanto necesitan es un poco de retraso.
Tendré que estar allí, en Offutt, en el agujero, pero por lo menos lo que se le permite
hacer a un hombre es dar una oportunidad a sus hijos para que crezcan y creo que la
tendrán mejor aquí en Fort Repose que en Omaha. Así que, ya veo lo que viene y éste
es el momento, pero cuando el instante esté más próximo enviaré a Helen y a los
chicos hasta esta casa. Y trataré de avisarte, para que puedas estar preparado.
Mark quiso saber:
—¿Cómo?
Mark sonrió.
—No te llamaré y te diré «Eh, Randy, los rusos están a punto de atacarnos». Los
teléfonos no son seguros y no creo que mis jefes ni el Estado Mayor de la Isla lo
aprobarían. Pero si tú oyes «Ay, Babilonia», sabrás que es el aviso.
Randy no había olvidado nada de esta conversación. Aproximadamente una
semana más tarde, pensando en las palabras de Mark, Randy decidió meterse en
política. Empezaría por una legislatura del estado y en pocos años estaría preparado
para acudir al Congreso. Sería la clase de jefe que Mark quería.
No resultó así. Ni siquiera pudo vencer a Porky Logan, un tipo gordo cuyo voto
podía ser comprado por cincuenta dólares, que fanfarroneó de no haber pasado del
séptimo grado, pero que podía conseguir más carreteras nuevas y dinero estatal para
el condado de Timucuan que cualquier radical medio crudo, indudablemente
madurado por los cabezas huecas del N.A.C.P., y ni siquiera sabían que el Tribunal
Supremo estaba controlado por Moscú. Así que el chasco de Randy fue inspirado por
aquella noche y ahora podía dar luz a algo peor.
Se preguntó qué es lo que estaba haciendo Mark en Puerto Rico y por qué ese
aviso había venido de allí. Debió proceder de Washington, Londres, Omaha, o
Colorado Springs, más que de San Juan. Era verdad que el C.E.S. tenía una gran base,
en Puerto Rico, pero… Era inútil deducir; lo sabría al mediodía. De una cosa estaba
seguro, si Mark esperaba que se produjera, probablemente se produciría. Su hermano
no era alarmista. Randy, a veces, se permitía que las emociones distorsionasen la
lógica; Mark, jamás. Mark era capaz de calcular las probabilidades, en la guerra o en
el poker, hasta la fracción decimal última, que por lo que había sido era un Jefe
Delegado del Servicio de Inteligencia en el C.E.S. y pronto tendría su estrella.
Randy sabía que había mil cosas que debería hacer, pero no pudo pensar en
ninguna de ellas. Se dio cuenta. Ritmo de rumba en la sala de estar y al poco Missouri
apareció a la vista, patinando, los pies envueltos en los trapos de encerar, los hombros
y las caderas moviéndose con elegancia elefantina, fija en su pulimentar. La gritó:
—¡Misssouri!
—¿Diga, señor? —su movimiento hacia delante se detuvo, pero sus labios
continuaron tarareando y sus pies moviéndose.
—Deja de forcejear y prepara tres dormitorios en la parte delantera. La familia
del coronel Mark estará aquí mañana.

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—¡Oh, qué estupendo! Igual que el año pasado.
—No, no igual que el año pasado. El no viene con ellos. Sólo la señora Bragg y
Ben Franklin y Peyton.
Missouri le miró a través de la puerta.
—Míster Randy, no tiene buen aspecto. Esos telegramas son la muerte. ¿Tuvo
usted malas noticias? ¿Le ha pasado algo al coronel Mark?
—No. Me iré en el coche hasta McCoy para reunirme con él a las doce.
—Oh, qué bueno. ¿Cómo es que a los niños del norte les permiten salir del
colegio tan de prisa?
—No lo sé.
—Quitaré el polvo bien y prepararé las camas; pondré toallas y jabón en los
cuartos de baño, como el año pasado.
—Gracias, Mizzoo, eso está bien.
—Caleb se alegrará de ver a Ben Franklin —dijo a Missouri. Caleb era el hijo de
Missouri y precisamente de la edad de Ben, trece años. El año pasado Randy le
permitió llevarse el bote por el río, pescando; igual que Randy, de niño, pescó con el
tío de Caleb, Malachai, excepto que veinte años atrás el bote era un esquife,
impulsado por músculos y remos, en lugar de un objeto de plástico con un motor de
treinta caballos.
Missouri recogió sus cacharros de limpieza y dejó a Randy solo con su pesadilla.
El joven sacudió la cabeza, pero no despertó; la pesadilla era real. Despacio obligó a
su cerebro a que funcionase. Despacio se obligó a sí mismo a imaginar lo
inimaginable…
Tenía que hacer una lista de cosas que Helen y los chicos necesitarían. Recordó
que no había nada almacenado en la cocina grande del piso y poco en el cuarto
trastero, excepto algunos filetes en el congelador y unas cuantas latas de conservas.
Dios mío, si iba a haber una guerra necesitarían cantidades de todo. Miró su reloj de
pulsera. Aún tenía que afeitarse y vestirse y tenía que permitirse hora y media para
llegar hasta McCoy, a diez y seis kilómetros al sur de Orlando, al considerar que las
carreteras y autopistas principales estarían atestadas de turistas y el tráfico
exasperante de Orlando era capaz de entretener al más pintado, máxime siendo un día
de cobro, a menos de tres semanas de Navidades. Decidió calcular en dos horas el
viaje por carretera.
Sin embargo, pudo empezar la lista y había una cosa que tenía que hacer en
seguida. Ben Franklin tomaba medio litro de leche al día y Peyton, su hermana de
once años, todavía más. Telefoneó a Golden Dew Dairy y revisó su pedido diario
alzándolo drásticamente. Ese fue el primer acto de Randy para enfrentarse a la
emergencia y demostraría por lo menos su utilidad.

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PARTE 2

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I

Randy salió de casa a tiempo de ver a Missouri instalarse bajo el volante del Ford
modelo A, de Henri, antiguo —así certificado con una etiqueta «Q» expedida por el
estado—, pero conservando perfecto orden de marcha por la ingenuidad mecánica de
Malachai.
—No he terminado, pero tengo que irme ahora —dijo ella—. La señora
McGovern está pendiente del reloj conmigo. Volveré mañana.
El modelo A, inclinado por el peso de Missouri, traqueteó por el sendero de
guijarros. Randy entró en su nuevo Bonneville. Era un coche dulce, compromiso
entre uno deportivo y uno de capota dura, largo, bajo, muy rápido y muy divertido,
aun cuando su motor de alta compresión consumiese el combustible en cantidades
industriales.
A las once, acercándose a Orlando, en la Carretera 50, puso la radio para las
noticias. Turquía había apelado a las Naciones Unidas en NU pidiendo una
investigación de las penetraciones de Siria a su frontera. Siria acusaba a Israel de
planear una guerra preventiva. Israel acusaba a Egipto de enviar aviones espía por
encima de sus defensas. Egipto pretendía que sus navíos, destinados desde Mar
Negro a Alejandría, estaban siendo retornados a los estrechos y culpaba a Turquía de
haber roto la Convención de Montreux.
Rusia acusaba a Turquía y a los Estados Unidos de intrigar para aplastar Siria, y
advertía a Francia, Italia, Grecia y España de que cualquier nación que tuviese bases
americanas se vería envuelta en una guerra general y borrada del mapa.
El Secretario de Estado estaba en algún lugar del Atlántico marchando para
conferenciar en Londres.
El embajador soviético en Washington había sido llamado para consulta.
Habían tumultos en Francia.
Todo sonaba mal, pero familiar como un disco viejo y rayado. Lo había oído
antes, casi las mismas palabras, allá en los años 57 y 58. Así que ¿para qué oprimir el
botón del pánico? Mark podía estar equivocado. No sabría, con seguridad, que el
globo subía. A menos que tuviese noticias frescas, de algo que no apareciese en los
periódicos ni fuera emitido por la radio.

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II

Poco antes del mediodía, Florence Wechek colgó su cartel «Vuelvo a la una», en
la puerta del despacho y bajó por Yulee Street para reunirse con Alice Cooksey en el
Pink Flamingo. Los viernes comían siempre juntas. Alice, delgada, vestida de negro y
gris, un gorrión de mujer activo y colérico, se retrasó. Apresurose a llegar a la mesa
de Florence y dijo:
—Lo siento. Acabo de tener una escaramuza con Kitty Offenhaus.
—¡Oh, querida! —repuso Florence—. ¿Otra vez?
Kitty era secretaria del PTA, ex presidenta del circulo Frangipani, tesorera del
Club de Mujeres y miembro del consejo de administración de la biblioteca. También
era esposa de Luther Bubba Offenhaus, Jefe Cola Retorcida del Lions Club,
vicepresidente de la Cámara de Comercio, y delegado director de la Defensa Civil
para todo el condado. Poseía el negocio más próspero de la ciudad, la Funeraria
Offenhaus y un negocio gemelo de terrenos, el Parque Repose en Paz.
Alice cogió el menú. Tembló. Se sentó rápidamente y dijo:
—Sí, otra vez. Creo que tomaré ensalada de atún.
—Tendrías que comer más, Alice —le recomendó Florence, advirtiendo lo blanca
y ajada que estaba la cara de su amiga—. ¿Qué pasó?
—Kitty vino y dijo que había oído rumores de que teníamos libros escritos por
Cari Rowan y Walter White. Le dije que los rumores eran ciertos y que si ella quería
pedir uno prestado.
—¿Qué te contestó? —Florence bajó el tenedor, ya no interesada en su gelatina
de pollo.
—Dijo que eran subversivos y antisureños… ella es hija de la Confederación… y
me ordenó que los quitase de las estanterías. Le contesté que mientras fuese
bibliotecaria allí se quedarían. Me dijo que iba a presentar la cuestión ante el consejo
y si era necesario ir con Porky Logan. Se encuentra él en el comité de investigación
de Tallahassee.
—¡Alice, vas a perder el empleo! —Kitty Offenhaus era la persona de más
influencia en Fort Repose, con la excepción de Edgar Quisenberry, que poseía y
dirigía el banco.
—No lo creo. Le contesté que si pasaba algo así llamaría al «St. Petersburg
Times» y al «Tampa Tribune» y al «Miami Herald» y que enviasen reporteros y
fotógrafos. Dije: «Kitty, ¿no te imaginas la fotografía de la primera página y el
encabezamiento… Esposa del enterrador quema libros»?
Estas eran las noticias más fascinantes que Florence había oído en semanas.
—¿Y entonces qué pasó?
—Nada en absoluto. Si me permites que tome prestado una expresión de uno de
mis jóvenes lectores, ella se fue humeando por sus ocho cilindros.
—Pero tú realmente no avisarías los periódicos, ¿verdad?

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Alice contestó con cuidado, comprendiendo plenamente que todo se repetiría
pronto.
—¡Claro que sí! ¡Pero no creo que sea preciso! Mira, la publicidad bañaría el
negocio de Bubba. Una tercera parte de los clientes de Bubba son negros y otro tercio
yanquis que bajaron aquí a vivir de sus pensiones y acabar sus días tranquilos —alzó
sus ojos brillantes y azules y añadió, como si repitiese uno de los mandamientos—:
La censura y el control del pensamiento pueden existir sólo en la oscuridad y en el
secreto.
—¿Y eso fue todo?
—Y eso fue todo. —Alice probó su ensalada—. ¿Qué has estado haciendo,
Florence?
Florence no pudo pensar en ninguna aventura, ni siquiera en noticias captadas por
el teléfono, que pudiesen competir con el relato de Kitty Offenhaus…, excepto su
experiencia con Randy Braggs. Se había dicho a sí misma que no diría nada acerca de
Randy a nadie, pero podía fiarse de Alice, que era prudente a pesar de su apariencia y
que incluso, cuando joven, localizó también a un fisgón por sí misma. Así que
Florence le contó lo de Randy y de sus catalejos y de cómo la había mirado aquella
mañana, para concluir:
—¿Verdad que es casi increíble?
—Es increíble —dijo Alice, llanamente.
—¡Pero yo lo vi!
—No me importa. Conozco a los chicos de Bragg. Incluso antes de que viniesen
aquí, Florence, los conocía. Conocí al juez Bragg bien, muy bien.
Florence recordó vagos informes, de muchos años atrás, en los que Alice
Cooksey se había entendido con el juez Bragg antes de que éste se casase con
Gertrude. Pero eso no importaba para lo que ocurriese ahora en casa de los Bragg.
—Has de reconocer que esos chicos Bragg son un poco peculiares —dijo
Florence—. Tendrías que haber visto el cable que Randy recibió de Mark esta
mañana. Urgente que se reuniese en McCoy, hoy. Helen y los chicos volarían a
Orlando esta noche…, ya conoces que esos chicos no pueden estar todavía fuera del
colegio…, las últimas dos palabras no tenían sentido en absoluto. «¡Ay, Babilonia!».
¿No es una locura?
—Esos chicos no están locos —dijo Alice—. Siempre han sido muy brillantes.
Infernales, sí, pero por lo menos saben leer, que es más de lo que puedo decir de los
chicos de hoy. ¿No sabes que Randy se había leído todas las historias de la biblioteca
antes de cumplir dieciséis años?
—No creo que eso tenga nada que ver con sus hábitos sexuales —repuso
Florence. Se inclinó sobre la mesa y tocó el brazo de Alice—. Alice, ven a mi casa
esta noche a pasarte el fin de semana. Quiero que te cerciores tú misma.
—No puedo. Tengo la biblioteca abierta los sábados. Es mi única posibilidad de
captar a los jóvenes. Las noches y los domingos están paralizados por la TV.

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—Yo también abro el sábado por la mañana, así que podemos venir juntas. Te
recogeré cuando hayas terminado mañana por la tarde. Será un cambio para ti, estar
en el campo, lejos de esa habitación atestada.
Alice dudaba. Sería hermoso visitar a Florence, pero le sabía mal aceptar favores
que no podía devolver.
—Bueno, veremos —dijo.

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III

Cuando Alice regresó a la biblioteca, tres veteranos, también viejos para


pensionistas o para el Club de Boleras, estaban inclinados sobre la mesa de los
periódicos. Como maniquíes, pensó ella, parcialmente desanimada. Uno de los
maniquíes o momias se inclinó lentamente hasta que su nariz cayó dentro del pliego
de «Cosmopolitan».
Alice se acercó a la mesa y se aseguró de que todavía respiraba. Le dejó que
dormitase, sonrió a los otros dos y se metió en la sala de referencias, con sus pesados
ficheros imponentes. En el primer casillero, estaban las obras religiosas y espirituales
de frecuente consulta y así bajó la Biblia del Rey James. Creía que encontraría las
palabras en Revelación y así lo hizo. Leyó dos versos, moviendo los labios,
formulando las palabras en su garganta:
«Y los reyes de la tierra, que fornicaron y vivieron deliciosamente con ella, la
llorarán y se lamentarán, cuando vean el humo de su cremación».
«Permaneciéndose lejos del miedo de su tormento, diciendo, Ay, ay, por la gran
ciudad de Babilonia, por la poderosa ciudad. Porque dentro de una hora llegará tu
juicio».
Alice devolvió la Biblia a su estantería, y caminó, la cabeza baja, hasta su rajado
y viejo escritorio, el escritorio de una profesora de colegio instalado sobre la tarima,
en el vestíbulo principal. Se sentó allí, mirando al secante verde, la antigua pluma y el
tintero de vidrio, al fichero de madera lleno de tarjetas de lectores, a la pila de
catálogos de publicaciones de primavera. Ella sola y todas las gentes de Fort Repose
conocían a Mark Bragg lo bastante bien y habían absorbido bastante conocimiento de
las debilidades mundanas mediante la palabra impresa para comprender que los libros
que había pedido de aquellos catálogos quizá nunca pudieran ser entregados. Tenía
poco miedo a la muerte y nada en absoluto del hombre, pero lo informe de lo que iba
a venir la abrumaba. Siempre asociaba Babilonia con Nueva York y ahora deseaba
estar viviendo en Manhattan, donde se podía morir en una brillante milésima de
segundo, sin padecer, sin correr el riesgo de la indignidad del pánico.
Tomó el teléfono y llamó a Florence. Iría a pasarse el fin de semana, o incluso
más tiempo, si Florence estaba de acuerdo. Cuando colgó el aparato Alice se sentía
más tranquila. Si eso ocurría pronto, tendría una mano amistosa que retener. No
estaría sola.

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IV

El sargento de Policía Aérea en la puerta principal de McCoy interrogó a Randy y


luego le dejó pasar para visitar al teniente coronel Paul Hart, comandante de
escuadrilla y amigo de Mark. Hart había estado en Fort Repose para pescar lubinas,
primero como huésped de Mark y más tarde, en diversas ocasiones, como invitado de
Randy; así que era algo más que un conocido. Randy dijo que acababa de recibir un
cable de Mark para que se reuniese con él a mediodía y Hart contestó:
—Envió un aviso aquí, ayer. No esperaba que regresase tan pronto. De todas
maneras, vaya hasta la Base Ops. Y nos saldremos de la fila y nos reuniremos con él
juntos. Déjeme que hable a la Policía del Aire. Le haré que le dejen pasar.
Conduciendo por la base, Randy notó un cambio desde su última visita, el año
antes. Físicamente, McCoy parecía el mismo. Sin embargo, se notaba distinto. El
interrogatorio de la Policía del Aire había sido más agudo y más serio. Esa no era la
diferencia. Se dio cuenta de que faltaba algo; y entonces lo captó. ¿Dónde estarán
todas las personas? McCoy parecía casi abandonado, con menos actividad, menos
hombres y menos coches que hace un año. No vio a otros paisanos. No vio mujeres, y
era en torno a los clubs y al BX. El área más congestionada de la base eran la
escalinata y el césped delante de los cuarteles opuestos a la ala del estado mayor, en
donde se encontraban los tripulantes, rígidos y tiesos con trajes de vacío, hablando y
fumando. Camiones, las puertas posteriores bajas, retrocedían hasta el bordillo. Los
conductores forcejeaban con sus volantes como si tuviesen prisa y presentaban aire
de cansancio indicador, de que llevaban efectuando mucho tiempo las operaciones de
conducir.
Marchó por Base de Operaciones y estacionó cerca de la valla que separaba la
línea de vuelo. El año pasado vio B 47, cisternas y grandes transportes extendiendo
sus alas, de punta a punta, hasta cubrir toda la línea… varios kilómetros. Ahora, el
número había disminuido. Contó menos de veinte B 47 y dedujo que el ala estaba en
Africa, o España, o Inglaterra o con servicio por el extranjero por tres meses. Pero
esto no podía ser así, porque Paul Hart, ganador de trofeos de bombardeo y
navegación, un selecto comandante de aeronave, había dirigido el vuelo.
Hart, un hombre recio, zanquilargo, de nariz respingona, barbilla de luchador y
una sonrisa fácil, le salió al encuentro a la puerta de Operaciones.
—Hola, Randy —dijo—. Anúnciese en la oficina. Mark bajará dentro de ocho
minutos. ¿Qué tal va la pesca?
—Bastante mala —alzó la vista y miró la manga de aire—. Pero mejorará si esta
alta presión aguanta y el viento se mantiene del este. ¿Qué es lo que está volando?
—No vuela nada. Cabalga suave y cómodamente en un C-135… es una versión
de transporte de nuestro nuevo cisterna a reacción… con una buena cantidad de
jefazos. De otros jefazos, es decir. Tengo entendido que pronto recibirá una estrella.
El único ascenso que yo conseguiré es que me destinen a un B-58.

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—La probabilidad para un piloto acalorado —comentó Randy—. ¿Qué pasa por
aquí? Esto parece una ciudad fantasma. ¿Están ustedes cerrando la tienda?
—¿Es que no ha oído lo de la dispersión interina de S.A.C.?
—Vagamente, sí, en alguno de los comentarios.
—Bueno, no lo voceamos a gritos. Tratamos de mantener la mitad del ala fuera de
esta base, porque donde estamos ahora es uno de los primeros blancos. Hemos sacado
nuestros aviones de los campos de combate y de la marina y hasta de los aeropuertos
comerciales. Y tratamos de mantener el diez por ciento del ala volando todo el tiempo
y si usted mira hacia el hangar de delante verá cuatro 48 plantados, cargados de
bombas y preparados para despegar. Un modo condenadamente caro de dirigir la
fuerza aérea.
Randy miró. Allí estaban, las alas caídas por tener llenos los tanques, unidos al
suelo por esbeltos cordones umbilicales, los cables de salida.
—No me refería tanto a los aviones como a la gente —dijo Randy—. ¿Dónde está
todo el mundo?
—Oh, eso —Hart frunció el ceño como si decidiese cuánto podría decir y qué
palabras utilizar—. Los periódicos lo saben, pero no lo publican —dijo por último—.
La gente en torno a Orlando debe conocerlo ya ahora, así que no puede ser ningún
secreto. Hemos estado en una especie de alerta modificada durante cuatro o cinco
semanas. Quizá debiera llamarlo evacuación silenciosa. Hemos despejado la zona de
todo personal civil y no esencial y estamos animando a todo el mundo para que saque
a su familia de la zona de explosión. Mira, Randy, no podemos esperar que hayan tres
divisoras de aviso en ningún momento. Si tenemos suerte, podremos conseguir
quince minutos.
Randy asintió. Advirtió los largos proyectiles dirigidos rojos colocados bajo las
alas de los posados B47. Los reconoció por las fotografías vistas en los periódicos
como del tipo rascal, un proyectil portador de bombas H aire-tierra.
—¿Sirve de mucha ayuda ese cohetito rojo? —preguntó.
—Ese cohetito rojo —contestó Hart—, es lo que llamamos salvador de
tripulaciones. Los rusos no son tontos. Tratan de contenernos con proyectiles aire de
aire y sólo a aire, con rayos, con buscadores de calor, con localizadores de sonido y,
por cuanto sean olfateadores. No ha habido nada suave excepto con el Rascal… y
algunos otros chismecitos… que nosotros no hayamos escrito como si fuesen un
cuerpo de camicaces. No tendremos que penetrar en sus zonas de defensa interior.
Podemos localizar el blanco lejos de él y ver que ese cochecito rojo vuele. Ya sabe
donde ir. ¿Sabe usted una cosa?
—¿Qué?
La sonrisa de Paul Hart había desaparecido y parecía más viejo y cuando habló lo
hizo muy serio:
—Cuando suene el silbato, tendré posibilidades de sobrevivir si estoy en mi
avión, derecho hacia el blanco, más que si me encuentro en casa sentado con los pies

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en alto, bebiendo un whisky y con Martha espantándome los mosquitos… y nuestra
casita en el lago queda a ocho kilómetros de aquí. Así que soy un hombre pacífico.
Desearía que Martha y los chicos viviesen en Fort Repose.
Randy oyó el bajo chirrido de motores a reacción a potencia mínima y vio cómo
un C-135 de forma de un cigarro marchaba en línea por la autopista girando hacia
abajo. Al poco vio una brusca curva entrando en una zona de parada de taxis y frenó
ante Operaciones. Una bandera, tres estrellas blancas en un campo azul, asomaba por
la cabina, indicando que el teniente general iba a bordo y avisando a McCoy que
preparase los honores propios de su rango.
El general de tres estrellas fue el primero en bajar por la rampa, su sonrosado
ayudante pisándole los talones, como un perrito cariñoso. Mark fue el último en bajar.
Randy agitó la mano y lo miró y Mark le devolvió el saludo, pero no la sonrisa. Al
bajar por la rampa y cruzar el cemento, las rodillas al descubierto en un uniforme
tropical, Mark parecía como una edición ligeramente mayor de Randy, dos
centímetros y medio más alto, y un poquitín más corpulento. A diez metros parecían
gemelos, con el mismo mechón de cabello, blancos dientes detrás de labios móviles,
ojos hundidos e interrogadores, la misma forma de caminar e idéntico oscilar de
hombros, hoyo en la barbilla y una nariz simpática con un puente huesudo saliente. A
un metro, unas profundas arrugas aparecieron en torno a los ojos de Mark y su boca,
en la cabellera había notas de gris, su mandíbula salía casi un centímetro extra, su
rostro estaba más delgado. A un metro eran del todo diferentes y pareció como si
Mark fuese mayor, más duro y probablemente más sabio.
Mark colocó una mano sobre el hombro de Hart y la otra en el de Randy y caminó
con ellos hacia el edificio.
—Paul —dijo Hart—, será mejor que te pongas en contacto con el general
Heycock. Tiene hambre y cuando está hambriento se pone furioso. ¿Qué te parece si
ayudas a su asistente a preparar el transporte y llevarle al club 0?
—Aquí sólo tenemos pocas cosas. El despegue dentro de cincuenta minutos.
Hart alzó la vista y vio tres jóvenes de la Fuerza Aérea acercándose por el
sendero.
—Ahí está el transporte del general —dijo y entonces, dándose cuenta de que
Mark con tacto manifestaba que quería estar a solas con su hermano, añadió—. De
todas maneras, iré hasta el Club 0 y pondré en danza al oficial encargado de la
cantina —le estrechó la mano y dijo—: Te veré, Mark, la próxima vez.
—Seguro —dijo Mark. Se volvió a Randy—. ¿Dónde está tu coche? Tengo
mucho que decir y muy poco tiempo para hacerlo. Podemos hablar en el coche. Pero
primero beberemos algo dulce o por el estilo dentro de Operaciones. No pudimos
cargar muchos almuerzos de vuelo en Ramey.
El asiento delantero del Bonneville era como un despacho particular cómodo y
soleado. Randy formuló la pregunta esencial primero:
—¿A qué hora tienen que entrar Helen y los niños?

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Mark sacó una agenda del bolsillo del pantalón.
—A las tres y media de mañana por la mañana, hora local en Orlando Municipal.
Carmody… es comandante de Ala en Ramey… y un amigo en la oficina del Este en
San Juan. Lo preparó todo para mí. El avión parte de Omaha esta noche a las siete y
diez. Hay un transbordo, en Chicago.
—¿No sois un poco duros para Helen y los chicos?
—Podrán dormir durante el camino de Chicago a Orlando. Será tan duro como
para ti salirles al encuentro. Lo importante es que obtuve la reserva. En esta época del
año, me costó bastante trabajo.
—¿A qué tanta prisa? —preguntó Randy—. ¿Qué diablos ocurre?
—Contente, hijo —dijo Mark—. Voy a darte una instrucción completa.
—¿Se lo has dicho ya a Helen?
—También cableé desde San Juan, sólo diciéndole que tenía hechas reservas para
esta noche. Ella comprenderá. —Miró parpadeante a los diales y mandos del
salpicadero—. Tienes aquí algo muy cuco, Randy. No debe importarte nada. En
cuanto a Helen, ella y yo hablamos de esto hace tiempo, pero no le gustó. No le gustó
en absoluto y menos le gustará ahora que ha llegado el momento. Pero la veré subir
en ese avión aunque tenga que volverla del revés o enviarla encerrada en un cajón
como carga aérea.
Randy no dijo nada. Simplemente tamborileó en el reloj del coche, recordando a
su hermano la hora que era.
—Está bien —asintió Mark—. Te lo contaré. Primero, estrategia; luego, práctica.
—Se metió en la boca una galletita salada con mantequilla, buscó su pluma y
comenzó a dibujar en su bloc de notas. Trazó un mapa tosco, el de la zona
mediterránea.
Mark no piensa bien hasta que tiene la pluma en la mano, pensó Randy, y puede
ver un mapa. Probablemente se siente más cómodo, como si tuviese un tintero en la
sala de estrategia de CAS.
—La clave es el Mediterráneo —dijo Mark—. Durante trescientos años los rusos
han tratado de asomarse a los estrechos y desembocar en el Mediterráneo. Pedro el
Grande, Catalina la Grande, el Zar Alejandro, todos lo intentaron. Ahora, más que
nunca, el control del Mediterráneo significa el control del mundo.
Randy asintió. Los conquistadores siempre supieron esto o lo presintieron. César
lo hizo; Jerjes, Napoleón y Hitler, fracasaron.
—Si Jerjes hubiese ganado en Salamina —dijo—, todos hablaríamos persa…
pero eso pasó mucho antes de la época de los Sputniks y de los ICBM. Creo que
luchar ahora, en estos momentos, sería para controlar el espacio. Quien controla el
espacio controla el mundo.
Mark sonrió.
—Lo mismo puede suceder de la otra forma. Nosotros… con nosotros me refiero
a la coacción de la NATO… no vamos a permitir que el tiempo nos alcance con ellos

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operando y mucho menos controlando el espacio. Ahora no me discutas. Tenemos su
Plan de Guerra.
Randy aspiró profundamente y se sentó rígido.
—Por primera vez Rusia tiene cabeza de puente en el Mediterráneo… aquí, aquí
y aquí… —Mark trazó óvalos en el mapa—. Tiene una flota en el Mediterráneo tan
potente como la nuestra cuando uno opone su fuerza submarina contra nuestros
transportes. Tienen cercada a Turquía por tres lados y pueden derrotar al gobierno
turco y obligar a la cancelación del Bósforo y de los Dardanelos. Entonces habrían
ganado la guerra, sin luchar. El Mediterráneo sería suyo, Africa quedaría cortada de
Europa, la NATO desbordada por el Sur y uno a uno todos nuestros aliados —excepto
Inglaterra, quedarían en su regazo o se declararían neutrales. Las bases del SAC en
Africa y España serían insostenibles y se fundirían. La NATO se replegaría y los
emplazamientos de hierro que planeamos nunca podrían terminarse.
—Ese fue su juego en el año cincuenta y siete, ¿verdad? —preguntó Randy.
—Tienes buena memoria, Randy, y eso es un símil bueno también. Los rusos son
grandes jugadores de ajedrez. Raramente cometen dos veces el mismo error. Ahora,
hoy, están haciendo movimiento. Es el mismo gambito…, pero con una diferencia
tremenda. El año cincuenta y siete, parecía como si fuesen a hacer de Turquía otra
Corea, advertimos al Kremlin de que no habría santuario dentro de Rusia. Echaron un
vistazo al tablero y abandonaron la partida. Luego, en el cincuenta y ocho, después de
que el rey del Irak fue asesinado, tomamos la iniciativa y desembarcamos marines en
el Líbano. Llegamos allí de prisa. Vieron que estábamos preparados y que no podía
haber sorpresa. Se les pilló fuera de equilibrio y no se atrevieron a moverse. Esta vez
es distinto. Están preparados para seguir adelante con ello, porque las probabilidades
han cambiado.
—¿Cómo pueden saberlo?
—¿Recuerdas lo que leíste sobre el general ruso que se pasó en Berlín? Un
general del aire, un tipo agudo, un ser humano. Nos trajo su Plan de Guerra, en la
cabeza. Esta vez, no abandonarán la partida. Seguirán hasta ganar la guerra sin
guerra, pero si efectuamos nosotros cualquier contramovimiento militar, vamos a
recibirla.
Durante un momento ambos guardaron un silencio. En el otro lado de la cerca que
separaba la línea de vuelo, tres tripulaciones de guerra estaban practicando que lo
parase. Dos lanzaban —dijo el sargento, de construcción parecida a Yogi Berra,
recogía: La base era un paquete amarillo de paracaídas. La bola chirrió y golpeó
vivamente en aguante.
—Ese tipo alto lo hace bien —dijo Randy. Luego, de nuevo se sintió moverse
entre miasmas de pesadilla. Pensó: «Algo va mal. O Mark no debería estar hablando
así, o aquellos aviadores no debieran practicar que lo parase allí, bajo la calle del
sol». Cuando fumó un cigarrillo, sus dedos volvieron a temblar.
—¿Pasaste mala noche, Randy?

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—Particularmente, no. Estoy pasando un mal día.
—Me temo que empeore, pues. Aquí está la parte práctica. Saben que el único
modo que tienen de hacerlo es derribar nuestra capacidad nuclear de un solo golpe…
o al menos mutilarnos tan malamente que puedan aceptar cualquier poder de
represalia que a nosotros nos quede. No les importa perder diez o veinte millones de
personas, mientras barren el tablero, porque la gente, de por sí, son sólo peones de los
que se puede prescindir. Así que su Plan… no fue sorpresa para nosotros… requiere
un T. E. B. A escala mundial. ¿Lo entiendes?
—Seguro. Tiempo en el blanco. Uno lo dispara todo en el mismo instante. Y se
dispara para que llegue sobre el blanco en el mismo momento.
Mark miró su reloj, luego alzó la vista hacia el gran reactor de transporte, aún
cargando el combustible a través de cuatro mangueras de los tanques subterráneos.
—Correcto. No habrá Hora Cero, será Minuto Cero. No utilizarán aviones en la
primera oleada, sólo proyectiles dirigidos. También intentarán matar cada base y cada
emplazamiento de proyectiles en Europa y Africa y en el Reino Unido con sus T-2 y
T-3 IR. Planean matar cada base de este continente y en el Pacifico con sus IC, más
los proyectiles dirigidos lanzados desde el submarino. No utilizarán SUSAC… es lo
que nosotros llamamos su fuerza aérea estratégica… sino para terminar con la
limpieza.
—¿Podrán salirse con bien?
—Hace tres años, no. Desde tres años a partir de ahora cuando teníamos nuestras
propias baterías ICBM emplazadas, una gran flota de submarinos portadores de
proyectiles dirigidos y Nike-Zeus y algún otro material perfeccionado, no hubieran
podido. Pero ahora estamos en lo que podemos llamar la «Brecha». Tercamente se
confían de que pueden hacerlo. Estoy seguro de que no… quizá tengamos alguna
sorpresa para ellos…, pero no es ésa la cuestión. La cosa estriba en que si creen que
pueden salirse con bien, entonces hemos perdido.
—No te entiendo.
—LeMay dice que el único modo de que un general puede ganar una guerra
moderna es no peleándola. Toda nuestra razón de ser era una fuerza impresionante.
Cuando uno ya no les impresiona, uno pierde. Creo que perdimos hace tiempo,
porque los últimos cinco Sputniks han sido satélites de reconocimiento. Han estado
sacándonos mapas, infrarrojos y televisiones de transistores, midiéndonos para el
puñetazo dominical.
Randy se sintió encolerizado. Se creía defraudado.
—¿Por qué nadie… casi nadie sabe todo esto?
Mark se encogió de hombros.
—Ya sabes cómo son las cosas… todo lo que viene es estampillado como secreto
o alto secreto o secreto cósmico o algo por el estilo y la única persona que se atreve a
desclasificar alguna cosa son los peces gordos de lo alto y la gente de su clase
mantiene conferencias y alguna dice: «Vamos, no nos apresuremos, no alarmemos al

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público». Así todo permanece secreto o cósmico. En persona creo que cada cual
debía estar cavando o evacuando en este mismo instante. Quizás si el otro lado
supiese que estamos creando refugios, si sabían que sabíamos, no intentarían seguir
adelante.
—¿De veras crees que eso está muy cerca? —preguntó Randy—. ¿Por qué?
—Por dos razones. Primero, cuando salí de Puerto Rico esta mañana la marina
trataba de rastrear tres submarinos no identificados… en el Caribe y otro en el Golfo.
—Cuatro submarinos no parecían fuerza bastante para causar gran daño —dijo
Randy.
—Cuatro submarinos son muchos submarinos cuando no debe de haber ninguno
—contestó Mark—. Es como sacudir un pajar y encontrarse cuatro agujas a tus pies.
Las oportunidades son que el pajar esté lleno de agujas —se frotó los ojos con la
mano, como si le doliese el resplandor y cuando volvió a hablar su voz era tensa—.
¡Tienen tantísimos! ¡CIA piensa que seiscientos! La marina se imagina que quizás
sean setecientos cincuenta. Y unos dicen ya rampas de lanzamientos. Sólo dejan
escapar al pájaro o le expulsan mientras son sumergidos. El propio océano es una
mera rampa de lanzamiento.
—¿Y hay otro motivo? —inquirió Randy.
—Porque voy a volver a Offutt. Llegamos ayer en una misión muy importante…
imaginaba una manera de dispersar el ala de Ramey. No hay bastantes campos en
Puerto Rico y de todas maneras la isla es accidentada y no muy grande. Habíamos
acabado de comenzar nuestro estudio general cuando recibimos un «zippo»…, es
decir, un mensaje de gran prioridad… ordenando que volviésemos a casa. Y dos
tercios llegaban a Ramey esparcidos con equipos de bolo para otro lugar. Entonces
me decidí. Tenía tiempo tan sólo para conseguirme las reservas para Helen y enviarle
los cables.
Mark habló más del general ruso, con quien había hablado largo y tendido y con
el que aparentemente simpatizaba.
—No es un traidor, ni a su país ni a la civilización. Vino desesperado, confiando
en que de algún modo pudiésemos detener a esos bastardos locos de ambición de la
cumbre. No le gusta pensar que su Plan de Guerra resulte, como tampoco me gusta a
mí. Demasiado riesgo para un error humano o mecánico. —Mark solía usar frases
como «Máxima capacidad» y «Riesgo calculado», y «Aceptación de cualquier baja
excepto de la gente importante», y «Descentralización de la industria y control,
anunciando todo como una medida económica, pero cosa militar en realidad».
Randy escuchaba, fascinado, hasta que vio a los tres sedanes azules doblar la
esquina cerca del cuartel general del Ala.
—Aquí viene tu grupo —dijo—. ¿Algo más que debiera saber?
Mark se sacudió de la pechera de la camisa los restos de galletitas y chocolate.
—Sí. También hay algo que tengo que darte —buscó una hoja pequeña de papel
verde en su cartera y se lo entregó a Randy—. Míralo tú mismo.

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Randy despegó el cheque. Era por cinco mil dólares.
—¿Qué debo hacer con esto? —preguntó.
—Cóbralo… si puedes, hoy. ¡No lo ingreses, cóbralo! Es una reserva para Helen,
Ben Franklyn y Peyton. Pero guárdalo. No sé qué decirte que compres. Tú pensarás
en lo que necesitaréis mientras os vayáis.
—Esta mañana empecé una lista.
Mark parecía complacido.
—Estupendo. Demuestra que eres previsor. Yo no sabía si el dinero ayudaría a
Helen o no, pero con efectivo en mano, en Fort Repose, será mejor que una cuenta en
un banco de Omaha.
Randy siguió mirando el cheque, incómodo.
—¿Pero y si nada ocurre? Suponte…
—Gasta parte del dinero en una caja de buen licor —le interrumpió Mark—.
Luego si no pasó nada tendremos juntos una maravillosa aunque cara velada y podrás
reírte de mí. No me importará.
Randy se metió el cheque en el bolsillo.
—¿Puedo avisar a alguien más? Hay unas cuantas personas…
—¿Tienes novia?
—No sé si es novia o no. Trato de descubrirlo. No la conoces. Son gente nueva de
Cleveland. Su familia ha edificado en River Road.
Mark dudaba.
—No veo ninguna objeción. Es algo que la defensa civil debería haber hecho
hace semanas… hace meses. Lo dejaré a tu propio criterio. Ser discreto.
Randy advirtió que las alas del reactor de transporte estaban libres de mangueras.
Vio a los tres sedanes azules detenerse ante Operaciones. Vio al teniente general
Heycock salir del primer coche. Notó la mano de Mark en su hombro y buscó las
palabras que él sabía que tenían que venirle.
Mark habló muy tranquilo.
—¿Te cuidarás de Helen?
—Cierto.
—No te diré que seas un buen padre para los niños. Te quieren y creen que eres
bueno y que no podía haber mejor padre para ellos. Pero te diré esto, sé bueno con
Helen. Ella es… —Mark encontraba dificultades en hablar.
Randy trató de ayudarle.
—Ella es una chica guapa y maravillosa y no tienes porqué preocuparte. De todas
las maneras, no hables con tanta finalidad. Aún no estás muerto.
—Ella es… más —dijo Mark—. Es mi brazo derecho. Llevamos casados catorce
años y casi la mitad de ese tiempo he estado en el aire y fuera del país y nunca me
preocupé jamás de Helen. Ella tampoco tuvo que preocuparse por mí. En catorce años
nunca dormí con otra mujer. Ni siquiera deseo a ninguna, realmente, no; ni aun
cuando estaba de servicio en Tokio, Manila, o Hongkong, y ella quedaba a medio

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minuto de distancia. Helen ha sido cuanta mujer necesité. Era así: Cuando yo fui
capitán y nos trasladábamos de apartamento alquilado a apartamento alquilado cada
año, recibí una oferta impresionante de Helen. Ella sabía lo que yo quería. No tenía
que decírselo. Me dijo: «Quiero que permanezcas en C.E.A. Me parece que es lo
mejor. Creo que podrías llegar a ser general y que lo serás». Hay un viejo refrán que
afirma que cada uno puede convertirse en coronel, pero se necesita una esposa para
ascender a general. Creo que no hubo bastante tiempo, pero de haberlo habido, ella se
habría salido con la suya.
Randy vio cómo el teniente general Heycock salía del edificio de Operaciones
dirigiéndose al avión.
—Llegó la hora, Mark —dijo.
Salieron del coche y caminaron rápidamente hacia la puerta y Mark pasó un brazo
en torno a los hombros de Randy.
—Lo que quiero decir es que ella tiene tremenda energía y valor. Si se lo
permites, te dará la misma clase de lealtad que me dio a mí. Permítaselo, Randy. Ella
es mi mujer y ése es su destino, para eso fue hecha.
—No te preocupes —dijo Randy. No entendía del todo y tampoco sabía qué decir.
El ayudante de Heycock vino por el extremo de la rampa.
—Todo el mundo está dentro, coronel —dijo—. El general le buscaba durante el
almuerzo. El general se preguntaba qué le habría pasado. Estaba muy ansioso…
—Veré al general en cuanto estemos en el aire —le atajó vivamente Mark.
El ayudante se retiró dos pasos rampa arriba, allí aguardó tozudo.
Se estrecharon las manos y Mark dijo:
—Será mejor que trates de dormir un poco esta tarde.
—Lo haré. Cuando vuelva a casa llamaré a Helen y le diré que estás en camino.
—No. De nada serviría. El avión despega a las cinco cincuenta. Para esa hora tú
habrás vuelto a Fort Repose, nosotros estaremos al oeste de Mississipi —se miró las
desnudas rodillas—. Parece que tendré que ponerme el uniforme real en el avión.
Tendría un aspecto muy gracioso en Omaha.
—Hasta la vista, Mark.
Sin alzar la cabeza. Mark contestó:
—Adiós, Randy —dio media vuelta y trepó por la rampa.
Randy se alejó del transporte, entró en el coche y condujo despacio a través de la
base. En la puerta principal entregó su pase de visitante. Se metió en un camino
solitario al exterior de la base, cerca del pueblo de Pinecastle y detuvo el coche en un
lugar abrigado por pequeñas palmeras. Cuando estuvo seguro de que nadie le miraba
y que ningún otro vehículo se acercaba por ambas direcciones, apoyó la cabeza en el
volante. Reprimió un sollozo y cerró los ojos para impedir el paso de las lágrimas.
Oyó cómo el viento agitaba las palmas y el canturreo de los pájaros entre el
follaje. Se dio cuenta de que el reloj del salpicadero, enturbiado, le miraba. El reloj
decía que sólo tenía tiempo para llegar al banco antes de que cerrase si aceleraba

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bastante y tenía suerte de cruzar el tráfico de Orlando. Puso en marcha el motor, salió
en marcha atrás del camino y entró en la carretera y dejó que el coche corriese. Se
daba cuenta de que no tenía tiempo que perder en lágrimas y que no volvería a
tenerlo jamás.

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PARTE 3

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I

Edgar Quisenberry, presidente del banco, jamás perdía de vista su posición y


responsabilidades como único representante de la comunidad financiera nacional en
Fort Repose. Una estructura monolítica de piedra indiana construida por su padre en
1920, el banco se alzaba como una fortaleza gris a la esquina de Yulee y St. Johns.
First National había aguantado el colapso de 1926 de la infracción de la tierra, no se
conmovió por la caída del mercado del veintinueve y la depresión que siguió. «La
única persona que tuvo éxito en cerrar el First National», solía fanfarronear a menudo
Edgar, «fue Franklin D. Roosevelt, en el treinta y tres, y tuvo que cerrar todos los
demás bancos del país para lograrlo. No volverá a ocurrir, porque jamás volveremos a
tener otro hijo de perra como él».
Edgar, a los cuarenta y cinco años, había crecido hasta tomar un aspecto parecido
al de su banco, achaparrado, sólido e impresionante. Era el único hombre en Fort
Repose que siempre llevaba chaleco y que nunca vestía ropas deportivas, ni siquiera
en las partidas de golf. Cada año, cuando asistía a la convención de la Sucursal de la
Reserva Federal, en Atlanta, se hacía dos nuevos trajes: uno azul, cruzado; otro gris,
con finas listas; ambos diseñados para minimizar, o cuando menos dignificar, lo que
él llamaba «mi corporación».
El First National empleaba dos vicepresidentes, un cajero, y un ayudante de
cajero y cuatro contables, pero era banco de un solo hombre. Uno podía ingresar en
cualquier ventanilla, pero antes de sacar como préstamo, o hacer efectivo un cheque
de fuera de la ciudad, era preciso ver a Edgar. Todos los préstamos de Edgar estaban
basados en el carácter, y el carácter se basaba solamente en el balance efectivo, en el
valor de las posesiones no hipotecadas, en la propiedad de bonos y acciones y en
valores del Estado sólidos. Puesto que Edgar era la única persona en la ciudad que
podía, y lo hacía, mantener un índice mental de todas estas variables, se consideraba a
sí mismo el único juez seguro del carácter. Se decía que se podía calibrar la cosecha
de un propietario por el modo en que Edgar le saludaba en Yulee Street. Si Edgar le
estrechaba la mano y charlaba, entonces el individuo acababa de recibir un gran
precio por su fruto. Si Edgar hablaba, giraba la cabeza y agitaba la mano, el hombre
era razonablemente próspero. Si Edgar asentía pero no hablaba, el pobre diablo
estaba casi en la ruina. Si Edgar no le veía, es que su cosecha había quedado
destruida por una helada.
Cuando Randolph Bragg entró en el banco cuatro minutos antes de las tres, Edgar
pretendió no verle. Su antipatía por Randy estaba más profundamente enraizada que
si el joven estuviese en la bancarrota. Inclinado sobre un escritorio como si
examinase un documento legal, Edgard vio cómo Randy garrapateaba su nombre al
dorso del cheque, sonreía a la señora Estes, la contable decana, y pasaba el cheque
por la ventanilla. Los modales de Randy, su atuendo, su actitud todo parecían
conjuntar. Randy no tenía respeto para las instituciones, las personas, ni siquiera el

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dinero. Entraría de esta manera, en el último minuto, y exigiría el servicio tan
deferente como si el banco fuese un bar. Era perezoso, insolente, con ideas políticas
peligrosas, y jamás hacia el menor esfuerzo por invertir o ahorrar. Dos veces en los
pasados años dejó seca su cuenta. La gente llamaba a los Braggs «vieja familia».
Bueno, también eran los menorquines vieja familia… más viejos, descendientes de
isleños de un Mediterráneo que se habían instalado en la costa siglos atrás. Los
menorquines eran inquietos y malos y los Bragg no mejores. Edgar sentía antipatía
por Randy por todas estas cosas y por otro motivo secreto.
Edgar vio a la señora Estes abrir el cajón del dinero, dudar y hablar a Randy. Vio
cómo Randy se encogía de hombros. La señora Estes salió de la cabina y Edgar supo
que iba a preguntarle si daba el visto bueno al cheque. Cuando ella llegó a su lado la
ignoró a propósito durante un momento, para hacer que Randy se diese cuenta de que
el banco le consideraba de poca importancia. La señora Estes le dijo:
—¿Quiere usted dar el visto bueno, por favor, señor Quisenberry?
Edgar sostuvo el cheque con ambas manos y a cierta distancia, examinándolo
concienzudamente a través de la parte baja de sus lentes bifocales, como si se oliese a
falsificación. Cinco mil, firmado por Mark Bragg. Si Randy irritaba a Edgar, Mark le
ponía furioso. Mark Bragg invariablemente y de manera abierta le llamaba por su
apodo escolar, «Ojo de pescado». Se alegró de que Mark estuviese en la Fuerza Aérea
y raras veces en la ciudad.
—Diga a ese joven que venga —dijo a la señora Estes. Quizás ahora tendría
oportunidad de pagar al juez Bragg la humillación de una partida de póker.
Cinco años antes, Edgar fue invitado a sentarse en la partida de cada sábado del
St. Johns Country Club en San Marco, sede del condado y mayor ciudad de
Timucuan. Sentóse enfrente del juez Bragg, un hombre delgado, erguido, anciano.
Excepto por una pequeña cuenta de gastos, el juez operaba y negociaba en Orlando y
Tallahassee, así que Edgar apenas le conocía.
Edgar se enorgullecía de su póker astuto. La idea era ganar, ¿no?
El juez Bragg jugaba al descubierto, sin trapacerías, como si disfrutara. En una
ocasión se marcó un farol, según calculó Edgar, pero parecía tener bastante suerte ya
que resultaba difícil saber si faroleaba o no. A la tercera hora se formó un gran
«pot»… más de mil dólares. Edgard había abierto con tres ases y no mejoró con las
dos cartas sacadas y el juez también pidió dos cartas. Después de esto Edgar apostó
cien y el hombre que sólo pidió un naipe abandonó y se lo dejó al juez. El juez subió
rápidamente el tamaño del «pot». Edgar dudaba, mirando a los divertidos ojos del
juez y renunció. Mientras el juez retiraba toda la montaña de fichas, Edgar extendió
la mano y descubrió su juego… tres sietes y nada más. El juez Bragg dijo, muy
tranquilo: «No vuelva a tocar mis cartas otra vez, hijo de perra. Si lo hace, le romperé
una silla en la cabeza».
Los otros cinco en el juego esperaron que Edgar hiciese o dijese algo, pero Edgar
trató sólo de tomarlo a broma. A medianoche el juez cobró sus fichas y dijo: «Les

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veré la noche del próximo sábado… si ese montón de rancia grasa no está aquí. Es un
cenizo y no sabe lo que es caballerosidad». Aquella ocasión fue la primera y la última
que Edgar jugó en el St. Johns Club. Nunca lo había olvidado.
Randy entró en el recinto cerrado del despacho del banquero, preguntándose por
qué Edgar quería verle. Edgar sabía perfectamente bien que el cheque de Mark era
bueno.
—¿Qué ocurre, Edgar?
—¿No es un poco tarde para traer un cheque tan grande como éste y pedirnos
dinero en efectivo?
El reloj marcaba las 3.04.
—No era tan tarde cuando entré —contestó Randy. Advirtió otros clientes todavía
en el banco. Eli Blaustein, propietario de Tropical Clothing; Pete Hernández,
hermano mayor de Rita y gerente del supermercado de Ajax; Jerry Kling, de la
Estación Standard; Florence Wechek, con sus cheques de la Western Union y recibos.
Era costumbre de ellos llegar al banco precisamente a las tres.
—Es lógico que la gente de negocios haga depósitos después de la hora de cerrar,
pero creo que nosotros deberíamos poner más tiempo para resolver una cosa como
ésta —dijo Edgar.
Randy advirtió que Florence, después de terminar en la ventanilla del contable, se
había acercado hasta donde podía oírles. Florence no se perdió mucho.
—¿Cuánto tiempo necesita usted para pagar en efectivo un cheque de cinco mil?
—preguntó. Se daba cuenta de que su rostro se enrojecía. Se dijo a sí mismo que no
debía perder el buen humor.
—No es ésa la cuestión —afirmó Edgar—. El caso es que su hermano no tiene
cuenta aquí.
—No me dirá usted que el cheque de mi hermano no sea bueno, ¿verdad? —
Randy se sintió aliviado al encontrar que su voz, en vez de aumentar, sonaba más
baja y tranquila.
—Vamos, no dije eso. Pero no sería buen procedimiento de banca para mi
entregarle cinco mil dólares y esperar cuatro o cinco días hasta que llegue la remesa
de Omaha.
—Lo endosé, ¿no? —Randy dejó caer los hombros y flexionó dedos de manos y
pies, miró fijamente al rostro de Edgar. Estaba a punto de estallar, como una patata.
—Dudo que esa cuenta lo cubra.
La cuenta de Randy estaba por debajo de cuatrocientos. Eso le preocupaba muy
poco, con los cheques de sus naranjas teniendo que llegar a primeros de año. Ahora,
considerando la urgencia de Mark, advertía que su cuenta estaba peligrosamente baja.
Decidió hurgar la debilidad de Edgar. Dijo:
—Prudente en los céntimos, loco por las libras, ése es usted, Edgar. Usted pudo
haber llegado a algo bueno. Devuélveme el cheque. Lo cobraré en St. Marco u
Orlando mañana por la mañana.

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Edgar se dio cuenta de que debía haber cometido un error. Era lo más
extraordinario que alguien quisiese cinco mil dólares en efectivo. Eso indicaba alguna
especie de rápido y beneficioso negocio. Debió haber descubierto para qué necesitaba
el dinero.
—Vamos, no tengamos prisa —dijo.
Randy extendió la mano.
—Deme el cheque.
—Bueno, si supiese exactamente para qué quiere todo este dinero con tanta prisa
quizás pudiera hacer una excepción para saltarme por encima las normas bancarias.
—Vamos. No tengo tiempo que perder.
Los pálidos y salientes ojos de Edgar se posaron en Florence, que ya escuchaba
francamente, y en Eli Blaustein, trasteando cerca, lleno de interés.
—Entre en mi despacho, Randolph —dijo.
Después de que Randy tuviese el efectivo, en billetes de cien, de veinte y de diez,
dijo:
—Ahora le diré porqué lo quería, Edgar. Mark me pidió que hiciese una apuesta
en su nombre.
—¡Oh, las carreras! —exclamó Edgar—. Raras veces juego a las carreras, pero sé
que Mark no apostaría tanto dinero a menos que no tuviese una noticia segura.
Supongo que serán las que celebrarán mañana en Miami.
—No. No son las carreras. Mark simplemente apuesta a que los cheques dentro de
poco no valdrán nada, dentro de muy poco, pero que lo efectivo, sí. Buenas tardes,
«Ojo de pescado». —Salió del despacho y cruzó el vestíbulo. Cuando la señora Estes
abría la puerta del banco le cogió del brazo y murmuró con su voz rancia y femenil:
—¡Bien por usted!…
Edgar se metió en su silla, furioso. No era un motivo. Era un enigma. Repitió las
palabras de Randy. No tenía ningún sentido en absoluto, a menos que Mark esperase
un gran cataclismo, como que cerrasen todos los bancos y, claro, eso era ridículo.
Cualquier cosa que pasase, la estructura financiera del país era sólida. Edgar llegó a
una conclusión. Le habían vuelto a tomar el pelo. Todos los Bragg eran granujas.

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II

La primera parada de Randy fue en el supermercado Ajax. Realmente no era un


supermercado, como se pretendía. La población de Fort Repose constaba de 3.422
habitantes, según el censo del Estado y esto incluía Pistolville y el Barrio Negro. La
Cámara de Comercio pretendía que habían cinco mil, pero la cámara reconocía que
contaba también los residentes de invierno en Riverside Inn y la gente que
técnicamente quedaba fuera de los límites de la ciudad, como los que vivían en River
Road. Así, Fort Repose había sido atraído por los grandes almacenes de las cadenas.
Sin embargo, Ajax imitaba a los supermercados, tanto que uno tenía que empujar un
carrito de aluminio y servirse mientras que la empresa vendía las mismas marcas y
casi a los mismos precios ordinarios.
Randy odiaba ir de compras de comestibles. Nada de las inspecciones elaboradas
y de los estudios hechos por él sobre la profundidad de los hábitos de compras de los
americanos tenía una clasificación para Randolph Bragg. De ordinario cogía un
carrito y marchaba a toda prisa al mostrador de la carne, en donde dejaba caer un
pedido escrito. Luego corría arriba y abajo por los pasillos, cogiendo latas y botellas
y cajas y cartones de las estanterías y congeladores, aparentemente al azar, derribando
a los niños pequeños y tropezando con las viejas y excusándose, hasta que en su salto
final volvía a pasar por delante del mostrador de las carnes. Los carniceros habían
aprendido a dar prioridad a su orden, porque si la carne no estaba cortada no se
detenía, simplemente daba media vuelta de manera violenta y salía hacia la puerta.
Cuando la cajera sumó su factura, Randy miró el reloj. Su record para llenar un cesto
era de tres minutos cuarenta y seis segundos de puerta a puerta.
Pero en este día era completamente distinto, porque a causa de la longitud de su
lista a la que había estado añadiendo las cantidades, y de las prisas de los
compradores en la tarde del sábado, tardó bastante más. Después de haber llenado
tres carritos y de que el pedido de la carne ya le había llenado uno de ellos, aún estaba
a medias de la lista, pero se sentía física y emocionalmente exhausto. Le dolían los
dedos de los pies y se había visto empujado, arrollado, con codazos en los riñones y
hasta patadas en las ingles. Le temblaban las piernas, las manos también y su ojo
izquierdo había desarrollado un tic nervioso. Esperando en la línea de revisión,
maniobrando dos carritos cargados hasta los topes uno delante y otro detrás maldijo
lo diabólico del científico al inventar bombas H y supermercados, maldijo a Mark y
juró que prefería morirse de hambre que volver a soportar esto.
Por último llegó al mostrador. Pete Hernández, actuando de inspector, se quedó
boquiabierto:
—¡Santo Dios, Randy! —exclamó—. ¿Qué piensas hacer, dar de comer a un
regimiento? —Hasta el año antes, Peter le llamó siempre el «señor Bragg», pero
después de la primera cita de Randy con la hermana de Pete sus relaciones
cambiaron, naturalmente.

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—La mujer de Mark y los niños van a quedarse conmigo una temporada —
explicó.
—¿Qué tiene ella… un equipo de fútbol?
—Los chicos comen mucho —explicó Randy. Pete era un hombre delgado, con
pecho de pollo, la barbilla huidiza y las uñas sucias, completamente distinto de Rita,
excepto los ojos negros y el tinte de la piel aceitunado.
Pete comenzó a jugar con la registradora utilizando dos dedos mientras el
muchacho de los carritos, impresionado, llenaba las grandes bolsas. Randy se dio
cuenta de que siete u ocho mujeres, en cola tras él, contaban sus compras, fascinadas.
Oyó que una susurraba: «¡Quince latas de café… quince!». La rencilla creció y se dio
cuenta de un murmullo firme de queja. Inexplicablemente se sintió culpable. Notó
que debería enfrentarse a aquellas mujeres: «¡A todas ustedes! ¡A todas ustedes!
¡Compren cuánto puedan!». No daría resultado. Pensarían que estaba loco.
Pete sumó el total y anunció en voz alta:
—¡Trescientos catorce dólares y ochenta centavos, Randy! ¡Vaya, ése es nuestro
record!
Por costumbre, Randy miró su reloj. Una hora y seis minutos. Eso, también, era
un record. Pagó en efectivo, cogió un puñado de bolsas, hizo un gesto al chico de
Pete que le siguiese y huyó.
Se detuvo en el bar de Bill Cullen, una especie de parrilla, almacén y pescadería,
precisamente fuera de los límites de la ciudad. Había espacio para dos plazas en el
asiento delantero, así que puso allí su suministro de whisky. Bill y su esposa, una
mujer de pelo pajizo usualmente mareada y de lengua espesa, operaron todo este
negocio en un cobertizo de dos habitaciones unido a una especie de muelle cubierto,
sus mercancías amontonadas casi en confusión, dando frente al Timucuan. El olor a
huevos fritos, a gasolina, a petróleo, a desperdicios de pescado, a cerveza rancia y a
vino se filtraba a través de la tierra y del agua.
De ordinario. Randy compraba su whisky de dos a tres botellas cada vez. Hoy
compró caja y media, acabando con las existencias de Bill de su marca favorita.
Recordó que Helen, cuando bebía prefería escocés. Compró seis botellas de esa clase
de whisky.
Bill, inquisitivo, dijo:
—¿Planeando un gran barbacoa, una fiesta o algo por el estilo, Randy? ¿Tratas de
probar suerte en política, de nuevo?
Randy encontró casi imposible el mentir. Su padre le había pegado sólo una vez
en su vicia, cuando tenía diez años, pero fue una verdadera paliza. Había mentido y el
juez subió escaleras arriba y regresó con su correa de afilar navajas más gruesa.
Cogió a Randy por el cuello y le dobló a través de la mesa de billar, implantándole la
virtud de la sinceridad a través del fondillo de sus pantalones y en la piel desnuda,
hasta que gritó con terror y pena. Entonces Randy recibió la orden de subir a su
cuarto, sin cenar y en desgracia. Horas más tarde, el juez llamó y entró y gentilmente

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le hizo dar la vuelta en la cama. El juez habló tranquilo. Mentir era el crimen peor, el
cómplice indispensable de todos los demás y siempre merecería el peor castigo.
«Puedo perdonar cualquier cosa, excepto una mentira». Randy le creyó y mientras
pudo intentarlo no logró acordarse de la mentira que había dicho, pero menos logró
olvidarse del castigo. Inconscientemente, su mano derecha se rozó las nalgas,
mientras pensaba una respuesta para Bill Cullen.
—Voy a tener visitantes —dijo Randy—, y Navidad está al venir. —Esto era
verdad, aunque no la entera verdad. No podía arriesgarse a decir más a Bill. El apodo
de Bill era «Bocazas» y su forma de hablar no se limitaba a la conversación vulgar
sobre las presas cobradas ayer. Bill el «Bocazas» podía despertar el pánico.
Cuando giró por el sendero, Randy vio a Malachai y Henri utilizando un rastrillo
de los macizos de camelias que formaban pantalla ante el garaje.
—¡Malachai! —llamó—. ¿Por qué no me ayudas a meter todo este género en la
casa?
Malachai vino presuroso. Sus ojos se desorbitaron al fijarse en los cartones sacas
y cajas que llevaba en el portaequipajes y se apilaban en los asientos.
—¿Todo esto ha de subir a su apartamento, señor?
—No. Irá a la cocina y a la alacena. La señora Bragg y los niños vienen por avión
desde Omaha, mañana.
Mientras descargaban, Randy pensó en los Henri. Era un problema especial. Eran
negros y pobres, pero en muchas maneras más cerca suyo que cualquier familia de
Fort Repose. Poseían su propia tierra y gobernaban sus vidas, pero en un sentido
estaban a su cuidado. No podían ser abandonados ni que se les retuviese la verdad.
Tampoco podía explicar a Missouri el aviso de Mark. No lo entendería. Si se lo decía
al predicador, lo que haría sería alzar el rostro, levantar los brazos y entonar:
«¡Aleluya! ¡Que se haga la voluntad del Señor!». Si se lo decía a Tu Tone, éste lo
consideraría como una excusa para emborracharse y permanecer así. Pero podía con
toda confianza hablar a Malachai.
Con la carne atiborrando el congelador y todo lo demás almacenado en las
estanterías y armarios, Randy dijo:
—Ven aquí, esta noche, Malachai, y te daré mi dinero —pagaba 25 dólares a la
semana a Malachai por un trabajo de veinte dólares. Malachai escogía sus propios
días para fertilizar, rastrillar y recortar el césped, días en que no tenía otro ingreso,
reparando o haciendo empleos de jardinería mejor pagados en otra parte. Randy sabía
que nunca le faltaba tiempo y Malachai conocía que podía siempre contar con
aquellos veinticinco a la semana.
El rostro de Malachai estaba inexpresivo, pero Randy notó su aprensión. Nunca
jamás antes le había dicho a Malachai que subiese al piso de arriba para recibir su
paga. En el despacho, Randy se dejó caer en el sillón giratorio de alto respaldo
tapizado en cuero que había venido de las habitaciones de su padre. Malachai
permaneció plantado, inseguro.

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—Siéntate —le dijo Randy. Malachai cogió la silla más incómoda y el respaldo
más vertical y se sentó, sin hacer el menor gesto de amilanarse.
Randy sacó su cartera y miró al retrato de su calvo abuelo, diplomático, con el
lema que estaba estampado en oro pálido sobre el descolorido marco: «Las pequeñas
naciones, cuando son tratadas como leales, se convierten en las aliadas más firmes».
Era difícil. Desde los años en que pescaron y cazaron juntos, siempre se había
sentido muy cerca de Malachai. Antes iban a trabajar en el seto y discutían como
amigos, del tiempo, de la cosecha de naranjas y de la pesca, pero no compartían nada
personal, ningún asunto importante. No podían hablar de política, ni de mujeres ni de
finanzas. Era extraño, puesto que Malachai resultaba muy parecido a Sam Perkins.
Tenía tanta inteligencia como Sam, la misma cortesía instintiva y eran de igual
tamaño, pesaban quizás lo mismo, color también exacto, pardo cordobán. Randy y
Sam Perkins habían sido tenientes en una compañía 7.° regimiento de Lodres Kuster,
de primero de caballería. Juntos, Randy y Sam se escondieron en la ribera de los ríos
Jax y Chomchom y se enfrentaron a la misma impetuosa carga humana en Unsan y
cubrieron los pelotones de cada cual en el avance y en la retirada. Habían dormido
uno junto al otro en el mismo camastro, comido en el mismo plato, bebido de la
misma botella, volado a Tokio de permiso juntos y juntos se apoyaron al mostrador
del Hotel Imperial. Incluso (si se enteraban en Fort Repose él podría haberse
condenado al ostracismo) fueron juntos a una casa de geisas para los oficiales y
fueron saludados con ideal hospitalidad y favores. Así que resultaba extraño que no
pudiera hablar a Malachai, a quien conoció desde que tenía uso de razón, como hacía
con Sam Perkins, en Corea. Es raro que un oficial y caballero igual por debajo del
paralelo 38, pero no por debajo de la línea Macxon-Dicxon, era raro, pero éste no era
el momento para introspección social. Su misión era decir a Malachai que luchase y
se preparase él y su familia.
Randy sacó dos billetes de diez y uno de cinco de su cartera y se los empujó por
encima del escritorio:
—Eso es por la semana.
—Gracias, señor —contestó Malachai, cogiendo los billetes y guardándolos en el
pecho de su camisa a cuadros.
Quizás la diferencia estaba en que Malachai no había sido un oficial, como Sam
Perkins, pensó Randy. Malachai estuvo en servicios durante cuatro años, pero en el
Comando de Defensa Aérea, sargento técnico cuidando motores a reacción. Quizás su
forma de utilizar el idioma. Sam hablaba el inglés áspero y enérgico de Nueva York,
pero cuando pronunciaba alguna palabra Malachai no era preciso mirarle para saber
que era negro.
—Malachai —dijo Randy—, quiero hacerte una pregunta muy seria.
—Sí, señor.
—¿Qué diríais si yo te contase que tengo una bonísima información… la mejor
que pueda conseguirse… de que antes de mucho vendrá una guerra?

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—No me sorprendería ni pizca.
La respuesta sí sorprendió a Randy. Su silla giratoria quedóse casi rígida.
—¿Por qué dices eso?
Malachai sonrió, complacido por la reacción de Randy.
—Bueno, señor, estoy al corriente de las cosas; leo lo que puedo. Leo todas las
revistas de noticias y periódicos de fuera del estado que caen en mis manos y algunos
diarios especializados y muchas otras cosas.
—¿De veras? No estarás suscrito a todos ésos, ¿verdad?
Malachai trató de controlar la sonrisa.
—Algunos los consigo por usted, señor Randy. Cuando acaba una revista la tira y
Missouri la encuentra y la trae a casa en su cesto. Todavía ella recoge los periódicos y
las revistas de negocios de casa de la señora de McGovern. Los lunes trabajo para el
almirante Ajax. El me guarda «Miollor Tonest», los periódicos de Washington y el
«Proferigs» del Instituto Naval y revistas técnicas. Además, escucho a todos los
comentadores.
—¿De dónde sacas el tiempo? —Randy jamás se había dado cuenta de que
Malachai leyese algo excepto «Sol de San Marco» («Brilla para el condado de
Timucuan»).
—Bueno, señor; las noches de la semana son mucho para un hombre soltero que
no bebe. Así que leo y escucho. Por eso sé que las cosas no van bien y tal como me lo
imagino es que si la gente sigue fabricando bombas y cohetes cada vez en mayor
cantidad, algún día alguien disparará una de ellas. ¡Entonces… PUM!
—Más de una —dijo Randy—, y pronto… quizás prontísimo. Eso es lo que cree
mi hermano y por eso envía a esta casa a la señora Bragg y a los niños. Será mejor
que te prepares, Malachai. Eso es lo que yo estoy haciendo.
La sonrisa de Malachai desapareció por entero.
—Señor Randy. He pensado mucho, pero no hay ninguna condenada cosa que
pueda hacer. Nosotros tenemos que levantarnos esperando sentados aquí. No
podemos disponer de mucho… —se palmoteo el bolsillo del pecho—. Estos veinte y
cinco dólares, con lo que traiga Missouri esta tarde, forman nuestro capital. Cuanto
más de prisa lo ganamos, más pronto se va. Claro que no necesitamos mucho, si
tenemos una cosa que casi apenas nadie tiene.
—¿Qué es eso?
—Agua. Agua corriente. Agua artesiana que no puede ser contaminada. Ustedes
la emplean todos en el sistema de filtrado y de cisternas, porque la mi a tiene un olor
fuerte, y alguien dice, parecido a los huevos podridos. Pero el agua azufrada no es
mala. Uno se acostumbra.
Hasta aquel momento, Randy no había pensado en absoluto en el agua. Su abuelo,
en un año de gran sequía, a un coste carísimo, hizo perforar unos trescientos metros
hasta encontrar la capa artesiana y regar la cosecha. Y su abuelo permitió que los
hombres de la familia Henri se hiciesen cargo de la principal cañería; así éstos

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tendrían una fuente perpetua de agua, gratis, aunque era un líquido duro y con
muchos minerales sueltos y a Randy no le gustaba, hasta el punto de regar el jardín
con agua de la cisterna, incluso cuando había poca y el día era cálido y veraniego.
—Me temo que yo nunca me acostumbraría —dijo. Contó doscientos dólares en
billetes de veinte y lanzó el dinero a través del escritorio—. Esto es para una
emergencia. Compra lo que necesitéis.
Los nuevos billetes parecían resbalar en los dedos de Malachai.
—No sé cuándo se lo podré devolver.
—No te preocupes. No te pido que me los devuelvas.
Malachai plegó los billetes.
—Gracias, señor.
—Te veré la semana que viene, Malachai.
Malachai se fue y Randy se preparó un combinado. Uno abría el grifo y le venía
el agua en cantidad, agua dulce y blanda, sin olor; bombeada, desde alguna cisterna
subterránea por un sirviente silencioso y fiel, el pequeño motor eléctrico. En las
familias de River Road, excepto los Henri, sacaban su agua del mismo modo,
teniendo todos su bomba y pozo propios. Más importante que cualquier cosa que
hubiese oído decir, era el agua, libre de bacilos peligrosos, no tóxica por venenos
humanos, químicos o radioactivos. Agua pura es esencial para su fertilización,
aceptada igual que el aire puro. En las grandes ciudades, donde un fallo en la
explosión próxima produciría la ruptura de los depósitos, la demolición de los
acueductos y el destrozar de las cañerías principales, sería un problema infernal
carecer de agua. Las grandes ciudades se convertirían en trampas mortales como los
desiertos y las junglas. Randy empezó a considerar lo poco que sabía en realidad de
los fundamentos de la supervivencia. El, dedujo, tendría nociones mucho más
profundas. Se requería como materia importante en la educación de las esposas de
miembros de la Fuerza Aérea. Decidió hablar con Bubba Offenhaus, que dirigía la
defensa civil en Fort Repose. Bubba debía tener folletos de algo así que él pudiese
estudiar.
En el piso bajo Graf comenzó a ladrar, con una alarma insistente y beligerante,
anunciando que un coche extraño iba por el sendero. Randy fue al final de las
escaleras, gritando:
—¡Cállate, Graf! —y esperó a ver quién llamaría.
Nadie llamó sino que la puerta se abrió. Mirando, vio en el recibidor a Elizabeth
McGovern; miraba sobre Graf, el rostro tapado por el cabello rubio que le caía hasta
el hombro. Acarició los lomos de Graf hasta que agitó la cola en señal amistosa.
Luego alzó la vista y llamó:
—¿Estás visible, Randy?
Algún día entraría así y él no estaría muy visible. La chica le azoraba. Era
llamativa, impredecible y algunas veces incómoda, hablando.
—Sube —dijo. Como sonrisa era también la chica un problema especial.

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Durante todo el verano y a principios de otoño, Randy había contemplado cómo
la casa de los McGovern subía, mientras los obreros colocaban sus materiales en
ordenadas filas y plantaban en el jardín las flores y matorrales requeridos. Una tarde
triste de octubre, mientras buscaba lubinas en el canal, vio un par de piernas perfectas
y sin el menor defecto extendidas hacia el cielo desde el muelle de los McGovern.
Puesto que ella estaba tumbada en una lona sobre las planchas, los tacones apoyados
en un poste, sólo podía ver sus piernas desde aquel nivel del agua. Volvió la proa
hacia la playa para descubrir a qué cuerpo pertenecían aquellas piernas tan hermosas
y poco familiares. Cuando el bote estuvo casi debajo del muelle, habló:
—Hola, piernas.
—Puede llamarme Lib —contestó ella—. Usted es Randy Bragg, ¿verdad? Estaba
esperando que viniese usted.
Cuando se convirtieron en algo más que amigos, aunque menos que amantes, él la
acusó de cebarle con sus adorables piernas. Lib se rió y dijo:
—No sabía entonces, que eras un hombre aficionado a las piernas, pero me alegro
de que lo seas. La mayor parte de los machos americanos tienen preferencia por las
glándulas mamarias. Un síntoma maternal, me parece. Las piernas son para el placer
del hombre; los senos, para los niños. Oh, eso son realmente cosas mías. Lo dije
porque sabía que mis piernas eran mi único tesoro verdadero. Soy lisa y no muy
desarrollada —técnicamente, la chica decía la verdad. No era ninguna belleza clásica
cuando uno consideraba cada rasgo individualmente. Era sólo una belleza en su total,
en el modo en que se movía y en que todo estaba reunido en un cuerpo.
Subió las escaleras y pasó un brazo desnudo en torno al cuello de Randy y le
besó, un beso breve, de saludo.
—He estado tratando de ponerme en contacto contigo por teléfono todo el día —
dijo ella—. Pensaba que había llegado a una conclusión importante. ¿Dónde
estuviste?
—Mi hermano hizo una parada en McCoy por aire desde Omaha. Tuve que ir a
reunirme con él. —La condujo hasta la sala de estar—. ¿Algo de beber?
—Ginger Ale, si es que tienes. —Se sentó en un tamburete en el mostrador, una
pierna encima de la otra y la rodilla entre ambas manos. Llevaba una blusa turquesa
sin mangas, de lino, pantalones cortos de gamuza y mocasines.
Randy puso hielo en el vaso y sirvió el Ginger Ale diciendo:
—¿Cuál es la conclusión importante?
—Te volverás loco, es acerca de ti.
—Está bien, me volveré loco.
—Creo que deberías ir a Nueva York o Chicago o San Francisco o cualquier
ciudad con carácter y vitalidad. Tendrías que ponerte a trabajar. Este pueblo no es
bueno para ti, Randy. El aire es como sopa y el agua es como sopa y la gente son
personas sin ambiciones. Estás vegetando. Yo no quiero una verdura, quiero un
hombre.

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Al instante se puso furioso y entonces se dijo a sí mismo que por una buena
cantidad de motivos, incluyendo el hecho de que el diagnóstico de ella era
probablemente cierto, era una tontería enfadarse. Dijo:
—Si me fuese y te dejase aquí, ¿no te volverías tú en una chica sin ambiciones?
—Ya he pensado en eso. En cuanto tú tengas un empleo, te seguiré. Si quieres,
iremos juntos una temporada. Si resulta bien, podremos casarnos.
Le examinó el rostro. Su boca, de ordinario ágil y graciosa, formaba una línea
tensa e incolora. Sus ojos, que reflejaban sus estados de ánimo, como el río refleja al
firmamento, eran grises y opacos. Bajo el suave bronceado proporcionado por el sol
de invierno, su piel resultaba pálida. Ella hablaba en serio. Pensaba lo que decía.
—Demasiado tarde —contestó él.
—¿Qué quieres decir con «Demasiado tarde?».
Ayer podía haber cierto sentido y lógica en su cálculo y él hubiese aceptado este
desafío, esta invitación, esta declaración. Pero desde aquella mañana, habían vivido
en mundos divergentes. Sí, era necesario que la condujese a su propio mundo, aunque
no demasiado bruscamente; pero sí, por lo menos, que viese y aprendiese el peligro
futuro, y despertar su capacidad de pensar con claridad y de actuar inteligentemente.
—Mi cuñada y sus dos hijos vienen a quedarse conmigo —comenzó—. Lo harán
esta noche…, bueno, realmente, de madrugada. A las tres y media.
—Estupendo —dijo ella—. Les conoceré, les pondré la casa patas para arriba y
luego te escogeré una ciudad para ti…, una ciudad bonita, grande, viva. Que se
queden en esta casa para ellos solos y mientras estén aquí no tendrás que preocuparte
por el cuidado de tu hacienda. ¿Cuánto tiempo van a quedarse?
—No sé —contestó Randy. Quizás para siempre, estuvo a punto de añadir, pero
no lo hizo.
—No importa, realmente, ¿verdad? Cuando se marchen puedes alquilar la casa. Si
se van pronto conseguirías un buen precio para el resto de la temporada. ¿Qué tal es
tu cuñada?
—No te he dicho la razón de su venida. —Extendió la mano y cogió sus dos
manitas. Los dedos largos, redondos, fuertes, hacían juego con su garganta femenina.
Sus uñas tenían un tinte cobrizo y estaban cuidadosamente arregladas. Trató de
enmarcar las palabras adecuadas.
—Mi hermano cree…
Graf, apostado cerca del tamburete de Randy, se puso en pie, el pelo hirsuto,
como un cerdo afeitado; la cola y las orejas en atención; luego, corrió hasta el pasillo
y bajó las escaleras, ladrando frenético.
—¡Es el perro más escandaloso que conocí! —exclamó Lib—. ¿Quién se te va a
comer ahora?
—Tiene radar en las orejas. Nadie puede acercarse a la casa sin que él lo sepa. —
Randy bajó al piso inferior. Dan Gunn estaba en la puerta. Era un hombre anguloso,
impresionante, de rostro triste y sombrío; llevando unas gafas de montura gruesa,

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torpes movimientos y parco en palabras. Entró en el pasillo, sin molestarse en mirar a
Graf.
—¿Tienes a una mujer arriba, Randy? —dijo Dan—. Sé que sí porque su coche
está aparcado en la puerta. —Se sacó la pipa de la boca y casi sonrió—. Me gustaría
hablarle acerca de su madre. De su padre, también.
—Sube al apartamento, Dan —dijo Randy—. Yo daré un paseo por el patio. —Se
imaginó que Dan acababa de hacer una visita profesional a los McGovern. La madre
de Lib tenía diabetes. No sabía que su padre estuviese enfermo, pero si Dan iba a
discutir la enfermedad familiar con Lib, sería mejor que se desvaneciera
educadamente.
—No creo que a Elizabeth le importará que estés presente en esto —dijo Dan—.
Prácticamente ya eres uno de la familia, ¿verdad?
Subiendo las escaleras Randy decidió que Dan, también, debería conocer el aviso
de Mark. Si era preciso que alguien lo supiese mejor que ninguno un médico. Y al
mismo tiempo Randy se dio cuenta de que no había incluido medicinas en su lista y
que el botiquín de la casa contenía poco más que unas aspirinas, gotas nasales y
líquido para enjuague de boca. Viniendo dos niños tenía que haberlo planeado mejor.
De todas maneras, Dan era el hombre que le diría qué conseguir y si era preciso le
redactaría las recetas.
Randy preparó una bebida para Dan y dijo:
—Nuestro médico ha venido para verte, Lib, no a mí. Cuando haya terminado de
hablar, tengo algo que deciros a los dos.
Dan le miró de manera singular.
—Parece como si estuvieses a punto de hacer un anuncio.
—Lo estoy, pero habla tú primero.
—No es nada urgente ni terriblemente importante. Es sólo que estaba efectuando
el circuito de placebo… y me dejé caer para ver a la madre de Elizabeth.
—¿El circuito de qué? —preguntó Lib. Randy había oído a Dan emplear la frase,
antes.
—Placebo, o circuito icosomático…, los retirados de mediana edad y los que no
tienen nada que hacer si no sentirse solitarios y preocuparse por la salud. A la única
persona a quien pueden llamar sin que eluda visitarles es a su médico. Así que, me
llaman y me atiborran los oídos con sus síntomas. Les doy comprimidos de azúcar o
tranquilizantes… cualquiera de los dos son igual de buenos. Les aseguro que van a
vivir. Eso les pone felices. No sé porqué.
A los treinta y cinco años Dan era un idealista amargado. Después de estudiar
medicina en Boston comenzó a ejercer en una ciudad de Vermont y en sus horas
libres amplió estudios de doctorado en epidemiología. Su meta habían sido los
continentes populosos y las grandes plagas: malaria, tifus, cólera, tifoidea, y buscaba
un puesto en la Organización Mundial de la Salud… o un destino en el Punto Cuatro.
Entonces se casó. Su esposa —Randy no sabía su nombre porque nunca Dan se lo

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dijo— aparentemente había sido una alcohólica extravagante nimfomaníaca, con
tendencias al juego. Ella retrocedió ante la idea de vivir en Africa Ecuatorial o en
algún pueblecito de algún delta de la India y le apremió para que abriese clínica en
Nueva York o Los Angeles, donde había posibilidad de ganar mucho dinero. Cuando
Dan se negó, a ella le dio por pasarse los fines de semana en Nueva York, su lugar
favorito, para conquistar compañeros de cama, un bar allá por las calles Cincuenta.
Así que él fue un caballero y le dejó que se fuese a Reno y consiguiera el divorcio.
Cuando ella tuvo mala suerte regresó al Este, entabló demanda por alimentos y el
juez le concedió cuanto pidió. Ahora vivía en Los Angeles y cada semana empujaba
el dinero recibido para alimentos a las mesas de juego o a las máquinas tragaperras.
La carrera de Dan terminó antes de haber empezado. El puesto en la Organización
Mundial de la Salud o el salario del Punto Cuatro apenas serviría para pagar la
pensión alimenticia y nada le quedaría, y un doctor no puede vivir del aire, ni hacer
trapacerías, excepto si se mete en la tela de araña de prácticas ilegales de la medicina.
Se fue a Florida porque el estado crecía y su trabajo y sus minutas serían mayores y
pensó que eventualmente tendría bastante dinero que ofrecerle en efectivo para
ajustar y supurar la hemorragia financiera.
En Fort Repose, Dan compartía el edificio de las Artes Médicas de un solo piso
con un hombre mayor, el doctor Bloomfield y dos dentistas. Vivía frugalmente en un
conjunto de dos habitaciones de Riverside Inn, en donde actuaba como médico de la
casa para los huéspedes de edad durante la temporada de invierno. Sus mayores
ingresos se doblaron. Mientras ponía en el mundo a niños en Pistolville y en Negro
por 25 dólares, equilibraba esto con las visitas a diez dólares a las casas, en el circuito
de placebo. En una sola vuelta de dos horas, River Road arriba, entregando
tranquilizantes y buenas palabras, a menudo reunía cien dólares. No le sirvió de nada.
Descubrió que se veía inexorablemente exprimido entre la pensión de su ex esposa y
los impuestos. Los impuestos subían con los ingresos y la cláusula progresiva de la
sentencia de la pensión de su ex esposa cobró efecto. Una vez, Randy y él calcularon
que si sus ingresos subían más de cincuenta mil dólares al año se vería en la
bancarrota. Dan no podía imaginar ninguna combinación de circunstancias que le
permitiesen amasar bastante capital para comprar a su antigua esposa y verse libre
para luchar contra las epidemias. Así que era un hombre amargado, pero, Randy le
creía un hombre amable, quizás un gran hombre.
—¿No considerará nuestra casa como una parada en su circuito de placebo? —
preguntó Lib.
—No —contestó Dan—, y sí. Su madre tiene diabetes —hizo una pausa, para
dejar que ella comprendiese que no era todo eso lo malo—. Me llamó hoy. Estaba
muy transtornada. Se preguntaba si podría cambiar el tratamiento de insulina por la
nueva droga oral. Usted le da una inyección de insulina cada mañana, ¿verdad?
—Sí —dijo Lib—. No puede soportar pincharse a sí misma y no quiere que mi
padre lo haga. Dice que es demasiado brusco. Afirma que cuando papá la pincha

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disfruta.
Eso era algo que Randy no sabía.
—Quiere que la reorganice porque dice que usted habla de abandonarla —dijo
Dan.
—Sí —contestó Lib—. Intento marcharme. Me voy a ir cuando Randy se vaya.
Randy empezó a hablar, pero se contuvo. Aún podía aguardar un momento.
Dan se limpió las gafas. Su rostro mostró una expresión triste.
—No sé nada acerca de los experimentos —anunció—. Su madre queda
equilibrada con setenta unidades de insulina al día. Una buena inyección. No quisiera
quitarle la insulina. Tendrá que aprender a utilizar ella misma la aguja hipodérmica.
Ahora, veamos lo de su padre.
—¡Mi padre! No hay nada malo con él, ¿verdad?
—Quizás nada, quizás todo. Se está convirtiendo en una especie de zombi,
Elizabeth. ¿Acaso no tiene aficiones? ¿No puede empezar un negocio nuevo?
Unicamente tiene sesenta y un años y, excepto un poco de hipertensión, está en buena
forma, físicamente. Pero se muere más de prisa de lo que debiera. Cuanto mejor es un
hombre en los negocios, peor es en la jubilación. Un día está dirigiendo una gran
corporación y al siguiente, cuando no se le permite dirigir nada, excepto su propia
casa, se desea la muerte a sí mismo y, efectivamente, se muere.
Lib había estado escuchando con atención. Ahora dijo:
—Es todavía más duro con papá. Mire, no se retiró por su gusto. Le despidieron.
Oh, todos lo llamamos jubilación y él recibe su pensión, pero el consejo de
administración le dejó cesante… perdió una lucha financiera beneficiosa… y ahora
no cree que sea de utilidad alguna para nadie, en absoluto.
—Me imaginé que era algo así —comentó Dan. Guardó silencio un momento—.
Me gustaría ayudarle. Creo que vale la pena salvarlo.
Ahora Randy se dio cuenta de que era el momento de hablar.
—Cuando viniste, Dan, estaba a punto de decir a Lib que Mark me habló hoy, en
McCoy. Tiene miedo… está seguro… de que estamos al borde de la guerra. Por eso
Helen y los niños vienen a esta casa. Mark cree que los rusos ya están preparados
para todo.
Randy les vigiló. La primera que pareció comprender fue Elizabeth.
—¡Oh, Dios! —exclamó en voz baja. Entrelazó los dedos en el regazo y se quedó
pálida.
La cabeza de Dan se sacudió, una especie de temblor negativo. Miró a la botella y
al vaso semivacío de Randy sobre el mostrador.
—No habrás estado bebiendo, ¿verdad, Rándy?
—La primera copa de hoy… desde el desayuno.
—No creí que estuvieses bebido. Era sólo una vana esperanza. —La cabeza
masiva de Dan, con el pelo rojizo y áspero de sus sienes, se inclinó hacia delante,
como si su cuello ya no pudiese sostenerle—. Eso hace hipotético todo lo demás —

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dijo—. ¿Muy pronto?
—Mark no lo sabe y yo no puedo ni imaginarlo. Hoy… mañana… la semana que
viene… el mes próximo… en cualquier momento.
Lib miró su reloj.
—Dan noticias a las seis —dijo. Una radio portátil, no mayor que una copa de
coñac, estaba en un extremo del mostrador. Ella la puso en marcha.
Randy mantuvo el aparato sintonizado al V.S.M.F., la mayor estación comercial
del condado. La música de baile se desvaneció y la voz de Hendrix, el comentarista
de discos, anunció:
—Bueno, a todos vosotros, amigos, tengo que quitar la aguja del surco durante
cinco minutos para que las personas serias puedan enterarse de lo que se cocina en
torno al globo terráqueo. Así que, empecemos con el tiempo. El termómetro del
exterior de los estudios marca 16 grados y una décima y la predicción para Florida
Central es de buen tiempo con viento suave y moderado del este durante el día de
mañana y que no hay peligro de heladas en todo el martes. Va a ser un clima
estupendo para pescar, amigos, y para demostrarlo, he aquí una historia de tabares,
allá en el Lake Country. Jonas Corkle de Hyannir, Nebraska, pescó hoy un barbo de
casi seis kilos en Lake Dora, poniéndose a la cabeza del Torneo de Invierno de Lake
Country. Utilizó anguila negra como cebo. Un parte de U.P. desde Washington dice
que la marina ha ordenado acción preventiva contra aviones reactores no
identificados que han estado sobrevolando a la Sexta Flota en el Mediterráneo
Oriental. En Tropical Park hoy, Bald Eagle ganó el Coral Handicap por tres
cuerpos, pagándose a once sesenta. Careless Lady fue segunda y Rumpus, tercero.
Ahora, volviendo a las noticias de Wall Street, las acciones cerraron a diversos
cambios, subiendo las de proyectiles dirigidos y ferrocarriles, pero de una manera
moderada. Los porcentajes Dow-Jones…
Lib apagó la voz de Happy Hendrix.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
Randy se encogió de hombros.
—Es asunto del Mediterráneo. Ha ocurrido antes. Me imagino que es uno de los
peligros más graves. Nos hemos acostumbrado a las impresiones. Hemos sido
acondicionados. Estar al borde de la guerra ha sido nuestra postura moral —se volvió
a Dar—. Yo creo que deberíamos almacenar algunas medicinas… un equipo de
emergencia. ¿Que recetarías para la guerra, doctor?
Dan rebuscó en el bolsillo de su americana y sacó un bloque de notas. Avanzó
despacio y pareció muy cansado.
—Les daré a los dos algo —dijo, empezando a escribir—. Género que puedan
utilizar por sí mismos, sin mi ayuda. Y en cuanto a su madre, Elizabeth, botellas
extras de insulina. También pediré un poco de oranise de una farmacia en Orlando.
La farmacia local todavía no lo tiene.
—Pensé que usted había decidido no experimentar la droga con mi madre —

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comentó Lib.
—La insulina —contestó Dan, continuando escribiendo—, requiere refrigeración.
Dan dejó las recetas sobre el mostrador.
—Buenas noches —dijo—. Tengo que ayudar a nacer un niño en la clínica, a las
siete. Es una cesárea. La vida sigue. Por lo menos eso es lo que voy a creer hasta que
se demuestre lo contrario. —Se levantó y salió de la habitación.
Lib dio la vuelta al mostrador.
—Abrázame —pidió.
Randy la abrazó, la estrujó, extrañamente, sin ninguna pasión excepto miedo por
ella. De ordinario sólo tenía que notar su cuerpo próximo o pasarle los labios por
encima del pelo y oler lo que ella llamaba «Mi perfume seductor», para sentirse
excitado. Ahora sus brazos la arrollaban por completo en un sentido también por
completo protector. Todo lo que pedía era que viviese ella y vivir también él y que las
cosas permaneciesen igual por siempre.
La joven siguió rozando su suave cabeza contra la garganta de Randy. Ella no
decía que no. Pedia y rogaba porque el reloj se quedase quieto, lo mismo que Randy;
pero, como Mark dijo, eso iba contra la naturaleza.
La joven alzó la cabeza y gentilmente se apartó, diciendo:
—Gracias, Randy. Me das fuerzas. ¿No lo sabias? Ahora, ¿qué puedo hacer?
—Será mejor que vuelvas a tu casa y hables con tus padres.
—No creo que me crean. No prestan mucha atención a la situación internacional
y a mamá no le gusta ni siquiera hablar de nada desagradable.
—Probablemente no te crean, pero después de todo, no conocen a Mark. Háblalo
con tu padre, haciéndolo de manera que parezca una proposición comercial; dile que
es como tomar un seguro; de todas maneras, procura que las recetas de Dan se
cumplan.
—Mañana conseguiré las medicinas —contestó ella—. La comida no es
problema. Nuestra alacena no está exactamente vacía. ¿Qué vas a hacer, Randy? ¿No
sería mejor que descansases un poco si has de estar en el aeropuerto a las tres y
media?
—Lo intentaré. —La cogió de nuevo entre sus brazos y la besó, en esta ocasión
sin sentirse nada protector y ella respondió, sus temores contenidos.
Salieron de la casa cuando el sol rojo parecía distenderse y caer en el río allá
donde se unía con el amplio St. Johns. Ella subió al coche. El la volvió a besar.
—Si me necesitas, llámame.
—No te preocupes. Lo haré. Te veré mañana, Randy.
—Sí, mañana.

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III

A estas horas, cuando los cirros se extendían como cintas carmesí muy altos a
través del firmamento suroeste, en una especie de oscuridad que ni siquiera permitía
que la brisa agitase una hoja de musgo o las frondas de las palmeras, el día murió
tranquilo y hermoso. Esa era la hora de Randy, ésta y el alba, tiempo de quietud y de
paz.
Sus ojos quedaron atraídos por un movimiento en un macizo de turquesas a la
otra parte del camino y de nuevo vio al condenado pájaro. Podía haber muy poca
duda. Incluso a esta distancia, incluso sin binoculares, era capaz de distinguir los ojos
ribeteados de blanco. Moviéndose despacio y en silencio, saltando de arbusto en
arbusto, cruzó el césped.
Si atravesase el camino y el patio delantero de una identificación positiva.
Florence y Alice Cooksey le vigilaban. Florence le había estado observando
desde atrás de las persianas del dormitorio mientras él hablaba con la chica
McGovern y la besaba despidiéndose, una exhibición pública desagradable. Ella le
vigiló cuando estaba plantado en el camino, las manos en las caderas, solo, y durante
largo rato, inmóvil. Luego, de manera incrédula, le había visto inclinarse y avanzar
furtivo hacia ella y entonces fue cuando llamó a Alice.
—¡Ahí está! —dijo triunfante—. Ya te lo dije. Ven y cerciórate por ti misma. ¡No
hay duda de que es un fisgón!
Alice, mirando a través de los visillos, dijo:
—Creo que acecha a alguien.
—Sí, a mí.
Siguieron vigilantes mientras él cruzaba la calzada, poniendo los pies con cuidado
como un hurón a punto de lanzarse sobre su presa.
—¡La víbora! —exclamó Florence.
Llegó al césped de Florence y durante un momento se escondió detrás de un
macizo de lilas.
—Va a doblar este lado de la casa —anunció Florence—. Creo que será mejor que
lo vigilemos desde el comedor. —Entró corriendo a la estancia, Alice siguiéndola.
Inclinado, casi doblado, Randy avanzó desde las lilas hacia las turquesas. De
pronto se incorporó, lanzó un sombrero imaginario al suelo y Florence le oyó decir de
manera clara:
—¡Oh, maldición!
Al mismo tiempo vio a Anthony que sacudió la jaula en el porche posterior.
Anthony había regresado a su casa para pasar la noche. Luego oyó a Randy en la
parte trasera. Anthony chirrió. Randy juró y gritó:
—¡Eh, Florence!
Ella abrió la puerta de la cocina y contestó:
—¡Mire, Randolph Bragg, no voy a consentir más que esté husmeando en torno a

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la casa y mirándome mientras me visto! ¡Debería sentirse avergonzado!
Randy, con la boca abierta, estupefacto, miraba a los dos pájaros. Anthony, al
exterior de la jaula; Cleo, aleteando dentro.
—¿Es ése pájaro suyo? —preguntó. Señaló a Anthony.
—Con certeza que es mi pájaro.
—¿Qué clase de pájaro es?
—Oh, un tórtolo africano, claro.
Randy sacudió la cabeza.
—Soy un burro. Creí que era un periquito de Carolina. Mire, el periquito de
Carolina es, o era, nuestro pájaro nacional. No se ha encontrado ningún ejemplar
desde 1925. Suponen que la especie se ha extinguido. Si éste no es uno, reconoceré
que es verdad.
—¿Por eso ha estado usted espiándome? Le vi esta mañana, con anteojos.
—No la espiaba a usted, Florence. Espiaba a ese falso periquito de Carolina. —Se
fijó en Alice Cooksey de pie tras Florence, sonriendo. Alice era una de sus personas
favoritas. Realmente debería contar a Alica lo que Mark había predicho. Debía
también decírselo a Florence, pero esta última le miraba todavía trastornada y furiosa.
Por fin dijo—: Ahora, Florence, cálmese. Tengo algo importante que decirles.
—¡Admirador de pájaros! —gritó Florence. Le estrelló en las narices la puerta de
la cocina y entró corriendo en la casa.
Randy se metió las manos en los bolsillos y caminó hasta su hogar. El mundo
estaba realmente loco. Hablaría a Florence y Alice por la mañana, después de que la
primera se hubiese calmado.
En su cocina, Randy se preparó un bocadillo caníbal. Lib consideraba su
costumbre de comer de esa manera, sazonándolo todo con salsas picantes y mostaza y
poniendo la carne entre dos rebanadas de pan, como algo bárbaro. El le había
explicado que era la comida más sencilla que podía preparar un soltero perezoso para
hacer otra cosa y que además le gustaba.
Bajó trotando las escaleras y examinó las compras alineadas en las estanterías y
apiladas en las alacenas. Parte resultaba bastante exótico para una emergencia. Quizás
debería preparar un equipo de golosinas. Si ocurría lo peor, estas golosinas, más o
menos encubiertas, podrían ser sus raciones de hierro en un momento desesperado. Si
no pasaba nada, igual se conservarían. Seleccionó un tarro de extracto de buey inglés,
un paquete hermético de cubos de caldo, un bote de chocolatines suizos y una lata de
azúcar en terrones, un queso italiano en conserva y unas cuantas otras pequeñeces.
Las colocó en un cartón, envolvió este cartón en papel de estaño y se lo llevó al
apartamento. La cómoda de teca del despacho era un lugar estupendo para esconderlo
y olvidarse. Rebuscó por entre el cajón, apartando viejos documentos legales, fajos
abstractos de cartas, un paquete de dinero confederado, álbums de fotografías de
desnudos. El diario del teniente Peyton y media docena de libros infantiles…, todos
recuerdos de familia que no se creyeron de valor suficiente para ocupar un lugar en la

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caja fuerte, pero demasiado buenos, por otra parte, para ser echados a la basura… y
así hizo espacio en el fondo para las raciones de hierro.
A las siete en punto escuchó las noticias. No había nada extraordinario. Se dejó
caer en el diván del despacho, cogió una revista y comenzó a leer un artículo titulado:
«¡Próxima parada… Marte!». Al poco las letras le bailaron entre los ojos y se durmió.

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IV

Cuando son las siete de la tarde del viernes en Fort Repose son las doce en punto
de la mañana en el Mediterráneo Oriental, en donde el Grupo de Ataque 6, 7 giraba
hacia el Norte y se encaminaba a los estrechos mares entre Chipre y Siria. La forma
del grupo de ataque era un óvalo gigante, su periferia señalada por las estelas de los
destructores y de las fragatas de proyectiles dirigidos y de los cruceros. El centro del
Grupo de Ataque, 6, 7 y la razón de su existencia era el «U. S. S. Saratoga», una base
móvil nuclear. En el Centro de Información de Combate del «Saratoga» dos oficiales
contemplaban el brillante destello de un gran repetidor de radar. Parpadeaba una y
otra vez, como un ojito verde abriéndose y cerrándose. Interrogado por un impulso
amistoso de radar, no había replicado. Era hostil. Durante treinta y seis horas, desde
después de haber pasado Malta, el «Saratoga» se había visto ensombrecido. Este
pitido luminoso era la última descubierta.
—Es inútil enviar un avión de combate nocturno —dijo uno de los oficiales—.
Ese chisme es demasiado rápido. Pero un F-11-F podría capturarle. Así que será
mejor que le dejemos que se acerque más. Quizás lo hará lo bastante para que un
proyectil dirigido disparado del «Canberra» le alcance. Si no, al amanecer,
lanzaremos el F-11-F.
El otro oficial, un hombre mayor, capitán, frunció el ceño. No le gustaba arriesgar
su navío en una zona de maniobras restringida bajo la observación del enemigo.
Siempre pensaba que el Mediterráneo era una especie de saco, de todas maneras, y
que se acercaban al fondo de dicho saco.
—Está bien —dijo—. Pero asegúrese de que le cazamos mediante el radar antes
de que entremos en el golfo de Iskenderun.

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PARTE 4

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I

La batalla de Helen Bragg había pasado y ella la perdió. Los billetes estaban en su
bolso. Su equipaje —Mark les había hecho recoger casi todas las ropas que poseían y
pagó una suma considerable por el exceso de peso— estaba apilado en la carretilla
que ya giraba por el cemento, pisoteando la fina nieve. Ella había perdido, y sin
embargo quince minutos antes de la hora del despegue seguía protestando, no con la
esperanza de que Mark cambiase de idea. Era simplemente que se sentía triste y
culpable.
—Sigo sin creer que debo irme —dijo ella—. Me siento como una desertora.
Quedaron plantados juntos en el vestíbulo del terminal, una diminuta isla
olvidada de los seres humanos que la rodeaban. Su mano enguantada se cogía al
brazo de él, la mejilla de la mujer se apretaba contra el hombro del marido. El la
oprimió la mano y dijo:
—No seas tonta. Cualquiera que tenga sentido común se alejará de una zona de
blanco primario en un momento como éste. No eres la primera en marcharse ni
tampoco serás la última.
—Eso no justifica las cosas. Mi lugar está aquí contigo.
El la hizo darse la vuelta para que le mirase, así que su boca quedó a pocos
centímetros de la de Mark.
—Eso es. Pero no puedes quedarte conmigo. Si se produce lo que tememos yo
estaré en el Agujero, protegido por veinte metros de cemento y acero y de buena
tierra apisonada. Ahí está mi lugar y en ése tú no puedes estar. Deberías quedarte en
alguna parte de la superficie, expuesta. Si pudieses bajar al Agujero conmigo,
entonces te quedarías, cariño.
Eso era algo que no había dicho antes, un hecho que ella no había considerado.
De alguna manera la hizo sentirse algo mejor; sin embargo, siguió discutiendo,
aunque desanimada.
—Continúo pensando que mi trabajo está aquí…
Los dedos de él la silenciaron y cuando habló su voz era como una orden directa
y llana.
—Tu tarea es sobrevivir porque si no lo haces los niños no sobrevivirán. Esa es tu
misión. No hay otra. ¿Lo comprendes, Helen?
En el otro lado del triste terminal Ben Frahklin y Peyton recorrían el kiosco de
periódicos, cada uno con un dólar para gastar en caramelos, chiclé y revistas. Sabían
sólo que salían del colegio una semana antes y que iban a pasar las vacaciones de
Navidad en Florida. Eso es todo lo que Helen les había dicho y en la ilusión de hacer
las maletas y saludar a su padre, y luego hacer más maletas, no hubieron preguntas.
—Comprendo —contestó ella. Su cabeza cayó sobre el pecho de Mark—. Si este
asunto estalla y se disipa vendrás directamente a casa, ¿verdad?
—Seguro.

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—¿Me lo prometes?
—Ciertamente que te lo prometo.
—Quizás podríamos regresar a casa antes de que empiece el colegio después de
vacaciones.
—No cuentes con eso, cariño. Pero te llamaré cada día y en cuanto crea que la
cosa está segura, te daré el aviso.
El altavoz anunció que el vuelo 714 para Chicago, con enlace a otros vuelos hacia
el este y hacia el sur, estaba a punto de partir.
Los niños corren hasta ellos. Peyton llevaba un carcaj y un arco de flechas
atravesado en su hombro; Ben Franklin un trompo, y una caña de pescar, esto último
fue su regalo de Navidad de Randy, en el año anterior.
Mark les acompañó hasta fuera, por la Puerta 3. Cogió a Peyton y la sostuvo alta
un momento y la besó, desarreglándole su gorrita de punto roja.
—¡Mi pelo! —exclamó ella, riendo y su padre la dejó en el suelo.
Advirtió cómo otros pasajeros cruzaban la puerta. Se llevó aparte a Ben Franklin
y le dijo:
—Pórtate bien, hijo.
Ben le miró, sus ojos pardos turbados. Cuando habló su voz resultó
intencionalmente baja.
—Esto es una evacuación, ¿verdad, papá?
—Sí —era costumbre de Mark no decir nunca una mentira cuando respondía a
una pregunta de sus hijos.
—Me di cuenta nada más volver a casa, del colegio. De ordinario, mamá se
muestra emocionada y feliz por viajar. Hoy, no. No quería hacer las maletas; así que
lo comprendí.
—Me sabe mal enviaros lejos, pero es necesario. —Mirar a Ben Franklin era
como mirar una instantánea de sí mismo en un viejo álbum de fotos—. Tendrás que
ser el hombre de la familia durante una temporada.
—No te preocupes por nosotros. Estaremos bien en Fort Repose. Tú me
preocupas. —Los ojos del muchacho se arrasaban de lágrimas. Ben Franklin era un
niño de la era atómica, con mucho conocimiento.
—Estaré bien en el Agujero.
—No si… De todas maneras, papá, no tienes porque preocuparte por nosotros —
repitió.
Llegó el momento. Mark les acompañó hasta la puerta; el guante de Peyton en su
mano izquierda; Ben Franklin en su derecha. Helen se volvió y él la besó una vez más
y dijo:
—Adiós, cariño, te llamaré mañana por la tarde. Esta noche tengo servicio y
probablemente dormiré toda la mañana, pero nada más me levante te telefonearé.
Ella logró decir:
—Hasta mañana.

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Les contempló caminar hacia el avión, un pequeño desfile, que parecía salir de su
vida.

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II

A las nueve, Randy se despertó, consciente de media docena de problemas


acumulados en su subconsciente. El problema del transporte que había descuidado
por entero. Con certeza debería tener una reserva de gas y petróleo. La mitad de su
lista de verduras faltaba por comprar. No había cumplido con las recetas de Dan
Gunn. Tenía, sin embargo, que visitar a Bubba Offenhaus y recoger folletos de la
Defensa Civil. Entró en el cuarto de baño, encendió las luces y se lavó el sueño de los
ojos. ¡Luces! ¿Qué pasaría si las luces se apagaban? Varias cajas de bolas, dos
antiguas lámparas de petróleo y tres linternas estaban en una de las alacenas del piso
bajo, previsión contra la temporada de los huracanes.
Tenía otra linterna en su dormitorio y otra en el coche; añadió velas, petróleo y
baterías y pilas a su lista. Todo, excepto la gasolina, que tendría que esperar hasta
mañana, de todas las maneras. Con Helen para ayudarle a llenar las brechas, seria
fácil preparar todo lo esencial el sábado.
Se cambió de ropa, estremeciéndose. Las noches se hacían más frescas. Abajo el
termómetro marcaba 16 grados y subió el termostato. La casa de los Bragg no tenía
bodega… resultaban raras en Florida central… pero tenía una sala de calderas y
estaban eficientemente calentadas por petróleo. ¡Petróleo!
Dudaba que tuviese que preocuparse por petróleo. El tanque de combustible se
llenó en noviembre y hasta ahora el invierno fue suave.
En el garaje Randy encontró dos latas de gasolina vacías de veinte litros cada una.
Las puso en el portamaletas del coche y marchó a la ciudad.
La estación de Jerry Kling estaba todavía abierta, pero Jerry había apagado ya el
cartel luminoso y estaba haciendo arqueo de caja en la registradora. Jerry llenó el
depósito y las dos latas extra y cuando, pensándolo mejor, pidió veinte litros de
petróleo y cinco más de bencina, le sirvió.
Volviendo a River Road, Randy disminuyó la marcha al llegar a casa de los
McGovern. Todas las luces estaban encendidas. Entró por el sendero. Eran las diez y
media. No era necesario que partiese hacia el puerto de Orlando hasta las dos de la
madrugada.

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III

Casi amanecía en el Mediterráneo Oriental cuando el «Saratoga», aumentando la


velocidad en las estrechas aguas entre Chipre y el Líbano, catapultó a cuatro F-11-F
Tigers, los más rápidos aviones de combate de su dotación. Para entonces, el reactor
de reconocimiento que había sombreado al Grupo de Ataque 6, 7 a través de las horas
de oscuridad había desaparecido de las pantallas de radar. El estado mayor del
almirante estaba convencido de que otro ocuparía su lugar, como la mañana anterior,
pero este día el fisgón recibiría una sorpresa. La misión primaria del Grupo de Ataque
6,7 era apostarse en el golfo de Iskenderun y animar a los turcos, que estaban
sufriendo una pesada propaganda política. La seguridad de la fuerza armada quedaría
en peligro si su formación peligrosamente próxima, en esta zona confinada, resultaba
observada.
Del todo, con frecuencia, en las corrientes de la historia, la humanidad se veía
influenciada o cambiada por el carácter y las acciones de un hombre. En este caso el
hombre no era un oficial de Washington, o el almirante al mando del Grupo de
Ataque 6,7, ni siquiera el capitán del Comando Aéreo del «Saratoga». El hombre era
el alférez James Cobb, de apodo Peewee, el más joven y pequeño piloto del
Escuadrón de Combate 44.
El alférez Cobb fue destinado a misión de servicio de patrulla en esta mañana del
sábado simplemente porque le tocaba el turno. Tenía apenas uno sesenta y cuatro de
altura, pesaba cincuenta y seis kilos y parecía más joven que sus veintitrés años. Bajo
una pelambrera de corte militar, su cabeza roja parecía grande y desmesurada. Su
rostro estaba salpicado de pecas. En presencia de las chicas, era tímido hasta casi el
punto del pánico. En los maravillosos puertos de Nápoles, Niza y Estambul, se
distinguía como único piloto del 44 que nunca encontraba motivos para pedir una
noche de permiso en tierra.
Cuando se instaló en la cabina de su aeronave, todo el carácter de Peewee Cobb
cambió, como de costumbre. Nada más sus manos y sus pies estaban en los mandos,
era como si creciese y fuese más rápido que su avión de combate supersónico y más
potente que el armamento del aparato. Como compensación para las deficiencias
físicas externas tenía el don de reacciones soberbias y de una gran vista. Estaba
considerado como superior en cohetes y artillería. Experimentaba una fiera emoción
al lanzar a su F-ll-F a través del mach y hasta el límite de su capacidad. Podía
adelantar a cualquiera de la escuadrilla, incluyendo al teniente andante que la
mandaba y que una vez dijo:
—Peewee puede ser un ratón en el navío, pero es un tigre en un Tiger. Si lo envío
arriba con órdenes de derribar la luna, lo intentaré.
Ahora, por primera vez, Peewee Cobb volaba CAP bajo condiciones de guerra, no
habiendo combate armado con cohetes vivos y sí órdenes de interceptar y destruir a
un fisgón si aparecía. Subiendo rápido en la oscuridad, rezó porque el intruso

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apareciese, que intentara penetrar en su sector. Si lo hacía, nadie se reiría de su
tamaño, de su voz chillona, de su cara, o de su torpeza efectiva con las mujeres.
Peewee Cobb tenía un nombre en clave, Girasol 4, instrucciones de volar en
órbita sobre una área del mar que iba desde Haifa hasta la proa del Grupo de Ataque
6,7. Si el avión reactor de reconocimiento hostil venía de una base de Egipto a
Albania, estaría en posición de interceptarlo. Su aparato estaba armado con
sidewinders cohetes ingeniosos de una sola idea fija, localizadores de calor. El morro
de un sidewinder era sensitivo a los rayos infrarrojos de cualquier fuente calorífica.
Peewee había disparado dos en ejercicios de prácticas. No sólo había destruido los
blancos, sino que sin equivocación se perdieron por las tuberías de escape de los
cohetes enemigos, de las toberas de los cohetes.
A diez mil metros, Peewee juzgó que habían llegado a su punto y llamó pidiendo
una fijación de radar. El crucero lanzaproyectiles dirigidos «Canberra», el navío más
próximo de la formación, confirmó su posición. Mientras daba vueltas en círculo, el
cielo hacia el sureste se iluminó. Cuando el sol tocó las puntas de sus alas el mar
abajo seguía oscuro. Entonces, gradualmente, la forma del color del mar y la tierra se
hicieron evidentes. Se sentía por entero solo y parte de esta transformación, como si
lo vigilase desde un planeta distinto. Revisó su mapa. Lejos, hacia el este, divisó
Monte Carmelo y un río y más allá, estaban las colinas del elegido, también llamadas
de Armagedó. Continuó en su órbita.
Sus auriculares crujieron y él reconoció la llamada del «Saratoga». La voz del
controlador de combate dijo:
—Girasol 4, tenemos una señal. El está en los ángulos veinticinco, su velocidad
quinientos nudos. Su curso e intercepción es de treinta grados. ¡A por él!
Así que el fisgón estaría al norte suyo y corriendo costa arriba, esperando
alcanzar el flanco del grupo de ataque y observarlo por radar desde una posición
cerca del territorio amigo de Siria. Peewee se encaminó hacia el lugar indicado y
puso sus motores al noventa y nueve por cien de su potencia. Se deslizó por los mach
con un ligero y emocionante temblor; cada quince o veinte segundos hacía pequeñas
alteraciones de rumbo en respuesta a las instrucciones del «Saratoga», que tenía en
sus pantallas a ambos aviones.
Entonces lo vio, destello del sol sobre el metal, picando a gran velocidad.
Hizo bajar el morro del tiger y le siguió, informando:
—Me acerco al blanco.
Tocó el interruptor que armaba sus cohetes y otro que servía para el mando
manual.
La caza le hacía bajar hasta tres mil metros y su adversario seguía perdiendo
altitud. Era un reactor de dos motores, un IL-33, creía Peewee, y notablemente rápido
a tan escasa altura. No había duda que el espía se había dado cuenta de que le
perseguía, porque una aeronave de reconocimiento estaría equipada con radar. Se
mantuvo firme al Mach 1,5, pero la proporción de su acercamiento disminuyó.

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Muy lejos Peewee vio el puerto de Siria llamado Latakia, famosamente
convertido en una importante base de submarinos rojos. Al cabo de pocos segundos
estaría en agua territoriales sirias y unos pocos más le llevarían sobre el propio
puerto.
En este punto Peewee debió haber abandonado la caza, porque tenía órdenes
estrictas, en las instrucciones, de no violar las fronteras de nadie. Siguió adelante. Al
cabo de otros pocos segundos…
El avión espía giró violentamente a la derecha, encaminándose al puerto y a sus
baterías cohete y antiaéreas y quizás al santuario de un aeropuerto en las oscuras
colinas y las dunas del más allá.
Peewee hizo volver al F-ll-F interiormente, acortando al instante la distancia.
Oprimió el botón de disparo.
El sidewinder, dejando unas débiles estelas de humo del tamaño de un lápiz, se
precipitó al ataque.
Durante un momento el sidewinder pareció seguir certeramente el vuelo del espía.
Peewee esperó a que se colocara siguiendo la estela de uno de los motores a reacción.
Entonces el sidewinder pareció agitarse en su rumbo.
Peewee creyó, aunque no podía estar seguro, que el avión espía había cortado los
motores y planeaba. Siguiendo al sidewinder, Peewee perdió de vista al otro aparato.
El sidewinder se lanzó hacia tierra, en dirección al muelle en su zona de Latakia.
Parecía como si persiguiese a un tren.
A aquel loco, pensó Peewee.
Hubo una llamarada y una hermosa bola de humo pardo y negros pedazos de
cascotes subiéndole al encuentro. Peewee aceleró más y se alejó ascendiendo,
comprimido dentro de su traje espacial y momentáneamente perdiendo la visión.
Luego la onda expansiva le alcanzó por la parte de atrás y se vio de nuevo sobre el
Mediterráneo. Pedía un vector para volver a su navío cuando otro destello se reflejó
en su panel de instrumentos. Se volvió para mirar atrás y vio una nube negra, rojas
llamas en su base, alzándose desde Latakia.
Quince minutos más tarde el alférez Cobb, las pecas destacando en su rostro
pálido como manchas de tinta, estaba en presencia del almirante jefe del «Saratoga»
tratando de explicar lo que había ocurrido.

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IV

Randy Bragg se detuvo en el patio trasero de casa de los McGovern,


preguntándose si debería entrar. No era estrictamente popular con los viejos
McGovern, motivo por el cual Lib le visitaba más a menudo que él iba a casa de ella.
Cada vez que entraba en el hogar de los McGovern Randy se sentía como si se
metiese en un enorme almacén y entrara directamente al escaparate. Toda la parte
delantera de la casa, que daba al Timucuan, era de cristal sostenido por finas vigas de
acero inoxidable y cada pieza de mueble parecía nueva, como si tuviese aún la
etiqueta del precio y la garantía estuviera atada todavía a una de las patas. La propia
familia McGovern había meditado el plan básico, colaborando con el arquitecto, y
supervisó la construcción. El arquitecto, pretextando el encargo de construir un hotel
en Miami, devolvió parte de sus honorarios y se ausentó de Fort Repose antes de que
se acabara el edificio.
En su primera visita Randy no había podido soportar a Lavinia. Ella le llevó a lo
que solía llamar «La gran vuelta», mostrándose orgullosa de las múltiples estufas que
aseguraban una constante temperatura todo el año; la magnífica cocina con hornos
eléctricos y hornillos operados desde un control central; los graciosos agujeros del
techo que esparcían suave luz sobre la mesa del comedor, el bar, la mesa de bridge y
estratégicamente el punto más íntimo y abstracto de la vivienda; las pantallas de
televisión incrustadas en las paredes de los dormitorios, sala de estar, comedor e
incluso cocina; y el cuarto de baño principal sin bañera, con una especie de piscina
que se extendía de pared a pared y un diminuto jardín interior. No había chimeneas
que ella llamaba «productoras de estorbos y molestias», ni estanterías, que
consideraba «Rincones de polvo». Todo era nuevo, moderno y funcional.
—Cuando vinimos aquí —decía Lavinia—, nos desembarazamos de todo lo que
teníamos en Shaker Heights y empezamos de nuevo, completamente de nuevo. ¿Ve
cómo he hecho que el río nos bañe los pies? —señaló el mirador de cristales—. ¿Qué
le parece?
Randy trató a la vez de mostrarse sincero y prudente.
—Me recuerda una ilustración sacada de la revista «El Hogar Moderno». pero…
—¿Pero? —preguntó Lavinia, nerviosa.
Randy, dándose cuenta de que trataban de ayudarle, destacó que los meses de
verano los rayos directos del sol cruzarían por las paredes de cristal, y que el calor de
la tarde sería insoportable por muy grandes y eficientes que fuesen los sistemas de
aire acondicionado.
—Me temo que en verano tendrán que cerrar toda el ala suroeste de la casa —
dijo.
—¿Hay algo más que le parezca mal? —preguntó Lavinia, su voz peligrosamente
dulce.
—Bueno, sí. Ese cuarto de baño interior es encantador y original, pero en

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primavera será el camino libre para que entren los mocasines y las serpientes de agua.
En las noches frescas se dejarán caer en el agua y nadarán o se arrastrarán hacia el
interior de la casa.
En este punto Lavinia lanzó un grito y se cogió la garganta como si se ahogase, y
su marido y su hija casi la tuvieron que llevar a rastras a su dormitorio. Al día
siguiente los fontaneros y albañiles volvieron a remodelar la bañera, eliminando su
característica exterior. Más tarde, Lib explicó que su madre tenía miedo a las
serpientes y que era la única responsable del diseño de la casa. Randy nunca se sentía
cómodo en presencia de Lavinia después de aquello. Y Lavinia, mientras trataba de
ser graciosa algunas veces, se debilitaba al verlo llegar.
Las relaciones de Randy con Bill McGovern eran un poco mejores. En una
ocasión, después de unas cuantas copas de más, estuvo en desacuerdo con el señor
McGovern en cuestión política, social y económica. Puesto que Bill durante muchos
años había sido presidente de una empresa fabricante que empleaba seis mil personas,
muy pocos de los cuales estaban en desacuerdo con él en nada, se sintió ofendido y
furioso. Consideró a Randy como un joven holgazán e insolente, un ejemplo de la
decadencia en la que una vez puede caer una buena familia y un cabezota tristemente
tozudo, por lo que tuvo que informar a su hija en tal sentido.
Así que Randy, sentado en su coche, dudaba. Estaba seguro de ser fríamente
recibido. Lib no esperaba verle hasta el día siguiente, pero tuvo el presentimiento de
que ahora la joven le necesitaba. Se imaginó una discusión considerable que tenía
lugar dentro. Lib se vería verbalmente vencida por su padre y el aviso de Mark no
tendría objeto. Randy bajó del coche.
Lib abrió la puerta norte antes de que llamase.
—Me pareció oír un coche en el patio —dijo—. Me alegro que seas tú. Tengo
dificultades.
Bill McGovern estaba de pie en la sala de estar, envuelto hasta los tobillos con
una bata blanca, sonriendo como si todo fuese gracioso. Lavinia McGovern, los ojos
hinchados y las mejillas de un rosa pálido, estaba en una mecedora, se llevaba un
pañuelo a la nariz. Bill era calvo, cuadrado de hombros y bastante alto. Tenia la nariz
curva y su barbilla prominente y fuerte.
En aquella especie de albornoz y con los pies metidos en sandalias de cuero, tenía
el aspecto de un césar colérico.
—¡De modo que aquí viene nuestro local Paul Revere! —saludó a Randy—.
¿Qué trata de hacer, asustar a mi esposa e hija para que se mueran?
Randy lamentó haber entrado, pero ahora no veía ya manera de ser otra cosa que
no fuese sincero.
—Señor McGovern… —dijo…, de ordinario se dirigía al padre de Lib
llamándole Bill—, no es usted tan listo como yo creí. Si le di un aviso de buena tinta
debió escucharlo. Y no me refiero a un aviso de compra de acciones o cosa por el
estilo. Esto es mucho más importante. Creí que le hacía un favor —se volvió para

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marcharse.
Lib le rozó el brazo.
—¡Por favor, Randy, no te vayas!
—Elizabeth —cuando sus padres estaban presentes siempre la llamaba Elizabeth
—, dejaré las cosas tal y como están. Si me necesitas, llámame.
Lavinia comenzó a olisquear audiblemente. Con voz preocupada Bill dijo:
—Vamos, no tanta prisa ni tanto amor propio, Randy. Lamento haber sido brusco.
Hay ciertas cosas que usted comprende.
—¿Como qué? —preguntó Randy.
La voz de Bill era conciliatoria.
—Siéntese y le explicaré.
Randy continuó de pie.
—Soy dos veces más viejo que usted —dijo Bill—, creo saber más que usted lo
que pasa en este mundo. Después de todo, conozco a unos cuantos hombres
destacados… los mayores. Todas estas escaramuzas de guerra están provocadas por
el Pentágono… no quiero ofender con ello a su hermano… para conseguir mayor
presupuesto y tener más amistad con los países de Europa y en subir los impuestos.
Es todo parte de la maldita política inflacionaria creada para engañar a la gente,
rebajar las pensiones y aumentar desmesuradamente los impuestos. Ahora sé que su
hermano cree que hace bien, y le agradezco que se lo dijese a Elizabeth. Pero lo más
probable es que su hermano se haya visto engañado, también.
—¿Ha escuchado usted las noticias de los últimos días?
—Sí. Oh, reconozco que la cosa tiene mal aspecto en Oriente Medio, pero no me
asusta. Quizá tengamos alguna escaramuza o una guerrita sin importancia, como la de
Corea, claro. Pero ninguna conflagración atómica. Nadie utilizará bombas atómicas,
como nadie utilizó el gas en la última guerra.
—Usted lo garantiza, ¿eh, Bill?
Bill entrelazó las manos a su espalda.
—No puedo garantizarlo, claro, pero el otro día estuve hablando con el señor
Offenhaus. Debe conocerle. Dirige la defensa civil, aquí. Bueno, no está preocupado;
dice que el único peligro real a que nos enfrentamos es vernos arrollados por la gente
de Orlando y de Tampa. Ni siquiera cree que haya mucha posibilidad de eso. Fort
Repose no está ahora en ninguna autopista importante. Pero dice que tendremos que
cuidarnos de los turistas y mantenerlos bajo control.
—¡Por favor, Bill! —exclamó Lavinia—. ¡Di la verdad, refiérete a los negros!
—¡Los negros, pues, infierno! Los morenos son propensos al pánico y al pillaje.
Oh, los negros locales, como Daisy, nuestro cocinero, y Missouri, la mujer de la
limpieza, son buenas personas. El señor Offenhaus hablaba de los trabajadores
emigrantes, los que vienen a la cosecha de naranjas, etc. Así que, si el señor
Offenhaus no está preocupado, yo tampoco lo estoy. El señor Offenhaus me parece
un sólido hombre de negocios.

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Randy sabía que Offenhaus fue nombrado para dirigir la Defensa Civil porque
poseía las únicas dos ambulancias, que con la suma de contratista de trabajo para los
negros, doblaba sus ingresos en Fort Repose.
—¿Le habló usted de una caída? —preguntó.
—Bueno, no lo hice —contestó Bill—. El señor Offenhaus dice que le han
enviado más folletos de Washington, pero que no los entrega porque son demasiado
engorrosos. Dice, ¿para qué preocuparse de algo que uno no puede ver, sentir, oír u
oler? Dice que es tan malo asustar a la gente como matarla con radiaciones y yo debo
añadir que estoy de acuerdo.
—Si eso viene —intervino Lavinia—, supongo que tendremos racionamiento
como la última vez y toda clase de dificultades. Bill, ¿no crees que debiéramos…?
no, no pensaría en ello. Por favor, no hablemos más de ese asunto. Es horrible. —Se
secó los ojos intentando sonreír—. Randy, ¿cuándo llegue su cuñada no querrá traerla
un día a cenar? Después de todo, podríamos jugar al bridge. ¿Le gustaría ahora echar
una partidita de Ruber? Sé que tiene que quedarse para salir más tarde a recibir el
avión y yo estoy demasiado excitada para dormir.
—Estoy convencido de que Helen se mostrará encantada de venir, a cenar —dijo
Randy—. En cuanto al bridge, aceptaré en una tarde de lluvia. En casa me quedan
unas cuantas cosas que hacer. Buenas noches, Lavinia. Siento haberla transtornado.
Lib le acompañó al coche.
—¿No fui muy lejos, verdad? —preguntó Randy.
—Hiciste que papá pensase y eso basta.
En el cielo percibió los motores de varios reactores. En aquella noche, la luna
estaba en uno de sus cuartos, casi a punto de ser llena. Alzó los ojos y al no ver nada
se dio cuenta de que los aviones eran militares, demasiado altos para que se les viesen
las luces en contraste con el brillante cielo. Cualquier noche si escuchaba un ratito,
podía oír a los B-52 y 47 y 58, pero en esta ocasión parecían haber más aparatos
volando.
—¿De dónde son? —preguntó Lib—. ¿Qué están haciendo?
—Me imagino que son de McCoy y Eglin —contestó Randy—, y no creo que
vayan a ninguna parte. Sólo están dando vueltas por ahí porque se encuentran más
seguros en el aire que en tierra. Cuando se les oye flotar por los alrededores, a esa
altura, uno sabe que todo va bien.
—Comprendo —dijo Lib. Por segunda vez, la besó dándole las buenas noches.

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V

Cuando llegó a casa era casi medianoche. Se acomodó y, bostezando, puso la


radio sintonizando la emisora de Orlando para recibir el último boletín de noticias.
Las palabras del locutor le despertaron súbitamente:
—«De WASHINGTON… LA RADIO OFICIAL Arabe, en una emisión de
Damasco, dice que aviones de un portaaviones americano están conduciendo un
violento ataque de bombardeo en la bahía de Latakia. Esta noticia llegó a
Washington hace pocos minutos. El Pentágono no ha mostrado reacción, puesto que
a esta hora de la noche su personal es bastante reducido. Sin embargo, se informa
que altos jefes del Departamento de Defensa… y de la Marina han sido convocados a
una conferencia urgente. Daremos más detalles en cuanto los recibamos de nuestra
redacción de Washington. He aquí el texto de la nota oficial árabe radiada: “Sobre
las seis y media de esta mañana —por favor, recuerden que es por la mañana en el
Mediterráneo Oriental, puesto que lleva siete horas por delante del Tiempo Medio de
América Occidental—, un aparato reactor volando bajo, del tipo autorizado en los
portaaviones de los Estados Unidos y llevando la insignia de dicha nación,
brutalmente y sin previo aviso bombardeó la zona portuaria de Latakia. Se informa
que las bajas civiles son altas y que muchos edificios arden”. «Este fue el texto del
boletín árabe y cuantas noticias tenemos hasta el instante. Latakia es el puerto más
importante de Siria. En los últimos años ha sido fortificado concienzudamente y se
ha construido una base de submarinos bajo la dirección de técnicos rusos. Se le
considera, generalmente, como una de las bases navales antioccidentales más
potentes del Mediterráneo. Se sabe que unidades de la Sexta Flota de los Estados
Unidos están ahora en el Mediterráneo Oriental y que estas unidades habían sido
seguidas por aviones rápidos no identificados…».
El locutor siguió con otras noticias y el teléfono de Randy sonó.
Lo tomó, irritado. Era Bill McGovern.
—¿Oyó las noticias? —preguntó Bill.
—Sí. Estoy tratando de conseguir más detalles.
—¿Qué le parece?
—Todavía no tengo opinión. Quiero oír nuestra versión del incidente.
—Me parece como si estuviésemos empezando una guerra preventiva —afirmó
Bill.
—Yo no creo eso ni un momento —contestó Randy—. No se previene una guerra
empezándola.
—Bueno, ya veremos lo que ocurre por la mañana.

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VI

Mark Bragg se perdió el primer boletín de noticias de Latakia. En aquel momento


estaba arreglando la casa antes de marcharse en coche a Offutt para asumir la
dirección del análisis de Inteligencia en el Agujero. Había sido llamado desde Puerto
Rico porque el comandante en jefe del C.E.A., general Hawker, notaba en esta nueva
crisis la necesidad de tener a su lado a los miembros veteranos de sus servicios de
Operación e Inteligencia para que mantuviesen un servicio de vigilancia y guardia
durante las veinticuatro horas del día. Ningún ataque se planea para ser realizado
contra la víctima el quinto día, o a las cuarenta horas de la semana; así que Hawker
dividió a sus oficiales de mayor experiencia en tres turnos cubriendo todo el día.
Mientras el oficial de Inteligencia del C.E.A., tercera categoría, empleaba el turno
dos, junto con su delegado, ambos brigadieres al coronel Bragg, naturalmente, le tocó
el turno más pesado… desde medianoche hasta las ocho de la mañana.
A las once de la noche, hora de Omaha, mientras la emisión de Damasco era
repetida por todo el mundo, Mark se encontraba en la habitación de los niños,
sintiéndose como un intruso. Era el silencio lo que le incomodaba. Se vio andando de
puntillas, escuchando los sonidos inexistentes. La casa estaba tan quieta, como los
bosques del norte en invierno, cuando todas las criaturas se han ido.
El cuarto de Ben Franklin parecía como si hubiese sido saqueado por una bandada
de monos más que porque un niño de trece años hubiese hecho las maletas. Mark
cerró los cajones de la cómoda, recogió corbatas, perchas y desparejados zapatos y
calcetines. Supuso que todos los chicos eran así. La habitación de Peyton no parecía
distinta de si aquél hubiera sido un día corriente, como si la muchacha hubiese sido
invitada a una fiesta en casa de una amiga y tuviera que regresar por la mañana. Su
cama estaba intacta, sin una arruga en la colcha y el peludo osito de juguete, en cuyo
interior se guardaban sus pijamas, descansaba precisamente en el centro del lecho,
como de ordinario. La niña se lo había olvidado. Su colección de muñecas,
curiosamente puestas derechitas ocupando un tercio de las estanterías, formaban una
especie de público silencioso. Ante su también silenciosa inspección. Peyton no había
podido llevarse a Florida las muñecas. Quizás era ya mayor para esos juguetes. O
quizás no se dio cuenta, al dejarlas, que podría ser para siempre. Su escritorio estaba
limpio, los lápices alineados como un pelotón de soldados, los libros del colegio
formando una pirámide. Los cogió y los bajó al piso principal. Los enviaría por
correo desde Offutt por la mañana, después de salir de servicio. Peyton era una chica
atenta y pensativa, que se parecía en carácter y temperamento, a su madre. La quería.
Quería a los dos niños. Habían sido unos hijos muy satisfactorios. La casa,
intolerablemente tranquila. En todo el hogar el único sonido el tictaquear de los
relojes.
Conduciendo hacia Offutt y hacia su trabajo, Mark se sintió mejor. Cuando se
metió en la autopista de cuatro vías que corría al sur hasta la base vio que eran las

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once y media y puso la radio del vehículo. Entonces se enteró de la acusación árabe
sobre el bombardeo de Latakia por aviones americanos y, además, de una extraña
afirmación de Washington: «Un portavoz del Departamento de Marina», anunciaba el
locutor, «niega que haya habido ningún ataque intencional en la costa de Siria».
Mark pisó el acelerador y miró cómo la aguja del taquímetro pasaba del ciento
veinte. Al dar una curva las ruedas posteriores patinaron. Hielo. Se esforzó para
concentrarse en la conducción. Pronto conocería todo cuanto sabía la Inteligencia
Americana y las redes radiofónicas de todo el mundo, por todas partes. Mientras era
inútil imaginarse cosas, o terminar en una cuneta, siendo una baja inútil sin ningún
Corazón Púrpura.
Veinte minutos más tarde Mark entró en la Sala de Guerra, a unos diez y seis
metros por debajo de la superficie terrestre. Parpadeando ante la luz artificial brillante
y sin sombras, miró a los paneles de los mapas. Nada sobresaliente. Entró en las
oficinas de A-2, Inteligencia. En el despacho interno Dutch Klein, comisario A-2 e
impetuoso general cuarentón, esperaba su relevo. Una cafetera eléctrica despedía
vapores sobre el escritorio de Dutch. Dos ceniceros estaban llenos de aplastadas
colillas. Dutch había estado atareado.
—Me imagino que has oído las noticias —dijo Dutch.
—Sí, por la radio. No es cierto, ¿verdad?
—¡Es fantástico! —Dutch tocó un manojo de mensajes descifrados en papel rojo,
indicando su alta prioridad y puestos sobre el escritorio—. Hace dos horas la Sexta
Flota lanzó aviones de combate para interceptar a un reactor espía. Un alférez del
«Saratoga»… fíjate, un alférez… divisó al enemigo y le persiguió por todo Levante.
Se cerró sobre Latakia y disparó un pájaro. No ha quedado claro si fue un error
humano o un cohete errante. De cualquier manera, todo estalló. —Dutch, un hombre
muscular, en forma de barril con un rostro redondo y colorado, gruñó y se arrellanó
en su sillón.
Automáticamente las fortificaciones de la zona portuaria de Latakia aparecieron
claras en el cerebro de Mark.
—Grandes almacenes de minas convencionales, torpedos y munición —dijo—.
De ordinario tienen de cuatro a ocho submarinos en los nuevos muelles y un par de
cruceros y navíos de escolta en el puerto —dudó, pensando en algo peor—. El fuego
y la explosión han podido disparar armas nucleares, si estaban ya montadas y prestas
para el combate. Eso pudiera ser. ¿Tú qué opinas?
—La peor locura de todo nuestro historial —dijo Dutch—. Me alegro que la
cometiese la Marina y no nosotros.
—Me refiero, ¿cómo te imaginas que reaccionarán los rusos? —Mark formuló la
pregunta no porque pensase que Dutch podía dar respuesta, sino como una catálisis
de su propia imaginación. La Inteligencia no era el interés principal de Dutch.
Ascendiendo hasta las dos estrellas y al mando de una división aérea, Dutch se vio
obligado a asimilar dos años de estado mayor, como parte de su instrucción. Para

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Mark, el trabajo de Inteligencia, con todas sus facetas políticas y sicológicas, era en si
una carrera. Le gustaba, le agradaba la capacidad de agitar un puñado de prominentes
hechos sin relación alguna hasta que congelaban en un sistema que apuntaba como
una flecha al futuro.
—Quizás les haga perder el equilibrio —dijo Dutch.
—Puede que trastorne su plan de operación cronométrico —asintió Mark—, pero
me temo que no sea así. Puede que le dé a Greenwich un «Casus belli», una excusa.
Dutch se incorporó en la silla, levantándose.
—A ti te lo dejo. El comandante en jefe estuvo aquí hasta hace unos minutos.
Dijo que se iba a dormir porque quizá mañana fuese todo más escalofriante. Si
ocurren acontecimientos políticos importantes tienes que llamarle. Operaciones
manipulará el estado de alerta, como siempre.
Durante treinta minutos Mark se concentró en la pila de informes recibidos de la
NATO, Nápoles, Filipinas, Frontera Marítima Oriental y los sumarios del Comando
de Defensa Aérea y del CIA. Cuando estaba al corriente de la situación cruzó de la
Sala de Guerra a Control de Operaciones.
El oficial de servicio era Ace Atkins, un antiguo piloto de combate, y, como
Mark, coronel de graduación. Le llamaban Ace (As) porque lo fue, en dos guerras. A
causa de su valor demostrado y absoluta frialdad, estaba ocupando aquel escritorio,
con el teléfono rojo a pocos centímetros de sus dedos. Una palabra cifrada en el
teléfono rojo de Ace haría que dos mil bombarderos del C.E.A. partiesen y que
comenzase la cuenta inversa en los emplazamientos de proyectiles dirigidos. Si se
pronunciaba otra palabra bien dicha por el general Hawker o con su autoridad, se
provocaría el ataque.
Ace, ligero y delgado, alzó la vista y dijo:
—Bienvenido al manicomium. —La Sala de Control, separada de la Sala de
Guerra por un grueso vidrio, estaba profundamente en silencio.
—Estoy preocupado —contestó Mark—. Desearía que Washington hubiese dado
a la luz una completa declaración. Tal y como están las cosas, la mayor parte del
mundo creerá que atacamos Latakia deliberadamente.
—¿Y por qué los de Información de la Marina no ceden?
—Quieren. Necesitan soltarlo pronto. Pero son un escalón bajo y ya conoces
Washington.
—No muy bien.
—Yo a la perfección —afirmó Mark—, y creo que soy capaz de imaginarme lo
que está pasando. Todo el mundo quiere sacar tajada porque la cosa es importante,
pero por la misma razón nadie quiere hacerse cargo de la responsabilidad. Los PIO de
la Marina probablemente llamaron a un Secretario Ayudante, y el Secretario
Ayudante llamó al Secretario y el Secretario con toda probabilidad llamó al Secretario
de Defensa. Para ese tiempo la Agencia de Información y el Departamento de Estado
estaban mezclados. Ahora cuanta más gente se levante, y se convoca a mayor número

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de personas —Mark miró a los relojes, por encima de la Sala de Guerra, más altos
que los mapas, expresando la hora en todas las zonas desde Omsk a Guam—. Son las
dos de la madrugada en Washington. Como cada cual da su visto bueno a la noticia y
resulta que es preciso consultar con alguien más. Eventualmente sacarán de la cama
al Secretario de Estado y luego al Secretario de Prensa de la Casa Blanca. Quizás
despertarán al Presidente. Hasta que eso ocurra, no creo que se produzca ninguna
declaración completa.
—¡Dios mío! —exclamó Ace—. Eso parece terrible.
—Lo es, pero lo que más me preocupa es Moscú.
—¿Qué dice Moscú?
—Ni palabra. Ni un susurro. De ordinario radio Moscú estaría gritando muerte
sanguinaria. Eso es lo que me preocupa. Mientras la gente habla no pelea. Cuando
Moscú deja de hablar, me temo que lo hace porque está actuando. —Mark tomó un
cigarrillo de los de su amigo y lo encendió—. Creo que las posibilidades están
sesenta a cuarenta de que ya han empezado su cuenta inversa.
Los dedos de Ace acariciaron el teléfono rojo.
—Bueno —dijo—, nosotros estamos preparados como nunca lo estuvimos. El
catorce por cien de la fuerza está en el aire ahora y el otro diez y siete por cien alerta.
Estoy preparado para mantener la proporción hasta que nos releven a las ocho. ¿Qué
tal te parece, Mark?
Como siempre la responsabilidad de actuar residía en los A-3. Mark Bragg, como
A-2, sólo podía aconsejar.
—Es un lindo gran esfuerzo —dijo—. Uno no puede mantener a toda la fuerza en
el aire o alerta a cada instante. Lo sé y, sin embargo… —se desperezó—. Volveré a
mi cueva y veré qué otra cosa más sucede. Comprobaré contigo dentro de una hora.
En su escritorio, Mark encontró copias de tres despachos más urgentes. Uno, del
Agregado del Aire en Ankara, informando que un reconocimiento aéreo ruso estaba
produciéndose en la frontera de Azerbaijan. Otro del Departamento de Marina,
indicando haber divisado submarinos a doscientas millas de Seattle, definitivamente
no propios. El tercero, recibido de Londres por el Departamento de Estado con
clasificación del más alto secreto, decía que Downing Street había utilizado a la RAF
para armar inmediatamente proyectiles dirigidos de largo alcance, incluyendo el
Thor, con cabezas nucleares de guerra.
Dentro de una hora el avión de Helen aterrizaría en Orlando. Al cabo de ciento
veinte minutos, si el aparato llegaba a tiempo, Helen y los niños estarían en una zona
de comparativa seguridad. Mark rezó para que durante las siguientes dos horas, por lo
menos, no ocurriese nada más. Se agarró con fuerza al pensamiento de que, mientras
no hubiese guerra, siempre había una posibilidad de paz. Al pasar los minutos y las
horas y no llegar noticias de Moscú, sintió más y más seguro que un golpe de maza
había sido ordenado. Diagnosticó esta inteligencia negativa como más ominosa que
casi algo que pudiera haber ocurrido y decidió despertar al general Hawker, si

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persistía.

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VII

A las tres y media de la madrugada Randolph Bragg esperaba en el terminal aéreo


de Orlando el vuelo de Helen. Con sólo unos cuantos coches nocturnos, todos
autobuses, que se dirigían a varias partes de Nueva York, más el que no tenía parada
prominente de Chicago, el edificio estaba casi vacío, excepto por unas cuantas
mujeres de limpieza. Cuando vio las luces de aterrizaje de un avión. Randy salió
hasta la verja. En el otro lado del campo, cerca de los hangares militares utilizados
por el Comando de Rescate Aire-Mar divisó las siluetas de los B-47, parte del ala de
McCoy, dedujo, utilizando este campo, de acuerdo con el plan dispersorio. Los
hangares militares y el edificio de Operaciones estaban brillantes de luz, lo que a
estas horas no era nada corriente.
El gran transporte llegó por su pista, acercándose a la parada de taxis, girando y
deteniéndose ante él y apagando los motores. Vio que bajaban sólo unas pocas
personas. La mayor parte iría a Miami. Divisó a Peyton y a Ben Franklin bajando por
la escalerilla. Ben, llevando incongruentemente un abrigo; Peyton, portando un arco,
un carcaj de flechas sobre su hombro. Después vio a Helen y ella le agitó la mano y él
corrió a su encuentro.
Randy alborotó el pelo de Ben Franklin. Los chicos tenían ojeras y parecían
cansados. Se agachó, besó a Peyton y la alivió de la carga del arco y de las flechas.
—Es que estuvo viendo a Robin Hood —dijo Helen—. Se cree que es Maid
Marion.
Helen llevaba un largo abrigo de cachemira y una capa de pieles sobre el brazo.
Parecía fresca, como si empezase una jornada en vez de completarla. Era ligera —
Mark a veces decía de ella que era «Mi Venus de bolsillo»—; sin embargo, nunca se
dio cuenta Randy de eso excepto al verla completamente relajada. En todas las otras
ocasiones su cuerpo parecía obedecer a la ley física más audaz que dice que la
energía cinética incrementa la masa. Su abundante vitalidad la traspasaba de algún
modo a los demás; así que, cuando Helen estaba presente, la sangre de todos corría
más de prisa, como le pasaba ahora a Randy. Se puso ella de puntillas, le besó y dijo:
—Me siento diez veces loca y estúpida, Randy.
—No seas tonta —contestó él.
Caminaron hacia el terminal. Ella le entregó un manojo de etiquetas del equipaje.
—Mark me obligó a llevármelo todo. Vamos a ser un terrible estorbo. También
me siento un poco cobardona.
—No lo estarás cuando te enteres de lo que acaba de pasar en el Mediterráneo.
Ben Franklin se volvió, súbitamente despierto, y preguntó:
—¿Qué pasó en el Mediterráneo, Randy?
Randy miró a Helen, inquisitivo.
—Está bien —dijo ella—. Los dos lo saben. No me di cuenta hasta que estuvimos
en el avión. Los niños son muy precoces estos días, ¿verdad? Se enteran de los

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hechos de la vida antes de que una tenga oportunidad de explicárselos.
Mientras esperaron el equipaje, Randy les narró las noticias. Escucharon serios.
Sólo Ben Franklin comentó:
—Parece como el saque inicial. Me imagino que papá sabía lo que se hacía.
Durante largo rato no se dijo nada más.
Randy se sintió aliviado cuando los suburbios de Orlando quedaron tras ellos y,
con el escaso tráfico a estas horas, mantuvo una velocidad cercana a los ciento diez.
Consideraba que sus aprensiones eran ilógicas. ¿Por qué iba a sentirse transtornado
por la observación de un chiquillo de trece años? Cuando estuvo seguro de que los
niños dormían en el asiento trasero, dijo:
—Se lo toman con calma, casi como algo corriente, ¿verdad?
—Sí —contestó Helen—. Mira, todas sus vidas, desde que tienen uso de razón,
las han vivido bajo la sombra de la guerra… la guerra atómica. Para ellos lo anormal
se ha convertido en normal. En toda su existencia no han oído hablar de otra cosa y lo
esperan.
—Están condicionados —afirmó Randy—. Un niño del siglo XIX se volvería
rápidamente loco de miedo. Creo, en el mundo de hoy que le pasaría eso. Debe haber
sido muy maravilloso vivir en aquellos años entré 1870-1914. cuando la paz era la
condición normal y la gente realmente se sentía abrumada por la idea de la guerra y
creía que nunca se produciría un gran conflicto. Una guerra grande resulta imposible,
solían decir. Costaría demasiado. Rompería el comercio mundial y haría que todos se
arruinaran. Incluso después de la Primera Gran Guerra Mundial la gente no aceptaba
la cosa como normal. La llamaron Guerra que terminó con las guerras; de otro modo
no hubiesen ido a luchar. Helen, ¿en qué nos hemos convertido?
Helen, atareada sintonizando la radio del coche, para escuchar las noticias de
última hora, contestó:
—Eres un poco idealista, ¿no es verdad, Randy?
—Eso supongo. Fue un lujo muy caro; quizás algún día me acostumbre. Aceptaré
las cosas como los niños.
—¡Escucha! —exclamó Helen. Había sintonizado una estación de Miami y el
locutor decía que permanecería la emisión abierta toda la noche para proporcionar
noticias de la nueva crisis.
—«Acabamos de recibir un boletín de Washington —dijo—. El Departamento de
Marina acaba de dar a la publicidad una plena declaración sobre el incidente de
Latakia. A primeras horas de hoy un portaaviones de la Marina hizo que despegase
de su cubierta un avión de combate que disparó un solo cohete aire a aire contra un
avión a reacción no identificado que había estado espiando las unidades de la Sexta
Flota. Este cohete estalló en la zona portuaria de Latakia. La Marina considera esto
como un lamentable error mecánico. Es posible que este cohete detonase sobre un
tren de municiones e iniciara una explosión en cadena, reconoce la declaración. La
Marina niega categóricamente ningún bombardeo deliberado. Les daremos a ustedes

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más noticias en cuanto las recibamos».
La estación de Miami comenzó a emitir un resumen de la segunda gran guerra
con canciones patrióticas que Randy recordaba de su infancia. Una era: «Alabado sea
el Señor y pásame las municiones». Sonaba como algo de mal gusto pero es que
aquella estación de Miami se caracterizaba de ordinario por ese mal gusto.
—¿Lo crees? ¿Es posible? —preguntó Randy.
Helen no contestó. Miraba hacia adelante, como si estuviese hipnotizado por los
faros y sus labios se movían. Randy se dio cuenta de que estaba muy distraída. No le
había oído.
A las cinco y media, Randy los tenía a todos en sus habitaciones durmiendo. Le
tocó subir todo el equipaje, incluso las maletas, al piso alto.
Se fue a su propio apartamento y se dejó caer en el diván del despacho. Graf saltó
a su lado y se acurrucó bajo su brazo. Casi de inmediato, sin preocuparse en quitarse
los zapatos y aflojarse el cinturón, Randy quedóse dormido.

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VIII

Eran las cinco en Offutt Field, con el alba todavía a más de dos horas de
distancia, cuando el general Hawker, sin aviso alguno, regresó al Agujero. El general
seguía la tradición de Vandenberg, Norstad y LeMay. Recibió su cuarta estrella
cuando era cuarentón y ahora, a los cincuenta, consideraba parte de su trabajo
permanecer esbelto y en excelente condición física. Antaño la guerra, excepto entre
los salvajes incontrolados se luchaba durante las horas del día. Esto cambió en el
siglo XX, hasta que ahora los cohetes y las aeronaves reconocían que ni la oscuridad
ni el mal tiempo eran obstáculos, ni tampoco se veían contenidos por océanos ni
montañas ni la distancia. Ahora, el factor crítico en tiempo de guerra era
precisamente el tiempo, medido en minutos o segundos. Hawker había ajustado su
vida a esta condición. En la pasada semana no durmió más que cuatro horas de un
tirón. Se adiestró a sí mismo para pegar cabezadas en su despacho durante diez o
veinte minutos, después de lo cual se notaba notablemente fresco.
Los ingenieros que proyectaron el Agujero habían preparado las cosas para que el
comandante en jefe tuviese su puesto de mando en una galería cerrada por cristales,
desde la que podía ver toda la Sala de Guerra con sus mapas y la actividad en el piso
inferior y verse rodeado por su estado mayor.
En este momento el conjunto no operaba como tal. Hawker tenía los pies sobre el
escritorio de la Sala de Control. Bebía café en un tazón gris verdoso de barata loza y
leía rápidamente la pila de los despachos más importantes de Operaciones y de la
Inteligencia. En ocasiones, el general disparaba una pregunta a alguno de sus dos
coroneles, Atkins y Bragg.
Un sargento del Estado Mayor A-2 entró en la habitación con dos rojos papeles
finos y los entregó a Mark Bragg. El general alzó la vista, inquisitivo.
—De la Frontera del Mar Oriental —dijo Mark—. Aviones patrulla sobre el eje
Argentino-Bermuda informan haber hecho tres contactos no identificados. Estos
sumergibles se encaminan a la costa atlántica.
—Parece malo, ¿verdad?
—Me parece que este otro suena peor —afirmó Mark—. Todo el servicio de
comunicaciones diplomáticas y noticias entre Moscú y los Estados Unidos están sin
funcionar durante la última hora. Esto viene de USIA. Las agencias de noticias han
estado llamando a sus corresponsales de Moscú. Lo único que dicen los operadores
moscovitas es: «Lo siento. No puedo completar la llamada».
—¿Y no ha habido ninguna reacción de Moscú acerca de Latakia?
—Ninguna, señor. Ni un susurro.
El general sacudió la cabeza, lentamente; las cejas fruncidas, profundizándose las
arrugas en torno a la boca y los ojos; su rostro sufriendo una transformación,
haciéndose más viejo, como si en pocos segundos toda la tensión y fatiga de semanas,
meses, años se hubiera acumulado y enmarcara su cara y le arqueara los hombros.

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—Esta es la hora de las brujas, ya saben —dijo Hawker—. Esto es lo peor. Sus
submarinos han tenido toda la noche para recorrer la costa si eso es lo que estaban
haciendo. Estamos a oscuras. Pronto amanecerá. El alba es el mal momento. ¿Cuánto
tiempo se tarda en que salga el sol en Nueva York y en Washington?
—El amanecer en Levante es a las 7.10 del tiempo normal Medio Oriental —dijo
Ace Atkins. El reloj de Washington marcaba las 6.41.
El cerebro de Mark Bragg voló; si venía un ataque, no podían contar con una
advertencia más larga de quince minutos. Si usaran cada uno de esos minutos con la
máxima eficiencia, la represalia podría ser decisiva. Pero Mark temía un minuto,
incluso dos, que se perdiera en una comunicación necesaria con Washington. Hizo
una propuesta osada:
—¿Puedo sugerir, señor, que pidamos autorización para disparar nuestras armas?
Este era el único acto mandatorio y esencial que debía preceder a la terrible
decisión del uso de las armas. Según la ley, el Presidente de los Estados Unidos
«poseía» las bombas nucleares y las cabezas de guerra de los proyectiles dirigidos. El
general Hawker tenía solamente su custodia. Antes de que el C.E.A. pudiese utilizar
las armas, debía asegurarse el permiso del presidente, o de su substituto o
superviviente en la línea de sucesión. Si se procedía a sufrir un ataque ese permiso
vendría casi al instante, aunque no del todo.
El general parecía algo asombrado.
—¿No cree usted que podemos esperar, Mark?
—Sí, señor, podemos esperar; pero si nos adelantábamos, eso nos podría ahorrar
un minuto, quizás dos. El peligro, y la necesidad de no tener un corte en las
comunicaciones, debe ser patente al Pentágono, o a la Casa Blanca, o allá donde esté
el presidente, tal como están aquí las cosas.
—¿Usted qué piensa, Ace? —preguntó Hawker.
—Me gustaría haberlo pasado ya todo, señor.
El general cogió uno de los cuatro teléfonos del escritorio de Atkins, el que estaba
conectado directamente con el Puesto de Mando del Pentágono. En aquel lugar, día y
noche, había un oficial general de la Fuerza Aérea. Ese oficial de servicio nunca
estaba sin comunicaciones con el Presidente, el Secretario de Defensa y el Jefe de la
Junta de Altos Oficiales de Estado Mayor.
El general habló brevemente por teléfono y luego aguardó, manteniendo el
aparato apretado contra su oído. El ojo de Mark siguió la segundera del reloj del
escritorio. Esto era un experimento interesante.
—Sí, John —dijo el general—, soy Bob Hawker. No quiero disparar mis armas.
—Mark sabía que ese «John» era el Presidente de la Junta de los Altos Jefes—. Sí,
espero —volvió a decir el general. Los segundos volaron. El general habló—:
Gracias, John. Son ahora las 11.44, Zulu. ¿Lo confirmarás por teletipo? Adiós, John.
El general escribió en el diario de servicio de Ace Atkins: «Las armas entregadas
al C.E.A. A las 11.44, Zulu». El diario de Operaciones según hora Greenwich.

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—Lo cronometré —dijo Mark—. Un minuto y treinta y cinco segundos.
—Espero que no los necesitemos —dijo Hawker—. Pero me alegro de haber
ahorrado ese tiempo. —Las arrugas de preocupación se hicieron menos conspicuas en
torno a su boca y ojos. Su espalda y sus hombros se enderezaron. Ahora que la
responsabilidad era suya, con complicaciones y enredos minimizados, la aceptaba
lleno de confianza. Su conducta decía que si llegara el momento lucharía desde aquí y
que por Dios ganaría, ganaría tanto como pudiera ganarse.
El general se sirvió otra taza de café. Ace Atkins le dijo:
—Con su permiso, voy a esparcir el cincuenta por ciento de nuestras cisternas en
Bluie West Uno, Thule, Limestone y Castle. Allí serían un blanco seguro para los
proyectiles dirigidos desde los submarinos. Ahora están bajo el punto de mira.
Necesitarán quince minutos. —El general asintió. Ace accionó dos conmutadores del
intercomunicador y dictó una orden.
Junto al escritorio de Ace, un magnetofón giraba incesante, grabando las
conversaciones telefónicas y las llamadas. El general lo miró de reojo y dijo:
—¿Se dan ustedes cuenta de que cuanto se ha hecho en esta habitación está
siendo registrado para la posteridad?
Todos sonrieron. En el conjunto de relojes pasó un minuto.
La línea directa desde NORAD, Defensa Aérea Norteamericana en Colorado
Springs, zumbó. Ace cogió el aparato y dijo:
—Atkins, Operaciones del C.E.A. —Escuchó y volvió a decir—: Roger. Repito.
Objeto, puede ser un proyector dirigido, disparado desde la base soviética de Anadyr
Peninsular.
El teletipo de prioridad en emergencia desde NORAD comenzó a parlotear.
Es sólo uno, pensó Mark. Pudiera ser un meteoro. Podría ser un Sputnik. Debería
ser algo.
La línea NORAD volvió a zumbar. Ace respondió y repitió un destello, como
antes, para que el general lo apercibiera y el magnetofón le grabase.
—«DEW Line el radar de alta sensibilidad tiene ahora cuatro objetos en sus
pantallas. La velocidad y la trayectoria indican que son proyectiles balísticos. Presque
Isle y Homestead informan de otros proyectiles viniendo desde el mar. Estamos
pasando el amarillo. Esto es su rojo de alerta.
El general dio una orden.
Mark se levantó y dijo:
—Creo que será mejor que vuelva a mi despacho.
El general asintió y sonrió con debilidad.

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PARTE 5

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I

Al principio Randy creyó que alguien sacudía el diván; Graf, anidado bajo su
brazo, gruñó y saltó al suelo. Randy abrió los ojos y se incorporó apoyándose en los
codos. Se notaba en el vado entumecido por dormir con las ropas puestas. Excepto el
perro, oreja y cola en posición de alerta, la habitación estaba vacía. De nuevo tembló
el diván. El mundo exterior siguió dormido, pero advertía un movimiento en la
habitación. Sus cañas de pescar, colgando por las puntas en toda la longitud de un
perchero, inexplicablemente oscilaban con ritmo. Había oído que fenómenos tales
acompañaban los terremotos, pero nunca se produjo un terremoto en Florida. Graf
alzó el hocico y aulló.
Entonces llegó el sonido, un rumor largo, profundo, potente, subiendo en un
crescendo hasta que las ventanas vibraron, las tazas bailotearon en sus platitos y los
vasos del bar rozaron sus bordes y tintinearon de terror. El sonido lentamente
disminuyó, luego bramó hasta una potencia más fiera, más próxima.
Randy se encontró de pie; la garganta seca; el corazón latiéndole con fuerza. Esta
no era la estación de las tormentas, ni se habían predicho tempestades en el boletín
meteorológico. Y esto era un trueno. Subió al porche superior. A su izquierda, en el
este, un esplendor naranja era preludio del sol. En el sur, a la otra parte del Timucuan
y más allá del horizonte, un resplandor similar disminuía lentamente. Sus sentidos se
negaron a aceptar un sol naciente y un sol poniente. Durante quizás un minuto el
espectáculo le turbó sus reacciones.
Lo que había sobresaltado a Randy desde su sueño —tardaría bastante tiempo en
conocer los hechos, muchísimo tiempo— eran dos explosiones nucleares, ambas de la
categoría megatónica, las cabezas bélicas de proyectiles dirigidos disparados por
submarinos. El primero calcinó la C.E.A. de Homestead, es decir, toda la base, e
incidentalmente hundió y devolvió al mar una zona considerable de la punta de
Florida. Ground Zero, el punto de explosión del segundo proyectil, era el Aeropuerto
Internacional de Miami, no muy lejos del corazón de la ciudad. El diván de Randy se
vio conmovido por las ondas de choque transmitidas a través de la tierra, que viajaron
más de prisa que por el aire; así que se despertó y estaba con los ojos abiertos cuando
la llamarada y el sonido llegaron un poco después. Mirando el resplandor, al sur,
Randy fue testigo, tenía una distancia de casi trescientos y pico de kilómetros, de la
incineración de un millón de personas.
La puerta se abrió de pronto. Ben Franklin y Peyton, descalzos y en pijama,
entraron en el porche. Helen les siguió. La visión de la marca roja de nacimiento de la
guerra en el firmamento les dejó sin palabras. Helen se cogió al brazo de Randy con
ambas manos como si estuviera a punto de caerse. Vagamente, habló.
—¿Tan pronto? —era un gemido, no una pregunta.
—Me temo que aquí está —contestó Randy, su mente ardiendo entre todas las
posibilidades, incluyendo sus propios peligros, buscando una pista de lo que hacer, de

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lo que hacer primero.
Helen llevaba kimono floreado y zapatillas de raña, botín de uno de los viajes de
inspección de Mark por el Lejano Oriente. Su pelo color nogal estaba despeinado; sus
ojos, un profundo e inquietante azul, se desmesuraban de aprensión. Parecía muy
ligera, necesitando protección de penas mayor que su hija. Era, en este momento, una
persona con menos ánimos que los niños.
Ben Franklin mirando al sur, dijo:
—No veo ninguna nube en forma de seta. ¿Es que no siempre dejan esa clase de
nubes?
—Las explosiones se produjeron muy lejos —contestó Randy—. Probablemente
una buena cantidad de bruma, u otras nubes, entre nosotros y el lugar que impiden ver
las setas atómicas. Todo lo que vemos es una reflexión en el firmamento. Ahora se
muere. Cuando salí era mucho más brillante.
—Comprendo —dijo Ben Franklin, satisfecho—. ¿Qué piensas que destruyeron?
Me imagino que Homestead y la base de la Marina en Boca Chica, en Cayo West.
Randy sacudió la cabeza.
—No creo que pudieran ser bombardeados desde distancia. Quizás dieron a Palm
Beach y a Miami. Puede que fallasen y enviasen los dos proyectiles a las Glades.
—Quizás —admitió Ben, sin creer del todo en el fallo de los proyectiles.
Todo estaba muy tranquilo. Todo estaba equívocamente tranquilo. Temían oír
sirenas o algo. Todo lo que Randy percibió fue el grito de un pájaro burlón entonando
su aria mañanera.

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II

Helen aflojó su presión en el brazo de Randy. Sus pensamientos parecieron


paralelos a los de él y dijo:
—No he oído aviones. Ni los oigo ahora. ¿No debiéramos escuchar el zumbido de
los aviones de combate, o algo por el estilo?
—No lo sé —contestó Randy.
—Yo sí los oigo —dijo Ben Franklin—. Los oí. Eso fue lo que me despertó. Eran
reactores… sonaban como B-47… ascendiendo. Iban hacia allá —mostró la dirección
con un barrido de su brazo—. Es decir, suroeste a noreste, ¿no?
—Correcto —afirmó Randy y en aquel instante oyó el zumbido de otra aeronave,
volando a plena potencia, siguiendo el mismo sendero. Todos escucharon—. Será uno
de los de MacDill —decidió Randy—, cruzando el firmamento.
Antes de que el sonido se desvaneciese percibieron otro y luego un tercero.
Todos se agruparon ante la pantalla del porche, mirando a lo alto.
Muy arriba, en donde casi llegaba la luz del sol, vieron flechas de plata raudas en
tres blancos penachos acuchillando osadamente el cielo azul, recién lavado de la
mañana.
—¡Adelante, pequeños, adelante! —murmuró Ben Franklin.
El terror desapareció de los ojos de Helen.
—¿No podríamos subir a la atalaya del capitán? —preguntó—. Quiero verles.
Son míos, ya lo sabes.
Ben y Peyton corrieron hacia la escalera de mano.
—¡No! —exclamó Randy—. ¡Aguardad!
Ben se detuvo al instante. Peyton siguió corriendo. Su madre ordenó:
—¡Peyton! ¡Te mando que te detengas!
Peyton, la mano en la escalera, no siguió adelante.
—Cáscaras —murmuró.
—Ya podéis comenzar a obedecer a vuestro tío Randy, como obedeceríais a
vuestro padre, ahora mismito.
—¿Por qué no podemos subir hasta el tejado? —preguntó Peyton.
Randy había hablado por instinto. Encontró difícil traducir a palabras su objeción.
—Creo que es muy arriesgado —dijo—. Pienso que deberíamos estar en los
sótanos, ahora; pero es que aquí no hay bodega y resulta demasiado tarde para
empezar a excavar una.
—Tienes razón, Randy —dijo Ben Franklin—. Si ponían un huevo, cerca,
arderíamos en un instante. Luego está la radiación. —El muchacho miró a la veleta
sobre el empinado techo del garage—. El viento es del este, así que no debemos
temer nada, por ahora. ¿Pero, y si ellos alcanzasen Patrick? Estamos exactamente casi
al oeste de Patrick, ¿verdad? Patrick podría asarnos.
—¿De dónde oíste todo eso del peligro de la radiación y la dirección del viento?

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—preguntó Randy.
—Creí que todo el mundo lo sabía. —Ben frunció el ceño—. No creo que diesen
a Patrick. Es un centro de pruebas, no una base de operaciones. Patrick no podría
hacerles daño; pero MacDill y McCoy, sí. Y, hermano, se lo harán.
Randy, Helen y Ben Franklin miraban hacia el este, en donde estaban instaladas
las rampas de pruebas de proyectiles dirigidos de Cabo Cañaveral y donde el grueso y
rojo sol ahora asomaba por encima del horizonte. Peyton, con la nariz aplastada
contra el cristal aún trataba de seguir las estelas de los B-47. Un fogonazo blanco y
cegador envolvió su mundo. Randy notó el calor en el cuello. Peyton gritó y se tapó
la cara con las manos. Al suroeste; en dirección de Tampa, San Petersburgo y
Sarasota, otro sol antinatural había nacido, mucho mayor e infinitamente más fiero
que el sol del este.
Automáticamente, como un buen jefe de escuadra haría, Randy miró a su reloj y
anotó el minuto y segundo en su memoria. Esta vez sabría el punto del impacto
exactamente, utilizando el sistema del destello y del sonido aprendido en Corea.
Un grueso pilar rojo se alzó sobre sí mismo en el suroeste, teniendo como base el
sol artificial.
La parte alta de la columna se abrió hacia fuera. Esta vez el hongo atómico estaba
allí.
No hubo ningún sonido en absoluto excepto el sollozar de Peyton. Tenía sus
puños apretados contra los ojos.
Un pájaro chocó contra el cristal y cayó al suelo, seguido por una lluvia de
plumas revoloteantes.
Dentro de la columna y de la nube se desplegaron colores fantásticos. El rojo se
convirtió en naranja, relució blanco, tornóse de nuevo rojo. Y los de verde y de
púrpura se retorcieron hacia lo alto a través de la columna y extendieron tentáculos
por toda la nube.
El alegre hongo atómico creció furioso con increíble velocidad, venenoso,
maligno. Creció hasta que el borde de su sombrerete parecía la cresta de una ola
gigante marina, negra, púrpura, naranja, verde; una especie de cancerosa avenida
creada por el hombre.
Retrocedieron temblorosos.
—¡No puedo ver! —gritó Peyton—. ¡No veo, mamaíta! Mamaíta, ¿dónde estás?
—Sus ojos estaban desorbitados, su rostro mojado por las lágrimas, inválido. Los
brazos extendidos, cruzaba el porche con pasitos rígidos, inseguros.
Randy la cogió en brazos. La niña parecía sin peso. Helen abrió la puerta y él se
precipitó en la sala de estar. Le hablaba, diciendo:
—Calma, Peyton, ¡tesoro! ¡Calma! Deja de frotarte los ojos. Cierra los párpados
—extendió la niña en el diván.
Helen estaba a su lado, una toalla húmeda en las manos. Colocó la tela sobre los
ojos de su hija.

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—Nena, esto te hará sentirte mejor.
—¿Mamaíta?
—Sí. —Esta era la primera vez desde que cumplió los seis años que Peyton
utilizó la palabra mamaíta en vez de la de madre.
—Todo lo que puedo ver es una gran pelota blanca. La veo con los ojos cerrados.
Me duele, mamaíta. Me duele por toda la cabeza.
—Seguro, como una lámpara grande de magnesio iluminada de pronto. Estate
quieta, Peyton, te pondrás bien. —Ahora, con miedo por la vista de su hija,
suplantando todos los otros temores, Helen se calmó. De nuevo apareció compuesta,
capaz, eficiente y conoció al momento que el pánico no volvería. Habló a Randy,
tranquila—: ¿No sería mejor que llamases a Dan Gunn?
—Claro. —Randy entró corriendo en su despacho. Dan tenía dos teléfonos en sus
habitaciones de Riverside Ind. Randy marcó el número particular. Comunicaba.
Marcó el del establecimiento. De nuevo oyó la impersonal señal de poderse
establecer la comunicación. La pensión tenía centralita. No podían estar ocupadas
todas las líneas. Probó el edificio de la clínica, aunque se daba cuenta de que era
improbable que Dan, o cualquiera, estuviera allí a estas horas. Comunicaba. Marcó la
central de la población. El mismo pitido sonó en su oído. Una vez más, Randy probó
el número particular de Dan. La señal de comunicando persistía enojadora. Renunció,
anunciando:
—Tendré que ir hasta la ciudad y traer a Dan.
En aquel momento la onda conducida por el suelo hizo tambalearse la casa.
Peyton gritó, en su ciego terror. Helen la apretó contra el diván, murmurando,
tranquilizadora, palabras maternales. Randy advirtió que Ben Franklin no estaba en el
cuarto. El estampido y la honda sonora los sorprendió, sumergiéndolos a todos,
impidiéndoles captar cualquier otro sonido y sensación. De nuevo la vajilla y las
baterías de la cocina, vasos y porcelana, bailotearon. Un jarrón delicado de cristal
vienés se hizo polvo sobre la repisa de la chimenea. El cristal que protegía una
acuarela delicadamente pintada por Lee Adams, se pulverizó en su marco con gran
estampido.
Helen, mirándole atentamente, acariciaba el cuerpo tenso de Peyton con sus
dedos, mirándole y comprendiéndole, también, dijo:
—¿Qué fue?
—MacDill —contestó Randy—. Seis minutos y quince segundos. Esto da una
distancia de ciento veinte kilómetros, precisamente la que nos separa de MacDill.
—MacDill está en Tampa —dijo Helen.
—Y San Petersburgo. ¿Os encontraréis bien hasta que vuelva?
—Nos encontraremos bien.
Randy se tropezó con Ben Franklin en la escalera.
—¿Dónde estuviste?
—Abriendo las ventanas y puertas del piso bajo. Lo hice a tiempo. No se ha roto

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ni un solo cristal.
—Chico listo. Ahora sube y ayúdale a tu madre a cuidar de Peyton. Voy en busca
del doctor.
—Randy…
—¿Di?
—Voy a llenar todos los cubos, pilas y bañeras de agua. Se supone que hay que
hacer esas cosas.
—No lo sabía. —Randy puso la mano en el hombro de Ben—. Pero si es lo que
debe hacerse, adelante y hazlo.
Randy salió corriendo a tiempo de ver el camión de Golden Dew Dairy pasar por
River Road, encaminándose a Fort Repose. El lechero pasaba siempre un poco tarde
en sus entregas dominicales, puesto que los pedidos eran mayores que los días de
entre semana. Apenas debía haber empezado su ruta cuando las primeras explosiones
iluminaron el cielo del sur. Ahora volvía a casa con su esposa y sus hijos.
Cuando Randy alcanzó su vehículo oyó el bramido ondulante de la sirena de lo
alto de la casa de los bomberos de Fort Repose. Algo redundante, pensó. Sin
embargo, no hay sonido como el de una sirena gimiendo la alarma para agitar a la
gente e impulsarla a una acción constructiva… o dejarla paralizada de miedo.
Randy alcanzó y pasó al camión lechero antes de dar la curva de la carretera. Un
minuto después vio un sedán nuevo y grande volcado en la cuneta, las ruedas todavía
girando. Disminuyó la marcha y vio que la parte delantera del coche estaba arrugada,
su parabrisas hecha jirones; llevaba matrícula de Nueva York. En el lomo del camino
yacía una mujer, los brazos extendidos, una pierna desnuda grotescamente retorcida
por debajo de su espalda. La carne pálida aparecía por debajo de los estrechos
pantaloncitos cor tos azules y amarillos, a cuadros. Su rostro medio vuelto tenía una
mancha roja y Randy consideró que estaba muerta.
En este segundo Randy tomó una decisión importante. Ayer se habría detenido, al
instante. Sin la menor duda. Cuando se producía un accidente y se producía algún
herido los hombres se detenían. Pero ayer era un período pasado en la historia, con
leyes y normas arcaicas tan antiguas como las de Roma. Hoy las leyes habían
cambiado igual que la ley romana cedió paso al barbarismo atávico cuando el imperio
cayó ante los hunos y los godos. Hoy el hombre se salvaba a sí mismo y a su familia
y al infierno con los demás. Ya debían haber muertos por millones y otros millones de
mutilados, o condenados a la muerte por la radiación, porque si el enemigo estaba
alcanzando Florida, apenas fallarían las bases del C.E.A., los emplazamientos de
proyectiles dirigidos en las zonas más densamente pobladas. Con certeza no
ahorrarían del sacrificio a Washington y Nueva York, los puestos de mandos y centro
de comunicaciones de toda la nación. Y la guerra tenía menos de media hora. Así que
una desconocida en la cuneta no significaba nada, particularmente con una niña
medio ciega, sangre de su sangre, dependiendo de su misión. Con el uso de la bomba
de hidrógeno la era cristiana acababa de morir y con ella fallecía la tradición del buen

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samaritano.
Y, sin embargo, Randy se detuvo. Oprimió los frenos y quemó el neumático,
jurando y considerándose a sí mismo blando y estúpido. Retrocedió, salió del coche y
examinó los restos del otro vehículo. La mujer estaba muerta, el cuello roto. Viajaba
sola. Examinando las señales de los neumáticos y una destrozada palmera, dedujo
que viajaba a gran velocidad cuando tuvo lugar la explosión en MacDill —aún podía
ver una zona anaranjada en el suroeste, probablemente tempestades de fuego,
consumiendo Tampa y St. Petersburg—, enervándola o cegándola. Ella daría un giro
y chocaría contra el árbol y saldría catapultada por el parabrisas. En el coche habían
varias maletas de piel de cerdo, las cerraduras rotas por el impacto y un libro de
bolsillo. No tocó nada. Informaría del accidente a cualquier patrullero o comisario del
Scheriff, si encontraba uno y en el tiempo adecuado.
Randy continuó adelante, aunque a menor velocidad, porque la vista de un
accidente fatal siempre provoca la precaución temporal. El incidente era importante
sólo porque era autorevelatorio. Randy sabía que tendría que jugar con las viejas
normas. No podía despojarse de su código, o escabullirse de su era.
Con una pizca de ansiedad por lo que ocurría más allá de su propia vista y alcance
de oído, puso en marcha su radio, sintonizando la frecuencia COMELAAD, 640, y
puso el aparato a la máxima potencia.
Todo lo que oyó fue un distante e incoherente balbuceo.
Probó la otra frecuencia, 1240. Oyó un zumbido seguro y luego la voz familiar de
Happy Hendrix, el comentarista de discos de la VSMF, de San Marco.
—Esta es una misión de la Defensa Civil. Escuchad con cuidado, porque se nos
permite emitir durante treinta segundos, después de lo cual habrá dos minutos de
silencio. Un despacho de la AP desde Jacksonville afirma que se cree que el país está
sufriendo un ataque. Desde ese momento, ha habido interrupción de comunicaciones
entre Jacksonville y el norte. —La voz de Happy, de ordinario animosa y alegre,
sonaba sobresaltada y entrecortada, y parecía encontrar dificultades en leer—.
Obedezcan las órdenes de su director local de la Defensa Civil. No usen el teléfono
excepto en casos de urgencia. Recibirán más instrucciones dentro de breves
momentos. Esta estación estará en el aire en el plazo de dos minutos.
Randy volvió a sintonizar la 640. De nuevo oyó muchas voces, lejanas e
indistinguibles. Sabía que en el sistema con RAP todas las estaciones estaban
requeridas para operar a baja potencia. Dedujo que lo que oía era una emisión de
Orlando u Ocala, pero con interferencias de estaciones de otras ciudades próximas,
quizás Daytona, o Leesburg y Eustis, no muy lejos en Lake Country. Con cada
estación confinada a dos frecuencias limitadas a operar en baja potencia, la confusión
era comprensible.
Un año antes, Mark le advirtió que el sistema Conelrad era engañoso o podía no
funcionar en absoluto. Mark dijo, además, que el enemigo no dependía de las
emisoras de radio caseras para encontrar sus blancos.

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—Conelrad —fueron las palabras de Mark—, es tan anticuado como los B-29. Ni
los proyectiles dirigidos ni los aviones reactores equipados con radar moderno y guía
de inercia pensarían apuntar contra un rayo de la radio. En primer lugar, Conelrad se
va a convertir casi en algo inútil, me temo, excepto para instrucciones locales. Las
noticias que se consigan serán tan frescas y seguras como las que vengan por los
teletipos de las estaciones locales. Esas noticias fluyen de las agencias nacionales.
Cuando sus circuitos de teletipo queden sin funcionamiento —lo que ocurrirá
inmediatamente cuando estallen las grandes ciudades— cada estación y agencia
quedará aislada. Probablemente no se sabrá nada basta la Fase Dos… que es el
período de barrido pasado el primer ataque. En la fase Dos el gobierno utilizará
estaciones de canales claros, limpios, para decir lo que ha pasado.
Mark aparentemente tuvo razón sobre lo inservible de Conelrad, como en casi
todo lo demás. Se preguntó si Mark también estaba en lo cierto en su predicción de
que Offutt y el Agujero serían uno de los blancos primeros. Randy se preguntó si
Mark aún vivía y cuánto tiempo tardaría en saber noticias suyas.

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III

Al borde de la ciudad comenzó a encontrar tráfico, más denso que de ordinario y


extraordinariamente errático. La gente empuñaba los volantes con la elisión de
corredores de competición automovilística, aun cuando marchasen a velocidad
normal, las bocas apretadas, los ojos fijos, cada uno sufriendo su crisis personal.
Unos cuantos obedecían las señales de circulación. Otros marchaban como si nadie
estuviese en el volante.
Una docena de automóviles se alineaban ante la estación de servicio y gasolinera
de Jerry Kling, bloqueando la acera. Jerry estaba plantada, junto a una de las bombas,
llenando un depósito y al mismo tiempo, escuchando a tres hombres, todos
gesticulantes, todos exigiendo evidentemente prioridad de servicio. Uno de los
individuos tenía una billetera en la mano y agitaba el dinero ante los ojos de Jerry.
El pánico se infiltraba por doquier…
Randy rebordeó Marines Park, una zona verde triangular; sus tapias rebordeadas
de altas palmeras; su vértice encastado en las aguas del Timucuan y del St. Johns.
Aquí, la confluencia de los ríos, el teniente Randolph Rowzee Peyton erigió el
original Fort Repose. Los troncos de las palmeras del fuerte se habían desintegrado
hace tiempo, pero permanecían reliquias, dos pequeños cañones de latón. Estaban
montados sobre el cemento y flanqueados por el templete de la orquesta. De
ordinario, en las brillantes mañanas sabatinas, los campos de tenis estaban ocupados,
así como las boleras y demás centros de esparcimiento. Pero hoy el parque estaba
abandonado, excepto por dos jóvenes decaídos en un banco.
Giró al norte por Yulee Street y, tres manzanas más allá, entró en Riverside Ind,
con todos sus jardines ocupados por un bloque que se enfrentaba al St. Johns. El
Riverside Ind era un conjunto de edificios pequeños entre los que se contaban otros
hoteles pequeños de la competencia y pabellones, ocupados por veraneantes, viudas,
viudos y parejas ancianas, que vivían de anualidades y pensiones y dividendos
pasándose los veranos en Nueva Inglaterra o en Poconos y cada noviembre
emigraban a Florida con todos sus achaques y equipajes.
Randy aparcó y entró en el establecimiento, cuyo ordenado régimen había
estallado con el primer proyectil.
Los huéspedes se arremolinaban en torno al vestíbulo como los pasajeros de
primera clase de un transatlántico que acaba de chocar con un iceberg, y sospechando
que podían hundirse en cualquier momento. Algunos revoloteaban en torno a los
botones y al ayudante del gerente, formulándoles preguntas y peticiones.
—He estado esperando en el comedor quince minutos y no he visto ni un solo
camarero… ¿Está usted seguro de que puede conseguirme una reserva en el
Champion que sale de Orlando mañana para Nueva York?… ¿Me gustaría saber qué
avería hay en el servicio de teléfonos? Si mi hija no tiene noticias mías, se pondrá
frenética… La televisión de mi cuarto no funciona. ¿Es que no hay emisión alguna en

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estos momentos? ¡Tiene gracia, esto tiene que ser realmente serio!… Soy huésped de
este hotel durante veintidós temporadas y es ésta la primera vez que pido algo
especial… ¿Hay algún motivo para que la furgoneta del hotel no pueda llevarnos a
Tampa?… Por favor, no me considere tímido, pero me gustaría saber la situación del
próximo refugio… Fue ese maldito Roosevelt, en Yalta… ¿Cree que las líneas de
avión estarán mucho tiempo interrumpidas?… ¿Quiere usted decir que nuestros
cocineros se han marchado todos a su casa? ¡Jamás oí tontería así! Deberían
detenerlos. ¿Cómo, pues, vamos a comer?… Mi marido resbaló en la ducha… No
puedo levantarle…
Un general retirado, de uniforme y exhibiendo todas sus cintas, salió del ascensor.
—¡Atención! —gritó—. ¡Todo el mundo, atención! Pongamos orden aquí. Tengan
la bondad de guardar silencio. ¡No hay motivo para la alarma!
Nadie le hizo caso.
Un tipo de piernas arqueadas, con pantalones cortos y una gorrita de un rojo vivo,
la bolsa del golf pendiendo de un hombro llevando dos maletas, me abrió paso hasta
la entrada. Le seguía una mujer llevando abrigo de pieles por encima del pijama.
También iba cargada con otra bolsa de golf y tenía un joyero bajo un brazo y un
equipo de maquillaje bajo el otro. Esos dos tenían un refugio y medios de llegar allí,
por lo menos eso creían. Pero para la mayoría de los demás no había lugar a donde ir.
Eran gentes sin raíces. Si se hundía Riverside Ind se hundirían ellos con el navío.
Las habitaciones de Dan Gunn estaban en el segundo piso. Randy no hizo caso al
ascensor y subió las escaleras de dos en dos.
El cuarto de Dan estaba vacío y no estaba tampoco el maletín-médico que
empleaba. Probablemente habría salido a atender alguna llamada de urgencia o se
encontraría en la clínica del Edificio de las Artes Médicas. Randy probó el teléfono
particular de Dan. No daba señal de marcar, sólo ruidos de parásitos. Tomó el
teléfono del cuarto. La centralita del hotel no respondió.
Randy oyó voces en el vestíbulo y en el pasillo, de tono alto y furiosas. Abrió la
puerta.
Con los pies separados y braceando, una mujer delgada, con la curva en su vientre
de un embarazo adelantado, se apoyaba contra la pared. Sus brazos huesudos servían
para sujetar el abdomen y estaba jadeando. En el centro del pasillo discutían dos
hombres. El mayor era Jennings, gerente de Riverside Ind; el otro, John García, un
guía pescador menorquino. Randy reconoció a la mujer como la esposa de García.
—No puede tener a su hijo aquí, en el hotel —decía Jennings—. Ya hay mucha
confusión. ¡Ustedes tendrán que marcharse!
García, un hombre pequeño, de rostro moreno y curtido por el sol, dio un paso
atrás. Se llevó la mano al bolsillo de la cadera y sacó un cuchillo corto y curvado,
apropiado para cortar cables, o abrir las panzas de los peces para limpiarlos.
Randy se interpuso entre ellos.
—Guarde eso, John —dijo a García—, iré por el doctor. —Se volvió a Jennings

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—. ¿Dónde está el doctor Gunn?
—Tiene trabajo —contestó Jennings—. Tiene mucho trabajo con uno de nuestros
huéspedes. Un caso cardiaco. Diga a estas gentes que se vayan a la clínica y que
esperen.
—¿Dónde está él?
—Eso no importa. Esos individuos no pertenecen al hotel y no tienen porque…
La mano izquierda de Randy cogió la solapa de Jennings. Dio una bofetada
terrible al gerente cruzándole la cara. Le hizo eso sin pensarlo conscientemente,
excepto el considerar que era necesario para despertarle de la histeria y que le
permitiese localizar al doctor Dan Gunn.
—¿Dónde está? —repitió.
Las rodillas de Jennings se le doblaron y Randy le tuvo que apoyar contra la
pared.
—¡Suelte! ¡Me ahoga! ¡Gunn está en el dos 44!
Randy le soltó. El lado izquierdo del rostro de Jennings estaba rojo como un
tomate y un reguerito de sangre le salía de la comisura de los labios. Randy estaba
asombrado. Era la primera vez en sus años adultos que golpeaba a alguien, según
podía recordar, excepto a un traidor norcoreano. Jennings retrocedió, murmurando
que avisaría a la policía y desapareció escaleras abajo.
—Entra tu esposa ahí —dijo Randy a García—. Que se acueste en la cama. Voy a
por el doctor Gunn.
Randy siguió pasillo abajo y entró en el cuarto 244 sin molestarse en llamar. Era
una habitación sencilla. En la cama yacía un montón de carne gris, un hombre
corpulento, de más de mediana edad, muerto. Randy no sintió ninguna sorpresa e
impresión. Se familiarizó con la muerte en Corea. Esta familiaridad había quedado en
él, en su interior, escondida, como un lenguaje extranjero olvidado rápidamente una
vez se deja el país en donde se hablaba. Ahora regresaba, como la lengua extranjera
se vuelve a adquirir con rapidez en su tierra natal.
Dan Gunn salió del cuarto de baño, secándose las manos.
—Tienes más problemas esperándote en tu cuarto —dijo Randy—. Una mujer
que va a dar luz, o está a punto. La esposa de García.
Dan dejó caer la toalla al pie de la cama y subió la sábana tapando el cadáver.
—Todo el mundo propenso a tener un infarto de miocardio ha debido tenerlo ya
—dijo—, y supongo que toda mujer que está esperando dar a luz en los próximos dos
meses lo estará haciendo ahora. ¿Qué te pasa a ti, Randy?
—Peyton está ciega. Te acordarás de ella del año pasado, ¿verdad? La pequeña de
Helen…, bueno, no tan pequeña…, once años. Sé que tienes mucho trabajo, Dan,
pero…
Dan alzó sus inmensamente largos y peludos brazos y exclamó:
—¡Oh, Dios! ¿Por qué? ¿Por qué esta criatura?
Parecía y sonaba como un rebelde profeta del viejo testamento. Parecía y sonaba

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como loco. Lo peor que podía imaginar Randy en aquel momento era que Dan Gunn
perdiese su equilibrio mental.
—Eso nada tiene que ver —dijo Randy—. Eso fue estrictamente obra del hombre.
Del que dejó caer la bomba sobre MacDill, o en algún lugar de la zona de Tampa.
Peyton miraba hacia allá cuando estalló.
—Oh, el loco, destructor, asesino de niños, bastardo… ¡Esos hombres diabólicos,
esos diabólicos y traicioneros individuos! ¡Dios los maldiga!
Utilizó la expresión como un juramento sincero y terrible y entonces los brazos de
Dan cayeron y su cólera se esfumó. Visiblemente salió de aquel ataque de locura.
—Parece ser que se trata de una quemadura por destello de la retina —dijo—.
Para el ojo humano es el equivalente de una película fotográfica con exceso de luz.
Sus ojos se recuperarán.
Miró la forma del lecho.
—No puedo hacer mucho por los cardíacos. Este fue el tercero, aquí en el hotel.
Quizás vivan los otros dos, durante una temporada. Es el miedo lo que les mata y el
peor miedo es que tendrán un ataque y no podrán llegar hasta un médico.
Compadezco a todos los cardíacos de aquí, sin teléfono. Les compadezco, pero no
puedo ayudarles. Uno no tiene que preocuparse mucho de que las mujeres den a luz
niños. Los tendrán esté o no presente yo y las posibilidades de que tanto la madre
como el niño salgan con bien, —cogió el codo de Randy—. Echemos un vistazo a la
mujer de García y después veremos a Peyton Salieron de la habitación dejando al
muerto, solitario.
Marie García dijo que los dolores le sobrevenían con intervalos de cuatro a cinco
minutos.
—Será mucho mejor si puede dar a luz en su casa —contestó Dunn—. También
para mí más fácil. Este hotel no es sitio adecuado para tener a un niño. ¿Cree que
podrá llegar?
Marie miró a su marido y asintió.
—¿Nos seguirá, doctor? —preguntó García.
—Iré tras de ustedes —prometió Dan. Ayudó a Marie a ponerse en pie.
Apoyándose en John García salió ella, los labios apretados, aguardando la próxima
arremetida de dolor, pero sin miedo.
Dan se metió en el cuarto de baño y salió con una botellita.
—Gotas para los ojos —dijo—. Cada tres horas. —Las metió en su maletín y
entregó a Randy una caja de comprimidos—. Sedante. Un comprimido cada cuatro
horas. Y dale un par de aspirinas en cuanto llegues a casa. Que se quede en una
habitación oscura. Mejor aún, vendarla los ojos con un trapo negro. Mientras sepa
que no puede ver, no esforzará los ojos. Y eso tampoco la asustará demasiado. Lo que
da miedo es abrir los ojos y no ver.
—Vas a venir, ¿no? —preguntó Randy.
—Seguro. En cuanto pueda. Tengo que ayudar a nacer a ese niño y después he de

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revisar la clínica… Dios sabe lo que me espera allí… y ver a Bloomfield. Sea como
sea hemos de coordinar lo poco que podemos hacer. Pero en cuanto pueda iré a ver a
Peyton. Realmente nada es posible que pueda hacer en su bien que tú no lo hagas
ahora mismo. Y Randy…
—¿Sí?
—¿Compraste lo que había en las recetas?
—No. No tuve tiempo.
—No te preocupes. Yo te lo daré. Llevaré el género cuando vaya a tu casa.
Salieron juntos del hotel. Una mujer gimoteante, la peluca rojiza torcida en su
cabeza y con una boina mal puesta, se cogió al brazo de Dan. El se libertó. Ella trató
de apoderarse del maletín. El la alejó y echó a correr.
Se separaron fuera. Randy cruzó la ciudad. El tráfico crecía. Los almacenes y
tiendas que abrían temprano, los sábados, estaban atestados y habían grupos
esperando a la puerta de otras tiendas y en las escaleras del banco. Todavía no se
presentaba el desorden. Era una precipitación en comprar, como en la víspera de
Navidad. En la esquina de St. Johns y Yelee vio a Cappy Foracre, jefe de policía de
Fort Repose dirigiendo el tráfico. Se detuvo y gritó:
—Cappy, hay una mujer muerta en un accidente de River Road.
—Eso queda fuera de los límites de la ciudad —respondió con otro grito Cappy
—. No puedo hacer nada. Ya tengo bastante jaleo aquí.
Randy siguió adelante, sintonizando su radio a las frecuencias Conelrad, tratando
de pillar noticias. Como antes, el canal 40, tenía sólo un murmullo incoherente de
voces lejanas, pero Happy Hendrix seguía radiando en la VSMF, de San Marco, en la
sintonía 1240, aunque, obedeciendo las normas Conelrad no mencionaba el nombre
de la emisora. El teletipo de la AP desde Jacksonville hablaba de una batalla mar y
aire en la costa. El gobernador había dado a la publicidad una orden desde
Tallahasse… todas las ciudades que pudieran ser objetivo de los enemigos tenían que
ser evacuadas de inmediato; en las ciudades incluía Orlando y Jacksonville. No se
hablaba de Miami ni de Tampa.
Randy se preguntó porque la orden de evacuación se producía en Tallahasse, en
vez de salir del Cuartel General de la Defensa Civil. De la situación nacional no se
daban noticias en absoluto. Hasta ahora parecía como si Florida pelease sola la
guerra. Más que cualquier cosa Randy quería noticias… verdaderas noticias. ¿Qué
había pasado? ¿Qué ocurría por todas partes? ¿Se había perdido la guerra? Si seguía
luchándose, ¿quién ganaba?
En River Road adelantó a una docena de convictos, hombres blancos, con su
uniforme azul y la tira blanca en la pernera del pantalón. Marchaban hacia Fort
Repose. Dos de los convictos llevaban escopetas. Otro portaba una pistola metida en
su cintura. Eso era malo. Pandillas de bandidos en la carretera en vez de guardias
armados. Pero es que no habían guardias. No resultaba difícil imaginar lo que pasó.
Algunos de los guardias eran hombres sádicos y tenebrosos, expertos en castigos

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extraordinarios y degradantes. Era probable que cualquier disposición de la autoridad
del gobierno hubiera iniciado una revuelta de los prisioneros lanzándolos contra sus
guardianes. Había un campo de trabajos forzados entre Fort Repose y Pasco Creek.
Randy imaginó que aquellos prisioneros estaban siendo transportados por camión a la
zona de confinamiento cuando se produjo el ataque nuclear. Al darse cuenta del caos,
se revelarían y quizás asesinaron a los guardias obrando de manera casi instantánea.
Pasó por delante del coche siniestrado. El cuerpo de la mujer yacía junto a la
carretera. El equipaje había sido saqueado. Vestidos, zapatos y ropa interior relucían
en la cuneta. Un pijama de seda rojo colgaba de una baja palmera, triste gallardete
para marcar el final de unas vacaciones.
Cuando Randy llegó a su casa, el Chevrolet de Florence Wechek salió de su
jardín. Le gritó:
—¡Eh, Florence!
Florence frenó. Alice Cooksey la acompañaba en el coche.
—¿Dónde van? —preguntó Randy.
—A trabajar —contestó Florence—. Llego tarde.
—¿No saben lo que ha pasado?
—Claro que sí. Por eso es muy importante que abra mi oficina. La gente tendrá
que enviar toda clase de mensajes. Esto es una emergencia, Randy.
—Seguro que sí —afirmó Randy—. Camino de la ciudad se encontrarán con
algunos convictos. Están armados. No se detengan.
—Tendré cuidado —prometió Florence. Alice sonrió y agitó la mano.
Reanudaron la marcha.

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IV

El viernes por la noche Florence y Alice habían abierto una botella de jerez, un
gesto desacostumbrado, permaneciendo levantadas hasta pasada la medianoche,
intercambiando confidencias, opiniones y murmuraciones. Como resultado, Florence
se olvidó de poner el despertador y las dos mujeres se durmieron. Las explosiones
lejos hacia el sur las despertaron, pero hasta algún tiempo más tarde, cuando vieron el
resplandor en el firmamento, no se le ocurrió a Alice poner la radio y por último
comprender por las noticias lo que estaba sucediendo.
De inmediato, Florence quiso salir para su despacho. No teniendo parientes
cercanos y acercándose a una edad más allá de la que no podía esperar
razonablemente una propuesta de matrimonio ni siquiera que la mirasen dos veces ni
los viudos solitarios o los solterones maduros; toda su vida la centraba en la oficina.
Western Union no esperaba que abriese la estación hasta las ocho, pero llegaba de
ordinario un poco temprano. Por las tardes ella temía el descenso brusco de las
últimas horas del día, que al final, sobre las cinco, guillotinaba su jornada de trabajo.
Después de esa hora nada la aguardaba excepto los tórtolos, los pececitos de colores y
el precario viaje de regreso a siglos más románticos mediante el vehículo de las
novelas históricas. En el despacho era parte de un mundo atareado y excitante, un
lazo necesario de comunicación en los negocios de gran importancia de los demás.
En este día de crisis, ella tenía que ser la persona más importante de Fort Repose.
Sin embargo, dejó que Alice la convenciese para no partir en seguida. Para ser
una mujer tan avispada Alice parecía notablemente valiente y fría. Alice destacó que
Florence debería de soñar antes porque necesitaría de todas sus fuerzas y pudieran
pasar muchas horas antes de que tuviese oportunidad de comer. Y Alice se ofreció
voluntaria para acompañarla a la ciudad, aunque Florence insistió en que no era
necesario.
—¿Quién va a leer, hoy? —preguntó—. ¿Quién va a molestarse en ir a la
biblioteca?
—Quizás muchas buenas personas deseen leer —contestó Alice—, una vez
descubran que los folletos de la Defensa Civil están almacenados en la biblioteca. No
es que probablemente sea de mucha ayuda esa literatura ahora para ellos, pero quizás
sí les sirva de algo. Bubba Offenhaus decía que ocupaban mucho espacio en su
oficina. Así que me ofrecí para guardarlos.
—Fuiste previsora.
—¿Eso crees? Cuando dos navíos van en rumbo de colisión y los timoneles
inflexivamente mantienen ese rumbo, habrá choque. No es preciso ser previsora para
darse cuenta.
Y Alice sugirió que sería prudente para ellas utilizar su tiempo y recursos en
comprar provisiones mientras estaban en la ciudad.
—Conservas será lo mejor, me parece —dijo—, porque si la luz eléctrica

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desaparece, no habrá refrigeración posible.
—¿Y por qué tendría que suspenderse el suministro eléctrico? —preguntó
Florence.
—Porque la energía de Fort Repose viene de Orlando.
Florence no entendió por entero este razonamiento. No obstante, siguió el consejo
de Alice, poniendo en la lista elementos esenciales que necesitarían, llenando cubos y
la bañera de agua, antes de marcharse.
Florence y Alice pasaron por delante de la mujer muerta y del saqueado coche, en
su camino a la ciudad. Eso las asustó. Pero, cuando más adelante, Florence vio el
grupo de convictos y a dos de ellos armados, colocándose en el centro del camino
para indicarle que parase, pisó el acelerador. El coche se lanzó en una velocidad que
en su vida la mujer se había atrevido a emplear nunca. En el último segundo los dos
individuos se pusieron a salvo y los otros sacudieron los puños, moviendo la boca,
pero sin que pudieran oír sus maldiciones. Florence no disminuyó la marcha hasta
llegar a Marines Park. Dejó a Alice en la biblioteca. Aparcó detrás de Western Union,
que ocupaba una fachada de seis metros en un bloque de tiendas de un solo piso de
Yulee Street. Sus dedos temblaban y notaba torpes las piernas. Pasaron varios
segundos antes de que su corazón recobrase el ritmo normal y encontrase valor
bastante para entrar en su despacho. Catorce o quince hombre y mujeres, algunos de
ellos forasteros, se agruparon tras ella.
—¡Un momento! ¡Sólo un momento! —dijo Florence y se atrancó tras la
protección relativa del mostrador.
Era la primera mañana en muchos años que llegaba tarde y así, hoy, precisamente,
esperando a la puerta, había más clientes de los que podía esperarse por costumbre en
todo el día. Además, los sábados, Gaylord, su repartidor negro, tenía el día libre. Su
bicicleta estaba en la parte trasera de la oficina.
—Ahora tendrán que esperar —volvió a decir—, mientras abro las líneas.
Fort Repose era una de las docenas de pequeñas ciudades de circuito local que se
originaba en Jacksonville y terminaba en Tampa. Florence puso en funcionamiento su
teleescritor y anunció: «AQUI FR VOLVIENDO AL SERVICIO».
Al instante la máquina respondió desde JX, que era el indicativo de Jacksonville:
«ESTA USTED LIMITADO ACEPTAR Y TRANSMITIR SOLO MENSAJES DE
URGENCIA OFICIAL DE DEFENSA. HASTA OTRO AVISO. NO SE ACEPTAN
MENSAJES PARA PUNTOS AL NORTE DE JACKSONVILLE».
Florence acusó recibo y preguntó a Jacksonville: «¿ALGO RECIBIDO?».
JX dijo con sequedad: «NO. FI TAMPA ESTA AFUERA. HA SIDO
ORDENADA LA EVACUACION DE JX, PERO SEGUIREMOS HASTA QUE LA
DEFENSA CIVIL LLEGUE».
Florence se volvió a sus clientes de detrás del mostrador, empezó a hablar y se vio
abrumada por las demandas:
—Estoy esperando un giro de Chattanooga esta mañana. ¿Dónde está?… Quiero

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que envíe esto a Nueva York en seguida… ¿No puedo mandar un telegrama desde
aquí? Mi marido está en Londres y cree que yo me encuentro en Miami y no es
verdad. ¿Cómo se llama esta localidad?… Esto es un mensaje muy importante. Traté
de telefonear a mi agente y todas las líneas están cortadas. Es una orden de venta y
quiero que la envíe en seguida. Le daré una buena propina… Ni siquiera puedo
telefonear a Mount Dora. ¿Puedo enviar un telegrama desde aquí a Mount Dora?… Si
pido dinero a Chicago, ¿cuánto cree que tardará en recibir respuesta?…
Florence levantó las manos.
—Por favor, silencio…, así está mejor. Lo siento, pero no puedo tomar nada,
excepto mensajes oficiales de urgencia, de defensa. De todas maneras, nada puede
llegar más lejos que Jacksonville.
Vio la transformación de sus rostros. Habían estado ceñudos, decididos, irritados.
De pronto sólo estaban asustados. La mujer cuyo marido estaba en Londres murmuró:
—¿Nada al norte de Jacksonville? Oh, eso es terrible. ¿Cree usted que…?
—Acabo de decir cuanto sé —anunció Florence—. Lo siento. No puedo tomar
mensajes. Y no ha venido nada para nadie —les compadeció—. Vuelvan dentro de
unas pocas horas. Quizás las cosas vayan mejor.

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V

A las nueve menos cuarto Edgar Quisenberry, presidente del banco, entró en el
despacho de la Western Union. Tenía el rostro colorado y afeitado, vestía un traje
nuevo azul, el pañuelo blanco asomando por el bolsillo superior de la americana y
lucía también una correcta corbata azul oscuro. Sus modales eran briosos, confiados y
comerciales, tal y como debería comportarse un banquero en tiempo de crisis. En la
mano llevaba un telegrama, ya pasado a máquina en el banco.
—Buenos días, señorita Wechek —dijo y sonrió.
Florence se quedó sorprendida. El banco era su mejor cliente y, sin embargo,
apenas veía a Edgar Quisenberry, en persona, y jamás le vio antes sonreír.
—Buenos días, señor Quisenberry —contestó.
—Realmente no se puede decir que sea muy bueno —anunció Edgar—. Me
recuerda el día de Pearl Harbor. Ese rebaño de Washington ha sido pillado
dormitando de nuevo. Me gustaría que enviase este mensaje… —lo pasó por encima
del mostrador—. El teléfono parece estar averiado, temporalmente, o de otro modo
habría hecho una llamada personal.
Florence recogió el telegrama. Estaba dirigido a la sucursal de Atlanta el Federal
Reserve Bank y decía: «Necesito urgentemente instrucciones sobre cómo resolver la
situación actual».
—Acabo de recibir órdenes de no aceptar ningún mensaje, excepto los de los
oficiales de defensa en casos de emergencia, señor Quisenberry —dijo Florence.
La sonrisa de Edgar desapareció.
—Es que no hay nada más oficial que el Federal Reserve Bank, señorita Wechek.
—Bueno, eso no lo sé, señor Quisenberry.
—Será mejor que se entere, señorita Wechek. No sólo esto es un mensaje oficial,
sino que en una emergencia de defensa no hay nada más importante que mantener la
integridad financiera de la comunidad. Usted enviará en seguida este mensaje,
señorita Wechek. —Miró el reloj—. Son ahora las nueve menos cuarto. Voy a exigir
un informe, exactamente, de la rapidez de esta transmisión.
Florence estaba colorada. Conocía que Edgar Quisenberry podía causarle muchas
molestias. Sin embargo, Atlanta quedaba muy al norte de Jacksonville.
—No tenemos ninguna comunicación con puntos más allá de Jacksonville, señor
Quisenberry —dijo.
—¡Eso es ridículo!
—Lo siento, señor Quisenberry.
—Muy bien. —Edgar le arrebató el telegrama y revisó, corrigiéndola, la dirección
—. Tome. Envíelo a la sucursal de Jacksonville.
Dudosa, Florence cogió el impreso y dijo:
—Veré si lo aceptan, señor Quisenberry.
—Lo aceptarán. Espero.

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Ella se sentó ante la máquina, llamó a JX y escribió: «TENGO UN MENSAJE
PARA LA SUB-SUCURSAL EN JX DEL FEDERAL RESERVE. REMITE EDGAR
QUISENBERRY, PRESIDENTE DEL FIRST NATIONAL BANK. ¿QUIEREN
USTEDES ACEPTARLO?».
JX replicó: «ES UN PARTE OFICIAL DE DEFENS…».
Florence parpadeó. Durante un instante pareció que alguien había reflejado con
un espejo la luz del sol en sus ojos. Al mismo tiempo el mensaje de JX cesó.
—Tiene gracia —exclamó ella—. ¿Vio usted algo, señor Quisenberry?
—Nada, excepto un pequeño destello de luz. ¿De dónde vino?
El teletipo volvió a funcionar. «PK A CIRCUITO. GRAN EXPLOSION EN
DIRECCION JX. PODEMOS VER EL HONGO RADIOACTIVO». PK significaba
Palatka, un pueblecito en el St. Johns al sur de Jacksonville.
Florence se levantó y se acercó al mostrador con el mensaje de Edgar.
—Lo siento muchísimo, señor Quisenberry —dijo—, pero no puedo enviar esto.
Jacksonville ya no existe en el mapa.
La estructura financiera de Fort Repose se derrumbó en un día.
Durante la temporada de invierno el First National abría las mañanas de los
sábados de nueve hasta las doce y Edgar vio que no había motivo para que una guerra
interfiriese con las horas de oficina. Como cada cual, se despertó por el rumor de las
primeras lejanas explosiones y sintió un escalofrío de miedo cuando la sirena de los
bomberos empezó a bramar la alarma. Apremió a su esposa, Henrietta, para que le
hiciese el desayuno en seguida mientras trataba de llamar por conferencia a Atlanta.
Cuando su teléfono hizo ruidos extraños y el operador no quiso responder, escuchó
las escuetas emisiones locales durante treinta segundos, enterándose de las noticias.
Al no oír nada que pareciese alarmante de inmediato para Fort Repose, recordó a
Henrietta que cuando Pearl Harbor no ocurrió nada drástico. El lunes, después de la
catástrofe de Pearl Harbor no hubieron ni corridas ni pánico. No obstante, no pudo
terminar su tocino y sus huevos. Salió para el banco quince minutos más pronto que
de costumbre.
Pero en el banco nada iba bien. Los teléfonos tampoco funcionaban y a los ocho y
media, cuando su personal debía presentarse en el trabajo, la mitad no había
aparecido. Casi al mismo tiempo advirtió que una cola de cuentacorrentistas se
formaba en la entrada principal y eso fue lo que le hizo decidirse a enviar un
telegrama al Federal Reserve. Nunca había recibido instrucciones sobre qué hacer en
una emergencia de esta clase y, de hecho, jamás había considerado posible que se
presentara.
El fracaso de la Western Union de enviar su telegrama preocupó en cierto modo a
Edgar, pero se dijo a sí mismo que era imposible que el enemigo pudiese haber
bombardeado todas las grandes ciudades a la vez. Era probablemente alguna especie
de avería mecánica que pronto sería reparada, en cuanto los obreros la localizasen, de
modo que Fort Repose con su sistema telefónico no tardaría en funcionar

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normalmente.
Cuando las puertas del banco se abrieron a las nueve la gente aparecía bastante
ordenada. Era verdad que cada cual retiraba moneda efectiva y que nadie ingresaba
nada. Edgar no estaba muy preocupado. Tenía todavía un cuarto de millón en efectivo
a mano, una cantidad de dinero más alta que lo que se requería en cualquier sábado
ordinario, pero siguió firme en sus principios conservadores.
Al cabo de diez minutos el optimismo de Edgar se tambaleó. La señora Estes,
decana de las cajeras, se volvió sobre la caja fuerte y al contable y después de hablar
unas palabras entró en el despacho del director.
—Señor Quisenberry —dijo—, la gente no me retira dinero en la cantidad
ordinaria. Esas personas lo sacan todo… cuentas de ahorro y todo.
—No hay motivo para eso —respondió Edgar—. Deberían saber que el banco es
sólido.
—¿Puedo sugerir que limitemos los pagos? ¿Que saquen sólo lo bastante para que
cada familia pueda comprar lo que necesiten en esta emergencia? De ese modo
podremos seguir abierto hasta mediodía y no habrá pánico alguno. También protegerá
a los comerciantes.
Edgar se sintió inflamado por las palabras de su empleada, que prácticamente
significaban insubordinación.
—Cuando usted sea presidente de este banco —dijo—, entonces tomará tales
decisiones. Pero déjeme decirla algo, señora Estes. El único modo de detener un
pánico en el banco es pagar en efectivo. Mientras usted lo haga, la gente recobrará la
confianza y cesará de insistir en sacar fondos.
—Hoy es por entero diferente, señor Quisenberry. ¿Es que no lo comprende? Es
preciso que se asuma alguna especie de jefatura o se producirá el pánico.
—Señora Estes, tenga la bondad de volver a su caja. Yo dirijo el banco.
Ese fue el primer error de Edgar y quizás su error vital.
Corrigan, el cartero, entró y dejó caer un paquete de cartas en el escritorio del
secretario. Edgar se animó al ver a Corrigan. El viejo gobierno de los Estados Unidos
seguía funcionando.
—Aunque llueva o nieva, de noche y de día… —murmuró Edgar, sonriendo.
—Esta es mi última entrega —dijo Corrigan—. Ni los aviones ni los trenes
funcionan y el camión de Orlando no vendrá esta mañana. Esta saca es de anoche. No
podemos aceptar correo para fuera porque no garantizamos cuando saldrá, si es que
sale.
Corrigan se fue, se colocó en la cola, situándose ante una de las ventanillas de
pagos.
La parálisis del correo de los Estados Unidos fue una impresión enorme para
Edgar Quisenberry, más que cualquier otra cosa ocurrida hasta entonces. Por lo
menos, se confesó para sí, ésta es la imposible realidad del día. El darse cuenta no se
produjo de inmediato. No podía, porque su mente rehusaba asimilarlo. Trató de

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aceptar la probabilidad de que la Tesorería en Washington, Wall Street y los bancos
de la Federal Reserve por todas partes, eran ahora cenizas radioactivas. Ya no existían
casas de cambio ni bancos corresponsales. Se sintió enfermo al comprender que una
gran parte de sus propias acciones —es decir, las acciones de su banco— ya de nada
servían. ¿Qué utilidad tendrían los bonos del Tesoro y los billetes cuando no había
Tesorería? ¿Para qué servían los bonos municipales de Tampa, Jacksonville y Miami
cuando no habían ya municipalidades? ¿Quién enderezaría todo esto y cómo, y
cuándo? ¿Quién se lo diría? ¿Quién lo sabría? Con todas las comunicaciones cortadas
no podían ni siquiera conferenciar con compañeros banqueros de San Marco. Empezó
a sudar. Sacó la pluma estilográfica y comenzó a escribir cifras en un pedazo de
papel. Si podía reducirlo todo a números, recobraría el equilibrio. Siempre ocurría
así.
El cajero de Edgar entró en el despacho y dijo:
—No vamos a pagar en efectivo cheques de otras ciudades, ¿verdad, señor
Quesenberry?
—¡Claro que no! ¿Cómo podrás pagar cheques de otras capitales cuando no
sabemos si todavía existen esas ciudades? —Edgar parpadeó, recordando que
únicamente ayer pagó un gran cheque para Randolph Bragg sobre un banco de
Omaha. Ciertamente, Omaha, precisamente en el centro del condado, debía estar
segura. Edgar nunca pensó mucho en ello ni tampoco en lo que se hablaba de cohetes,
proyectiles dirigidos y tales, siempre se enorgullecía de pisar firmemente el suelo y
examinar los hechos de una manera práctica y tozuda. Y los hechos, como afirmó
públicamente, eran que Rusia intentaba derrotar a los Estados Unidos asustándoles y
provocando la inflación, la depresión socialista y no mediante el empleo de
proyectiles. El campo era sólido básicamente y los rusos nunca atacarían un país de
tanta solidez. Y sin embargo, habían atacado; si podían alcanzar Florida igualmente
podían hacerlo con Omaha… o cualquier otro lugar.
Su cajero, el señor Pennyngton, un hombre delgado con nariz llorosa y estómago
nervioso, dado a asustarse por los detalles, crispó las manos como para impedir que
sus dedos se le escaparan volando por el espacio. Con voz entrecortada hizo otra
pregunta:
—Señor Quisenberry, ¿qué hay de los cheques de viajeros? ¿Los pagamos?
—¡No, señor! Los cheques de viajeros se suelen redimir de ordinario en Nueva
York (y, entre usted y yo), creo que no quedará mucho de Nueva York.
—¿Y qué hay de los bonos del gobierno, señor? Hay gente en la cola que quiere
hacerlos efectivos.
Edgar dudaba. Negarse a pagar en efectivo bonos de ahorro del gobierno era un
sacrilegio financiarlo tan terrible que jamás en su cerebro se le ocurrió que existiese
tal remota posibilidad de dudarlo. Sin embargo, allí estaba, enfrentándose al
problema.
—No —decidió—, no pagaremos los bonos. Diga a esos individuos que no

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pagamos ningún bono hasta que descubramos donde se sienta el gobierno…, si es que
se asienta.
La noticia de que el First National se negaba a aceptar hasta los cheques de los
viajeros y los bonos del gobierno se extendió por la pequeña barriada comercial de
Fort Repose en pocos minutos. Los comerciantes, tenderos, drogueros, propietarios
de tiendas especializadas y de estaciones de gasolina, dedujeron que si los cheques de
viajeros y los bonos del gobierno no valían nada, pronto los demás cheques dejarían
de tener valor. Desde que abrieron las puertas aquella mañana, todos los records de
venta fueron derribados. Cada cual compraba lo que se le ponía por delante, cosa que
alegraba a los tenderos al mismo tiempo que les asustaba. La mayor parte de ellos,
desde el principio, se mostraron precavidos, rehusando aceptar cheques de fuera de la
ciudad, excepto, claro, los correspondientes a las pagas por nómina y a las pensiones
del gobierno, que todo el mundo presumía eran tan buenos como el dinero efectivo.
Cuando actuó el banco, su primera reacción fue rechazar todos los papeles excepto la
moneda, considerándolos probablemente como sin valor.
Su siguiente reacción fue correr al banco e intentar convertir su papel sospechoso
en moneda efectiva.
Mirando a través de la puerta del despacho. Edgar contempló las colas en el
vestíbulo, esperando que desaparecieran. En su lugar, crecieron. Llamó al señor
Pennyngton y juntos revisaron las existencias en efectivo. Increíblemente, en una sola
hora se había reducido a 145.000 dólares. Si continuaba a este paso, el banco se vería
sin dinero a las once y media y Edgar dedujo que la proporción de los pagos sólo
incrementaría.
Edgar Quisenberry tomó su decisión. Entró en las cuatro ventanillas y una a una
vació los cajones de efectivo y transportó el dinero a la caja fuerte. Entonces cerró
con llave la caja. Volvió hacia el vestíbulo, subió a una silla y alzó las manos.
—Silencio, por favor —pidió.
En aquel momento habían unas sesenta personas en las colas. Habían estado
murmurando. Se quedaron mudas.
—En beneficio de todos los depositantes, me he visto obligado a ordenar que el
banco cierre temporalmente —dijo Edgar.
Todos le miraron. Se sentía aliviado al ver a Cappy Foracre, jefe de policía, y a
otra gente, apartando a la gente de la puerta. En apariencia presintieron que podía
haber jaleo. Sin embargo, Edgar no vio amenaza alguna en los rostros de los que
estaban en el interior. Parecían confusos y sin comprender, torpes e inefectivos como
el ganado encerrado en el establo al caer la noche.
—Este cierre temporal —continuó—, ha sido ordenado por el gobierno como una
medida de emergencia —eso era una estupenda mentira. Estaba del todo seguro de
que podría ponerse en contacto con el Federal Reserve, y que de haberlo hecho antes
se le hubiera dado este consejo.
Sus depositantes continuaron mirándole con fijeza, como si esperaran algo más.

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—Puedo asegurarles —dijo—, que sus ahorros están seguros. Recuerden, todos
los depósitos hasta de diez mil dólares están asegurados por el gobierno. El banco es
sólido y reabrirá sus puertas en cuanto haya pasado esta emergencia. Gracias.
Bajó de la silla y regresó a su despacho, teniendo cuidado en mantener una actitud
digna y comercial. La gente chilló. Mantuvo el orden y salió. Edgar conservó a su
personal atareado hasta pasado el mediodía, haciendo balance de cuentas y libros.
Cuando todo estuvo en orden, dio por anticipado a cada empleado el salario de una
semana, en efectivo, y les informó que se pondría en contacto con ellos cuando
fueran necesarios sus servicios. Con todo lo que quedaba, y estando por entero solo,
se sintió aliviado. Había salvado al banco. Su posición seguía siendo liquida. Los
dólares eran buenos y el banco tenía dólares. Puesto que él era el banco y el banco era
suyo eso significaba que poseía el efectivo necesario para sobrevivir personalmente
en un período indefinido de caos económico.
Los cálculos de Edgar no eran correctos. Se había olvidado de la ley implacable
de la escasez.
Como la mayor parte de las pequeñas ciudades, los alimentos de Fort Repose y el
suministro de medicinas dependía de las entregas diarias o trisemanales de los
almacenes de las urbes mayores. Cada día camiones tanque llenaban las gasolineras.
Para todas las demás mercancías se dependía de los embarques por correo, ferrocarril
y fletes de carretera, de los transportistas y fabricantes de otras plazas. Con Alerta
Roja, todos estos servicios se suspendieron por entero y de inmediato. Como miles de
otras ciudades y pueblecitos y no directamente afectados por la guerra, Fort Repose
se convirtió en una isla. Desde aquel momento, sus habitantes tendrían que subsistir
en lo que estuviese dentro de sus posibilidades y alcances, más lo que pudiesen
extraer del campo circundante.
Las provisiones y los suministros se evaporaron en las estanterías. La gasolina se
secó en las bombas. Cerrando el First National fracasó en evadirse del ansia
compradora. Antes de cerrar, había inyectado unos cien mil dólares extra en efectivo
en la economía, desigualmente destruida. Y aparecieron forasteros, ansiosos de
comerciar con lo que había en sus carteras, adquiriendo lo que necesitaban en el
momento y en el futuro.
La gente de Fort Repose no tenía forma de saberlo, pero los establecimientos de
las autopistas que formaba la red arterial de costa a costa y los de los cruces entre las
grandes ciudades, habían sido despojados rápidamente de sus existencias.

Para cuando se produjo la Alarma Roja las autopistas estaban atascadas con
caravanas de refugiados, buscando asilo sin saber dónde. Las setas radioactivas de las
explosiones atómicas de Miami vaciaron Hollywood y Fort Lauderdale. Los turistas
se encaminaron instintivamente al norte por la carretera número uno y A1A, como
pájaros asustados en busca de sonido. Al anochecer, se detenían al exterior de los
escombros radioactivos de Jacksonville. Algunos huyeron hacia el oeste en dirección

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a Tampa, para descubrir que Tampa les estallaba en la cara. La evacuación de
Jacksonville, parcialmente realizada antes de que los proyectiles dirigidos buscasen el
complejo Marina-Aire, envió a parte de su gente hacia Savannah y la Atlanta.
Ninguna de las dos ciudades existía. Otros marcharon raudos al sur, hacia Orlando,
para encontrarse con los evacuados de Orlando que se precipitaban hacia el
holocausto de Jacksonville. Cuando las autoridades en Tallahasse sospecharon que la
avalancha de Jacksonville, la avalancha de polvo radioactivo transportado por el
viento oeste, ensabanaría la capital del estado, ordenaron la evacuación. Algunos
desde Tallahaasee marcharon al sur por la carretera 27, hacia Tampa, sin saber que
Tampa ya no existía.
Este caos no resultó de una rotura de Defensa Civil. Fue simplemente que la
Defensa Civil, como una burbuja realista contra la guerra termonuclear, no existió.
Las zonas de evacuación para ciudades enteras nunca se habían anunciado
públicamente lo suficiente, por el miedo de «extender la alarma». Sólo las familias
del personal militar sabían qué hacer y dónde ir y reunirse. El secreto militar prohibía
la identificación por radio de aquellas ciudades destruidas, puesto que esto era dar
información al enemigo.
En Florida sólo, varios cientos de miles de familias estaban en movimiento, pocas
con provisiones para más de un día y algunas con nada en absoluto, excepto un coche
y dinero. Así por necesidad eran voraces y consumían todo como un ejército de
hormigas. Las tiendas de carretera, restaurantes, gasolineras, bares y quioskos que se
extendían a lo largo de las autopistas de cuatro circulaciones por dirección se vieron
desnudadas de existencias o colocaron un cartel así afirmándolo. Sólo los
establecimientos dedicados a la venta de recuerdos, con sus inútiles flamencos
rosados y conchas de colores, se salvaron del saqueo. Por eso es por lo que los
forasteros, viniendo de las carreteras ya vaciadas, invadieron Fort Repose y otras
pequeñas ciudades apartadas de las corrientes principales de tránsito.
Aquellas personas en Fort Repose que recordaban el racionamiento de la Segunda
Gran Guerra recordaron la carencia de mercancías, allá en los años 42 y 43 y
compraron subsiguientemente. Acapararon cámaras, cubiertas, café, azúcar,
cigarrillos, manteca, carne de buey y medias de nylón. Algunas propietarios, dándose
cuenta de que esas mercancías se esfumaban, instituyeron sus propios sistemas de
razonamiento.
Las esposas más atentas y sensatas llevaban radios portátiles con que compraron
repuestos de baterías, velas, lámparas de petróleo, fósforos, líquido para
encendedores y piedras, botiquines y grandes cantidades de jabón y de papel
higiénico.
Cuando se extendió la noticia de que convictos armados, escapados de los
batallones de trabajo se vieron cerca de la ciudad, el almacén de Beck vendió rifles,
escopetas, pistolas y casi todas sus municiones.
Para mediodía las registradoras de Fort Repose estaban atiborradas de dinero,

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pero muchas estanterías y mostradores estaban desnudos y a otros poco les faltaba.
Por la tarde la viva escasez había degradado el dólar hasta hacerlo despreciable. Al
cabo de unos pocos días más, el dólar, en Fort Repose, había desaparecido por entero
como medio de cambio, al menos durante largo tiempo.
Sentado a solas en su despacho, Edgar Quisenberry no se daba cuenta de ninguno
de estos hechos, no podía en su imaginación anticipar la caída del dólar, ni tampoco
pudo haberse pensado en la desolación de la Tesorería y del Sistema de Reserva
Federal en el espacio de una sola hora. Metódicamente leyó el último correo. No
había nada de gran importancia, excepto animadores párrafos en la carta Kiplinger
prediciendo otro aumento de los negocios e hipotecas y mejores beneficios en el sur
durante la temporada de Navidad. Y también, desde Detroit había una noticia de que
el dividendo de las acciones de un diez por ciento en automóviles había sido abonado
en su cuenta corriente personal. Ciertamente no se equivocó en la solidez de aquello,
pensó. Confiaba que nada le pasase a Detroit, pero tenía el inquietante presentimiento
de que sí ocurriría o ya habría ocurrido.
A las dos, como siempre, los sábados salía del banco, primero ajustando la
cerradura del tiempo de la caja fuerte para las ocho y media de la mañana del lunes.
Su coche era un Cadillac negro, de tres años de antigüedad. Recordó que durante la
última Gran Guerra la producción de automóviles se suspendió. Decidió que el lunes,
o quizás aquella misma tarde, iría hasta San Marco y vería si podía adquirir un nuevo
Cadillac a cambio del viejo. Henrietta se alegraría y eso serviría de valla para una
larga disrupción de la economía.
Cuando puso en marcha el motor vio que tenía poca gasolina y en el camino de su
casa se detuvo en la estación de servicio de Jerry Kling. Se quedó sorprendido al ver
que no habían filas de coches esperando, como ocurrió a primeras horas de la
mañana. Luego advirtió el gran cartel pintado a mano con unas escuetas letras rojas:
LO SIENTO. NO QUEDA GASOLINA.
Edgar hizo sonar el claxon y Jerry salió del despacho, con aspecto cansado y
triste.
—¿Diga, señor Quisenberry? —le preguntó Jerry.
—Eso es para alejar a los turistas y forasteros, ¿verdad? —dijo Edgar.
—No, señor. No sólo me quedé sin gasolina. Vendí todos los neumáticos, bujías,
baterías, aceite pesado, equipos de vulcanización, bebidas y caramelos y me queda
muy poco de todo lo demás.
—Necesito gasolina. Estoy casi con el depósito vacío.
—Debía haber puesto el cartel una hora después de abrir. ¿Sabe qué, señor
Quisenberry? Vendí a precio normal las cubiertas antes de pensar que yo necesitaría
también un equipo completo. Me dejé encantar por el sonido de la registradora. ¡Qué
loco fui! Ahora sólo tengo dinero.
—No sé si llegaré a casa —dijo Edgar.
—Pues a mí me parece que todos no tardaremos en tener que caminar, señor

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Quisenberry —suspiró Jerry—. Le voy a decir lo que haré. Usted es un viejo cliente.
Tengo un bidón en el almacén. Le daré unos quince litros. Baje su coche por la
rampa, para que nadie le vea.
Cuando tuvo sus quince litros, Edgar sacó la cartera y dijo:
—¿Cuánto?
Jerry soltó la carcajada y levantó las manos en un gesto de repugnancia.
—¡Guárdelo! No quiero dinero. ¿Para qué diablos sirve? No se puede ir en coche
y no se puede comer ni siquiera sirve para arreglar un pinchazo. El dinero es una
inutilidad en este tiempo.
Edgar condujo despacio, reclinado sobre el volante. Vagamente sabía que en la
Segunda Gran Guerra los dragmas griegos y los pengos húngaros quedaron sin valor.
Y en la Guerra de la Revolución los chelines del Congreso Continental no darían
nada, según la frase británica, siendo unos desperdicios continentales. Pero nada así
había ocurrido jamás al dólar. Si el dólar carecía de valor, todo carecía de valor.
Había una frase que oyó cantidad de veces: «el fin de la civilización como nosotros
sabemos». Ahora comprendía el significado de la frase. Quería decir que se acababa
el dinero.
Cuando Edgar llegó a casa faltaba el coche de Henrietta. Encontró una nota en la
bandeja en la mesita del recibidor. Decía:

«1-30.

”Edgar… traté de llamarte durante toda la mañana pero el teléfono sigue


sin funcionar. La radio no dice nada, pero tengo miedo. No obstante, voy a
salir de compras. Espero que no haya mucha gente en las tiendas. Me parece
que de aquí en adelante compraré los martes o viernes en vez de los sábados.
”¿No seria mejor que llenásemos de gasolina los depósitos de los dos
coches? Puede que haya escasez. Recuerda cómo pasó la última vez, con
aquéllas tarjetas estúpidas de razonamiento clase A y B.
”No dejaste mucho dinero cuando saliste precipitadamente esta mañana,
pero siempre puedo pagar con cheques. Será difícil durante una temporada,
pero la vida proseguirá»
Henrietta

Edgar subió al dormitorio de matrimonio y se sentó al borde de la cama. Qué


estúpida era ella. Decía que la vida proseguiría. ¿Cómo podía seguir la vida adelante
sin ninguna Federal Reserve, sin Tesorería, sin Wall Street, sin bonos, sin bancos?
Henrietta no le entendía en absoluto. ¿Cómo podía seguir la vida si los dólares
eran inútiles? ¿Cómo podría vivir nadie sin dólares, sin crédito, sin ambas cosas? Ella
no entendía que el banco se había convertido sólo en un montón de piedra lleno de
papel sin valor, de que su crédito no sería mejor que el de otro cualquiera. Si los

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dólares eran despreciables nada podrían comprar. Ni siquiera un billete, digamos, a
Sudamérica incluso si se podía, ¿cómo se podría llegar a un aeropuerto? ¡Vaya ir de
compras! ¿Cómo podrían comprar durante una semana, o un mes a partir de ahora?
Henrietta era estúpida. Esto era el fin. La civilización terminaba. De una cosa
estaba seguro de pillar. No se vería arrollado por la multitud. Había sido un banquero
toda la vida y así seguiría siendo hasta morir, banquero. No se dejaría humillar. No
quedaría reducido a mendigar gasolina o comida y verse arrastrado al nivel de un
contable sin trabajo. Pensó en todas las notas sobresalientes que ahora nunca se
pagarían y de cómo sus desvelos estarían riéndose. Despreció a los imprevisores y
ahora lo mismo valdría el imprevisor que el cuidadoso, el sólido que el quebrado.
Bueno, les dejaría que tratasen de seguir adelante sin dólares. No aceptaría tal mundo
para sí.
Encontró el viejo y niquelado revólver, comprado por su padre muchos años atrás,
estaba en el cajón superior de su escritorio. Edgar jamás lo disparó. Las balas estaban
verdes de cardenillo y el percutor oxidado. Apoyó el cañón en su sien, preguntándose
si funcionaría. Funcionó.

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PARTE 6

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I

Siempre antes, los acontecimientos importantes y las fechas de interés se


marcaban en la memoria con etiquetas definidoras, no sólo los días como el Día de
Acción de Gracias, el de Año Nuevo y el Nacimiento de Lincoln, sino el Día de Pearl
Harbor, el Día D, el Día VE, el Día VJ, el Día de los Impuestos. Este sábado
decembrino, siempre después, se conoció simplemente como El Día. Con eso
bastaba. Cada cual recordaba con exactitud lo que dijeron o hicieron en El Día. La
gente inconsciente se decantó por dividir el tiempo en dos nuevos períodos, antes de
El Día y después de El Día. Así se solía decir: «Antes de El Día yo era comerciante
en automóviles. Ahora vendo sedales para pescar». O una madre podía murmurar:
«Oh, sí, Oscar salió bien de los exámenes. Claro que eso fue antes de El Día». O una
mamá joven decía: «Hope nació después de El Día, por eso me preocupan sus
dientes».
El invento semántico no fue del todo original. Varias generaciones de sureños se
habían referido a antes y después de «La Guerra» sin que nadie les pidiera que
explicaran a qué guerra se referían. Pareció incongruente llamar guerra a El Día —
guerra ruso-americana, Este-Oeste, o Tercera Guerra Mundial—. Porque la guerra en
realidad terminó en una sola jornada. Además, nadie en el hemisferio occidental vio
jamás el rostro de ningún enemigo humano. Poquísimos realmente contemplaron un
avión o submarino enemigo y los proyectiles dirigidos aparecieron tan sólo en las
pantallas de radar más sensibles. La mayoría de los que murieron en Norteamérica no
vieron nada en absoluto, puesto que fallecieron en la cama, pasando en una milésima
de segundo del sueño a la eternidad. Así que el forcejeo no fue contra una naturaleza
humana o por la victoria. La lucha, para quienes sobrevivieron a El Día, fue por
sobrevivir al siguiente.
Esta verdad no fue asimilada rápida o fácilmente por Randy Bragg, aunque estaba
mejor preparado que la demás gente. Quedaba por entero fuera de su experiencia y
sin precedente en la historia.
En El Día en sí, cualquier otra cosa que él pudiese estar haciendo, jamás se
encontraba más allá del sonido de alguna radio, esperando las noticias que debían
acompañar a la guerra, noticias de victorias o derrotas, movilización, proclamaciones,
declaraciones, algún mensaje del Presidente, palabras de la jefatura, dando ánimos,
fomentando la unidad. En total habían varios receptores de radio en la casa: Todos
estaban conectados, sintonizados, excepto el que a la vez era reloj despertador del
cuarto de Peyton, en donde la niña con los ojos lubricados y vendados, dormía
ayudada por los sedantes de Dan Gunn.
Incluso cuando subía o bajaba la escalera, o descubría deberes imperativos en el
exterior, Randy se llevaba su pequeño transistor portátil. Dos veces abandonó los
jardines. Una para una misión de compras en la ciudad, otra para visitar brevemente a
los MacGovern. El ventanal panorámico del lado del río de la casa se rajó durante la

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concusión y esto, más otras implicaciones mayormente terribles Del Día tuvieron un
efecto traumático en Labinia. La dieron comprimidos para dormir y la acostaron. Lib
y su padre se portaban bien, hasta valientemente. Randy sintió alivio. No podía eludir
su primer deber, que era atender a su propia familia, la esposa de su hermano y sus
sobrinos. No podía dedicar su mente y su energía a la protección de dos casas al
mismo tiempo.
Hasta mitad de la tarde Randy sólo oyó el murmullo y los poco informativos
treinta segundos de las emisiones de la WSMF.
Ahora estaba en el piso bajo, en el comedor con Helen. Ella había hecho un
inventario de las cosas necesarias en la casa, descubriendo un sorprendente número
de mercancías que se consideraban esenciales, con guerra o sin guerra, pero que a
Randy le habían pasado por alto completamente. Ahora él comía un filete con
verduras —Helen; desaprobando sus bocadillos caníbales, insistió en cocinar— y
ayudaba a tragarlo con un vaso de jugo de naranja. Arrullado en el imponente y
maltrecho sillón del capitán se relajó por primera vez desde el alba. Un cansancio le
subió desde las doloridas piernas. Había dormido dos o tres horas solamente en el
pasado día y medio y sabía que cuando terminara de comer la fatiga se apoderaría de
todo su cuerpo y se vería en la necesidad de tumbarse de nuevo. A la otra parte de la
mesa circular y pulimentada, con aspecto fresco y competente, Helen tomaba un poco
de whisky con agua y revisaba lo que ella llamaba su lista imprescindible.
Uno de nosotros —decía—, tiene que hacer otro viaje a la ciudad. Necesito
detergentes para la máquina lavaplatos y la de lavar ropa, jabón en polvo, servilletas
de papel, rollos de papel higiénico. Necesitaríamos tener más velas y quisiera poder
echar mano a una de esas antiguas y viejas lámparas de petróleo. Y, Randy, ¿qué hay
de municiones? No quisiera asustarte, pero…
La radio, en un intervalo de silencio entre las emisiones locales Conelrad, gritó de
repente con una onda extraña y potente. Oyeron una voz nueva.
—Aquí el Cuartel General de la Defensa Civil…
Las patas delanteras del sillón de Randy chocaron contra el suelo. De nuevo
estaba despierto completamente. La voz era familiar, era la voz de un noticiario
radiado, uno de los más conocidos de Nueva York o Washington, pero aún famoso.
Una voz fuerte y bien venida que conectaba con ellos mientras el mundo más allá de
la frontera del condado de Timucuan parecía no existir. El locutor prosiguió:
—”Todas las estaciones locales Conelrad, por favor que salgan del aire ahora y
cualquiera que oiga esta señal que haga lo mismo. Se trata de una llamada clara de
emergencia por el canal también de emergencia. Si la señal sale errante, no cambien
de estación. Es porque la señal gira entre un número de transmisores en orden de
impedir el bombardeo de cualquier euronave enemiga. La próxima voz que oirán
será la del Jefe ejecutivo en Activo de los Estados Unidos, la señora Josephine Van
Brucker-Brown.
Randy apenas podía creerlo. La señora Van Bruuker-Brown era Secretaria de

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Salud, Educación y Conducta en el Gobierno del Presidente o lo había sido hasta hoy.
Luego oyeron su voz con el peculiar acento educado de Boston. Era sin duda, la
señora Van Bruuker-Brown. Decía:
«Amigos conciudadanos como todos sabréis ahora, al amanecer de la mañana de
hoy este país y nuestros aliados en el mundo libre fueron atacados sin aviso con
armas atómicas y termonucleares. Muchas de nuestras grandes ciudades han
quedado destruidas. Otras están contaminadas y su evacuación en proceso. La siega
de víctimas inocentes hecha en este nuevo y sombrío día de infamia no puede todavía
calcularse».
Estas primeras frases se oyeron claras y valientemente dichas. Ahora su voz se
quebró, como si encontrase difícil decir lo que era necesario anunciar.
«El hecho mismo de que os hable como Jefe ejecutivo de la nación ya debe
significaros mucho».
La oyeron sollozar.
—No hay presidente —murmuró Helen.
—No hay Washington —dijo Randy—. Me imagino que estaba en su casa, fuera
de Washington, o que habla desde alguna otra parte en que vive…
Randy se calló. La señora Van Bruuker-Brown volvía a hablar:
»Nuestra acción de represalia fue rápida y, según los informes que nos han
llegado a este puesto de mando, efectiva. El enemigo ha recibido un castigo terrible.
Varios centenares de sus proyectiles dirigidos y sus bases aéreas, desde la península
Chukchial Báltico y de Vladivostok y Mar Negro, ciertamente, han sido destruidas.
La Marina ha hundido o averiado por lo menos a cien submarinos en las aguas
norteamericanas.
»Los Estados Unidos han sido gravemente afectados, pero bajo ningún concepto
derrotados.
»La batalla sigue, nuestras represalias continúan.
»Sin embargo, debemos esperar más ataques enemigos. Hay razón de creer que
las fuerzas aéreas enemigas todavía no han sido destrozadas totalmente. Debemos
prepararnos a soportar pesados golpes. Como Jefe ejecutivo de la Defensa de los
Estados Unidos y Comandante en Jefe de las fuerzas aéreas declaro un estado de
emergencia nacional ilimitada hasta que se proceda a una nueva elección y se
renueve el Congreso.
»Si las zonas devastadas y en otras áreas en donde las funciones normales del
gobierno no pueden ser llevadas a cabo, yo declaro la Ley marcial, que será
administrada por el Ejército. Nombro al teniente general George Hunnker, Jefe de
Estado Mayor del Ejército y Director de la Ley Marcial en la zona del interior lo que
significa dentro de los cuarenta y nueve estados.
»Han habido grandes dislocaciones de comunicaciones, de las funciones
industriales, económica y financiera. Declaro, desde este momento, una moratoria en
el pago de todas las deudas, alquileres, impuestos, intereses, hipotecas, demandas de

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seguros y bonos y premios, y de todas y cualquier otra funcional obligación durante
la duración de esta emergencia.
»De vez en cuando, Dios mediante, utilizaré estos poderes y facilidades para
llevarles más información, tal y como se reciba, y para impartir más decretos a
medida que se hagan necesarios. Llamo a todos para que obedezcan las órdenes de
sus directores locales de la Defensa Civil, autoridades del estado y municipales, y del
ejército. Que no cunda el pánico.
»Algunos de ustedes han debido imaginarse cómo ha sucedido todo. Yo, a la
cabeza del Gobierno, en sus departamentos más jóvenes y mujer, me he visto
obligada a asumir los deberes y responsabilidades del Jefe ejecutivo del Estado en
este día de la historia, el más terrible de cuantos conocimos.
»Uno de los primeros blancos del enemigo fue Washington.
»Hasta ahora hemos sido capaces de descubrir con pesar que ni el presidente, ni
el vicepresidente, ni ningún otro miembro del Gobierno, ni los presidentes del Senado
o de la Cámara han sobrevivido. Parece seguro que sólo un porcentaje pequeño de
los miembros del Congreso escaparon. Yo sobreviví sólo por casualidad, porque esta
mañana me encontraba en otra ciudad en un viaje de inspección. Ahora estoy en el
puesto de mando militar en relativa seguridad. He designado este puesto de mando
como Cuartel General de la Defensa Civil, al igual que sede temporal del Gobierno».
La señora Van Bruuker-Brown tosió y pareció sofocarse, se recobró y continuó:
«Con dolor de corazón, pero con la decisión de dirigir a la nación hasta la
victoria y la paz, les dejo a ustedes durante unas horas»
La radio zumbó durante un segundo, la onda portadora se cortó y se produjo un
silencio.
—Lo que yo me esperaba, pero resulta terrible oírlo —dijo Randy.
—Sin embargo, hay gobierno —afirmó Helen.
—Me imagino que éso consuela algo. Me pregunto qué ha quedado. Quiero decir,
qué ciudades aún existen.
Helen miró a Randy. Miró más allá de a lo lejos, con la vista perdida y distante.
Sus manos se unieron en la mesa y sus dedos se entrelazaron; cuando habló fue en su
suave voz femenina, casi inaudible, como si sus pensamientos fueran tan frágiles que
temieran verse destrozados por algo más que un susurro.
¿Crees que es posible… que el puesto de mando militar desde el que ella habló
fuese Offutt Fleld? ¿Crees que puede estar en lo que llamamos el Agujero, en el
Cuartel General del C.E.A.? Si ella está en el C.E.A… ya sabes lo que quiere decir,
¿verdad?
—Sí. Que Mark se encuentra bien. Pero Helen…
—¿Sí?
Randy no creyó probable que la señora Van Bruuker-Brown hablase desde
Omaha. Tenia las probabilidades en contra. Habían muchos cuarteles generales y el
primero que el enemigo trataría de destruir, después del propio Washington, era el del

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C.E.A. Mark así se lo temió y él también.
—No creo que debiéramos confiar, mucho en eso —dijo.
—No confío. Rezo. Si Mark… está vivo… ¿Cuánto tiempo crees que pasará antes
de que tengamos noticias suyas?
—No me lo puedo ni imaginar. Pero sé que podemos hacer un cálculo
aproximado. Mejor, dicho, quien puede hacérnoslo. El almirante Hazzard. Vive al
otro lado de casa de Henri. Escucha la onda corta y se mantiene al corriente con todo
lo que sucede. Sirvió en la O.N.I. y más tarde estuvo en el Estado Mayor de
Inteligencia y en la junta de jefes… creo que fue su última misión antes de retirarse.
Así que si alguien de los alrededores sabe los que está ocurriendo, ese alguien tiene
que ser el viejo Sam Hazzard.
—¿Podríamos verle?
—Pues claro que sí. Cuando queramos. Queda sólo a unos cuatrocientos metros.
Pero no podemos dejar sola Peyton y yo no tengo idea de cuándo llegará Dan Gunn
—tenía los brazos como de madera y doloridos, la cabeza demasiado pesada para que
la sostuviese su cuello. Notó cómo la barbilla caía sobre su pecho—. Y estoy
condenadamente cansado, Helen. Creo que si no duermo un par de horas, perderé el
juicio. Si no descanso no serviré de mucho aquí y Dios sabe lo que ocurrirá esta
noche.
—Lo siento, Randy —contestó Helen—. Naturalmente que estás cansado. Sube y
duerme. Yo iré a la ciudad. No tenemos muchas cosas de las que nos hacen falta.
—¿Y si Peyton llama? No me despertaré…
—Ben Franklin estará aquí. Le diré que te despierte si ocurre algo grave.
—Está bien. Ten cuidado. No te detengas por nadie, camino a la ciudad —Randy
subió al piso alto, cada paso le costó un esfuerzo. Era verdad, pensó, que las mujeres
tenían más resistencia que los hombres.
Randy decidió no desnudarse ni meterse en la cama porque una vez se hubiese
tapado se sentiría incapaz de levantarse. En su lugar, se quitó los zapatos y se dejó
caer sobre el diván de la sala de estar. Miró al armero de la pared opuesta. Hasta años
muy recientes las armas formaron una parte muy importante en la vida del Timucuan.
Randy se imaginó que podrían volver a ser importantes de nuevo. Tenía todo el
arsenal. Allí estaba el largo y anticuado 30-40 Krag, con punto de mira deportivo; la
carabina que llevó en Corea, desmantelada, desmontada y traída a casa, de
contrabando; dos rifles 22, uno equipado con visor telescópico; un automático calibre
doce y otro ligero, mejor dicho, escopeta, del 20, perfectamente equilibrada, de doble
cañón. En el cajón de la mesita de noche había un automático 45 y una pistola del 22
de tiro al blanco colgada en su funda armario.
Munición. Tenía más de la que jamás necesitaría para el gran rifle, la carabina y
las escopetas. Pero sólo le quedaban un par de cajas del 22 y deducía que ese calibre
podía ser el más útil de todas las armas que poseía, si el caos económico duraba largo
tiempo, se producía escasez de carne y era necesario salir de caza para comer. Se

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levantó y fue al pasillo y gritó por el hueco de la escalera:
—¡Helen!
—¿Sí? —su cuñada contestó desde la puerta de la calle.
—Si tienes ocasión déjate caer por la ferretería de Beck y compra unas cuantas
cajas de cartuchos del calibre 22.
—Aguarda un momento. Lo apuntaré en mi lista. Cartuchos del calibre 22.
¿Cuántos?
—Diez cajas, si es que las tienen.
—Lo intentaré —contestó Helen—. Ahora, Randy, a dormir.
Volviendo al diván, cerró los ojos, pensando en las armas y en la caza. En la
juventud de su padre, aquella parte de Florida fue un paraíso de los cazadores, con
codorniz, paloma, pato y ciervo en abundancia e incluso osos negros y una especie
rara de panteras. Ahora la codorniz era escasísima, tres bandadas recorrían los setos y
la maleza de detrás de casa de Henrri. Randy no había disparado contra la codorniz
durante los últimos doce años. Cuando los visitantes advertían su armero y
preguntaban por la caza de dicha ave siempre se reía y decía:
—Esas escopetas son para matar a la gente que trate de acabar con mis
codornices.
Las codornices eran algo más que pájaros favoritos. Eran amigos y maravillosos
para contemplarlos desfilando por el césped y la carretera a primeras horas de la
mañana.
Sólo había abundancia, en esta zona, de patos y estaban protegidos por la ley
federal. De vez en cuando disparaba contra alguna víbora en el seto, o a una serpiente
mocasín cerca del muelle. Esa era toda su cacería. Sin embargo, habían conejos y
ardillas y así la munición del 22 podía ser útil. Hacía muchísimo tiempo —no podía
tener él más que catorce o quince años— recordaba cazar el ciervo con su padre y
haber disparado a su primer venado con perdigones del doble-20. Su primero y su
último, porque el ciervo no murió al instante y le inspiró compasión y lástima verlo
retorcerse entre las palmas, hasta que su padre lo remató con la pistola. Aún se lo
imaginaba y veía aquellos lunares redondos, de rojo brillante, en las verdes frondas.
Se estremeció y se durmió.

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II

Randy despertó en la oscuridad. Graff estaba ladrando y oyó voces en el piso


bajo. Encendió la luz. Eran las nueve y media. Había dormido casi cuatro horas. Se
sintió fresco y bien para cualquier cosa que pudiera suceder por la noche. Se estaba
poniendo los zapatos cuando se abrió la puerta y entró Helen en el apartamento,
seguida por Ben Franklin y Dan Gunn.
—Precisamente iba a despertarte —dijo Helen—. Dan ha venido para mirar a
Peyton.
Los ojos de Dan estaban hinchados y su rostro surcado por las grietas del
cansancio.
—¿No has comido nada hoy, Dan? —le preguntó Randy.
—No lo sé. Me parece que no.
—Comerá, doctor, nada más haya visto a Peyton —dijo Helen—. ¿Quiere que les
haga compañía?
—Randy y usted pueden venir conmigo. Pero no digan nada. Yo hablaré.
Entraron en la habitación de la niña. Randy encendió la luz del techo.
—Eso no —dijo Dan—. Al principio quiero una luz mortecina —encendió la
lámpara del tocador.
Las manos de Peyton salieron de debajo de la sábana y se tocaron los vendajes de
los ojos.
—Hola —dijo, su voz débil y asustada.
—Hola, hija —contestó Helen—. El doctor Gunn ha venido a verte. Recuerdas al
doctor Gunn del año pasado ¿verdad?
—Oh, sí. Hola, doctor.
—Peyton, voy a quitarte el vendaje de los ojos —anunció Dan—. No te sorprenda
si no ves nada. No hay mucha luz en la habitación.
Randy se dio cuenta de que contenía el aliento. Dan le quitó el vendaje diciendo:
—Ahora, no te frotes los ojos.
Peyton trató de levantar los párpados.
—Los tengo pegados —dijo—. Los siento inmovilizados.
—Claro —afirmó Dan. Humedeció algodón en una solución de bórax y con
suavidad limpió los ojos de Peyton—. ¿Así está mejor?
Peyton parpadeó.
—¡Eh, puedo ver! Bueno, un poco. Todo aparece borroso —Helen avanzó y
Peyton dijo—: ¿Verdad que eres tú, mamá?
—Sí. Yo.
—Vuestras caras parecen como un globo, pero puedo distinguiros.
Dan sonrió y Randy asintió. Se pondría bien, sin duda.
Buscó en su maletín y sacó un equipo pequeño, una botella, un cuentagotas y un
tubito.

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—Peyton —ordenó—, ya no tienes por qué preocuparte. No te quedarás ciega.
Dentro de una semana quizás verás estupendamente. Pero hasta entonces tienes que
mantener en descanso tus ojos y hemos de tratarlos. Va a escocerte un poco lo que te
voy a poner.
Le mantuvo los párpados abiertos y con sus enormes manos, seguras y dúctiles
aplicó gotas y una pomada.
—Una sulfamida —dijo—. Queda fuera de mi especialidad, pero recuerdo que el
sulfato de butino era lo que utilizaba la patrulla de rescate Mar-Aire en los aviadores
con lesiones oculares. Después de estar flotando en una balsa durante dos o tres días
el resplandor les cegaba igual que está Peyton cegada ahora. Así se curaban y por
tanto el procedimiento debe ser lo mismo con ella —Dan se volvió a Helen—. ¿Vio
usted cómo lo hice?
—No me perdí detalle.
—Trataré de venir, por lo menos, una vez al día, pero si no lo consigo, tendrá que
hacerle la cura usted misma.
—No tendré dificultad alguna. Peyton es muy valiente.
—Mamaíta no lo soy —interrumpió Peyton—. No soy nada valiente. He estado
asustada todo el tiempo. ¿Todavía no hay noticias de papá? ¿Creeis que papá se
encuentra bien?
—Seguro que está perfectamente, querida —contestó Helen—. Pero no podemos
esperar tener noticias inmediatas. Todos los teléfonos están sin funcionar y supongo
que el de papá también.
—Tengo hambre, mamá.
—Ahora te subiré algo —contestó Helen.
Apagaron la luz. Helen bajó. Dan entró en las habitaciones de Randy. Se quitó la
arrugada chaqueta y se dejó caer en un sillón, diciendo:
—Ahora aceptaría un trago.
Randy preparó un doble de Borbon. Dan se bebió la mitad de un golpe y dijo,
sorprendido:
—¿Es que no bebes, Randy?
—No. No me apetece.
—Esa es la primera buena noticia que recibo en todo el día. He visitado a dos
individuos que bebían constantemente desde que amaneció. Tú podías haber sido el
tercero.
—¿De veras?
—Bueno no del todo. Reaccionas delante de la crisis de la manera correcta.
¿Recuerdas lo que decía Toynbee? Su teoría del desafío y de la respuesta se aplica no
sólo a las naciones, sino a los individuos también. Hay naciones y personas que se
funden en el calor de la crisis y se evaporan como la mantequilla en la sartén caliente.
Otros se enfrentan al desafío y se endurecen. Creo que vas a endurecerte.
—En realidad no soy un tipo muy duro —dijo Randy, mirando a través de la

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habitación a sus armas y pensando, singularmente, en el joven ciervo al que disparó
cuando niño y de cómo nunca fue capaz de volver a disparar contra otro venado
desde aquel día. Para cambiar de conversación, dijo:
—Has debido tener un día muy atareado.
Dan apuró la segunda mitad de su borbón y agua.
—Tuve un día como jamás creí posible que ocurriese. Siete cardíacos han muerto
y un par más no llegarán a mañana. Tres abortos y una de las mujeres falleció. No sé
qué la mató. Puse «miedo» en el certificado de defunción que fue uno de los pocos
que tuve tiempo de redactar. Tres suicidios… uno de ellos Edgar Quisenberry.
—¿Edgar… por qué? —preguntó Randy.
Dan frunció el ceño.
—Es difícil decirlo. Aún tenía tanto como cualquiera o más. Orgánicamente no
estaba enfermo. Vuelvo a citar a Toynbee. Incapacidad para enfrentarse a un cambio
súbito en el medio ambiente. Nadaba en un mar de dinero y cuando el dinero se
convirtió en papel se quedó boquiabierto y confuso y murió. Has leído la historia de
la crisis del veintinueve, ¿verdad?
—Sí.
—Docenas de personas se suicidaron por el mismo motivo. Crearon y vivieron en
un medio ambiente de beneficio de papel y cuando este papel se convirtió en simple
papel se suicidaron, al no darse cuenta de que su medio ambiente era antinatural y
artificioso. Pero no son los adultos los que me preocupan, Randy, son los niños.
Sírveme otra copa, pequeña.
Randy lo hizo.
—Ocho niños hoy, tres prematuros, tengo los prematuros en el Hospital de San
Marcos. No sé si sobrevivirán o no. El hospital es un caos. Camas de extremo a
extremo en todos los pasillos. La mayor parte son casos de accidente, unas cuantas
heridas de perdigones, y todo esto. Fíjate, con sólo tres bajas causadas directamente
por la guerra… tres casos de envenenamiento radioactivo.
—¿Radiación? —preguntó Randy—. ¿Por aquí? —de pronto la palabra tenía un
nuevo e inmediato significado. Era ahora un vocablo siniestro de muerte acechante,
como el cáncer.
—No. Refugiados de Tallahaasse. Me imagino que estuvieron marchando en
coche por zonas gravemente afectadas. Calculamos en el hospital que recibieron de
cincuenta a cien roentgens. De todas maneras, una dosis muy alta, pero no fatal.
—¿Recibimos radiación, según tu criterio?
Dan meditó.
—Indudablemente, algo. Pero no creo que sea una dosis peligrosa. No hay ni un
Geiger en la ciudad, pero sí hay un dosímetro en el hospital de San Marco y me
imagino que recibimos lo que recibe San Marco. La mayor parte de las partículas
radioactivas pierden poder rápidamente. Ya lo sabes. No es el cesio y el estroncio 90
o el cobalto o el carbono 14. Esos estarán siempre con nosotros.

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—Por fortuna el viento sopla del este —dijo Randy y entonces quedó sorprendido
por sus palabras—. El peligro de la radiación seguía allí y podía aumentar. Antes de
que pasase este día los científicos habían estado preocupados con pruebas de armas
nucleares, aún cuando efectuadas en áreas sin habitar y bajo rígidos controles. Ahora
el peligro evidentemente resultaba muchísimo mayor, pero puesto que habían otros
peligros más inmediatos —peligros que uno podía ver, sentir y oír— la radiación se
había convertido en cosa secundaria. No pensaba en su efecto sobre las generaciones
futuras. Le preocupaba el presente. No estaba ejercitado con la caída boqueando de
Tallahaasse por el ataque de Jacksonville. Se preocupaba por Fort Repose. Se
imaginaba que se necesitaba un ajuste mental necesario para ayudar a la auto
preservación. Como un nadador cansado luchando por llegar a la playa, no se
preocupaba por morirse de hambre, después.
Cuando Helen llamó, bajaron y se sentaron en la mesa del comedor que, bajo
tales circunstancias, parecía incongruente. La cena consistía sólo de sopa, ensalada y
bocadillos, pero Helen había puesto la mesa con tanto cuidado como si Dan Gunn
hubiese aceptado quedarse a cenar en una noche ordinaria. Cuando Ben Franklin se
sentó. Helen dijo:
—¿No te lavas las manos?
—No, mamá.
La madre replicó:
—Bueno, pues, hazlo.
Y Ben desapareció y regresó con las manos lavadas y peinado. Escucharon la
radio mientras comían, oyendo sólo las emisiones locales de San Marco a intervalos
de dos minutos. Sus oídos eran sordos a los anuncios repetidos y sin importancia y a
las prevenciones como los que viven junto a la costa dejan de oír al mar. Pero
cualquier noticia nueva, o interrupción de la rutina, instantáneamente les ponía alerta
y les hacía callar.
Varias veces oyeron un breve boletín:
«Las autoridades de la Defensa Civil del Condado avisan a todo el mundo que no
beba leche fresca que pueda haber estado expuesta a la caída de partículas
radiactivas. La leche enlatada, o la leche entregada esta mañana antes del ataque,
puede considerarse como inocua».
Dan Gunn explicó que esta precaución probablemente era un poco prematura.
Primariamente estaba diseñada para la protección de los niños. El estronicio 90, con
toda seguridad el más peligroso de todos los materiales caídos, destruía al calcio.
Producía el cáncer de los huesos y la leucemia.
—Dentro de una semana o así la cosa será bastante difícil —dijo—. Todavía no
puede serlo, porque las vacas no han tenido tiempo de ingerir en su forraje bastante
estroncio 90. Sin embargo, cuando más pronto estos peligros sean anunciados, más
gente se dará cuenta de ellos.
—¿Qué pasará con los niños? —preguntó Helen.

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—La leche evaporada o condensada en latas es la respuesta… mientras dure.
Después, la leche materna.
—Eso será un poco anticuado, ¿no?
Dan sonrió, asintiendo.
—Pero las madres tendrán que tener cuidado con lo que comen. —Miró la
lechuga—. Por ejemplo, nada de verduras, ni lechuga, si su huerto ha recibido cenizas
radioactivas. Lo malo es que uno no lo sabe, realmente, cuando su tierra o su comida
es sana o no. Por lo menos sin un contador Geiger. Todos tendremos que vivir lo
mejor que podamos día a día.
Ben Franklin miró hacia el techo, escuchando.
—¡Escuchen! —dijo.
Los otros lo oyeron, muy débil.
—Un reactor —dijo Ben—. Creo que de combate.
El sonido se desvaneció. Randy se dio cuenta de que había estado conteniendo la
respiración.
—Creo que sigue adelante —afirmó.
Helen dejó el tenedor sobre el plato. Había comido muy poco.
—Tengo que saber lo que pasa —dijo—. Es preciso. ¿No podríamos ir a ver a tu
almirante retirado esta noche, Randy?
—Claro, podemos verle. ¿Pero qué hay de Peyton? No podemos dejarla sola.
Helen miró a Ben Franklin y el niño dijo:
—Eso es en lo que voy a convertirme… ¿en un cuidador de niños, profesional?
Dan Gunn se levantó.
—Tengo que volver a la ciudad. He de pasar por la clínica y luego dormir un
poco.
—¿Por qué no te quedas aquí esta noche, Dan? —le invitó Randy.
—No puedo. Me esperan en la clínica. Y, Randy, te traje este equipo de
emergencia —se volvió a Helen—. Ha sido una cena estupenda. Gracias. Tenía tanta
hambre que me sentía débil. Pero no me daba cuenta.
Randy le acompañó hasta el coche.
—Esa pobre chica —dijo Dan.
—¿Peyton?
—No, Helen. La incertidumbre es lo peor. Se encontraría mejor si supiese que
Mark estaba muerto. Te veré mañana, Randy.
—Sí. Mañana —volvió a la casa y se detuvo en el porche para mirar al
termómetro y al barómetro. Este último estaba fijo, muy alto. La temperatura había
bajado a trece grados. Esta noche haría más frío. Quizás marcase cinco grados de
madrugada. Desde la otra parte del río, lejos, oyó el sonido de disparos. En esta
quietud, y por la noche, y a través del agua, las detonaciones se oían kilómetros y
kilómetros. No podía decir de dónde venía el sonido. Ni imaginar por qué, pero los
disparos le recordaban a un centinela nervioso en su puesto disparando su carabina.

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Sonaba como una carabina, o una pistola automática.
Entró en la casa con la cabeza baja y subió a su dormitorio y se puso un jersey.
Llamó a Ben Franklin a la sala de estar y Ben entró, seguido de su madre.
—Ben —dijo Randy—, ¿has disparado alguna vez una pistola?
—Sólo una, en el campo de tiro de Offutt.
—¿Y rifle?
—Disparé un 22. Soy bastante bueno en puntería.
—Está bien —dijo Randy—. Te voy a dar lo que es tu especialidad.
Se dirigió al armero. El Mossberg tenía adaptado un teleobjetivo de seis aumentos
y un teleobjetivo no era bueno para disparar con viveza y difícil de usar por la noche.
Bajo el Remington de palanca, un arma con punto de mira abierto, regalo de su padre
cuando cumplió los trece años. Se lo entregó a Ben.
El muchacho lo tomó, complacido, hizo funcionar la palanca y miró dentro de la
recámara.
—No está cargado ahora —anunció Randy—, pero desde este momento todas las
armas de la casa estarán cargadas. Espero que no tengamos nunca que utilizarlas,
pero si se presenta un caso de emergencia no quisiera que nos faltase tiempo para
cargar.
—Me olvidé decírtelo, Randy —dijo Helen—. No pude traer las diez cajas de
municiones que querías, pero sí conseguí tres. Están en la cocina. Más tarde las
traeré.
—Gracias —contestó Randy. Sacó un paquete de cartuchos de su caja de
municiones y se lo entregó a Ben—. Carga el rifle, Ben —dijo—. Es tuyo ahora. No
apuntes jamás a un hombre a menos que trates de disparar contra él y nunca dispares
si no piensas matar. ¿Comprendes eso?
Los ojos de Ben estaban desorbitados y su rostro muy serio.
—Sí, señor.
—Está bien, Ben. Ahora puedes cuidar a tu hermana. Volveremos dentro de una
hora.

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III

Cuando el contraalmirante Hazzard se retiró, se embarcó en lo que solía llamar


«Mi segunda vida». El y su esposa se habían preparado con cuidado para el retiro.
Querían tener un huerto de naranjos como suplemento de su pensión y una cantidad
grande de agua a la que mirar y en la que pescar. Mientras era todavía un oficial
localizó aquel lugar en el Timucuan y lo compró por un precio razonablemente bajo.
El agente de terrenos explicó con cuidado que el bajo precio incluía «negros por
vecinos», refiriéndose a los Henri. Al mismo tiempo el agente gruñó renegando de los
Bragg, que habían permitido a los Henri comprar su propiedad al borde del agua, en
primer lugar, rebajando por tanto los valores a todo lo largo del río, según dijo.
Los Hazzard primero plantaron el huerto. Años más tarde construyeron un chalet
cómodo de seis habitaciones y empezaron a arreglar los jardines. Después vivieron en
la casa un mes cada año, cuando Sam recibía su permiso anual, ajustando las cosas de
manera que la comodidad más perfecta se hizo su ambiente veraniego.
Al cumplir los sesenta y dos años Sam Hazzard se retiró, para alivio de cierto
número de sus compañeros almirantes. Habían rivalidades dentro de los servicios
militares. En la Marina la rivalidad antaño fue entre el navío de combate y los buques
que transportaban a los almirantes siendo navíos insignia. Cuando la rivalidad se
produjo entre los submarinos atómicos y los superportaviones, Hazzard a menudo
habló en favor de los submarinos. Puesto que antaño mandó una fuerza de ataque en
portaviones y nunca fue submarinista, los demás almirantes de su ramo le miraban
como una especie de traidor. Aún peor, durante años voceó que la amenaza más
peligrosa de Rusia era la combinación terrible de submarinos equipados con
proyectiles dirigidos y armados con cabezas de guerra nucleares. Tal teoría, si no se
combatía, obligaría a la Marina a gastar una gran parte de su energía y dinero en la
guerra antisubmarina. Después de esto, de por si estaba la defensa y, ya que la entera
tradición naval era tomar la ofensiva, Hazzard se pasó sus últimos años de servicio
desgastando un escritorio.
Dos días después de su retiro murió su esposa, de manera que nunca vivió ella en
la casa del Timucuan. Y jamás compartió físicamente la segunda vida de su marido.
Sin embargo, a menudo parecía estar cerca, cuando Sam recortaba un matorral que
ella plantara, o cuando en las tardes se sentaba solo en el patio y extendía la mano
para tocar el brazo de la mecedora de su lado.
El almirante descubrió que no habían horas bastantes en el día para hacer todas
las cosas necesarias y que deseaba realizar. Estaban los cítricos, los jardines,
experimentos con variedades exóticas de banana y de papaya, ensayos que tenían que
escribirse para el Instituto de Procedimientos Navales de los Estados Unidos y
artículos no tan discretos para revistas de circulación general. Sam Hazzard encontró
que los Henri eran vecinos extraordinariamente convenientes. Malachai cuidaba del
jardín y ayudaba a diseñar y a construir el muelle. Tuo Tone, cuando estaba de humor,

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arruinado y sereno, trabajaba en el huerto. La mujer Henri limpiaba y lavaba la ropa.
El predicador Henri era el guía privado de pesca del almirante, lo que significaba que
el almirante ostensiblemente capturaba peces en más cantidad y mayores que ninguno
más en el Timucuan y posiblemente en toda Florida Central.
Pero el pasatiempo principal de Sam Hazzard era escuchar la radio en onda corta.
No era un experto operador. No tenía transmisor. Escuchaba. No charlaba. Exploraba
las frecuencias militares y las ondas extranjeras y, con su enorme respaldo de
conocimiento militar y político, se mantuvo al paso del mundo exterior en Fort
Repose. Algunas veces, quizá, se adelantaba una pizca al resto de la gente.
Eran las once menos diez cuando Randy llamó a la puerta del almirante Hazzard.
Se abrió de inmediato. El almirante era un hombre aseado, tenso, que pesó cincuenta
y nueve kilos cuando boxeó en la academia y que pesaba cincuenta y nueve kilos
ahora. Vestía un suéter blanco de cuello cerrado, pantalones de franela y botas. Un
halo de pelo algodonoso circulaba por su cogote calvo. Por otra parte, no tenía
ninguna santidad. Su nariz quedó aplastada en alguna pelea ya olvidada en Port Said
o Marsella. Sus ojos grises, resaltados por gruesas cejas pardas, estaban enrojecidos y
coléricos. Para el almirante aquel fue un día de frustración, desamparo y odio… odio
hacia los estúpidos, ciegos y faltos de imaginación que no le creyeron y frustración
porque en este día de supremo peligro y necesidad, toda su vida de adiestramiento y
experiencia no era ni podía ser útil a nadie.
—Vi los faros del coche viniendo por el camino —dijo el almirante—. Entren —
miró parpadeando a Helen.
—Mi cuñada, Helen Bragg —presentó Randy.
—Mal día para recibir a una mujer hermosa —dijo el almirante, su voz
sorprendentemente tierna y educada en contraposición con su rostro anguloso y duro
—. Vengan a mi lugar de combate y escuchen la guerra, si tal matanza puede llamarse
guerra.
Les condujo a su cubil. Un banco de trabajo de madera gruesa corría a lo largo de
la pared bajo las ventanas que daban al río. En este banco había un gran receptor
negro, de aspecto profesional, de onda corta, una cafetera hirviendo, y libretas de
notas y lápices. La radio chillaba a toda potencia, oyéndose las interferencias
naturales de la estática y en ocasiones palabras en casi todos los lenguajes
ininteligibles, en conflicto.
En las otras dos paredes, forradas de corcho, habían mapas clavados con
chinchetas… en una pared la porción polar y la zona euroasiática, en la otra un mapa
militar de los Estados Unidos.
Una voz áspera se destacó del ruido de la estática.
«Aquí Adelaide 6-5-1. Estoy sentado en los restos de un Alfa Romeo Cuatro.
Sentado en restos de Alfa Romeo Cuatro».
Una voz diferente replicó de inmediato:
—Adelaide 6-5-1, aquí Adelaide. Manténgase.

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Hubo silencio durante un instante y luego la segunda voz continuó:
«Adelaide 6-5-1, aquí Adelaide. Manténgase».
«Adelaide 6-5-1… Adelaide. ¿Ha enviado ya un mensaje a Héctor? Está atareado
pero quedará libre dentro de quince minutos, sigue sentado en ese despojo y espera a
Héctor».
«Adelaide 6-5-1. Chaley».
Helen se sentó. Por primera vez en todo el día mostraba señales de fatiga.
—¿Café? —preguntó el almirante.
—Le agradecería una taza —contestó ella.
—Sam —intervino Randy—. ¿Qué pasa en la radio? ¿Parte de guerra?
El almirante sirvió el café antes de responder.
—Para nosotros buena parte de ello. Ahora he sintonizado a una frecuencia de la
Marina y de la Aviación G. A. S. en la banda de cinco megaciclos.
—¿G. A. S.?
—Guerra antisubmarina. Lo traduciré. Un super Connie de la Marina con equipo
de radar ha localizado a un despojo… un submarino enemigo… en las coordinadas
Alfa Romeo Cuatro. Ocurre que ése está a unos quinientos kilómetros de distancia de
Norfolk. El equipo de radar ha llamado a su base… Adelaide… y Adelaide envía a
Héctor para hundir al submarino. Héctor es uno de nuestros cazas submarinos. Pero
Héctor tiene trabajo ahora. Cuando esté libre, se comunicará directamente con
Adelaide 6-5-1. El avión dará a Héctor el rumbo y cuando esté dentro del alcance
Héctor soltará un torpedo dirigido y eso será el fin del sumergible. Esperemos.
—¿Quién gana? —preguntó Randy, dándose cuenta de que era una pregunta
ridícula.
—¿Quién gana? Nadie gana. Las ciudades se mueren y los navíos se hunden y los
aviones caen, pero nadie gana.
Helen formuló la pregunta que vino a hacer.
—¿Oyó hace un rato a la señora Van Bruuker-Brown en la radio?
—Sí.
—¿De dónde cree que hablaba?
El almirante cruzó la habitación y miró al mapa de los Estados Unidos. Estaba
cubierto de una lámina de plástico transparente y diez o doce ciudades tenían un
anillo trazado con lápiz rojo de modo que la posición de una unidad se señalaba en el
mapa de infantería. El almirante se rascó el pelo blanco de su barbilla y dijo:
—Me parece que desde Denver. Hunneker, el general de tres estrellas nombrado
Jefe de Estado Mayor era representante del ejército en NORAD, Colorado Springs.
Hay posibilidades de que estuviera en Denver esta mañana o que ella se hallase en
Colorado Springs cuando llegara la noticia de que Washington había sido atomizado.
Helen dejó en la mesa su taza de café. Le temblaban los dedos.
—¿Está seguro de que no pudo hablar desde Omaha?
—¡Omaha! —exclamó el almirante—. ¡Ese es el último lugar desde el que

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hubiese hablado! Fijaos que cuando he oído una emisión de cualquier clase, que me
permitiese identificar una ciudad, la marqué en el mapa. No he oído emisiones de
aficionados de Omaha y tampoco oí al C.E.A. desde el ataque. Ordinariamente puedo
coger al C.E.A. en seguida. Siempre hablan con sus transmisores de una sola banda a
las bases del país. Su señal de llamada era «Gran Cerca». No he oído esas palabras en
todo el día en ninguna frecuencia. Y el enemigo odia y teme al C.E.A. más incluso
que a toda la Marina, he de reconocerlo. Descartemos Omaha.
Sam Hazzard advirtió al efecto de sus palabras en la expresión de Helen; se
acordó de que el hermano de Randy, el marido de la mujer aquélla, era coronel de la
fuerza aérea y se dio cuenta de que se había mostrado con poco tacto.
—Su marido no estará en Omaha, ¿verdad?, señora Bragg.
—Es nuestra base.
—Siento terriblemente haber dicho nada.
Una lágrima caída por la suave mejilla. La primera que la veía, pensó Randy. Se
sintió embarazado por cuenta de Sam.
—No hay nada de que lamentarse, almirante —dijo Helen—. Mark esperaba que
Omaha fuera alcanzada y yo también. Por eso estoy aquí con los niños. Pero aún
cuando su Omaha ha desaparecido, Mark puede seguir viviendo por ahí, sin novedad.
Tenía servicio esta mañana. Estaba en el Agujero.
—Oh, sí —contestó el almirante—. El Agujero. Jamás estuve, pero oí hablar de
él. Un impresionante refugio, muy profundo. Posiblemente estará perfectamente a
salvo. Con toda sinceridad así lo espero.
—Me temo que no —dijo Helen—, puesto que no ha escuchado ninguna señal del
C.E.A.
—Pueden haber cambiado el sistema de comunicaciones o las palabras en clave
de los indicativos —el almirante miró sus mapas—. Además, es sólo una deducción.
Juego conmigo mismo, tratando de limitar una guerra que no tiene informes de
acción ni de espionaje. Lo hago porque no tengo otra cosa que hacer. Me limito a
hurgar por ahí y a mover chinchetas y hacer marcas en los mapas y a tratar de
impedirme pensar en Sam, hijo. Es teniente de la Sexta Flota del Mediterráneo, si es
que la Sexta Flota sigue navegando por el Mediterráneo. No creo que exista ya tal
flota. Para los rusos ha debido ser tan fácil aniquilarla como coger pececitos de una
pecera —se volvió de nuevo a Helen—. Estamos viviendo en el mismo purgatorio,
señora Bragg, en el oscuro nivel de la ignorancia.
—¿Qué dicen los rusos? —preguntó Randy—. ¿Puede coger Radio Moscú?
—Cojo una estación que se llama a sí misma Radio Moscú en la banda de
veinticinco metros. Pero no es Moscú. Todas las voces en las emisiones en inglés son
distintas de modo que podemos estar segurísimos de que Moscú ya no existe. Sin
embargo, todos los jefes rusos parecen estar vivos y bien, emitiendo la clase de
declaraciones que uno esperaría. El mismísimo hecho de que estén vivos indica que
se cobijaron perfectamente antes de que todo empezase. Probablemente no están en

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absoluto cerca a ninguna área de objetivos.
—¿Y nuestro presidente no podría haber escapado?
—Probablemente tuvo su aviso con quince minutos de antelación. Pudo tomar un
helicóptero y largarse. Pero él en esos quince minutos tenía que tomar las grandes
decisiones y deduzco que deliberadamente eligió permanecer en Washington, bien en
su despacho de la Casa Blanca o en el Puesto de Mando del Pentágono. Lo mismo se
aplica a los Altos Jefes y probablemente a los Secretarios de Defensa y Estado. En
cuando a los demás miembros del gobierno, probablemente recibieron el aviso
mientras dormían o se estaban levantando. ¿Quiere oír algo raro? —el almirante
cambió la onda de su receptor. Dijo:
—Escuche ahora.
Todo lo que Randy oyó fueron los ruidos atmosféricos.
—No se oye nada, ¿verdad? —preguntó el almirante—. Ahora, en esta banda,
debería oírse la BBC, París y Bonn. En todo el día no he oído a ninguna de las
ciudades. Lo más seguro es que Europa haya sido destruida.
—¿Entonces piensa usted que estamos acabados? —dijo Randy.
—En absoluto. El C.E.A. puede haber sido capaz de mantener en vuelo el
cincuenta por ciento de sus aviones, contando con los aparatos que siempre están
volando. Y recuerde que la Marina tiene unos cuantos submarinos con proyectiles
teledirigidos y portaviones que deben estar aún intactos. También estoy
completamente seguro de que el enemigo no ha sido capaz de destruir todas nuestras
bases del C.E.A., incluyendo las auxiliares. Por todo lo que sé, quizá el enemigo este
acabado.
—Eso no me anima exactamente.
Las luces de la habitación se apagaron, la radio murió y al mismo tiempo el
mundo exterior quedó iluminado como si fuese de día. En aquel instante, Randy, de
cara a la ventana retuvo para siempre como una fotografía en color impresa en su
cerebro, lo que vio… Un zorro rojo sacrificado teniendo como fondo el verde césped
del jardín del almirante. Era el primer zorro que veía en muchos años.
El fogonazo blanco se redujo a una bola roja al sudeste. Todos sabían lo que era.
Fue Orlando, o la base MacCoy, o ambas cosas. Era la central de suministro de
energía del condado de Timucuan.
Así se apagaron las luces y en aquel momento la civilización de Fort Repose se
retiró un centenar de años.
De esta manera terminó El Día.

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PARTE 7

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I

Cuando las bolas de fuego nucleares consumieron a Orlando y a las centrales de


energía que servían al Condado de Timucuan, se acabó la refrigeración, lo mismo que
el guisar con cocinas eléctricas. Los hornos de petróleo, encendidos por la
electricidad, se apagaron. Todos los aparatos de radio quedaron inútiles excepto los
de baterías o de automóviles. Las máquinas de lavar, secadores, lavaplatos, freidoras,
tostadoras, aspiradores, máquinas de afeitar, calentadores, batidoras… todo quedó
inútil. Lo mismo pasó con los relojes eléctricos, las sillas vibrantes, las planchas
eléctricas, los rizadores para el pelo.
Las bombas eléctricas se detuvieron y cuando las bombas paraban el agua se
paraba y cuando el agua se paraba los cuartos de baño dejaron de funcionar.
No hasta el segundo día después de El Día comprendió del todo Randy Braggs y
aceptó los resultados de la pérdida de la electricidad. La pérdida de energía, temporal,
no era nueva en Fort Repose. A menudo, durante las tempestades del equinoccio, los
postes y los árboles caían y las líneas conductoras de electricidad quedaban cortadas.
Esa condición apenas duraba más de un día, porque los camiones de reparación salían
en cuanto el viento disminuía y las carreteras quedaban franqueables.
Era difícil darse cuenta de que esta vez las centrales eléctricas habían
desaparecido. No podía haber duda. El domingo y la noche del domingo un número
grande de supervivientes de los suburbios de Orlando cruzaron en coche Fort Repose,
suplicando y mendigando comida y gasolina. No podían estar seguros de lo que había
pasado, excepto de que la zona de la destrucción se extendía a doce kilómetros a
partir del aeropuerto de Orlando, incluyendo Callege Park y Rollins College y otra
explosión se centró sobre la base de la fuerza aérea de MacCoy. Las estaciones
Conelrad de Orlando habían advertido de un ataque aéreo poco antes de las
explosiones, así que se presumía que este ataque no vino de proyectiles dirigidos
lanzados por submarino o ICBM, sino de bombarderos.
Randy no volvió a oír a la señora Van Bruuker-Brown, ni apenas tuvo noticias o
instrucciones de las otras estaciones que emitían en un canal de ondas ni el domingo
ni el lunes. Oyó a la V.S.M.F. anunciar que estaría en el aire sólo dos minutos cada
hora puesto que operaba con electricidad auxiliar. Sabía que el Hospital de San
Marco poseía un generador auxiliar Diesel. Dedujo que esta fuente de energía estaba
siendo explotada, de hora en hora, para hacer funcionar la estación de radio.
Cada sesenta minutos la estación del condado Conelrad repetía avisos… hiervan
toda el agua de beber, no tomen leche fresca, no usen el teléfono y, la mañana del
domingo horas después de la destrucción de Orlando, avisos de que se cobijasen y se
protegieran contra la caída de polvo radiactivo y la radiación directa. No se entregó
leche y los teléfonos no funcionaban desde que la primera seta atómica floreció en el
sur: no habían en la actualidad cobijos en Fort Repose. Todo el domingo insistió
Randy en que Helen y los chicos se quedasen en casa. Sabía que cualquier cobijo,

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incluso un tejado inclinado, aislamiento, paredes y techo, era mejor que nada. No
había tiempo de escavar. El tiempo de escavar El Día. Tras lo de Orlando, fabricar
galerías parecía perder el tiempo. De todas maneras, habían muchísimas otras cosas
que hacer, cada crisis menor exigía atención, al instante. Mientras la radiación fuese
un peligro, que no podía ser visto ni notado, y hubiesen otros peligros, más visibles,
éstos parecerían más imperativos.

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II

A las dos de la tarde del lunes Helen estaba en el apartamento de Randy y


escuchaban la sombría emisión Conelrad cuando entró Ben Franklin y anunció:
—Casi estamos sin agua.
—¡Eso es imposible! —dijo Randy.
—La culpa es de Peyton —contestó Ben Franklin—. Cada vez que va al water
tira de la cadena. La bañera del cuarto de baño está vacía y ella ha estado sacando
agua también del cuarto de mamá.
—Peyton es una niña fastidiosa —dijo Helen—. Después de todo, una de las
primeras cosas que aprende una criatura siempre es tener limpio el water. ¿Qué
vamos a hacer?
—Por ahora —contestó Randy—, Ben Franklin y yo iremos hasta el muelle y
traeremos cuántos cubos, bañeras, jofainas y demás queden junto al río, no se puede
beber agua fluvial sin hervirla, pero servirá para la limpieza. Y de ahora en adelante
Peyton… todos nosotros… no podremos ser tan condenadamente limpios. Lavaremos
los cuartos de baño sólo dos veces al día. Me parece que será necesario que
construyamos letrinas en el seto porque no podré estar siempre sacando agua del río.
Es cuestión de gasolina.
Randy miró hacia el seto, advirtiendo una débil capa de polvo en los ojos. Había
sido un día muy seco. Las jornadas finas, claras frescas y con baja humedad eran
maravillosas para la gente, pero malas para la cosecha de naranjas. Tendría que
duchar a los Arboles…
Dio un puñetazo en el mostrador del bar y gritó:
—¡Soy un estúpido del diablo! ¡Tenemos el agua que deseamos!
—¿Dónde? —preguntó Helen.
—¡Allí fuera! —Randy agitó los brazos—. ¡Agua de un pozo artesiano, sin
limites!
—Pero eso es en el huerto, ¿no?
—Estoy convencido de que podemos canalizarla hasta dentro de la casa. Después
de todo, es la misma agua que los Henry usan cada día. Creo que hay unas cuantas
tuberías grandes en el garaje y Malachai sabrá cómo hacerlo. Vamos, Ben, vayamos a
ver a los Henri.
Randy y el muchacho bajaron por el viejo sendero de grava y arcilla que iba del
garaje, por el huerto, hasta el río. Las naranjas Navel de Randy habían sido recogidas,
pero las Valencia seguían en los árboles. Este año no se recogerían. Acompasando sus
zancadas con las de Randy, Ben Franklin dijo:
—Se me acaba de ocurrir algo.
—¿Sí?
—Ya no tendré que ir más al colegio.
—¿Y qué te hace pensar que no tendrás que ir más al colegio? En cuanto las cosas

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vuelvan a la normalidad, regresarás al colegio, amiguito. ¿Quieres hacerte mayor
siendo un ignorante?
Ben Franklin dio una patada a una piedra, mirando de reojo a Randy y sonriendo.
—¿A qué colegio?
—Oh, al colegio de Fort Repose, claro, hasta que puedas volver a Omaha, o a
donde destinen a tu padre.
Ben se detuvo.
—Sólo un momento, Randy. No quiero engañarme. Nadie volverá a Omaha,
quizás jamás. Y no creo que volvamos a ver nunca a papá. El Agujero no era un lugar
seguro, ya lo sabes. Quizá así lo pienses. Sé que mamá lo considera. Pero no quiero
engañarme, Randy, y no trates de hacerlo tú.
Randy puso las manos sobre los hombros del niño y le miró a la cara, midiendo la
profundidad del valor detrás de aquellos ojos pardos, encontrándolo cuando menos
tan hondo como el suyo propio.
—Está bien, hijo, seré sincero contigo. Me pondré a tu nivel y tendrás que hacer
tú lo mismo conmigo. Creo que Mark ha muerto. Me parece que de ahora en adelante
eres tú el hombre de la familia.
—Eso es lo que papá decía.
—¿De veras? Bueno, eres un hombre que aún debe ir al colegio. No sé dónde, o
cómo. Pero nada más un colegio abra las puertas en Fort Repose, o en cualquier lugar
próximo, irás. Quizá tengas que andar.
—¡Cielos, Randy, andar! ¡Hay cinco kilómetros hasta la ciudad!
—Tu abuelo solía ir andando al colegio en Fort Repose. Cuando tenía tu edad no
habían autocares para los alumnos. Si no lograba que lo llevasen en tartana, o en unos
de los primitivos automóviles, andaba —Randy rodeó con su brazo el hombro del
muchacho—. Adelante. Creo que los dos tendremos que volver a aprender a caminar.
Anduvieron muelle abajo y luego siguieron un sendero que les condujo a través
del denso cañizar hasta el claro en donde estaban las tierras de Henri.
La casa de los Henri estaba dividida en cuatro partes, representando cuatro
distintos periodos de su fortuna e historia. La sección más vieja había sido
originalmente una cabaña de madera de una sola habitación. Era la única estructura
superviviente de lo que antaño fue el aposento de los esclavos y Randy recordaba que
su abuelo siempre se refería a casa de los Henri nombrándola como «las viviendas».
En años recientes la cabaña había sido apuntalada, poniendo unos cimientos de
cemento por debajo de los recios troncos de ciprés. Los troncos, originalmente
cubiertos de arcilla roja, estaban atados con cuerdas y ligados con blanco mortero.
Eso era ahora la sala de estar de los Henri.
A últimos del siglo XIX una cabaña de dos habitaciones de pino se añadió a la
construcción anterior. Por los años veinte otro cuarto y un baño, más firmemente
construidos, se adjuntaron. En los años cuarenta, después del matrimonio de Tuo
Tone con Missouri, la casa fue ampliada con un dormitorio y una cocina nueva,

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hecho todo con bloques de cemento labrados. Era un lugar confortable, su fealdad
oculta bajo toda una masa de enredaderas rojas y verde claro. Una parra cubría el
porche llegando hasta la orilla del río y el muelle. En el corral trasero había un
gallinero, y una corraliza hecha de alambre para los cerdos y en el antiguo establo de
ciprés sin pintar apoyado cansinamente contra el tortuoso tronco de un cerezo, se
conservaban los animales de tiro. Allí estaba Balaam, la mula, el coche modelo A y
una carnada de conejos blancos.
A unos cincuenta metros ladera arriba, Henri y Balaam labraban solemnemente la
tierra, moviéndose en silencio y con uniformidad, como si se comprendiesen
perfectamente uno a otro. Caleb estaba tumbado panza abajo al final del muelle,
mirando las sombreadas aguas tras un montón de inquietos gusanos para pescar. Tuo
Tone se sentaba en el porche, meciéndose lánguido y llevándose una lata de cerveza a
los labios. Desde la cocina llegaba la voz profunda y rica de una mujer cantando un
espiritual. Debería ser Missouri, lavando los platos. Un humo negro y cálido de piñas
piñoneras salía de las dos chimeneas de ladrillo. Parecía un lugar pacífico en tiempos
de paz.
Ben Franklin gritó:
—¡Eh, Caleb!
El rostro de Caleb se volvió.
—Hola, Ben —respondió—. Ven acá.
—¿Qué estás pescando?
—No pesco, sólo juego.
—Si quieres puedes hacerlo hasta el muelle —dijo Randy—. Pero, Ben,
probablemente dentro de un momento necesitaré tu ayuda.
Ben le miró sorprendido.
—¿Mía? ¿Necesitarás mi ayuda?
—Sí —dijo Randy—. El hombre de la casa tiene que hacer el trabajo del hombre.
Preacher Henri dejó caer las riendas y gritó:
—¡Soop! —y Balaam se detuvo. Preacher cruzó el polvoriento campo, donde en
febrero plantaría maíz, para salir al encuentro de Randy. Malachai salió del establo.
Había estado debajo del modelo A. Tuo Tone dejó de mecerse, puso en el suelo la lata
de cerveza y salió del porche. Dentro, Missouri cesó de cantar.
Randy caminó hacia la puerta trasera y los Henri convergieron sobre él, sus
rostros aprensivos.
—Hola, señor Randy —dijo Malachai—. Espero que todo vaya bien.
—Tan bien como permiten las circunstancias. ¿Y por aquí?
—Como siempre. ¿Cómo está la pequeña? Missouri me dijo que estaba casi
ciega.
—Peyton va mejor. Ahora ve y dentro de pocos días podrá salir otra vez fuera. No
quedará lesión permanente.
—¡Alabado sea el Señor! —exclamó Preacher Henri—. El Señor nos ha

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perdonado la vida, por ahora. Yo sabía lo que tenía que venir, porque todo estaba
escrito. «¡Ay. Babilonia!» —los ojos de Preacher giraron hacia el cielo. Preacher era
corpulento, como Malachai, pero ahora los músculos se le habían hundido en torno a
los huesos y la edad, y las preocupaciones arrugaron y ensombrecieron
profundamente su rostro.
Randy se dirigía a Preacher, porque Preacher era el padre y cabeza de familia.
—No tenemos agua en casa. Quisiera poner unas cañerías para sacarla del huerto
y conectarlas al sistema artesiano.
—¡Sí, señor, señor Randy! Dejaré de arar y les ayudaré.
—No, siga con su trabajo, Preacher. Pensé que quizás Malachai y Tuo Tone
podrían ayudarme.
Tuo Tone, al que se le llama así «Dos Tonos», porque el lado derecho de su cara
era dos tonos más claros que el lado izquierdo, parecía impresionado.
—¿Se refiere ahora? —preguntó.
Malachai sonrió.
—Ya oíste al hombre, Tuo Tone. Se refiere a ahora.
Los tres, con Ben Franklin y Caleb para ayudarles, necesitaron dos horas para
levantar las cañerías y conectar la conducción al pozo artesiano en la carsamata de la
bomba extractora.
Fue el trabajo más duro que Randy pudo recordar, desde ascender y cavar
trincheras en Corea. La palma de la mano derecha estaba despellejada de rozar contra
la tubería y le habían salido ampollas, algunas de las cuales se reventaron. Estaba
exhausto y sudoroso a pesar del frío de la tarde. Se sintió agradecido cuando
Malachai se ofreció a llevar las herramientas al garaje.
—Gracias. Malachai —dijo—. ¿Te acuerdas de los doscientos dólares que te
presté?
—Sí, señor.
—Pues considera cancelada la deuda.
Ambos sonrieron.
Randy y Ben Franklin volvieron al interior de la casa. Randy abrió el grifo de la
pila de la cocina. Borbotó, tosió, escupió y luego dejó pasar el agua.
—¿No es hermoso? exclamó Helen.
Randy se lavó la suciedad de las manos, con el agua escociéndole en los arañazos
y llagas. Llenó un vaso. El agua artesiana seguía oliendo a huevos podridos. Dio un
sorbo. Tenia un gusto maravilloso.
Poco después de amanecer en la tercera jornada después de El Día un helicóptero
flotó sobre Fort Repose y luego giró hacia la parte superior del Timucuan. Randy y
Helen, al oírlo, subieron a la atalaya del tejado. Pasó muy cerca y distinguieron la
insignia de las Fuerzas Aéreas.
Este fue también el día de la desastrosa superabundancia.
Aquella mañana, cuando Helen aprensivamente abrió la puerta del congelador,

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encontró varios centenares de elegida y bien empaquetada carne flotando en un mar
nocivo de helado fundido y de manteca licuada. Como cualquier ama de casa haría en
tales circunstancias, lloró.
El desastre era perfectamente predecible, comprendió Randy. Había sido un
estúpido. En vez de comprar carne fresca, debió adquirir carne enlatada para el caso.
Había una cosa que ciertamente debió prever, era la falta de electricidad. Incluso de
haber escapado Orlando, la electricidad hubiese muerto al cabo de pocas semanas o
meses. La electricidad era creada por quemar petróleo en las fábricas de Orlando.
Cuando se agotara la gasolina, no se podría reponer en todo el caos de una guerra. Ya
no había sistema de ferrocarriles ni centros ferroviarios, ni cisternas yendo de costa a
costa en misiones de suministro civil. Deducía Sam Hazzard que pocos puertos
importantes habían escapado. Después de la primera oleada de proyectiles dirigidos
de los submarinos, podían ser alcanzados por torpedos atómicos, bombas atómicas,
minas atómicas o proyectiles desde aeronaves. Deducía Sam Hazzard que habían sido
los grandes puertos transformados ahora en enormes cráteres llenos de agua. Incluso
aquellas partes del país que escaparon por entero a la destrucción se quedarían sin
luces. Su energía duraría sólo mientras durasen las existencias de combustible a
mano.
Se quedaron mirando al congelador, Helen lloriqueando, Randy como atontado,
Ben Franklin fascinado. Ben hundía el dedo en una charca de chocolate líquido y se
lo lamió.
—Tiene buen sabor, pero no está fresco —dijo—. ¡Todo es helado de vainilla!
Pude pasar el día de hoy comiéndolo, igual que Peyton.
Helen dejó de llorisquear.
—La carne durará otras veinticuatro horas. Voy a salvar lo que pueda.
—¿Cómo? —preguntó Randy.
—Hirviéndola, salándola, conservándola, ahumándola. Tengo unas docenas de
jarras de cristal en el armario. Debe de haber más en alguna parte. Quizás puedas
conseguir otras tantas en la ciudad, Randy.
—Ir a la ciudad y volver significa gastar cinco litros de gasolina —dijo Randy.
—Valdría la pena, si pudiesen encontrar tarros. Y necesitaremos más sal.
—Está bien, lo probaré. Puede que encuentre jarros en la ferretería, si Beck la
mantiene abierta.
Helen sacó dos filetes del congelador, de casi cinco centímetros de grueso y un
peso de dos kilos. Volvió a repetir la operación con otros más, más gruesos.
—Filetes, filetes. Por todas partes filetes. ¿Cuántos filetes puede comerse Graff
esta noche? ¿Le gustan a Graf los filetes asados?
Graf, tumbado en el umbral de la cocina y de la alacena, las orejas tiesas y alerta
al sentir su nombre, olisqueó la maravillosa aroma de carne madura en abundancia.
—Le gustan a él y me gustan a mí —dijo Randy—, tenemos unos cuantos sacos
de carbón en el garage. Así que celebremos una fiesta. Una fiesta de filetes para

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terminar con todas las fiestas de filetes. Invitaremos a los Henri y a los McGovern.
—Siempre he sido partidista de mezclar gentes de diferentes clases en mis fiestas
—dijo Helen—. ¿Pero qué hay de mezclar colores?
—Todo irá bien. Invitaré al mismo tiempo a Florence Wechek, Alice Cooksey,
Sam Hazzard y a Dan Gunn, si le puede encontrar. Y rebuscaré por los alrededores
más carbón. Será una especie de alivio el cocinar en la chimenea.
—No te olvides de la sal —le recomendó Helen—. Vamos a necesitar mucha para
salvar esta carne.
En este tercer día después de El Día, el carácter de Fort Repose había cambiado.
Todos los edificios seguían en pie, ningún ladrillo había quedado desplazado, sin
embargo todo estaba alterado, especialmente la gente.
Temprano Randy había advertido que algunas de las vidrieras de los escaparates
estaban rajadas por las ondas expansivas de Tampa y Orlando. Ahora las ventanas de
muchas tiendas estaban del todo destrozadas y los cristales cubrían las aceras. Desde
los callejones venía el olor agrio de las basuras sin recoger.
La mayoría de los aparcamientos en Yulee y St. Johns estaban incongruentemente
ocupados, pero los coches vacíos y varios habían sido despojados de sus ruedas.
No había comercio. Se veían pocas personas. Sin embargo, Randy divisó sólo
cuatro o cinco coches en movimiento. Los que no andaban escasos de gasolina
cargaban lo que quedaba en sus tanques guardándolo para futuras emergencias más
graves.
Los peatones que vio parecían aprensivos, marchando presurosos en misiones
particulares y vitales, los hombros caídos, los ojos fijos delante. No se veían mujeres
en las calles y los hombres no caminaban aparejados, solos y alerta. Randy vio a
varios conocidos que debieron reconocer su coche. Ninguno le sonrió ni le saludó con
la mano.
Cuatro jóvenes forasteros holgazaneaban delante de la farmacia. Los escaparates
estaban rotos, pero Randy vio el rostro sombrío y desgraciado del viejo Hockstatler,
el droguero, a la puerta. Miraba a los jóvenes y ellos deliberadamente le ignoraban.
Esperaban algo, presintió Randy. Aguardaban como buitres. Esperaban a que se fuera
el viejo Hockstatler.
Randy se metió en el aparcamiento de la fachada de Ajax, el supermercado.
Aparentemente estaba vacío. La puerta principal cerrada con llave, pero Randy
penetró por un escaparte roto. El interior parecía haber sido saqueado. Todo lo que
quedaba de los géneros, advirtió de inmediato, eran platos, objetos de plástico,
cacharros en las estanterías de utensilios para el hogar. Significativamente nadie se
molestó en comprar o llevarse cordones eléctricos, fusibles o bombillas. En cuanto a
la comida, no parecía haber quedado nada.
Randy intentó recordar dónde había estado el mostrador de la sal, pero la sal es un
producto que todo el mundo compra sin pensar, como las hojas de afeitar o la pasta
de los dientes, sin molestarse ni preocuparse por ella hasta que se necesita. Pensó en

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las hojas de afeitar. Andaba escaso de ellas. Por último leyó los carteles de guía que
colgaban en las vacías estanterías. Vio: «Sal, Harina, Estropajos, Azúcar», en una
pared a su izquierda. El espacio en donde debieron estar estos artículos estaba vacío.
No quedaba ni un solo saco de sal.
Cuando Randy se volvía para marcharse oyó un ruido, como madera rascando en
el cemento en el almacén de la parte posterior de la tienda. Abrió la puerta y se
encontró mirando al cañón de un pequeño y brillante revólver. Detrás del arma estaba
el rostro aceituna y flaco de Pete Hernández. Pete bajó el arma y se la guardó en el
bolsillo de la cadera.
—Hola, Randy —dijo—. Creí que era algún maldito granuja que volvía para
limpiar el resto del local.
—Lo que necesitaba era sal.
—¿Sal? ¿Ya no tiene sal?
—Queremos sal para sazonar un poco de carne. Pensamos que podríamos salvar
así la que nos quedaba en el congelador —Randy vio el camión de las verduras
colocado en el andén de carga detrás de la tienda. Estaba a medio llenar de cajas y
Pete había estado bajando otros bultos por la rampa. De modo que Pete había salvado
algo—. ¿Qué ocurrió aquí? —preguntó Randy.
Vendimos casi todo a la hora de cerrar ayer. Cuando traté de echar las puertas
abajo no querían marcharse y tampoco quisieron pagar. Empezaron a armar alboroto
y a reírse y a robar. Me encerré en la trastienda y es así como me quedé solo —Pete
guiñó el ojo—. Pero puedo conseguir un buen precio por estas judías en lata dentro
de un par de semanas.
Randy se dio cuenta de que Pete, quizá porque jamás tuvo mucho, aún ansiaba
dinero.
—Te pagaré muy bien la sal ahora mismo —dijo.
Los ojos de Pete miraron de reojo. Había una carretilla en un rincón. Estaba llena
de sacos… azúcar y sal.
—Apenas tengo sal para mi casa —dijo Pete—. Estamos en el mismo apuro. El
congelador lleno de carne. Quizás Rita deseé salar un poco, también.
Randy sacó la cartera. Pete la miró. Pete parecía codicioso.
—¿Cuánto me cobrarás por dos sacos de diez kilos de sal?
—Es que no me queda mucha sal.
—Te pagaré a diez dólares la libra de sal.
—Eso significa cuatrocientos dólares. Suyo es, está bien.
Randy le dio el dinero. Pete palpó los billetes.
—¡Diez dólares por una libra de sal! —exclamó—. ¡Eso es algo!
Randy se cargó dos sacos bajo cada brazo.
—Será mejor que salga por la parte de atrás —indicó Pete—. No diga a nadie
dónde lo ha conseguido y, Randy…
—¿Sí?

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—Rita se pregunta cuándo irá a verla. Todo el tiempo habla de usted. Cuando se
fija en un individuo no lo suelta con facilidad. Ya conoce a Rita.
Randy rechazó la fácil excusa. Una de las cosas que no le gustaba de Rita era su
posesibilidad, y otra era su hermano. El estaba irritado porque se colocó en situación
de verse obligado a discutir cuestiones personales con Pete.
—Rita y yo hemos terminado —dijo.
—Eso no es lo que dice Rita. Rita dice que la otra chica… la rubia yanqui… no le
parecerá tan buena ahora. Rita dice que la guerra nivela a las personas al igual que a
las ciudades.
Randy sabía que era inútil hablar de Rita, o de cualquier cosa con Pete
Hernández.
—Hasta la vista. Pete —dijo y salió de la tienda.
La ferretería de Beck seguía abierta y el señor Beck, con aspecto cansado y
azorado, presidía filas y filas de estanterías vacías. En El Día mismo todo lo que
podía ser útil inmediatamente, desde linternas y baterías hasta velas y lámparas de
petróleo, se desvaneció. En consiguiente pánico adquisitivo, casi todo lo demás se
había liquidado.
—El único motivo de que esté aquí —explicó el señor Beck— es porque venía
toda la semana durante los últimos veintidós años y no sé qué otra cosa hacer.
En el almacén. Beck encontró una caja de cartón polvorienta con tarros de cristal
herméticos.
—La gente no hace muchas conservas caseras hoy en día —dijo Beck—. Ya se
me había olvidado que los tenía.
—¿Cuánto? —preguntó Randy.
Beck sacudió la cabeza.
—Nada, esa caja fuerte está hasta los topes de dinero. Es todo lo que me queda…
dinero. ¿No tiene gracia… nada excepto dinero? —el señor Beck soltó una carcajada
—. ¿Sabe qué? Podría retirarme.

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III

Randy condujo el coche hasta el edificio de las Artes Médicas. Aquí había
esperado encontrar actividad. No encontró ninguna, pero vio el coche de Dan Gunn
en el aparcamiento.
Se veían manchas de pardo rojizo en la acera y en los escalones de cemento. El
vidrio de la puerta principal estaba destrozado y la hoja misma se abrió con facilidad.
La sala de espera se encontraba ominosamente vacía. No había nadie en la recepción.
Randy poseía un agudo sentido del olfato. Ahora captó muchas aromas alarmantes…
desinfectante, éter, drogas desparramadas, sangre, orina estancada.
—¡Dan! —llamó—. ¡Eh, Dan!
—Estoy aquí atrás. ¿Quién es? —la voz de Dan salió apagada y despertando ecos
por el corredor.
—Yo… Randy.
—Ven hacia la parte posterior. Estoy en mi despacho.
En la oscuridad del pasillo, Randy tropezó con un par de pies y se hizo atrás,
estremecido. Un cuerpo yacía en el umbral de la clínica, las piernas en el corredor, el
dorso dentro del cuarto, boca arriba, los brazos extendidos. Tenía el rostro medio
volado, pero al fijarse en un informe resultaba identificable como Cappy Foracre, jefe
de policía de Fort Repose.
Randy siguió adelante, presuroso. Una puerta a prueba de incendios pendía
locamente de un gozne. Había sido abierta a golpes de hacha. Detrás estaba el
laboratorio y el almacén de drogas. El olor de productos químicos que venía del
laboratorio era sofocante y abrumador. Dentro Randy vio un montón de jarros y
botellas rotos. La clínica había sido destruida, loca y deliberadamente.
Constituyó un alivio encontrar a Dan Gunn de pie, en su despacho. El rostro de
Dan estaba más profundamente sombreado de fatiga y por una barba de dos días;
tenía la camisa rota y parecía sucio, pero no tenía aspecto de estar herido. Dos
maletines médicos estaban abiertos en su escritorio. Se hallaba examinando frasquitos
y botellas.
—¿Qué pasó? —preguntó Randy.
—Una bandada de adictos… desesperados… vino anoche, mejor dicho, sobre las
tres de esta madrugada. Jim Bloomfield estaba aquí, durmiendo en el diván de su
oficina. Nos habíamos dividido el servicio. El montaba guardia una noche, yo la
siguiente. Mira, sin teléfonos la gente no sabe otra cosa que hacer que venir a la
clínica en caso de emergencia. De todos modos, los adictos… eran seis, armados…
entraron y despertaron a Jim. Querían drogas. El pobre viejo Jim tenía mucho de
puritano. Si les hubiesen dado la droga se habría desembarazado de ellos.
Dan cogió una jeringuilla hipodérmica y lentamente apretó el émbolo con sus
tremendos dedos.
—Yo se la hubiese dado, sin duda… tres granos de morfina y habría acabado con

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ellos —Dan dejó caer la jeringuilla en uno de los maletines y sacudió la cabeza—.
Probablemente no hubiese sido muy inteligente, tampoco. Tres granos matarían a un
ser humano, pero no a un adicto. De todos modos, Jim les dijo que se fuesen al
infierno. Le pegaron. Vaciaron estos maletines y encontraron lo que buscaban. No
bastaba. Tomaron el hacha y rompieron la puerta del laboratorio entrando en él y en
el almacén de drogas. Nos dejaron sin narcóticos… se llevaron todo, no sólo la
morfina sino también los barbitúricos y el Mitral Sódico, el Fentotal y estimulantes
como Bencedrina y Dexedrina. Lo que no se llevaron lo destruyeron.
—¿Y qué pasó con Cappy Foracre? —preguntó Randy.
—Vinieron unas mujeres y oyeron el ruido y corrieron en busca de Cappy.
Dormía en la casa de los bomberos. Cappy y Bert Anders… ya sabes, aquel chaval
que era su ayudante… vinieron, gritando, aquí. Gritando literalmente, haciendo
funcionar su sirena, los muy estúpidos. Así que los cabezotas estaban preparados.
Hubo una batalla. Me imagino que más que un tiroteo fue una emboscada. Cappy
recibió un escopetazo en la cara. Anders otro en el vientre. Cuando llegué, Cappy
estaba muerto y eso que vine unos quince minutos más tarde.
—¿Y el viejo doctor Bloomfield? —preguntó Randy.
Dan se tambaleó y apoyó las palmas de las manos en el escritorio. Dobló la
cabeza. Cuando habló lo hizo en un tono monótono.
—Llevé a Anders y a Jim Bloomfield al hospital de San Marco. Aquí no podía
operarles. No hay anestesia. Ni siquiera podría esterilizar mis instrumentos. Todo está
contaminado. El joven Anders murió al llegar allí. Jim seguía vivo. Pensé que
sobreviviría. Tenía una paliza. Quizá un par de costillas rotas, muchos golpes,
conmoción. Sin embargo, fue capaz de decirme, con toda coherencia, lo que había
pasado. Luego se me escapó de entre los dedos. No sé por qué. Había vivido mucho
tiempo y después de ocurrir esto quizá ya no quería seguir existiendo más tiempo.
Puede que no quisiera pertenecer a la raza humana, que estuviera avergonzado de
ella. Dimitió. Se murió.
—¡Los bastardos! —exclama Randy—. ¿De dónde venían? ¿Dónde se fueron?
Dan Gunn se estremeció. La noche había sido fría y sólo hizo algo de calor
durante el día y, claro, en el edificio no existía calefacción. Agitó la cabeza y se puso
rígido poco a poco. Como un gran navío azotado por la tormenta que ha estado
oscilando en el caos del mar, pero sin hundirse.
—¿Que de dónde venían? —dijo, poniéndose la americana—. Quizá escaparon
del hospital del estado. Pero lo más probable era que viniesen de San Luis o Chicago,
marchando hacia Miami o Tampa para pasar la temporada invernal. Probablemente
eran adictos a las drogas al mismo tiempo que incitadores. La guerra les dejó sin
fuentes de suministro. Así que la noche pasada estaban furiosos por deseo de droga y
el modo más rápido de obtenerla era apartarse un poco de la ruta principal hasta
cualquier pueblecito pequeño como éste y asaltar la clínica. En cuanto a dónde iban,
no me importa, mientras sea lejos de aquí.

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Randy decidió no abandonar jamás la casa a menos de ir armado.
—Debieras llevar una pistola, Dan. Desde ahora lo haré yo.
—¡No! —protestó Dan—. No, no quiero llevar armas. He pasado demasiado años
aprendiendo cómo salvar vidas para empezar ahora a disparar contra la gente. No me
preocupa el castigo a esos adictos. Viven dentro de una cámara propia de torturas.
Eventualmente… yo diría que dentro de unas cuantas semanas… por más personas
que maten no encontrarán drogas. Después del gran ataque padecerán bastantes
malestares físicos. Espero que morirán horriblemente —Dan cerró los dos maletines
—. Así termina también la clínica de Fort Repose. ¿Puedes llevarme hasta el hotel,
Randy? Creo que se me acabó la gasolina.
—Te llevaré al hotel solamente para que puedas hacer la maleta —contestó
Randy—. En River Road tenemos comida, agua buena y chimenea de leña. En el
hotel no tienes ninguna de esas cosas —cogió uno de los maletines—. Ahora no me
discutas, Dan. No empieces a hablar de tu deber. Sin comida, agua y calor nada
puedes hacer ni siquiera esterilizar un escalpelo. No tendrás fuerzas bastantes, de
todas maneras, para cuidarte de nadie. Ni siquiera para cuidarte de ti mismo.
Cuando entraron en el hotel, Randy lo olió en seguida, pero hasta que no llegaron
al segundo piso no identificó con seguridad el olor. Como las canciones, los olores
son catalizadores de la memoria. Percibiendo los hedores, de Riverside Inn, Randy
recordó el olor punzante de los camiones de carga llenos de carne de cañón para los
campos de Corea. Randy habló de esto a Dan y Dan contestó:
—He tratado de hacerles excavar letrinas en el jardín. Y no quieren. Se han
ilusionado a sí mismos en la creencia de que las luces, el agua, las doncellas, el
teléfono, el servicio de comedor y el transporte se reanudarán dentro de un día o dos.
En su mayoría tienen pequeños depósitos de alimentos en conserva, dulces y
caramelos. Comen solos en sus habitaciones. Cada mañana despiertan diciendo que
las cosas volverán a la normalidad al anochecer y cada noche se acuestan pensando
que la normalidad quedará restaurada por la mañana. Ha sido un gran sobresalto para
esas pobres personas. No pueden enfrentarse a la realidad.
Dan había estado hablando mientras hacía la maleta. Cuando dejaron el hotel,
cargados de maletas y libros, Randy dijo:
—¿Qué les pasará?
—No lo sé. Habrá una gran cantidad de enfermedades. No puedo impedirlo
porque no quieren prestar atención a mis consejos. Me es imposible detener una
epidemia si se produce. No sé lo que les pasará.
Dan se instaló en la casa de River Road, aquel día. Después durmió en la cama
turca, el único lecho de la casa que podía acomodar confortablemente su corpachón,
instalada en el apartamento de Randy, mientras que Randy ocupaba el diván de la sala
de estar.
Aquella noche, después, se recordó como «La noche de la orgía de filetes». Sin
embargo, no fue por el rico gusto de la carne bien cocinada por lo que Randy se

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acordó de la fecha. El, el almirante y Bill McGovern cocinaron los filetes fuera y
luego los llevaron hasta la sala de estar. Unos gruesos leños ardían en la gran
chimenea y una cafetera hervía sobre los calientes ladrillos. A los pocos minutos
antes de las diez, Randy puso su radio de transistores y todos escucharon. Lib
McGovern estaba sentada en la alfombra cerca de él, con el hombro tocándole el
brazo. La habitación estaba caliente y cómoda y en cierto modo, segura.
Oyeron el zumbido de la onda portadora y luego la voz del locutor por el canal
claro de la estación en algún lugar del corazón del país.
«Aquí, el Cuartel General de la Defensa Civil. Tengo que hacer un anuncio
importante. Escuchen con cuidado. No se volverá a repetir esta noche. Se repetirá, si
las circunstancias lo permiten, a las once en punto de mañana por la mañana».
Randy notó cómo los grandes dedos de Lib rodeaban el antebrazo y le apretaban.
En torno al grupo instalado ante el fuego, todos los rostros estaban ansiosos, los de
los blancos, en la fila primera, los de los negros, con ojos desorbitados, detrás.
»Una exploración aérea preliminar del país acaba de ser completada. Por orden
del Jefe Ejecutivo actuante, señora Van Bruuker-Brown, ciertas áreas han sido
declaradas Zonas Contaminadas. Queda prohibido a la gente entrar en esas zonas.
Queda prohibido llevar material de cualquier clase particularmente metal o
recipientes metálicos, sacados de las zonas nombradas.
»Las personas que salgan de las Zonas Contaminadas deben primero ser
examinadas en los puntos de investigación que están siendo establecidos ahora. La
situación de estos puntos será anunciada por sus estaciones locales Conelread.
»Las zonas contaminadas son:
»Los Estados de Nueva Inglaterra».
Sam Hazzard, sentado en una mecedora de madera de cerezo que, como Sam
nació en Nueva Inglaterra, contuvo el aliento.
El locutor continuó:
»Todo el estado de Nueva York al sur de la linea Ticonderog, bahía de Saketts.
»Los Estados de Pensilvania, Nueva Jersey. Delatare y Maryland.
»El distrito de Columbio.
»El este de Ohio a partir de línea Sandusky-Chillicotne. También el Ohio, la
ciudad de Columbia y FUS suburbios.
»En Michigan, Detroit y Dearbom y en las zonas de un radio de ochenta
kilómetros de esas ciudades. También el Michigan, las ciudades de Flint y Grand
Rapids.
»En Virginia, toda la cuenca del río Potomac. Las ciudades de Richmond y
Norfolk y sus suburbios.
»En Carolina del Sur, el puerto de Charleston y todo el territorio dentro de un
radio de cincuenta kilómetros de Charleston.
»En Georgia, las ciudades de Atlanta, Savannah Augusta y sus suburbios.
»El Estado de Florida».

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Randy se sintió furioso e insultante. Comenzó a ponerse en pie.
—¡No todo el estado! —gritó, dándose cuenta al mismo tiempo de que su protesta
era completamente irracional.
—¡Chisst! —le dijo Lib y le obligó a volver a la alfombra.
La voz prosiguió, contando Mobile y Birmingham, Nueva Orleans y Lake
Charles.
Entró en Tejas anulando Fort Worth y Dallas y todo en un radio de ochenta
kilómetros de esas dos ciudades y Abilene, Houston y Corpus Christi. Volvió a subir
hacia el norte:
«En Arkansas, Little Rock y sus suburbios, más una zona de treinta y cinco
kilómetros de Little Reck».
Missouri, durante toda la noche no había dicho nada, excepto respondiendo
preguntas; ahora intervino.
—¿Por qué bombardearon Little Rock?
—Hay una gran base del C.E.A. en Little Rock… o la había —contestó el
almirante.
La voz subió hasta Oak Ridge, en Tennessee, y luego habló de Chicago y de lo
que rodeaba Chicago en Indiana del norte y siguió por la costa del oeste por el lago
Michigan hasta Milwaukke y los suburbios de la ciudad. Inexorablemente, murmuró
los nombres de Kansas City, Wichita y Topeka. La voz prosiguió:
«En Nebraska, Lincoln. También en Nebraska, Omaha y todo el territorio dentro
de una radio de ochenta kilómetros de Omaha».
Randy pensó que con eso acababa toda su esperanza acerca de Mark. Más de un
proyectil dirigido para Omaha. Probablemente tres, como esperó Mark. Desde el
momento del alba doble de El Día, supo que la cosa era probable. Ahora tenía que
aceptarla como así segura. Miró al círculo, a los tres rostros bañados por la luz del
fuego. La cara de Peyton estaba medio escondida contra el pecho de su madre. El
rostro de Helen inclinado y sus brazos en torno a los hombros de Peyton. Ben
Franklin miraba con fijeza las llamas, la barbilla recta. Randy pudo ver el sendero de
las lágrimas por la cara de Helen y asomando éstas en los ojos de Ben.
Los anuncios prosiguieron, la voz anulaba porciones de estados y ciudades,
Seattle, Hanford, San Francisco, toda la costa del sur de California, Elena,
Cheyenne… pero Randy lo oyó sólo a medias. Todo lo que podía percibir, con
claridad, eran los agudos sollozos de la garganta de Peyton.
El corazón de Randy voló hacia ellos. Pero nada dijo.
¿Qué se podía decir? ¿Cómo decir a una niñita que uno siente que ya no tenga
padre?
Cerca suyo, Lib se agitó y habló, dos palabras sólo, dirigidas a Helen.
—Lo siento.
Randy había advertido, aquella noche, una tensión entre Helen y Lib. No se
decían nada y sin embargo, había una vigilancia, una hostilidad, entre ellas. Así que

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se alegró de que hablara Lib. Quería que se quisieran una a otra. Le molestaba que no
fuese así.
Entonces pasó. La radio calló. Más que nunca Randy se sintió aislado. Florida era
zona prohibida y Fort Repose un sector diminuto aislado dentro de aquella zona.
Podía apreciar por qué todo el estado había sido señalado Zona Contaminada. Habían
muchísimas bases, muchísimos blancos alcanzados, con la consiguiente
contaminación. Habían tenido una gran suerte en Fort Repose. El viento les
favoreció. Habían recibido sólo un residuo de lluvia radioactiva de Tampa y Orlando
y nada en absoluto de Miami y Jacksonville. Incluso un arma razonablemente limpia
en Patrick hubiese hecho llover partículas radioactivas sobre Fort Repose, pero el
enemigo no se había molestado en anular Patrick.
De pie, al otro lado de la habitación, el predicador Henri había estado
escuchando, pero no entendió por entero la designación de zonas contaminadas ni
comprendió sus implicaciones. Había notado y comprendido la sorpresa y la pena que
la emisión produjo en los Braggs y notó que había llegado el momento de marcharse.
Dio un codazo a Malachai, tocó la grupa de Tuo Tone con la punta del pie, llamó la
atención de Hannah y Missouri y dijo, con dignidad:
—Nos vamos, ahora. Gracias, señor Randy por la estupenda cena. Espero que
algún día podamos pagarle cuanto hizo.
Randy se puso en pie y contestó:
—Buenas noches, predicador. Ha sido agradable tenerlas a ustedes en casa.

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IV

El cuarto día después de El Día. Randy, Malachai y Tuo Tone extendieron el


sistema de agua artesiana hasta las casas del almirante Hazzard y Florence Vechek. El
extender la cañería a través del seto hasta la mansión del almirante fue sencillo, pero
proporcionar agua para Florence Vechek y Alice Cooksey obligó a excavar a través
del asfalto de River Road con picos y palas.

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V

La noche del sexto día ardió Riverside Inn. Sin agua en los algibes, con el sistema
de riegos del hotel inoperante, el departamento de bomberos nada pudo hacer. Sólo
aparecieron unos cuantos bomberos de la reserva y una sola bomba entró en acción,
utilizando agua del río. Fue un esfuerzo inútil y tardío. La vieja y resinosa estructura
de madera ardía brillantemente antes de que el primer chorro de agua tocase las
paredes. Pronto el calor apartó a los bomberos. Pocos minutos después se oyó el
último grito procedente del tercer piso.
Avisaron a Dan una hora más tarde y Randy le llevó hasta la ciudad. Para
entonces, no se podía hacer otra cosa que ocuparse de los supervivientes. Eran
poquísimos. Algunos murieron intoxicados por el humo o por el miedo… resultó
difícil de diagnosticar… dentro de las siguientes horas, los con quemaduras fueron
llevados a San Marco en las escasas ambulancias de Bubba Offenhaus. Los ilesos se
alojaron en la escuela de Fort Repose. No había calefacción en el edificio, ni comida,
ni agua. Era un simple cobijo, menos cómodo que el hotel y al cabo de pocos días
mucho más escuálido.
Dan Gunn sospechó que el fuego se inició en un cuarto donde los huéspedes
utilizaban combustible en conserva en un intento de hervir agua. Quizás alguien
construyó alguna artesana chimenea de leña. Eso era, según la opinión de Dan,
inevitable.

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VI

En el noveno día después de El Día, murió Lavinia McGovern. Esto, también,


había sido inevitable desde que se apagaron las luces y cesó la refrigeración. Puesto
que Lavinia McGovern sufría diabetes, la insulina la mantenía viva. Sin refrigeración,
la insulina se deterioraba rápidamente. No sólo Lavinia, sino todos los diabéticos de
Fort Repose, que dependían de la insulina, murieron casi en el mismo periodo en que
la droga perdió su potencia.
Randy y Dan hicieron cuanto pudieron por salvarla. Fueron hasta el hospital de
San Marco esperando encontrar insulina refrigerada, o la nueva droga oral.
Habían unos treinta kilómetros hasta San Marco. Incluso conduciendo a la
velocidad más económica en aquel potente coche, Randy calculó que el viaje
consumiría doce litros de gasolina. Calculó que le quedaban sólo diecinueve en total
dentro del depósito, más una lata de otros diecinueve en reserva.
Randy tomó una decisión difícil. Para entonces, la casa Bragg estaba enlazada
con las casas del almirante Hazzard, Florence Vechek y los Henri no sólo por un
sistema arterial de cañerías alimentadas por la presión natural, sino también por otras
necesidades comunes. El modelo A de los Henri no era ni hermoso ni cómodo, pero
su motor resultaba el triple económico que el lujoso coche deportivo de capota dura
de Randy. El auto de Sam Hazzard tragaba gasolina con tanta rapidez como el de
Randy, y el de Dan estaba vacío. El modelo A era incluso más económico que el viejo
Chevrolet de Florence. Dan decidió que desde entonces el modelo A proporcionaría
el transporte para la comunidad. Así fue que en tal modelo Randy y Dan hicieron el
viaje a San Marco.
El viaje fue un fracaso. El hospital ya no poseía insulina ni sustitutos. Como las
farmacias, el hospital adquiría sus suministros en cantidades pequeñas y dependía de
las entregas semanales o bisemanales de los almacenistas de las grandes ciudades. Su
insulina ya desapareció por la demanda en su propia comunidad. Además, el
generador auxiliar del hospital funcionaba sólo durante las horas de la tarde para
operaciones de emergencia y unos pocos minutos cada hora para suministrar energía
a la WSMF. Era necesario economizar combustible y a menos que el generador
funcionase continuamente resultaba inadecuado para la refrigeración.
Volviendo a Fort Repose en el modelo A, Dan gruñó:
—El lugar en donde podríamos haber encontrado almacenes estaba bien adentro
del país, como Tamicuan. Los almacenes ya no iban a ser muy útiles a las ciudades
después de El Día porque no quedarían ciudades en pie. ¿Pero dónde estaban los
almacenes? Naturalmente que en las ciudades. Era más fácil.
Así que Lavinia McGovern murió cuarenta y ocho horas después de pasadas en
coma.
Alice Cooksey estaba a su cabecera después de media noche del noveno día,
cuando expiró Lavinia. El marido de Lavinia y su hija, ambos exhaustos por el

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esfuerzo de mantener la casa en orden, dormían. Alice no les despertó ni a ellos ni a
nadie hasta la mañana. Continuó sola la vigilia, dormitando en una silla. Nadie podía
ayudar a Lavinia, pero todo el mundo necesitaba descanso.
Alice llevó las noticias a la casa Bragg, por la mañana. El fuego ardía en el
comedor, que olía agradablemente a tocino y café. Randy, Helen, los niños y Dan
Gunn estaban desayunando… un desayuno exactamente igual al que hubieran
consumido diez días antes, sin ninguna excepción importante. Había allí jugo de
naranja, recién exprimida, huevos frescos del corral de los Henri, tocino y café. No
habían tostadas, porque carecían de pan. Randy ya empezaba a echar de menos el
pan. Se preguntaba por qué no pensó en comprar harina. Para cuando Helen colocó la
harina en su lista las estanterías estaban ya vacías en toda la ciudad. Sospechó que las
amas de casa mayores de Fort Repose, recordando cuando le gente cocinaba su
propio pan en lugar de comprarlo empaquetado, hecho rebanadas, con vitaminas,
había limpiado los almacenes de toda la harina durante El Día. Resolvió que, cuando
pudiera, haría combalaches y otras cosas por sacos de harina. Se tendría que llegar a
junio para poder preparar pan de centeno, de la cosecha del predicador Henri.
Alice vino en bicicleta desde la casa de los McGovern. Antes de que cerrase la
oficina de la Western Union, Florence Vechek se apoderó de la bicicleta del recadero.
Era una posesión valiosa, ahora que toda la gasolina que les quedaba estaba unida
para hacer funcionar un coche; la bicicleta era el transporte primario para Alice y
Florence. Alice vestía por primera vez en su vida, pantalones, cosa necesaria para ir
en bicicleta. Aceptó café y contó la muerte de Lavinia. Bill McGovern y Elizabeth,
dijo, se lo habían tomado bien, pero no sabían qué hacer con el cadáver. Necesitaban
ayuda para el entierro.
—Iré a ver en seguida a Bubba Offenhaus —ofreció Dan—, y trataré de preparar
el entierro. Tengo que hablar con Bubba de todas maneras. No parece impresionado
de la importancia de enterrar a los muertos lo antes posible. De pronto es como si
odiase su profesión.
—Eso no es propio de Bubba —dijo Alice Cooksey—. Bubba fanfarroneaba
siempre de que era el funerario más efectivo de Florida. Solía decir: «Cuando los
jubilados empezaron a venir a Fort Repose encontraron una funeraria con todas las
comodidades modernas».
—Eso es lo malo —contestó Dan—. Bubba aborrece los funerales que no sean
suntuosos. Casi lloró en cuanto insistí en que los pobres diablos que murieron en el
incendio fuesen enterrados en una sola fosa. Tuvimos que utilizar una excavadora.
Bubba dice que su negocio ha quedado arruinado para siempre.
Randy había permanecido en silencio desde que Alice les dio la noticia. Ahora
habló, como si hubiese estado callado luchando consigo mismo hasta que llegara a
una conclusión.
—Tendrán que vivir aquí.
Helen bajó su taza de café.

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—¿Quién tendrá que vivir aquí?
—Deberemos pedir a Lib y a Bill McGovern que se queden con nosotros.
—¡Pero no tenemos habitación! ¿Y cómo les daremos de comer?
Randy estaba turbado y asombrado. Jamás pensó que Helen fuese una mujer
egoísta y sin embargo no quería a los McGovern.
—Tenemos sitio en abundancia —dijo—. En el piso alto hay un dormitorio vacío.
Que lo ocupe Bill, y Lib podrá dormir contigo.
—¿Conmigo?
Se dio cuenta de que Helen estaba furiosa.
—Bueno, en tu cuarto tienes dos camas, Helen. Pero si te opones en serio, Bill
dormirá en mi apartamento… hay otro diván… y Lib ocupará el cuarto.
—Después de todo, es tu casa —dijo Helen.
—De hecho, Helen, la casa es la mitad de Mark, lo que quiere decir que es la
mitad tuya. Así que la decisión te corresponde tanto a ti como a mí. Lib y Bill no
tienen agua ni calor ni les queda mucha comida porque toda su reserva estaba en el
congelador. Ni siquiera tienen chimenea. Han estado cocinando e hirviendo agua en
un hornillo de carbón del cuarto de Florence.
Helen se encogió de hombros y dijo:
—Bueno, creo que tendrás que pedírselo. Elizabeth puede dormir conmigo. Pero
espero que no sea algo definitivo. Después de todo, nuestra provisión de alimentos es
limitada.
—Es limitada —afirmó Randy—, y va a ser peor. Estén o no aquí los McGovern,
tendremos que apretarnos el cinturón muy prontito.
Dan se levantó y dijo:
—Será mejor que me vaya.
Randy le siguió. Había cultivado la costumbre de dejar su automática del cuarenta
y cinco en la mesa del vestíbulo y de guardarla en el bolsillo al salir de la casa, como
cualquiera haría con su sombrero colocándoselo en la cabeza. Puesto que él jamás
tuvo sombrero y nunca llevó un arma, excepto en el ejército, aún tenía que hacer un
esfuerzo consciente para acordarse.
Cuando estuvieron en el coche Randy dijo:
—Fue un extraño comportamiento el de Helen. No sé qué es lo que le pasa.
—Nada de extraño —afirmó Dan—. Sólo humano. Tiene celos.
—¡Esto es ridículo!
—No. Helen es una mujer fieramente protectora… protectora de sus hijos. Sin
Mark, tú y la casa sois su seguridad y la seguridad de sus niños. No quiere compartir
con otros tu protección. Es cosa de auto-preservación, nada de espejismo.
—Comprendo —dijo Randy—, o, por lo menos, creo que comprendo.

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VII

Llegaron hasta la puerta principal de la casa de los McGovern.


—Es inútil que entremos los dos —dijo Randy—. Tú nada puedes hacer ahí.
Mientras vas en busca de Bubba Offenhaus, les diré que tienen que trasladarse y haré
que preparen el equipaje.
—De acuerdo —contestó Dan—. Economía de esfuerzo y de fuerzas. Siempre fue
una buena norma de guerra.
Randy caminó hasta la casa, preguntándose un poco sobre sí mismo. Sin darse
cuenta, había empezado a dar órdenes en los pasados días. Incluso dio órdenes al
almirante. Había asumido la jefatura de la diminuta comunidad unida por las cañerías
de agua que salían del pozo artesiano. Puesto que nadie pareció protestar, imaginó
que había hecho lo más adecuado. Era como… bueno, no era lo mismo, pero sí
parecido como mandar a un pelotón. Cuando se tenía la responsabilidad, también se
tenía el derecho a mandar.
La casa de los McGovern estaba húmeda y fría. Conservó el frescor de la noche.
Lib, llevando pantalones de paño y un grueso jersey azul de cuello alto, le saludó en
la puerta.
—Oí el coche y supe que eras tú —dijo—. Gracias por venir, Randy.
Le tendió las manos y él las besó. Notó frío en las palmas y cuando las miró vio
que sus uñas, siempre tan cuidadas, estaban rotas y llenas de suciedad. Sin embargo,
tenía los ojos secos y parecía tranquila. Las lágrimas que derramó por su madre
estaban ya secas.
—Alice nos lo dijo —empezó Randy—. Todos lo sentimos mucho, cariño —se
dio cuenta de que sus palabras no sonaban sinceras, aunque lo eran—. Con tantos
muertos —muchísimos amigos en quienes él todavía no tuvo tiempo de pensar—, la
muerte de una mujer, cuya personalidad él no admiraba mucho y con quien nunca se
sintió identificado, resultaba algo trivial. Quizás teniendo la mitad de la población del
país, muerta, muerta en sí misma, se necesitaba algo muy apegado e íntimo para dejar
de pertenecer a la categoría de lo trivial.
—Entra y hablarás con papá —dijo ella—. Está preocupado acerca del entierro.
—Ya estamos arreglando eso —contestó Randy y la siguió al interior de la casa.
Bill McGovern estaba sentado en la sala de estar, mirando hacia el río. No se
había molestado en vestirse ni en afeitarse. Sobre el pijama y el batín se había puesto
un abrigo. Randy se volvió a Lib.
—¿No habéis desayunado ninguno de los dos?
Ella negó con la cabeza.
Bill habló sin volverse.
—Hola, Randy. En esta época de crisis no soy ningún triunfador, ¿verdad? No
puedo dar de comer a mi hija ni a mí mismo, ni siquiera enterrar a mi mujer. Desearía
tener valor suficiente para tirarme al canal y hundirme.

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—Esto de nada serviría a Lavinia y nada serviría tampoco a Elizabeth ni a nadie.
Usted y Lib se vendrán a vivir conmigo. Las cosas irán mejor.
—Randy, no voy a imponerle mi presencia. Eso sí que puedes comprenderlo.
Estoy acabado. Ya sabes, paso de los sesenta. ¿Y sabes lo que es peor? Central Tool y
Plate. Pasé toda mi vida edificándolas. ¿Qué son ahora? Las posibilidades son de que
formen ahora una masa de metal retorcido y quemado. Chatarra. Así es mi vida y lo
que soy yo. No puedo volver a empezar. Central Tool y Plate es sólo chatarra y yo
también soy chatarra.
Randy se adelantó y se plantó entre Bill y la rajada ventana, para así poderle
mirar a la cara.
—Podría usted dejar de compadecerse a sí mismo —dijo—. Usted va a tener que
volver a empezar. Eso o morir. Es preciso que se enfrente a la realidad.
Lib rozó el hombro de su padre.
—Vamos, papá.
Bill ni se movió ni respondió.
Randy notó que en su interior la cólera crecía.
—¿Quiere usted saber para qué sirve? Eso significa lo que sirve con respecto a
los demás, no para usted mismo, ¿verdad? Si usted no es bueno para nadie creo que
será mejor que se eche al río: Usted conoce un poco sobre maquinaria, ¿verdad?
McGovern se irguió en su silla.
—Sé tanto sobre máquinas y herramientas como cualquier hombre en América.
—Yo no dije máquinas y herramientas, dije maquinaria. Baterías, motores de
gasolina, género sencillo como ése.
—No empecé en Central Tool como presidente, o miembro del consejo de
administración. Comencé en la tienda, trabajando con las manos. Claro que sé de
maquinaria.
—Estupendo. Usted puede ayudar a Malachai y al almirante Hazzard. Hemos
sacado las baterías… de mi coche y el del almirante y las hemos unido al aparato de
onda corta del almirante para poder descubrir lo que ocurre en el mundo. Sólo que no
funciona bien… algo va mal con el circuito… y las baterías se gastan y no sé cómo
recargarlas.
—Facilísimo —dijo Bill—. Tomen energía del modelo A. Funcionará mientras
tengan gasolina.
—Estupendo —dijo Randy—. Ese es su primer trabajo, Bill, ayudar a Malachai.
—¿Malachai? ¿No es el hermano de la mujer de la limpieza, Missouri? ¿Su
jardinero?
—El mismo. Un mecánico de primera clase.
Bill McGovern sonrió.
—¿Así que yo seré mecánico de segunda clase?
—Eso mismo.
Bill se levantó.

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—Está bien. Trato hecho. Me vestiré y luego… —se interrumpió—. Oh, Señor, se
me olvidó. Pobre Lavinia. Randy, ¿qué voy a hacer con su… —dudó como si la
palabra fuese cruda, pero no pudo encontrar otra— cadáver?
—Ya nos ocupamos de eso —contestó Randy—. Dan Gunn se ha ido en busca de
Bubba Offenhaus. Espero que Bubba se encargue del entierro. Mientras, creo que
usted y Lib será mejor que empiecen a hacer la maleta. Tendremos que hacer tres o
cuatro viajes, me imagino. ¿Cuánta gasolina le queda en su coche?
Lib contestó:
—Me parece que no llega a los ocho litros.
—Eso bastará para hacer el traslado y después ya no tendrá necesidad del coche.
Utilizaremos la batería para el aparato de onda corta de Sam Hazzard.
Mientras recogieron las cosas, Randy rebuscó por la casa tratando de encontrar
cosas útiles. En una alacena de la cocina descubrió un viejo puchero de hierro labrado
de tremenda capacidad y, olvidando la presencia de la muerte en la casa, lanzó un
grito de alegría.
Lib entró corriendo, preguntándose el motivo del grito. El le enseñó el cacharro.
—Apuesto a que caben ocho litros —dijo—. ¡Vaya hallazgo!
—Es sólo un viejo puchero que mamá compró cuando estuvimos un verano en
Nueva Inglaterra. Una antigüedad. Creyó que resultaría estupendo con una planta. Se
equivocó de medio a medio. Porque parecía horrible.
—Estará precioso colgado en la chimenea del comedor —dijo Randy—, lleno de
potaje.
El viejo cacharro fue el objeto más útil, es más, resultó uno de los pocos objetos
útiles que encontró en casa de los McGovern.
Veinte minutos más tarde regresó Dan Gunn, solo y preocupado.
—Bubba Offenhaus no puede ayudarnos —dijo—. A Bubba le gustaría enterrarse
a sí mismo; tiene disentería. Se marcha por ambos extremos. El Kiti estaba segura de
que era envenenamiento por la radiación. Ya sabes que los síntomas son muy
parecidos. Ambos estaban presos del pánico. Se recuperarán dentro de pocos días,
pero eso de nada nos sirve ahora.
—¿Y qué haremos? —preguntó Randy.
Dan miró a Bill McGovern, ahora vestido del todo, pero sin lavarse ni afeitarse
porque no había agua en la casa excepto un jarro, para beber, que Randy les trajo el
día anterior.
—Creo que es cosa tuya decidir, Bill —dijo Dan.
—¿Qué hay que decidir? —preguntó Bill.
—O enterrar a su esposa aquí o en el cementerio. Ustedes no tienen nicho en
«Repose-en», pero estoy seguro de que no le importará a Bubba. De todas maneras,
nada puedo hacer y puede usted arreglar las cosas más tarde.
Bill McGovern se volvió a su hija.
—¿Qué te parece, Elizabeth?

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—Bueno, claro que creo que mamá se merece un funeral adecuado en el
cementerio. Me parece que es lo último que podemos hacer por ella. Y, sin
embargo… —se volvió a Randy—. No estás de acuerdo, ¿verdad, Randy?
Randy se alegró de que se lo preguntaran. Intervenir en aquel asunto privado y
personal era brutal, pero necesario.
—No, no estoy de acuerdo. Hay diez kilómetros hasta el cementerio. Tendríamos
que hacer el viaje en dos coches por causa… por causa de Lavinia. Eso significa
gastar cuarenta kilómetros de gasolina, en viaje de ida y vuelta, y eso no podemos
soportarlo. Tendremos que enterrar a Lavinia aquí, en el jardín.
—¿Pero cómo…? —comenzó Lib.
—¿Dónde guarda usted las palas, Bill?
—Hay un cobertizo de herramientas en el garaje.
Mientras entregaba una pala a Dan seleccionaba otra para sí. Randy examinó las
demás herramientas. Había un hacha nueva. Sería útil. Habían también horcas,
azadas, una hoz, una guadaña, una carretilla. Traería a Malachai antes de que se
hiciese de noche y se llevaría las herramientas de los McGovern. Todo lo que hacía
era localizar y prever las necesidades del futuro.
Entre la casa y el río, en una azalea de forma creciente, franqueando el borde
oriental de la propiedad de McGovern, con la hierba azul oscura cuidadosamente
cuidada y respaldada al máximo del sol de la tarde por un gran roble más viejo que
Fort Repose, encontró el lugar adecuado. Randy no vio otro lugar más conveniente
para una tumba. Se alejó dos metros y señaló un rectángulo dentro del montículo. El
y Dan comenzaron a cavar.
A los pocos minutos Randy se quitó el jersey. No iba a ser un trabajo fácil. Dan se
detuvo y se examinó las palmas de las manos.
—Se me están haciendo manos de enterrador —dijo—. Cosa mala para un
cirujano.
Continuaron cavando, con firmeza, hasta que resultó difícil trabajar desde la
superficie. Randy se metió dentro de la fosa. Hicieron un descubrimiento. Una tumba
destinada a acomodar a una persona debía ser excavada por una persona sola.
Cuando Randy se detuvo, sin aliento, Bill McGovern entró y tomó la pala,
diciendo:
—Te relevaré.
Desde arriba Lib miraba. Al poco dijo:
—Eso basta, ya, para ti, papá. Recuerda la presión sanguínea. No quiero perderte
a ti también —saltó dentro del agujero y se hizo cargo de la pala.
Después de que su padre saliese, jadeado y pálido, la muchacha metió la pala con
furia en la tierra. Mientras cavaba, a los ojos de Randy su estatura se incrementó. Ella
era como una fina espada, esbelta y flexible, pero de acero; una mujer de valor. No
era caballeroso, pero Randy le permitió cavar, reconociendo que el esfuerzo físico era
una vía de escape para sus emociones. Cuando su ritmo disminuyó, él se dejó caer

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dentro de la tumba y le quitó la pala.
—Basta. Dan y yo terminaremos. Será mejor que tu padre y tú volváis a la casa y
sigáis haciendo las maletas.
—No quieres que te ayudemos a sacarla, ¿verdad?
—Creo que será mejor que no lo hagáis.
Dan se agachó y la sacó del agujero.
Cuando la tumba estuvo terminada envolvieron el cuerpo flaco de Lavinia en sus
sábanas. Su ataúd fue una manta eléctrica y su carro fúnebre la carretilla. La bajaron
al agujero, de metro y medio de profundidad, y amontonaron la arena en forma de
montículo, después, dejando un desnivel insignificante. Randy comprendió que
cuando viniese la primavera aquel montículo quedaría aplanado por las lluvias, la
hierba lo cubriría rápidamente y para junio habría desaparecido por entero.
Randy llamó a los McGovern. No hubo servicio fúnebre, no se habló palabra.
Todos permanecieron silenciosos durante un momento y luego Bill McGovern
dijo:
—No tenemos siquiera una señal de madera que indique dónde está, ni un pedazo
de piedra, ¿verdad?
—Sacaremos algo de la casa —sugirió Randy—, una estatua o un jarrón:
cualquier cosa.
—No es necesario —anunció Lib—. Toda la casa será el panteón monumental de
mi madre.
Esto era verdad. Volvieron de la tumba y regresaron a su trabajo.

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VIII

Aquella noche Bill McGovern, con alguna ansiedad, caminó hasta casa de los
Henri y habló con Malachai. Juntos recorrieron la orilla del río hasta la vivienda de
Sam Hazzard y conferenciaron con él de un plan para suministrar energía para el
receptor de onda corta del almirante.
Dan Gunn fue en el coche hasta Fort Repose para visitar a los sin hogar, algunos
de ellos enfermos o con quemaduras, alojados en la escuela.
Randy y Lib McGovern estaban sentados solos en el porche delantero, utilizando
como asiento los escalones, los codos de Lib sobre sus rodillas, la barbilla sujeta
entre sus manos, los brazos de Randy dándole vuelta en torno a los hombros. Ella
hablaba de su madre.
—Estoy segura de que nunca comprendió lo que ocurrió en El Día, y nunca
hubiera podido. Quizás estoy sólo racionalizando, pero creo que su muerte fue un
acto de piedad.
Randy oyó que alguien corría sendero arriba y luego vio una figura y reconoció a
Ben Franklin.
—¡Ben! —llamó—. ¿Qué pasa?
Ben se detuvo sin aliento, y dijo:
—¡Algo le ha pasado a la señorita Wechek!
Randy se levantó, preparado para ir en busca de su pistola.
—¿Qué fue?
—No lo sé. Caminaba junto a su casa y oí que alguien gritaba. Creo que era la
señorita Wechek. Luego la oí llorar.
—Será mejor que echemos un vistazo, Lib —dijo Randy—. Quédate aquí, Ben.
Una luz amarillenta de vela lucía en la cocina de Florence. Entraron por la puerta
posterior. Florence lloriqueaba y Randy entró sin molestarse en llamar.
Cuando abrió la puerta pintada de verde, una serie de plumas amarillas revoloteó
en torno a sus pies. La cabeza de Florence descansaba sobre sus brazos en la mesa de
la cocina. Vestía una acolchada bata color rosa. La acompañaba Alice Cooksey
llevando agua hasta una olla a presión para hervirla.
—¿Cuál es la dificultad? —preguntó Randy.
Florence alzó la cabeza. Su pelo rosado, desaliñado, estaba húmedo y pegajoso.
Tenía los ojos hinchados.
—¡Sir Percy se comió a Anthony! —dijo. Se puso a llorar.
—La pobre ha tenido un día fatal —anunció Alice—. Trato de hacer té. Se sentirá
mejor después de que se tome una taza.
—¿Qué es lo que ha pasado? —volvió a preguntar Randy.
—En realidad, empezó ayer —dijo Alice—. Cuando despertamos por la mañana
el pez Angel estaba muerto. Ya sabes el frío que hizo la noche pasada y claro, sin
electricidad, no hay calefacción para el acuario. Y esta mañana los demás peces

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habían muerto. De hecho, nada vive en el tanque excepto el pequeño pez gato y unos
cuantos bichitos más. Y luego, esta tarde…
—¡Sir Percy, asesino! —interrumpió Florence.
—Calma, querida —la dijo Alice—. El agua hervirá dentro de un momento —se
volvió a Randy—. Florence no debería echar la culpa, en realidad, a Sir Percy.
Después de todo, no tenía leche y carecía de casi todo lo demás. Y de hecho,
llevábamos sin ver a Sir Percy tres o cuatro días… supongo que cazaba para comer…
pero hace unos minutos, cuando Anthony voló a casa, Sir Percy estaba en el porche.
—Una emboscada para el pobre Anthony —dijo Florence—. Estaba al acecho. Le
mató y se lo comió, ahí, en el porche. Pobre Cleo.
—¿Dónde está Sir Percy, ahora? —preguntó Randy.
—Se ha vuelto a marchar —contestó Alice—. Será mejor que no vuelva.
Randy se quedó pensativo. Los gatos cazadores serían un problema. ¿Y qué
ocurriría con los perros? Todavía tenía unas cuantas latas de comida para Graff, pero
no podía prever el tiempo en que los humanos pudiesen dejar de considerar la comida
para perros como una golosina. Dijo en voz alta, pero hablando para sí más que para
los demás:
—Supervivencia de los más aptos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lib.
—Los fuertes sobreviven. Los frágiles mueren. Los peces exóticos mueren
porque en el acuario no hay calor. Los peces vulgares viven. Lo mismo le pasa al pez-
gato. Y el felino de la casa se vuelve cazador y se come al pajarito mascota. Si no lo
hiciese, moriría de hambre. Así es la ida y así tiene que ser.
Florence había dejado de llorar.
—¿Se refiere usted a los humanos? ¿Quiere decir que nosotros vamos a tener que
volvernos salvajes, como Sir Percy? Bueno, no puedo soportarlo. No quiero vivir en
esa clase de mundo, Randy.
—Vivirá, Florence —dijo Randy.
Volviendo a su propia casa. Randy anunció:
—Florence es un pez vulgar, un agradable pez vulgar. Por ello sobrevivirá.
—¿Y qué hay de ti y de mí? —preguntó Lib.
—Tendremos que endurecernos. Tendremos que convertirnos en peces vulgares.

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PARTE 8

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I

Una mañana de abril, cuatro meses después de El Día, Randy Bragg despertó y
contempló cómo un rayo de sol bajaba por la pared. Al pie del diván, Graff se agitó y
luego salió de debajo de la manta. Durante el frío mes de enero Randy descubrió un
nuevo uso para Graff. El perro hacía de calienta-pies más que satisfactoriamente, era
móvil, automático y funcionaba con un mínimo de combustible que de todas formas
tendría que consumir. Randy se quitó la manta y colocó sus piernas en el suelo. Tenía
hambre Siempre estaba hambriento. No importaba lo mucho que cenase la noche
anterior, siempre se sentía desmayado por la mañana. Jamás comía grasas bastantes,
ni dulces, ni golosinas y la mayor parte de cada día se pasaba de ordinario en un
esfuerzo físico de cualquier clase. Abajo, Helen y Lib estarían preparando el
desayuno. Antes de que Randy lo consumiera se ducharía y se afeitaría. Esos eran
lujos penosos, casi la única rutina permanente desde El Día.
Randy se acercó al mostrador del bar y comenzó a suavizar su navaja. La navaja
era un cuchillo de caza de quince centímetros de largo. Afiló la hoja vigorosamente
en un pedazo de piedra de afilar y luego la suavizó con la correa clavada a la pared.
Un afeitado limpio, suave, indoloro era una de las cosas que más echaba de menos,
pero no lo más imprescindible.
Echaba de menos a la música. Había pasado mucho tiempo desde que oyó música
por última vez. El tocadiscos y su colección de microsurcos eran inútiles, claro, sin
electricidad. De todas maneras la música ya no se radiaba. De igual modo su segundo
y último juego de pilas para la radio de transistores perdía fuerza. Prontísimo ya no
tendría ni linternas ni medios de recibir radios excepto a través del aparato de onda
corta del almirante. VSMF en San Marco ya no funcionaba. Algo ocurrió al grupo
electrónico diesel del hospital que proporcionaba energía a la estación de radio y
resultaba imposible encontrar recambios. Esta era la noticia que llegó de San Marco,
a treinta kilómetros de distancia. Tardó dos días en llegar a Fort Repose.
Echaba de menos los cigarrillos, pero no demasiado. Dan Gunn todavía tenía unas
cuantas libras de tabaco y le prestó una pipa. Randy encontraba más placer en una
pipa después de la comida y en otra antes de acostarse, que el que halló jamás en todo
un cartón de cigarrillos. Con el tabaco tan limitado, una pipa era un lujo, relajador y
maravilloso.
No notaba en absoluto la falta de whisky. Desde El Día apenas había bebido nada
ni halló necesidad de hacerlo. Ya no miraba el whisky como bebida. El whisky era el
anestésico de emergencia de Dan Gunn. El whisky, el que quedaba de su suministro,
se empleaba para uso médico y para comerciar.
Lo que más echaba de menos era el café de la mañana. Habían pasado, calculó,
seis o siete semanas desde que tomó café por última vez. El café era más preciado
que la gasolina e incluso que el whisky. El tabaco podía cultivarse e indudablemente
se cultivaba en una zona del noroeste de Florida, hasta en Maryland y Florida; en las

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zonas rurales aún habitables. El whisky se podía fabricar, con el equipo adecuado y
los ingredientes. Pero el café venía de Sudamérica.
Randy probó su navaja en un pedazo de papel. Estaba tan afilada como podía
conseguirse. Entró en el cuarto de baño y se duchó. El agua fría ya no le
impresionaba como ocurrió en enero y febrero. Se había acostumbrado. El jabón lo
utilizaba con miramientos. La reserva de la casa había quedado reducida a tres largas
pastillas.
Se secó y subió a la balanza. Sesenta y nueve kilos. Eso era exactamente lo que
pesó, a los dieciocho, cuando entró en la universidad. Incluso después de tres meses
en el frente de Corea sólo bajó a setenta y uno. Había perdido una media de medio
kilo por semana durante el pasado mes y medio, pero ahora, advirtió, su pérdida de
peso era más lenta. Se había mantenido en los sesenta y nueve durante los últimos
tres días. Estaba más flaco y más duro y, a decir verdad, se sentía mejor que antes de
El Día.
Llamaron a la puerta de la sala de estar. Sería Peyton. Se puso los pantalones
cortos y dijo:
—Adelante.
Peyton entró, llevando cuidadosamente el pequeño bote de agua hirviendo que se
le concedía para su afeitado matutino. Colocó el bote ante el mostrador como si fuese
un cacharro de cristal lleno de flores.
—Toma —dijo—. ¿Puedo mirarte esta mañana mientras te afeitas, Randy?
La vista de Peyton enriquecía las mañanas de Randy. Era llamativa y alegre,
oscilando como un corcho de brillantes colores en un torbellino, sin hundirse y sin
miedo alguno.
—¿Por qué te gusta verme afeitar? —preguntó.
—Porque pones unas caras muy graciosas ante el espejo. Debieras verte.
—Ya lo hago.
—No, tú realmente no te ves. Todo lo que miras es el cuchillo, como si tuvieras
miedo de cortarte la garganta.
Dan Gunn salió del dormitorio, vestido con pantalón de montar y una camisa
deportiva a cuadros azules. Hasta El Día, Dan utilizó maquinilla eléctrica. Ahora,
antes que aprender a afeitarse con un cuchillo o con cualquier cosa que fuese
asequible, prefería no afeitarse en absoluto. Su barba había florecido espesa y de un
rojo flameante. Parecía un minero de Klondike. O Paul Bunyan plantado en el
trópico. En los raros días en que su barba estaba recién recortada y se vestía
formalmente con camisa blanca y corbata, parecía un médico, modelo 1890, pero de
tamaño grande.
—No puedes mirar hoy —dijo Randy a la niña—. Tengo que hablar con el doctor
Gunn. —Vertió su agua caliente en la jofaina y devolvió el bote a Peyton. La
muchacha sonrió a Dan y se fue.
Randy mojó y enjabonó su cara.

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—¿Sabes que Einstein jamás usó jabón de afeitar? —dijo—. Einstein utilizaba
jabón corriente como éste. Einstein era un hombre listo y lo que era bueno para él,
también lo es para mí —se rascó la barba, parpadeó y dijo—: Einstein debía tener
cada día una hoja nueva de afeitar. O una navaja estupenda. Apuesto a que Einstein
jamás se afeitó con un cuchillo de caza.
—Anoche tuve un sueño terrible —anunció Dan—. Soñé que se me había
olvidado pagar mis impuestos y que me había retrasado en la entrega de la pensión
por alimentos y que los agentes del Tesoro y un par de comisarios del sheriff me
perseguían por el patio, con escopetas. Finalmente me acorralaron. Discutían entre
enviarme al presidio federal o a una prisión del Estado. Traté de escabullirme. Creo
que me dispararon. De todas maneras, me desperté, tembloroso. Todo lo que pude
pensar es que realmente no he pagado mis impuestos ni tampoco la pensión de mi ex-
mujer. ¿Qué día es hoy?
—No sé el día, pero sí la fecha. Catorce de abril.
Dan sonrió a través de su roja barba.
—Mañana es día de pago de los impuestos. Y no tengo que devolver la ficha,
Rand. No hay impuestos. Ni pensión alimenticia. Contemos nuestras bendiciones.
Nunca creí que vería un día como éste.
—No hay café —dijo Randy—. Pagaría con gusto mis impuestos mañana por
recibir una libra de café. Dan, si vas a la ciudad hoy quiero acompañarte. Deseo hacer
algún cambio por si consigo café.
Dan había desarrollado un sistema de trastrueques por sus servicios. Canjeaba
cuatro litros de gasolina, si el paciente la tenía, por las visitas domiciliarias. Muchas
familias habían logrado obtener y conservar unos cuantos bidones de bencina. Era su
enlace con un pasado móvil, el seguro de movilidad en alguna emergencia futura. La
enfermedad y las heridas eran emergencias por las que alegremente disminuirían su
reserva de líquido. Dan ganaba poco. Quizás la mitad de sus pacientes eran capaces
de pagar voluntariamente con gasolina. Con esto, logró mantener siempre el depósito
del modelo A casi lleno y en sus vueltas continuamente cargaba las baterías. Bill
McGovern había instituido un sistema rotor de utilizar las baterías del coche. Por
turno, las baterías cargadas daban energía al receptor de onda corta del almirante
Hazzard. No sólo era el transporte por coche el medio utilizado por el grupo de
familias enlazadas por el agua de Randy, sino que resultaba necesario mantenerse a la
escucha del mundo exterior. Y no es que ese mundo, precisamente, dijera mucho.
—Claro, Randy —contestó Dan—; pero me llevará toda la mañana. Hay una
situación mala en la ciudad.
—¿Cuál es la dificultad?
Desde abajo oyeron la voz de Helen:
—¡El desayuno!
—Ya te lo contaré más tarde —dijo Dan.
Randy fue el último en llegar al comedor. Había un gran vaso de jugo de naranja

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en su sitio y un jarro grande también con jugo en el centro de la mesa. Cualquier cosa
podía faltar menos jugo cítrico. Sin embargo, incluso el zumo de naranja
desaparecería eventualmente. A últimos de junio o a primeros de julio exprimirían las
últimas naranjas Valencia y utilizarían los últimos frutos. Desde entonces la nueva
cosecha de naranjas tempranas maduraría en octubre, por lo que los cítricos estarían
ausentes de su dieta, durante aquel tiempo.
Vio que esta mañana había un solo huevo hervido, y una pequeña porción de
pescado también hervido que quedó de la noche anterior.
—¿Dónde está mi otro huevo? —preguntó.
—Malachai sólo trajo ocho huevos esta mañana —contestó Helen—. Los Henri
han estado perdiendo gallinas.
—¿Qué quiere decir con perderlas?
—Se las roban.
Randy dejó en la mesa su vaso de jugo de naranja. Cítricos, pescado y huevos
eran sus puntos fuertes. Una falla en el suministro de huevos era grave.
—Apuesto a que es algo interior —dijo—. Me imagino que ese inútil de Tuo
Tone ha estado cambiando gallinas por licor.
—Malachai opina que son los gatos salvajes —intervino Lib—, es decir, los gatos
domésticos que se han convertido en salvajes.
—Eso no es lo peor —dijo Helen—. Falta uno de los cerdos de Henri. Lo oyeron
gritar, sólo una vez. Predicador cree que un lobo se lo llevó. El predicador dice que
encontró rastro de lobos.
—No hay lobos en Florida —dijo Randy—. No hay lobos de cuatro patas.
La pérdida de las gallinas era grave, pero la pérdida de los cerdos desastrosas. La
marrana de Henri había parido unas crias que en pocas semanas añadirían verdadera
carne a la dieta de todo el mundo. Incluso ahora pesaban de cinco a siete kilos. Cada
tarde, todos los residuos de comida de los Bragg, Wechek y Hazzard eran llevados a
casa de los Henri para ayudar a alimentar a los cerdos y a los pollos. Cada día, Randy
tenía que discutir con Helen y Lib para reservar un poco de comida a Graff. Randy se
daba cuenta de que los Henri suministraban más que ellos su parte de alimentos en
beneficios de todos. Cuando el maíz del predicador madurase en junio esa disparidad
sería todavía más grande. Y había sido Tuo Tone de todas las personas quien sugirió
que cultivasen caña de azúcar y luego exploró las riberas en la barca plana y llena de
vías de agua de los Henri hasta que encontró caña silvestre. Buscó esquejes, la plantó
y la cultivó. Gracias a los Henri todos podían mirar hacia el futuro, un día en que un
desayuno de pan de maíz, jarabe de caña y tocino sería casi un lujo. Estaba seguro de
que encontrarían el medio de convertir el maíz en comida, aun cuando tuvieran que
molerlo mediante piedras.
—Me parece que no hacemos bastante por los Henri —dijo—. Tendremos que
darles más ayuda.
—¿Qué clase de ayuda? —preguntó Bill McGovern.

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—De momento, ayudarles a vigilar los animales. Mantener a raya a las bestias de
presa… gatos, lobos, humanos o lo que sea.
—¿No pueden hacerlo los Henri por sí mismos? —preguntó Helen—. ¿No tienen
armas?
—Tienen una escopeta… vieja, maltrecha, de un sólo cañón y calibre doce… pero
carecen de tiempo. No puedes esperar que el predicador y Malachai trabajen tan duro
como cada día y luego estén en vela toda la noche. Yo no me fiaría de Tuo Tone. Se
dormiría. ¿Alguien se ofrece como voluntario?
—¡Yo! —exclamó Ben Franklin.
El primer impulso de Randy fue decir que no, que eso no era tarea para un niño
de trece años. Sin embargo Ben comía tanto como un hombre o más, tendría que
hacer el trabajo de un hombre.
—¿No ibais Caleb y tú a buscar leña hoy?
—Puedo hacer leña y montar guardia también.
—Será mejor que yo me ocupe de la primera noche —dijo Bill McGovern—. No
quisiera que le pasase nada a esos cerdos —Bill estaba más delgado como todos, y
sin embargo parecía haberse quitado años de encima al mismo tiempo que peso. Con
el tenedor tocó el pedazo de pescado del borde de su plato—. Mirad, durante años
ansié pasar mis vacaciones en un país de lubinas. Por eso construí una casa en el
Timucuan cuando me retiré. Pero ahora casi no puedo ni mirar a una lubina a la cara.
Quiero carne… verdadera carne roja.
Randy tomó su decisión.
—Está bien, Bill, usted estará de vigilancia esta noche y después todos nos
turnaremos. Estoy seguro de que el almirante también aceptará cumplir con su turno.
—¿Me concederéis una noche? —preguntó Ben Franklin. Sus ojos brillaban,
suplicantes.
—La tendrás, Ben. Redactaré un plan de servicios y lo pondré en el tablón de
anuncios.
El tablón de anuncios en el pasillo, con los trabajos asignados, se había
convertido en una necesidad. En esta nueva vida no había placer. Si todo el mundo
trabajaba tan duro como podía hasta la puesta del sol, cada día, entonces se podría
comer, aunque no demasiado bien. Cada día comportaba una crisis de una clase u
otra. Se presentaron carestías de las cosas más triviales pero necesarias, ¿quién habría
previsto comprar suministro suficiente de aguja y de hilo? Florence Vechek poseía
una bonita y nueva máquina de coser, eléctrica e inútil, claro. Florence, Helen y
Hannah Henri cosían para la comunidad de Randy. Ayer Florence rompió una aguja y
vino a Randy, casi llorando, como si fuese un desastre mayor, cosa que era en
realidad. Y todo el mundo no pensó en ahorrar cerillas, así que ahora carecían de
ellas. Aún tenía piedras de mechero y una latita pequeña de fluido para encendedores.
Por fortuna, su antiguo mechero del ejército podía arder con gasolina, pero las piedras
eran inapreciables e imposibles de encontrar. Dentro de pocos meses sería necesario

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mantener el fuego del comedor día y noche a pesar del desagradable calor y del
trabajo que eso costaría. Tampoco su suministro de leña duraría siempre. Tendrían
que explorar más y más lejos en busca de madera utilizable. Cargarla constituiría un
problema mayor. Cuando Dan ya no pudiese cobrar sus minutas en gasolina y el
tanque del modelo A se quedase seco, su vida tendría que cambiar drásticamente y en
peor.
Mirando a su plato pensó en todo esto.
—Randy, acábate el pescado —dijo Lib— y será mejor que te bebas otro vaso de
jugo de naranja. Tendrás hambre antes de almorzar, si Helen y yo podemos preparar
el almuerzo.
—¡Odio el jugo de naranja! —exclamó Randy y se sirvió otro vaso.

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II

Dan condujo. Randy se sentó a su lado. Hacía calor y Randy se sentía cómodo
con los pantalones cortos, las botas y una camisa de punto. Llevaba su pistola
enfundada en la cadera. La pistola se había convertido en una parte de sí mismo, sin
peso, ahora. Había tratado de disparar sin cápsulas mil veces hasta que ejercitó
perfectamente la mano, también la utilizó para matar una serpiente de cascabel en el
seto y dos mocasines en el muelle. Disparar contra los reptiles era gastar municiones
pero ahora confiaba en la puntería de la pistola y en la seguridad de su mano. En el
regazo de Randy, envuelta en una bolsa de papel, estaba la botella de whisky escocés
que confiaba cambiar por café. Fumaba sus pipas mañaneras.
—¿Dan, cuál es esa situación mala de la ciudad? —preguntó Randy.
—No he dicho nada aún —contestó Dan—, porque aún no he podido llegar hasta
el fondo y no quiero asustar a nadie. Tengo tres casos graves de intoxicación por
radiación.
—¡Oh, Dios! —exclamó Randy, en realidad, no fue una exclamación, sino una
plegaria. Esta era la espada que había estado pendiendo sobre todos ellos. Si un
hombre se mantenía lo bastante atareado, si sus dificultades y problemas eran
inmediatos y numerosos, si siempre tenía hambre, podía entonces por algún tiempo
apartarse de esta cosa, olvidarla y creer que vivía en un país que no había sido
oficialmente catalogado como zona contaminada. Era capaz de olvidar al implacable
enemigo, insidioso e invisible, aunque no para siempre.
—Esto es extrañísimo —dijo Dan—. No puedo creer que sea causado por la
lluvia caída retrasada. Si así fuese, tendría trescientos casos, no tres. Esto se parece
más a una quemadura de radio o de rayos X. Todos tienen las manos quemadas
además de los síntomas corrientes, náuseas, dolor de cabeza, diarrea, caída de
cabello…
—¿Cuándo comenzó? —preguntó Randy.
—Porky Logan fue el primero en sufrir. Su hermana me alcanzó en la escuela
hace tres semanas y me rogó que le visitara.
—¿No estaba Porky en alguna parte de la zona sur del Estado, El Día? ¿No pudo
haberse contagiado de la radiación, entonces?
—Porky estaba perfectamente bien cuando regresó aquí y desde entonces no ha
recibido más radiación que el resto de nosotros. Los otros dos no abandonaron Fort
Repose. Porky es un caso imposible. Cada vez que le veo está borracho. Pero la
radiación le mata más deprisa que el licor.
—¿Quién más está enfermo?
—Bigmouth Bill Cullen… nos detendremos en su campamento pesquero camino
de la ciudad… y Pete Hernández.
—No puede ser una especie de epidemia, ¿verdad? —preguntó Randy.
—No, no puede serlo. La radiación no es ningún germen ni un virus. Uno puede

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comer o beber materias radioactivas, como estroncio 90 en la leche. Puede caer sobre
uno, al llover. Puede contaminarse una persona en el polvo, o en partículas que no se
ven en un día en apariencia perfectamente claro. Lo puedes llevar hasta la casa en los
zapatos, o cogerlo por manipular cualquier metal o materia inorgánica que haya sido
expuesta a la radiación. Pero no se puede pillar besando una chica, a menos, claro,
que tenga dientes de oro.
En el recodo de River Road alcanzaron a Alice Cooksey, montada en la bicicleta
de Western Unión requisada por Florence. Alice era la única persona de Fort Repose
que continuaba su trabajo regular. Cada mañana dejaba la casa Vechek a las siete. A
menudo, ignorando los imprescindibles peligros de la carretera, no regresaba hasta
que era de noche. Desde El Día, la demanda de sus servicios se había multiplicado.
Disminuyeron la marcha cuando la alcanzaron, la gritaron un saludo y agitaron las
manos. Ella devolvió el gesto y siguió pedaleando, era una figura pequeña, valiente y
atareada.
Viendo cómo el coche la adelantaba, Alice se acordó de que aquella noche debía
traer nuevos libros para Ben Franklin y Peyton. Era una sorpresa y un encanto ver
cómo los niños devoraban los libros. Sin darse cuenta estaban recibiendo una
educación. Alice nunca lo admitiría en voz alta, pero por primera vez en sus treinta
años de Fort Repose se sentía útil e incluso importante.
No había sido fácil ni remunerativo continuar como bibliotecaria en Fort Repose.
Recordó cómo cada año durante ocho el consejo del Ayuntamiento de la ciudad
rechazó su solicitud anual pidiendo que instalasen aire acondicionado. Decían que era
un lujo muy caro. Pero sin aire acondicionado, ¿cómo podía una biblioteca competir?
Las tiendas de refrescos, bares, restaurantes, cines, el club de campo de St. Johns en
San Marco, el vestíbulo de Riverside Inn, los teatros y la mayoría de las casas tenían
aire acondicionado. No podía esperar que la gente se sentase en una calurosa
biblioteca durante el húmedo verano de Florida, que comenzaba en abril y no
terminaba hasta octubre, cuando podían estar tranquilamente instalados en una sala
de estar con aire acondicionado fresca y contemplando el poco complicado problema
que planteaba la televisión. Alice instaló una máquina para refresco y pidió donativos
de viejos ventiladores, pero fue una batalla perdida.
En treinta años su asignación para libros fue elevada en un diez por ciento, pero el
coste de las ediciones se había doblado. Su presupuesto para revistas seguía
inmutable, pero el coste de éstas se triplicó. Así que mientras Fort Repose crecía en
población, los préstamos de libros disminuyeron. Habían aparecido tantísimas
distracciones nuevas, teatros al aire libre, atracciones en las playas y manantiales para
los fines de semana, la himnosis en masa de juventud, de cada noche, y finalmente la
locura por el esquí acuático y los deportes náuticos. Ahora todo esto había terminado.
Todo entretenimiento, toda diversión, todavía de escape, toda información, volvía a
centrarse en la biblioteca. El hecho de que la biblioteca no tuviese aire acondicionado
ya no importaba ahora. No habían sillas bastantes para acomodar a sus lectores. Se

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sentaban en los escalones de la entrada, en los marcos de las ventanas, en el suelo con
la espalda apoyada en las paredes o en las estanterías. Lo leían todo, incluso los
clásicos. Y los niños venían a ella, cuando estaban libres de sus tareas, y ella les
guiaba en su elección de lecturas. Y había una investigación útil que hacer. Randy y
el doctor Gunn no lo sabían, pero como resultado de sus buscas podían comer mejor
después. Era raro, pensó, mientras pedaleaba con firmeza, que se necesitase un
holocausto para hacer que su propia vida valiese la pena de vivirla.

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III

En los límites de la ciudad, Dan entró por el camino que conducía al campamento
pesquero de Bill Cullen, con su café y su bar. Los jardines estaban más estropeados y
sucios que nunca. Las estanterías de licor se encontraban desnudas. Los mostradores
de la tienda de artículos de pesca se veían vacíos. Ni una caña, ni una mosca o
anzuelo quedaba. Bigmouth Bill lo vendió todo meses antes. Su esposa, de pelo
pajizo y forma de barril, salió de la vivienda, Randy olisqueó. Ella hoy apestaba a
vino rancio. Simplemente olía a suciedad. De todas las personas que Randy había
visto, aquella mujer era la única que ganó peso después de El Día. Randy imaginó
que tenía ocultos sacos de provisiones y que vivía confortablemente con esas
provisiones y con pescado frito.
—Está ahí dentro, doctor —dijo ella.
Dan no entró de inmediato.
—¿Ha mejorado? —preguntó.
—Está peor. Le sale pus de las manos.
—¿Cómo se encuentra usted? No ha tenido ninguno de los síntomas de su
marido, ¿verdad?
—¿Yo? No me siento distinta. Me siento peor —soltó una risita, mostrando sus
podridos dientes—. ¿No toma usted de vez en cuando un trago, doctor? Es para
cuando me siento peor. Ahora mismo desearía empeorar ya que una vez empeorada
con un trago mejoraría pronto. ¿Lo entiende, doctor? —se acercó más a Dan y bajó su
voz—. No se morirá, ¿verdad?
—No lo sé.
—Será mejor que no se me muera ahora ese viejo truhán. No me deja nada,
doctor. Ni siquiera es dueño total de este sitio. Ni tampoco ha hecho nunca
testamento. Nada tiene para mí, doctor. Se lo digo. Poseía seis cajas escondidas
después de El Día. Pretende que se las vendió las seis, a Porky Logan. Pero no me
enseñó el dinero. ¿Sabe usted qué, doctor? ¡Me parece que sigue teniendo escondidas
las seis cajas!
Dan la apartó a un lado y entraron en el cobertizo. Bill Cullen yacía en una
maltrecha cama de hierro, una manchada sábana le cubría hasta la cintura. A la luz
que se filtraba por la persiana veneciana de la única ventana, de buen principio
parecióle irreconocible, a Randy. Estaba gastado, los ojos hundidos, los globos
oculares amarillos. De un costado le habían caído mechones de cabello, descubriendo
la piel rojiza de la cabeza. Sus manos, descansando atravesadas en el estómago,
estaban hinchadas, ennegrecidas, y llenas de grietas.
—Hola doctor, —gruñó—. ¡Maldito sea… si es Randy! —añadió al ver a Randy.
El hedor era demasiado para Randy. Carraspeó y dijo:
—Hola Bill, y salió. Se apoyó en la barandilla del muelle, tosiendo y sofocado,
hasta que pudo respirar profundamente el dulce viento del río. Cuando Dan salió,

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volvieron en silencio, juntos, al coche. Todo lo que dijo Dan fue:
—Ella tenía razón. Está peor. Juraría que ha recibido una dosis fresca de radiación
desde que le vi por última vez.
Llegaron en el coche hasta Marines Park. El Park se había convertido en el centro
comercial de Fort Repose.
—¿Quieres venir conmigo hasta la escuela? —Preguntó Dan.
—No, gracias —contestó Randy. Se alegró de no ser médico. Un doctor
necesitaba un coraje especial que Randy sabía no poseer.
—Te recogeré aquí, dentro de una hora. Luego, veremos a Hernández y Logan y
volveremos a casa.
—Está bien —Randy bajó del coche.
—No lo cambies por menos de dos libras. El whisky escocés es cosa tan escasa
como el café.
—Haré el mejor trato que me sea posible —prometió Randy. Dan se alejó.
Randy se metió la botella bajo el brazo y caminó hacia el kiosco de la banda, una
estructura de madera en forma octogonal, su plataforma se elevaba un metro por
encima de lo que una vez fue un césped tan verde como un campo de golf, pero que
ahora estaba sin arreglar, lleno de hierbajos y de hoyos. Una docena de hombres, las
piernas colgando, estaban sentados en la plataforma y en los escalones. Otros
marchaban por el alrededor, con la sonrisa alerta y sin humor de los comerciantes.
Tres huesudos caballos estaban trabados y atados a la barandilla del kiosco. Como
Randy, algunos de los hombres llevaban fundas con pistolas en el cinturón. Unas
cuantas escopetas y un antiguo Whinchester aparecían apoyadas contra las planchas.
Los hombres habían venido del campo; era todo un riesgo.
La tercera parte de los comerciantes de Marines Park, en este día, eran negros. La
economía del desastre impuso una tregua a los perjuicios raciales. Las leyes del
hambre y de la supervivencia no podían eludirse y no establecían distinciones de
ningún color en la piel. Una gallina criada por un negro tenía tan buen gusto como los
pavipollos de Carleton Hawes, el acomodado reaccionario que era vicepresidente del
Consejo de Ciudadanos Blancos del Condado, y había más carne en la gallina del
negro. Randy vio a Hawes, con una brazada de pollos colgando de su cinturón,
bebiendo agua de la cantimplora de un negro. Habían dos fuentes para beber en
Marines Park. Una señalada: «SOLO BLANCOS», la otra: «SOLO GENTE DE
COLOR». Puesto que ninguna funcionaba, los carteles no significaban nada. Hawes
vio a Randy, se secó la boca y llamó:
—Eh, Randy.
—Hola, Carleton.
—¿Qué piensas cambiar?
—Una botella de Whisky escocés.
Los ojos de Hawes se clavaron en la bolsa de papel y se acercó a Randy,
precavido como un perro de caza señalando la presencia de la presa. Randy se acordó

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de las noches sabatinas de St. Johns Club y de que el Whisky escocés era la bebida
favorita de Hawes.
—¿Cuál es tu precio? —preguntó Hawes.
—Dos libras de café.
—Te daré estas dos aves. Las dos son gallinas jóvenes. ¿Ves lo gordas que están?
Nunca habrás comido nada mejor.
Randy soltó la carcajada.
—Siendo tú, te diré lo que haré. Tengo huevos en casa. Añadiré un par de
docenas de huevos. Te los traeré aquí, mañana. Palabra. Si no me crees, llévate los
pájaros ahora, como prenda.
—El precio que pido —dijo Randy—, sigue siendo el precio de venta. Dos libras
de café. Me es igual la marca.
Hawes suspiró.
—¿Y quién tiene café? Hace lo menos tres meses de la última vez que bebí
Whisky. Déjame por lo menos mirar la botella ¿quieres?
Randy le enseñó la etiqueta mientras avanzaba.
Los cuadros que soportaban al tejado se habían convertido en un sustituto del
semanario del condado, especialmente de su sección de anuncios y también de los
que antaño metía la radio. Randy leyó los avisos, algunos manuscritos, otros con letra
de imprenta, unos pocos mecanografiados, clavados a la madera.

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enciclopedia británica, cartuchos del número siete calibre doce y pasta de dientes.
Randy cerró los ojos. Se imaginaba probar aquel jamón. Tenía una cafetera extra,
la enciclopedia, los cartuchos y la pasta de dientes. Pero también tenía perspectivas
de jamón fresco, pues podían mantener libres de merodeadores, lobos, o lo que fuese,
a los jóvenes cerdos de Henry. De todas maneras, era un precio demasiado grande por
un pequeño jamón.
SE NECESITAN tres anzuelos 2/0 a cambio de una caña de lujo, carrete, cebos
surtidos.
Randy soltó una risita. La pesca deportiva ya no existía. Los pescadores ahora se
dedican de lleno a la pesca para comer.
CAMBIARE Motor fuera bordo 50 HP, con juego completo de herramientas,
abrigo de cachemira, por media libra de tabaco y un hacha.
Randy advirtió un aviso que era distinto:

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SERVICIO RELIGIOSO DE PASCUA.

Un servicio mixto al amanecer del día de Pascua se celebrará en Marines Park el


sábado diecisiete de abril. Están invitados a asistir todos los ciudadanos de Fort
Repose, sea cualquiera su credo religioso.
Firmado,
Rev. John Carlin, primera Iglesia Metodista.
Rev. M. F. Kenny, Iglesia de San Pablo.
Rev. Fred Born, Iglesia Bautista de Timucuan.
Rev. Noble Watts, Iglesia Bautista del Reposo.
El nombre del Rector de la Iglesia Episcopal de St. Thomas, de la que fueron
siempre feligreses los Bragg, faltaba: doctor Lucius Somerville. Un hombre gentil de
cabello blanco, compañero de infancia del juez Bragg, estaba en Jaksonville en la
mañana de El Día y por tanto ya no regresaría jamás a su parroquia.
Randy no era muy aficionado a ir a la iglesia. Había contribuido a las necesidades
del culto regularmente, pero no con su tiempo o con su persona. Ahora, al leer este
aviso, sintió una inesperada emoción. Desde El Día, había vivido en el presente
imperativo, sin atreverse a planear más allá de la siguiente comida o del próximo día.
Este pedazo de papel adosado a la descascarillada pintura blanca bruscamente
aumentaba su perspectiva, como si, tambaleándose cruzando un negro túnel, viese, o
creyera ver, un fragmento de luz. Si el Hombre tenía fe en Dios, él también podría
tener fe en el Hombre. Recordó palabras que durante cuatro meses no había oído,
leído o murmurado, las palabras más hermosas del lenguaje… Fe y esperanza. Había
echado de menos esos vocablos como echó de menos otras cosas. Si era posible,
asistiría al servicio religioso. Sábado, diecisiete. Hoy era catorce, y, por tanto,
miércoles.
Subió a la plataforma. Los hombres allí descansaban; algunos conocidos, otros
forasteros, calculaban la forma y el bulto de lo que contenía la bolsa que llevaban,
como un futbolista, bajo el brazo. Sucios, barbudos, el cabello alborotado, o
tontamente cortado a rape, parecían tipos de una ciudad fantasma en una película del
oeste, excepto que no estaban tan bien alimentados como los extras de Hollywood, y
sus ropas, floreadas camisas deportivas, pantalones cortos de verano, gorras de
diversas formas, resultaban incongruentes. John García, vestido de guía de pesca
neoyorquino, hizo la regular pregunta inicial:
—¿Qué quieres cambiar, Randy?
—Tres cuartos de litro de escocés… de doce años… lo mejor.
García emitió un silbido.
—Debes estar bien duro. ¿Qué pides?
—Dos libras de café.
Varios hombres de la plataforma cambiaron de postura. Uno rezongó. Nadie
habló. Randy se dio cuenta de que aquellos hombres no tenían café, para comerciar ni

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para vender. Por muy bien provistas que estuvieran sus cocinas o que lo hubiesen
estado, o por mucho que hubiesen comprado o saqueado en El Día y en el período
cáustico de inmediatamente después, cuatro meses fueron bastantes para agotarlo
todo. La comunidad de Randy era muchísimo más afortunada con los huertos
productivos, los peces mordiendo el cebo lealmente, los industriosos Henry y su
corral y alguna rara caza pequeña… ardillas, conejos y en ocasiones, muy raras,
algún venado.
John García quería cambiar dos ristras de pescado: en la una, un pez-gato de casi
dos kilos y una pequeña lubina; en la otra, una perca y una trucha. La piel, parda y
curtida por los elementos, de García se había cogido en su ligero esqueleto hasta que
pareció tener sólo huesos mal envueltos en un cuero seco. El sol calentaba cada vez
más. Con su dedo del pie García empujó a los peces para meterlos en una zona de
sombra.
—No querrías cambiarla por pescado, ¿verdad, Randy? —preguntó, sonriendo.
—Tenemos pescado —contestó Randy.
—Vosotros los de River Road os las arregláis bien, solos, ¿verdad? —dijo un
forastero—. Si se tiene licor escocés, se tiene todo. Nosotros nada tenemos —el
forastero quería cambiar una sierra, dos cinceles y una bolsa de clavos. Randy dedujo
que era un carpintero ambulante instalado en Pistolville.
Randy le ignoró e hizo la segunda pregunta inevitable en Marines Park:
—¿Qué oís por ahí?
El viejo Hockstatler, que quería cambalachear botecitos pequeños de aspirina y de
tranquilizantes, salvados de su asaltada farmacia, dijo:
—He oído que los rusos piden que nos rindamos.
—No, no, se equivoca de medio a medio —intervino Eli Blaustein—. La señora
Van Brucker-Brown exigió a los rusos que se rindieran. Ellos contestaron que no y
que éramos nosotros quienes teníamos que rendirnos.
—¿Dónde lo oísteis? —preguntó Randy.
—A mi mujer se lo contó una chica cuyo marido tiene un receptor de batería que
aún funciona —dijo Blaustein. Blaustein trataba de cambiar pantalones de trabajo y
un par de sueters blancos y pedía queso o carne en conserva. Randy supo que cuando
el sol ascendiese más alto, el precio que John García pedía por sus peces bajaría. Al
mismo tiempo el hambre de Blaustein aumentaría, o se pondría a pensar en su familia
carente de proteínas. Antes de que el pescado empezase a hacer olor, se acercarían las
voluntades. John García tendría un par de pantalones nuevos de trabajo y Blaustein
alimentos.
—Lo que me gustaría saber es quién lo dijo —pregunto el viejo Hockstatler—.
¿Y quién gana la guerra? Nadie lo dice. No entiendo en absoluto esta guerra. No es
como la Guerra Mundial número uno o la número dos o como las otras guerras de las
que tengo noticias. A veces pienso que deben estar ganando los rusos. De otro modo
las cosas habrían vuelto a la normalidad. Luego pienso que no, que ganamos

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nosotros. Si no hubiésemos ganado, los rusos seguirían bombardeándonos, o nos
invadirían. Pero desde El Día no he visto aviones por ninguna parte.
—Yo sí —dijo García—. Les vi mientras pescaba la otra noche. No, eso no es
verdad. Oí uno, ahí, hace un par de noches.
—¿De qué bando? —preguntó Blaustein.
García se encogió de hombros.
—Que me aspen si lo sé.
Sabia Randy que esta discusión continuaría todo el día. La cuestión de quién
ganaba la guerra, o si la guerra continuaba, quién iba venciendo, habría reemplazado
al tiempo, como materia de especulación inagotable. Cada día se podían oír nuevos
rumores, de ordinario sin base y siempre alterados. Uno se enteraba de que las naves
de desembarco rusas estaban arrimadas en la playa de Daytona o de que platillos
volantes marcianos estaban descargando tropas de refresco y relevo en Pensacola.
Randy no creía nada excepto lo que él mismo veía u oía, o aquellos escasos granos de
información sacados de las ondas por Sam Hazzard. Randy había estado apoyado en
la barandilla del kiosco. Se incorporó, se desperezó y dijo:
—Creo que daré una vuelta por los alrededores y buscaré a alguien que tenga
café.
—¿Vas a venir al servicio de Pascuas, Randy? —preguntó John García.
—Eso espero. Confío en venir y traer a la familia. —Mientras bajaba del kiosco
volvió a mirar a las dos inútiles fuentes para beber. Había algo importante en ellas
que no podía recordar. Eso le irritaba, como cuando el nombre de un viejo amigo se
desvanece caprichosamente de la memoria. Las fuentes para beber le produjeron
comezón en su cerebro.
Vio a Jim Hickey, el apicultor, con un cesto bajo sus largas y estiradas piernas,
descansando en un banco. Antes de El Día, Jim alquilaba sus colmenas a los
propietarios de huertos que querían fecundar árboles jóvenes. Antes de El Día, el
negocio de Jim era una fuente secundaria de ingresos; «Densa» la llamaba. Ahora, la
miel era oro líquido y la cera con la que podían hacerse velas otra mercancía valiosa
para el cambalache. Jim Hickey, que era de la edad de Mark, había aprendido
apicultura en el Colegio de Agricultura de Gainesville. Nunca le haría rico, le
previnieron, y hasta El Día fue verdad. Ahora se le consideraba un hombre
afortunado, rico en comodidades altamente deseables producidas infinitamente por
decenas de millares de felices y voluntarios esclavos.
—¿Qué quieres cambiar? —saludó a Randy.
—Una botella de escocés. ¿Tienes café?
—No. Yo también trato de buscar café. No encuentro por ninguna parte. Todo lo
que tengo es miel —levantó la tapa del cesto—, un jarabe estupendo, ¿verdad?
Era magnífico. Randy pensó en Ben Franklin y en Peyton, cuya necesidad y deseo
de dulces no podía totalmente ser saciada por el azúcar que contenían las naranjas.
Pasarían semanas antes de que la caña de Tuo Tone madurase. Randy se preguntó si

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estaba siendo egoísta al buscar café. Era verdad que compartiría el café con los demás
adultos de River Road, pero los niños no lo bebían. No habían calorías o vitaminas en
el café y resultaba inútil para ellos. Se obligó a sí mismo a ser juicioso. Cuando se
examinan los hechos razonablemente y se pregunta qué proporcionaría más bien para
el mayor número, sólo podía haber una respuesta. El café proporcionaría sólo una
gratificación temporal y personal. Dijo:
—Jim, quizás me podrías convencer a que lo cambiase por miel.
—Lo siento, Randy. Somos adventistas. Ni bebemos whisky ni comerciamos con
él.
Esa contingencia Randy no se la había imaginado jamás. Medio en voz alta
exclamó:
—Bueno, lo intenté.
—Supongo que querías la miel para los hijos de Mark —dijo Hickey.
—Sí. Es verdad.
Hickey metió la mano en el cesto y sacó dos panales cuadrados y bien envueltos
de miel.
—No me gustaría que los niños de Mark pasasen sin esto —dijo—. Toma. Te
daría más, pero tengo pocas existencias. Hay algo equívoco con mis abejas esta
primavera. La mitad está loca; llena los panales de larvas muertas. Al principio pensé
que era lo que nosotros llamamos una epidemia o un fracaso de la reina. He estado en
la biblioteca leyendo y ahora me pregunto si no podría ser la radiación. Hemos
debido tener lluvia radioactiva después de El Día… Todo el estado está contaminado
y así se considera como zona… y quizás afectó a algunas de mis reinas y zánganos.
No sé qué hacer. Eso es algo que no nos enseñaron en la universidad.
Randy sacó la botella de su bolsa de papel, la colocó bajo el brazo y llenó la bolsa
con los panales. Estaba abrumado. Sabia que Mark y Hickey fueron compañeros de
colegio, pero nunca amigos íntimos. Hickey no era más que un conocido. Vivía en
una manzana de cemento con cinco habitaciones, aseada, color verde mar, muy
adentro de la carretera a Pasco Creek. Randy, antes de El Día, apenas le veía y
entonces sólo se saludaban.
—Jim —dijo Randy—, ésta es la cosa más bonita y generosa que puedo recordar.
Espero solamente poderte pagar el favor de alguna manera, algún día.
—Olvídalo —dijo Hickey—. Los niños necesitan miel. Mis hijos la toman a cada
comida.
Randy oyó la bocina del modelo A, ronca como un ganso furioso, y vio cómo se
detenía ante el bordillo. Caminando hasta el coche, advirtió que era un día claro y
hermoso de primavera, mejor que el de ayer. Las esporas de la amabilidad, lo mismo
que las de la C, sobrevivían en este suelo ácido.
Randy se instaló en el coche y mostró la miel a Dan y explicó cómo se la habían
regalado.
—El mundo cambia —dijo Dan—. La gente no. Sigo teniendo una vieja solterona

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en la escuela que cuida y recorta las camelias y siembra los macizos con flores. No
son camelias suyas y a nadie le importan las flores ya, excepto a ella. Adora las
plantas y no se preocupa de dónde se encuentra o lo que ocurre mientras se cuida de
ellas. Esta misma viejecita… la señora Satterborough, ha estado pasando sus
inviernos en Riverside Inn durante años… cada mañana coge el teléfono de la oficina
principal y marca Western Union. Cree que algún día el teléfono funcionará
estupendamente y que podrá enviar un telegrama a su hija. Está segura. Su hija vive
en Indiana.
—No comprendo cómo esas personas ancianas siguen vivas —dijo Randy. Sabía
que Dan les traía naranjas y Randy les enviaba pescado cuando la pesca había sido
abundante.
—La mayoría no lo hace. La muerte puede ser piadosa, especialmente para los
viejos y enfermos. Estaba a punto de decir viejos, enfermos y arruinados, pero ya no
importa nada más si uno está arruinado. Sólo viven cinco, ahora, de Riverside Inn.
Quizás tres pasarán el verano. Me parece que ninguno de ellos durará después del
invierno.
Marchando hacia el norte por Yulee, el barrio comercial, desierto ahora, no
parecía más maltratado que el mes anterior, o que sesenta días antes. Unos pocos
tenderos optimistas prudentemente tapiaron sus escaparates, rajados por la explosión
de El Día, o rotos por los saqueadores, después, impidiendo que el agua y el viento
entrasen en el interior. En las dos manzanas principales de comercio el cristal había
sido barrido de las aceras. Coches abandonados, sin ruedas, baterías, radios y bujías,
se oxidaban a montones como cadáveres sin enterrar de gigantescos escarabajos.
Salieron de Yulee y entraron en Agustine Road, con su pavimento roto y
residencias respetables pero en decadencia. Rebotearon por el camino a lo largo de la
manzana y entonces Randy olió Pistolville. Otra manzana y se encontraron allí.
No se había recogido la basura desde El Día. En Pistolville cada choza o casa
agazapada en un montón de sus propios excrementos… embalajes rotos y cartones,
latas de conservas vacías, enmohecidas, botellas rotas, pilas de mondaduras de
naranjas pudriéndose, huesos de las aves, peces y animales pequeños. Una chica de
rostro enjuto y unos seis años de edad, vistiendo la chaqueta de un hombre, con una
camisa abierta, se agazapaba en el bordillo, vaciando sus entrañas en el polvo. Gritó
agudamente y agitó la mano cuando el modelo A pasó por su lado. Un hombre de
pelo largo y barbudo salió de un umbral y recorrió la calle sobre sus piernas
arqueadas, pelando y comiéndose un plátano, volviendo la cabeza como si esperase
que le siguieran. En la esquina un escuálido muchacho de dieciocho años orinaba
contra una farola, sin molestarse en levantar los ojos ante el sonido del coche.
Buitres, arrogantes, posados en los robles y que se alimentaban de los desechos,
vigilaban la escena. De los perros vagabundos, de los lechones en libertad, de las
gallinas y pillones —todos impedimentos normales para la navegación por las calles
de Pistolville— no quedaba rastro.

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Una vez antes en su vida, el Suwon, inmediatamente después de su recaptura y
ante el gobierno militar la gente había empezado a limpiar, Randy había visto la
degradación de esta clase. Pero esto era América. Era su ciudad, fundada por sus
antecesores.
—Tendríamos que hacer algo acerca de esto —dijo.
—¿Sí? —contestó Dan—. ¿Qué?
—No lo sé. Algo.
—Antorchas y gasolina —dijo Dan—, excepto que no queda bastante gasolina.
De todas maneras, estos pobres diablos están tan bien en sus propias casas como
estarían en los bosques, o en cuevas. No mejor, fíjate. Por lo menos tienen un techo.
—En cuatro meses hemos retrocedido cuatro mil años —apuntó Randy—. Más
quizá. Cuatro mil años atrás los egipcios y los chinos estaban más civilizados que lo
está ahora Pistolville. No sólo Pistolville. Creo que deberíamos seguir por estas partes
del país en donde no tienen frutos, ni caza ni peces.
Cuando se acercaron al final de Augustine Road las casas aparecieron más nuevas
y mayores, construidas de ladrillos de cemento en vez de toscas tablas de pino. Entre
estas casas la hierba crecía alta, luchando contra las malas plantas en busca de luz
solar, y despacio para echar raíces. Había menos suciedad, o por lo menos quedaba
oculta por el verdor, y el olor resultaba soportable. En esta atmósfera más aireada
vivía la clase superior de Pistolville, incluyendo Pete y Rita Hernández y Porky
Logan, representante del condado de Timucuan en la legislatura del estado.
—¿Hace mucho tiempo que no ha visto a Rita? —preguntó Dan.
—Desde antes de El Día… bastante antes.
—¿Sabe Lib su existencia?
—Lo sabe todo. Dice que Rita no le molesta, porque Rita es parte del pasado,
como Mayoschi en Tokio. ¿Sabes lo que preocupa a Lib? Helen. Imagínatelo.
Estaban en casa de los Hernández. Dan detuvo el coche.
—Sí que me lo imagino. Lib es una mujer extremadamente sensible —contestó
Dan—. En ciertas cosas tiene más sentido que tú, Randy. Y ahora todas las normas de
conducta están descartadas.
Randy no quería escuchar. Rita había salido a la puerta. En Hawai, Randy había
visto chicas con mezcla de sangre caucasiana, polinesia y china, que movían las
caderas como si latiesen al ritmo de la isla incluso cuando simplemente cruzaban la
calle, chicas que le recordaban a Rita. Ella no era como ninguna de las chicas de Fort
Repose. Era una criatura del Mediterráneo y del Caribe, pareciendo extraña; y, sin
embargo, con toda certeza americana. Entre sus antecesores se incluía un soldado
español cuya carabela llegó a Matanzas antes que los peregrinos encontrasen su
peñón y las mujeres indias del Caribe y los menorquinos que se extendieron tierra
adentro desde Nueva Esmirna en el siglo XVIII. No había ido al colegio, pero era
inteligente y viva. Tenía un matrimonio con un alumno de la escuela secundaria,
anulado, y un aborto, a sus espaldas. Ya no cometía tales estúpidos errores. Su pasión

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eran los hombres. Los recogía como muestras, los disfrutaba, al igual que otras
muchachas coleccionan violetas africanas, porcelana de Limoges o cucharillas de
plata. Era profesional en su vocación; no dejaba ir nunca a un hombre sin beneficio,
aunque no fuese material, necesariamente; jamás cambiaba uno por otro a menos que
ella pensase que mejoraba su colección.
Bajo cualquier circunstancia Rita era una mujer sorprendente. Llevaba el cabello
cortado en tiras largas para formar un marco de ébano a los rasgos acusados como
una máscara malaya en un antiguo dije de marfil. Podía aparecer y comportarse como
una reina egipcia de la dinastía XVIII o como una criolla salida de Nueva Orleans.
Esta mañana llevaba unos pantalones cortos color agua marina y cinturón. Acunada
bajo su brazo derecho había una ligera escopeta de repetición. Fumaba un cigarrillo e
incluso desde el camino Randy pudo ver que era verdadero, fabricado con filtro, y no
de tosca construcción casera, liado a mano con papel higiénico.
—Hola, doctor Gunn. Entre —llamó ella. Luego reconoció al pasajero y grito—:
¡Eh! ¡Randy!
Dan se metió las llaves del coche en el bolsillo y contestó:
—Será mejor que cojas el whisky y la miel, Randy. Yo jamás dejo género en el
coche cuando hago una visita en Pistolville.
Mientras que miraba hacia la casa Randy se fijó en el camión Atlas de las
verdulerías y en un gran Sedan nuevo en el garaje de los Hernández y un Jaguar XK-
150 deportivo junto al bordillo. Tras el garaje habían excavado una letrina
parcialmente cubierta, para que no se la viese desde la carretera, por una tosca cerca
de tablas. Rita abrió la puerta.
—Perdonarán la artillería —dijo—. Los vecinos de la parte baja de la calle son
envidiosos. Cuando oigo un coche o algo cojo un arma. Mataron a mi perro. Era un
caniche negro, Randy. Se llamaba Poupée Vivant. Nombre francés que en inglés
quiere decir «Muñeca viviente». Le fracturaron el cráneo con el mango de un hacha
mientras Pete estaba enfermo y yo había salido a por agua. Encontré el mango del
hacha pero no el cuerpo. ¡Condenado rebaño de salvajes! Me imagino que se lo
comieron.
Randy pensó lo que sentiría si alguien mataba y devoraba a Graff. Sintió náuseas.
Sin embargo, era cuestión de modales y costumbres. En China, durante siglos, los
hombres habían estado comiendo perros rellenos de arroz. Lo mismo ocurría en otros
países asiáticos donde reinaba el hambre. El ejército le hizo pasar un curso de
supervivencia, una vez, y le enseñó que en caso de emergencia podía comer sin
peligro alguno gusanos pulposos encontrados debajo de las cortezas. Lo mismo podía
ocurrir aquí. Si un hombre era capaz de comer gusanos igualmente podía hacerlo con
perros. Pistolville tenía hambre de carne, y, como Dan dijo, las leyes y las costumbres
estaban descartadas.
—Lo siento. Rita —fue lo que logró decir Randy.
Randy cruzó la puerta y se detuvo, asombrado. Las dos habitaciones delanteras de

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casa de los Hernández parecían como escaparates de una tienda de subastas en
Miami. Contó tres servicios de té, de plata, dos arcones también de plata, tres
aparatos de televisión, y se sintió azorado por el despliegue de estatuas, candelabros
de plata, carísimas maletas de cuero, botellas vacías de cristal labrado, encendedores
de mesa, porcelana china, óleos con marcos suntuosos y aguadas, algunas muy
buenas, cubrían una pared. Relojes de mesa y de pared alzaban sus manecillas y
marcaban horas distintas.
—¡Santo Dios! —exclamó Randy—. ¿Acaso vosotros os habéis dedicado al
negocio de la chatarra?
Rita soltó la carcajada.
—No es chatarra. Son mis inversiones.
—¿Cómo está Pete, Rita? —preguntó Dan.
—Creo que un poco mejor. Ya no se le cae el pelo, pero aún sigue débil.
Dan llevaba su maletín negro. Contenia poco, excepto instrumentos, ahora.
—Iré a la parte trasera y la veré —dijo.
Dan cruzó el vestíbulo y Randy se quedó a solas con la muchacha. Ella ofreció un
cigarrillo. El perfume de la mujer abría las puertas del recuerdo… las películas en
Orlando, las cenas y el baile en el hotel de Winter Park, el aislado Motel al sur de
Cabo Cañaveral, la mañana en que encontraron una caleta íntima detrás de las dunas
y se vieron sorprendidos por un avión ligero y de cómo el piloto casi se mete en el
mar al intentar pasar por encima de ellos y mirarles con más detenimiento, y más que
nada su apartamento. Eso parecía ocurrido hacía muchísimo tiempo, como si
sucediese mientras estaba en el colegio, antes de Corea, pero no era tanto, un año tan
sólo.
—Gracias, Rita —dijo—. El primer verdadero cigarrillo que he fumado desde
hace muchísimo tiempo. Debes ir viviendo perfectamente bien.
Ella miró la botella.
—No me traerías un regalo, ¿verdad. Randy? —las comisuras de su boca
temblaron, pero no sonrió del todo.
El se acordó de las noches en que vino a esta casa, una botella a su lado en el
asiento de la que luego bebieron juntos; y las veladas en que trajo botellas en
paquetes de regalo, obsequios discretos para su hermano, y las noches en el
apartamento, compartiendo una botella de licor trago a trago porque ella adoraba el
alcohol. Se dio cuenta de que era precisamente eso de lo que la muchacha quería
hacerle acordar. Era experta en conseguir ponerle incómodo.
—No Rita —dijo—. Es para comerciar. He estado en Marines Park. Intentando
cambiarlo por café.
—¿Acaso a tus nuevas mujeres no les gusta el escocés, Randy? He oído que ahora
tienes dos mujeres en tu casa. ¿Con cuál de las dos te acuestas, Randy?
De pronto ella fue una desconocida y la miró como a tal. Examinado esto, con
indiferencia, la chica parecía ridícula, con altos tacones y un enjoyado atuendo junto

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con los pantalones cortos y el cinturón, a aquella hora de la mañana y en época de
penalidades. Su piel de marfil oscuro, antañamente tan satinada, aparecía seca y
ajada. Su cabello no brillaba y el ansia de sus ojos reflejaba sólo cólera desdeñosa.
Parecía usada y tirada.
—Ahora no puedes darme zarpazos —dijo tranquilo—. No los noto. Mi piel es
más dura.
Ella chasqueó los labios. Estaban hinchados y pardos.
—Eres más duro. No eres el mismo, Randy. Creo que estás madurando.
Randy cambió de conversación.
—¿Dónde conseguiste todo este género? —miró en torno al cuarto.
—Comerciando.
—Jamás te vi en Marines Park.
—No vamos allí. Vienen a nosotros. Saben que seguimos teniendo comida.
Incluso café.
Se dio cuenta de que la chica quería la botella. Sabía que le proporcionaría café,
pero nunca jamás comerciaría con ella, por nada del mundo.
—Dijiste que esto era tu inversión —anunció Randy—. ¿Crees que los aparatos
de televisión son una buena inversión cuando no hay electricidad?
—Miro hacia el futuro, Randy. La guerra no durará siempre y cuando haya
pasado tendré todo lo que nunca tuve antes y mucho, además, quizá, para vender. Yo
era sólo una niña después de la última gran guerra pero recuerdo cómo mi padre tuvo
que pagar el oro y el moro por un viejo coche. ¿Sabes lo que ese Jaguar me costó? —
soltó una carcajada—. Una lata de judías, tres botellas de salsa de tomate y seis latitas
de jamón picante. ¡Pero un Jaguar! Mira, cuando las cosas vuelvan a la normalidad
esos tres aparatos de televisión valdrán su peso en oro.
—¿De veras crees que las cosas volverán a ser normales?
—¡Claro! Siempre ocurre. ¿No es verdad? Puede que pase un año, incluso dos.
Puedo esperar. Mira esas grandes casas nuevas de River Road. ¿Quién construyó la
mitad de ellas? Las guerras. Los beneficios sacados de las guerras. Esta vez voy a
conseguir lo mío.
Se dio cuenta de que la chica creía y que era inútil discutir. Sin embargo, estaba
intrigado.
—¿Es que no te das cuenta de que esta guerra es distinta?
Extendió su mano izquierda para que el sol reluciese en el anillo que llevaba en el
dedo anular.
—¡Claro que es diferente! ¡Mira éste!
Randy miró la gran piedra y con ella a un millar de lucecitas azules y rojas de sin
igual valor y pureza.
No era bisutería, como se imaginó. No era cristal rodeado por pasta verde. Era un
diamante montado con esmeraldas alrededor.
—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó, impresionado y luego miró a sus

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pendientes y vio que ellos, también sin lugar a dudas, estaban hechos de diamantes.
Rita extendió el anillo, dando vueltas a su muñeca. No contestó en seguida.
Disfrutaba de su reacción.
—Seis quilates —dijo—. Perfecto —se lo quitó del dedo y se lo entregó a Randy.
El joven lo tomó automáticamente pero no lo miraba. Miraba el dedo de ella.
Aquel dedito estaba marcado por un círculo negro, como si el anillo fuese de latón
sucio o en su interior hubiese porquería. Pero el anillo era de brillante y limpio oro.
Dan entró en la habitación, llevando su maletín y frunciendo el ceño.
—No sé cómo, exactamente… —miró el rostro de Randy y no terminó su frase.
Con el ceño fruncido, Rita miró la zona oscura.
—Escuece —dijo y se rascó. Un poco de piel ennegrecida se desprendió, dejando
debajo la carne viva.
—Te pregunte dónde conseguiste esto, Rita —dijo Randy, con tono de orden.
Antes de que abriese la boca se imaginó la respuesta.
—Porky Logan —contestó ella.
El anillo cayó al suelo, rebotó, rodó y se paró en la esquina de una alfombra china
de seda azul.
—Vaya, ¿qué pasa? —dijo ella—. ¡Te comportaste como si quemara!
—Creo que quema —dijo Randy.
—Bueno, si piensas que Porky lo robó, te equivocas. Era propiedad abandonada.
Cualquiera podía llevársela.
Dan la tomó la mano y se ajustó las gafas para poder examinar el dedo con
atención. Habló, con voz profunda, forzosamente tranquila.
—Estate quieta, Rita, quiero ver ese dedo. Creo que lo que Randy quería decir es
que el anillo ha quedado expuesto a la radioactividad y es ahora radioactivo. Me temo
que tenga razón. Esto parece como una quemadura… una quemadura de radio.
¿Cuánto tiempo llevas usando este anillo?
—Quitándomelo y poniéndomelo, imagino que un mes. Nunca lo llevo al salir,
sólo en casa —dudó—, pero esta semana pasada lo llevé puesto todo el tiempo.
Nunca me fijé…
Lo miraron, sus facetas destellando desde la suave seda azul, como si estuviese en
un escaparate. Parecía hermoso.
—¿Dónde lo obtuvo Porky, Rita? —preguntó Dan.
—Bueno, sólo sé lo que me dijo. Estaba pescando, durante el día y claro, empezó
a volver en seguida. Es listo el tal Porky. Dio un gran rodeo en torno a Miami. Bueno,
pasó por Hollywood o Boca Ratón o por uno de esos lugares de la Costa Dorada y
estaba vacío y entrando en la sala principal vio el establecimiento de una joyería, ya
sabes, una sucursal de alguna tienda de la Quinta Avenida, y los escaparates estaban
destrozados. Dijo que el género estaba por todas partes, anillos y alfileres, relojes y
brazaletes, como maíz caído de una saca rota. Así que lo recogió. Luego vació su
cesta de pesca de sedales, anzuelos y demás cacharros, entró en la tienda y llenó el

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cestillo con las joyas. Porky dijo que en aquel momento pensaba en el futuro. Se
imaginaba que el dinero no valdría nada pero que los diamantes y el oro era cosa
distinta. Nunca pierden valor, no importa lo que suceda.
—Impregnado de radiación —murmuró Dan—. Suicida.
Rita alzó las manos hacia su cuello y Randy advirtió una marca ovalada en el
hueco de su garganta, como si allí la piel hubiese sido pintada más oscura. Luego las
manos de la joven volaron a sus oídos. Los pendientes de diamantes cayeron a la
alfombra junto al anillo.
—¡Oh, Dios! —gimió la muchacha.
—¿Qué diste a Porky por esos diamantes? —preguntó con suavidad Randy.
—Por el anillo, apenas nada. Por el resto le entregamos carne en conserva y
cigarrillos y café y chocolate y cosas por el estilo. Ya sabes lo que come Porky. ¡Por
Cristo, doctor, qué va usted a hacer acerca de esto! —se miró al dedo.
—¿Qué más os dio Porky aparte de los diamantes?
—Toda clase de género. Nos dio un doble puñado de relojes por una caja de
judías y cerdo. Pete tiene… —miró hacia el pasillo y exclamó—. ¡Pete! —y les
condujo a su habitación.
Pete Hernández no parecía tan malo como Bill Cullen, pero sí bastante grave, su
calva con lunares como arrancados violentamente, el rostro lleno de una erupción y
las manos hinchadas. Se incorporó en las almohadas, asombrado, al verlos entrar.
—Pete, quítate esos relojes —dijo Rita.
—¿Estás loca? —Pete llevaba un reloj de oro absurdamente colocado en cada
flaco brazo. Les miró a la cara y dijo—: ¿Por qué me he de quitar mis relojes?
Dan se agachó y se los arrancó y los lanzó sobre la mesa. Las flexibles cadenas de
oro habían dejado una marca negra.
—Son radioactivos. Ese oro es venenoso, es un oro isótopo. Te ha estado
envenenando. Mira.
Pete miró.
—Es sólo suciedad. Es el calor. Estuve sudando.
Randy formuló la pregunta.
—¿Dónde están las demás joyas de Porky, Pete?
Pete miró a Rita, sus ojos negros y mate inseguros y suplicantes.
—Quieren llevarse nuestro oro y nuestras piedras, Rita —dijo.
—Randy no miente, Pete, y no creo que el doctor Gunn quiera robar nada a nadie.
Pete dobló su brazo para buscar debajo de la almohada.
—¡Oh, Santo Dios! —exclamó Dan, compadeciéndole.
Desde debajo de la almohada Pete sacó una envoltura de plástico.
—Ábrelo —ordenó Dan.
Pete quitó la cremallera. Estaba lleno de pulseras de reloj, retorcidas y dobladas
como si fuesen serpientes de oro.
—¿Es eso todo? —preguntó Dan.

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—No, eso son sólo los relojes —dijo Rita—. Pete se divierte admirándolos y
dándoles cuerda cada día. Además quedan en mi cuarto un par de collares… un
broche de rubís y otro de diamantes y… bueno, toda clase de chatarra.
—Pete —dijo Dan—, tira todo eso a un rincón, allí. Rita, no toques nada de lo
que puedas tener en tu dormitorio. Es inútil que absorbáis una nueva fracción de
radiaciones. Tenemos que encontrar un medio de sacar de aquí ese género y
desembarazarnos de él sin perjudicarnos nosotros. Volveremos.
Rita les acompañó hasta la puerta, sollozando. Se cogió a la manga de Dan.
—¿Qué va a ocurrir? ¿Me moriré? ¿Se me caerá el pelo?
—Usted no ha absorbido tanta radiación como su hermano —dijo Dan—. No sé
exactamente lo que pasará porque la enfermedad de esas radiaciones es muy
traicionera.
—¿Qué hay de Pete? ¿Qué haría yo sin Pete…?
—Me temo que Pete está abocado a la leucemia —contestó Dan.
—¿Cáncer de la sangre?
—Sí. Me temo que será mejor que se prepare usted misma.
La mano de Rita cayó del brazo de Dan. Randy la vio disminuirse, todo su porte,
toda su brabuconería desapareciendo, dejándola más pequeña y como una criatura.
—Rita —dijo en voz baja—, será mejor que guardes esto aquí. Lo necesitarás.
Le dio la botella de whisky escocés.
Al oprimir el puesta en marcha, Dan preguntó:
—¿Por qué le diste el whisky?
—Me dio lástima —no era sólo la única razón. Le debía algo desde antes, ahora
estaba en paz. Habían liquidado su cuenta. Preguntó—: ¿Se pondrá bien?
—Creo que sí, a menos que la quemadura de su dedo degenere en algo maligno.
Es improbable, aunque posible. Sí, se pondrá bien mientras no reciba más radiación.
La dosis que absorbió está localizada. Pero después de que muera su hermano se
encontrará sola. Y ya no irán las cosas bien.
—Encontrará un hombre —dijo Randy—. Siempre lo encuentra.

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IV

La casa de Porky Logan se alzaba al extremo de Augustine Road, en un huerto


que subía por la colina a espaldas de la casa. Era de dos pisos y de ladrillo el edificio
mayor de Pistolville, según se decía. La hermana de Porky y su sobrina le habían
estado cuidando, pero vivía solo. Su esposa y los hijos se fueron de Pistolville diez
años atrás.
Encontraron a Porky en el piso segundo. Estaba sentado en la cama, sin afeitar, la
barbilla descansando en su peludo y desnudo pecho. Entre sus rodillas había una lata
de cerveza llena de joyas. Tenía las manos enterradas hasta el antebrazo en su tesoro.
—¡Porky! —exclamó Dan.
Dan se acercó hasta la cama, reclinó el cuerpo de Porky contra las almohadas y le
cerró los párpados.
—Salgamos de aquí —dijo Dan—. Tiene un horno en su regazo.
Randy trató de no respirar mientras bajaba las escaleras. No era sólo el olor del
cuerpo de Porky lo que le apremiaba.
—Tenemos que impedir que la gente entre en esta casa hasta que enterremos a
Porky y a ese material peligroso —dijo Dan—. ¿Qué podríamos hacer?
—¿Qué te parece un cartel? Podríamos pintarlo.
Encontraron una lata de pintura amarilla sin abrir y un pincel en el garage de
Porky. Dan escribió con letras mayúsculas en la puerta de la calle de Porky:

«¡PELIGRO! ¡NO ENTRAR! ¡RADIACION!».

—Será mejor que pongas otro allí —dijo Randy—. Además yo aclararía las
cosas. Hay mucha gente que no sabe aún lo que significa radiación.
—¿De veras?
—Estoy seguro. Nunca la han visto ni la han notado. Han oído hablar, pero no
creo que estén convencidos de su existencia. No pensaron que podían morir antes de
El Día… si es que llegaron a pensar en la muerte… y no creo que crean en la
radiación ahora. Será mejor que añadas algo que puedan comprender como
«VENENO».
Y así bajo «RADIACION», Dan escribió: «VENENO».
—Aún hay otro —dijo—. Bill Cullen.

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V

Bigmauth Bill estaba como le dejaron, excepto que tenía una botella de ron barato
en sus maltrechas manos y había estado bebiendo. Randy se asomó a la puerta, de
modo que pudo escuchar pero sin sumergirse en los hedores anteriores.
—Bill —dijo Dan—, hemos descubierto qué es lo que le pone enfermo. Está
usted absorbiendo radiación de las joyas que Porky le cambió por whisky. La joyería
de Porky arde. Es radiactiva. ¿Dónde las tiene?
Bill soltó una carcajada salvaje. Empezó a maldecir, metódicamente sin
imaginación, como Randy oyó maldecir a los soldados en Corea. El chorro de sus
obscenidades aumentó, se sofocó, tosió y dio un trago de la botella de ron.
—¡Joyería! —gritó, sus ojos amarillos girando—. ¡Joyería! ¡Diamantes,
esmeraldas, perlas, brazaletes, todo quema, todo radioactivo! ¡Eso es riqueza!
—¿Dónde están, Bill? —la voz de Dan era aguda—. Pregúntaselo a ella.
¡Pregúntaselo a esa perra! Ella lo tiene… se llevó todo el botín.
—¿Qué quieres decir?
—Tenía escondido el género, imaginándome que si caía en sus manos lo
cambiaría por una botella de vino. Las joyas en una bota, el oro en la otra. Créalo o
no, esto es lo último que me queda —volvió a beber de la botella.
—Adelante —dijo Dan.
—Guardaba las botas, estas botas aquí… —señaló a un par de botas de caza—,
escondidas bajo la cama. En un lugar seguro, de acuerdo. Mire, mi mujer jamás
limpió nada, especialmente nunca barrió debajo de la cama. Bueno, cuando se fue
hace un rato pensé echar un vistazo al botín. Ya sabe, es bonito tenerlo en las manos y
soñar en qué harás cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Pero ella estaba
vigilándome por la ventana. Ha estado tratando de cogerme con las manos en la masa
y precisamente lo consiguió hace un rato. Entró, sonriendo. Creí que iba a decirme
que había terminado la guerra o algo por el estilo. Entró y buscó debajo de la cama y
se llevó la bota. Todo lo que dijo al cruzar la puerta fue: «Espero que te ahogues,
cochino bastardo. Yo me vuelvo a Apalachicola».
Randy preguntó fascinado:
—¿Y cómo piensa llegar a Apalachicola?
—Tenía… tenía Plymouth en el garage. Estaba casi lleno el depósito de gasolina,
y tenía más en una lata escondida entre las estanterías. Ojalá se estrelle.
Dan recogió su maletín. Sus enormes hombros estaban hundidos. Tenía el rostro
infeliz tras la roja barba.
—¿Tienes todavía aquella pomada que te di?
—Sí —Bill volvió la cabeza hacia la mesita de noche.
—Siga usándola en las manos. Le producirá alivio.
—Puede, pero más esto —Bill agitó la botella y bebió hasta que le faltó aliento.
Volviendo a River Road, Randy dijo:

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—¿Sobrevivirá Cullen?
—Lo dudo. No tengo ni drogas ni antibióticos ni transfusiones de sangre para él
—extendió la mano y acarició su maletín—. Ya no me queda casi nada aquí, Randy.
He de tomar decisiones, ahora. Tengo drogas sólo para aquellos que valga la pena
salvar.
—¿Y qué hay de la mujer?
—No creo que muera enferma de radiación. Me parece que no conservará ese oro
y esa plata y el platino lo bastante tiempo. O lo cambiará por bebida, con su
estupidez, o se meterá tontamente en una de las autopistas principales.
—Creo que los salteadores se apoderarán de ella si se dirige hacia Apalachicola
—dijo Randy.
Era extraño, aquella palabra de salteadores, había recobrado todo su arcaico y
verdadero sentido. Estos no eran los bandidos románticos y caballerosos de
Inglaterra, que se apostaban en los caminos durante los siglos XVII y XVI. Eran ahora
salteadores implacables y diabólicos que últimamente habían estado segando el
pequeño cordón umbilical de las comunicaciones y del comercio entre ciudades y
pueblos, en su mayoría, según la palabra que se filtró hasta Fort Repose, operaban en
las carreteras y autopistas principales como la de Turnpike y las número 1, 441, 17 y
50. Por eso se llamaban salteadores.
Pasaron por delante de la casa vacía de los McGovern. La hierba había crecido de
manera desmedida.
—Mira —dijo Dan—, dentro de unos cuantos meses más la jungla lo ocupará
todo.

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PARTE 9

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I

Enterraron a Porky Logan el viernes por la mañana. Fue un trabajo penoso y


agotador. Randy tuvo que sacar su pistola para conseguir que se hiciera.
Primero, fue necesario obtener la colaboración de Bubba Offenhaus. Eso resultó
bastante difícil. La funeraria de Bubba estaba cerrada y vacía y no se le veía en la
ciudad a su propietario. Puesto que era Director delegado de la Defensa Civil al
mismo tiempo que enterrador, una aparición pública le exponía a toda clase de
peticiones y problemas que le asustaban y en los que no podía hacer nada. Así Bubba
y Kitty Offenhaus sólo podían ser encontrados en su gran casa nueva como una rara
combinación de moderno y clásico, construida principalmente en cristales de colores
entre columnas griegas de antes de la guerra.
Cuando Randy halló a Bubba sentado en su terraza parecía un globo deshinchado.
Los pantalones le caían por delante y por detrás y pliegues de su piel casi le tapaban
la boca. Dan le explicó lo de Porky. Bubba no se impresionó.
—Entiérrenle en Pistolville —dijo—. Métanle en un hoyo de su corral.
—No se puede hacer eso —contestó Dan—. Porky es un peligro y la joyería es
mortal. Bubba, lo que tenemos que hacer, es preparar un ataúd forrado de plomo.
Enterraremos con él su tesoro.
—Sabes muy bien que sólo tengo uno en el almacén —dijo Bubba—. En realidad
es el único ataúd que me queda y probablemente el último que hay en Timucuan. Es
modelo de lujo, con asas de bronce forjado y acolchonado, con los bordes reforzados.
Garantizado para toda la eternidad y que me maten si voy a regalárselo a Porky
Logan.
—¿Para quién lo guarda, para usted? —preguntó Randy.
—No veo por qué has de mostrarte insultante, Randy. Ese ataúd me costó
doscientos cuarenta y cinco dólares C. O. V. y además el impuesto de quinientos más.
¿Quién lo pagará? En realidad, ¿quién me reembolsará de los ataúdes y todo lo demás
que he regalado desde El Día?
—Estoy seguro que lo hará el gobierno, algún día —contestó Dan.
—¿Creen ustedes que el gobierno restaurará el parque «Repose en Paz»?
¿Piensan que me pagarán todos estos servicios que presté gratis? Muy divertido.
¿Acaso también querrán que enterremos a Porky en «Repose en Paz»?
—Esta es la idea general —afirmó Dan.
—¿Y esperan ustedes que utilice mi coche para llevar el cadáver?
—Alguien tiene que hacerlo, Bubba, y es usted el único que tiene lo adecuado y
además está en la Defensa Civil.
Bubba gimió. La cosa más estúpida que había hecho en su vida fue aceptar el
empleo de la Defensa Civil, En aquel momento le pareció todo un honor. Su
nombramiento apareció en los periódicos de Orlando y Tampa y ocupó toda una
página, con fotografía en el «Southeast Notitian». Era indudable una cosa mayor que

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tener un despacho en la Cámara de Comercio. Su categoría aumentó, incluso ante su
esposa. Kitty era de una vieja familia sureña, mientras que él se crió al sur de
Chicago. Ella jamás le perdonó por entero su cuna, ni su profesión. En secreto,
consideró la Defensa Civil como un enchufe, como una manera de gastar el dinero de
los contribuyentes y despistar a los estados enemigos, al igual que se hacía
construyendo cohetes y cosas por el estilo. Jamás se imaginó que hubiese guerra. Era
verdad que después de El Día, Kitty y él fueron capaces de conseguir suministros en
San Marco, que no hubieran tenido si él no hubiese estado en la Defensa Civil. Por
una cosa, pudo conseguir gasolina del garage del condado. Pero los depósitos ya
estaban secos desde hacía tiempo. Todos los demás suministros oficiales, agotados.
—Sólo tengo una carreta fúnebre que funciona —dijo—, y sólo unos cinco litros
de gasolina. Lo guardo para una emergencia.
—Esto es una emergencia —contestó Dan—. Tendrá que emplearla ahora.
Bubba pensó otro obstáculo.
—Se necesitarán ocho hombres para llevar ese ataúd con Porky dentro, aun
cuando haya adelgazado como yo.
—Los conseguiremos —contestó Randy—. Hay muchos hombres fuertes en
Marines Park.

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II

En el parque subieron al estrado de la orquesta.


—¡Atención, todo el mundo! ¡Acérquense! —gritó Randy.
Los comerciantes improvisados se acercaron, extrañados.
Bubba pronunció un discursito. Bubba estaba acostumbrado a hablar en las
comidas del club y en las reuniones típicas, pero este público, aunque muchos de los
rostros resultaban familiares, no era igual. Ni se mostraba atento ni cortés. Habló de
espíritu comunal y de cooperación y de unidad. Les recordó que enviaron a Porky
Logan a la legislatura del estado y que sabía que Porky era amigo de la mayor parte.
Ahora pidió voluntarios para ayudar a enterrar a Porky. Ninguna mano se levantó.
Unos cuantos de los presentes rezongaron.
Bubba se encogió de hombros y miró a Dan Gunn.

—Es en su propio interés —dijo Dan—. Si dejamos sin enterrar a los muertos,
comenzaremos una epidemia. Además, en este caso tenemos que desembarazarnos
del material radioactivo que puede ser peligroso para quien lo encuentre.
—Bubba es el enterrador, ¿no? —gritó alguien—. Pues que lo entierre él.
Unos cuantos se rieron. Randy vio que estaban aburridos y que pronto se irían.
Era necesario que actuase. Se colocó delante de Dan, levantó la tapa de su funda y
sacó el 45. Sosteniéndolo con indiferencia, de manera que fuese una amenaza, pero
para nadie en particular y sin embargo separadamente para cada uno de los presentes,
montó el percutor. Con el índice señaló a los rostros de cinco hombres, todos
corpulentos.
—Tú, Rusty, y tú, Tom, y usted, acaban de ofrecerse voluntarios como ayudantes
de enterrador.
Le miraron confusos. Durante largo tiempo, nadie les había mandado nada.
Durante largo tiempo no había jefatura alguna a la vista. Nadie se movió. Algunos de
los «comerciantes» llevaban pistolas en la cadera o en fundas. Otros tenían escopetas
apoyadas o rifles contra los bancos o la barandilla del kiosco. Randy vigiló cualquier
movimiento. Dispararía contra el primer individuo que tratase de sacar un arma. Así
lo tenía decidido. No le importaban las consecuencias de su acción. Habiendo tomado
la decisión y estando seguro de llevarla a cabo, se sentía tranquilo. Se dio cuenta de
que los demás lo comprendieron. Bajó del estrado mirando a los cinco voluntarios.
—Está bien, vamos —dijo.
Los cinco le siguieron y Randy enfundó su pistola.

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III

Así enterraron a Porky Logan. Con él sepultaron el botín contaminado de Porky y


el sacado de la casa de Hernández. También iban en el ataúd las tenacillas con las que
Dan Gunn manejó las joyas. Cuando la tumba estuvo llena alguien dijo:
—¿Es que nadie rezará por ese pobre bastardo?
Todos miraron a Randy.
—Que Dios acoja su alma —dijo Randy y añadió, sabiendo que las palabras
circularían de boca en boca—: Y que Dios ampare a quien le desentierre para
conseguir esas joyas. Le matarían lo mismo que mataron a Porky.
Dio media vuelta y se alejó despacio, la cabeza baja, hasta el coche, pensando. La
autoridad se había desintegrado en Fort Repose. El alcalde, Alexander Getty, que era
también presidente del congreso administrativo de la ciudad, estaba encerrado en su
casa, sitiado por temores imaginarios e irracionales de que los rusos habían invadido
América y trataban de capturarle, torturarle y violar a su esposa e hija. El jefe de
policía había muerto. Los otros dos agentes abandonaron su trabajo público no
pagado para luchar por sus familias. Los departamentos de incendios y de sanidad,
con su equipo inmovilizado, ya no existían. Bubba Offenhaus estaba asustado,
azorado y era incapaz de acción alguna o decisión. Por eso Randy tuvo que exhibir su
pistola en aquel vacío. Había subido a la jefatura y no estaba seguro del por qué. Ya
resultaba bastante molesto mantener viva la colonia de River Road. Sintió una
soledad no extraña. Era como dirigir un pelotón en el ejército de Corea para ocupar
algún puesto enemigo aislado. El mando, bien fuese de un pelotón o de una ciudad,
era un estado de ánimo.

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IV

Cuando a mediodía regresaron a River Road, las botas de Randy estaban secas de
la arcilla del cementerio. Estaba limpiándoselas en los escalones de la puerta
principal, cuando un movimiento en el follaje tras la casa de Florence Wechek le
llamó la atención. Alice Cooksey y Florence estaban plantadas bajo una alta palmera,
sujetando una escalera. En lo alto de la escalera de mano, la cabeza y los hombros
ocultos por las frondas, estaba Lib. Se preguntó qué hacía ella allá arriba. Deseó que
se hubiese quedado en el suelo. Corría demasiados riesgos. Podía lastimarse.
Disminuyendo las medicinas —Dan ya se había visto obligado a utilizar la mayor
parte de su reserva—, todos tenían que tener cuidado. Cada cual tenía su misión y si
uno se hería significaba añadir cargas, incluidos los cuidados, a los demás. Una
simple fractura hubiese resultado un desastre terrible.
Bill McGovern, Malachai y Tuo Tone Henri doblaron la esquina de la casa. Bill
llevaba unos pantalones de franela gris cortados a tijera por encima de las rodillas,
zapatos de tenis y nada más. Su mano derecha asía un manojo de herramientas. La
grasa le manchaba la cabeza calva y la estupenda barba blanca. Ya no parecía un
César, sino un desaliñado Júpiter armado con sus relámpagos. Antes de que pudiese
hablar, Randy preguntó:
—¿Bill, qué hace su hija arriba de esa palmera?
—No quiere decirlo —contestó Bill—. Ella y Alice y Florence están preparando
alguna especie de sorpresa para nosotros. Quizás ha encontrado el nido de un pájaro.
No lo sé.
—¿Y a qué viene esta delegación? —preguntó Randy.
—Es idea de Tuo Tone —dijo Bill—. Habla, Tuo Tone.
—Señor Randy —dijo Tuo Tone—, ya sabe usted que mi azúcar estará alta y
dulce y que el maíz de papá estará listo en junio.
—¿Y…?
—Maíz y caña de azúcar significan whisky de maíz. Quiero decir que podemos
prepararlo si usted da el visto bueno. Papá y el señor Bill, aquí presente, dicen que es
cosa suya. Yo sugiero que se haga la prueba. Podíamos comerciar con el licor.
—Naturalmente que tú no beberías nada, ¿verdad, Tuo Tone?
—¡Oh, no, señor!
Randy comprendió que pedían de él algo más que el permiso. Sin embargo, si
podían fabricar whisky de maíz, eso sería como haber encontrado granos de café. El
whisky era una moneda muy negociable. En esta clima húmedo, tanto el maíz como
la caña de azúcar se deteriorarían rápidamente. El whisky de maíz era distinto.
Cuanto más se le guardaba, más valor tenía. Además, sólo quedaban unas cuantas
botellas de borbón y de escocés, y el borbón era estrictamente medicinal, el
anestésico de Dan.
Randy dijo:

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—Si tenéis permiso del predicador, por mí está bien. El maíz es del predicador.
—Yo ya he contribuido con mi Imperial —anunció Bill.
—¿Usted, qué?
—He contribuido con las tripas de mi Imperial. Mire, para hacer alambique
tendremos que precisar una buena cantidad de tuberías de cobre. Hemos de construir
espirales condensadores y se necesita instalar una tubería entre la caldera y el
condensador, etcétera.
—¿Lo que usted quiere decir es que desea que contribuya con los conductos del
gas de mi Bonneville? —dijo Randy despacio.
—Cierto. Las tuberías de mi coche no son lo bastante largas. También
necesitaremos la apisonadora del jardín. Mire, antes que nada hemos de construir un
molino para moler la caña. Tendremos que obtener jugo y hervirlo junto con la
melaza antes de que se pueda hacer whisky, o por lo que importa, utilizarlo como
jarabe. Balaam, la mula, caminará en círculo, con un arnés y una palanca a su lomo
para hacer girar la apisonadora sobre losas de cemento. Eso será el molino. Así se
hacía hace un par de cientos de años. He visto dibujos.
Randy sabia que resultaría.
—Está bien —dijo con tristeza—. Entren en el garaje. Pero yo no quiero mirar.
Había sido un coche hermoso. Se acordó de la predicción casual de Mark de que
no le serviría para nada. Mark se equivocaba. Parte del coche iba a resultar útil.
El almuerzo se componía de pescado, con media lima. Jugo de naranja, todo el
que se quisiese. Un pedacito de panal de miel. Dan y Helen estaban en la mesa. Los
demás habían terminado ya. Helen siempre le esperaba, advirtió Randy. Ella estaba
tan solícita que en ocasiones resultaba embarazador.
Dan miró a su plato y dijo.
—Una estupenda dieta para adelgazar. Si todos en el país hubiesen seguido este
régimen antes de El Día, la cantidad de muertos por ataque al corazón hubiese
quedado reducida a la mitad.
—¿Y de qué les habría servido? —preguntó Randy. Separó la miel y la probó,
haciendo girar los ojos—. Tenemos que comerciar más con Jim Hickey. Hemos de
averiguar qué es lo que necesita Jim.
Randy recordó lo que Jim le había dicho sobre que la mitad de sus abejas se
habían vuelto locas después de El Día y de cómo Jim sospechaba que la culpa la tenía
la radiación. Contó a Dan y a Helen lo que Hickey le dijera.
Dan miró con fijeza su plato, turbado. Cortó el panal, lo probó.
—Delicioso —dijo, pero su mente estaba en otra parte. Al fin levantó la vista y
habló muy serio—. No debiéramos sorprendernos. ¿Quién puede decir cuánto Cesio
137 cayó en El Día? ¿Cuánto subió a la atmósfera y ha estado suspendido allí desde
entonces? Los geneticistas nos previnieron del daño a futuras generaciones. Bueno,
las abejas de Hickey están en una generación futura.
Helen parecía asustada. Randy se dio cuenta de que esto era un asunto más grave

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para las mujeres que para los hombres, aunque aterrador para cualquiera.
—¿Significa eso… que afectará a los humanos? —preguntó ella.
—Con toda certeza algún daño genético en la humanidad puede esperarse —
contestó Dan—. Lo que ocurrirá en los nacimientos es pura deducción. Y, sin
embargo, es la única manera natural de proteger a la raza. La naturaleza sigue la ley
de Darwin de la selección natural. La abeja defectuosa, incapaz de reaccionar en su
medio ambiente, es rechazada por la naturaleza antes de nacer. Creo que esto será
cierto con el hombre. Se ha dicho que la naturaleza es cruel. No lo creo. La naturaleza
es justa e incluso piadosa. Por selección natural, la naturaleza tratará de deshacer lo
que el hombre ha hecho.
—Lo dices de manera consoladora —anunció Helen.
—Sólo es una opinión, basada casi en la ausencia de pruebas. Dentro de seis o
siete meses sabré más. Pero para evaluarlo todo puede que se necesite un millar de
años. Así que no te preocupes. Por ahora tenemos otras preocupaciones, como las
cubiertas. Los neumáticos del modelo A están listos, Randy, y he de hacer un par de
visitas fuera, en el campo. ¿Tienes alguna sugerencia?
—Ya pensé en las gomas —contestó Randy—. Las ruedas del viejo Chevrolet de
Florence irán bien al modelo A. Dos son casi nuevas. Vamos a efectuar el cambio.

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V

Era costumbre de Randy y Dan reunirse en el apartamento a las seis de cada


tarde, escuchar las estaciones claras que pudieran oírse a aquella hora y, si estaban
cansados y los rigores del día cumplidos, tomar un trago juntos. A las seis de aquella
tarde del viernes, Dan todavía no había vuelto de sus visitas, así que Randy se sentó a
solas en el bar con el pequeño transistor portátil. Las últimas baterías estaban
muriendo. Temía el día en que ya no podrían recoger ni siquiera la señal más fuerte, o
emitir ningún sonido, un día que no podía estar muy lejos. Así, con la fuerza que le
quedaba en las baterías que cuidadosamente racionaba, aquella tarde esperó oír algo.
El receptor de Sam Hazzard a toda onda, funcionando con las baterías de automóvil
recargadas, era realmente su única fuente de información de confianza. Puso la radio,
sintió alivio al oír ruidos y trató de captar las frecuencias Conelrad.
Inmediatamente oyó una voz familiar, delgada y grave aunque puso todo el
volumen: «… Contra las viudas».
Randy se dio cuenta de que se había perdido la primera parte de las noticias.
Luego oyó:
»Han habido informes aislados de desórdenes y de criminalidad en varias de las
zonas contaminadas. Como resultado, la señora Van Bruuker-Brown, Presidente
Actuante, en su capacidad de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ha
autorizado a todos los oficiales de la reserva y de la Guardia Nacional, no en
contacto con sus comandantes o Cuarteles generales, a tomar acciones
independientes para Reprimir la perversidad pública de aquellas zonas en donde la
Defensa Civil se haya derrumbado o donde no existan unidades militares
organizadas. Estos oficiales actuarán de acuerdo con su criterio tras proclamar la
ley marcial. Cuando sea posible, llevarán el uniforme en caso de ejercer autoridad.
Repito esta noticia.
La señal zumbó y desapareció. Randy apagó el aparato. Aun cuando empezaba a
asimilar el significado de lo que acababa de oír, se daba cuenta también de que Helen
estaba de pie al otro lado del mostrador. En sus manos tenía un par de tijeras, un
peine y un espejo con mango de plata. Sonreía.
—¿Oíste eso? —preguntó.
—Sí —contestó ella—. Hoy te toca cortarte el pelo, Randy. Es viernes —Helen le
cortaba el pelo y la barba de Bill McGovern cada viernes y arreglaba también a Dan y
a Ben Franklin los sábados.
—Ya sabes que estoy en la Reserva —dijo Randy—. Soy legal.
—¿Qué quieres decir?
—Tuve que sacar esta mañana mi revólver para conseguir enterrar a Porky
Logan. Yo no tenía autoridad. Ahora la tengo legalmente —sus pensamientos de la
proclamación, de momento, no fueron más adelante.
—Estupendo. Ahora siéntate en la silla.

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Entró en su despacho. A causa del sillón giratorio era también la barbería. Helen
ató una toalla en torno a su cuello y comenzó a cortar diestra y rápidamente. Era toda
una mujer, pensó Randy. Bajo cualquier condición, ella mantenía la casa funcionando
estupendamente. En diez minutos el trabajo resultó hecho.
Con la mano alisó y luego peinó su cabello. El podía notar los senos femeninos,
redondos y cálidos, apretados contra sus paletillas.
—Te están saliendo canas, Randy —dijo ella. El tono de su voz era más profundo
que de ordinario.
—¿Y a quién no?
Ella le dio un masaje en las sienes. Sus deditos comenzaron a frotarle la nuca.
—¿Te gusta esto? —susurró ella—. A Mark le encantaba. Cuando venía a casa,
tenso y preocupado, yo siempre le frotaba las sienes y la nuca de esta manera.
—Es estupendo —contestó Randy. Deseó que su cuñada no hablase así. Le ponía
nervioso. Puso las manos en los brazos del sillón y empezó a levantarse.
Ella le obligó a sentarse e hizo girar el asiento para que la mirase. Los ojos de
Helen estaban redondos. Podía ver puntitos de sudor en las aletas de su nariz y en la
frente.
—Tú eres Mark —dijo ella—. ¿No me crees? ¡Toma, mira! —cogió el espejo de
encima del escritorio y se lo colocó ante la cara.
El miró, preguntándose cómo podría escapar de aquel momento, preguntándose
qué había de malo en ella. Era verdad que su cara, más flaca y más dura, se parecía a
la de Mark.
—Sí, tengo un cierto parecido —admitió—. ¿Pero por qué no? Soy su hermano.
Los brazos de ella le sujetaron con fuerza inesperada, le besó frenética, como si
su boca estuviese sedienta y pudiera dominarle, moldearle y cambiarle.
Las manos de él encontraron las muñecas de ella y la obligó a echarse atrás. El
espejo cayó y se rompió.
—¡No! —gritó ella—. ¡No me apartes! ¡Eres Mark! ¡No puedes negarlo! ¡Eres
Mark!
Forcejeó por salir de la silla, cogiéndola siempre de las muñecas, tratando de no
lastimarla. Sabía que estaba como enloquecida y luchó para controlar el pánico dentro
de sí mismo.
—¡Basta! —se oyó gritar—. ¡Basta, Helen! ¡Yo no soy Mark! ¡Soy Randy!
—¡Mark! —gritó ella.
La puerta estaba entreabierta. A su través llegó la voz de Lib, alta y bien recibida.
—¿Randy, estás listo? Si Helen ha terminado, venid. Quiero enseñaros algo.
Soltó las muñecas de Helen. Ella se apoyó contra el escritorio, la cabeza vuelta,
los hombros temblando, con una mano conteniendo los sonidos que se le escapaban
de la boca.
—Por favor, Helen… —dijo Randy con suavidad. Le tocó el brazo. Ella se le
apartó. Randy huyó vergonzosamente a la sala de estar.

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Lib estaba plantada a la puerta del porche, su rostro muy serio, calculando.
—Subamos al tejado —dijo a Randy—, donde podamos hablar.
Randy la siguió, sabiendo que Lib tenía que haber oído lo ocurrido y
agradeciéndole su interrupción. De todas maneras era algo que tendría que decir a
Lib. También se lo contaría a Dan. Aquella ruptura emocional podía derrumbar toda
la casa. Era cosa de un médico.
En la atalaya, Randy se dejó caer cuidadosamente en una hamaca. La lona se
pudriría antes del fin del verano. Le temblaban las manos.
—¿Lo oíste?
—Sí. Todo. Y también vi algo. No hace falta que ella lo sepa.
—¿Qué le pasa? —era una protesta más que una pregunta.
Lib se sentó al borde de la hamaca y puso sus manitas dentro de las de él.
—Deja de temblar, Randy. Sé que estás confuso. Era inevitable. Sabía que
vendría esto. Te haré el diagnóstico lo mejor que pueda. Es una forma de fantasía.
Randy guardaba silencio, preguntándose por qué aquella frialdad indiferente de
Lib.
—Es —prosiguió ella— la clase de transferencia que uno encuentra en los
sueños… la sustitución de los sueños de una persona por otra. Helen se ha permitido
caer en un sueño. Creo que es una mujer completamente honrada. Lo es, ¿verdad?
—Estoy seguro, o lo estaba.
—Sin embargo, es una mujer que necesita amor y que está acostumbrada a
tenerlo. Durante muchos años un hombre fue la mayor parte de su vida. Así que sufre
este conflicto… intensa lealtad a su marido y, sin embargo, necesidad de un hombre
que reciba su abundancia de amor y de afecto. Trató de resolver el conflicto de
manera irracional. Tú te convertiste en Mark. Fue una alucinación.
—Hablas como una profesional, Lib.
—No soy profesional. Desearía poder serlo. Hice estudios de sicología,
¿recuerdas?
Era algo que ella le contó, pero que había olvidado, porque le parecía
incongruente y de la más mínima importancia. Lib parecía una niña que hubiese
madurado practicando ballet y esquí acuático en Miami más que sicología en Sara
Laurence. Sabía que trabajó durante un año seguido en una clínica de Cleveland y
que abandonó el empleo sólo por la enfermedad de su madre. Cuando hablaba de este
año, que era raras veces, lo hacía con nostalgia, como algunas chicas hablan de un
año pasado en Europa o en el teatro. Sospechó que debió ser el año más compensador
de su vida y ciertamente debió haber en él un hombre, u hombres.
—¿Lib, no creerás que está loca? —preguntó Randy.
—Helen no es sicótica. Está bajo una tensión terrible. Ella se ha dejado ir, pero
sólo durante un momento. Se permitió una fantasía temporal. Ahora ha pasado. Ahora
estará avergonzada de sí misma. Lo mejor que puedes hacer es fingir que no ha
ocurrido. Algún día ella te lo mencionará, quizás indirectamente, y se excusará.

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Eventualmente comprenderá por qué lo hizo y el sentido de culpabilidad la
abandonará. Un día, cuando seamos mejores amigas, la haré comprenderlo. Tú sabes
que hay un hombre en la casa para Helen… un hombre perfectamente estupendo. Voy
a hacer de eso mi proyecto especial.
Randy se sintió aliviado. Miró hacia el río, contemplando su ignorancia de
mujeres y la paz de la tarde. Al final del muelle Ben Franklin y Peyton estaban
pescando. Tenía entendido que cualquiera, niño o adulto, podría ir a pescar antes del
desayuno o después de realizar las tareas asignadas. Pescar no era sólo un recreo, sino
una cosecha necesaria diaria de alimentos providencialmente nadando a sus pies. Al
poco la campana de latón de un navío que estaba en el porche sonó con su clara y
aguda nota marina. La campana era un recuerdo del teniente Randolph Rowzee
Peyton, de sus aventuras y viajes en los barcos. Era la misma campana que la madre
de Randy utilizaba para llamarles a él y a Mark y que volviesen del río, se lavasen y
comieran. Allí había paz y continuidad en el sonido de la campana. La campana
anunció que la comida estaba en la mesa y una mujer en la cocina. Así que no era
sólo un mensaje para los niños, sino que también para Randy. Helen se había
serenado. Miró cómo Ben y Peyton, seguidos por Graff, subían por el sendero del
huerto. Graff todavía compartía el diván de Randy, pero durante el día seguía como
una sombra al muchacho. Eso estaba bien. Todo chico necesita un perro. Todo chico
también necesita un padre.
Cuando los niños estuvieron cerca de la casa, Randy les gritó:
—¿Qué pescasteis?
Ben alzó una ristra de percas.
—Dieciséis —gritó—, con gusanos y grillos. Yo pesqué quince, ella sólo uno.
Peyton se agitó indignada, su voz fina y aguda casi estalló:
—¿Y a quién le importa el pescado? ¡Cuando sea mayor no pienso ser pescadora!
Helen les llamó desde la ventana de la cocina. Los niños desaparecieron.
—¿Has oído alguna vez a una niñita decir «Cuando sea mayor»? —dijo Randy.
—No, nunca en ese sentido. Porque Peyton significaba «Si llega a ser mayor».
Me produce escalofríos.
—La culpa no es suya —dijo Randy—, sino nuestra.
—¿Querías tener hijos, Randy?
Consideró la cuestión. Pensó en las abejas de Hickey y en el «Si» de Peyton y en
la leche de una vaca con la que uno no se atrevería a alimentar a un niño en una zona
contaminada, aunque tuviese la vaca y muchas otras cosas.
Lib aguardó largo rato una respuesta y luego se inclinó por encima de la hamaca,
le besó y dijo:
—No intentes responder ahora. Tengo que bajar y ayudar a servir la cena. Tarda
en bajar unos cuantos minutos, Randy. Te tenemos preparada una sorpresa.

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VI

A las siete, consciente de que no había oído regresar a Dan, Randy bajó. La mesa
estaba puesta como para un banquete… mantel blanco, dos velas nuevas; plato hondo
para ensalada y otro plano en cada lugar. Una ensaladera de caoba haitiana estaba en
el centro del mantel. Guarneciendo el plato de pescado hervido había un collar de
setas. Era delicada, variada y estupenda.
—¿Quién inventó esto? —preguntó. Hacía meses que no probaba las verduras.
Helen no le había mirado a los ojos desde que entró en el comedor.
—Alice Cooksey —dijo—. Alice encontró un libro en el que hablaba de las
palmeras comestibles, hierbas y demás. Lib hizo la mayor parte de la elección.
—¿Qué hay en todo esto?
—Corazones de helechos, cogollos de palmera, cebollas silvestres, algunos de los
pepinillos de adorno del almirante y los primeros tomates sacados del jardín de
Hannah Henri.
—Espera que pruebes las setas —dijo Lib—. Eso fue idea de Helen. Tiene gracia;
durante la última semana han estado corriendo por todas partes, ante nuestros ojos, y
sólo Helen las reconoció como alimenticias.
—Supongo que no serán venenosas —inquirió Randy.
Helen sonrió y por primera vez le miró directamente.
—¡Oh, no! Alice también pensó en eso. He estado recorriendo el bosque con un
libro ilustrado en una mano y un cestillo en la otra.
Ahora que podía ver que él consideraba el incidente de su despacho como algo
que no había sucedido, recuperaba el control de sí misma.
—Helen —dijo Randy—, has de tener cuidado en ese bosque. Y, Lib, no te subas
a las palmeras. No queremos ni mordeduras de serpientes ni piernas rotas. Dan ya
tiene bastantes dificultades —bajó el tenedor—. ¿Dónde está Dan?
Nadie lo sabía. Dan volvía a casa de ordinario antes de las seis. En ocasiones
llegaba tan tarde como ahora o más, siempre que se hallaba ante una emergencia. Sin
embargo, resultaba imposible no preocuparse. En ocasiones como aquélla era cuando
Randy echaba de menos sinceramente el teléfono. Sin comunicaciones, la más simple
avería mecánica podía convertirse en una pesadilla y en un desastre. Acabó el
pescado, las setas y la ensalada, pero sin apetito.

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VII

Randy estuvo remoloneando hasta las ocho y luego dijo:


—Voy a ver al almirante. Quizás Dan se quedó allí a cenar.
Sabía que esto era improbable, pero trataba en todo momento de visitar a Sam
Hazzard cada noche y de verle peinar las frecuencias de su aparato de radio. Habían
otros motivos. Se detuvo en casa de la Wechek y en la vivienda de los Henri, como el
comandante de un regimiento revisando sus puestos avanzados. Eso lo hacía siempre.
Dormía intranquilo a menos que supiese que todo iba bien en el perímetro a su cargo.
Más impulsiva, Lib solamente le acompañaba. Era su oportunidad de estar un poquito
a solas. Resultaba paradójico que aunque viviesen en la misma casa, comiesen codo
con codo, durmiesen a menos de seis metros uno de otro, apenas tuvieran tiempo de
estar a solas.
—Espera que recoja la escopeta, Randy —dijo Ben Franklin—. Iré contigo. Esta
noche me toca guardia.
Y echó a correr escaleras arriba.
—¿Crees que de veras debes permitirle que lo haga, Randy? —preguntó Helen.
—Le destrozaría el corazón si no lo hiciese. Me parece que todo irá bien. Caleb le
hará compañía. Malachai estará cerca. Malachai duerme con un ojo abierto.
—¿Y por qué le dejas que se lleve la escopeta?
—Porque si ocurre algo en torno al corral de los Henri quiero que dispare y
acierte, no que asuste a lo que sea y lo haga huir por la oscuridad con un 22. Le he
enseñado cómo manejar la escopeta. Va cargada con perdigones del número 2. Lo
hará bien.
Ben salió al porche llevando el arma.
—¿Me invitáis? —preguntó Lib.
—Seguro —dijo Randy. Se volvió a Bill McGovern—. Si aparece Dan, toquen
tres campanadas, ¿quieren?
Tres golpes de campana significaban vuelta a casa, pero no era una señal de
emergencia. Cinco campanadas era la alarma. La campana podía oírse en dos
kilómetros de distancia a lo largo de la playa y a la otra parte del río.
Una lámpara amarilla y pálida lucía en las ventanas de los Henri. Randy llamó a
Missouri, que, casi esbelta con la nueva cintura adquirida, abrió la puerta.
—Señor Randy. Me imaginé que era usted. Quiero darle las gracias por la miel.
Estaba muy buena. ¿Quiere tomar un poco de té?
—¡Té! —Randy vio una tetera humeando sobre el horno de ladrillo de la
chimenea.
—Lo llamamos té. Cultivo menta en la parte baja de la casa y la seco hasta que se
hace polvo. Así que tenemos té de menta.
—Lo dejaremos estar esta noche, Missouri. Vine a colocar a Ben Franklin en su
paranza. ¿Está listo Caleb?

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El hijo de Missouri salió de las sombras, cabeza y dientes y ojos reluciendo.
Increíblemente, llevaba una lanza de dos metros.
—Déjame ver eso —dijo Randy. La sospesó. Vio que estaba hecha con el mango
roto de un rastrillo de jardín, la hoja afilada y reducida hasta formar un estrecho
triángulo. Pesaba, estaba bien equilibrada y era mortífera.
—Me la hizo el tío Malachai —dijo orgulloso Caleb.
—De acuerdo, es una buena arma —contestó Randy y se la devolvió al
muchacho.
—Me imaginé que si Ben Franklin fallaba con la escopeta, Caleb debía tener un
arma para la defensa próxima, si es un verdadero lobo, como dice el predicador —
dijo Malachai.
Randy estaba seguro de que lo que hubiese robado las gallinas y el cerdo de los
Henri no era un lobo, pero quería impresionar a Ben Franklin con la gravedad de su
guardia.
—Probablemente no es un lobo —dijo—, pero podría ser un jaguar… una
pantera. Mi padre solía cazarlas cuando era joven. Habían muchas panteras en el
condado de Timucuan hasta que vino la primera oleada de población. Ahora que no
hay tanta gente habrán más panteras.
Caminaron hacia el establo de la cansada Balaam. La mula rezongó e hizo
rechinar los tableros de su pesebre.
—Soy yo, Balaam —dijo Malachai—. ¡Balaam, tranquilízate!
Balaam se tranquilizó.
Randy señaló al banco que se extendía a lo largo del establo.
—Esa es tu paranza, Ben —Bill McGovern había puesto allí el banco la noche
anterior, montando guardia no vio nada.
—¿Paranza? —preguntó Ben Franklin.
—Así se le llama en la caza mayor. Cuando yo tenía tu edad mi padre solía
llevarme a cazar y me colocaba en una paranza. Hay un par de cosas que quiero que
recuerdes, Ben. Todo depende ti… y de ti, Caleb… depende de que os estéis
absolutamente quietos. Lo que sea que esté ahí fuera, está mejor equipado que
vosotros. Puede ver mejor, oír mejor y olfatear mejor. Todo lo que tenéis son sesos.
Vuestra única posibilidad de vencerle es oírle antes de que él os oiga a su vez. —
Randy miró al cielo. Habían sólo estrellas. Más tarde, habría un cuarto de luna—. Lo
más probable es que lo oigáis antes que lo veáis. Pero si habláis, o efectuáis algún
sonido, nunca lo veréis porque os oirá primero y se irá. ¿Comprendido?
—Sí, señor —contestó Ben.
—Tendréis frío y os sentiréis cansados. Así que cuando os plantéis en la paranza,
podréis moveros todo lo que queráis, al principio, para calcular hasta cuán lejos se
puede avanzar sin hacer ningún ruido. ¿Tienes cartuchos en la recámara?
—Sí, señor, y otros cuatro más en el bolsillo.
—Sólo necesitarás lo que hay en la escopeta. Si no le alcanzas con dos cartuchos,

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no le alcanzarás en absoluto. Y, Ben…
—Sí, señor.
—Apunta tranquilo y no falles, es preciso que nos desembaracemos de esa
amenaza o alguien tendrá que estarse aquí sentado cada noche hasta quién sabe
cuándo.
—Randy, ¿y si es un hombre? —preguntó Ben.
Desde el principio esta posibilidad había estado inquietando la mente de Randy y
no quiso mencionarla, pero puesto que acababa de salir a la conversación dio la
respuesta ineludible.
—Sea lo que sea, Ben, dispara. Y, Caleb, si falla, confío en que no falles tú —se
volvió a Malachai—. Gracias por darnos luz. Ahora nos vamos a casa del almirante
Hazzard. Buenas noches, Malachai.
—Buenas noches —contestó Malachai—. Señor Randy, tengo el sueño ligero.
Lib le tomó la mano y caminaron por la orilla del río y por el sendero que
conducía hacia el único cuadrado de luz anunciando que Sam Hazzard estaba en su
cubil. Randy soltó una risita, pensando en la lanza de Caleb.
—Acabamos de presenciar un acontecimiento histórico —dijo.
—¿Qué quieres decir?
—La civilización norteamericana vuelve a la edad neolítica.
—No creo que tenga gracia —contestó Lib—. No me gusta el modo en que le
hablaste a Ben Franklin. Fue brutal.
—En el neolítico —dijo Randy—, o un muchacho crecía de prisa o no crecía en
absoluto.
El cubil de Sam Hazzard estaba atestado como la cabina del capitán de un barco,
con género para un largo y solitario viaje. Estaba llena de recuerdos de su servicio,
espadas ceremoniales y de Samurai, instrumentos náuticos, cartas, mapas, libros en
las estanterías y, amontonados en los rincones, legajos atados de «Proceedings». «The
Foreign Affairs Quarterly» y los «Analesf» de la academia americana de ciencias
políticas y sociales. El escritorio en forma de L del almirante se extendía a lo largo de
dos paredes. Un lado estaba ocupado por el receptor de aspecto profesional de onda
corta y el diario de su radio. La radio estaba puesta pero cuando Randy y Lib entraron
en el cuarto todo lo que oyeron fue un zumbido bajo.
Sam Hazzard no era tan alto como Lib y su piel curtida estaba tensa en torno a los
huesos. En zapatillas y un batín con dragones bordados —sus implacables ojos grises
sombreados y ablandados por el brillo indistinguible de las gafas de montura de
concha, el pelo algodonoso como un halo— parecía frágil. Un engaño. Era tan duro
como una figurita antigua de marfil que hubiese soportado las vicisitudes de los
siglos y que aún pudiera soportar más.
—Hagamos sitio para que se siente la dama —dijo. Tomó un modelo en plástico
del portaviones Wasp… el viejo Wasp citado por Churchill por dar dos buenos golpes
en el Mediterráneo y luego hundirse torpedeado… hasta el extremo lejano del

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escritorio—. Aquí —ordenó a Lib—, en donde pueda ser usted propiamente
admirada. Y tú, Randy, quita esos libros de esa silla. Con cuidado, por favor. Bien
venidos a bordo los dos.
—No habrá visto a Dan Gunn, ¿verdad? —preguntó Randy.
—No. Hoy no. ¿Por qué?
—No ha vuelto a casa.
—¿Perdido, eh? Eso no suena bien Randy.
—Si vuelve mientras estemos fuera, Helen o Ben harán sonar la campana. ¿Se
oye desde aquí dentro?
—Claro que sí mientras esté la ventana abierta. Siempre me sobresalta.
Randy vio que el almirante había estado trabajando. Escribía algo que llamaba sin
presunción, «Notas al pie de la Historia». Una máquina de escribir portátil estaba en
el centro de un anillo de libros. Investigaciones, supuso Randy. Reconoció el libro
«César y Cristo», de Durán; «Declinación y Caída», de Gibbon y «Vom Kriege» por
Clausewitz, señalando comentarios a la antigua historia.
—¿Alguna noticia esta noche? —preguntó Randy.
—Supongo que oísteis la emisión de la Defensa Civil.
—En parte. A mitad, mis baterías expiraron silencionsamente.
El almirante prestó atención a la radio. Giró el mando que cambiaba las ondas.
—He estado escuchando una estación en la banda de 31 metros. Pretende estar en
Perú. La oí por primera vez, anoche. Emitía unas noticias verdaderamente
sobresalientes. Parece que no radia aún, así que probaremos más tarde. Acabo de
cambiar a 5.7 megaciclos. Es la frecuencia de la aviación en la que algunas veces
oigo algo. Tú nunca la has escuchado, Randy. Interesante, pero ininteligible.
El altavoz chirrió y silbó.
—El transmisor de alguien está abierto —interpretó el almirante—. Algo se oirá.
Una voz bramó con sorprendente potencia en la pequeña habitación:
«Reina del Cielo, Reina del Cielo. No conteste. No conteste. Aquí Gran Peña.
Aquí Gran Peña. Aguardiente de manzanas. Repita, Aguardiente de manzanas.
Compruebe Rayo X».
Lib habló excitada.
—¿Qué es? ¿Qué significa?
Hazzard sonrió:
—No lo sé. No conozco ni el código ni la jerga de la Fuerza Aérea. He oído esa
llamada de Reina del Cielo un par o tres de veces el mes pasado. Reina del Cielo
podría ser un bombardero, o un avión patrulla, o toda una escuadrilla o una división
aérea. Gran Peña, sea lo que fuere, podría estar emitiendo a Reina del Cielo, también
sea lo que fuere, una gran cantidad de cosas. Diríjase hasta el blanco, dé la vuelta,
continúe de patrulla, vuelva a casa, todo está perdonado. Ni siquiera me lo puedo
imaginar con bases. Sin embargo, sé esto. Fue una llamada americana y esto significa
que seguimos en acción —la sonrisa se amplió—. Por otra parte, también indica que

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el enemigo está actuando.
—¿Cómo se lo imagina? —preguntó Randy.
—Esa frase «no conteste». ¿Por qué ordena Gran Peña a Reina del Cielo que
guarde silencio? Porque si Reina del Cielo acusa la llamada, quizás alguien podría
localizarla por radio, calcular la velocidad y el rumbo y los sectores de combate… o
disparar cohetes tierra a aire y derribarla.
Randy pensó en esto.
—Quizás entonces Reina del Cielo está husmeando por encima del territorio
enemigo.
—Buena deducción, pero de la que no podemos estar seguros. Lo único que
sabemos es que Reina del Cielo puede estar persiguiendo a un submarino, lejos de
Daytona. Me pone frenético escuchar a esa maldita Fuerza Aérea… por favor,
perdóneme, Lib… Pero si el enemigo está escuchando esta frecuencia, también deben
ponerse frenéticos.
Lib preguntó:
—¿Qué significa eso de «compruebe autenticidad del rayo X»?
—El rayo X es una clave internacional de la letra X. Me imagino que antes de
cada emisión cambian la letra identificativa para que el enemigo no pueda ocupar esa
frecuencia y emita falsas instrucciones para el Reina del Cielo o la dirija a un rumbo
equivoco.
—Mire, me alegro de enterarme de eso —dijo Lib—. Me proporciona una
hermosa sensación. Como un sólido acento del mediano oeste.
Sam Hazzard movió la vela para que la luz alumbrase mejor los mandos.
—Gran Peña no volverá a radiar esta noche —dijo—. Nunca la oí más de una vez
cada noche. Hace su llamada y eso es todo. Probaré otra vez en la banda de los 31
metros.
A la luz de la vela las manos de Hazzard brillaban con la sedosa y trasluciente
pátina del tiempo y sin embargo, eran notablemente diestras. Descubrieron un
chirrido fascinante. Sus dedos trabajaron con el mando ampliador de banda
delicadamente como el experto ladrón violando una caja fuerte y apretó el rostro
hacia delante como si esperase oír algún chasquido indicando que el mecanismo se
abría. Muy despacio una débil voz sustituyó al grito. Aumentó la potencia. Oyeron,
en inglés, pero con un acento indefinido:
—«Continuamos con las noticias para Norteamérica…
»El representante de Argentina ha informado a la Federación Sudamericana que
dos barcos de trigo han zarpado hacia Niza, al sur de Francia, respondiendo a las
llamadas por radio de esta ciudad. Las llamadas de Niza dicen que varios centenares
de miles de refugiados están acampados en improvisados albergues de la Costa Azul.
Muchos padecen hambre. El casino de Mónaco y el palacio del príncipe han sido
convertidos en hospitales.
»En la emisión en español escuchada hoy, radio Tokio anunciaba que los Tres

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Grandes se han reunido en Nueva Delhi y han aprobado planes preliminares para
enviar por aire las vacunas necesitadas desesperadamente y las antitoxinas para las
ciudades no contaminadas de Europa, Norte América y Australia».
—¿Los Tres Grandes? ¿Quiénes son los Tres Grandes?
—¡Chist! —dijo el almirante—. Quizá lo averigüemos.
El locutor prosiguió:
«China, en donde el sentimiento de primero salvar Asia es más fuerte, urgió que
debiera darse primera prioridad en los embarques aéreos en la vacuna enviándola a
la Unión Soviética, a sus provincias marítimas, en donde se han presentado
epidemias de tifus. India y Japón creyeron que la epidemia de viruela en la Costa
Oriental de los Estados Unidos, Canadá y México debiera recibir la misma
prioridad. La escasez universal de aviación y de gasolina de aviación hará que sea
difícil la rápida ayuda, sin embargo…».
El zumbido aumentó introduciéndose en la voz y apagándola. Hazzard acarició el
mando amplificador de la banda.
—La atmósfera está como loca desde El Día —bruscamente preguntó a Randy—:
¿Lo crees?
—Es fantástico —contestó Randy—. Quizás sea propaganda negra soviética
pretendiendo ser una estación sudamericana, emitiendo para confundirnos e iniciar
rumores. Reconozco que estoy confuso. Yo creí que los chinos habían intervenido, en
el otro bando.
—A los chinos jamás les gustó el interés ruso por el Mediterráneo —dijo Hazzard
—. Quizás han optado por salirse, lo que sería una prueba de su inteligencia. No
podría haber nada más sencillo. Si no tenían capacidad nuclear no nos molestaríamos
en atacarles durante El Día y sin armas nucleares tampoco se atreverían a meter las
narices en una verdadera guerra. Si así fue, han tenido suerte.
—He notado que esa estación citaba Tokio. ¿Cómo es que usted no escucha
Tokio?
—Nunca pude captar ninguna estación asiática. Solía coger Europa
estupendamente… Londres, Moscú, Bonn, Berna, Africa, también, especialmente la
Voz de América transmitida desde Tánger. Ya no pesco más. No desde El Día.
La señal se aclaró. Oyeron:
—«… pero puesto que los Tres Grandes son incapaces de establecer la
comunicación con Dimitri Torgatz. Según radio Tokio, Torgatz dirige el gobierno
soviético mientras la capital de la unión soviética está en Ulan Bator, Mongolia
Exterior. La estación de onda media funcionando en Ulan Bator ya no se capta».
—Eso no me suena a propaganda soviética —dijo Randy—. ¿Quién es Dimitri
Torgatz?
El almirante miró una serie de obras de referencia. Seleccionó un libro delgado,
«Directorio de Jefes Comunistas»: encontró el nombre y leyó:
—Torgatz Dimitri, nacido en Leningrado en 1903. Casado, no está el nombre de

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su esposa; no está el de sus hijos; director de la propaganda activista de Leningrado
desde 1946 a 1949; miembro candidato del presidium 1950-53; director de las obras
fluviales Mar Naryan. Siberia, desde la caída de Malenkov»…
—Parece como si hubiesen recibido una buena paliza —dijo Randy—. Han
tenido que buscar y encontrar entre los individuos de menor categoría hasta hallar un
jefe burocrático.
—Sí. Es sorprendente que Torgatz gobierne Rusia —admitió el almirante—, pero
hay que considerar que una mujer, la última en la lista de los miembros del gobierno,
dirige los Estados Unidos.
Randy se dio cuenta de que Lib no escuchaba. Miraba la panoplia con una espada
colgada detrás de la cabeza de Randy los labios entreabiertos, sin parpadear. Los
pensamientos de ella, descubrió él con frecuencia, se adelantaban a los suyos o caían
por senderos rápidos, oscuros y fascinantes. Cuando se concentraba de esa manera
abandonaba todo lo demás.
—Viruela —murmuró ella.
Sin comprender que Lib, mentalmente ya no estaba en el cuarto con ellos, Sam
Hazzard preguntó:
—¿Qué hay de la viruela?
—¡Oh! —Lib sacudió la cabeza—. Creo que la viruela es algo salido de la Edad
Media, como la plaga Negra. Es verdad que a menudo aparece, pero siempre la
combatíamos con facilidad. ¿Qué pasa ahora con las vacunas? ¿Qué hay de la difteria
y de la fiebre amarilla? ¿Volverán a presentarse? Sin penicilina y DDT, ¿dónde
estamos? Todas las cosas buenas nos venían automáticamente. Nacimos con
cucharillas de plata en la boca y lavadoras eléctricas para mantener las cosas
saludables y limpias. Nos relajamos, ¿verdad? ¿Qué nos ha pasado, almirante?
Sam Hazzard desconectó las baterías de la radio y giró su sillón para mirarles a
los dos.
—He intentado encontrar la respuesta —señaló con la cabeza a su máquina de
escribir y los libros apilados en su escritorio—. He intentado ponerlo en letras y
transmitirlo. Hasta ahora, no hay manera. Todo lo que he descubierto está donde yo
mismo… y mis compañeros de profesión… fracasamos. Me explicaré.
Abrió un cajón, sacó una carpeta.
—Llamo a esto «Notas al pie de la Historia». Miren, estuve en el Pentágono
cuando tuvimos las grandes preocupaciones sobre papeles y misiones y se me ocurrió
que podía ser uno de los pocos supervivientes que conocieran el interior de lo que
pasaba y cómo se tomaban las decisiones y creí que los futuros historiadores podían
mostrar interés. Así que tomé nota de los hechos. A parte todos los argumentos entre
los almirantes de los portaviones y de los aviones atómicos y los generales del ICBM
y de las divisiones super blindadas y los generales de los bombarderos pesados y
proyectiles dirigidos tripulados. Conté cómo finalmente llegamos a lo que pensamos
que era un equilibrio estable. Cuando terminé de releerlo comprendí que era todo una

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farsa.
Arrojó el manuscrito sobre el escritorio como si lo tirase a la basura y no valiese
ni el papel en que estaba escrito.
Continuó diciendo:
—Miren, confundí la táctica con la estrategia. Creo que lo hicimos todos. La
verdad es ésta. Una vez ambos lados tenían la máxima capacidad de bombas de
hidrógeno y medios eficientes de lanzarlas, ya no había ninguna cuerda alternativa de
paz.
«Cada máxima de guerra resultaba arcaica. Las normas Clausewitz, Mahón, todas
ellas quedaban tan anticuadas como el código de los duelos. La guerra ya no era un
instrumento de política nacional, sino sólo un instrumento del suicidio nacional. La
guerra en si resultaba anticuada. Así que mis “Notas” tratan de antiguallas, tácticas de
ninguna importancia verdadera. Igual podíamos haber estado jugando en la alfombra
con soldaditos de plomo».
El almirante se levantó y enderezó la espalda.
—Creo que la mayoría de nosotros presintió esta verdad, pero no pudimos
aceptarla. Miren, no importa cuán bien comprendiésemos la verdad, era necesario que
el Kremlin la entendiese igualmente. Se necesitan dos para firmar una paz, pero sólo
uno para hacer una guerra. Así que lo único que pudimos hacer, mientras jurábamos
no dar el primer golpe, era poner en fila nuestros soldaditos de plomo.
—¿Eso fue todo lo que pudieron hacer? —preguntó Lib.
—Todo. La respuesta no estaba en el Pentágono, ni siquiera en la Casa Blanca. Yo
la estoy buscando por todas partes. Un lugar, aquí —dio unas palmaditas sobre el
Tomo de Gibert—. Aquí hay extrañas similitudes entre el fin de la Pax Romana y el
fin de la Pax Americana, heredera de la Pax Británica. Por ejemplo, los precios
pagados por un alto oficio. Cuando fue corriente gastar un millón de dólares en elegir
senadores desde estados moderadamente poblados, creo que aquello debió servirnos
de aviso. Por ejemplo, diversiones gratis para las masas. Pan y circo. Espectáculos
romanos y nuestras espectaculares campañas electorales. Largueza de los procónsules
conquistadores y regalos abundantes de la televisión donados por el rey triunfante de
los lápices de labios. Para comprender el presente hay que conocer el pasado, sin
embargo, eso es sólo una parte de la respuesta. Yo nunca descubriré el total. Me
faltan años.
Randy vio que el almirante estaba cansado.
—Será mejor que volvamos —dijo—. Gracias por una velada tan entretenida.
—La próxima vez que vengas —dijo Hazzard—. Quiero que eches un vistazo a
mi invento.
—¿También usted inventa algo? Todo el mundo se dedica a inventar.
—Sí. Se llama barca de vela. Es un medio de propulsión que reemplaza el motor
de gasolina. Sacrifiqué el asta de mi bandera y el tejadillo del patio para conseguirlo.
El cortado y el cosido fue hecho por Florence Wechek, Missouri y Hannah Henri.

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Ahora puedo recomendártelas como cosedores de velas expertas.
—Gracias, Sam —sonrió Randy—. Es un invento maravilloso y se hará popular.
Sé que me proporcionaré una barca de esas ahora mismo y utilizaré su misma
empresa de constructoras de velas.

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VIII

Caminaron por el sendero a lo largo de la orilla del río. Volviendo la cabeza,


Randy vio el pequeño crucero compacto del almirante con sobrecubierta, el motor
inútil desmontado, un esbelto mástil apuntando a la multitud de estrellas. Habían
muchas embarcaciones de vela en los lagos de Florida, pero Randy había visto
poquísimas en las aguas superiores del St. Johns, o en el Timucuan.
—Adoro al almirante —dijo Lib—, me preocupa. Me pregunto si tiene bastante
que comer.
—Los Henri dicen que sí que come. Y Missouri le conserva la rasa limpia. Los
Henri también le aprecian.
—Mientras tengamos hombres como ése, no creeré que estamos en decadencia.
No nos pasará como a Roma, ¿verdad?
Randy no contestó. La hizo darse vuelta para que le mirase y la rodeó la cintura
con las manos. Sus dedos casi se unieron; ella era muy delgada.
—Te amo —dijo—. Me preocupo por ti. Me pregunto si te he dicho bastantes
veces cuánto te amo y te quiero y te necesito y cómo sin ti no valgo nada y tengo
miedo cuando no estás conmigo y cómo me multiplico cuando te tengo a mi lado.
La rodeó con los brazos y notó cómo su cuerpo se arqueaba moldeándose contra
su persona.
—Nunca parece haber tiempo bastante —dijo—, pero esta noche sí. Cuando
lleguemos a casa.
—Sí, Randy —dijo ella.
Siguieron caminando, él cogiéndola por la cintura.
—Es mala época para el amor —dijo ella—. Oh, no me refiero a esta noche, me
refiero a los tiempos que vivimos. Cuando uno quiere a alguien, debería pensar en esa
persona la mayor parte del día, ser la primera en que pensase al despertar por la
mañana y la última cosa antes de dormirse por la noche. Antes de El Día así pensaba
en ti. ¿No lo sabías? Lo primero en la mañana, lo último en la noche.
Randy lo sabía, sin que ella se lo tuviera que decir, que tenía que ser lo mismo
para ella como le pasaba a él. Al término del día un hombre estaba cansado… física,
mental, emocionalmente. Cada sol era preludio de una nueva crisis. Cada noche se
acostaba con viejos e inquietos temores. Se despertaba pensando en comida y se
dejaba caer en su diván por la noche aún hambriento, su cabeza dándole vueltas a
problemas no resueltos y a peligros no sobrepasados. Los alemanes, en sus años de
locura metódica, habían descubierto en sus campos de concentración que cuando la
dieta de un hombre caía por debajo de las mil quinientas calorías sus deseos y
capacidad para emociones disminuían. Randy deducía que él lograba consumir casi
mil quinientas calorías diarias en pescado y frutas, sólo. Su vigor se gastaba en la
supervivencia, decidió. Eso, y la preocupación por las vidas que dependían de él.
Incluso ahora, no podía apartar la inquietud por Dan Gunn de su mente.

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La silueta achaparrada de la casa de los Henri asomó ante ellos en la oscuridad.
Estaban a cincuenta metros del establo y Ben Franklin se hallaba en algún lugar de
aquellas sombras, la escopeta sobre las rodillas, guardando silencio, alerta para
disparar contra cualquier cosa que se moviese; y ellos se movían, silueteados contra
el río tachonado de estrellas. Se detuvo y sujetó de prisa a Lib.
—¡Ben! —llamó—. ¡Ben Franklin! No contestes. Soy Randy. Volvemos a casa.
Siguieron caminando.
—Mira, hablabas como la radio en la frecuencia de la fuerza aérea —dijo Lib.
—¿Verdad que sí? —sonrió en la oscuridad, chasqueó los dedos y dijo—: Creo
que ahora sé lo que pasaba. No era como pensó Sam, era precisamente a la inversa.
Gran Peña, era el avión y Reina del Cielo, la base. Gran Peña estaba en algún lugar y
volvía a casa y estaba diciendo a Reina del Cielo que no disparase, lo mismo que yo
le dije a Ben Franklin.
—Quizás tengas razón.
—No es que nos importe ahora. Los he oído en las noches tranquilas, pero nunca
lo bastante para que se les vea. El almirante les escucha hablar por la radio pero
nunca nos dirigen una palabra. Quizás nos han olvidado. Quizás se han olvidado de
todas las zonas contaminadas. Estamos sucios. Eso me hace sentir solitaria y, bueno,
no deseada. ¿Verdad que es una tontería? ¿Sientes tú lo mismo?
—Volverán —contestó él—. Tienen que hacerlo. Seguimos formando parte de los
Estados Unidos, ¿verdad?
Llegaron al camino que conducía a través del huerto desde la casa al muelle.
—Salgamos al muelle —dijo Lib—. Me gusta estar allí. No se oye ruido ni
siquiera el de los grillos. Sólo el agua murmurando en torno a las pilastras.
—De acuerdo.
Volvieron hacia la izquierda en lugar de tomar por la derecha. Cuando sus pies
tocaban las planchas, habló la campana del barco. Sonó tres veces rápidamente, luego
dos veces más. Siguió sonando.
—¡Oh, maldito sea el infierno!
Randy la cogió por la mano y empezaron a correr hacia la casa, colina arriba, casi
un kilómetro en la arena y en la oscuridad. Al cabo de cien metros, ella le soltó y se
quedó atrás.
Para cuando llegó a los escalones posteriores, Randy apenas pudo subirlos.
Jadeaba y se le doblaban las rodillas, pero antes de El Día no pudo haber corrido ni
siquiera la mitad de la distancia Se detuvo, respirando fuerte y aguardó a Lib. El
modelo A no estaba ni ante la puerta ni en el garage. Decidió que Dan no había
regresado y que algo terrible había ocurrido a Helen, Peyton, o a Bill McGovern.
Se equivocaba. Le había pasado a Dan. Dan estaba en el comedor, un montón en
ruinas de hombre sobresaliendo del sillón del capitán, las manos colgando, las piernas
extendidas, la camisa empapada de sangre, la barba con manchones sanginolentos,
también. Donde debía haber estado su ojo derecho emergía una hinchazón azulada

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tan grande como media manzana. Su nariz estaba retorcida y alargada, su ojo
izquierdo era sólo una rendija entre la hinchazón de carne descolorida. Se estrelló en
el coche, pensó Randy. Salió despedido por el parabrisas y dio de narices contra el
suelo.
Helen puso una toalla húmeda sobre los ojos de Dan. Peyton, el rostro pálido y
alterado, estaba tras su madre con otra toalla. Goteaba. A excepción de la
entrecortada respiración de Dan, el goteo era de momento el único sonido de la
estancia.
Dan habló. Las palabras salieron lentas y espesas, cada una, un esfuerzo de
voluntad.
—¿Eres tú, Randy quien entró?
—Soy yo, Dan. No hables todavía —«Shock», pensó Randy, y probablemente
lesiones. Se volvió a Helen—. Le acostaremos. Tendremos que subirlo hasta el piso
alto.
—No sé si podrá moverse —dijo Helen—. Apenas pudimos traerle hasta aquí —
el vestido de Helen y los brazos de Bill McGovern estaban con manchas de sangre.
—Bill, con tu ayuda yo le subiré.
—Así, descargando la mayor parte del peso sobre sus hombros llevaron a Dan al
piso alto y lo extendieron en la cama turca.
—Me siento enfermo —dijo Bill.
Les dejó. Helen trajo nuevas toallas húmedas. El cuerpo de Dan se estremeció y
tembló. Su piel se hizo más pálida. Estaba padeciendo de escalofríos. Randy le alzó la
gruesa muñeca y al cabo de un momento localizó el pulso. Era débil, desigual y
rápido. Esto era «Shock», sin duda, y peligroso.
—¡Whisky! —pidió Randy.
Helen contestó:
—Yo me encargaré de esto, Randy. Nada de whisky. Mantas.
Respetó el criterio de Helen. En un caso tal de urgencia como éste, Helen
funcionaba. Para eso había nacido. Encontró más mantas en el armario. Ella tapó a
Dan y desapareció. Regresó con un vaso de líquido, lo llevó a los labios de Dan y
dijo:
—Bébete esto, bebe cuanto puedas.
—¿Qué le das? —preguntó Randy.
—Agua con sifón y sal. Para un «shock» es mejor que el whisky.
Dan bebió, tragó y bebió más.
—Sigue dándole —ordenó Helen—. Voy a ver lo que queda en el botiquín.
—Casi nada —contestó Randy—. ¿Dónde está su maletín? Todo estaba dentro.
—Se lo llevaron… con el coche.
—¿Quién se lo llevó?
—Los salteadores.
Debía imaginarme que no había sido un accidente. Dan era un conductor

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cuidadoso y raramente se veían dos coches en la misma carretera. El tráfico ya no
constituía problema. En su interés por Dan, no pensó inmediatamente eh lo que
significaba esto para todos ellos.
Helen encontró peróxido y vendas. Esto, con aspirinas, era casi lo que quedaba de
su reserva de medicinas. Ella trabajó en el rostro de Dan rápida y eficientemente,
como una enfermera profesional.
Randy sintió náuseas, no al ver las heridas de Dan, las había visto peores, sino por
el disgusto ante bestias que en un arranque de perversa crueldad habían golpeado y
destruido la dignidad humana en aquel hombre tan desinteresado. Sin embargo, no
resultaba nada nuevo. Así fue en el mismo punto en cada civilización y en cada
continente. Habían chacales humanos para cada desastre humano. Flexionó los dedos
deseando tener entre ellos una garganta. Entró en otra sala.
Lib tenía la cabeza apoyada en los brazos y sobre el mostrador del bar. Estaba
llorando. Cuando alzó la cara estaba extrañamente desencajada, como cuando la cara
de una niña pierde su forma por el pánico o por un dolor inesperado. Dijo:
—¿Qué vas a hacer con respecto a eso, Randy?
La rabia de él era como una pelota dura y fría en su estómago, ahora. Cuando
habló lo hizo con voz monótona, la voz de otra persona.
—Voy a ejecutarlos.
—Sigue adelante, hazlo.
—Sí. En cuanto descubra quién fue.

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IX

A las once Dan Gunn salió del «shock», se relajó y durmió durante unos cuantos
minutos. Despertó diciendo que tenía hambre. No parecía mejor, estaba dolorido,
aunque evidentemente se hallaba fuera de peligro.
Randy se sintió desalentado al pensar en Dan, y su condición, teniendo que cargar
su estómago con caldo frío y pescado, jugo de naranja y los restos de la ensalada. Lo
que necesitaba para salir del «shock» era el caldo caliente, nutritivo, de cebolla o de
gallina. En ocasiones, cuando Malachai o Caleb descubrían el agujero de un topo y
Hannah Henri convertía a su habitante en sopa, o cuando Ben Franklin con éxito
mataba a una ardilla o conejo, se tenía asequible tal carne, pero esta noche no.
El pensamiento de un caldo sustancioso disparó su recuerdo.
—¡Las raciones de hierro! —gritó y corrió a su despacho. Abrió el cajón del cofre
marino de teka y empezó a rebuscar.
Lib y Helen se plantaron tras él y lo miraron, perplejas.
—¿Qué te ocurre ahora, Randy? —preguntó Helen.
—¡No le deis nada de comer hasta que veáis lo que tengo! —estaba seguro de que
había guardado el cartón envuelto en papel de estaño en el rincón más cercano del
escritorio. No estaba allí. Se preguntó si es que lo había soñado, pero al concentrarse
le pareció el hecho muy real. Había sido antes de El Día, después de su conversación
con Malachai. En la cocina recogió unas cuantas cosas nutritivas, enlatado o cerrado
herméticamente, las catalogó, raciones de hierro y las guardó para un tiempo
desesperado. Ahora el momento era desesperado y no podía encontrarlas.
Halló el cartón en el cuarto rincón por el que buscó. Lo sacó, arrancó el papel de
estaño y descubrió su contenido para que ellas lo vieran.
—Lo guardé para una emergencia. Se me había olvidado.
—Es precioso —susurró Lib. Examinó y casi acarició las latas y los tarros.
—Hay concentrado de buey aquí dentro… y otras cosas —les entregó el cartón—.
Dadle lo que necesite.
Dan sorbió el caldo y masticó los caramelos. Randy quería interrogarle, pero
Helen se lo impidió.
—Mañana —dijo ella—, cuando esté más fuerte.
Helen y Lib estaban todavía en el dormitorio cuando Randy se tumbó en el diván
de la sala de estar. Graff subió de un salto y se preparó una cama bajo el brazo de
Randy, y hombre y animal se durmieron.

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X

Randy despertó con un eco de disparos en los oídos, y Graff, rechinando,


forcejeando por libertarse de su brazo. Oyó un segundo disparo. Era de la escopeta
del 20, estaba seguro, y venía de la dirección de la casa de los Henri. Se puso los
zapatos y corrió escaleras abajo, Graff siguiéndole. Cogió el 45 de la mesa del
recibidor y cruzó la puerta delantera. Ahora era el momento, deseó tener todavía pilas
para las linternas.
La luna había subido, así que no resultó demasiado difícil el camino, corriendo
por él. Por la altura del satélite dedujo que debían ser las cuatro o las tres de la
madrugada. Entre los árboles vio el centelleo de una lámpara. Esperó a que Ben
Franklin no hubiese disparado a las sombras.
Sin embargo, no estaba preparado para lo que vio en el establo de los Henri.
Les vio de pie allí, en círculo: Malachai con la lámpara en una mano y con la otra
la antigua escopeta de un solo cañón que algunas veces disparaba; Ben con la
escopeta abierta, extrayendo los cartuchos vacíos; el almirante en pijama; el
predicador en camisón; Caleb, con los ojos desorbitados mostrando su zona blanca,
hurgando tentativo con su lanza a una forma oscura en el suelo.
Randy se unió al círculo y colocó la mano en el hombro de Ben Franklin. Al
principio pensó que era un lobo. Luego se dio cuenta de que era el perro pastor
alemán más grande que había visto jamás, sus fauces tremendas abiertas en un blanco
gesto de desdén mortal. Llevaba collar. Graff, agitando la cola, olisqueó al perro
muerto, gruñó y se retiró.
Randy se inclinó y examinó la plaquita de latón del collar. Malachai acercó la
linterna.
—Lindy —leyó en alta voz Randy—. Señora de H. G. Cogswell, Rochester,
Nueva York. Hillside cinco tres siete nueve.
—Ese perro ha recorrido mucho trecho desde su casa aquí —dijo el predicador.
—Probablemente sus propietarios estaban de visita por nuestra comarca, de
vacaciones —dedujo Randy.
—Bueno —afirmó Malachai—, comprendo por qué he estado perdiendo gallinas
y ese cerdo. Era un perro grande y poderoso, muy poderoso. Cuando sea de día me
desembarazaré de él, señor Randy.
Caminando para casa Ben Franklin no dijo nada. De pronto se detuvo, entregó a
Randy la escopeta, se tapó la cara con las manos y sollozó. Randy le apretó
cariñosamente el hombro.
—Cálmate, Ben —Randy pensó que era la reacción después de los momentos
tensos, de excitación y quizás de terror.
—Hice exactamente lo que me dijiste —murmuró el muchacho—. Le oí venir. No
me atrevía a respirar. No disparé hasta no darme cuenta de que era imposible fallar.
Cuando cayó patas para arriba y pensé que iba a levantarse, le hice fuego a bocajarro.

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No lo hubiera hecho si hubiese sabido que se trataba de un perro. Randy, creí que era
un lobo.
Randy se colocó delante y le dijo:
—Mírame, Ben.
Ben obedeció, las lágrimas brillando a la luz de la luna.
—Era un lobo —dijo Randy—. Había dejado de ser un perro. En tiempos como
éste los perros se convierten en lobos. Hiciste muy bien, Ben. Toma, te devuelvo tu
escopeta.
El muchacho tomó el arma, se la colocó debajo del brazo y siguieron caminando.

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PARTE 10

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I

Randy estaba teniendo un insistente y agradable sueño de antes de El Día. Se


despertaba en un hotel de Miami Beach y una camarera con cofia blanca le traía el
café del desayuno en una mesita con ruedas. A veces la camarera se parecía a Lib
McGovern y otras veces a una chica, de nombre olvidado, que conoció en Miami. Era
camarera por la mañana, pero por la noche se convertía en una azafata de aviación y
cenaban juntos en un pequeño restaurante francés en donde él la dejaba perpleja
comiéndose seis tazones de chocolate con croissants. Ella decía, como siempre:
—Tu café, Randy querido. —El podía oírselo decir e incluso oler el café. Alzaba
las rodillas y descolgaba los hombros y hundía más profundamente la cabeza en la
almohada para no estropear el sueño.
Ella le sacudía por el hombro y Randy abría los ojos, oliendo café, para volverlos
a cerrar en seguida.
La oyó decir:
—Maldita sea, Randy; si no despiertas y te tomas el café, me lo beberé yo.
Abrió los ojos del todo. Era Lib, sin cofia. Increíblemente, le estaba presentando
una taza de café. El extendió la cara y lo probó. Le quemaba deliciosamente la
lengua. No era sueño. Puso los pies en el suelo y tomó taza y plato.
—¿Cómo? —preguntó.
—¿Cómo? Tú mismo lo hiciste, monstruo distraído. ¿No te acuerdas que
guardaste un tarro de café en lo que llamabas tus raciones de hierro?
—No.
—Bien, lo hiciste. Un tarro de café instantáneo de media libra. Leche en polvo. Y,
créelo o no, una libra de terrón de azúcar. Verdadero azúcar, en cuadritos: Te puse
dos. Todo el mundo te bendice.
Randy alzó la taza, la niebla del sueño desaparecida por completo.
—¿Cómo está Dan?
—Muy dolorido y rígido, pero más fuerte. Se ha tomado dos tazas de café y un
par de huevos y, claro, jugo de naranja.
—¿Ha tomado todo el mundo café?
—Sí. Florence y Alice vinieron para desayunar… son las diez, has de saber… y
llené otra jarra y se la llevé a los Henri. El almirante había salido a pescar. Le
daremos su parte más tarde. Helen preparará el caldo y los hervidos para Dan hasta
que mejore; y los caramelos serán para los niños.
—No os olvidéis de Caleb.
—No lo olvidamos.
De nuevo había dormido vestido y se sintió un poco molesto.
—Voy a ducharme —dijo, y entró en el cuarto de baño.
Al poco salió, una toalla en torno a su cintura, y empezó el desesperanzador
proceso de suavizar el cuchillo de caza.

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—¿No sabes? —dijo—. Sam Hazzard tiene una navaja de afeitar. Siempre la
utiliza. Por eso su cara es tan rosada, limpia y sin cortes. Después de hablar con Dan
iré a ver a Sam.
—¿Por qué?
—Es un militar y necesito ayuda para una operación militar.
—¿Puedo acompañarte?
—Cariño, eres mi brazo derecho. Donde yo voy, puedes venir tú… hasta cierto
punto.
Ella le contempló mientras se afeitaba. Todas las mujeres, pensó, desde las más
niñas hacia arriba, parecían fascinadas por sus penas y agonías.
Dan estaba sentado en la cama, la espalda apoyada en almohadas, su ojo derecho
y el lado correspondiente a la cara ocultos por vendajes. Su ojo izquierdo enrojecido,
pero no tan hinchado como antes. Helen se sentaba en una silla de respaldo alto cerca
de las almohadas. Había estado leyéndole. De entre todas las cosas, ella leyó el diario
del teniente Randolph Rowzee Peyton, que sacaron del cajón del arcón de teka
durante la búsqueda de la noche anterior de las raciones de hierro.
—Bueno, estás vivo —dijo Randy—. Cuéntamelo todo. Empieza por el principio.
No, empieza antes del principio. ¿Dónde has estado y dónde ibas?
—Si la enfermera me permite una taza más de café… sólo una… hablaré —dijo
Dan. Habló con claridad y sin dudas. No había rastro cerebral nervioso de la grave
prueba sufrida.

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II

Cada día, cuando terminaba sus visitas, era costumbre de Dan Gunn detenerse en
el kiosco de la orquesta de Marines Park. Una de sus columnas se había convertido en
boletín especial, tablero de anuncios, en el que los habitantes de Fort Repose
clavaban avisos, llamando al médico cuando había una emergencia. Ayer leyó una de
tales noticias. Decía:

«Dr. Gunn:
»Esta mañana (viernes) dos de mis niños se han puesto muy enfermos.
Kathy tiene una temperatura de 41 grados y desvaría. Por favor, venga. Envío
esta nota mediante Joe Sánchez, que tiene un caballo.
»Herbert Sunbury».

Sunbury, como Dan, era nativo de Nueva Inglaterra. Había vendido una
floristería, en Boston, seis años antes, para emigrar a Florida y abrir una pequeña
clínica. Adquirió tierras, construyó una casa y plantó diversas especies vegetales en el
Timucuan, a casi diez kilómetros corriente arriba de casa de los Bragg.
Dan llevó el modelo A hasta River Road. Más allá del edificio Bragg la carretera
se convertía en una serie de curvas, siguiendo el aserpentinado curso del río. Dan
había ayudado a nacer a los últimos dos niños de los cuatro hijos de los Sunbury. Le
gustaban los Sunbury. Eran animosos, trabajadores y atentos. Sabía que a menos que
la emergencia fuese real y acuciante, Herb no hubiese puesto la nota.
Era verdadera. Tifus. Era el tifus que Dan se estaba esperando y temiendo por
completo durante semanas, meses. El tifus era el más desagradable y diabólico
desastre de todas las calamidades en las que el suministro de agua quedaba destruido
o envenenado y atender a las necesidades normales de los hombres resultaba difícil o
imposible…
Betty Sunbury dijo que los dos niños mayores habían estado con dolor de cabeza
y fiebre durante varios días, pero hasta el viernes por la mañana, a primeras horas, no
se pusieron violentamente enfermos, un tinte rosado como deducción desarrollándose
en sus torsos. Por fortuna, Dan pudo hacer algo. Aspirina y compresas frías para
reducir la fiebre, terramicina, que estaba muy cerca de ser un específico para la
tifoidea, hasta vencer la enfermedad; y aún poseía terramicina.
Buscó en su maletín y sacó la botella, guardada para este momento. Pudo haber
utilizado centenares de veces el antibiótico para curar a pacientes y otras
enfermedades, pero siempre se las arregló con otra cosa, guardando esta simple
botellita como un conjuro contra el mal diabólico. Ahora probablemente salvaría a los
niños de Sunbury. Además, tenía bastantes vacunas para inocular a los mayores
Sunbury, el niño de cuatro años y los pequeñitos, y aún le quedaría para Peyton y Ben
Franklin, cuando regresase a casa. El proceder correcto sería vacunar a toda la

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ciudad.
Dan interrogó estrechamente a los Sunbury. Habían tenido mucho cuidado. El
agua que bebían venía de un manantial claro y limpio que burbujeaba entre las
piedras de un terreno alto a la otra parte del camino. Aún así, la hervían. Toda su
comida, excepto los cítricos, la cocinaban.
Dan miró al río que se deslizaba lentamente cerca. Estaba seguro de que allí
estaba la causa.
—¿No habéis comido pescado crudo, o crustáceos?
—Oh, no —contestó Herb—. Claro que no.
—¿Y qué hay de bañaros? ¿Nadáis en el río?
Herb miró a Betty.
—No —dijo Betty—. Pero Kathy y Herbert hijo han estado nadando en el río
desde marzo.
—Me imagino que eso es —dijo Dan—. Si los gérmenes están en el río, con un
solo sorbo de agua que se tome basta.
En algún lugar, cerca de las fuentes de Timucuan, o en los grandes y misteriosos
pantanos que cruzaban las esbeltas corrientes en dirección al St. Johns, un portador
del tifus había vivido, sin ser detectado. Quizás un eremita, o una respetable beata
viviendo en una comunidad pequeña. Cuando fallaron las facilidades sanitarias para
esta persona, las heces cargadas de gérmenes llegaron hasta los ríos. Así Dan
reconstruyó el hecho, mientras volvía hacia la ciudad por el serpenteado camino.
Dan estaba tan absorto en sus deducciones y presentimientos que dejó de ver a la
mujer sentada en el borde del camino hasta que casi estuvo a su altura.
Pisó los frenos con dureza y el coche se detuvo.
La mujer llevaba pantalones y camisa de hombre. Tenía la rodilla derecha
levantada casi hasta su barbilla y se sujetaba el tobillo con ambas manos, su cuerpo
estremeciéndose de dolor. Un mechón de rubio pelo metálico le tapaba el rostro. Dan
pensó al principio que la mujer se había torcido el tobillo; después, que podía ser el
señuelo para una emboscada. Sin embargo, los salteadores rara vez operaban en
carreteras poco frecuentadas y por tanto escasamente beneficiosas para su negocio, y
nunca supo que estuvieran tan cerca de Fort Repose. La mujer alzó la vista,
suplicante. Rápidamente y con facilidad Dan pudo haber cambiado la marcha y
alejarse, pero era médico, y se llamaba Dan Gunn. Apagó el motor y bajó del coche.
En cuanto sus pies tocaron el pavimento advirtió, por la expresión de ella, que se
había metido en una trampa. Lo que expresaba su rostro no era dolor. Cuando los ojos
de ella se desviaron y sonrió, Dan comprendió que su representación acababa de
terminar.
Tras él habló un hombre:
—Está bien, hermano, no avances más.
Dan giró en redondo. El hombre que había hablado era uno del grupo de tres,
todos raramente vestidos y armados. Habían salido de detrás de los palmerales a un

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lado de la carretera. El jefe era bajito y llevaba una gorra de golf a cuadros y
pantalones cortos tipo Bermuda. Tenía los brazos anormalmente largos, con manos
enormes. Llevaba una metralleta y la manejaba como si fuese un juguete. Su cuerpo
tenía una panza enorme por encima de la cintura. Debía comer bien.
—Mire, soy médico —dijo Dan—. Soy el médico de Fort Repose. No tengo nada
de lo que ustedes quieren.
El segundo hombre avanzó sobre Dan. Iba con la cabeza descubierta, con una
camisa deportiva listada, y empuñaba un bate de pelota base con ambas manos.
—¿Te das cuenta de eso, Mick? —dijo—. ¡No tiene nada de lo que queremos!
¿Verdad que tiene gracia?
El tercer hombre no era un hombre en absoluto, sino un niño con pelusa en la
barbilla. El muchacho llevaba pantalón vaquero, un sombrero de ala ancha, botas de
tacones altos y dos fundas pistoleras colgadas, bajas. Permanecía apartado de los
demás, las piernas extendidas, empuñando un revólver de largo cañón en cada mano.
Parecía como una imitación verde de un bandido del oeste asaltando la diligencia de
la Wells Fargo, pero parecía superexcitado y Dan dedujo que era el más voluble y
peligroso de los tres.
La mujer, sonriendo, entró en el coche, arrojó al suelo el asiento trasero y
encontró las dos botellas de bourbón que Dan guardaba escondidas allí.
—Lo que oíste, Buster —dijo—. Este médico tiene un bar ambulante.
—Es mi anestésico —dijo Dan.
Sin mirar a la mujer el jefe anunció:
—Deja el licor dentro del coche, Rundum. Nos lo llevaremos todo como está.
Empieza a caminar, doctor.
—Por lo menos denme mi maletín —dijo el doctor—. Todos mis instrumentales y
medicinas están ahí dentro.
El muchacho soltó una risita.
—¿Por qué no me dejas que le quite las penas, Mick? Es demasiado ignorante
para vivir.
El de la metralleta dio dos pasos a un lado. Dan supo el por qué. El tanque de
gasolina del coche estaba en su línea de fuego.
La metralleta se movió.
—En marcha, doctor.
Dan pensó en todo cuanto guardaba en su maletín, incluyendo las inyecciones
antitíficas para Peyton y Ben Franklin. Dio un paso hacia el coche. Vio cómo el mazo
de pelota base giraba y trató de acercarse al bandolero, dándose cuenta, sin embargo,
de que era una locura, sabiendo que él era un hombre torpe y lento. La maza le dio en
la cara y Dan se tambaleo y cayó. Al tratar de levantarse vio cómo la bota de altos
tacones del muchacho le venia hacia los ojos y el del bate bailando hasta a un lado,
preparado para volver a golpear. Le pareció que la cabeza le estallaba. En una
fracción de segundo, final de concierto, pensó, me muero.

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Se despertó mareado, casi ciego por entero, y fue incapaz de determinar si le
habían disparado, si le habían dado una paliza o qué otro daño le habían causado.
Esperaba morir y quería hacerlo. Cuando no murió, se sentó durante largo rato
tratando de decidir hacia qué dirección se encontraba su casa. Necesitó un gran
esfuerzo para concentrarse en cuestión tan sencilla. Hubiera preferido quedarse donde
estaba y dejarse morir. Pero la vista de hormigas girando excitadas en torno a la
sangre fresca en el camino le produjo asco. Si moría allí las hormigas se ocuparían
del cuerpo y acabarían con él antes de que lo encontraran. Sería mejor fallecer en
casa, con limpieza. El sol se ponía. La casa de los Sunbury estaba al Este de Fort
Repose. Por lo tanto, tenía que ir hacia el Oeste. Con eso anaranjado como guía,
empezó a arrastrarse. Cuando llegó la oscuridad descansó, se mojó la cara en una
charca de agua y bebió, también, y trató de caminar. Quizás pudo caminar un
centenar de metros antes de que el camino pareciese ir a su encuentro. Luego tuvo
que arrastrarse. Así, andando y arrastrándose, llegó finalmente a los escalones de la
casa de los Bragg.

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III

Cuando Dan terminó, Randy dijo:


—Tenía que venir, claro. Los salteadores han agotado los viajes en las carreteras
principales y ahora han empezado en las primeras ciudades y las carreteras
secundarias. Pero en este caso, Dan, parece que te estaban esperando personalmente.
Creo que sabían que eras médico y que ibas más allá de River Road hasta casa de los
Sunbury y, con toda seguridad, la mujer conocía que llevabas un par de botellas de
Bourbon en el coche.
—Todo lo que tuvieron que hacer —dijo Dan— fue estar por los alrededores de
Marines Park, mirar los avisos del kiosco y hacer preguntas. No conocía a ninguno de
ellos, pero me parece que al jovencito sí que lo tengo visto. Creo que vagaba en torno
a la droguería de Hockstatler antes de El Día.
—¿No llevaban coche?
—No.
—Me imagino que lo que más deseaban era un medio de transporte.
—No consiguieron mucho. Sólo quedaban ocho o diez litros en el depósito —
añadió, casi excusándose—. Lo siento, Randy. Fui un descuidado. No debí haberme
parado. Hemos perdido nuestro medio de transporte, nuestras medicinas y mi
instrumental.
Inclinado sobre la cama, los dedos de Randy se crisparon entrelazándose. Se
esforzó inconscientemente hasta que los tendones del antebrazo parecieron cables
tensos.
—No te preocupes —dijo.
—Lo peor de todo —continuó Dan— es que perdí mis gafas. Creo que se me
rompieron cuando aquel individuo me pegó con el bate. De nada serviré sin gafas.
Randy sabía que Dan veía muy mal. Se veía obligado a llevar siempre gafas. Era
muy miope.
—¿No tienes otro par? —preguntó.
—Sí… en el maletín. Siempre llevaba mis gafas de recambio en el maletín porque
tenía miedo de perder o romper el par que llevaba puestos durante alguna visita —se
sentó en la cama, el rostro desencajado—. Randy, jamás podré conseguir otro par de
gafas.
Randy se incorporó.
—He de trabajar en esto, Dan.
—¿Qué vas a hacer?
—Encontrarles y matarles —dijo con aire casual, como si anunciase que iba a
bajar a la ciudad para comprobar el hinchado de sus ruedas en la época anterior a El
Día.
—Me temo que te vas a equivocar, Randy —dijo Dan—. Matar a los salteadores
es cosa secundaria. Lo importante es el tifus del río. Si uno piensa que las cosas ahora

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van mal, que espere hasta que tengamos el tifus en Ford Repose. Y no es sólo Fort
Repose. Va del Timucuan hasta St. Johns y río abajo llegando a Sanford, Palatka y a
las demás ciudades. Si es que aún existen.
—Todo lo que puedo hacer con respecto al tifus es avisar a la gente, cosa que ya
has hecho tú y que yo repetiré. No puedo disparar contra los gérmenes. Ahora me
interesan los salteadores, en este instante. Después empezarán a atacar las casas. Es
tan inevitable como el hecho de que han abandonado las carreteras principales y
autopistas y te prepararon una emboscada en River Road. El tifus es malo. Pero igual
lo es el asesinato, el robo y las violaciones. Yo soy oficial de la reserva. Legalmente
estoy designado para mantener el orden cuando la autoridad normal se ha
derrumbado. Lo que es el caso de aquí. Y lo primero que tengo que hacer es ejecutar
a los salteadores para mantener el orden. Eso está perfectamente claro. Te veré más
tarde, Dan.
Randy se volvió a Helen.
—Cuídale. Dale de comer —dijo, en tono de orden.
Caminando a su lado hacia casa del almirante, Lib encontró difícil mantener el
paso. Jamás había visto a Randy con un aspecto y una forma de hablar y un modo de
comportarse como el de estos momentos. Ella se cogía a su brazo y sin embargo,
sentía como si Randy estuviese muy lejos de su persona. No parecía ansioso de
hablar, de confiarse a ella, de pedirla su opinión, como de ordinario. Se había
trasladado al mundo augusto del hombre de batallas y violencias, cuya entrada ella la
tenía prohibida. Se agarró con más fuerza al brazo varonil. Tenía miedo.
El almirante, recién afeitado y con el rostro lleno de color, estaba en su cubil,
dando aceite de ballena al mecanismo de una escopeta automática.
—Me preguntaba —dijo a Randy, si ibas a venir tú o tendría que venir a verte.
¿Cómo está Dan?
—Se pondrá bien. Hemos perdido el coche y las medicinas y lo último de
bourbon que teníamos, pero conservamos nuestro doctor. Lo más importante es que
hemos perdido sus gafas. Es muy miope.
—Te olvidas algo —dijo el almirante, sin apenas levantar la vista de su trabajo—.
No sólo hemos perdido el transporte sino también las comunicaciones. Ya no tenemos
medio de recargar las baterías. Esta que tengo ahora… —señaló con la cabeza la
radio—, quizás durará otras ocho o diez horas. Después… —alzó la vista—, nada.
Silencio. ¿Qué piensas hacer?
—Tengo intención de matarles. Pero no sé cómo hallarles. Vine a hablar con
usted sobre ello.
Lib dijo:
—¿Me permiten interrumpir? No me mires así, Randy. No trato de meterme en
tus asuntos. Yo sólo quería decir que traje el café al almirante. Mientras habláis, me
pondré a hervir agua y le prepararé una taza.
—La cafetera está en la chimenea —dijo el almirante, distraído.

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La joven entró en la sala de estar. Era una tontería. Pero en ocasiones el almirante
le irritaba. El almirante la hacía sentirse como un ordenanza.
Sam Hazzard dejó la escopeta automática del 16, gentilmente sobre el escritorio.
—Desde que me he enterado, estuve pensando —dijo—. Es preciso que los
captures. Ellos no vendrán a ti. No sólo eso, quizá estén a doscientos kilómetros de
aquí por ahora.
—Pienso que siguen en los alrededores —dijo Randy—. Uno de los de la pandilla
era uno de esos vaqueros que se dejaban caer por la farmacia local, pero ahora lleva
dos verdaderas pistolas. Y no tienen gasolina suficiente para ir muy lejos. Creo que
tratarán de dar unos cuantos golpes más antes de trasladarse. Aun cuando se hayan
ido, vendrán otros. Tendremos el problema, bien sea con esta banda, en particular, o
con cualquier otra. Voy a formar una compañía provisional.
—¿Vigilantes?
—No. Una compañía bajo la ley marcial. Por lo que sé soy el único oficial activo
de la Reserva del Ejército de la ciudad, así que creo que me toca a mí organizarlo.
—¿Entonces qué vas a hacer?
Lib regresó y colocó una taza junto a cada uno de ellos. Encontró un espacio libre
en el extremo lejano del escritorio, se sentó e intentó aparecer insconpicua.
—¿Y si organizo una patrulla a pie? ¿Instalo barreras en las carreteras? —sugirió
Randy.
—Los salteadores están movilizados, tienen vehículo, tú no —contestó el
almirante—. Si ven una patrulla armada, o una barrera en el camino, se marcharán
por otra parte.
—Bueno, no podemos quedarnos sentados y esperarles —dijo Randy.
—Todo eso lo pensé —reconoció el almirante—. También pensé en los barcos
que empleamos en la Gran Guerra.
Lib empezó a hablar pero decidió que sería poco prudente. Fue Randy quien dijo:
—Recuerdo, vagamente, haber leído sobre los barcos Q, pero mi memoria no me
da bastantes datos. Acláramelo, Sam.
—Los barcos Q eran fragatas auxiliares o trampas gastadas, blancos para los que
un capitán de submarinos alemán no quería desperdiciar un torpedo sino que
preferiría hundir a cañonazos. Oculta bajo una falsa toldilla había una batería detrás
de pantallas que aparecían cajones de mercancía. El objeto era vigilar las idas y
venidas de los submarinos, sin escolta y con apariencia indefensa. El submarino veía
ese barco tan poco peligroso y salía a la superficie. En ocasiones la nave Q tenía una
patrulla llamada «Del pánico» que se lanzaba a las lanchas. Era lo mejor de la
comedia. En cuanto el submarino abría fuego con el cañón de superficie, el navío
alzaba la bandera y desenmascaraba la batería. ¡Hum! Era muy efectivo.
—Muy ingenioso. ¿Pero qué tiene que ver con los salteadores?
—Nada en absoluto, a menos que puedas colocar un navío Q de cuatro ruedas por
las caminos en torno a Fort Repose.

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Randy se encogió de hombros.
—No estamos movilizados. Hay muchos coches que podríamos utilizar… por
ejemplo, el suyo, Sam… pero la gasolina prácticamente no existe. Podríamos tener
que estar marchando días y días antes de que nos localizasen. Quizá me fuera posible
requisar cuatro o cinco litros de gasolina en un sitio u otro, pero entonces correría la
voz y estarían vigilándonos.
Lib tenía que hablar.
—¿Me permitís una sugerencia? Me parece que Rita Hernández y su hermano
deben tener gasolina. Son los mayores comerciantes de la ciudad, ¿no es cierto?
Randy había tratado de borrar a Rita de su cabeza. Estaban en paz, nada se debían
uno a otro. No quería absolutamente nada de Rita nunca jamás.
—Es verdad que si alguien tiene gasolina, ésa es Rita —dijo.
—No sólo eso —añadió Lib—, sino que tienen el camión de las verduras. ¿Se
imaginan algo más inofensivo y tentador para un salteador que un camión de reparto?
Se imaginarán que está lleno de comestibles, claro, aunque comprendan que no del
todo; de todas maneras sicológicamente sería irresistible.
Sam Hazzard sonrió con sus ojos, como si la luz interior traspasase el gris opaco.
—¡Ahí lo tienes, Randy! ¡Muy bien pensado, hija!
—También —dijo ella—, creo que sería una buena idea si yo condujera. Se
imaginarían que es muy fácil meterse con una mujer indefensa.
—¡Tú conducirás, y un cuerno! —exclamó Randy—. Te quedarás en casa y
guardarás la familia, tú y Ben Franklin.
Los dos hombres siguieron hablando y planeando, como si ya poseyeran el
camión con el depósito lleno y a ella la dejaron fuera de la conversación de nuevo.
Por lo menos, pensó Lib, si daba resultado, habría contribuido en algo.
El almirante destacó que lo que tuviera que hacerse debía ser hecho con rapidez y
silencio. Randy decidió que no podía ir a casa de los Hernández hasta después de
oscurecer. No era imposible que los salteadores estuviesen escondidos en Pistolville,
o tuvieran contactos allí. Si Pistolville le veían marcharse en el camión de Rita, la
noticia recorrería la ciudad al cabo de unas pocas horas. Por último, el almirante hizo
la pregunta crucial…
—¿Cooperaría Rita? ¿Era discreta?
—Rita quiere conservar lo que tiene —dijo Randy—. Rita quiere vivir. Es
realista.
Había algo más que tenía que hacer antes de marcharse de casa del almirante. Se
sentó ante la máquina de escribir y redactó las órdenes.

ORDEN NUM. 1 —CUIDAD DE FORT REPOSE

1. —De acuerdo con la proclamación de la señora Josephine Van


Bruuker-Brown, Presidente Actuante de los Estados Unidos, y la declaración

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de Ley Marcial, asumo el mando de la ciudad de Fort Repose y sus
alrededores.
2. —Todos los reservistas del Ejército, la Marina y la Aviación, y todos los
miembros de la Guardia Nacional, junto con cuantos tengan experiencia
militar, se concentrarán en el kiosco de la orquesta a las doce del miércoles,
20 de abril. Me propongo formar una compañía mixta para proteger esta
ciudad.

ORDEN NUM. 2

1. —Dos casos de tifus han sido diagnosticados en la familia Sunbury, en


la parte superior de River Road. Deberá presumirse que tanto el Timucuan
como el St. Johns están infectados.
2. —Toda agua será hervida antes de beberla. No se coma ni frutas ni
verduras que hayan sido lavadas en agua sin hervir.

ORDEN NUM. 3

1. —El doctor Daniel Gunn, nuestro único médico ha sido golpeado y


robado por los salteadores.
2. —La pena para el robo o pillaje, o por esconder a los salteadores, o
por no proporcionar información concerniente a sus movimientos o situación,
está penada con la horca.
Firmo todas estas órdenes: «Teniente primero Randolph Rowzee Bragg,
ejército de los E.U.A. (Reserva)».

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IV

Había cierto número de medios por los que Randy pudo haber viajado los cinco
kilómetros hasta Marines Park y luego los otros tres y pico hasta casa de los
Hernández en el extremo exterior de Pistolville. El almirante se había ofrecido a
llevarle hasta el muelle de la ciudad en su crucero fuera borda, ahora convertido en
embarcación de vela. Pero Sam Hazzard todavía no había añadido un timón adicional
al bote, así que la navegación hubiera sido irregular y lenta. Sam podía llevarle hasta
Marines Park, de acuerdo, pero en el viaje de regreso quizá no pudieran dirigirse
hacia delante hacia la corriente y el viento, y tendría que quedarse atascado. Randy
podía haber pedido prestada a Alice Cooksey la bicicleta pero decidió que eso le
señalaría demasiado en Pistolville. También pudo cabalgar en Balaam, la mula, pero
si conseguía convencer a Rita que le dejase el camión y la gasolina, ¿cómo volvería a
casa Balaam? Balaam no cabía dentro de la caja del camión. Además, él no estaba
seguro de que debiese arriesgarse Balaam a salir lejos de los campos y del establo de
los Henri. La única mula de Timucuan Country era inapreciable. Al fin, decidió
caminar.
Partió después de oscurecer. Lib le acompañó hasta la curva de la carretera. Ella
había pegado firmemente los avisos a un trozo de madera cuadrado que él clavaría en
la columna del quiosco. Así, explicó le chica, no se perderían o desaparecerían entre
las ofertas de cambio de anzuelos o de piedras de encendedor y las súplicas por
gasolina, petróleo o cafeteras. En lo alto del tablero ella escribió: «BOLETINES
OFICIALES».
Randy llevaba pantalones de faena manchados, viejas zapatillas de pesca y un
sombrero desmadejado que le prestó. Encajó la pistola oculta en un bolsillo interior.
Cuando se encaminaba por Pistolville de noche él quería parecer como si fuese uno
de los de allí.
Cuando le dijo a Lib que era la hora de volverse, ella le besó.
—¿Cuánto tardarás, cariño? —preguntó la joven.
—Depende de si consigo el camión. Contando con la parada en el parque para
poner las órdenes, debería llegar en menos de dos horas. Después, no sé. Depende de
Rita.
—Si no has vuelto a medianoche —dijo ella—, iré a buscarte. Con una escopeta
—le decía medio en serio. En las últimas pasadas semanas se había mostrado con él
más tierna, con embarazadoras solicitudes y cuidados por su seguridad, más celosa
del tiempo que empleaba en sus cosas. Era posesiva, cosa natural. Eran enamorados,
cuando había tiempo y lugar e intimidad, y a pesar de la fatiga y el hambre y de los
peligros y de las responsabilidades del día.
Caminó solo bajo el arco de robles ocultándose de la luz de las estrellas, seguro
en el manto aterciopelado de la noche y sin embargo, caminando en silencio, ojos,
oídos incluso la nariz, alerta. Así había aprendido, en las paranzas de la oscuridad de

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cuando de niño iba de caza, y las negras montañas cuando el hombre caza al hombre.
Antes de El Día, excepto en la caza o en la guerra, un paseo de ocho o diez
kilómetros hubiera sido algo inaudito. Ahora era rutina para todos excepto para Dan y
cuando se levantase de la cama también tendría que acostumbrarse. Pero todos los
zapatos estaban gastándose. Dentro de un mes o dos Ben Franklin y Peyton tendrían
que ir descalzos por completo. No sólo era que los chiquillos caminaban o corrían por
todas partes, sino que sus pies inconsiderablemente continuaban creciendo, tirando de
la lona y del cuero. Randy se dijo que debía descubrir si Blaustein seguía guardando
zapatos. Se daba cuenta de lo que Blaustein quería… comida.
Marines Park estaba vacío. Cuando clavó el tablero con sus órdenes un animalejo
se escurrió de debajo del quiosco. Al principio creyó que era un conejo pero al verle
silueteado contra la luz de las estrellas en el río advirtió que se trataba de un
armadillo.
Caminando por el barrio comercial, se preguntó si los armadillos eran buenos de
comer. Antes de El Día oyó decir que habían unos setecientos mil armadillos en
Florida. Esto era raro, porque antes del florecimiento turístico no se veían armadillos
en absoluto. El padre de Randy le relató la historia. Algún promotor de ventas de
terrenos en la Costa Este importó dos de Tejas para un zoo que se instalaba junto a la
carretera. No conociendo nada de las costumbres de los armadillos, aquel individuo
los encerró detrás de la tela metálica de una especie de gallinero. Al hacerse de
noche, los armadillos, al instante, se escaparon y al cabo de pocos años sus
descendientes estaban minando los campos de golf y desgajando naranjos desde
Santa Agustine a Palm Beach. Se habían extendido por todas partes, al no tener
enemigos naturales en el estado excepto los automóviles. Puesto que los coches
habían sido casi exterminados por la bomba de hidrógeno, la población de armadillos
ciertamente se multiplicaba. Pronto habrían más armadillos que habitantes humanos
en Florida.
Era sábado por la noche, pero las manzanas comerciales de Yulee y St. Johns no
mostraban luz ni se veía tampoco ningún ser humano. En la zona residencial quizás
media docena de casas mostraban débiles retazos luminosos, pero raramente más de
un cuarto. No había visto ni un vehículo moviéndose desde que salió de casa y hasta
que llegó a las pinadas y a los chalecitos de Pistolville tampoco vio a persona alguna.
Esas gentes eran sombras, desaparecían rápidamente detrás de alguna puerta
entreabierta o asomándose a una ventana oyendo sigilosa de casa a casa. Era de noche
y Fort Repose tenía miedo.
Se sintió aliviado cuando vio las luces de casa de los Hernández. Cualquier cosa
pudo haber sucedido desde que él y Dan hicieron su parada allí. Pete podía haber
muerto y Rita marchado; o que la hubiesen matado, la casa saqueada y todo lo que
poseía, incluso el camión y la gasolina, robados.
Llamó a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó la voz de Rita. Randy se dio cuenta de que la muchacha

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tendría preparada la escopeta.
—Randy.
Ella abrió. Llevaba una escopeta, como se imaginó. Le miró su traje.
—Entra. ¿Buscas refugio?
—En cierto sentido, sí.
—¿Qué pasó? ¿Tus dos mujeres huyeron?
Mientras ella dejaba la escopeta, la quemadura de su anillo se hizo todavía
notable.
—¿Cómo está Pete? —preguntó él.
—Más débil. ¿Y el doctor Gunn?
—¿Entonces te has enterado?
—Claro. Me entero de todas las malas noticias inmediatamente, hoy por hoy.
Solemos llamarle la radio bucal.
La noticia llegó a la ciudad, dedujo Randy, vía Alice Cooksey, a primeras horas
del día. Precisamente como Alice traía a River Road las noticias de la ciudad, del
mismo modo ella llevaba al pueblo noticias de River Road. Una vez dichas en la
biblioteca, las noticias se extendían por Fort Repose, calle a calle y casa a casa.
—Ya sabes que el doctor Gunn perdió su maletín con todos sus instrumentos y las
medicinas que le quedaban y sus gafas —dijo él—. Así que, si podemos, hemos de
capturar a esos salteadores y por eso vine a ti, Rita.
—No son de Pistolville —dijo ella—. Estos granujas de Pistolville apenas tienen
sesos bastantes para robarse uno a otro. Ahora que sí que les hice escribir el nombre
de uno de los bandidos… el joven de las dos pistolas… era probablemente Leroy
Seatle, un tipo que vivía al otro lado de la ciudad. Su madre sigue viviendo allí, creo.
Quizás si acechas su casa podrás dispararle.
—No le quiero a él en particular —dijo Randy—. Los quiero a todos. Los
necesito y a todos los que son como ellos.
Y contó sus planes con exactitud y por qué necesitaba la gasolina y el camión de
la verdulería, si es que ella aún tenía combustible. Sabía que tenía que confiar en la
chica por entero o no decirla nada en absoluto.
Ella le escuchó sin abrir boca.
—Si te quedas sola aquí, Rita —dijo—, con toda la comida en conserva y el otro
género que tienes, te vas a convertir en un blanco para los salteadores. Cuando hayan
limpiado lo que quede en los caminos, empezarán con las casas.
—Ya me adelanté a ti —los ojos de ella se clavaron en los suyos. Le estaba
evaluando todas las posibilidades, todas las probabilidades. Tomó su decisión—.
Creo que puedes salir adelante con ello, Randy.
—¿Entonces, tienes gasolina?
—Claro que tengo gasolina. Unos sesenta litros bajo los escalones posteriores.
Puedes llevártelos y el camión. Lo que no uses espero qué me lo devuelvas.
Randy se levantó.

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—¿Qué dirás a la gente cuando se den cuenta de que se te llevaron el camión?
—Les diré que me lo robaron. Les diré que estaba cargado de exquisitas
mercancías comerciales y que mientras estaba en el dormitorio, cuidando de Pete,
alguien hizo un puente en el encendido y lo robó. Y para que suene bien empezaré a
disparar con esta escopeta cuando te marches tú por la calle. La noticia circulará de
prisa, no te preocupes. Llegará hasta los salteadores y se pondrán a la búsqueda del
camión. Eso te servirá de ayuda, ¿verdad?
—Sería perfecto.
—Sal por detrás. Carga las latas en silencio en la parte trasera del camión. Hay
bastante gasolina en el depósito para llevarte a River Road. Dispararé las salvas
cuando llegues a la calle.
—Eres una chica lista, Rita —dijo Randy.
Ella repuso:
—¿Lo soy? —extendió la mano izquierda para mostrar el negro círculo dejado
por el anillo de diamantes radioactivo—. Tengo un anillo de boda. Me casé con una
bomba H. ¿Lograré libertarme, Randy?
—Seguro —contestó él, esperando que sí sucediera—. Dan te conseguirá el
divorcio cuando se encuentre mejor.
Cruzó el pasillo de la cocina y salió a la oscuridad. Encontró las tres latas debajo
de los escalones, abrió las puertas traseras del camión y silenciosamente cargó la
gasolina. Subió y dio al estarter. El motor giró, protestando. Rita había sido
descuidada, dedujo, y se olvidó cargar la batería con agua destilada, por lo que estaba
casi agotada. Probó de nuevo y el motor prendió. Empleó el estrangulador de aire
hasta que funcionó lisamente, salió del muelle de carrera de los Hernández y
bruscamente giró en el patio, cambió de marcha y salió a la calle. Vio la silueta de
Rita en el umbral, y llevándose la escopeta al hombro y por un terrible instante creyó
que le estaba apuntando. Una llamarada roja salió del cañón. En la primera esquina
cortó alejándose de Agustine Road y siguió polvorientas calles sin asfaltar llenas de
surcos hasta que se vio lejos de Pistolville. No advirtió ningún otro coche en
movimiento, de regreso a casa.
Eran las once tocadas cuando metió el camión en el garaje y cerró las puertas para
que ningún transeúnte casual o visitante lo viera. Las luces en casa de Florence
estaban apagadas y en su propia casa sólo se veía un pequeño punto luminoso, en la
ventana de su despacho. Sería Lib, esperándole levantada.
Había apremiado a las mujeres para que se acostasen a su hora ordinaria o antes,
porque planeaban ir todos al amanecer del día de Pascua a asistir al servicio religioso
en Marines Park.
Esto era bueno. Era bueno que fuesen todos allí, para que nadie se imaginase
actividad desusada fuera de River Road. Por lo menos era también un punto de
partida del que se sentía satisfecho. Era, en realidad, una sorpresa para su
anticipación y entusiasmo. Habían pasado muchas cosas en los últimos días y sin

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embargo, su conversación siempre volvió a los servicios religiosos de Pascua. La
gente no había sido así antes de El Día. No podía imaginarse a ninguno de ellos
levantarse voluntariamente antes del amanecer y luego caminar cinco kilómetros con
el estómago vacío para levantarse con el sol, cantar himnos y escuchar sermones
aunque fuesen cortos. Deseó acompañarles. No podía. Era preciso que se quedase allí
para completar sus planes con Sam Hazzard y también trabajar en el camión.
Caminando hacia la casa, se preguntó por este cambio en las personas y concluyó
pensando que el hombre era una criatura naturalmente gregaria y que todos estaban
muertos de hambre por compasión y por la vista de caras nuevas. Marines Park sería
su iglesia, su teatro, su salón de sesiones. El hombre tomaba fuerzas del contacto de
codos con su vecino. Esos eran los motivos, quizás, que explicaban el éxito de los
veteranos Chautauquas. Podía ser eso y algo más… el descubrimiento de que la zona
había muerto bajo las bombas y proyectiles dirigidos.
Ella no estaba arriba. Le esperaba en la oscuridad del porche. Dijo:
—Te vi entrar con el coche. Es hermoso. ¿Conseguiste también gasolina?
—Un total de sesenta y cinco litros incluyendo lo que hay en el depósito.
Podemos viajar un día o dos si tenemos cuidado. ¿Estás cansada, cariño?
—No demasiado.
—Si has de levantarte a las cinco con los demás, debieras estar acostada.
—Te esperaba, Randy. Estoy preocupada. En realidad no me siento muy cansada.
Caminaron por el huerto hasta el muelle.
El río murmuraba, la luna creciente mostraba su perfil, las estrellas se movían.
Ella so tumbó de espaldas, la cabeza descansando entre sus dedos entrelazados,
mirando hacia el firmamento.
Los ojos de Randy la midieron… larga, esbelta, curvada como para la pelea, la
piel cobriza, el pelo plateado por la noche.
—Eres una posesión hermosa —dijo—. Desearía que tuviésemos un hogar propio
para conservarte en él. Deseo que tengamos una habitación para nosotros mismos.
Tengo ganas de que nos casemos.
Al instante ella contestó:
—Acepto.
—No estoy segura de cómo lo haremos. Las últimas noticias que tuve fue que el
juzgado de San Marco no funcionaba. Durante un tiempo fue un cobijo de
emergencia como nuestra escuela. No sé para qué lo usarán, ahora, pero ciertamente
no será para expedir licencias de matrimonio. Y el empleado ha desaparecido. Me
enteré en el parque que cogió a su familia y se dirigió hacia una zona no contaminada
en Georgia donde solía vivir.
Sin mover la cabeza ella dijo:
—Randy, bajo la ley marcial, ¿no puedes tú promulgar tus propias leyes?
—No había pensado en eso. Supongo que sí.
—Bueno, promulga una.

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—No lo dirás en serio, ¿verdad?
—Pues claro que sí. Puede que sea anticuada, que parezca una actitud de antes de
El Día, pero si voy a tener niños, me gustaría casarme antes.
—¿Niños? ¿Vas a tener un niño? —al pensar en las dificultades, peligros y
complejidades de tener un hijo, bajo las presentes circunstancias, se sintió abrumado.
—No lo sé. No puedo decir que sí, pero tampoco puedo decir que no, ¿verdad?
Me gustaría casarme contigo mañana, antes de que partas en busca de los salteadores
—se volvió de lado, para mirarle—. No es ningún convenio, realmente. Sólo que te
amo muchísimo y que si algo te pasase… no es que tenga malos presentimientos,
querido, pero tú y yo ya sabemos que algo malo puede ocurrir… bueno, si algo
pasara, quisiera que mi hijo tuviese tu nombre. Tú también, ¿verdad?
—Sí —contestó Randy—. Lo querría muchísimo. No meter el camión en la
carretera hasta última hora de la tarde… que es cuando los salteadores atacaron a
Dan… así quedará tiempo.
—Estupendo —exclamó ella—. Será magnífico casarse el Domingo de Pascua.
La tomó de las manos, la levantó y la abrazó. Por encima de su hombro vio un par
de ojos verdes y una sombra oscura deslizándose corriente abajo más allá del borde
del muelle. Era primavera y los lagartos y caimanes salían de sus agujeros. Había
oído en alguna parte que los seminolas comían carne de caimán. Convertían sus colas
en filetes. Era una fuente de alimentos que debería investigar. Sabía que nadie debiera
pensar en comer en este momento, pero volvía a sentir hambre.

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PARTE 11

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I

Elizabeth McGovern y Randolph Bragg se casaron al mediodía del Domingo de


Pascua. La novia llevaba el mismo traje de seda blanco que empleó en el servicio
religioso de amanecer en Marines Park. Se mostraba insegura con tacones altos,
porque desde El Día no había llevado esa clase de calzado.
El novio vestía su uniforme Clase A con las insignias de la Primera División de
Caballería sobre el brazo y las cintas de la Guerra Coreana y la Estrella de Bronce en
el pecho, junto con la insignia azul de la infantería de combate. Llevó el uniforme no
por la boda, porque se requería en las órdenes radiadas que en los reservistas se
incorporaron al servicio activo, ocupándose en reprimir los asaltos y el bandidaje,
cosa que tenía intención de hacer al presente.
A la novia la entregó su padre, W. Foxworth McGovern, el retirado fabricante de
Cleveland. Bill McGovern, que había estado ayudando a Malachai a cortar aspilleras
en los delgados costados de plancha y puertas traseras del camión, vestía pantalón de
trabajo grasiento. El cincel se le escapó y una de sus manos sangraba.
El padrino fue el doctor Daniel Gunn. Vestía un batín a listas que parecía la carpa
de un circo. Sonriendo a través de su barba roja, la cabeza vendada, un parche
cuadrado cubriéndole el ojo derecho, tenía el aspecto de un pirata del Mediterráneo.
Entre los invitados estaba el contraalmirante Samuel P. Hazzard (retirado de la
Marina de los Estados Unidos) y llevaba pantalones cortos color caqui, cazadora del
mismo color y durante la ceremonia mantuvo la gorra de plato con adornos dorados a
la altura de su estómago.
La primera dama de honor fue la señora Helen Bragg, presunta viuda del coronel
Mark Bragg. Ella proporcionó el anillo de boda, quitándoselo de su propio dedo.
La ceremonia tuvo lugar en el alto salón de la casa de los Bragg. El matrimonio
fue celebrado por el Reverendo Clarence Henri, pastor egregio de la Iglesia Bautista
del Afro-Reposo.
Randy estaba seguro de que resultaba perfectamente legal. Se realizó bajo su
Orden Número 4, redactada aquella mañana en casa de Sam Hazzard.
Malachai y Bill McGovern habrían estado trabajando en el camión y Randy
desayunaba con Dan Gunn, cuando las mujeres y los niños regresaron de Marines
Park. La función religiosa había sido maravillosa, dijeron, pero traía noticias terribles.
Durante la noche los salteadores habían atacado la casa aislada de Jim Hickey, el
apicultor, en Pasco Creek Road. Habían matado a Jim y a su esposa. Los dos niños
caminaron hasta Fort Repose y encontraron la casa de su tía. Si era la misma banda
que golpeó a Dan Gunn era cosa que no se sabía. Los hijos de Hickey estaban
impresionados e histéricos de miedo.
Randy, rabioso de una venganza inmediata, corrió a casa del almirante con las
noticias. La experiencia del almirante en enfrentarse al impredecible y las hazañas
brutales de la guerra le evitaron una acción prematura o imprudente.

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—¿No era esto exactamente lo que esperábamos? —preguntó Sam Hazzard.
—Supongo que si, pero, maldición…
—No creo que debiéramos cambiar nuestros planes ni por un minuto. Si salimos
ahora con el camión, quemaremos combustible para nada. Esa gente opera como
bestias, Randy. Habiéndose atiborrado por la noche duermen durante el día, quizás
toda la jornada completa.
Randy reconoció el sentido de esto y se calmó. Hablaron de la boda y de los
problemas legales concernientes a la ley marcial y el almirante le ayudó a dar forma a
la Orden Núm. 4. Decía:

Hasta que las oficinas del condado reanuden las operaciones y se


restablezcan las comunicaciones normales entre esta ciudad y el condado de
Timucuan en la sede, las siguientes reglas regirán los matrimonios y
nacimientos en Fort Repose.

1. —Los matrimonios podrán realizarse por cualquier ministro ordenado.


La licencia de matrimonio y certificados de sanidad quedan
suspendidos.
2. —Los certificados de matrimonio serán emitidos por el ministro
celebrante, y serán válidos cuando sean firmados por las partes
contratantes, el ministro y dos testigos.
3. —Para que pueda conservarse un registro permanente, una copia del
certificado quedará en la biblioteca de Fort Repose. Designo a la
bibliotecaria Alice Cooksey como custodio de estos registros. Designo a
la señorita Florence Wechek, como subcomisario.
4. —Los registros de nacimiento, firmados por el médico o la comadrona
asistentes al parto, o por la madre y cualquier testigo de atención
médica asequible, serán depositados de la misma manera.

Una copia de esta orden se guardará con los registros en la biblioteca.


Esta orden es retroactiva hasta El Día, así que cualquier nacimiento o
matrimonio ocurrido desde El Día serán adecuadamente registrados.

Randy signó la Orden Núm. 4 y dijo:


—Bueno, cuando las leyes están suspendidas hay que hacer las propias.
—Esta es buena —dijo Sam Hazzard—. ¿Cómo se las arreglarán en otras partes?
—¿Otras partes?
—Deben de haber centenares de ciudades en el mismo caso que nosotros… la
autoridad local colapsada o inoperante, las comunicaciones suspendidas. Me imagino
que en otras partes no lo hacen tan bien.
—¿Y cómo podría hacerlo peor? —Randy pensaba en lo que pasó a Dan Gunn y

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a los Hickey.
—Es posible —dijo el almirante positivamente.
Randy fue después a ver al Predicador.
—Predicador —dijo—, usted es un ministro ordenado, ¿verdad?
—Seguro que sí —dijo el predicador—. No estoy sólo ordenado, sino que en mi
iglesia puedo ordenar a otras personas.
—¿Le importaría casarnos a la señorita McGovern y a mí? No tenemos las
normales licencias judiciales de matrimonio, naturalmente, pero ya lo he solucionado
para hacer la ceremonia legal bajo la ley marcial.
—La señorita McGovern me dijo que iban casarse, señor Randy. Seré muy feliz
efectuando la ceremonia. No necesita papeles. He casado a miles de parejas durante
mi vida. Algunos tenían documentos, otros no. Algunos aguantaron, otros no. Los
papeles no importan. Es la gente, no los documentos.
Así se casaron, en una habitación llena de flores de la temporada y muebles de
siglos menos amargos y gente de todas las edades.
Randy extendió el certificado y cuando el predicador lo firmó lo hizo:
«Reverendo Clarence Henri», y Randy se dio cuenta por primera vez que acababa de
enterarse del nombre completo del predicador, a pesar de que siempre estuvo allí,
como vecino suyo.

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II

Randy había encontrado en su escritorio un mapa del condado a gran escala y


planearon sus movimientos con tanto cuidado como el capitán de un barco Q trazaría
el rumbo de su navío a través de un paraje transitado por los submarinos. Habían
cuatro carreteras que partían de Fort Repose. River Road se extendía hacia el este al
lado del Timucuan hasta que giraba hasta entrar en autopista hacia las playas. Pasco
Creek Road marchaba hacia el norte. San Marco Road hacia el este, desde el puente a
través del St. Johns. Un camino estrecho y auxiliar seguía el curso del St. Johns hacia
sus fuentes.
El mapa, con dos cruces para marcar donde los salteadores detuvieron a Dan
Gunn y mataron a los Hickey, estaba en el suelo del garaje. Se inclinaban sobre él,
Randy trazando la ruta que tomarían. Los salteadores podían estar en cualquier parte.
Podían ser una banda, o dos, o más. Hasta podían haberse marchado por entero. Todo
eran deducciones y, sin embargo resultaba necesario planear la ruta tanto como para
cubrir la mayor parte del territorio utilizando la mínima porción de gasolina como
para preveer dónde se quedaría el camión sin gasolina, que sería el final de la
algarada. Allí no había reserva, ni en ninguna parte. Tomarían River Road primero
porque era la carretera más próxima. Después de hacer millas un camino vecinal poco
usado les conduciría a Pasco Creek y recorrerían el trecho hasta Pasco Creek v luego
cortarían por un atajo a Fort Repose. Así, utilizando los senderos de arcilla laterales y
las torrenteras podrían evitar retroceder por la misma ruta y ahorrar unas cuantas
millas.
A cuatro patas, con la gorra marina echada hacia atrás sobre su rosada cabeza, el
almirante murmuró:
—Dadme un navío rápido porque intento meterme en un buen jaleo, Paul Jones.
Recuerda, Randy, esto debería ser un navío muy lento. Cuanto más despacio vayamos
se empleará menos gasolina y más oportunidades habrán que nos localicen.
Randy iba a conducir. Malachai, Sam Hazzard y Bill McGovern estarían ocultos
en lo que fue el camión.
—No me gusta conducir despacio pero sí puedo hacerlo —dijo Randy—. Creo
que unos treinta kilómetros por hora será bastante. Más despacio despertaría recelos.
Revisó las armas. Se llevaban cuanto tenían a mano, el 16 automático para el
almirante y la escopeta del 20 para Bill McGovern. Malachai utilizaría la carabina. El
gran Krag, largo como un rifle de Kentucky de caza mayor y casi tan poco manejable,
quedaría en reserva. Por la descripción de Dan de cómo actuaron los salteadores,
Randy se imaginó que la primera pelea, cuando se produjera, sería desde muy cerca y
las escopetas de mayor valor que los rifles. El mismo, sólo tras el volante, tendría
únicamente la automática del 45 en el asiento de su lado. Eso, y el cuchillo de caza
que estaba casi tan afilado como una navaja de afeitar, aunque no tanto, enfundado en
su cinto.

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Randy recorrió el camión dándole el vistazo final. Pensó que hacía algo que le
resultaba familiar y luego se acordó de que había visto a los comandantes de los
aviones efectuar una inspección de ese estilo antes del despegue. Examinó las gomas.
Estaban en buen estado. El agua de la batería había sido rellenada y la propia batería
recargada mediante el corto recorrido. Malachai y Bill hicieron un buen trabajo con
las aspilleras, disimulándolas dentro de las grandes letras pintadas:
«SUPERMERCADO AJAX». A cada lado, una tronera en la J y otra en la N.
Camuflaje. Los agujeros de las puertas traseras por debajo de las diminutas ventanas
de vidrio, resultaban más conspicuos. Randy salió y regresó con un puñado de barro.
Lo extendió en los bordes de las aberturas, borrando el brillo del metal recién
cortado.
Eran las cuatro, la hora de salir.
—Ya conocéis vuestros puestos —dijo—. Sam, usted tiene el lado de estribor.
Bill ocupará la portezuela de babor. Malachai, la popa. Si veo que el fuego de ustedes
no puede se efectivo desde dentro, gritaré: ¡«Fuera»! Y todo el mundo deberá salir lo
más de prisa posible mientras yo les cubro.
Entonces, en el último segundo, se produjo un cambio.
Malachai sugirió:
—Señor Randy, quiero decir algo. Me parece que no debería usted conducir. Creo
que sería mejor que lo hiciese yo.
Randy se puso furioso, pero se contuvo y bajó la voz.
—No estropeemos las cosas ahora. Entra, Malachai.
Malachai no se movió.
—Señor, es el uniforme. No vaya al volante.
—No lo verán hasta que nos detengan —dijo Randy—. Entonces será demasiado
tarde. De todas maneras, toda clase de gente lleva vestidos de diversas procedencias.
Apuesto a que veremos salteadores de uniforme si logramos ponerles las manos
encima.
—Eso no es todo, señor —dijo Malachai—. Es su cara. Es blanca. Es más
probable que traten de atacar a un negro que a un blanco. Ellos verán mi cara y dirán:
«ajá, aquí viene algo blando y probablemente desarmado». Así se confiarán. Quizás
nos dé ese segundo extra que necesitamos, señor Randy.
Randy dudó. Tenía confianza en la manera de conducir de Malachai y en su
criterio y valor. Pero era el conductor quien tendría que hablar, si es que se hablaba, y
debería mantener las manos lejos de la pistola. Eso sería lo más difícil.
El almirante intervino, hablando con cuidado.
—Vamos, Randy, no trato de traicionarte. Tú eres el capitán. Tú mandas y las
decisiones son tuyas. Pero creo que Malachai tiene razón. Pantalón de trabajo y el
rostro de un negro son mejores que un uniforme y la cara de un blanco.
—Está bien —admitió Randy—. Tienes razón. Tú conducirás. Malachai. Llévate
la pistola delante. Mantenla fuera de la vista. Sólo hay una cosa que recordar. Cuando

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nos detengan todos te estarán vigilando. No sabrán que estamos aquí. Te mirarán y te
matarán si tratas de empuñar la pistola. Así que déjala en paz hasta que comencemos
nosotros el tiroteo.
Malachai sonrió y dijo:
—Sí, señor —y entraron en el vehículo y partieron.
Mirando a través del cristal de la puerta trasera, Randy vio a su esposa y a Helen
y a Dan en el porche. Agitaban las manos. Peyton también estaba allí, pero no hacía
el menor ademán. Tenía el rostro enterrado en el vestido de su madre.
Marcharon hacia el este por River Road. Al cabo de unos cuantos kilómetros
Randy dijo a Malachai que buscase señales del lugar en donde Dan Gunn fue
engañado y golpeado. Encontraron un solo signo. Puesto que ya nadie se preocupaba
del cuidado de las carreteras la hierba había crecido alta en las cunetas y en ningún
lugar se veía pisoteada. Cerca de la cuneta, descubrieron pedacitos de cristal roto.
Luego hallaron la montura retorcida de las gafas de Dan. La montura era inútil y sin
embargo, Randy la cogió y se la guardó en el bolsillo. Un gesto de abogado, pensó.
Pruebas.
Siguieron adelante, pasaron por casa de los Sunbury. Randy estuvo tentado de
parar y preguntar por los chicos aquejados del tifus. A Dan le gustaría saberlo. No
paró. Los Sunbury eran buenas personas y confiaba en ellos, pero el camión era un
secreto, secreto militar, y era insensato descubrirlo.
River Road estaba limpio. Nada se movía en River Road. Tomaron el lateral hacia
el norte. Incluso aunque Malachai evitaba los baches peores condujo con exasperante
precaución; fue un mal viaje. Sacudió a Bill McGovern y a Sam Hazzard. Eran
mayores y se cansaron más.
Cerca de Pasco Creek pasaron junto a un grupo de cabañas deshabitadas.
Al acercarse, Malachai avisó a los de atrás:
—¡Gente!
Randy se volvió y echó una ojeada por encima del hombro de Malachai. Desde
detrás del asiente trasero podía mirar sin ser visto. Vio a dos niños salir al exterior y
en otro lugar a un hombre barbudo agazapado tras un montón de leña, apuntando con
un arma al camión. No hizo ningún movimiento hostil, pero el cañón le siguió. Era
evidente que poca gente viajaba por aquella carretera y aquellos que lo hacían no eran
bien recibidos.
Randy se sintió aliviado al meterse en un camino mejor hacia Fort Repose. Para
entonces todos estaban envarados, porque era imposible mantenerse de pie en la caja
del camión. El almirante y Bill podían sentarse con las piernas cruzadas en el suelo y
ver el panorama a través de sus troneras, pero Randy tenía que estar casi en cuclillas
para ver por las ventanillas traseras. Cuando el camión llegó a un terreno más alto, en
donde la carretera era recta y podían ver a quienes se acercaban desde casi dos
kilómetros, dijo a Malachai que se detuviese.
—Nos tomaremos diez minutos —dijo.

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Abrió las puertas traseras y salió, gimiendo, sintiéndose permanentemente
dolorido. Caminó, agitando los brazos y flexionando las rodillas. Bill McGovern bajó
a la carretera, con la espalda encorvada. El almirante trató de enderezarse y una
juntura o un tendón crujiendo audiblemente. Soltó una maldición. Malachai sonrió.
—Ahora veo por qué querías conducir —exclamó Randy. Miró en varias
direcciones. Nadie venía. Volvió al camión y encontró el termo que Lib le había dado.
Todavía esperando encontrar agua. Era café—. ¡Mirad! —dijo—. ¡Mirad lo que
Lib… mi esposa les preparó!
Se dio cuenta que era el único café que quedaba en el tarro.
Había una taza para cada uno, pero decidieron beberse sólo la mitad, ahorrando el
resto para el final de la tarde, cuando pudieran necesitar más.
Volvieron al camión y continuaron la patrulla, pasando por delante de la casa de
los Hickey, vacía, la puerta abierta, las ventanas fantasmalmente rotas. Jim Hickey,
con tan valiosas mercancías para el cambio como la miel y la cera, debía conservar
gasolina. El coche del apicultor advirtió Randy que faltaba. En el pasado mes
cualquiera hubiera cambiado gasolina por miel. El objetivo de los salteadores era
probablemente el coche y la gasolina, dedujo Randy, más que la miel. Esta
conclusión le desanimó. Los salteadores podían estar a centenares de kilómetros de
Fort Repose, ahora.
Acercándose a Fort Repose —ellos debieron evitar ser vistos en la ciudad—
tomaron por un camino vecinal serpenteante y alto que recorrieron unos cuatro
kilómetros hasta un antiguo puente que cruzaba el St. Johns. Una vez a la otra parte
del río, quedarían hacia el sur y poco después se encontrarían en la carretera a San
Marco.
Trasteando por la calzada de arcilla, apenas parecía que valía la pena seguir la
vigilancia desde la trasera y sin embargo, Randy lo dijo. De pronto advirtió que le
seguían. No había visto ningún coche en Pasco Creek Road antes de dar la vuelta. No
pasaron ningún otro vehículo en el camino lateral del camino de arcilla, ni tampoco
casas. El coche estaba simplemente allí, siguiéndoles a respetable distancia, sin hacer
el menor esfuerzo por alcanzarles y sin quedarse atrás tampoco. Recordó el
abandonado cobertizo almacén de naranjas de la curva. Debia haber estado oculto
allí. Randy habló para que Malachai pudiera oírle con claridad:
—Tenemos compañía… a unos trescientos metros atrás.
Esforzó los ojos a través de las polvorientas ventanillas traseras. Era difícil
enfocar la visión, como intentar apuntar un revólver desde un traquetreante jeep y
casi era de noche. Era un último modelo de gris claro, techo duro descapotable o
sedán y Jim Hickey poseyó un coche de esas características, aunque indudablemente
habían muchas posibilidades de que existiesen montones de coches parecidos incluso
que no fuesen grises sino castaño claro o sucios por el polvo de modo que se
confundieran. Dijo a Malachai:
—Aumenta un poco la marcha. Veremos qué ocurre.

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Malachai aumentó la velocidad hasta sesenta y cinco o setenta kilómetros. El
coche de detrás mantuvo su distancia, exactamente, como si le remolcaran. Esto no
demostraba nada. Sería un procedimiento normal de un ciudadano honesto siguiendo
a un camión extraño por un camino solitario y poco frecuentado. No querría acercarse
demasiado, pero probablemente tenía prisa por volver a casa antes de oscurecer. Así
que si el camión aumentaba la marcha, también lo haría él.
—Vuelve a treinta —ordenó Randy.
El camión disminuyó la marcha. El coche hizo lo mismo. De nuevo esto sólo
demostraba una cosa, precaución.
Randy se volvía a Sam Hazzard y Bill McGovern.
—Ese tipo de detrás o es un transeúnte inocente o nos está conduciendo.
—¿Conduciéndonos? —preguntó Bill.
—Conduciéndonos hasta el revólver o escopeta de alguien amigo suyo que esté
por delante —llegaron a una zona lisa de camino y Randy pudo ver a dos hombres en
el coche. Pensó que la parte de atrás estaba vacía, pero no podía estar seguro— es una
pareja. Hombres los dos.
Continuaron en silencio. Esto era enteramente distinto de una patrulla en la guerra
cuando uno proseguía lleno de miedo y a pesar de su temor, esperando no encontrar
ningún disgusto. Su único miedo era que fallasen de encontrar a los enemigos, que
gastaran la gasolina en un viaje inútil y perdiesen su mejor oportunidad de barrerlos
por completo. Esto era un asunto personal y cuestión de supervivencia. Era como
tener un nido de serpientes de coral debajo de la casa. Era preciso ir a por él y
matarlas, o con toda seguridad algún día matarían a un niño o a tu perro. En una
cuestión como ésta, la importancia de la propia vida disminuía. Así que rogó porque
los hombres que le seguían fuesen salteadores.
Al cabo de un minuto o dos supo que lo eran, porque el extremo opuesto del
estrecho y cubierto puente estaba bloqueado. Eran conducidos a un callejón sin salida
y la situación táctica había cambiado y el plan resultaba inútil. Vería el campo de
fuego desde las troneras laterales del camión. La pelea tendría que hacerse
enteramente desde delante y atrás.
—Sigue en marcha —dijo—. Tenían que meterse de cabeza en la encerrona. Si
salían antes de llegar al puente y se precipitaban para pelear a distancia, entonces los
salteadores podrían disparar y huir. Era necesario disparar desde cerca.
Malachai mantuvo la marcha.
—Sam, usted y Bill ocúpense de los de detrás —dijo Randy—. Yo ayudaré a
Malachai delante. Olvídense de los laterales.
El almirante y Bill se arrastraron hasta la parte trasera. Randy se agazapó tras la
espalda de Malachai. Repasó la carabina. Estaba preparada. Se metió otro cargador en
el bolsillo de la camisa donde estuviera más a mano.
Lo que bloqueaba el extremo opuesto del puente era su modelo A, su perfil
cuadrado inconfundible. Un hombre esperaba en cada mojón. Uno podía atacar el

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coche, pero no atropellar a los hombres de manera que su táctica no resultaría buena.
Randy le reconoció por la descripción de Dan. El de los brazos de gorila y la
metralleta estaba delante. El arma era una Thompson. El hombre del bate ocupaba el
otro lado. También llevaba una pistola enfundada, pero de la manera en que sostenía
el palo, como un bateador a punto de entrar en la plancha, aquello parecía su arma
favorita. Cuatro hombres, entonces, en vez de tres. Ninguna mujer. Comprensible. El
personal de estas bandas probablemente cambiaba de día a día.
—Hacia ellos —dijo a Malachai—. Acércate.
Las ruedas pisaron las primeras planchas del puente y Malachai disminuyó la
marcha. Randy vio el cañón de la Thompson levantarse. Ese era al que tenía que
alcanzar. Se colocó la culata de la carabina y avisó a Bill McGovern.
—Déjenles que se acerquen —dijo—. Permítales que vengan hacia nosotros
cuanto quieran. Tenemos dificultades en la parte delantera.
Bill asintió. El rítmico batir de las gomas en las planchas cesó. Estaban a unos
seis metros del Modelo A. El del bate avanzó hacia la izquierda del camión. El de la
metralleta se quedó donde estaba. A esta luz Randy dudaba que pudiesen ver nada en
la caja del camión, pero no se movió. Estaba tan inmóvil como un saco. Susurró.
—Haz que ese hijo de perra de la metralleta venga hasta nosotros. Oblígalo a
moverse, que venga.
El del bate estaba a un metro de Malachai y a metro y medio del cañón de la
carabina. Si miraba hacia la caja, Randy tendría que dispararle y en ese caso el de la
metralleta Thompson podría matarles a todos. No sabía nada más que Randy pudiese
hacerle decir. Ni siquiera susurrar. Ahora la cosa quedaba en manos de Malachai.
El hombre golpeó con el bate violentamente contra la puerta.
Preguntó:
—¿Qué tienes ahí dentro, muchacho?
—No tengo nada, patrón —rechinó Malachai. Desde su puesto en el hombro
derecho, Randy supo que Malachai empuñaba el 45, pero actuaba y hablaba como un
tonto, que era la mejor manera de comportarse.
El de la metralleta dio un paso más hacia delante y dos a la derecha para poder
observar a Malachai.
—Vamos, Casey —dijo—. ¡Saca ese tipo de ahí!
El del bate intervino:
—¡Baja, bastardo negro!
Randy sabía que aquel tipo no podría utilizar el palo mientras Malachai estuviese
en el camión y rogó porque Malachai esperara. Miró al del arma de fuego. Por favor,
Dios, que dé un paso más, así no tendré que tirar por el parabrisas. Un disparo a
través del cristal fallaría casi de seguro a causa de la refracción de la luz o del desvío
de la bala. Sería una locura desesperada y no quería hacerla.
—Sácale o rómpele la cabeza —dijo el de la metralleta—. No me importa lo que
haga.

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Malachai pareció temblar y lloriquear.
—¡Por favor, patrón! —el miedo en su voz resultaba real.
El del bate puso la mano en la manivela de la puerta.
En aquel instante la giró, Malachai saltó, lanzándose a través de la puerta y sobre
el bandido, empuñando la pistola.
El de la metralleta dio dos rápidos pasos y la Thompson comenzó a brincar y a
bramar. La gruesa cintura de aquel individuo estaba en el punto de mira de Randy y
apretó el gatillo una y otra vez, una y otra vez antes de que el cañón de la Thompson
descendiera y el bandido se doblase y comenzara a caer. Cuando estuvo de bruces en
el suelo aún se retorció y empuñó el arma y trató de levantarla hacia Randy para
disparar, pero Randy volvió a oprimir el gatillo, con cuidado, apuntándole a la
cabeza.
Apenas había oído las escopetas pero cuando Randy salió por el asiento delantero
y bajó del coche, buscando otro blanco, la batalla había terminado. Muy cerca detrás
del camión dos figuras yacían, brazos y piernas retorcidos en un garabato torpe y
mortal. El almirante estaba plantado sobre el hombre que empuñó el bate, la escopeta
a un palmo de la cabeza. Malachai estaba doblado, como durmiendo, la cabeza
apoyada contra el neumático delantero izquierdo. Todo había tenido lugar en menos
de siete segundos.
Malachai tosió y Randy se puso de rodillas a su lado y le incorporó y le levantó la
cabeza. Malachai volvió a sofocarse y Randy le giró la cabeza de manera que la
sangre hubiese salido de la boca y no meterse por su laringe. Abrió la camisa de
Malachai. Había un agujero grande como una moneda de dos centavos debajo del
plexo solar. En este pozo redondo la sangre oscura latía y manaba rítmicamente, con
una pequeña y amenazadora inundación.
—¿Acabo con esta escoria? —preguntó el almirante.
—Aguarde un momento —dijo Randy. Cogió el bate e hizo un esfuerzo por
pensar con cordura. Primero, Malachai. Había que llevar a Malachai a casa a toda
prisa para que Dan pudiese hacer algo si es que era posible ayudarle. Dan no tenía
instrumental, ni tampoco veía mucho. Pudo haberlo hecho con un ojo si poseyera las
herramientas de su oficio que aquellos hombres le robaron. Randy corrió hasta el
modelo A. Estaba vacío. El maletín del doctor no se encontraba dentro.
Volvió al camión donde Sam Hazzard seguía plantado sobre su cautivo. Un lado
de la cara de aquel tipo estaba en carne viva. El salto de Malachai y el golpe hicieron
que aquel individuo cayera de frente sobre las planchas del puente.
—¿Dónde está el maletín del doctor?
El hombre no dijo nada. Randy vio que su mano derecha se movía. Continuaba
teniendo una arma enfundada. Randy le pegó en la nariz con el bate.
—Estate quieto —el almirante se inclinó, desabrochó la funda y tomó el arma.
Era un 38 especial de la policía.
—Habla —ordenó Randy.

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—No sé nada —dijo el hombre.
Randy le pegó otra vez con el bate, con más fuerza, el individuo gritó.
—¿Dónde está el maletín negro? —preguntó Randy.
El hombre contestó:
—Ella se lo llevó. Rundum se lo llevó.
—¿Y dónde está ella?
—No lo sé. Se fue con alguien anoche… y no fue esta mañana… no sé… se fue
con algún bastardo que tenía una botella.
—¡Bill! —llamó Randy—. ¿Dónde está Bill?
Bill McGovern estaba al otro lado del camión.
—Aquí, Randy —contestó.
—Bill, mire en ese coche a ver si encuentra el maletín de Dan. Y asegúrese de
que esos dos de allá están bien muertos.
Malachai volvió a toser. Randy trató de ponerle de costado, pero empezó a
sangrar más de la herida del estómago, así que tuvo que dejarlo como estaba.
—No creo que éste nos haga ningún bien —dijo Sam Hazzard—. Simplemente
nos retrasa. Creo que deberíamos convocar ahora mismo un tribunal militar y ejecutar
la sentencia. Voto porque sea ejecutado.
—Yo también —contestó Randy—, pero quiero ahorcarle. Si causa dificultades,
le mataremos, Sam, pero prefiero tenerle vivo.
Bill volvió con una caja de cartón.
—No había nada en este coche, excepto esto. Hay un poco de comida. Unas
cuantas latas de sardinas y de buey y una caja de cerillas y un par de cajas de
municiones. Eso es todo. Ni rastro del maletín de Dan. Y el solar está acabado. Se
puso en nuestra línea de fuego y parece ahora un cedazo habiéndole atravesado todos
los perdigones. Hay gasolina por toda la carretera.
Randy puso en marcha el modelo A y miró el manómetro del combustible.
Señalaba casi vacío. Le hizo retroceder del puente, se guardó la llave en el bolsillo y
lo dejó.
—Pondremos a Malachai dentro del camión y reanudaremos la marcha —dijo—.
Primero recogeré sus armas y municiones.
Pensaba con anticipación. Habrían otros salteadores y esto era armamento para su
compañía.
—¿Qué hay de esto? —preguntó Bill, señalando con la escopeta a los cadáveres.
—Déjelos —alzó la vista. Los buitres habían acudido—. Volveré mañana o
enviaremos a alguien. Lo que quede de ellos… lo echaremos al río —y volvió a mirar
a los negros pájaros que revoloteaban dando vueltas por encima de sus cabezas.
Uno de los salteadores que le siguió había sido Leroy Settle, el vaquero de la
farmacia. Cuando Randy examinó sus dos pistolas quedó sorprendido al encontrar
que eran sólo del calibre 22, réplicas ligeras, excepto en sus funciones, de los grandes
Colt del 45 modelo frontera. La pistola de su compañero en apariencia había caído al

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río, porque no estaba en el puente aunque llevaba municiones en el bolsillo.
Entonces Randy se inclinó sobre el jefe. Vio que sus disparos habían sido bien
dirigidos, tres en el vientre agrupados, casi cortándole en diagonal. Cuando cogió la
Thompson, el brazo del muerto sorprendentemente se levantó con el arma, colgado
como si sus dedos estuviesen pegados a la culata. Randy tiró con fuerza y vio que en
realidad estaban pegados, con una especie de pegamín. Las manos del hombre
estaban manchadas de miel casi seca.

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III

Fue después de oscurecer cuando Randy embocó hasta los escalones delanteros
de la casa. Cuando cortó el motor oyó los ladridos de Graff. Todas las ventanas del
piso bajo mostraban luz. Lib salió por la puerta y bajó corriendo la escalera, le vio
ante el volante y se plantó allá con los brazos abiertos y los labios jugosos antes casi
de que pudiera bajar.
El predicador Henri apareció, y Tuo Tone, Florence Wechek y Alice Cooksey,
Hannah y Missouri, los niños, Dan Gunn salió el batín revoloteando, llevando una
lámpara. Todos habían estado esperando.
El almirante y Bill estaban en la parte trasera con el prisionero y Malachai. Bill
bajó, empuñando una pistola y luego lo hizo el hombre, llamado Casey, con la punta
del cañón de la escopeta de Sam Hazzard en la espalda. Sam bajó y sólo quedó en el
coche Malachai. Malachai tras el primer kilómetro perdió el conocimiento. Hasta que
llegaron a Fort Repose, la carretera había sido malísima.
—Matamos a tres, cogimos a éste —dijo Randy—. Hirieron en la cintura a
Malachai. Mírale, Dan. ¿Sigue con vida, Sam?
—Lo estaba hace un minuto. Agonizando —dijo el almirante.
—Ben Franklin, trae vendas —ordenó Randy—. También cuerda.
—¿Vamos a ahorcarle ahora? —preguntó Ben, no con indiferencia sino como si
se lo esperase.
—No. Lo ataremos.
Dan entró en el camión. Alzó la lámpara, sacudió la cabeza exasperado y luego se
arrancó el parche de su ojo derecho. Lo tenía todavía hinchado pero no del todo
cerrado y cualquier ayuda a su ojo izquierdo sería bien acogida. Salió y dijo:
—Está en coma, y no debiéramos moverlo, necesita una transfusión. Pero
tenemos que trasladarle, si tengo que hacer algo con él. ¿Sobre qué?
Había una puerta abandonada en el almacén. La trasladaron utilizándola como
camilla.
Pusieron a Malachai en la mesa de billar de la sala de juegos y luego reunieron
lámparas y velas para que Dan tuviese luz.
—Tengo que hacerle reaccionar —anunció Dan—. Tiene una hemorragia interna
masiva. Tengo que cortarla o no habrá posibilidad de sobrevivir. ¿Cómo? ¿Con qué?
—dio una palmada al borde de la mesa, tambaleándose, no de fatiga o debilidad sino
de agonía y frustración. Gritó—: ¡Oh, Dios!
Dan dejó de tambalearse.
—¿Un cuchillo, Randy?
—El mío de caza. ¿Te va bien ese que es con el que me afeito? Está tan afilado,
como una navaja de afeitar.
—No. Demasiado grande, demasiado grueso. ¿Qué hay de los cuchillos de mesa?
—Claro, cuchillos de mesa.

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Las cortas hojas de acero de los cuchillos parecían casi como lancetas. El juez y
la madre de Randy trajeron todo el juego danés de su viaje por Europa en el año 44.
Eran los cuchillos más finos y afilados que Randy usó jamás. Los encontró en el
cajón de la plata y gritó:
—¿Cuántos?
—Dos.
Desde el comedor se oyó la voz de Helen:
—He puesto agua a hervir… un gran cacharro.
El fuego del comedor había estado encendido. Helen colocó troncos gruesos de
modo que ahora estaba en su esplendor y Dan tendría pronto medios de esterilizar sus
instrumentos.
Randy los colocó dentro del cacharro para que hirvieran. Después de eso,
siguiendo órdenes de Dan, metió sedales y anzuelos de pesca. Florence Wechek cruzó
la carretera para traer agujas de coser. Lib encontró pinzas de metal para el pelo
capaces de obturar una arteria. El sedal de Randy del carrete de la caña de pescar
serviría para las suturas. Había jabón bastante para que Dan se lavase las manos.
Dan entró en el comedor, castañeteándole los dientes, esperando a que hirviese el
bote de agua con sus instrumentos. Sabía que era desesperanzador. A pesar de todo
tenían que esterilizar lo inevitable, pero ahora estaba el coma y la hemorragia que él
no podía derrotar. Se preguntó si sería posible preparar una solución salina para hacer
dicha transfusión. Tenía los ingredientes, sal, y fuego; y, en algún lugar, ciertamente,
un tubo de goma. No renunciaría a luchar por Malachai. Quería salvar a Malachai
hombre capaz, silencioso y fuerte, más de lo que quiso salvar a nadie en sus años de
médico. Había mucha gente que moría por nada. Malachai moría por algo.
En la sala de juego, Helen trabajaba rápida y competente. Había encontrado la
última botella de whisky escocés, a excepción de lo que podía quedar en la botella de
vidrio labrado que tenía Randy en su apartamento y estaba limpiando con el licor la
herida.
Randy y Lib se plantaron a su lado. El charco de sangre del agujero redondo fluyó
y no volvió a alzarse.
El agua hervía en el gran cacharro de hierro cuando Randy entró en el comedor y
tocó el hombro de Dan.
—Lo siento —dijo—. Me temo que haya muerto.
En un oscuro rincón del cuarto en donde ella pensó que no molestaría a nadie,
Hannah Henri estaba sentada en una antigua y vetusta mecedora. La mecedora
comenzó a moverse en una lenta cadencia y ella gimió al compás por el muerto, los
brazos plegados sobre sus pechos vacíos como si tuviesen a un niño, excepto que
donde debía haber estado el niño, no había nada.
Dan Gunn entró en la sala de juegos y vio que Randy tenía razón, que Malachai
había muerto. Los hombros le cayeron pesadamente. Se dio cuenta de que le dolía la
cabeza y que le escocían los ojos. No había nada más que hacer excepto vaciar el

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improvisado esterilizador con sus ridículas y también improvisadas herramientas. Lo
hizo en el sumidero de la cocina. Sin embargo, cuando vio los cuchillos y las pinzas
del pelo y los plegadores despidiendo vapor, se dio cuenta de que no eran en realidad
tan ridículos. Si mostraba mucho cuidado y pericia podría arreglarse con tales
herramientas. No habían salvado y probablemente tampoco habrían podido hacerlo en
el caso de Malachai. Sin embargo, podían salvar a otras personas. Un siglo atrás las
herramientas no eran mejores y el conocimiento infinitamente inferior. Fuera de la
muerte, la vida; una verdad inmutable. Helen estaba a su lado.
—Gracias, Helen —la dijo—, por intentarlo. Eres la mejor enfermera no
diplomada del mundo.
—Lamento de que de nada sirviera.
—Quizá no fue un sacrificio inútil. Conservaré esto y trataré de mejorarlo. ¿Y no
podríamos encontrar un pequeño maletín en alguna parte? Un bolso de viaje serviría.
—Tengo uno. Un maletín de tren.
—Lo meteremos aquí, pues, y prepararemos otro equipo —le dolían los ojos.
¿Quién en Fort Repose podría fabricarle otro par de gafas, o proporcionarle ojos
nuevos?

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IV

A las nueve en punto de aquella noche, las rodillas de Randy empezaron a temblar
y su cerebro se negó a trabajar más y exigió el descanso, una ración, debido a la lucha
en el puente y lo que ocurrió antes y después y a la falta de sueño. Sin embargo, era
su noche de bodas. Se había casado a medio día, lo que parecía increíble. Medio día
quedaba a una eternidad atrás.
Pero ahora que estaba casado, pensó que él y Lib tenían una habitación para ellos
y la intimidad consiguiente a una pareja de recién casados. Todo el espacio de
dormitorios estaban ocupados y le sabía mal trasladar a nadie. Después de todo, eran
sus invitados. Sin embargo, resultaba inevitable que las camas y los cuartos sufrieran
alteraciones, la victima tendría que ser Ben Franklin, puesto que Ben era el hombre
más joven. Ben tendría que dar su cuarto y ocupar el diván del apartamento de Randy
y el señor y la señora de Randolph Bragg se trasladarían al cuarto de Ben.
Estaba sentado en el diván, tratando de dominar sus temblorosas piernas, la cara
en las manos, pensando en esto. Lib se sentaba tras del mostrador, tomando zumo de
naranja caliente. Ella también pensaba en el problema pero no se mostraba ganosa de
mencionarlo, dándose cuenta de que era obligación del marido y que tenía que dejarle
que tomase sus decisiones.
Entró su padre. Un delgado y descolorido César con sus sandalias y su túnica
blanca. Bill McGovern había estado montando guardia ante el prisionero atado,
preguntándose si después de haber matado a un hombre aquel día no sentía
remordimientos ni ahora ni después. Era como pisar una cucaracha. Se sintió aliviado
cuando Tuo Tone Henri le relevó, ya había dejado la casa del duelo para cumplir con
su deber. Bill preguntó por Dan. Randy alzó la cabeza y le dijo que Dan, agotado por
estar demasiado tiempo en pie, dormía.
—Bueno, te lo diré, entonces, pero no creo que sirva de nada esta noche.
Habló directamente a su hija.
—No sabía qué darte como regalo de bodas. Elizabeth. Hay una buena hacienda
en Cleveland, pero supongo que ahora no valdrá mucho. Hay bonos y acciones en
nuestra caja fuerte de Fort Repose y el dinero efectivo bueno, el dinero confederado
del arcén de Randy debe valer poco más o menos lo mismo. Puedes quedarte con la
casa y la propiedad del camino, si quieres, pero no creo que nadie pueda vivir allí a
menos que vuelva a haber electricidad. ¿Qué podría dar a Lib y a Randy? Lo hablé
esta mañana con Dan. Hice una sugerencia y decidimos ofreceros un regalo juntos,
del padrino y del padre de la novia.
Bill miró de uno a otro y vio que estaban interesados.
—Os vamos a regalar este apartamento entero. Dan se trasladará a vivir conmigo.
—¡Eso es maravilloso, padre! —exclamó Lib.
—Sólo que —empezó a decir Bill, dudoso—… si Dan está dormido no creo que
debiéramos molestarle, ¿verdad?

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—No, esta noche no —contestó Lib. Besó a su padre y besó a su marido y cruzó
el pasillo hasta su antigua habitación. Randy se dejó caer en el diván y se durmió. Al
poco, Graff saltó a su lado y se acomodó bajo el brazo.

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V

Al medio día del lunes, el hombre del bate fue ahorcado desde la vigueta más alta
del tejado del kiosco de Marines Park. Todos los comerciantes normales y un número
grande de forasteros estaban en el parque. Randy ordenó que no se bajase el cadáver
hasta la puesta del sol. Quería que los forasteros, se quedasen impresionados y
llevasen la noticia más allá de Fort Repose.
Mientras que él no lo había planeado, aceptó en este día los primeros
alistamientos de lo que resultó ser la Tropa de Bragg, aunque en sus órdenes le
llamase Compañía Provisional de Fort Repose. Siete hombres se presentaron
voluntarios aquel día, incluyendo a Fletcher Kennedy, que fue piloto de combate de la
aviación y Link Haslip, cadete de West Point, que estaba de permiso en su casa por
navidades en El Día. Les nombró tenientes provisionales de infantería. Los otros
cinco eran todavía más jóvenes… chicos que habían terminado sus seis meses de
reserva de instrucción después de la escuela superior o que formaron parte de la
Guardia Nacional.
Después de la ejecución, Randy clavó avisos que había escrito a máquina antes y
que llevó al parque en el bolsillo de su uniforme.
El primero decía:
«El 17 de abril los siguientes salteadores fueron muertos en el puente cubierto:
Mickey Cahane, de Las Vegas y Boca Ratón, jugador y pandillero; Arch Fleggert, de
Miami, de ocupación desconocida; Leroy Settle, Fort Repose.
»El 18 de abril, Thomas “Casey” Killinger, también de Las Vegas y cuarto
miembro de la banda que asesinó al señor y la señora James Hikey y que robó y
asaltó al doctor Daniel Gunn, fue colgado en este lugar».
El segundo aviso era más breve:
«El 17 de abril, el sargento técnico Malachai Henri (de la RESERVA de la
aviación de los Estados Unidos) murió de una herida recibida en el puente cubierto,
mientras defendía a Fort Repose».

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PARTE 12

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I

A primeros de mayo, una lámpara de la radio del almirante se fundió cortando


toda comunicación con el mundo exterior. Mientras estas comunicaciones habían sido
siempre algo precarias y la información magra y confusa, el hecho de que
desapareciesen por entero, resultó un golpe para todos. El receptor de onda corta del
almirante había sido su única fuente de noticias de confianza. Era también una fuente
de esperanza. Cada noche que la recepción era buena algunos se reunían en el cubil
del almirante y escuchaban mientras él exploraba las longitudes de onda, esperando
noticias de paz, de victoria, de socorro, de reconstrucción. Aun cuando jamás se oían
tales noticias, siempre podían esperar con ansia que se recibiesen la noche siguiente.
Tras consultar con el almirante y los Henri, Randy colocó un aviso en su boletín
oficial de Marines Park. Pedía un recambio para la lámpara y ofrecía un buen pago:
un cerdo y dos pollos, o una colección de cinco años de viejas revistas. Nunca le
ofrecieron la válvula adecuada. Antes de El Día el almirante se había visto obligado a
pedir válvulas de recambio directamente de la fábrica de Nueva Jersey, así que no se
mostraba muy optimista.
Aun cuando pudieran adquirir una nueva válvula, la radio no podía funcionar
mucho tiempo, porque las baterías de automóvil estaban agotadas y fue en mayo
cuando la gasolina se acabó por entero.

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II

En junio, la cosecha de maíz del predicador Henri maduró, las dulces mazorcas
oscilaban en el aire y los primeros tallos de la caña de azúcar de Tuo Tone cayeron
ante los machetes. Junio fue el mes de la abundancia, el mes en que comieron
mazorcas de maíz e hicieron pasteles con melaza. En junio todos engordaron.
Fue en junio, también, cuando cosecharon su primera garrafa de licor, gracias al
alambique construido por Bill McGovern y Tuo Tone. Fue todo un acontecimiento.
Luego de que una serie de piñas ardieran durante tres horas debajo de la caldera de
diez litros, el líquido empezó a gotear por el serpentín. Tuo Tone cogió estas primeras
gotas en una taza y se las entregó a Randy. Randy olfateó aquel género incoloro. Olía
horriblemente. Cuando se enfrió un poco lo probó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y
su estomago le rogó que no lo tragase. Sin embargo, logró engullir un poco. Era
horripilante.
—¡Maravilloso! —jadeó y rápidamente pasó la copa a los demás.
Después de que todos los hombres se hubiesen tomado un trago y adecuadamente
felicitaran la invención de Tuo Tone y el mecanismo construido por Bill. Randy dijo:
—Claro que resulta un poco crudo. Al envejecer, será más suave.
—Debiera envejecer en madera —dijo Bill—. ¿Podríamos conseguir un barril?
—Será todo un problema —contestó Randy—. Cualquiera que tenga un barril de
Whisky, lo cambiará por un par de litros del licor después de que haya envejecido.
Pero para Dan Gunn, el whisky de maíz resultó inmediatamente útil. Mientras que
no se atrevía a utilizarlo por anestesia, calculó como muy alto su contenido
alcohólico. Sería un excelente repelente para las moscas, un linimento y un
antiséptico preparativo para la piel.

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III

Un día de julio, Alice Cooksey trajo a casa cuatro libros sobre hipnotismo y se los
presentó a Dan Gunn.
—Si puedes aprende hipnotismo —sugirió ella—, podrías utilizarlo como
anestesia.
Dan sabía que buena cantidad de doctores y de dentistas, también practicaban
comúnmente el hipnotismo; siempre le pareció un sustituto lento y poco eficiente del
éter y de la morfina, pero ahora se aferró a la idea como si Alice le hubiese ofrecido
un específico contra el cáncer.
Cada noche, Helen le leía. Ella insistió en leer para así no cargar los ojos del
médico. Ya no tenían velas ni petróleo pero sus lámparas y linternas quemaban aceite
pesado extraído de los tanques subterráneos con una bomba de mano. Era verdad que
el aceite pesado olía de manera horrible y producía una luz amarillenta y poco
efectiva. Pero era luz.
Pronto Dan hipnotizó a Helen. Luego hipnotizó o intentó hipnotizar a todos en
Kiver Road. No logró triunfar con el almirante en absoluto. Consiguió un hipnotismo
parcial en Randy, con pobres resultados, incluyendo mareo y dolor de cabeza. Randy
trató de cooperar pero no pudo dejar su mente en blanco ni un solo instante.
Los niños resultaron excelentes sujetos. Dan les volvía a hipnotizar una y otra vez
hasta que le bastaba sólo con hablar unas cuantas frases en la jerga del hipnotizador,
chasquear sus dedos y ellos caían en un trance maleable. Randy se preocupó de esto
hasta que Dan le explicó.
—He estado adiestrando a los niños para que sean sujetos rápidos, porque en una
emergencia, tengan una posibilidad fácil de anestesia.
—¿Y si tú no estás cerca?
—Helen también estudia hipnotismo —se quedó pensativo—. Se está haciendo
toda una experta. Mira, Helen podría haber sido médico. Helen no es feliz a menos
que cuide a alguien. Se preocupa por mí.
Una semana más tarde, Ben Franklin tuvo dolor de vientre que le obligó a
levantar su rodilla derecha encogiéndose cuando trataba de acostarse. El dolor
siempre estaba allí y a intervalos se convertía en un pinchazo agudo que le recorría el
cuerpo en oleadas. Dan decidió que el dolor de Ben no era producido por comer
demasiados plátanos. Era imposible hacer un recuento de glóbulos rojos pero el chico
tenía algo de fiebre y Dan sabía cuál era su mal.
Dan operó en la mesa de billar de la sala de juegos, después de someter a Ben en
un profundo trance. Dan utilizó los cuchillos de carne, las agujas de coser, los
rizadores del pelo y el hilo de nylón, todo esterilizado adecuadamente y quitó un
apéndice inflamado y a punto de perforarse.
A los cinco días, Ben se levantaba y trabajaba. Después de aquello, Randy con
cierta aprensión se refirió a Dan como: «Nuestro brujo particular y hechicero».

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IV

En agosto agotaron el último maíz, exprimieron las últimas naranjas tardías, las
valencianas, y consumieron las últimas deliciosamente dulces uvas de las parras. En
agosto se quedaron sin sal, los armadillos destruyeron la cosecha de ñame y los peces
dejaron de picar. Aquél terriblemente cálido agosto fue el mes del desastre.
El final del maíz y el agotamiento de la cosecha de cítricos había sido inevitable.
Los armadillos en los ñames fue mala suerte, pero soportable. Pero sin pescado y sal
su supervivencia resultaba dudosa.
Randy tuvo cuidado en racionar la sal desde que se vio sorprendido, en julio, al
descubrir las pocas libras que quedaban. La sal era un artículo de primera necesidad,
no simplemente los granitos blancos que uno dejaba caer sobre los huevos. Dan
utilizaba soluciones salinas para media docena de propósitos. Los niños empleaban
sal para limpiarse los dientes. Sin sal, la matanza de los cerdos de Henri, habría sido
un desperdicio terrible. Planeaban curtir la piel de uno de ellos para confeccionarse
mocasines que necesitaban con urgencia y sin sal, esto resultaba imposible.
En cuanto se quedaron sin sal pareció que casi todo lo que tomaban necesitaba
salarse, más que nada el cuerpo humano. Día tras día, el termómetro del porche
marcaba 35 o más y cada día todos tenían trabajos manuales que hacer y kilómetros
que caminar. Sudaban a raudales. Perdían la sal al sudar y se debilitaban y
enfermaban. Y todos los de Fort Repose se debilitaron y enfermaron porque no había
sal por ninguna parte.
En julio, Randy fue a casa de Rita Hernández y ella le cambió veinticinco libras
del sal por tres grandes lubinas, un cajón de Valencias y cuatro cartuchos de
perdigones. No cambiaban por regla general sus productos por estas cosas, creyó
Randy, pero a causa de que él la ayudó a preparar un entierro decente para Peter y la
proporcionó mano de obra para llevarle al cementerio de Fort Repose, accedió. Desde
julio, le fue imposible encontrar sal en ningún lugar. En Marines Park, una libra de
sal valdría cinco de café, si es que alguien tenía café. No se podía comprar sal ni con
licor de maíz potente aunque sólo ligeramente envejecido.
En agosto, los comerciantes de Marines Park, iban como zombies por falta de sal.
Y por la primera vez en su vida, Randy sintió una extraña intranquilidad que se
convirtió casi en locura cuando se secó el sudor de la cara y luego lamió la sal de sus
dedos. Ahora comprendía el ansia animal hacia la sal, entendía por qué un jaguar y un
ciervo compartían lamiendo el mismo terrón salino en un esfuerzo por mantener una
tregua que les impidiera morir por falta de sal.
Pero aún más importante que la sal, era el pescado, porque los peces del río eran
su plato fuerte, como las focas para los esquimales. Había sido muy sencillo, hasta
agosto. Sus cañas de bambú, con mangos de metal o de madera, colocadas a extremos
y lados de los muelles, cada noche proporcionaban bastante pescado para el día
siguiente. Por la mañana, alguien no tenía más que acercarse hasta el muelle y

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recoger lo que se había enganchado en los anzuelos durante las horas de oscuridad. Si
la pesca automática nocturna era magra, o se necesitaba pescado extra para
comerciar, alguien recibía permiso para abandonar sus tareas ordinarias y pescar por
la mañana, o al oscurecer cuando las lubinas picaban con furia. Las cañas crecían en
macizos, tenían sedales en abundancia, anzuelos bastante para durar años (el pescar
había sido el deporte, antes de El Día, de Bill McGovern y Sam Hazzard, lo mismo
que de Randy) y todas clases de cebos… gusanos, grillos, saltamontes, renacuajos,
moscas, etc., y, además, todos eran capaces de utilizar una red, o simplemente las
manos.
Randy tenía más de un centenar de cebos artificiales y cucharillas y quizás casi la
mitad de moscas y gusanos de la lubina. Los compró sabiendo que la mayor parte de
los cebos están diseñados para engatusar a los pescadores más que a los peces. Sin
embargo en ocasiones, la lubina se volvía loca por lo artificial y en la primavera las
moscas falsas podían ser suplementadas por mosquitas de verdad y por diminutas
cucharillas. Así que pescar no resultó nunca un problema, hasta que los peces dejaron
de picar. Y el problema fue grave.
Cuando cesaron, cesaron de pronto y todos juntos. Incluso con su red circular,
vadeando a pies descalzos en las hondonadas, Lib a su lado llevando esperanzada un
cubo, Randy no pudo ver ni un pececito de ninguna clase. Randy se consideraba un
buen pescador y sin embargo, reconoció que no comprendía por qué los peces
picaban o no picaban. Agosto jamás fue un buen mes para la lubina negra, es cierto,
pero aquel agosto resultó extraño. Sólo durante las tormentas se veía agua en el río.
Un sol calcinador se levantaba, se hacía rojo, blanco y se hundía colorado y fundente,
y el río estaba fantasmalmente quieto y sólo agitado como pudiera estarlo el acuario
de Florence. Incluso al amanecer o en el crepúsculo vespertino, ningún pez nadaba ni
saltaba. Eso era malo. Y además terrible.
En la tercera semana de agosto, cuando todos estaban débiles y medio enfermos,
Randy contó sus temores a Dan. Era por la tarde. Randy y Lib acababan de venir del
seto. Durante una hora estuvieron agachados juntos bajo un gran roble, esperando a
que bajasen a comer las grandes ardillas grises. Todo estaba en profundo silencio y
las ardillas habían armado su bullicio y Randy disparó matando a dos o tres con su
doble 20, un uso vergonzoso de su insustituible munición para tan poca carne. Sin
embargo, tres ardillas no eran suficientes para dar sabor a carne al potaje de aquella
noche. Lo que tomarían para desayunar, si desayunaban, nadie lo sabía. Encontraron
a Dan en el despacho de Randy, con Helen recortándole el pelo. Randy, le habló de
las ardillas y luego dijo:
—Dan, he estado pensando en los peces. Nunca vi tan mala la pesca, antes.
¿Podría haber ocurrido algo grave y permanente? ¿Es posible que la radiación los
haya barrido a todos?
Dan se rascó la barba y Helen le apartó la mano diciendo:
—Estate quieto.

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—Los pescados —comentó Dan—. Déjame pensar en los pescados. Dudo que les
haya ocurrido algo. Si el río hubiese quedado empozoñado por la radiación después
de El Día, los peces muertos habrían subido a la superficie. El río hubiese quedado
alfombrado de cadáveres. Entonces no sucedió y tampoco ha ocurrido desde aquél
día. No, dudo de que haya habido una matanza general de peces.
—Eso me preocupa —dijo Randy.
—La sal me preocupa más. La sal no crece ni se cría ni se siembra. O se tiene o
no se tiene.
Helen hizo girar la silla. Dan estaba frente al cofre de teca. De pronto abandonó
su asiento, se dejó caer de rodillas, abrió el arcón y empezó a hurgar.
—¡El diario! —gritó—. ¿Dónde está el diario?
—Aquí. ¿Por qué?
—¡Ahí sale en el diario! Recuerdo cuando Helen me lo leía después de la paliza
que me dieron los salteadores. Se hablaba de sal. ¿Te acuerdas, Helen?
Randy no había mirado el diario del Teniente Randolph Rowzee Peyton durante
años, pero ahora se acordaba. Los Marinos del teniente Peyton también tuvieron
escasez y necesidad de sal y de algún modo la obtuvieron. Se puso de rodillas junto a
Dan y rápidamente encontró el diario. Repasó las páginas. El teniente Peyton, tal y
como se acordaba, se quedó sin sal durante su segundo año. Encontró la partida.
Fechada el 19 de agosto de 1839:
«Una lancha de suministros de Cow’s Fort, se retrasó mucho y a mis tropas les
falta sal y sufren mucho por el calor, el seis de agosto, envié a mi leal guía Creek,
Bill Longnose, hasta St. Johns (a veces llamado río Mayo) para descubrir la causa
del retraso. Hoy ha vuelto con la información de que nuestra lancha de suministros,
subiendo corriente arriba, tuvo que amarrar en Mandarín (una ciudad llamada así
en honor a la nación oriental de la que se importaron sus naranjos). Por mala suerte,
aquella noche los seminolas atacaron Mandarín, matando a gran número de los
habitantes y quemando las casas. El patrón de la lancha de suministros, un paisano,
y su tripulación, consistente en un hombre blanco y dos esclavos, escaparon a los
bosques y llegaron más tarde a St. Agustino. Sin embargo, la lancha fue saqueada y
quemada.
»Todas las demás privaciones pueden ser soportadas por mis hombres excepto la
falta de agua y la falta de sal».
La siguiente partida estaba fechada el 21 de agosto. Randy la leyó en voz alta:
«Bill Longnose hoy trajo al fuerte a un seminola, un joven recio y de ojos turbios,
que se hacía llamar Kyukan, que se ofreció a llevarnos al lugar en donde hay sal
suficiente para llenar diez veces este fuerte. Eso dice. Como pago pidió tres litros de
ron. Aun cuando sea ilegal vender licor a los seminolas, nada dice la ley sobre darles
bebidas. Por consiguiente, ofrecí al indio una jarra de un litro y él aceptó».
Randy volvió la página y dijo:
—Aquí está. Abril 23: «Hoy regreso a Fort Repose en la segunda lancha,

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trayendo doce grandes sacos de sal. Era cierto. Pude haber llenado el fuerte diez
veces».
«El lugar está cerca de las fuentes del Timucuan, unas 22 millas náuticas,
calcularía, subiendo por ese tributario. El nombre indio significa “Laguna del
Cangrejo Azul”. La laguna en si es clara como el cristal, como Silver Springs. Pensé
que estaba rodeada por una blanca playa, pero descubrí luego, que lo que yo creía
que era arena resultó simplemente pura sal. Fue del todo increíble. En esa laguna
habían cangrejos azules, como los que se encuentran sólo en el océano, sin embargo,
el agua queda a muchos kilómetros tierra adentro y a más de trescientos kilómetros
de la boca del St Johns o del Mayo».
Randy cerró el diario, sonrió y dijo:
—Ya he oído hablar de la Laguna del Cangrejo Azul, pero nunca estuve allí. Mi
padre solía ir cuando era niño, a pescar cangrejos. Nunca mencionó la sal. Creo que
esa sal no impresionó a mi padre. Siempre había en la cocina. Teníamos en
abundancia.
A la mañana siguiente la flota de Fort Repose zarpó veloz, cinco barcos al mando
de un almirante cuya última vez que estuvo en el mar también mandó cinco navíos…
un super portaviones, dos cruceros y dos destructores.
Para agosto, la mayoría de las lanchas de Fort Repose habían sido provistas de
velas cortadas de toldos, cortinajes e incluso de sábanas de nylón, colocadas en las
ligeras embarcaciones fuera borda y con proas y flotadores laterales y con timones
hechos a mano. Para la expedición Timucuan arriba, Sam Hazzard eligió lanchas de
capacidades excepcionales y de buenas condiciones navegables. La barca ligera de
fibra de vidrio de Randy no era conveniente, así que Randy tuvo que unirse a la
tripulación del almirante. Con el viento sur soplando cálido y firme, teniendo
intención de llegar a la laguna del Cangrejo Azul antes de la noche y volver a Fort
Repose a medio día de la siguiente jornada, porque su velocidad sería el doble a su
regreso, siguiendo la corriente.
En los cinco botes iban trece hombres, todos bien armados. Esa sería la primera
noche que Randy tendría que pasar separado de Lib desde su matrimonio y ella
parecía en cierto modo, apenada. Pero Randy no temía por su seguridad, o por la
seguridad de Fort Repose. Su compañía tenía ahora treinta hombres. Controlaba los
ríos y los caminos. Sabiendo esto, los salteadores se mantenían lejos de Fort Repose.
La frase «Fuerza de castigo» había sido popular antes de El Día y efectiva mientras
esa fuerza fue inconfundiblemente superior. La compañía de Randy era la fuerza más
eficiente con toda seguridad de la Florida Central y él tenía intención de conservarla
así.
Sentado en el timón, la gorra dorada bien encasquetada en la cabeza, el viento
silbando a través de las jarcias, el almirante parecía haberse quitado diez años de
encima.
—Mira —dijo—, cuando yo estaba en la academia insistieron en que era preciso

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navegar a vela antes que a vapor. Solían colocarnos en balandros y hacernos navegar
una y otra vez por el Severa y aprendíamos nudos y el manejo de los cordajes y su
instalación. Creí que era una tontería. Aún sigo creyéndolo, pero resulta divertido.
Llegaron a una curva del río y Randy vio cómo la atalaya de su tejado desaparecía
detrás de los cipreses y de las palmeras. Era divertido, pensó, tranquilo. En un bote de
vela un hombre podía pensar. Pensó en el pescado y en lo que había ocurrido a la
pesca, porque tenía el estómago vacío.
Peyton Bragg estaba aburrida, disgustada y furiosa. Había ayudado a Ben
Franklin a planear la caza. Incluso había caminado hasta la ciudad con Ben y le
ayudó a localizar los libros en la librería que hablaban sobre armadillos. El armadillo,
según se enteraron, era un animal nocturno que se escondía durante el día en hoyos
profundos. Por la noche excava como un topo por debajo de la superficie, localizando
y comiéndose las raíces tiernas y los tubérculos, en este caso los ñames de los Henri.
Lo más emocionante que aprendieron fue que en América Central el armadillo era
considerado como un plato exquisito. El armadillo era comestible.
Luego, cuando llegó el momento de la caza, Ben se negó a llevarla. Una chica no
podía estar toda la noche en el bosque, dijo Ben. Era demasiado peligroso. Hubiera
querido la muchacha presentar su caso a Randy para que éste juzgase, pero Randy se
había ido con el almirante y su madre estaba de acuerdo con Ben.
Así que Ben se fue aquella tarde con Caleb y Graff. Era presunción de Ben que
Graff era primordial para la caza del armadillo y así se demostró. En Alemania, el
perro lebrel fue criado originalmente como cazador de armadillos, o bichos por el
estilo, lo que significaba que podía excavar como un loco y sin miedo y perseguir
tenazmente al animal por debajo del suelo.
Ben iba armado con un machete y su rifle del 22, pero fue la lanza de Caleb lo
que resultó ser el arma efectiva contra los armadillos. Recorrieron el sembrado de
ñames a la luz de la luna. Toda la zona estaba llena de agujeros de los armadillos. Bill
introdujo a Graff por una abertura y el perro olisqueando y comprendiendo de
inmediato, se abrió paso dentro del suelo. Al poco se oyó un grito terrible y un
gruñido desde un rincón del sembrado. Localizando al armadillo por los sonidos de
Graff, Caleb hurgó con la lanza y el animal salió. Fue tan repentino que pilló a Ben
por sorpresa y disparó. A los demás, los decapitaron con el machete.
Por la mañana cinco armadillos fueron colocados en el establo de los Henri. Tuo
Tone y el predicador los limpiaron y Peyton comió armadillo para desayunar. Se
hubiese atragantado de asco, excepto que resultó tierno y delicioso y que tenía mucha
hambre. Ben Franklin fue felicitado por descubrir una nueva fuente de alimentos y
resultó ser un héroe. Peyton era sólo una chica apta para coser, lavar cacharros y
hacer las camas.
Peyton se tiró sobre la cama y se quedó mirando al techo. Quería que se la
felicitase y que se fijaran en ella. Quería ser heroína. Recientemente había estado
hablando a Bill de sicología, una materia fascinante. Había leído uno de los libros de

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Lib.
—Me veo rechazada —se dijo en voz alta a sí misma.
Si quería ser una heroína, el mejor medio era coger algún pescado. Se puso a
pensar en el problema: ¿por qué no picaban los peces? Ella había oído decir al
almirante que el mejor pescador del río era el predicador Henri y, sin embargo, sabía
que Randy no habló con el predicador sobre la falta de pescado. Si alguien podía
ayudar, sería el predicador. Se levantó, alisó la cama y bajó por las escaleras
posteriores. Era su día de barrer dichas escaleras. Terminaría de hacerlo cuando
volviese.
Peyton encontró al predicador a la sombra de su porche delantero meciéndose en
la mecedora. El predicador se hacía muy viejo. Casi no hacía otra cosa que mecerse.
El predicador era la persona más vieja que Peyton había visto jamás. Ahora tenía una
barbita blanca y parecía un profeta salido de la Biblia.
—¿Predicador, puede usted decirme algo? —preguntó Peyton.
El predicador se quedó sobresaltado. No la había visto acercarse y su voz le
interrumpió su sueño. Empezó a levantarse y volvió a dejarse caer en la silla.
—Claro, Peyton —dijo—. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué no pican los peces?
El predicador soltó una risita.
—Pican. Pican cuando tienen que comer.
—Vamos, predicador. ¿Por qué no me dice cómo puedo pescar un poco?
—Para pescar, es necesario, pensar como los peces. ¿Puedes tú pensar como un
pececito, nena?
Peyton se sintió insultada, al oírse llamar nena, pero tenía su dignidad y fue con
dignidad como respondió:
—No, no puedo. Pero sé que usted sí. Debe hacerlo, porque es un gran pescador.
El predicador asintió:
—Fui un gran pescador, ahora soy demasiado viejo para pescar. Nadie me cree
gran pescador. Sólo piensan qué soy un viejo inútil. Tú eres la primera en
preguntarme por qué no pican. Así que te lo diré.
Peyton aguardó.
—Si hiciese muchísimo calor, como ahora, el máximo calor que recuerdo jamás y
tú fueses un pez, ¿qué harías?
—No lo sé —contestó Peyton—. Sé lo que hago yo. Me doy duchas, tres o cuatro
al día. Al exterior, sin nada puesto.
El predicador asintió.
—Los peces también quieren estar frescos, y no se acercan a la orilla, por ahí…
—su brazo giró para indicar las riberas del río—… se van al centro. El agua cerca de
la orilla está caliente. Mete la mano y notarás como si fuese caldo. Pero en el centro
del río, donde está más hondo, se está bien y fresco. Ahí viven los peces
animadamente y tienen hambre y comen cuando se les ponen buenos cebos.

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—¿Las lubinas?
—Sí. Las grandes lubinas, muy adentro.
—¿Y cómo llegaría hasta ellas? Nadie ha sido capaz de hacer picar con las redes
a las lubinas… no hay forma…
—Eso es lo malo —dijo el predicador—. Los pescaditos tienen también calor y
así que se meten también en el centro, donde son perseguidos por los grandes peces,
como siempre.
—¿Se comería la lubina a los peces dorados?
El predicador la miró receloso.
—¡Claro que sí! ¡Se lo zamparían en un segundo, si se le ofreciese! Pero va
contra la ley pescar con peces dorados. Aunque si yo tuviese peces dorados, y no
fuera contra la ley, y tuviera que pescar en la zona más honda, entonces no utilizaría
otro cebo. Colocaría un poco de peso cerca del anzuelo para que el pez dorado se
hundiese hasta el fondo, donde se agazapa la gran lubina.
—Gracias, predicador —dijo Peyton, y se alejó, no deseando incriminarle más, si
realmente era cierto que la pesca con peces dorados resultaba ilegal.
Volvió a casa, encontró un cubo en el porche posterior y luego cruzó River Road
para hablar con Florence Wechek. Ella y Florence eran buenas amigas y a menudo
conversaban largo y tendido, pero sobre cosas sencillas, tales como remendar y coser.
Florence no estaba en casa, probablemente se encontraría en la ciudad ayudando a
Alice en la biblioteca, pero sí los peces dorados. Los vio nadar ensoñadores,
mirándola en su inútil complacencia.
—Estoy con vosotros —dijo la muchacha y vació peces y agua en el cubo. Tomó
prestada la caña de Ben Franklin y el carrete y se dirigió al muelle. Le habían
prohibido salir sola en la barca de Randy, pero puesto que estaba ya mezclada en un
acto criminal, igual podía arriesgarse a otra infracción.
A medio día Randy no había regresado y Elizabeth McGovern Bragg subió hasta
la atalaya donde podía estar a solas con sus temores y su ansiedad. Su padre y Dan
Gunn habían caminado hasta la ciudad aquella mañana. Con algunos voluntarios de la
Tropa de Bragg habían empezado a limpiar y reparar la clínica. Así que no había
ningún hombre en la casa y ella temía por su marido. El la había dicho que no había
peligro pero en esta nueva vida de tribulaciones, los peligros se presentaban de
imprevisto y eran mortales. Mantuvo la cara vuelta hacia el este, en donde la listada
vela hecha del toldo del almirante aparecería en el primer recodo del Timucuan.
Se dijo a si misma que era una tontería, que Randy y los demás, si encontraban el
lugar, podían enredarse allí durante horas. Indudablemente se darían un banquete de
cangrejos y no se lo podía censurar. Incluso podían encontrar difícil cargar la sal.
Cualquier incidente podría retrasarles.
Desde la hierba de detrás de la cocina, Helen llamó:
—¡Lib!
Ella se inclinó por la barandilla.

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—¿Sí?
—¿Está Peyton contigo?
—No. No la he visto.
—¿Está en el muelle?
Lib miró al muelle y vio que faltaba la lancha de Randy. Antes de decírselo a
Helen escrutó el río. No se veía nada en ninguna parte; Randy había zarpado en el
crucero del almirante y la lancha pequeña debería estar allí.
A las cinco de la tarde, la flota de Fort Repose divisó la casa de Randy. No había
duda de que el viaje era triunfal. Los cinco botes estaban repletos de sal, los trece
hombres atiborrados de cangrejos hervidos, sazonados con exageración, de modo que
todos se veían más fuertes y se notaban mejor y en cada lancha habían cubos y tinas
llenas de cangrejos vivos.
El almirante condujo su bote a lo largo del muelle de Randy y lo volvió contra el
viento.
—Descargad aquí la sal que necesitáis —dijo Sam Hazzard—, y esa tina de
cangrejos; yo volveré con la parte de los Henri y la mía.
Randy descargó. Esperaba que Lib bajase al muelle para saludarle, o que
estuviera vigilando desde la atalaya. Volver a casa con tan rico cargamento y no ser
bien recibido resultaba descorazonador. Levantó la tina hasta el muelle y luego dos
grandes sacos de sal. Por lo menos, cincuenta libras, pensó. Duraría varios meses y
cuando se acabara había un suministro ilimitado esperando en las playas de la Laguna
del Cangrejo Azul. Dijo:
—Hasta luego, Sam. Le veré esta noche.
El almirante se apartó del muelle y Randy recogió la tina, derramando
deliberadamente parte del agua que había mantenido vivos a los cangrejos, y caminó
hasta la casa.
La cocina estaba vacía, excepto cuatro grandísimas lubinas en la pila. Sospesó la
mayor. Estimó que pesaría unos cinco kilos. Era la lubina mayor que había visto en
un año. Resultaba increíble.
Había una bandeja en la mesa de la cocina con un montón de carne asada. Parecía
cordero. La probó. No tenía el gusto del cordero. No se parecía a nada de lo que
probase antes, pero sabía bien. Pensó en los cangrejos y su valor quedó reducido al de
entremeses.
Fue entonces, cuando oyó desde arriba, los primeros sollozos y pensó en ellos y
entonces una voz distinta se oyó histérica en otra parte de la casa. Temeroso, cruzó el
comedor.
Tres mujeres se hallaban en la sala de estar. Todas lloraban. Lib, silenciosamente.
Florence y Helen, en alta voz. Lib le vio y echó a correr para echarse a sus brazos y
secó las lágrimas en su camisa.
—¿Qué pasó? —preguntó él.
—Creí que no volverías nunca a casa —dijo Lib—. Tenía miedo y han habido

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muchas cosas malas.
—¿Qué? ¿Quién se ha lastimado?
—Nadie, excepto Peyton. Está arriba, llorando. Helen le dio unos azotes y la
mandó a la cama.
—¿Por qué?
—Se fue de pesca.
—¿Cogió Peyton esas grandes lubinas?
—Sí.
—¿Y Helen le dio azotes?
—No es por eso. Helen le pegó porque se llevó tu lancha y se dejó marchar
corriente abajo. No sabíamos lo que le había pasado hasta que vino remando hace una
hora. Dijo que no podía navegar a vela.
Randy miró a Helen.
—¿Y qué hay de malo contigo?
—Estoy trastornada. Todo el mundo se trastorna, se ha de pegar a sus hijos.
Florence gimió y dejó caer su cabeza entre los brazos.
—¿Y qué le pasa a Florence?
—Alguien o algo vino y se le comió sus peces dorados.
Florence alzó la cabeza.
—Pienso que ha debido ser Sir Percy. Estoy segura. Quería a ese gato y ahora,
miren cómo se comporta.
Se puso a llorar de nuevo.
—¿Es que no me va a preguntar nadie si hemos conseguido sal? —dijo Randy.
—¿Trajiste sal? —preguntó Lib.
—Sí. Cincuenta libras. Y si vosotras, las mujeres, la queréis, llevad la carretilla
hasta el muelle y traedla.
Entró en la cocina para limpiar las hermosas lubinas y colocar a los cangrejos en
la gran cacerola. Todo era ridículo y estúpido. Cuanto más aprendía acerca de
mujeres, más se daba cuenta de que lo único que había averiguado de verdad con
respecto a ellas es esto: «todas necesitan tener a un hombre cerca».
Entonces encontró a un maltrecho pez dorado en el estómago de una lubina. Lo
examinó con cuidado, sonrió y lo dejó caer por el sumidero. No lo mencionaría. Ya
habían habido bastantes disgustos y confusiones, entre todas estas mujeres.
Así terminó el hambriento agosto. La cuarta semana, el calor disminuyó y los
peces comenzaron de nuevo a picar.
En septiembre comenzó el colegio. Resultaba poco práctico reabrir el edificio
escolar de Fort Repose… no había calefacción ni agua. Randy decidió que la
responsabilidad para enseñar debía residir temporalmente en los padres. Los maestros
regulares estaban esparcidos o se habían ido y no había forma de pagarles. Los libros
de texto seguían en la escuela, para cualquiera que los necesitase. La biblioteca del
juez Bragg se convirtió en aula en casa de los Bragg, con Lib y Helen dividiéndose la

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enseñanza. Cuando Caleb Henri llegó a clase con Peyton y Ben Franklin, Randy se
quedó algo sorprendido. Vio que Peyton y Ben lo esperaban y entonces se acordó de
que antes en más de dos tercios de las ciudades de América los niños negros y
blancos no se habían sentado en las escuelas unos junto a otros durante muchos años
sin armar escándalo.
¡Cómo cambiaban las costumbres! Y ¡cómo cambiarían todavía!
En octubre, la nueva cosecha de naranjas tempranas comenzó a madurar. El jugo
sabía sabroso y refrescante después de haberse pasado meses sin él.
En octubre comenzaron a escasear los armadillos en la zona de Fort Repose, pero
las gallinas de los Henri habían aumentado y la cerda parió de nuevo. También, los
patos llegaron en número enorme desde el norte… más de los que Randy había visto
jamás. Los pavos salvajes, que antes de El Día habían sido cazados hasta casi
exterminarlos en el condado de Timucuan, de pronto resultaron comunes. Randy se
fabricó un señuelo para pavos y disparó matando a unos dos cada semana. La
codorniz apareció en los setos, campos y patios, en grandes bandadas. No utilizó sus
cartuchos en caza tan insignificante. Pero Tud Tone sabía cómo preparar cepos y
enseñó a los muchachos, así que para desayunar comían codorniz, junto con huevos.
Una tarde, cerca de finales de mes, Dan Gunn regresó de su clínica, sonriendo y
silvando.
—Randy —dijo—. ¡Acabo de ayudar a nacer a mi primer niño después de El Día!
¡Un chico, unos cuatro kilos, brillante y sano!
—¿Y qué hay de maravilloso en que nazca un niño? —preguntó Randy—.
¿Tenías a la madre hipnotizada?
—Sí. Pero eso no es lo fantástico —la sonrisa de Dan desapareció—. Mira, éste
ha sido el primer niño vivo, después de los nueve meses de su gestación. Tuve otros
dos embarazos que terminaron prematuramente. La naturaleza tiene un modo de
proteger a la raza, creo, aunque no sé llegar a una conclusión estadística con base de
sólo tres embarazos. De todas maneras, ahora sabemos que habrá raza humana,
¿verdad?
—Jamás pensé que no pudiera haberla.
—Yo sí —afirmó en voz baja, Dan.
En noviembre, un alto pino, hendido por un rayo durante el verano dejó caer sus
pardas agujas y murió y Randy y Bill lo derribaron con una sierra y una hacha. Era el
momento. Así, aun cuando Randy echaba de menos a Malachai, realizaron la tarea y
recortaron las ramas más gruesas. La madera era valiosa, porque se acercaba otro
invierno.
Randy se fue temprano a la cama aquella noche, exhausto. Despertó de pronto
con un raro sonido en sus oídos, como música, casi. Miró el reloj. Era un poco antes
de la media noche. Lib dormía tranquila a su lado. Tuvo miedo. La despertó con unos
codazos. Ella levantó la cabeza y abrió los ojos.
—Tesoro —dijo—, ¿oyes algo?

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—Ponte a dormir —contestó ella, y dejó caer su cabeza en la almohada. De
pronto se volvió a levantar y exclamó—: ¡Sí, oigo algo! Parece música. Claro que no
puede ser música, pero suena como si lo fuera.
—Me siento aliviado —contestó Randy—. Creí que era una ilusión mía —
escuchó con atención—. Juraría que es «En forma». Si pudiera ser, juraría que es el
disco de Glenn Miller.
Ella le apremió.
—¡Levántate! ¡Levántate!
Randy saltó de la cama y abrió la puerta que daba a la sala de estar del piso
superior, encendió una lámpara del mostrador. Rebajó la mecha. Era necesario
mantener fuego en la casa porque no tenían ni cerillas ni piedras de encender, ni
combustible. Randy pensó, debe ser la radio de transistores, animada de pronto pero
al mismo tiempo supo que eso era imposible porque hacía tiempo que había tirado a
la basura las baterías gastadas. No obstante cogió la radio y escuchó. Estaba muda
pero la música persistía.
—Viene del vestíbulo —dijo Lib.
Abrieron la puerta y entraron en el pasillo. El ritmo era más fuerte pero el pasillo
estaba vacío. Randy vio una rendija de luz bajo la puerta de Peyton.
—¡El cuarto de Peyton! —exclamó.
Puso la mano en la empuñadura de la puerta, pero decidió que sería más caballero
llamar primero. Después de todo, Peyton ya tenía doce años. Llamó.
La música cesó de pronto. Peyton dijo, con voz baja y asustada:
—Entre.
El cuarto de Peyton estaba iluminado por una lámpara que Randy jamás había
visto antes. Peyton no tenía lámpara propia. En el escritorio de Peyton, había un
antiguo fonógrafo de cuerda con su sobresaliente bocina. A su lado se veía un álbum
de discos.
—Ponlo otra vez, Peyton —dijo Randy en voz baja.
Peyton se entretuvo en cerrarse la parte delantera del pijama, un arreglo de uno
viejo de Ben Franklin, al igual que los pijamas de Ben, eran también pijamas de los
desechados por Randy dado que los niños crecían muy de prisa. Empezó el disco,
desde el principio. Al oírle, Randy se dio cuenta de lo mucho que echaba de menos la
música, de lo mucho que la música sazonaba su civilización. En casa de los Henri,
Missouri cantaba a menudo, pero en casa de los Bragg, apenas nadie sabía entonar
una melodía, ni siquiera tararearla.
Por encima del ritmo, Randy susurró:
—¿Dónde lo sacaste, Peyton? ¿De dónde vino?
—Del ático. Subí por la escalera de mano del cuarto posterior. Mamá se pondrá
furiosa. Me dijo que no subiese nunca porque las vigas estaban podridas y yo podría
caerme.
—Tu madre estuvo en el ático hace unos meses. No vio nada.

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—Lo sé. Yo me escondí detrás del gran baúl y vi una puerta, una puerta de tablas
que cerraba parte de la pared. La abrí y había otro cuarto, más pequeño.
—¿Por qué lo hiciste, Peyton? —preguntó Randy.
—No lo sé. Me sentía sola y no había otra cosa que hacer y jamás había estado
ahí arriba, ya sabéis cómo son las cosas. Cuando una no ha estado nunca en un lugar,
quiere ir.
Randy abrió uno de los álbums.
—Viejos discos de 78 revoluciones —dijo, con voz casi reverente—. Clásico
Jazz. Escucha esto. Tony Dorsey… «Que venga la lluvia o salga el sol», «Polvo de
Estrellas», «Chicago». Carmen Caballero en «Tiempo borrascoso», también, «Cuerpo
y alma». Interpretaciones de Artie Snaw. Todo lo mejor de lo mejor. Me imagino
estoy seguro, que esto era la colección de papá. Jamás vi esta máquina antes, pero me
acuerdo de los discos.
«En forma», terminó.
—Ponlo otra vez, Peyton —dijo Randy—. No. Pon este otro.
—¿No estás enfadado, Randy? —preguntó Peyton.
—¡Enfadado! ¡Diría que no!
—Encontré otras cosas ahí arriba también.
—¿Como qué?
—Bueno, esta antigua máquina de coser… de las que se manejaban con los pies.
Hay unas cuantas lámparas de petróleo, de las que se cuelgan. También encontré esta
del escritorio. Luego hay una antigua estufa y mucha tubería de hoja de lata. Oh, y
cantidades de chatarra. Lo dejé porque quería probar el tocadiscos. Es la única cosa
que bajé y la traje para ti y para Dan, Randy. Está ahí encima de la cama.
Randy cogió el negro maletín de cuero. Le resultaba familiar. Lo había visto
antes. Lo abrió y vio dos navajas de afeitar que habían pertenecido a su padre.
—No te preocupes por lo que te diga tu madre —le dijo—. Yo lo arreglaré todo.
Si tuviese medallas que dar, te regalaría una, Peyton, ahora mismo.
De este modo, Peyton se convirtió en heroína.

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PARTE 13

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I

Una mañana en noviembre, cuando Randy estaba desayunando temprano y a


solas, Dan Gunn bajó por la escalera recién afeitado, su barbilla con una singular
palidez en contraste con la bronceada frente, la nariz, óvulos y cuello.
—Buenos días —dijo Randy—. ¡Juraste que no te volverías a afeitar! ¿Por qué?
—Bueno —dijo Dan con aire arrepentido—, tenía la navaja y parecía una
vergüenza no utilizarla después de que Peyton me la regalase. Después estaba el
jabón.
En las pasadas semanas, barras de jabón casero habían aparecido en Marines
Park, fabricadas por la señora Estes, que había sido decana de las cajeras del banco y
dos antiguas compañeras de trabajo. Todo el mundo estuvo de acuerdo de que sería
pronto un negocio próspero y compensador.
—¡La verdad, Dan! —exclamó Randy.
—Helen me lo pidió. Dijo que se había cansado de recortarme la barba.
—Oh, eso es distinto. Será mejor que vuelvas a casa a la hora de cenar esta noche.
John García, ha hecho otro viaje hasta la Laguna de Cangrejo Azul y nos traerá toda
una tina de cangrejos. A cambio de un cuarto de combustible.
—Le tengo mucho cariño a Helen —dijo—. No sé qué haría sin ella.
—¿Y por qué hacer algo sin ella?
—Randy, quiero casarme con Helen.
Randy se levantó de la mesa, se inclinó y dijo:
—¡Os daré mis bendiciones!
—Eso no tiene gracia.
—El matrimonio rara vez tiene gracia.
—Ella no quiere casarse conmigo.
—¿Entonces por qué te afeitaste la barba?
—Maldita sea, Randy, la quiero. Y ella me ama. Lo reconoció. Quiere casarse
conmigo. Pero no quiere. Piensa que hay una posibilidad de que Mark siga vivo.
Teme de que si nos casáramos y luego Mark apareciese vivo nos veríamos envueltos
en uno de esos terribles líos de que todos hemos oído hablar o leído. Como cuando se
informaba qué hombres habían muerto en las Filipinas o Corea y luego aparecían
después de la guerra en una prisión enemiga. Volvían a casa y encontraban a sus
esposas felizmente casadas con otros hombres. Algunas veces habían niños por
medio. Siempre resultaba un lío.
—Sucedió —admitió Randy—, pero en este caso no creo que haya la menor
probabilidad. ¿Quieres que hable con ella?
Dan se frotó la cara allá donde había estado la barba.
—Me siento desnudo. No, Randy, gracias. No creo que Helen quisiera discutir
este asunto. Por lo menos todavía no. Ella acaba de tener esa sensación y me temo
que tendrá que vaciarse a sí misma de prejuicios.

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Fue en aquel mes cuando el primer avión, volando bajo les asustó y les emocionó.
En períodos irregulares antes se informó del paso de aviones, pero siempre
reactores, volando muy altos, de ordinario no más que una manchita plateada en el
firmamento, o contra las nubes, de día y sólo un sonido por la noche.
Pero en la segunda semana de noviembre, un gran avión de transporte de cuatro
motores rugió por encima de Fort Repose a trescientos metros. Llevaba las insignias
de la Fuerza Aérea. En Marines Park todo el mundo gritó y agitó las manos. El
aparato ni siquiera osciló en sus alas, sino que siguió adelante, hacia el sur. Dan
Gunn, que estaba en la ciudad, le vio pasar por encima de la cabera. Randy lo oyó y
lo vio desde River Road. El almirante, que estaba en el río, en su barco, fue capaz de
observarlo por los binoculares.
Aquella noche, Randy, Lib, Dan y Helen, fueron a casa de Sam Hazzard para
saber su opinión.
—Advertí dos cilindros colgados debajo de las alas —dijo—. No eran tanques de
combustible extra. Sigo pensando que eran trampas aéreas. Creo que debían estar
tomando muestras de la radicación.
Una semana más tarde, el mismo avión, u otro parecido, volvió a cruzar por
encima. Esta vez dio la vuelta a Fort Repose y un chorro de lo que parecía confeti,
desde lejos, cayó de su panza y voló hasta las riberas del río y dentro de la ciudad.
Randy estaba en Marines Park, en aquel momento, discutiendo un sistema de
alarma con los oficiales de su compañía. Campanas de iglesia fueron utilizadas en
Inglaterra durante la Segunda Gran Guerra Mundial y allí estaban las campanas de las
iglesias católica y episcopal. Era posible preparar un código sobre el que sus
subordinados pudiesen comprender el tipo y situación de la emergencia. El avión
pasó una y otra vez y todo el mundo gritó, como si desde arriba pudieran oírles.
Luego los pasquines cayeron. Decían:

NO SE ALARMEN.

«Este pasquín viene de un avión de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos


efectuando inspecciones atmosféricas en las Zonas Contaminadas.
»Dentro de poco inspección más precisa será realizada por helicópteros.
»En caso de que un helicóptero tenga que aterrizar cerca de su comunidad, no
interfieran, por favor, con las actividades del personal de a bordo. Prestadles su
cooperación si es necesario.
»Esta actividad es esencial y preliminar para llevar ayuda a las Zonas
Contaminadas».
En cierto modo, era desalentador. Pero sólo en cierto modo. Ya era algo que uno
pudiese asir con las manos, que uno pudiera notar algo apremiante del exterior. Era
prueba de que el gobierno de los Estados Unidos seguía funcionando. Era también un
papel higiénico muy útil. Al día siguiente, con diez pasquines, se compraba un huevo

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y con cincuenta, una gallina. Era papel y por tanto dinero.
En diciembre, vino el helicóptero. Dio una vuelta temerosa por encima de Fort
Repose. En diversos espacios abiertos, incluyendo Marines Park, bajó y dejó caer de
su panza un largo cable, con un cilindro pequeño al extremo del cable que tocó
eventualmente el suelo. Era como un gusano gigante, tratando de libar la miel.
Subió hasta el Timucuan y dio la vuelta a casa de los Bragg.
Los niños estaban en el muelle; Helen y Lib en casa. Randy visitaban a Sam
Hazzard.
Dio cuatro vueltas. Las dos mujeres subieron a la atalaya. Desde allí lo veían
mejor. Agitaron los brazos y luego Helen se quitó el delantal rojo y lo agitó también.
Dentro del helicóptero vieron rostros y el piloto abrió una ventanilla y respondió
al saludo. Luego se fue, Timucuan arriba.
En cinco minutos, Randy, el almirante y los niños, todos sin aliento, estaban en la
casa.
Helen estaba llorando.
—¡Nos saludó! —exclamaba—. ¡Nos saludó! ¡Precisamente a nosotros! ¡Estoy
segura de que vino a vernos sólo!
—Vamos no te excites demasiado —dijo Randy—. Puede ser que buscase
simplemente gente… no a nadie en particular… y que viese a los niños en el muelle y
luego diera la vuelta a la casa para animarnos e infundirnos valor.
Helen se secó la cara con al delantal.
—Oh, deseo que vuelva —dijo—. Por favor Dios mío, haz que vuelva.
En aquel momento, le oyeron volver.
Los niños subieron corriendo al tejado. Randy salió y se sentó en los escalones
del porche. Seguía sin aliento y no quería subir corriendo la escalera. Si el maldito
helicóptero quería verle, tendría que bajar aquí. El no iría a su encuentro. Sam
Hazzard se sentó a su lado.
Randy aguardó. Por el sonido supo que estaba dando vueltas de nuevo. Bajó por
encima de los árboles y pareció decidido a posarse en el césped. Todo lo demás
estaba sobrecrecido de maleza y ahogado con malas hierbas y hojas, excepto aquella
simple zona entre la casa y el camino, donde Randy mantenía el césped. Era una de
las tareas de Ben Franklin, cortar la hierba una vez a la semana, y resultaba una
especie de eslabón de enlace entre la casa y la época de antes de El Día, como
afeitarse.
Bajó lentamente, parecía inmovilizarse.
—¡Está aterrizando! —exclamó Randy. Se puso en pie para recibirlo.
Sus ruedas tocaron el suelo, los motores se pararon y las palas bajaron y
disminuyeron su velocidad. Peyton bajó corriendo los escalones y Randy la cogió.
—¡No te acerques hasta que las palas paren! ¡Te arrancarían la cabeza!
Ahora que estaba en el suelo el helicóptero, parecía enorme y feo. Lo tripulaban
cinco hombres.

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Las palas se detuvieron. Esperaron en silencio tan completo que podían oír los
crujidos de goznes cuando se abrió la portezuela. Una escalera de metal cayó de un
lado y dos hombres bajaron. Cascos de plástico les cubrían las cabezas y vestían
también un plástico plateado y transparente, con tanques de oxígeno a la espalda.
Como buzos, pensó Randy, o quizás como hombres del espacio. Peyton y Ben
Franklin, habían salido corriendo al césped. Ahora se echaron atrás. Uno de los
hombres, riendo en silencio dentro de su casco, extendió la mano en un gesto de
«Esperad».
Los dos hombres llevaban máquinas que parecían aspiradores en miniatura, un
morro cilíndrico en una mano, una caja negra en la otra. Dejaron que las boquillas
olisqueasen la tierra y la hierba.
—Contadores Geiger —dijo a Sam Hazzard—. Quizás estemos contaminados.
Uno de los hombres se les acercó, dudó y eligió a Randy. Se inclinó y dejó que la
boquilla olisqueara el último par de botas de Randy, el dedo gordo saliendo por la
punta, las suelas reforzadas con piel de cerdo. La boquilla investigó los deshilachados
pantalones cortos, el cinturón y, por último, el pelo de Randy. En cada punto, la
cabeza dentro del casco llevaba el manómetro de la caja. Fue todo muy eficiente.
El hombre se quitó el casco, dio una palmada en el hombro de Randy como
felicitándole y se volvió a llamar al helicóptero.
—Está bien, coronel. El suelo está limpio y ellos también. Ya puede bajar.
Dándole la espalda, un hombre descendió. Llevaba traje de vuelo con cremallera azul
de la Fuerza Aérea con las águilas de coronel en las hombreras.
Cuando se dio la vuelta y avanzó, Randy no le reconoció de inmediato, de tan
cambiado que estaba.
Hasta que el hombre extendió la mano y habló, Randy no se dio cuenta de que era
Paul Hart, que había sido coronel provisional, de pelo pajizo en vez de gris, de rostro
animoso y pecoso en vez de envejecido y surcado de arrugas, cuando le vio por
última vez. Randy no pudo decir otra cosa que:
—Entra, Paul y trae a tu gente. Estábamos a punto de sentarnos para comer.
—¡La codorniz! —gritó Lib, echó a correr hacia la casa, dejando que la puerta se
cerrase con estrépito.
—Mi mujer —explicó Randy—. Le toca hacer la comida hoy.
—¿Tu mujer? Felicidades. Mi esposa… bueno, te lo diré más tarde.
Randy advirtió que los hombres de los contadores Geiger se habían quitado sus
trajes plásticos.
—¿Quieren tomar una copa antes de almorzar? —sugirió, pensando que era lo
más adecuado para decir, hacía mucho tiempo, y que aún seguiría siendo lo más
conveniente.
—¡Oh, estaré encantado! —exclamó Paul—. No he tomado una copa desde… —
hizo la pregunta—: ¿Vosotros no habréis estado ahorrando licor todo este tiempo,
verdad?

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—Oh, no. Es género nuevo. Bueno, un poco envejecido. En un barril con carbón.
Creemos que es buenísimo.
Les condujo hasta su apartamento y mezcló jugo de pomelo con el whisky de
maíz. Luego llegaron las presentaciones. Allí estaba un tal capitán Bayliss, un
teniente Smith, el primer piloto y el segundo radiólogo en jefe, y los dos sargentos
técnicos. Todos consideraron el licor muy bueno y Paul dijo:
—Es imposible encontrar nada que beber, ni siquiera en Bember. No hay ni
cerveza. Escasez de granos ya se sabe. Nadie se atrevería a fabricar su propio whisky
en las zonas limpias. Le meterían en la cárcel. La gente mayor dice que es peor que
durante la prohibición.
Habían mil preguntas que Randy quería formular, pero en aquel momento sólo
tuvo tiempo para una, porque Lib les llamó desde abajo. La comida estaba servida.
Todos los hombres llevaban brazaletes con las letras D. C. en el brazo derecho.
—¿Qué es eso? —preguntó Randy, tocando el brazalete de Paul—. ¿Distrito de
Columbia?
—Oh, no —contestó Paul—. Ya no hay ningún distrito de Columbia. Bember es
la capital si se quiere decir así. Comando de descontaminación. Es el comando
mayor, actualmente y en realidad el único que importa. La primavera pasada me
designaron al D. C. Pedí que me destinasen a una Zona Contaminada, en seguida, y
solicité que ésta fuese Florida, la alegre.
Paul Hart pensó que la sopa era maravillosa y dijo que nunca había probado nada
igual antes y Randy replicó que no le sorprendía. Siempre mantenían un gran
cacharro de sopa junto al fuego y todo iba dentro.
—Esta sopa particular —explicó—, es una especie de combinación de armadillo,
ardilla terrera y hueso de pavo.
Lib trajo una docena de codornices y habían más cociéndose y colocó jarros de
jugo de naranja delante de ellos y todos bebieron el zumo con ansia. El capitán
Bayliss permaneció murmurando que se sentía como si estuviese imponiendo su
presencia y que todos tenían raciones alimenticias en el helicóptero y que esperaba
encontrar a la gente de la Zona Contaminada muerta de hambre, porque en otras
partes del país, muchísimos lo estaban. Pero también siguió comiendo.
—¿Cómo sucedió que nos encontraron? —preguntó Randy a Hart.
—¿No has tenido noticias de mi esposa, Marta, verdad? —contrapreguntó Hart.
Randy sacudió la cabeza, con un no, comprendiendo la tragedia de Paul.
—Claro que por eso pedí que me destinasen a esta zona contaminada. Quería
saber lo que le pasó a Marta y a los niños —alzó la vista—. Fue hace un año,
¿verdad? cuando te conocí en Operaciones McCoy. ¿No fue el día antes al Día H?
—¿Día H? Nosotros le llamamos simplemente El Día.
—Día del infierno, o Día del Hidrógeno o El Día, es lo mismo.
—Sí. Esa fue la última vez que te vi.
—También fue la última vez que vi a Marta, excepto para darla un beso de

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despedida a la mañana siguiente. Después del ataque nos fuimos a Kenya, en Africa.
Cuando volví a este país me enteré de inmediato, claro, que McCoy recibió un
ataque. Pero no fue hasta que volé sobre Orlando la semana pasada cuando abandoné
toda esperanza. Supongo que saben lo que le pasó a Orlando.
—¡Oh, no! —contestó Randy—. ¡Nadie ha ido tan lejos!
—Es como si nadie hubiera vivido allí. Incluso las formas de los lagos han
cambiado y hay un par de lagos que no existían antes. ¿Encontrar a mi esposa? Ni
siquiera podría decir dónde se alzaba mi casa. Creo que deben haber dejado caer un
proyectil de cinco megatones en McCoy. Volvió en el municipio de Orlando. No hay
nada en pie. Todo se incendió y sigue radioactivo. Es el maldito C-14 el Que lo
mantiene así.
—¿C-14?
—Carbono radioactivo. Su vida media se extiende más allá de los cinco mil años.
Eso y el U-238, el cobalto y el estroncio, eso es lo que hace imposible la
reconstrucción en las ciudades C. D… totalmente destruidas. Se han de empezar en
otra parte, aquí por ejemplo. ¿No saben que están viviendo en el centro de la Zona
Limpia mayor de toda el área contaminada?
—No, no lo sabía, pero me alegro de enterarme.
Helen había estado aguardando, tensa, para hacer la pregunta que debía,
conociendo sin embargo, la respuesta antes de formularla; porque de haber habido
otra contestación, Paul se la hubiese dado antes.
—Paul —dijo ella—, supongo que no hay nada sobre Mark.
—Lo siento, Helen. Nada. Hubieron unos cuantos supervivientes de Omaha, pero
Mark no era uno de ellos. Después de todo, era la zona un blanco primario, con el
Cuartel General del C.E.A., Offutt Field en sí mismo más importante, y el mayor
complejo ferroviario entre Chicago y la costa, todo junto. No creo que descubramos
nunca exactamente lo que pasó.
Helen asintió.
—Por lo menos ahora estoy segura. Eso es importante… el saberlo —ninguna
lágrima, pensó Randy. Miró de reojo a los niños. Ben Franklin seguía firme, la
barbilla saliente, los músculos tensos, conteniendo sus emociones. Pero Peyton, los
ojos bajos, se escabulló a la otra habitación.
Luego, durante largo rato, Hart y el teniente radiólogo interrogaron a Randy y a
Sam Hazzard, sobre los acontecimientos en Fort Repose, tomando notas y mostrando
notable interés en los detalles de cómo se solucionaron las emergencias.
—Naturalmente, nos hace falta todo —dijo Randy—, pero la ciudad podría
marchar estupendamente si al menos tuviésemos electricidad, porque si tuviese
energía, tendría agua. No sería necesario hervirla ni acarrearla desde los manantiales,
como hacen ahora.
—Pasará mucho tiempo, muchísimo tiempo —dijo Hart—. Incluso las ciudades
mayores que no fueron tocadas… ciudades de las zonas limpias, perdieron su

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electricidad después del Día H y todavía no la han recobrado. Las únicas poblaciones
que han tenido energía sin interrupción eran aquellas suministradas por plantas
hidroeléctricas, siempre y cuando dichas plantas no hubiesen sufrido daños y los
acueductos permaneciesen intactos. No son muchas.
—¿Qué hay de las demás ciudades en las zonas limpias? —preguntó Randy.
Advirtió lo rápidamente que uno captaba la jerga de la época por El Día. Era como
entrar en un medio ambiente totalmente nuevo, como alistarse en el ejército.
—Para tener luz —contestó Paul—, es preciso tener o agua o combustible. La
mayor parte de las ciudades tenían suministros para un mes poco más o menos.
Después de eso, oscuridad. Algunos de nuestros mayores campos petroleros siguen
ardiendo todavía. Las regiones carboneras de Pensilvania y Virginia Occidental
fueron saturadas con la lluvia radioactiva. Pero el problema de transporte es lo que
realmente más nos apabulla. Piensa en lo que pasó con las conducciones petroleras,
los ferrocarriles, los puertos, nuestra gran esperanza es la energía atómica. Gracias al
cielo que tenemos una gran existencia de combustible nuclear.
El radiólogo y los dos sargentos técnicos se excusaron. Iban al río para tomar
muestras del agua.
Randy dijo que si el río estaba contaminado, todos tendrían que estarlo porque
desde El Día habían estado viviendo de la bondad del río.
Hart dijo que aparentemente el río estaba bien y esto resultaba esperanzador.
—Si tenemos que poner esta zona contaminada otra vez en marcha, creo que se
podrá empezar por esta comarca. Claro, comprende, Randy, que antes que podamos
ser de mucha ayuda para las zonas contaminadas, tendremos que dejar el país en una
forma decente —se sacudió la cabeza—. Algunos de nuestros científicos piensan que
se necesitarán mil años para restaurar las zonas contaminadas más saturadas, como
Florida y Nueva Jersey, y llevarlas algo próximas a lo normal, y eso descontando las
ciudades totalmente destruidas.
Habló de las urbes que quedaban en pie y de las escaseces y epidemias y la suerte
que habían tenido viviendo en Fort Repose. Durante el siguiente año el gobierno iba a
efectuar un censo, incluyendo si era posible las zonas contaminadas.
—Es inútil tratar de engañarnos —prosiguió—. Ahora somos una potencia de
segunda clase. De tercera, sería mucho más indicado. Dudo que tengamos la
población de Francia… O mejor, una población tan numerosa como Francia solía
tener.
Habló de Zonas granjeras improductivas durante un período indefinido, de cómo
las naciones sudamericanas habían empezado a enviar embarques de préstamos y
arriendos al continente del norte, de cómo Thailandia a Indonesia, contribuían con
arroz. Eventualmente, se esperaba que el petróleo venezolano aliviase la escasez de
combustible para el transporte, aunque dudaba que durante toda su vida volvería a ver
la gasolina a la venta para los ciudadanos particulares.
Le escucharon, los ojos vidriosos como si estuviesen impresionados.

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II

Los técnicos volvieron del río. Paul Hart miró su reloj y dijo que tenían que
despegar. Era necesario que se dejasen caer a un campo pequeño cerca de Brunswick,
Georgia, antes de oscurecer. Actualmente era su cuartel general pero en pocos años
planeaba reconstruir la base de la Fuerza Aérea en Patrick, Cabo Cañaveral, y
trasladarla allí. El enemigo se había pasado por alto Patrick, quizás deliberadamente
puesto que era una base de pruebas y no de operaciones, quizás porque el proyectil
destinado se perdiese en otro rumbo. Nunca lo sabrían. Hart se quedó pensativo
durante un momento. Luego habló a Randy:
—Tú sabes que vosotros y toda la gente vuestra no contaminada puede salir si
quiere. Claro que tendría que sufrir un reconocimiento físico y médico muy estricto y
oficial, pero me parece que no tendríais ninguna dificultad en pasarlo. Volveré dentro
de una semana. Estamos ahora escasos de helicópteros, pero podría sacarte a ti y a los
tuyos, dos o tres, cada vez.
Esta era la ciudad de Randy y aquéllos eran sus paisanos y sabía que nunca les
dejaría. Y sin embargo, no tenía derecho a tomar a solas aquella decisión. Miró a Lib
sin encontrar necesario tener que hablar. Ella, sabiendo lo que él pensaba,
simplemente sonrió y parpadeó.
—Creo que me quedaré, Paul —dijo Randy.
—¿Y los demás?
Randy deseó que Dan estuviese con ellos y sin embargo, tenía la seguridad que
podría hablar por el doctor.
—Aquí tenemos nuestro médico, Dan Gunn. Si no fuese por Dan, me parece que
ninguno de nosotros podría haber sobrevivido. Salvó esta ciudad y estoy seguro de
que no querrá marcharse ahora —se volvió a Helen—. ¿Crees que querría?
—Ni yo ni él tampoco —contestó Helen, con tranquilidad.
—Pero hay algo que debes hacer, Paul. Traer suministros para nuestro médico.
—¿Qué necesita?
—Todo. Todo lo que necesita un hospital. Pero más que nada necesita un nuevo
par de gafas.
—Eso se lo podría requisar y traer, creo, si tuviese su receta.
—Sé donde está —dijo Helen—. ¡No te marches, Paul! ¡No te atrevas a irte! —
dejó la estancia y subió escaleras arriba corriendo.
—¿Y usted, Almirante Hazzard? —preguntó Paul—. ¿Qué hay de los niños?
¿Qué hay de las dos mujeres que viven a la otra parte de la carretera… la
bibliotecaria y la telegrafista?
Sam Hazzard soltó una carcajada.
—Coronel, tengo una flota a mi mando. Si el departamento de marina me diese
una flota, le acompañaría. De otro modo, no.
—Ya no tenemos flota —contestó Paul Hart—. Todo lo que nos queda son los

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submarinos nucleares. Esos nos salvaron, me imagino. Los submarinos y los cohetes
de combustible sólido y algunos de los proyectiles dirigidos lanzados desde el aire.
—Alice Cooksey y Florence Wechek están en la ciudad —dijo Lib—, pero
hablaban de la posibilidad de irse hace unas cuantas noches. Las dos quieren
quedarse. Mire; están terriblemente Ocupadas. Nunca trabajaron tanto, organizaron
tanta cantidad de cosas en todas sus vidas. Y no sé qué haría Fort Repose sin ellas.
Son prácticamente nuestro total sistema de educación y conservan todos los registros.
—¿Nadie quiere marcharse? —preguntó Hart.
—¡Yo no! —contestó Ben Franklin.
Peyton, que había vuelto en silencio a la reunión, habló:
—Yo tampoco.
Helen bajó la escalera con la receta para las gafas de Dan. Salieron todos al
porche y Randy acompañó a Paul hasta el helicóptero. Se estrecharon las manos:
—Señor Paul, una cosa más —preguntó Randy—. ¿Quién ganó la guerra?
Paul se llevó los puños a las caderas y sus ojos se contrajeron.
—¡Estás de broma! ¿De veras que no sabes?
—No. No lo sé. Nadie lo sabe. Nadie nos lo dijo.
—Nosotros ganamos. ¡Realmente los destrozamos! —los ojos de Hart cayeron lo
mismo que sus brazos. Añadió—: no creo que sea eso lo que importe.
El motor se puso en marcha y Randy se alejó dispuesto a enfrentarse a aquella
noche de mil años.
F I N

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