Ay, Babilonia PDF
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paz existía en las plegarias e intenciones hasta que llegó el día fatal. El
hongo atómico creció furibundo, con velocidad increíble, ponzoñosa,
maligna. Creció hasta que el borde de su cúpula parecía una gigantesca ola
marina multicolor, una especie de cancerosa avenida creada por el hombre…
Con perfiles aterradores desarróllase este relato en el que la ficción no es tal
cuando la incertidumbre es tan palpable como el suelo que se pisa. AY
BABILONIA, de Pat Frank, es síntesis del pánico y la desolación que se
abatieron sobre un sector del mundo a partir del minuto en que la explosión
atómica dejó de ser una torva amenaza para convertirse en apocalíptica
realidad.
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Pat Frank
Ay, Babilonia
ePub r1.1
GONZALEZ 23.08.2018
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Título original: Alas, Babylon
Pat Frank, 1959
Traducción: J. Moreno
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PREFACIO
PAT FRANK
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PARTE 1
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I
En Fort Repose, una ciudad fluvial de Florida Central, se decía que enviar un
mensaje por la Western Union era lo mismo que radiarlo por toda la red combinada
de emisoras. Eso no era del todo cierto. Es verdad que Florence Wechek, la gerenta,
chismorreaba. Sin embargo, con todo juicio clasificaba el espionaje personal que fluía
por debajo de sus regordetes dedos y mantenía una prudente censura sobre su lengua.
Cortaba de su conversación todo lo escandaloso y embarazador. Fruslero, trivial e
inofensivo es lo que trasladaba a sus amigos permitiéndose así derivar en parte el
aburrimiento de su soltería. Si tu hermana se encontraba en un apuro y te enviaba un
telegrama pidiendo dinero, el secreto estaba seguro con Florence Wechek. Pero si tu
propia hermana daba a luz un niño ilegítimo, su sexo y peso no tardaría en saberlo
toda la ciudad.
Florence despertó a las seis y media, como siempre, en un viernes a primero de
septiembre. Pesada, rígida y sin gracia, salió de la cama y caminó en chancletas por la
sala de estar entrando en la cocina. Se asomó al porche posterior, abrió en la puerta
persiana una rendija y palpó en busca del cartón de leche sito en el umbral. Hasta que
no se enderezó sus ojos azul china no comenzaron a discernir movimiento en el
mundo aterciopelado y gris que la rodeaba. Una nerviosa ardilla saltó de la rama más
larga de un árbol. Sir Percy, su enorme gato amarillo, se levantó del acolchado diván
que constituía su pequeño dormitorio preparado por su ama cerca del calentador de
agua, arqueó el lomo, se desperezó y frotó los hombros con el extremo de la bata de
franela de la mujer. Los tórtolos africanos oscilaron rítmicamente con las cabezas
juntas en el columpio de su jaula. Ella les habló:
—Buenos días, Anthony; buenos días, Cleo.
Sus ojillos, espectacularmente anillados en blanco, como si estuviesen embutidos
en salvavidas, la miraron parpadeantes. Anthony sacudió su plumaje verde y amarillo
y carraspeó un saludo. Pero no dijo nada. Anthony era aventurero; Cleo, tímida. En
ocasiones Anthony se ponía furioso e irascible. Florence lo soltaba a la ilimitada
libertad exterior. Pero siempre, al anochecer, Anthony aguardaba en lo alto del
escobillón, o encima del frangipani, ansioso de volar hasta su casa. Así como Cleo
prefería la comodidad y la cómoda reclusión, Anthony sería un loro domesticado. Por
eso le dijeron, cuando compró los pájaros en Miami un mes antes, que no tuviese
cuidado de que el macho escapara. Aparentemente eso era verdad.
Florence entró la jaula en la cocina y puso semillas frescas de girasol en el
comedero. Llenó de leche la vasija de Sir Percy y desmenuzó un poquito de barquillo
para los peces de colores de la pecera del trinchante. Regresó a la sala de estar y dio
de comer a los diversos pececillos del acuario. Advirtió que los dos peces gato en
miniatura, de ordinario tranquilos, mostraban actividad. Revisaba la temperatura del
tanque, su filtro eléctrico y calentador, cuando la cafetera silbó su llamada al
desayuno. A las siete, exactamente, Florence conectó la televisión, sintonizando el
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canal 8, Tampa, y se sentó ante su jugo de naranja y sus huevos. Su rutina mañanera
era invariable y eficiente. Lo único malo de ella lo constituía el cocinar para una sola
y comer también a solas. Sin embargo, el desayuno no era su comida más solitaria,
con Anthony parloteando y cantando, los seis pececitos dorados bailoteando un
ensoñador ballet oriental con sus transparentes aletas. Sir Percy frotándose contra sus
piernas por debajo de la mesa, y sus animosos amigos del espectáculo matinal,
contratados, con grandes gastos, para informarla y entretenerla.
En cuanto veía el rostro de Dave, Florence podía notar si las noticias iban a ser
buenas o malas. Esta mañana Dave parecía turbado y con toda seguridad, cuando
empezó a dar las noticias resultaron malas. Los rusos habían lanzado otro Sputnik, el
número 23, y algo siniestro ocurrió en Oriente Medio. El Sputnik 23 era el mayor,
aún, según el Instituto Smitsoniano y emitía continuas y elaboradas señales en clave.
—Hay motivos para creer —decía Frank— que los Sputnik de ese tamaño están
equipados para observar la superficie terrestre inferior.
Florence se subió hasta el cuello su bata de franela rosada. Alzó la vista,
aprensiva, por la ventana de la cocina. Todo lo que vio eran las hojas goteantes de
humedad de la niebla matutina y un gris firmamento más allá. No tenían derecho a
colocar Sputniks para espiar a la gente. Como si también lo pensara así, Frank
continuó:
—El senador Holler, del Comité de Servicios de la Armada, se unió ayer con
otros en un blocao de Mir Buets para ver cómo la Fuerza Aérea derribaría a todos los
Sputnik capaces de espionaje militar si violaban el espacio aéreo de los Estados
Unidos. «El Kremlin ya tenía algo preparado que decir sobre esto». Según el
Kremlin, cualquier acción de esta clase sería considerada como un ataque a un navío
o avión soviético. Kremlin señaló que los Estados Unidos tradicionalmente
defendieron la doctrina de la libertad de los mares. Esta misma libertad, dice la
declaración soviética, se aplica al espacio exterior.
El periodista se detuvo, alzó la vista y medio sonrió divertido ante esta
complejidad. Volvió la página del papel que tenía delante.
«—Hay una media crisis en Oriente Medio. Un informe de Beirut, vía El Cairo,
dice que tanques sirios del modelo ruso más moderno han cruzado la frontera
jordana. Esto es una amenaza indudable a Israel. Al mismo tiempo Damasco acusa
que las tropas turcas se están movilizando…».
Florence cambió al canal 6, Orlando, y buscó música campestre. No comprendía,
no podía interesarse en la política del Oriente Medio. Los Sputnik le parecían una
amenaza más próxima y personal. Su mejor amiga, Alice Cooksey, la bibliotecaria,
pretendía haber visto, una noche, un Sputnik durante el crepúsculo. Si uno podía
verlo, entonces desde el aparato podían verte a ti también. Volvió a mirar por la
ventana. Ningún Sputnik. Agrupó los platos y regresó a su dormitorio.
Mientras luchaba con sus enaguas, los pensamientos de Florence se volvieron
hacia el comportamiento igualmente inquisitivo de Randy Bragg. Ajustó las persianas
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venecianas hasta que le permitieron mirar fuera. ¡Allí volvía a estar!
Se le veía descarado y modesto a la vez, con un pijama a cuadros rojos y negros,
sentado en los escalones delanteros, las rodillas dobladas y unos binoculares
apretados contra los ojos. Aunque quizás estaba a 75 metros de distancia, ella parecía
segura de que la miraba directamente y que le podía ver a través de la persiana baja.
Retrocedió apoyándose contra la pared del dormitorio, con las manos tapándose los
senos.
Casi cada tarde durante las pasadas tres semanas, y buen número de mañanas, ella
le había pillado. Algunas veces él estaba en el vestíbulo, como ahora, otras en una
ventana del segundo piso, y en ocasiones, muy alto, en la terraza. Solía barrerlo todo
con sus anteojos, pretendiendo interesarse en alguna otra parte, pero más a menudo
enfocaba a su casita. ¡Randolph Rowzee Bragg un fisgón! ¡Era sorprendente!
Mucho antes que la madre de Florence se trasladase al sur y construyese la casita,
los Bragg vivían ya en la casa grande, fea y monolítica, con altas ventanas victorianas
y panzudas chimeneas de ladrillo. Una vez estuvo aquel edificio considerado como el
más impresionante de River Road. Ahora, aparecía cochambroso y pasado de moda
comparado con las bajas, largas y antisépticas ciudadelas de cristal, metal y ladrillo
de color construidas por los ricos norteños que durante los pasados quince años
habían descubierto el río Timucuan. Sin embargo, la casa Bragg estaba chapada con
ciprés del país y con un suelo de planchas de pino, duro como el hierro, que podría
durar otros cien años. Su seto, en esta época como una capa llena de verde rebordeada
de oro, recorría todo el patio trasero hasta la orilla del río, unos cuatrocientos metros.
Y ella tenía que reconocerle ésto a Randy: sus jardines tan bien cuidados, brillantes
de flores de todas clases, camelias, gardenias y enredaderas. Florence había conocido
bien a la madre de Randolph, Rowzee Bragg, y de igual manera al juez Bragg. Vio
cómo Randolph se graduaba, iba desde la bicicleta hasta el coche de segunda mano,
desaparecía cierto número de años en una universidad donde estudiaba leyes,
reaparecía con un descapotable, volvía a desaparecer durante la guerra de Corea y por
último volvía a casa para siempre cuando el juez Bragg y la señora Bragg fueron
enterrados el mismo año. Ahora que este Randy, uno de los jóvenes mejor conocidos
del condado de Timucuan, aun cuando había salido con chicas de Pistolville y vivía
demasiado, era un… buen partido, como lo llamaría cualquier francesa. Era una pena.
La gente no podría imaginarse las cosas que ocurrían en las pequeñas ciudades.
Florence se enfrentó al espejo del tocador, preguntándose hasta qué punto habría
visto el joven de su desnudez.
Muchos años atrás un hombre le dijo que se parecía un poco a Clara Bow. Desde
entonces, Florence se peinaba al estilo de la actriz y no se preocupaba demasiado por
su regordeta figura. El hombre, un idealista imaginativo, se fue a Inglaterra en 1940,
alistado en los comandos, y le mataron. Ella retuvo sólo una memoria vaga e inexacta
de sus caricias, pero no podía olvidar cómo la comparó a Clara Bow, una estrella del
cine. Seguía viendo cierto parecido, aunque para eso era preciso que metiese el
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estómago y levantase la barbilla para borrar las fieras arrugas de su cuello… excepto
que su pelo ya no era tan largo como el de Clara. La cabellera se le había puesto
escasa y desvaída hasta tomar un color rosa sucio. Apresuradamente hizo con sus
labios el clásico pucherito de Clara Bow y terminó de vestirse.
Cuando salió por la puerta principal, no sabía Florence si dar un escamón a Randy
y no hacerle el menor caso. Allí estaba él en los escalones, los binoculares en su
regazo. Agitó la mano, sonrió y gritó a través del jardín y de la calzada:
—Buenos días, señorita Florence —su pelo negro estaba alborotado, los dientes
blancos, y parecía infantil, guapo e inofensivo.
—Buenos días, Randy —contestó Florence. A causa de la distancia, tuvo que
gritar, así que su voz no era tan seria y frígida como había pretendido.
—Está usted bonita y apetecible hoy —gritó él.
Ella caminó hasta la portezuela del coche, la cabeza inclinada como evitando un
mal olor, su porte rígido llevaba en sí una reprimenda y ninguna respuesta. Realmente
el chico tenía frescura, allí sentado con aquel pijama vil, tratando de decirle cosas
dulces. Todo el camino hasta la ciudad estuvo pensando en Randy. ¿Quién podría
haber sospechado jamás que el muchacho era un degenerado con impulsos de vigilar
cómo las mujeres se vestían y se desnudaban? Deberían arrestarlo. Pero si se lo decía
al Scheriff, o a cualquiera, se le reirían en la cara. Todos sabían que Randy salía con
muchas chicas y no todas ellas vírgenes. Ella misma le había visto con Rita
Hernández, aquella menorquina dulce de Pistolville, a la que se llevaba a su casa y,
sin duda, a su dormitorio, puesto que las luces se encendían en el piso superior y se
apagaban en el inferior. Y habían habido otras, recientemente una rubia alta que
conducía su propio coche, un Imperial nuevo con matricula de Ohio, y que se metió
en el sendero circular y se detuvo ante los escalones principales como si fuese la
dueña del lugar y de Randy. Nadie creería que encontraba desahogo a su sexualidad,
a larga distancia, a través de los ópticos y binoculares. Sin embargo, resultaba extraño
que no se hubiese casado. Era raro que viviese solo en aquel mausoleo de madera.
Incluso tenía su despacho allí, en vez de en un edificio profesional como los otros
abogados; era un ermitaño y un cursi, y un amante de los negros, y un pervertido.
Dios sabe lo que hacía con aquellas chicas, en su cuarto. Quizás se contentaba con
hacerlas desnudarse y vestirse mientras las miraba. Ella había oído de tales
desviaciones. Y no obstante…
No podía creer que hubiese algo básicamente equívoco con Randy. Había votado
por él en las elecciones primarias y se le mantuvo fiel en las reuniones del círculo
Frangipani cuando aquellos pájaros de jardín querían hacerlo pedazos. Después de
todo, era un Bragg, y un vecino, y además…
Con toda evidencia necesitaba ayuda y consejo. La edad de Randy, sabía ella, era
de treinta y dos años. Florence tenía cuarenta y siete. Entre gente que pasase de los
treinta y de los cuarenta la distancia en edades no era una brecha insalvable. Quizás
necesitaba, decidió, un poco de comprensión y ternura de una mujer ya mayor.
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II
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umbrales del alcoholismo. No es que Dan le hubiese regañado. Dan se limitó a
aconsejarle que tuviese cuidado y que no lo transformarse todo en una costumbre.
Randy sabía que no era alcohólico porque un alcohólico ansiaba licor. Jamás lo
deseó. Sólo bebía por placer y la más agradable de todas las bebidas era la primera
que se tomaba en una fría mañana de invierno. Además, cuando se la mezclaba con
café formaba parte del desayuno y, por tanto, no era tan vicioso. Dedujo que empezó
durante la guerra, cuando se vio obligado a cargar su estómago con cosas fritas, cosas
asadas goteantes de grasa, con ostras a la brasa cocidas en la misma arena y bebiendo
cerveza caliente y un crudo brebaje alcohólico. Después de tales noches, sólo el suave
whisky podía aclararle la cabeza y prepararle para enfrentarse a otro día. El whisky le
animó durante la guerra y ahora piadosamente le nublaba los recuerdos.
Pudo haber vencido a Porky Logan, ciertamente, pero hubo un pequeño error
táctico. Randy pronunció su primer discurso en Pasco Creek, una ciudad vaquera del
norte del país, cuando alguien gritó:
—Eh, Randy, ¿qué lugar ocupas en el Tribunal Supremo?
Se imaginó que esta pregunta se produciría, pero no tenía preparada la respuesta
adecuada: el casi liberal y moderado sureño, el segregacionista modo de hablar que
habría satisfecho a todo el mundo excepto a los exaltados, a los bocazas miembros
del Klux y a los ratones de tribunal que hubiesen votado de todas maneras por Porky,
y a los desperdicios de Georgia, Alabama, que se apiñaban con los menorquines
buscando espacio vital allá en el barrio de Pistolville. La verdad era que Randolph
Bragg se veía a sí mismo como roto por el problema, reconociendo sus peligros y
complejidades. Tenia ciertas convicciones. Había luchado en Corea y Japón y conocía
que la batalla por Asia se perdía en países y condados como el de Timucuan.
Igualmente conocía que Pasco Creek no se preocupaba por Asia. Creía que la
integración debería empezar en Florida, pero aún antes en las escuelas de párvulos y
en los jardines de infancia y que ocuparía toda una generación. Todo esto era difícil
de explicar, pero anunció su convicción igual, ineludible a causa de su herencia y su
entrenamiento y los juramentos efectuados como votante y soldado. Dijo:
—Creo en la Constitución de los Estados Unidos…
Entre la multitud se oyeron risitas y exclamaciones de desprecio y sus oyentes,
excepto los periodistas de Tampa, Orlando, y del semanario del condado, se fueron.
En los discursos posteriores, por lo demás, trató de explicar su posición, pero fue
inútil. A su espalda se le llamaba estúpido y traidor a su Estado y a su raza. Randolph
Rowee Bragg, cuyo abuelo fue senador de los Estados Unidos, cuyo bisabuelo fue
elegido por el presidente Wilson como ministro plenipotenciario y enviado
extraordinario en tiempo de guerra, cuyo padre fue elegido sin oposición, a media
docena de empleos, Randolph estaba derrotado en la proporción de cinco a uno
durante las elecciones democráticas primarias para ser nombrado a la legislatura del
estado. Eso fue peor que una derrota. Fue humillación y Randy sabía que nunca
podría solicitar un cargo público de nuevo. Volvió a llenar su taza, esta vez con más
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whisky que café, y Missouri, su doncella, apareció en el pasillo y llamó. El
respondió:
—Entra, Mizzoo.
Missouri abrió la puerta, empujando un aspirador eléctrico, llevando un cubo
lleno de latas, botellas y trapos. Missouri era la mujer de Tone Henry, vecina al
mismo tiempo que mujer de limpieza. Era unos 15 centímetros más bajita que Tu
Tone, que tenía casi la altura de Randy, pero Tu Tone decía que ella pesaba más que
él lo menos cincuenta kilos. Si eso era cierto, el peso de Missouri tenía que ser
descomunal. Pero esta mañana le pareció a Randy que había adelgazado un poco.
—¿Hace régimen, Mizzoo? —dijo.
—No, señor, no hago régimen. Estoy nerviosa.
¡Missouri siempre pareció sin nervios, sólida y plácida como un árbol
profundamente enraizado!
—¿Tu Tone te está dando otra vez disgustos?
—No. Tu Tone se ha portado bien. Está ahora pescando en el muelle. A decir
verdad, señor Randy, es la señora McGovern. Me sigue a todas partes con guantes
blancos.
Missouri trabajaba dos horas cada mañana para Randy y el resto del día para la
señora McGovern, que vivía a unos ochocientos metros más cerca de la ciudad. Los
McGovern eran los Fluseor McGovern, la Central Tool y Pite McGovern,
antiguamente de Cleveland y los padres de Liz McGovern, cuyo propio nombre era
Elizabet.
—¿Qué quiere decir, Mizzoo? —preguntó, fascinado Randy.
—Después de quitar el polvo, ella me sigue con los guantes blancos para ver si
limpié bien. Sé que hago las faenas a conciencia, señor Randy.
—Seguro que sí, Mizzoo.
Missouri enchufó el aspirador, lo puso en marcha y lo volvió a parar. Tenía más
que decir.
—Eso no es todo. Usted estuvo en esa casa, señor Randy. ¿Ha visto cuántos
ceniceros?
—¿Qué hay de malo con los ceniceros?
—Que ella no permite que hayan cenizas en ellos. Ese pobre del señor McGovern
tiene que fumar sus cigarros fuera. Luego estuvo lo de la cucaracha. Una gran
cucaracha en un cajón de la cómoda de plata. La señora McGovern abrió aquel cajón
y vio la cucaracha y gritó como si la hubiese picado un escorpión. Me hizo repasar el
cajón de la cocina y del comedor y colocar papel nuevo. Fue esa cucaracha la que me
envió al doctor Gunn, ayer. La señora McGovern no puede impedir que los gusanos y
los lagartos verdes entren en su casa ni puede soportarlos fuera, por lo que no sale
después de oscurecer por miedo a los reptiles. No creo que el señor McGovern esté
con nosotros mucho tiempo, señor Randy, porque, ¿qué es Florida excepto gusanos,
lagartos y reptiles? Creo que se marcharán en mayo, cuando empiece la época de los
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gusanos. Pero la señorita McGovern no querrá marcharse. Está emperrada en usted.
—¿Y qué es lo que te hace pensar en eso?
Missouri sonrió.
—Preguntas que ella hace. Como lo que usted toma para desayunar. —Missouri
miró a la botella sobre el mostrador—. Y quién le cocina. Y si le visitan a usted otras
chicas.
Randy cambió de conversación.
—Has dicho que fuiste a ver al doctor Gunn. ¿Qué te dijo?
—El doctor asegura que soy un caso complicado. Dijo que tengo la presión alta,
porque estoy gruesa. Dice que es bueno que pierda peso, porque así me bajará la
presión, pero el coger rabietas con los guantes blancos de la señora McGovern me
perjudica la salud. Dice que sólo debo comer verduras. Que renuncie al cerdo, que
coma pescado. Y me da comprimidos tranquilizantes para tomar uno cada día antes
de irme a trabajar para la señora McGovern.
—Hazlo, Mizzoo —dijo Randy y llevándose la taza subió al porche superior que
daba al seto y al río. Después trepó por la estrecha escalera de mano tipo marina que
conducía a la alta terraza, un rectángulo de cinco metros por dos y medio, firmes
planchas y una barandilla alzándose en el inclinado tejado. Tenía la fama de ser éste
el lugar más alto del condado de Timucuan. Desde él podía ver todas las haciendas de
la orilla del río, muelles y lanchas y toda la ciudad de Fort Repose, a una distancia de
cinco kilómetros corriente abajo, abarcada por una curva del agua plateada en donde
el Timucuan desembocaba al más amplio río San Yons.
Esta era su ciudad, o lo había sido. En 1838 durante las guerras seminolas, un
teniente Randolph Rowzee Peyton, U.S.N., virginiano, fue enviado a esta confluencia
fluvial con una fuerza y diez y ocho marines y dos pequeños cañones de latón. El
teniente Peyton viajó, con una barcaza, al sur, desde Cows Fort, cuyo nombre fue
cambiado más tarde por el de Jaksonville. Las órdenes del general Clinch eran atacar
y yugular las comunicaciones indias en los ríos, protegiendo así el flanco de las
tropas que bajaban por la costa este de St. Agustine. El teniente Peyton construyó un
blocao de troncos de palmera en el lugar, sus cañones cubriendo el canal. Al cabo de
dos años, excepto durante una expedición de alivio, más allá, hacia Nueva Esmirna,
no peleó, ni en batallas ni en escaramuzas. Pero cazó y pescó para alimentar a la
guarnición y estudió botánica y el cultivo de los cítricos. El clima suave, descrito en
un diario que se conservaba ahora en la arqueta de roble del despacho de Randy
Bragg, inspiraron al teniente el nombre de su puesto avanzado, Fort Repose.
Cuando terminaron las guerras, el fuerte fue desmilitarizado y el teniente Peyton
destinado al servicio en el mar. Cuatro años más tarde regresó a Fort Repose con una
esposa, una hija, y un título del gobierno abarcando cien acres. Había escogido aquel
preciso lugar para su hacienda porque era el campo más alto de la zona, con una
brusca pendiente hacia el río, ideal para plantar los naranjeros importados de España
y del Lejano Oriente. La casa original de Peyton se incendió. El edificio actual había
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sido construido por su yerno, el primer Marcus Bragg, nativo de Filadelfia, y abogado
enviado eventualmente al Senado. La atalaya o terraza fue añadida por el viejo
teniente Peyton, de modo que con sus catalejos de latón pudiese observar lo que
ocurría en la confluencia de los ríos.
Ahora las pertenencias de los Bragg habían disminuido hasta treinta y seis acres,
pero treinta quedaban aún con cítricos primitivos… naranjas, mandarinas, valencias y
temples… todos cuidados y vendidos en la temporada por la cooperativa del condado.
Cada año Randy recibía cheques totalizando de ocho a diez mil dólares de la
cooperativa. La mitad pasaba a su hermano mayor, Mark, el de la Fuerza Aérea, de la
que era coronel destinado en Offutt Field, cuartel general de la fuerza del Comando
Aéreo Estratégico, cerca de Omaha. Con su parte, más los dividendos de una
fundación establecida por su padre y sus honorarios ocasionales como abogado,
Randy vivía cómodamente. Puesto que conducía un coche nuevo y pagaba sus
facturas sin retraso, el comercio de Fort Repose le consideraba bien acomodado. Los
ricos recién llegados le clasificaban como un pobre gentilhombre.
Randy oyó música abajo y supo que Missouri había puesto en marcha su
tocadiscos y que, por tanto, estaba fregando el piso. El método de Missouri era
extender la cera, quitarse los zapatos, envolver sus pies en trapos y luego pulirla
bailando. Esto era probablemente tan eficiente, y con certeza más divertido, que
utilizar la enceradora eléctrica.
Se dejó caer en una hamaca y enfocó sus binoculares sobre la casa del predicador
Henri, buscando su condenado pájaro entre los pinos, palmas y hojas y ramas de
robles. Los Henri habían vivido allí tanto como los Bragg porque el primer Henri
vino como esclavo y sirviente del teniente Peyton. Ahora los Henri poseían cuatro
acres enclavados en el límite de levante de los bosques Bragg. El padre del
predicador Henri lo compró del abuelo de Randolph a cien dólares el acre, mucho
antes de la primera inflación, cuando la tierra se valoraba sólo por lo que producía. El
predicador estaba enganchando su mula, Balaam —la última mula del condado de
Timucuan— a la carretela. En este mes el predicador cuidaba su maíz y centeno,
mientras que su esposa, Jane, recogía y vendía tomates y efectuaba la labor de
fabricar conservas. Tenía que bajar y hablar al predicador sobre aquel condenado
pájaro, pensó Randy. Si alguien era adecuado para observar y reconocer un periquito
de Carolina volando por allí era el predicador, porque conocía a todos los pájaros, sus
costumbres y sus cantos. Enfocó con los anteojos el extremo del muelle desvencijado
de Henri. Tu Tone tenía cinco cañas de bambú extendidas. El propio Tu Tone estaba
reclinado de costado, la cabeza apoyada en la mano, para poder vigilar los corchos,
sin esfuerzo. El hijo menor del predicador, Malachai, que era portero de Randy y tan
de confianza como Tu Tone, no estaba por allí.
Randy oyó cómo sonaba el teléfono de su despacho. La música se detuvo y
comprendió que Missouri estaba contestando. Al poco ella le llamó desde la terraza
inferior.
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—Señor Randy, es para usted. Es Wertern Union.
—Dígale que bajo en seguida —contestó Randy, saltando de la hamaca y bajando
por la escalera, preguntándose quien le enviaba un telegrama. No era su cumpleaños.
Si ocurría algo importante, la gente telefoneaba. A menos…, se acordó, que la Fuerza
Aérea enviaba telegramas cuando un hombre resultaba herido o moría. Pero no podía
ser Mark, porque dos años llevaba su hermano sin volar, tras un escritorio. Sin
embargo, Mark hacía prácticas de vuelo cada mes, a ser posible, tratando de cobrar
una paga extra.
Tomó el teléfono de manos de Missouri y la apartó a un lado.
—¿Diga? —preguntó.
—Tengo un telegrama, Randy… en realidad es un cable… de San Juan, Puerto
Rico. Está firmado por Mark. Es realmente muy raro.
Randy respiró, aliviado. Si Mark había enviado el mensaje, entonces Mark estaba
bien.
El hombre no podía elegir a sus parientes, sólo a sus amigos, pero Mark había
sido siempre amigo de Randy, además de hermano.
—¿Qué dice el mensaje?
—Bueno, se lo leeré —contestó Florence—, y luego usted me lo vuelve a leer
para confirmarlo. Dice: —«Urgente que te reúnas conmigo en Base Ops McCoy a
mediodía de hoy. Gerad y los chicos vuelan hacia Orlando esta noche. Ay,
Babilonia». —Florence hizo una pausa—. Eso es lo que dice «Ay, Babilonia».
¿Quiere que se lo repita todo, Randy?
—No, gracias.
—¿Qué es lo que significa «Ay, Babilonia»? ¿No está sacado de la Biblia?
—No lo sé. Me lo imagino. —Conocía muy bien lo que significaba. Sintió
náuseas.
—Hay otra cosa más, Randy.
—¿Sí?
—Oh, no es nada. Se lo diré la próxima vez que nos veamos. Y espero que no
vista usted esos llamativos pijamas. Adiós, Randy. ¿Seguro de que se enteró del
mensaje?
—Seguro —contestó él y colgó, dejándose caer en una mecedora. Ay, Babilonia,
era una señal particular de la familia. Cuando eran chicos, Mark y él solían deslizarse
de la iglesia bautista del Primer Reposo Africano las noches del sábado para oír al
predicador Henri evocar el fuego del infierno y la condenación sobre los pecadores de
las grandes ciudades. El predicador Henri siempre sacaba su texto de la revelación de
San Juan. Parecía ser que terminara cada verso con «¡Ay, Babilonia!», en una voz tan
resonante que podía notársela si uno colocaba las yemas de los dedos en los tableros
de pino de la iglesia. Randy y Mark se agazapaban bajo la ventana posterior detrás
del público, fascinados y con los ojos muy abiertos, mientras el predicador Henri
describía las aberraciones babilonianas, incluyendo la fornicación. Algunas veces el
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predicador Henri hacía que Babilonia pareciese Miami y otras veces Tampa, porque
no sólo condenaba la fornicación —leyó la palabra sacándola de la Biblia— sino las
carreras de caballos y las de perros. Randy casi podía oírle aún. «Y os digo ahora,
todos los engañadores de esposas, los bebedores de whisky y los pervertidos lo
conseguirán. Todos los que salen de esos palacios del pecado, de la playa, que llaman
hoteles o moteles, cuando mujeres vestidas con abrigos de visón y joyas y no mucha
más ropa, recibirán su castigo. Y los que viajan raudos en Cadillac y en llamativos
vehículos, recibirán su castigo. Como se dice aquí en el Buen Libro, que la Gran
Ciudad estaba forrada de fino lino y de púrpura y de escarlata cubierta de piedras
preciosas y de perlas, esa Gran Ciudad fue borrada por el fuego, de la superficie de la
tierra, en una hora. ¡Sólo en una hora! ¡Ay, Babilonia!».
O bien el predicador Henri era demasiado viejo, o la congregación de Reposo
Africano estaba cansada de sus calcinantes profecías, porque solamente predicaba
aquellos domingos en que llegaba el nuevo ministro, un graduado de la universidad,
de piel clara, que en aquellas fechas se dirigía a la ciudad. Randy y Mark nunca
olvidaron la atronadora predicación de Henri y de ella sacaron su sinónimo privado
de desastre verdadero, cósmico, pasado, o pasado a futuro. Si uno se caía del muelle,
o perdía su dinero jugando al póker o llegaba tarde a una cita prometedora con alguna
buena pieza de Pistolville, o anunciaba que un huracán o una helada se aproximaba,
el otro se quejaba con un «¡Ay, Babilonia!».
Pero en este telegrama había un significado muy especial, exacto. Mark tuvo un
permiso por Navidades y bajó con Gerad y los dos niños, Ben Franklin y Peyton para
pasarse en la casa una semana. Durante su última noche en Fort Repose, después de
que los demás estuviesen en la cama, Mark y Randy estuvieron sentados allí, en este
despacho, mirando a la botella de whisky y con profunda ansiedad en sus corazones,
tratando de adivinar el futuro. Las Navidades habían sido una época de tribulaciones,
un tiempo de confusiones en casa y de tensiones en el extranjero, pero de toda su
vida, Randy no podía recordar otra clase de épocas. Siempre hubo depresión, o
guerra, o amenaza de conflicto bélico.
Mark estaba en el servicio de inteligencia de CAS, había recorrido el anticuado
planeta tres veces por completo desde su casa en la bahía, de modo que lo conoció
perfectamente. Ahora miraba el globo terráqueo, comprado por su abuelo, el
diplomático, antes de la primera gran guerra, de modo que los países, algunos con
nombres infamiliares, parecían singularmente garrapateados. Los continentes y mares
eran los mismos, que es lo que importaba. Mientras Mark hablaba, su rostro se puso
serio, casi fantasmal, y su dedo índice trazó grandes rutas circulares a través de la
agrietada superficie… trayectorias de proyectiles dirigidos y de bombarderos. Luego
trazó un tosco mapa, con dos lineas que se cortaban, la línea que continuaba hacia
arriba después del cruce pertenecía a la Unión Soviética y el momento de intersección
era el adecuado, entonces.
—¿Cómo sucedió? —había preguntado Rancy—. ¿Dónde cometimos el resbalón?
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—No fue falta de dinero —había sido la respuesta de Mark—. Fue un estado
mental. Las mentalidades Chevrolet buscando alejarse de un mundo espacionave. Las
naciones son como las personas. Cuando se hacen ricas y gordas se convierten en
conservadoras. Gastan su energía tratando de conservar las cosas tal y como están…
y eso va contra la naturaleza. O, los servicios también tuvieron la culpa. Quizás
incluso C.A.S. Nosotros diseñamos los bombarderos más hermosos del mundo y los
construimos a millares. Hemos mejorado y perfeccionado cada año estos aparatos,
como a los nuevos modelos de coches. No podemos soportar la idea de que los
bombarderos a reacción por sí mismos puedan quedar pasados de moda. Ahora
estamos en la posición de la Marina Federal, con sus fragatas de vapor y de madera,
contra los buques blindados confederados. Es un estado mental que el dinero a solas
no curará.
—¿Y quién lo hará? —preguntó Randy.
—Hombres. Hombres como John Ericsson para inventar un «Monitor» que se
enfrente a un «Merrimac». Hombres valientes, osados, tenaces. Hombres impacientes
y singulares como Rickover, aporreando escritorios, pidiendo su submarino atómico.
Hombres implacables que disparan las cabezas de muerte de proyectiles incendiarios.
Hombres rudos que guían a los poco imaginativos, a los indiferentes, a los hijos de
perra que saltan sobre un ganso, al galope. Jóvenes, porque necesitamos volver a ser
un país joven. Si conseguimos esa clase de hombres quizá lo logremos… Mientras el
otro bando nos dé tiempo.
—¿Lo darán?
Mark había repasado la esfera terráquea y se encogió de hombros.
—No lo sé. Creo que el globo está a punto de subir y yo voy a enviar a Helen y a
los chicos a esta casa. Cuando un hombre muere y su mujer y sus hijos mueren con
él, entonces ha muerto por entero, sin dejar nada atrás.
—¿Crees que estarán aquí más seguros que en Omaha? Después de todo tenemos
aquí el complejo Jax Naval Air al norte nuestro, y Homestead y Miami al sur y Eglin
al noroeste y Machill y Tampa al suroeste y el Centro de pruebas de proyectiles
dirigidos en Cabo Cañaveral al este y McCoy y Orlando casi a la puerta de la calle, a
sólo sesenta y cinco kilómetros. ¿Te parece buen lugar?
—No hay ningún sitio que pueda considerarse absolutamente a salvo. Con las
explosiones y la radiación, habrá suerte… según sea el tamaño y la configuración de
las armas, la altitud de la bola de fuego, la dirección del viento. Pero conozco a Helen
y los chicos y sé que no tendrán mucha posibilidad en Omaha. Los cuarteles
generales del C.A.S. tienen que ser el blanco número uno para el enemigo. Apuesto a
que tienen programada una bomba de cinco megatones para Offutt y puesto que
nuestra casa queda a ocho millas de la base ninguna clase de Fuerte le salvaría… —
Mark sacudió los dedos—. No es que crea que eso haría mucho bien al enemigo…
Bastaría dar automáticamente órdenes a otros centros de control y todas nuestras
tripulaciones conocerían sus blancos. Pero ellos atacarán el cuartel general del C. E.
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S., esperando una parálisis temporal. Todo cuanto necesitan es un poco de retraso.
Tendré que estar allí, en Offutt, en el agujero, pero por lo menos lo que se le permite
hacer a un hombre es dar una oportunidad a sus hijos para que crezcan y creo que la
tendrán mejor aquí en Fort Repose que en Omaha. Así que, ya veo lo que viene y éste
es el momento, pero cuando el instante esté más próximo enviaré a Helen y a los
chicos hasta esta casa. Y trataré de avisarte, para que puedas estar preparado.
Mark quiso saber:
—¿Cómo?
Mark sonrió.
—No te llamaré y te diré «Eh, Randy, los rusos están a punto de atacarnos». Los
teléfonos no son seguros y no creo que mis jefes ni el Estado Mayor de la Isla lo
aprobarían. Pero si tú oyes «Ay, Babilonia», sabrás que es el aviso.
Randy no había olvidado nada de esta conversación. Aproximadamente una
semana más tarde, pensando en las palabras de Mark, Randy decidió meterse en
política. Empezaría por una legislatura del estado y en pocos años estaría preparado
para acudir al Congreso. Sería la clase de jefe que Mark quería.
No resultó así. Ni siquiera pudo vencer a Porky Logan, un tipo gordo cuyo voto
podía ser comprado por cincuenta dólares, que fanfarroneó de no haber pasado del
séptimo grado, pero que podía conseguir más carreteras nuevas y dinero estatal para
el condado de Timucuan que cualquier radical medio crudo, indudablemente
madurado por los cabezas huecas del N.A.C.P., y ni siquiera sabían que el Tribunal
Supremo estaba controlado por Moscú. Así que el chasco de Randy fue inspirado por
aquella noche y ahora podía dar luz a algo peor.
Se preguntó qué es lo que estaba haciendo Mark en Puerto Rico y por qué ese
aviso había venido de allí. Debió proceder de Washington, Londres, Omaha, o
Colorado Springs, más que de San Juan. Era verdad que el C.E.S. tenía una gran base,
en Puerto Rico, pero… Era inútil deducir; lo sabría al mediodía. De una cosa estaba
seguro, si Mark esperaba que se produjera, probablemente se produciría. Su hermano
no era alarmista. Randy, a veces, se permitía que las emociones distorsionasen la
lógica; Mark, jamás. Mark era capaz de calcular las probabilidades, en la guerra o en
el poker, hasta la fracción decimal última, que por lo que había sido era un Jefe
Delegado del Servicio de Inteligencia en el C.E.S. y pronto tendría su estrella.
Randy sabía que había mil cosas que debería hacer, pero no pudo pensar en
ninguna de ellas. Se dio cuenta. Ritmo de rumba en la sala de estar y al poco Missouri
apareció a la vista, patinando, los pies envueltos en los trapos de encerar, los hombros
y las caderas moviéndose con elegancia elefantina, fija en su pulimentar. La gritó:
—¡Misssouri!
—¿Diga, señor? —su movimiento hacia delante se detuvo, pero sus labios
continuaron tarareando y sus pies moviéndose.
—Deja de forcejear y prepara tres dormitorios en la parte delantera. La familia
del coronel Mark estará aquí mañana.
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—¡Oh, qué estupendo! Igual que el año pasado.
—No, no igual que el año pasado. El no viene con ellos. Sólo la señora Bragg y
Ben Franklin y Peyton.
Missouri le miró a través de la puerta.
—Míster Randy, no tiene buen aspecto. Esos telegramas son la muerte. ¿Tuvo
usted malas noticias? ¿Le ha pasado algo al coronel Mark?
—No. Me iré en el coche hasta McCoy para reunirme con él a las doce.
—Oh, qué bueno. ¿Cómo es que a los niños del norte les permiten salir del
colegio tan de prisa?
—No lo sé.
—Quitaré el polvo bien y prepararé las camas; pondré toallas y jabón en los
cuartos de baño, como el año pasado.
—Gracias, Mizzoo, eso está bien.
—Caleb se alegrará de ver a Ben Franklin —dijo a Missouri. Caleb era el hijo de
Missouri y precisamente de la edad de Ben, trece años. El año pasado Randy le
permitió llevarse el bote por el río, pescando; igual que Randy, de niño, pescó con el
tío de Caleb, Malachai, excepto que veinte años atrás el bote era un esquife,
impulsado por músculos y remos, en lugar de un objeto de plástico con un motor de
treinta caballos.
Missouri recogió sus cacharros de limpieza y dejó a Randy solo con su pesadilla.
El joven sacudió la cabeza, pero no despertó; la pesadilla era real. Despacio obligó a
su cerebro a que funcionase. Despacio se obligó a sí mismo a imaginar lo
inimaginable…
Tenía que hacer una lista de cosas que Helen y los chicos necesitarían. Recordó
que no había nada almacenado en la cocina grande del piso y poco en el cuarto
trastero, excepto algunos filetes en el congelador y unas cuantas latas de conservas.
Dios mío, si iba a haber una guerra necesitarían cantidades de todo. Miró su reloj de
pulsera. Aún tenía que afeitarse y vestirse y tenía que permitirse hora y media para
llegar hasta McCoy, a diez y seis kilómetros al sur de Orlando, al considerar que las
carreteras y autopistas principales estarían atestadas de turistas y el tráfico
exasperante de Orlando era capaz de entretener al más pintado, máxime siendo un día
de cobro, a menos de tres semanas de Navidades. Decidió calcular en dos horas el
viaje por carretera.
Sin embargo, pudo empezar la lista y había una cosa que tenía que hacer en
seguida. Ben Franklin tomaba medio litro de leche al día y Peyton, su hermana de
once años, todavía más. Telefoneó a Golden Dew Dairy y revisó su pedido diario
alzándolo drásticamente. Ese fue el primer acto de Randy para enfrentarse a la
emergencia y demostraría por lo menos su utilidad.
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PARTE 2
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I
Randy salió de casa a tiempo de ver a Missouri instalarse bajo el volante del Ford
modelo A, de Henri, antiguo —así certificado con una etiqueta «Q» expedida por el
estado—, pero conservando perfecto orden de marcha por la ingenuidad mecánica de
Malachai.
—No he terminado, pero tengo que irme ahora —dijo ella—. La señora
McGovern está pendiente del reloj conmigo. Volveré mañana.
El modelo A, inclinado por el peso de Missouri, traqueteó por el sendero de
guijarros. Randy entró en su nuevo Bonneville. Era un coche dulce, compromiso
entre uno deportivo y uno de capota dura, largo, bajo, muy rápido y muy divertido,
aun cuando su motor de alta compresión consumiese el combustible en cantidades
industriales.
A las once, acercándose a Orlando, en la Carretera 50, puso la radio para las
noticias. Turquía había apelado a las Naciones Unidas en NU pidiendo una
investigación de las penetraciones de Siria a su frontera. Siria acusaba a Israel de
planear una guerra preventiva. Israel acusaba a Egipto de enviar aviones espía por
encima de sus defensas. Egipto pretendía que sus navíos, destinados desde Mar
Negro a Alejandría, estaban siendo retornados a los estrechos y culpaba a Turquía de
haber roto la Convención de Montreux.
Rusia acusaba a Turquía y a los Estados Unidos de intrigar para aplastar Siria, y
advertía a Francia, Italia, Grecia y España de que cualquier nación que tuviese bases
americanas se vería envuelta en una guerra general y borrada del mapa.
El Secretario de Estado estaba en algún lugar del Atlántico marchando para
conferenciar en Londres.
El embajador soviético en Washington había sido llamado para consulta.
Habían tumultos en Francia.
Todo sonaba mal, pero familiar como un disco viejo y rayado. Lo había oído
antes, casi las mismas palabras, allá en los años 57 y 58. Así que ¿para qué oprimir el
botón del pánico? Mark podía estar equivocado. No sabría, con seguridad, que el
globo subía. A menos que tuviese noticias frescas, de algo que no apareciese en los
periódicos ni fuera emitido por la radio.
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II
Poco antes del mediodía, Florence Wechek colgó su cartel «Vuelvo a la una», en
la puerta del despacho y bajó por Yulee Street para reunirse con Alice Cooksey en el
Pink Flamingo. Los viernes comían siempre juntas. Alice, delgada, vestida de negro y
gris, un gorrión de mujer activo y colérico, se retrasó. Apresurose a llegar a la mesa
de Florence y dijo:
—Lo siento. Acabo de tener una escaramuza con Kitty Offenhaus.
—¡Oh, querida! —repuso Florence—. ¿Otra vez?
Kitty era secretaria del PTA, ex presidenta del circulo Frangipani, tesorera del
Club de Mujeres y miembro del consejo de administración de la biblioteca. También
era esposa de Luther Bubba Offenhaus, Jefe Cola Retorcida del Lions Club,
vicepresidente de la Cámara de Comercio, y delegado director de la Defensa Civil
para todo el condado. Poseía el negocio más próspero de la ciudad, la Funeraria
Offenhaus y un negocio gemelo de terrenos, el Parque Repose en Paz.
Alice cogió el menú. Tembló. Se sentó rápidamente y dijo:
—Sí, otra vez. Creo que tomaré ensalada de atún.
—Tendrías que comer más, Alice —le recomendó Florence, advirtiendo lo blanca
y ajada que estaba la cara de su amiga—. ¿Qué pasó?
—Kitty vino y dijo que había oído rumores de que teníamos libros escritos por
Cari Rowan y Walter White. Le dije que los rumores eran ciertos y que si ella quería
pedir uno prestado.
—¿Qué te contestó? —Florence bajó el tenedor, ya no interesada en su gelatina
de pollo.
—Dijo que eran subversivos y antisureños… ella es hija de la Confederación… y
me ordenó que los quitase de las estanterías. Le contesté que mientras fuese
bibliotecaria allí se quedarían. Me dijo que iba a presentar la cuestión ante el consejo
y si era necesario ir con Porky Logan. Se encuentra él en el comité de investigación
de Tallahassee.
—¡Alice, vas a perder el empleo! —Kitty Offenhaus era la persona de más
influencia en Fort Repose, con la excepción de Edgar Quisenberry, que poseía y
dirigía el banco.
—No lo creo. Le contesté que si pasaba algo así llamaría al «St. Petersburg
Times» y al «Tampa Tribune» y al «Miami Herald» y que enviasen reporteros y
fotógrafos. Dije: «Kitty, ¿no te imaginas la fotografía de la primera página y el
encabezamiento… Esposa del enterrador quema libros»?
Estas eran las noticias más fascinantes que Florence había oído en semanas.
—¿Y entonces qué pasó?
—Nada en absoluto. Si me permites que tome prestado una expresión de uno de
mis jóvenes lectores, ella se fue humeando por sus ocho cilindros.
—Pero tú realmente no avisarías los periódicos, ¿verdad?
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Alice contestó con cuidado, comprendiendo plenamente que todo se repetiría
pronto.
—¡Claro que sí! ¡Pero no creo que sea preciso! Mira, la publicidad bañaría el
negocio de Bubba. Una tercera parte de los clientes de Bubba son negros y otro tercio
yanquis que bajaron aquí a vivir de sus pensiones y acabar sus días tranquilos —alzó
sus ojos brillantes y azules y añadió, como si repitiese uno de los mandamientos—:
La censura y el control del pensamiento pueden existir sólo en la oscuridad y en el
secreto.
—¿Y eso fue todo?
—Y eso fue todo. —Alice probó su ensalada—. ¿Qué has estado haciendo,
Florence?
Florence no pudo pensar en ninguna aventura, ni siquiera en noticias captadas por
el teléfono, que pudiesen competir con el relato de Kitty Offenhaus…, excepto su
experiencia con Randy Braggs. Se había dicho a sí misma que no diría nada acerca de
Randy a nadie, pero podía fiarse de Alice, que era prudente a pesar de su apariencia y
que incluso, cuando joven, localizó también a un fisgón por sí misma. Así que
Florence le contó lo de Randy y de sus catalejos y de cómo la había mirado aquella
mañana, para concluir:
—¿Verdad que es casi increíble?
—Es increíble —dijo Alice, llanamente.
—¡Pero yo lo vi!
—No me importa. Conozco a los chicos de Bragg. Incluso antes de que viniesen
aquí, Florence, los conocía. Conocí al juez Bragg bien, muy bien.
Florence recordó vagos informes, de muchos años atrás, en los que Alice
Cooksey se había entendido con el juez Bragg antes de que éste se casase con
Gertrude. Pero eso no importaba para lo que ocurriese ahora en casa de los Bragg.
—Has de reconocer que esos chicos Bragg son un poco peculiares —dijo
Florence—. Tendrías que haber visto el cable que Randy recibió de Mark esta
mañana. Urgente que se reuniese en McCoy, hoy. Helen y los chicos volarían a
Orlando esta noche…, ya conoces que esos chicos no pueden estar todavía fuera del
colegio…, las últimas dos palabras no tenían sentido en absoluto. «¡Ay, Babilonia!».
¿No es una locura?
—Esos chicos no están locos —dijo Alice—. Siempre han sido muy brillantes.
Infernales, sí, pero por lo menos saben leer, que es más de lo que puedo decir de los
chicos de hoy. ¿No sabes que Randy se había leído todas las historias de la biblioteca
antes de cumplir dieciséis años?
—No creo que eso tenga nada que ver con sus hábitos sexuales —repuso
Florence. Se inclinó sobre la mesa y tocó el brazo de Alice—. Alice, ven a mi casa
esta noche a pasarte el fin de semana. Quiero que te cerciores tú misma.
—No puedo. Tengo la biblioteca abierta los sábados. Es mi única posibilidad de
captar a los jóvenes. Las noches y los domingos están paralizados por la TV.
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—Yo también abro el sábado por la mañana, así que podemos venir juntas. Te
recogeré cuando hayas terminado mañana por la tarde. Será un cambio para ti, estar
en el campo, lejos de esa habitación atestada.
Alice dudaba. Sería hermoso visitar a Florence, pero le sabía mal aceptar favores
que no podía devolver.
—Bueno, veremos —dijo.
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III
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IV
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—La probabilidad para un piloto acalorado —comentó Randy—. ¿Qué pasa por
aquí? Esto parece una ciudad fantasma. ¿Están ustedes cerrando la tienda?
—¿Es que no ha oído lo de la dispersión interina de S.A.C.?
—Vagamente, sí, en alguno de los comentarios.
—Bueno, no lo voceamos a gritos. Tratamos de mantener la mitad del ala fuera de
esta base, porque donde estamos ahora es uno de los primeros blancos. Hemos sacado
nuestros aviones de los campos de combate y de la marina y hasta de los aeropuertos
comerciales. Y tratamos de mantener el diez por ciento del ala volando todo el tiempo
y si usted mira hacia el hangar de delante verá cuatro 48 plantados, cargados de
bombas y preparados para despegar. Un modo condenadamente caro de dirigir la
fuerza aérea.
Randy miró. Allí estaban, las alas caídas por tener llenos los tanques, unidos al
suelo por esbeltos cordones umbilicales, los cables de salida.
—No me refería tanto a los aviones como a la gente —dijo Randy—. ¿Dónde está
todo el mundo?
—Oh, eso —Hart frunció el ceño como si decidiese cuánto podría decir y qué
palabras utilizar—. Los periódicos lo saben, pero no lo publican —dijo por último—.
La gente en torno a Orlando debe conocerlo ya ahora, así que no puede ser ningún
secreto. Hemos estado en una especie de alerta modificada durante cuatro o cinco
semanas. Quizá debiera llamarlo evacuación silenciosa. Hemos despejado la zona de
todo personal civil y no esencial y estamos animando a todo el mundo para que saque
a su familia de la zona de explosión. Mira, Randy, no podemos esperar que hayan tres
divisoras de aviso en ningún momento. Si tenemos suerte, podremos conseguir
quince minutos.
Randy asintió. Advirtió los largos proyectiles dirigidos rojos colocados bajo las
alas de los posados B47. Los reconoció por las fotografías vistas en los periódicos
como del tipo rascal, un proyectil portador de bombas H aire-tierra.
—¿Sirve de mucha ayuda ese cohetito rojo? —preguntó.
—Ese cohetito rojo —contestó Hart—, es lo que llamamos salvador de
tripulaciones. Los rusos no son tontos. Tratan de contenernos con proyectiles aire de
aire y sólo a aire, con rayos, con buscadores de calor, con localizadores de sonido y,
por cuanto sean olfateadores. No ha habido nada suave excepto con el Rascal… y
algunos otros chismecitos… que nosotros no hayamos escrito como si fuesen un
cuerpo de camicaces. No tendremos que penetrar en sus zonas de defensa interior.
Podemos localizar el blanco lejos de él y ver que ese cochecito rojo vuele. Ya sabe
donde ir. ¿Sabe usted una cosa?
—¿Qué?
La sonrisa de Paul Hart había desaparecido y parecía más viejo y cuando habló lo
hizo muy serio:
—Cuando suene el silbato, tendré posibilidades de sobrevivir si estoy en mi
avión, derecho hacia el blanco, más que si me encuentro en casa sentado con los pies
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en alto, bebiendo un whisky y con Martha espantándome los mosquitos… y nuestra
casita en el lago queda a ocho kilómetros de aquí. Así que soy un hombre pacífico.
Desearía que Martha y los chicos viviesen en Fort Repose.
Randy oyó el bajo chirrido de motores a reacción a potencia mínima y vio cómo
un C-135 de forma de un cigarro marchaba en línea por la autopista girando hacia
abajo. Al poco vio una brusca curva entrando en una zona de parada de taxis y frenó
ante Operaciones. Una bandera, tres estrellas blancas en un campo azul, asomaba por
la cabina, indicando que el teniente general iba a bordo y avisando a McCoy que
preparase los honores propios de su rango.
El general de tres estrellas fue el primero en bajar por la rampa, su sonrosado
ayudante pisándole los talones, como un perrito cariñoso. Mark fue el último en bajar.
Randy agitó la mano y lo miró y Mark le devolvió el saludo, pero no la sonrisa. Al
bajar por la rampa y cruzar el cemento, las rodillas al descubierto en un uniforme
tropical, Mark parecía como una edición ligeramente mayor de Randy, dos
centímetros y medio más alto, y un poquitín más corpulento. A diez metros parecían
gemelos, con el mismo mechón de cabello, blancos dientes detrás de labios móviles,
ojos hundidos e interrogadores, la misma forma de caminar e idéntico oscilar de
hombros, hoyo en la barbilla y una nariz simpática con un puente huesudo saliente. A
un metro, unas profundas arrugas aparecieron en torno a los ojos de Mark y su boca,
en la cabellera había notas de gris, su mandíbula salía casi un centímetro extra, su
rostro estaba más delgado. A un metro eran del todo diferentes y pareció como si
Mark fuese mayor, más duro y probablemente más sabio.
Mark colocó una mano sobre el hombro de Hart y la otra en el de Randy y caminó
con ellos hacia el edificio.
—Paul —dijo Hart—, será mejor que te pongas en contacto con el general
Heycock. Tiene hambre y cuando está hambriento se pone furioso. ¿Qué te parece si
ayudas a su asistente a preparar el transporte y llevarle al club 0?
—Aquí sólo tenemos pocas cosas. El despegue dentro de cincuenta minutos.
Hart alzó la vista y vio tres jóvenes de la Fuerza Aérea acercándose por el
sendero.
—Ahí está el transporte del general —dijo y entonces, dándose cuenta de que
Mark con tacto manifestaba que quería estar a solas con su hermano, añadió—. De
todas maneras, iré hasta el Club 0 y pondré en danza al oficial encargado de la
cantina —le estrechó la mano y dijo—: Te veré, Mark, la próxima vez.
—Seguro —dijo Mark. Se volvió a Randy—. ¿Dónde está tu coche? Tengo
mucho que decir y muy poco tiempo para hacerlo. Podemos hablar en el coche. Pero
primero beberemos algo dulce o por el estilo dentro de Operaciones. No pudimos
cargar muchos almuerzos de vuelo en Ramey.
El asiento delantero del Bonneville era como un despacho particular cómodo y
soleado. Randy formuló la pregunta esencial primero:
—¿A qué hora tienen que entrar Helen y los niños?
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Mark sacó una agenda del bolsillo del pantalón.
—A las tres y media de mañana por la mañana, hora local en Orlando Municipal.
Carmody… es comandante de Ala en Ramey… y un amigo en la oficina del Este en
San Juan. Lo preparó todo para mí. El avión parte de Omaha esta noche a las siete y
diez. Hay un transbordo, en Chicago.
—¿No sois un poco duros para Helen y los chicos?
—Podrán dormir durante el camino de Chicago a Orlando. Será tan duro como
para ti salirles al encuentro. Lo importante es que obtuve la reserva. En esta época del
año, me costó bastante trabajo.
—¿A qué tanta prisa? —preguntó Randy—. ¿Qué diablos ocurre?
—Contente, hijo —dijo Mark—. Voy a darte una instrucción completa.
—¿Se lo has dicho ya a Helen?
—También cableé desde San Juan, sólo diciéndole que tenía hechas reservas para
esta noche. Ella comprenderá. —Miró parpadeante a los diales y mandos del
salpicadero—. Tienes aquí algo muy cuco, Randy. No debe importarte nada. En
cuanto a Helen, ella y yo hablamos de esto hace tiempo, pero no le gustó. No le gustó
en absoluto y menos le gustará ahora que ha llegado el momento. Pero la veré subir
en ese avión aunque tenga que volverla del revés o enviarla encerrada en un cajón
como carga aérea.
Randy no dijo nada. Simplemente tamborileó en el reloj del coche, recordando a
su hermano la hora que era.
—Está bien —asintió Mark—. Te lo contaré. Primero, estrategia; luego, práctica.
—Se metió en la boca una galletita salada con mantequilla, buscó su pluma y
comenzó a dibujar en su bloc de notas. Trazó un mapa tosco, el de la zona
mediterránea.
Mark no piensa bien hasta que tiene la pluma en la mano, pensó Randy, y puede
ver un mapa. Probablemente se siente más cómodo, como si tuviese un tintero en la
sala de estrategia de CAS.
—La clave es el Mediterráneo —dijo Mark—. Durante trescientos años los rusos
han tratado de asomarse a los estrechos y desembocar en el Mediterráneo. Pedro el
Grande, Catalina la Grande, el Zar Alejandro, todos lo intentaron. Ahora, más que
nunca, el control del Mediterráneo significa el control del mundo.
Randy asintió. Los conquistadores siempre supieron esto o lo presintieron. César
lo hizo; Jerjes, Napoleón y Hitler, fracasaron.
—Si Jerjes hubiese ganado en Salamina —dijo—, todos hablaríamos persa…
pero eso pasó mucho antes de la época de los Sputniks y de los ICBM. Creo que
luchar ahora, en estos momentos, sería para controlar el espacio. Quien controla el
espacio controla el mundo.
Mark sonrió.
—Lo mismo puede suceder de la otra forma. Nosotros… con nosotros me refiero
a la coacción de la NATO… no vamos a permitir que el tiempo nos alcance con ellos
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operando y mucho menos controlando el espacio. Ahora no me discutas. Tenemos su
Plan de Guerra.
Randy aspiró profundamente y se sentó rígido.
—Por primera vez Rusia tiene cabeza de puente en el Mediterráneo… aquí, aquí
y aquí… —Mark trazó óvalos en el mapa—. Tiene una flota en el Mediterráneo tan
potente como la nuestra cuando uno opone su fuerza submarina contra nuestros
transportes. Tienen cercada a Turquía por tres lados y pueden derrotar al gobierno
turco y obligar a la cancelación del Bósforo y de los Dardanelos. Entonces habrían
ganado la guerra, sin luchar. El Mediterráneo sería suyo, Africa quedaría cortada de
Europa, la NATO desbordada por el Sur y uno a uno todos nuestros aliados —excepto
Inglaterra, quedarían en su regazo o se declararían neutrales. Las bases del SAC en
Africa y España serían insostenibles y se fundirían. La NATO se replegaría y los
emplazamientos de hierro que planeamos nunca podrían terminarse.
—Ese fue su juego en el año cincuenta y siete, ¿verdad? —preguntó Randy.
—Tienes buena memoria, Randy, y eso es un símil bueno también. Los rusos son
grandes jugadores de ajedrez. Raramente cometen dos veces el mismo error. Ahora,
hoy, están haciendo movimiento. Es el mismo gambito…, pero con una diferencia
tremenda. El año cincuenta y siete, parecía como si fuesen a hacer de Turquía otra
Corea, advertimos al Kremlin de que no habría santuario dentro de Rusia. Echaron un
vistazo al tablero y abandonaron la partida. Luego, en el cincuenta y ocho, después de
que el rey del Irak fue asesinado, tomamos la iniciativa y desembarcamos marines en
el Líbano. Llegamos allí de prisa. Vieron que estábamos preparados y que no podía
haber sorpresa. Se les pilló fuera de equilibrio y no se atrevieron a moverse. Esta vez
es distinto. Están preparados para seguir adelante con ello, porque las probabilidades
han cambiado.
—¿Cómo pueden saberlo?
—¿Recuerdas lo que leíste sobre el general ruso que se pasó en Berlín? Un
general del aire, un tipo agudo, un ser humano. Nos trajo su Plan de Guerra, en la
cabeza. Esta vez, no abandonarán la partida. Seguirán hasta ganar la guerra sin
guerra, pero si efectuamos nosotros cualquier contramovimiento militar, vamos a
recibirla.
Durante un momento ambos guardaron un silencio. En el otro lado de la cerca que
separaba la línea de vuelo, tres tripulaciones de guerra estaban practicando que lo
parase. Dos lanzaban —dijo el sargento, de construcción parecida a Yogi Berra,
recogía: La base era un paquete amarillo de paracaídas. La bola chirrió y golpeó
vivamente en aguante.
—Ese tipo alto lo hace bien —dijo Randy. Luego, de nuevo se sintió moverse
entre miasmas de pesadilla. Pensó: «Algo va mal. O Mark no debería estar hablando
así, o aquellos aviadores no debieran practicar que lo parase allí, bajo la calle del
sol». Cuando fumó un cigarrillo, sus dedos volvieron a temblar.
—¿Pasaste mala noche, Randy?
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—Particularmente, no. Estoy pasando un mal día.
—Me temo que empeore, pues. Aquí está la parte práctica. Saben que el único
modo que tienen de hacerlo es derribar nuestra capacidad nuclear de un solo golpe…
o al menos mutilarnos tan malamente que puedan aceptar cualquier poder de
represalia que a nosotros nos quede. No les importa perder diez o veinte millones de
personas, mientras barren el tablero, porque la gente, de por sí, son sólo peones de los
que se puede prescindir. Así que su Plan… no fue sorpresa para nosotros… requiere
un T. E. B. A escala mundial. ¿Lo entiendes?
—Seguro. Tiempo en el blanco. Uno lo dispara todo en el mismo instante. Y se
dispara para que llegue sobre el blanco en el mismo momento.
Mark miró su reloj, luego alzó la vista hacia el gran reactor de transporte, aún
cargando el combustible a través de cuatro mangueras de los tanques subterráneos.
—Correcto. No habrá Hora Cero, será Minuto Cero. No utilizarán aviones en la
primera oleada, sólo proyectiles dirigidos. También intentarán matar cada base y cada
emplazamiento de proyectiles en Europa y Africa y en el Reino Unido con sus T-2 y
T-3 IR. Planean matar cada base de este continente y en el Pacifico con sus IC, más
los proyectiles dirigidos lanzados desde el submarino. No utilizarán SUSAC… es lo
que nosotros llamamos su fuerza aérea estratégica… sino para terminar con la
limpieza.
—¿Podrán salirse con bien?
—Hace tres años, no. Desde tres años a partir de ahora cuando teníamos nuestras
propias baterías ICBM emplazadas, una gran flota de submarinos portadores de
proyectiles dirigidos y Nike-Zeus y algún otro material perfeccionado, no hubieran
podido. Pero ahora estamos en lo que podemos llamar la «Brecha». Tercamente se
confían de que pueden hacerlo. Estoy seguro de que no… quizá tengamos alguna
sorpresa para ellos…, pero no es ésa la cuestión. La cosa estriba en que si creen que
pueden salirse con bien, entonces hemos perdido.
—No te entiendo.
—LeMay dice que el único modo de que un general puede ganar una guerra
moderna es no peleándola. Toda nuestra razón de ser era una fuerza impresionante.
Cuando uno ya no les impresiona, uno pierde. Creo que perdimos hace tiempo,
porque los últimos cinco Sputniks han sido satélites de reconocimiento. Han estado
sacándonos mapas, infrarrojos y televisiones de transistores, midiéndonos para el
puñetazo dominical.
Randy se sintió encolerizado. Se creía defraudado.
—¿Por qué nadie… casi nadie sabe todo esto?
Mark se encogió de hombros.
—Ya sabes cómo son las cosas… todo lo que viene es estampillado como secreto
o alto secreto o secreto cósmico o algo por el estilo y la única persona que se atreve a
desclasificar alguna cosa son los peces gordos de lo alto y la gente de su clase
mantiene conferencias y alguna dice: «Vamos, no nos apresuremos, no alarmemos al
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público». Así todo permanece secreto o cósmico. En persona creo que cada cual
debía estar cavando o evacuando en este mismo instante. Quizás si el otro lado
supiese que estamos creando refugios, si sabían que sabíamos, no intentarían seguir
adelante.
—¿De veras crees que eso está muy cerca? —preguntó Randy—. ¿Por qué?
—Por dos razones. Primero, cuando salí de Puerto Rico esta mañana la marina
trataba de rastrear tres submarinos no identificados… en el Caribe y otro en el Golfo.
—Cuatro submarinos no parecían fuerza bastante para causar gran daño —dijo
Randy.
—Cuatro submarinos son muchos submarinos cuando no debe de haber ninguno
—contestó Mark—. Es como sacudir un pajar y encontrarse cuatro agujas a tus pies.
Las oportunidades son que el pajar esté lleno de agujas —se frotó los ojos con la
mano, como si le doliese el resplandor y cuando volvió a hablar su voz era tensa—.
¡Tienen tantísimos! ¡CIA piensa que seiscientos! La marina se imagina que quizás
sean setecientos cincuenta. Y unos dicen ya rampas de lanzamientos. Sólo dejan
escapar al pájaro o le expulsan mientras son sumergidos. El propio océano es una
mera rampa de lanzamiento.
—¿Y hay otro motivo? —inquirió Randy.
—Porque voy a volver a Offutt. Llegamos ayer en una misión muy importante…
imaginaba una manera de dispersar el ala de Ramey. No hay bastantes campos en
Puerto Rico y de todas maneras la isla es accidentada y no muy grande. Habíamos
acabado de comenzar nuestro estudio general cuando recibimos un «zippo»…, es
decir, un mensaje de gran prioridad… ordenando que volviésemos a casa. Y dos
tercios llegaban a Ramey esparcidos con equipos de bolo para otro lugar. Entonces
me decidí. Tenía tiempo tan sólo para conseguirme las reservas para Helen y enviarle
los cables.
Mark habló más del general ruso, con quien había hablado largo y tendido y con
el que aparentemente simpatizaba.
—No es un traidor, ni a su país ni a la civilización. Vino desesperado, confiando
en que de algún modo pudiésemos detener a esos bastardos locos de ambición de la
cumbre. No le gusta pensar que su Plan de Guerra resulte, como tampoco me gusta a
mí. Demasiado riesgo para un error humano o mecánico. —Mark solía usar frases
como «Máxima capacidad» y «Riesgo calculado», y «Aceptación de cualquier baja
excepto de la gente importante», y «Descentralización de la industria y control,
anunciando todo como una medida económica, pero cosa militar en realidad».
Randy escuchaba, fascinado, hasta que vio a los tres sedanes azules doblar la
esquina cerca del cuartel general del Ala.
—Aquí viene tu grupo —dijo—. ¿Algo más que debiera saber?
Mark se sacudió de la pechera de la camisa los restos de galletitas y chocolate.
—Sí. También hay algo que tengo que darte —buscó una hoja pequeña de papel
verde en su cartera y se lo entregó a Randy—. Míralo tú mismo.
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Randy despegó el cheque. Era por cinco mil dólares.
—¿Qué debo hacer con esto? —preguntó.
—Cóbralo… si puedes, hoy. ¡No lo ingreses, cóbralo! Es una reserva para Helen,
Ben Franklyn y Peyton. Pero guárdalo. No sé qué decirte que compres. Tú pensarás
en lo que necesitaréis mientras os vayáis.
—Esta mañana empecé una lista.
Mark parecía complacido.
—Estupendo. Demuestra que eres previsor. Yo no sabía si el dinero ayudaría a
Helen o no, pero con efectivo en mano, en Fort Repose, será mejor que una cuenta en
un banco de Omaha.
Randy siguió mirando el cheque, incómodo.
—¿Pero y si nada ocurre? Suponte…
—Gasta parte del dinero en una caja de buen licor —le interrumpió Mark—.
Luego si no pasó nada tendremos juntos una maravillosa aunque cara velada y podrás
reírte de mí. No me importará.
Randy se metió el cheque en el bolsillo.
—¿Puedo avisar a alguien más? Hay unas cuantas personas…
—¿Tienes novia?
—No sé si es novia o no. Trato de descubrirlo. No la conoces. Son gente nueva de
Cleveland. Su familia ha edificado en River Road.
Mark dudaba.
—No veo ninguna objeción. Es algo que la defensa civil debería haber hecho
hace semanas… hace meses. Lo dejaré a tu propio criterio. Ser discreto.
Randy advirtió que las alas del reactor de transporte estaban libres de mangueras.
Vio a los tres sedanes azules detenerse ante Operaciones. Vio al teniente general
Heycock salir del primer coche. Notó la mano de Mark en su hombro y buscó las
palabras que él sabía que tenían que venirle.
Mark habló muy tranquilo.
—¿Te cuidarás de Helen?
—Cierto.
—No te diré que seas un buen padre para los niños. Te quieren y creen que eres
bueno y que no podía haber mejor padre para ellos. Pero te diré esto, sé bueno con
Helen. Ella es… —Mark encontraba dificultades en hablar.
Randy trató de ayudarle.
—Ella es una chica guapa y maravillosa y no tienes porqué preocuparte. De todas
las maneras, no hables con tanta finalidad. Aún no estás muerto.
—Ella es… más —dijo Mark—. Es mi brazo derecho. Llevamos casados catorce
años y casi la mitad de ese tiempo he estado en el aire y fuera del país y nunca me
preocupé jamás de Helen. Ella tampoco tuvo que preocuparse por mí. En catorce años
nunca dormí con otra mujer. Ni siquiera deseo a ninguna, realmente, no; ni aun
cuando estaba de servicio en Tokio, Manila, o Hongkong, y ella quedaba a medio
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minuto de distancia. Helen ha sido cuanta mujer necesité. Era así: Cuando yo fui
capitán y nos trasladábamos de apartamento alquilado a apartamento alquilado cada
año, recibí una oferta impresionante de Helen. Ella sabía lo que yo quería. No tenía
que decírselo. Me dijo: «Quiero que permanezcas en C.E.A. Me parece que es lo
mejor. Creo que podrías llegar a ser general y que lo serás». Hay un viejo refrán que
afirma que cada uno puede convertirse en coronel, pero se necesita una esposa para
ascender a general. Creo que no hubo bastante tiempo, pero de haberlo habido, ella se
habría salido con la suya.
Randy vio cómo el teniente general Heycock salía del edificio de Operaciones
dirigiéndose al avión.
—Llegó la hora, Mark —dijo.
Salieron del coche y caminaron rápidamente hacia la puerta y Mark pasó un brazo
en torno a los hombros de Randy.
—Lo que quiero decir es que ella tiene tremenda energía y valor. Si se lo
permites, te dará la misma clase de lealtad que me dio a mí. Permítaselo, Randy. Ella
es mi mujer y ése es su destino, para eso fue hecha.
—No te preocupes —dijo Randy. No entendía del todo y tampoco sabía qué decir.
El ayudante de Heycock vino por el extremo de la rampa.
—Todo el mundo está dentro, coronel —dijo—. El general le buscaba durante el
almuerzo. El general se preguntaba qué le habría pasado. Estaba muy ansioso…
—Veré al general en cuanto estemos en el aire —le atajó vivamente Mark.
El ayudante se retiró dos pasos rampa arriba, allí aguardó tozudo.
Se estrecharon las manos y Mark dijo:
—Será mejor que trates de dormir un poco esta tarde.
—Lo haré. Cuando vuelva a casa llamaré a Helen y le diré que estás en camino.
—No. De nada serviría. El avión despega a las cinco cincuenta. Para esa hora tú
habrás vuelto a Fort Repose, nosotros estaremos al oeste de Mississipi —se miró las
desnudas rodillas—. Parece que tendré que ponerme el uniforme real en el avión.
Tendría un aspecto muy gracioso en Omaha.
—Hasta la vista, Mark.
Sin alzar la cabeza. Mark contestó:
—Adiós, Randy —dio media vuelta y trepó por la rampa.
Randy se alejó del transporte, entró en el coche y condujo despacio a través de la
base. En la puerta principal entregó su pase de visitante. Se metió en un camino
solitario al exterior de la base, cerca del pueblo de Pinecastle y detuvo el coche en un
lugar abrigado por pequeñas palmeras. Cuando estuvo seguro de que nadie le miraba
y que ningún otro vehículo se acercaba por ambas direcciones, apoyó la cabeza en el
volante. Reprimió un sollozo y cerró los ojos para impedir el paso de las lágrimas.
Oyó cómo el viento agitaba las palmas y el canturreo de los pájaros entre el
follaje. Se dio cuenta de que el reloj del salpicadero, enturbiado, le miraba. El reloj
decía que sólo tenía tiempo para llegar al banco antes de que cerrase si aceleraba
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bastante y tenía suerte de cruzar el tráfico de Orlando. Puso en marcha el motor, salió
en marcha atrás del camino y entró en la carretera y dejó que el coche corriese. Se
daba cuenta de que no tenía tiempo que perder en lágrimas y que no volvería a
tenerlo jamás.
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PARTE 3
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I
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dinero. Entraría de esta manera, en el último minuto, y exigiría el servicio tan
deferente como si el banco fuese un bar. Era perezoso, insolente, con ideas políticas
peligrosas, y jamás hacia el menor esfuerzo por invertir o ahorrar. Dos veces en los
pasados años dejó seca su cuenta. La gente llamaba a los Braggs «vieja familia».
Bueno, también eran los menorquines vieja familia… más viejos, descendientes de
isleños de un Mediterráneo que se habían instalado en la costa siglos atrás. Los
menorquines eran inquietos y malos y los Bragg no mejores. Edgar sentía antipatía
por Randy por todas estas cosas y por otro motivo secreto.
Edgar vio a la señora Estes abrir el cajón del dinero, dudar y hablar a Randy. Vio
cómo Randy se encogía de hombros. La señora Estes salió de la cabina y Edgar supo
que iba a preguntarle si daba el visto bueno al cheque. Cuando ella llegó a su lado la
ignoró a propósito durante un momento, para hacer que Randy se diese cuenta de que
el banco le consideraba de poca importancia. La señora Estes le dijo:
—¿Quiere usted dar el visto bueno, por favor, señor Quisenberry?
Edgar sostuvo el cheque con ambas manos y a cierta distancia, examinándolo
concienzudamente a través de la parte baja de sus lentes bifocales, como si se oliese a
falsificación. Cinco mil, firmado por Mark Bragg. Si Randy irritaba a Edgar, Mark le
ponía furioso. Mark Bragg invariablemente y de manera abierta le llamaba por su
apodo escolar, «Ojo de pescado». Se alegró de que Mark estuviese en la Fuerza Aérea
y raras veces en la ciudad.
—Diga a ese joven que venga —dijo a la señora Estes. Quizás ahora tendría
oportunidad de pagar al juez Bragg la humillación de una partida de póker.
Cinco años antes, Edgar fue invitado a sentarse en la partida de cada sábado del
St. Johns Country Club en San Marco, sede del condado y mayor ciudad de
Timucuan. Sentóse enfrente del juez Bragg, un hombre delgado, erguido, anciano.
Excepto por una pequeña cuenta de gastos, el juez operaba y negociaba en Orlando y
Tallahassee, así que Edgar apenas le conocía.
Edgar se enorgullecía de su póker astuto. La idea era ganar, ¿no?
El juez Bragg jugaba al descubierto, sin trapacerías, como si disfrutara. En una
ocasión se marcó un farol, según calculó Edgar, pero parecía tener bastante suerte ya
que resultaba difícil saber si faroleaba o no. A la tercera hora se formó un gran
«pot»… más de mil dólares. Edgard había abierto con tres ases y no mejoró con las
dos cartas sacadas y el juez también pidió dos cartas. Después de esto Edgar apostó
cien y el hombre que sólo pidió un naipe abandonó y se lo dejó al juez. El juez subió
rápidamente el tamaño del «pot». Edgar dudaba, mirando a los divertidos ojos del
juez y renunció. Mientras el juez retiraba toda la montaña de fichas, Edgar extendió
la mano y descubrió su juego… tres sietes y nada más. El juez Bragg dijo, muy
tranquilo: «No vuelva a tocar mis cartas otra vez, hijo de perra. Si lo hace, le romperé
una silla en la cabeza».
Los otros cinco en el juego esperaron que Edgar hiciese o dijese algo, pero Edgar
trató sólo de tomarlo a broma. A medianoche el juez cobró sus fichas y dijo: «Les
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veré la noche del próximo sábado… si ese montón de rancia grasa no está aquí. Es un
cenizo y no sabe lo que es caballerosidad». Aquella ocasión fue la primera y la última
que Edgar jugó en el St. Johns Club. Nunca lo había olvidado.
Randy entró en el recinto cerrado del despacho del banquero, preguntándose por
qué Edgar quería verle. Edgar sabía perfectamente bien que el cheque de Mark era
bueno.
—¿Qué ocurre, Edgar?
—¿No es un poco tarde para traer un cheque tan grande como éste y pedirnos
dinero en efectivo?
El reloj marcaba las 3.04.
—No era tan tarde cuando entré —contestó Randy. Advirtió otros clientes todavía
en el banco. Eli Blaustein, propietario de Tropical Clothing; Pete Hernández,
hermano mayor de Rita y gerente del supermercado de Ajax; Jerry Kling, de la
Estación Standard; Florence Wechek, con sus cheques de la Western Union y recibos.
Era costumbre de ellos llegar al banco precisamente a las tres.
—Es lógico que la gente de negocios haga depósitos después de la hora de cerrar,
pero creo que nosotros deberíamos poner más tiempo para resolver una cosa como
ésta —dijo Edgar.
Randy advirtió que Florence, después de terminar en la ventanilla del contable, se
había acercado hasta donde podía oírles. Florence no se perdió mucho.
—¿Cuánto tiempo necesita usted para pagar en efectivo un cheque de cinco mil?
—preguntó. Se daba cuenta de que su rostro se enrojecía. Se dijo a sí mismo que no
debía perder el buen humor.
—No es ésa la cuestión —afirmó Edgar—. El caso es que su hermano no tiene
cuenta aquí.
—No me dirá usted que el cheque de mi hermano no sea bueno, ¿verdad? —
Randy se sintió aliviado al encontrar que su voz, en vez de aumentar, sonaba más
baja y tranquila.
—Vamos, no dije eso. Pero no sería buen procedimiento de banca para mi
entregarle cinco mil dólares y esperar cuatro o cinco días hasta que llegue la remesa
de Omaha.
—Lo endosé, ¿no? —Randy dejó caer los hombros y flexionó dedos de manos y
pies, miró fijamente al rostro de Edgar. Estaba a punto de estallar, como una patata.
—Dudo que esa cuenta lo cubra.
La cuenta de Randy estaba por debajo de cuatrocientos. Eso le preocupaba muy
poco, con los cheques de sus naranjas teniendo que llegar a primeros de año. Ahora,
considerando la urgencia de Mark, advertía que su cuenta estaba peligrosamente baja.
Decidió hurgar la debilidad de Edgar. Dijo:
—Prudente en los céntimos, loco por las libras, ése es usted, Edgar. Usted pudo
haber llegado a algo bueno. Devuélveme el cheque. Lo cobraré en St. Marco u
Orlando mañana por la mañana.
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Edgar se dio cuenta de que debía haber cometido un error. Era lo más
extraordinario que alguien quisiese cinco mil dólares en efectivo. Eso indicaba alguna
especie de rápido y beneficioso negocio. Debió haber descubierto para qué necesitaba
el dinero.
—Vamos, no tengamos prisa —dijo.
Randy extendió la mano.
—Deme el cheque.
—Bueno, si supiese exactamente para qué quiere todo este dinero con tanta prisa
quizás pudiera hacer una excepción para saltarme por encima las normas bancarias.
—Vamos. No tengo tiempo que perder.
Los pálidos y salientes ojos de Edgar se posaron en Florence, que ya escuchaba
francamente, y en Eli Blaustein, trasteando cerca, lleno de interés.
—Entre en mi despacho, Randolph —dijo.
Después de que Randy tuviese el efectivo, en billetes de cien, de veinte y de diez,
dijo:
—Ahora le diré porqué lo quería, Edgar. Mark me pidió que hiciese una apuesta
en su nombre.
—¡Oh, las carreras! —exclamó Edgar—. Raras veces juego a las carreras, pero sé
que Mark no apostaría tanto dinero a menos que no tuviese una noticia segura.
Supongo que serán las que celebrarán mañana en Miami.
—No. No son las carreras. Mark simplemente apuesta a que los cheques dentro de
poco no valdrán nada, dentro de muy poco, pero que lo efectivo, sí. Buenas tardes,
«Ojo de pescado». —Salió del despacho y cruzó el vestíbulo. Cuando la señora Estes
abría la puerta del banco le cogió del brazo y murmuró con su voz rancia y femenil:
—¡Bien por usted!…
Edgar se metió en su silla, furioso. No era un motivo. Era un enigma. Repitió las
palabras de Randy. No tenía ningún sentido en absoluto, a menos que Mark esperase
un gran cataclismo, como que cerrasen todos los bancos y, claro, eso era ridículo.
Cualquier cosa que pasase, la estructura financiera del país era sólida. Edgar llegó a
una conclusión. Le habían vuelto a tomar el pelo. Todos los Bragg eran granujas.
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II
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—La mujer de Mark y los niños van a quedarse conmigo una temporada —
explicó.
—¿Qué tiene ella… un equipo de fútbol?
—Los chicos comen mucho —explicó Randy. Pete era un hombre delgado, con
pecho de pollo, la barbilla huidiza y las uñas sucias, completamente distinto de Rita,
excepto los ojos negros y el tinte de la piel aceitunado.
Pete comenzó a jugar con la registradora utilizando dos dedos mientras el
muchacho de los carritos, impresionado, llenaba las grandes bolsas. Randy se dio
cuenta de que siete u ocho mujeres, en cola tras él, contaban sus compras, fascinadas.
Oyó que una susurraba: «¡Quince latas de café… quince!». La rencilla creció y se dio
cuenta de un murmullo firme de queja. Inexplicablemente se sintió culpable. Notó
que debería enfrentarse a aquellas mujeres: «¡A todas ustedes! ¡A todas ustedes!
¡Compren cuánto puedan!». No daría resultado. Pensarían que estaba loco.
Pete sumó el total y anunció en voz alta:
—¡Trescientos catorce dólares y ochenta centavos, Randy! ¡Vaya, ése es nuestro
record!
Por costumbre, Randy miró su reloj. Una hora y seis minutos. Eso, también, era
un record. Pagó en efectivo, cogió un puñado de bolsas, hizo un gesto al chico de
Pete que le siguiese y huyó.
Se detuvo en el bar de Bill Cullen, una especie de parrilla, almacén y pescadería,
precisamente fuera de los límites de la ciudad. Había espacio para dos plazas en el
asiento delantero, así que puso allí su suministro de whisky. Bill y su esposa, una
mujer de pelo pajizo usualmente mareada y de lengua espesa, operaron todo este
negocio en un cobertizo de dos habitaciones unido a una especie de muelle cubierto,
sus mercancías amontonadas casi en confusión, dando frente al Timucuan. El olor a
huevos fritos, a gasolina, a petróleo, a desperdicios de pescado, a cerveza rancia y a
vino se filtraba a través de la tierra y del agua.
De ordinario. Randy compraba su whisky de dos a tres botellas cada vez. Hoy
compró caja y media, acabando con las existencias de Bill de su marca favorita.
Recordó que Helen, cuando bebía prefería escocés. Compró seis botellas de esa clase
de whisky.
Bill, inquisitivo, dijo:
—¿Planeando un gran barbacoa, una fiesta o algo por el estilo, Randy? ¿Tratas de
probar suerte en política, de nuevo?
Randy encontró casi imposible el mentir. Su padre le había pegado sólo una vez
en su vicia, cuando tenía diez años, pero fue una verdadera paliza. Había mentido y el
juez subió escaleras arriba y regresó con su correa de afilar navajas más gruesa.
Cogió a Randy por el cuello y le dobló a través de la mesa de billar, implantándole la
virtud de la sinceridad a través del fondillo de sus pantalones y en la piel desnuda,
hasta que gritó con terror y pena. Entonces Randy recibió la orden de subir a su
cuarto, sin cenar y en desgracia. Horas más tarde, el juez llamó y entró y gentilmente
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le hizo dar la vuelta en la cama. El juez habló tranquilo. Mentir era el crimen peor, el
cómplice indispensable de todos los demás y siempre merecería el peor castigo.
«Puedo perdonar cualquier cosa, excepto una mentira». Randy le creyó y mientras
pudo intentarlo no logró acordarse de la mentira que había dicho, pero menos logró
olvidarse del castigo. Inconscientemente, su mano derecha se rozó las nalgas,
mientras pensaba una respuesta para Bill Cullen.
—Voy a tener visitantes —dijo Randy—, y Navidad está al venir. —Esto era
verdad, aunque no la entera verdad. No podía arriesgarse a decir más a Bill. El apodo
de Bill era «Bocazas» y su forma de hablar no se limitaba a la conversación vulgar
sobre las presas cobradas ayer. Bill el «Bocazas» podía despertar el pánico.
Cuando giró por el sendero, Randy vio a Malachai y Henri utilizando un rastrillo
de los macizos de camelias que formaban pantalla ante el garaje.
—¡Malachai! —llamó—. ¿Por qué no me ayudas a meter todo este género en la
casa?
Malachai vino presuroso. Sus ojos se desorbitaron al fijarse en los cartones sacas
y cajas que llevaba en el portaequipajes y se apilaban en los asientos.
—¿Todo esto ha de subir a su apartamento, señor?
—No. Irá a la cocina y a la alacena. La señora Bragg y los niños vienen por avión
desde Omaha, mañana.
Mientras descargaban, Randy pensó en los Henri. Era un problema especial. Eran
negros y pobres, pero en muchas maneras más cerca suyo que cualquier familia de
Fort Repose. Poseían su propia tierra y gobernaban sus vidas, pero en un sentido
estaban a su cuidado. No podían ser abandonados ni que se les retuviese la verdad.
Tampoco podía explicar a Missouri el aviso de Mark. No lo entendería. Si se lo decía
al predicador, lo que haría sería alzar el rostro, levantar los brazos y entonar:
«¡Aleluya! ¡Que se haga la voluntad del Señor!». Si se lo decía a Tu Tone, éste lo
consideraría como una excusa para emborracharse y permanecer así. Pero podía con
toda confianza hablar a Malachai.
Con la carne atiborrando el congelador y todo lo demás almacenado en las
estanterías y armarios, Randy dijo:
—Ven aquí, esta noche, Malachai, y te daré mi dinero —pagaba 25 dólares a la
semana a Malachai por un trabajo de veinte dólares. Malachai escogía sus propios
días para fertilizar, rastrillar y recortar el césped, días en que no tenía otro ingreso,
reparando o haciendo empleos de jardinería mejor pagados en otra parte. Randy sabía
que nunca le faltaba tiempo y Malachai conocía que podía siempre contar con
aquellos veinticinco a la semana.
El rostro de Malachai estaba inexpresivo, pero Randy notó su aprensión. Nunca
jamás antes le había dicho a Malachai que subiese al piso de arriba para recibir su
paga. En el despacho, Randy se dejó caer en el sillón giratorio de alto respaldo
tapizado en cuero que había venido de las habitaciones de su padre. Malachai
permaneció plantado, inseguro.
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—Siéntate —le dijo Randy. Malachai cogió la silla más incómoda y el respaldo
más vertical y se sentó, sin hacer el menor gesto de amilanarse.
Randy sacó su cartera y miró al retrato de su calvo abuelo, diplomático, con el
lema que estaba estampado en oro pálido sobre el descolorido marco: «Las pequeñas
naciones, cuando son tratadas como leales, se convierten en las aliadas más firmes».
Era difícil. Desde los años en que pescaron y cazaron juntos, siempre se había
sentido muy cerca de Malachai. Antes iban a trabajar en el seto y discutían como
amigos, del tiempo, de la cosecha de naranjas y de la pesca, pero no compartían nada
personal, ningún asunto importante. No podían hablar de política, ni de mujeres ni de
finanzas. Era extraño, puesto que Malachai resultaba muy parecido a Sam Perkins.
Tenía tanta inteligencia como Sam, la misma cortesía instintiva y eran de igual
tamaño, pesaban quizás lo mismo, color también exacto, pardo cordobán. Randy y
Sam Perkins habían sido tenientes en una compañía 7.° regimiento de Lodres Kuster,
de primero de caballería. Juntos, Randy y Sam se escondieron en la ribera de los ríos
Jax y Chomchom y se enfrentaron a la misma impetuosa carga humana en Unsan y
cubrieron los pelotones de cada cual en el avance y en la retirada. Habían dormido
uno junto al otro en el mismo camastro, comido en el mismo plato, bebido de la
misma botella, volado a Tokio de permiso juntos y juntos se apoyaron al mostrador
del Hotel Imperial. Incluso (si se enteraban en Fort Repose él podría haberse
condenado al ostracismo) fueron juntos a una casa de geisas para los oficiales y
fueron saludados con ideal hospitalidad y favores. Así que resultaba extraño que no
pudiera hablar a Malachai, a quien conoció desde que tenía uso de razón, como hacía
con Sam Perkins, en Corea. Es raro que un oficial y caballero igual por debajo del
paralelo 38, pero no por debajo de la línea Macxon-Dicxon, era raro, pero éste no era
el momento para introspección social. Su misión era decir a Malachai que luchase y
se preparase él y su familia.
Randy sacó dos billetes de diez y uno de cinco de su cartera y se los empujó por
encima del escritorio:
—Eso es por la semana.
—Gracias, señor —contestó Malachai, cogiendo los billetes y guardándolos en el
pecho de su camisa a cuadros.
Quizás la diferencia estaba en que Malachai no había sido un oficial, como Sam
Perkins, pensó Randy. Malachai estuvo en servicios durante cuatro años, pero en el
Comando de Defensa Aérea, sargento técnico cuidando motores a reacción. Quizás su
forma de utilizar el idioma. Sam hablaba el inglés áspero y enérgico de Nueva York,
pero cuando pronunciaba alguna palabra Malachai no era preciso mirarle para saber
que era negro.
—Malachai —dijo Randy—, quiero hacerte una pregunta muy seria.
—Sí, señor.
—¿Qué diríais si yo te contase que tengo una bonísima información… la mejor
que pueda conseguirse… de que antes de mucho vendrá una guerra?
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—No me sorprendería ni pizca.
La respuesta sí sorprendió a Randy. Su silla giratoria quedóse casi rígida.
—¿Por qué dices eso?
Malachai sonrió, complacido por la reacción de Randy.
—Bueno, señor, estoy al corriente de las cosas; leo lo que puedo. Leo todas las
revistas de noticias y periódicos de fuera del estado que caen en mis manos y algunos
diarios especializados y muchas otras cosas.
—¿De veras? No estarás suscrito a todos ésos, ¿verdad?
Malachai trató de controlar la sonrisa.
—Algunos los consigo por usted, señor Randy. Cuando acaba una revista la tira y
Missouri la encuentra y la trae a casa en su cesto. Todavía ella recoge los periódicos y
las revistas de negocios de casa de la señora de McGovern. Los lunes trabajo para el
almirante Ajax. El me guarda «Miollor Tonest», los periódicos de Washington y el
«Proferigs» del Instituto Naval y revistas técnicas. Además, escucho a todos los
comentadores.
—¿De dónde sacas el tiempo? —Randy jamás se había dado cuenta de que
Malachai leyese algo excepto «Sol de San Marco» («Brilla para el condado de
Timucuan»).
—Bueno, señor; las noches de la semana son mucho para un hombre soltero que
no bebe. Así que leo y escucho. Por eso sé que las cosas no van bien y tal como me lo
imagino es que si la gente sigue fabricando bombas y cohetes cada vez en mayor
cantidad, algún día alguien disparará una de ellas. ¡Entonces… PUM!
—Más de una —dijo Randy—, y pronto… quizás prontísimo. Eso es lo que cree
mi hermano y por eso envía a esta casa a la señora Bragg y a los niños. Será mejor
que te prepares, Malachai. Eso es lo que yo estoy haciendo.
La sonrisa de Malachai desapareció por entero.
—Señor Randy. He pensado mucho, pero no hay ninguna condenada cosa que
pueda hacer. Nosotros tenemos que levantarnos esperando sentados aquí. No
podemos disponer de mucho… —se palmoteo el bolsillo del pecho—. Estos veinte y
cinco dólares, con lo que traiga Missouri esta tarde, forman nuestro capital. Cuanto
más de prisa lo ganamos, más pronto se va. Claro que no necesitamos mucho, si
tenemos una cosa que casi apenas nadie tiene.
—¿Qué es eso?
—Agua. Agua corriente. Agua artesiana que no puede ser contaminada. Ustedes
la emplean todos en el sistema de filtrado y de cisternas, porque la mi a tiene un olor
fuerte, y alguien dice, parecido a los huevos podridos. Pero el agua azufrada no es
mala. Uno se acostumbra.
Hasta aquel momento, Randy no había pensado en absoluto en el agua. Su abuelo,
en un año de gran sequía, a un coste carísimo, hizo perforar unos trescientos metros
hasta encontrar la capa artesiana y regar la cosecha. Y su abuelo permitió que los
hombres de la familia Henri se hiciesen cargo de la principal cañería; así éstos
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tendrían una fuente perpetua de agua, gratis, aunque era un líquido duro y con
muchos minerales sueltos y a Randy no le gustaba, hasta el punto de regar el jardín
con agua de la cisterna, incluso cuando había poca y el día era cálido y veraniego.
—Me temo que yo nunca me acostumbraría —dijo. Contó doscientos dólares en
billetes de veinte y lanzó el dinero a través del escritorio—. Esto es para una
emergencia. Compra lo que necesitéis.
Los nuevos billetes parecían resbalar en los dedos de Malachai.
—No sé cuándo se lo podré devolver.
—No te preocupes. No te pido que me los devuelvas.
Malachai plegó los billetes.
—Gracias, señor.
—Te veré la semana que viene, Malachai.
Malachai se fue y Randy se preparó un combinado. Uno abría el grifo y le venía
el agua en cantidad, agua dulce y blanda, sin olor; bombeada, desde alguna cisterna
subterránea por un sirviente silencioso y fiel, el pequeño motor eléctrico. En las
familias de River Road, excepto los Henri, sacaban su agua del mismo modo,
teniendo todos su bomba y pozo propios. Más importante que cualquier cosa que
hubiese oído decir, era el agua, libre de bacilos peligrosos, no tóxica por venenos
humanos, químicos o radioactivos. Agua pura es esencial para su fertilización,
aceptada igual que el aire puro. En las grandes ciudades, donde un fallo en la
explosión próxima produciría la ruptura de los depósitos, la demolición de los
acueductos y el destrozar de las cañerías principales, sería un problema infernal
carecer de agua. Las grandes ciudades se convertirían en trampas mortales como los
desiertos y las junglas. Randy empezó a considerar lo poco que sabía en realidad de
los fundamentos de la supervivencia. El, dedujo, tendría nociones mucho más
profundas. Se requería como materia importante en la educación de las esposas de
miembros de la Fuerza Aérea. Decidió hablar con Bubba Offenhaus, que dirigía la
defensa civil en Fort Repose. Bubba debía tener folletos de algo así que él pudiese
estudiar.
En el piso bajo Graf comenzó a ladrar, con una alarma insistente y beligerante,
anunciando que un coche extraño iba por el sendero. Randy fue al final de las
escaleras, gritando:
—¡Cállate, Graf! —y esperó a ver quién llamaría.
Nadie llamó sino que la puerta se abrió. Mirando, vio en el recibidor a Elizabeth
McGovern; miraba sobre Graf, el rostro tapado por el cabello rubio que le caía hasta
el hombro. Acarició los lomos de Graf hasta que agitó la cola en señal amistosa.
Luego alzó la vista y llamó:
—¿Estás visible, Randy?
Algún día entraría así y él no estaría muy visible. La chica le azoraba. Era
llamativa, impredecible y algunas veces incómoda, hablando.
—Sube —dijo. Como sonrisa era también la chica un problema especial.
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Durante todo el verano y a principios de otoño, Randy había contemplado cómo
la casa de los McGovern subía, mientras los obreros colocaban sus materiales en
ordenadas filas y plantaban en el jardín las flores y matorrales requeridos. Una tarde
triste de octubre, mientras buscaba lubinas en el canal, vio un par de piernas perfectas
y sin el menor defecto extendidas hacia el cielo desde el muelle de los McGovern.
Puesto que ella estaba tumbada en una lona sobre las planchas, los tacones apoyados
en un poste, sólo podía ver sus piernas desde aquel nivel del agua. Volvió la proa
hacia la playa para descubrir a qué cuerpo pertenecían aquellas piernas tan hermosas
y poco familiares. Cuando el bote estuvo casi debajo del muelle, habló:
—Hola, piernas.
—Puede llamarme Lib —contestó ella—. Usted es Randy Bragg, ¿verdad? Estaba
esperando que viniese usted.
Cuando se convirtieron en algo más que amigos, aunque menos que amantes, él la
acusó de cebarle con sus adorables piernas. Lib se rió y dijo:
—No sabía entonces, que eras un hombre aficionado a las piernas, pero me alegro
de que lo seas. La mayor parte de los machos americanos tienen preferencia por las
glándulas mamarias. Un síntoma maternal, me parece. Las piernas son para el placer
del hombre; los senos, para los niños. Oh, eso son realmente cosas mías. Lo dije
porque sabía que mis piernas eran mi único tesoro verdadero. Soy lisa y no muy
desarrollada —técnicamente, la chica decía la verdad. No era ninguna belleza clásica
cuando uno consideraba cada rasgo individualmente. Era sólo una belleza en su total,
en el modo en que se movía y en que todo estaba reunido en un cuerpo.
Subió las escaleras y pasó un brazo desnudo en torno al cuello de Randy y le
besó, un beso breve, de saludo.
—He estado tratando de ponerme en contacto contigo por teléfono todo el día —
dijo ella—. Pensaba que había llegado a una conclusión importante. ¿Dónde
estuviste?
—Mi hermano hizo una parada en McCoy por aire desde Omaha. Tuve que ir a
reunirme con él. —La condujo hasta la sala de estar—. ¿Algo de beber?
—Ginger Ale, si es que tienes. —Se sentó en un tamburete en el mostrador, una
pierna encima de la otra y la rodilla entre ambas manos. Llevaba una blusa turquesa
sin mangas, de lino, pantalones cortos de gamuza y mocasines.
Randy puso hielo en el vaso y sirvió el Ginger Ale diciendo:
—¿Cuál es la conclusión importante?
—Te volverás loco, es acerca de ti.
—Está bien, me volveré loco.
—Creo que deberías ir a Nueva York o Chicago o San Francisco o cualquier
ciudad con carácter y vitalidad. Tendrías que ponerte a trabajar. Este pueblo no es
bueno para ti, Randy. El aire es como sopa y el agua es como sopa y la gente son
personas sin ambiciones. Estás vegetando. Yo no quiero una verdura, quiero un
hombre.
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Al instante se puso furioso y entonces se dijo a sí mismo que por una buena
cantidad de motivos, incluyendo el hecho de que el diagnóstico de ella era
probablemente cierto, era una tontería enfadarse. Dijo:
—Si me fuese y te dejase aquí, ¿no te volverías tú en una chica sin ambiciones?
—Ya he pensado en eso. En cuanto tú tengas un empleo, te seguiré. Si quieres,
iremos juntos una temporada. Si resulta bien, podremos casarnos.
Le examinó el rostro. Su boca, de ordinario ágil y graciosa, formaba una línea
tensa e incolora. Sus ojos, que reflejaban sus estados de ánimo, como el río refleja al
firmamento, eran grises y opacos. Bajo el suave bronceado proporcionado por el sol
de invierno, su piel resultaba pálida. Ella hablaba en serio. Pensaba lo que decía.
—Demasiado tarde —contestó él.
—¿Qué quieres decir con «Demasiado tarde?».
Ayer podía haber cierto sentido y lógica en su cálculo y él hubiese aceptado este
desafío, esta invitación, esta declaración. Pero desde aquella mañana, habían vivido
en mundos divergentes. Sí, era necesario que la condujese a su propio mundo, aunque
no demasiado bruscamente; pero sí, por lo menos, que viese y aprendiese el peligro
futuro, y despertar su capacidad de pensar con claridad y de actuar inteligentemente.
—Mi cuñada y sus dos hijos vienen a quedarse conmigo —comenzó—. Lo harán
esta noche…, bueno, realmente, de madrugada. A las tres y media.
—Estupendo —dijo ella—. Les conoceré, les pondré la casa patas para arriba y
luego te escogeré una ciudad para ti…, una ciudad bonita, grande, viva. Que se
queden en esta casa para ellos solos y mientras estén aquí no tendrás que preocuparte
por el cuidado de tu hacienda. ¿Cuánto tiempo van a quedarse?
—No sé —contestó Randy. Quizás para siempre, estuvo a punto de añadir, pero
no lo hizo.
—No importa, realmente, ¿verdad? Cuando se marchen puedes alquilar la casa. Si
se van pronto conseguirías un buen precio para el resto de la temporada. ¿Qué tal es
tu cuñada?
—No te he dicho la razón de su venida. —Extendió la mano y cogió sus dos
manitas. Los dedos largos, redondos, fuertes, hacían juego con su garganta femenina.
Sus uñas tenían un tinte cobrizo y estaban cuidadosamente arregladas. Trató de
enmarcar las palabras adecuadas.
—Mi hermano cree…
Graf, apostado cerca del tamburete de Randy, se puso en pie, el pelo hirsuto,
como un cerdo afeitado; la cola y las orejas en atención; luego, corrió hasta el pasillo
y bajó las escaleras, ladrando frenético.
—¡Es el perro más escandaloso que conocí! —exclamó Lib—. ¿Quién se te va a
comer ahora?
—Tiene radar en las orejas. Nadie puede acercarse a la casa sin que él lo sepa. —
Randy bajó al piso inferior. Dan Gunn estaba en la puerta. Era un hombre anguloso,
impresionante, de rostro triste y sombrío; llevando unas gafas de montura gruesa,
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torpes movimientos y parco en palabras. Entró en el pasillo, sin molestarse en mirar a
Graf.
—¿Tienes a una mujer arriba, Randy? —dijo Dan—. Sé que sí porque su coche
está aparcado en la puerta. —Se sacó la pipa de la boca y casi sonrió—. Me gustaría
hablarle acerca de su madre. De su padre, también.
—Sube al apartamento, Dan —dijo Randy—. Yo daré un paseo por el patio. —Se
imaginó que Dan acababa de hacer una visita profesional a los McGovern. La madre
de Lib tenía diabetes. No sabía que su padre estuviese enfermo, pero si Dan iba a
discutir la enfermedad familiar con Lib, sería mejor que se desvaneciera
educadamente.
—No creo que a Elizabeth le importará que estés presente en esto —dijo Dan—.
Prácticamente ya eres uno de la familia, ¿verdad?
Subiendo las escaleras Randy decidió que Dan, también, debería conocer el aviso
de Mark. Si era preciso que alguien lo supiese mejor que ninguno un médico. Y al
mismo tiempo Randy se dio cuenta de que no había incluido medicinas en su lista y
que el botiquín de la casa contenía poco más que unas aspirinas, gotas nasales y
líquido para enjuague de boca. Viniendo dos niños tenía que haberlo planeado mejor.
De todas maneras, Dan era el hombre que le diría qué conseguir y si era preciso le
redactaría las recetas.
Randy preparó una bebida para Dan y dijo:
—Nuestro médico ha venido para verte, Lib, no a mí. Cuando haya terminado de
hablar, tengo algo que deciros a los dos.
Dan le miró de manera singular.
—Parece como si estuvieses a punto de hacer un anuncio.
—Lo estoy, pero habla tú primero.
—No es nada urgente ni terriblemente importante. Es sólo que estaba efectuando
el circuito de placebo… y me dejé caer para ver a la madre de Elizabeth.
—¿El circuito de qué? —preguntó Lib. Randy había oído a Dan emplear la frase,
antes.
—Placebo, o circuito icosomático…, los retirados de mediana edad y los que no
tienen nada que hacer si no sentirse solitarios y preocuparse por la salud. A la única
persona a quien pueden llamar sin que eluda visitarles es a su médico. Así que, me
llaman y me atiborran los oídos con sus síntomas. Les doy comprimidos de azúcar o
tranquilizantes… cualquiera de los dos son igual de buenos. Les aseguro que van a
vivir. Eso les pone felices. No sé porqué.
A los treinta y cinco años Dan era un idealista amargado. Después de estudiar
medicina en Boston comenzó a ejercer en una ciudad de Vermont y en sus horas
libres amplió estudios de doctorado en epidemiología. Su meta habían sido los
continentes populosos y las grandes plagas: malaria, tifus, cólera, tifoidea, y buscaba
un puesto en la Organización Mundial de la Salud… o un destino en el Punto Cuatro.
Entonces se casó. Su esposa —Randy no sabía su nombre porque nunca Dan se lo
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dijo— aparentemente había sido una alcohólica extravagante nimfomaníaca, con
tendencias al juego. Ella retrocedió ante la idea de vivir en Africa Ecuatorial o en
algún pueblecito de algún delta de la India y le apremió para que abriese clínica en
Nueva York o Los Angeles, donde había posibilidad de ganar mucho dinero. Cuando
Dan se negó, a ella le dio por pasarse los fines de semana en Nueva York, su lugar
favorito, para conquistar compañeros de cama, un bar allá por las calles Cincuenta.
Así que él fue un caballero y le dejó que se fuese a Reno y consiguiera el divorcio.
Cuando ella tuvo mala suerte regresó al Este, entabló demanda por alimentos y el
juez le concedió cuanto pidió. Ahora vivía en Los Angeles y cada semana empujaba
el dinero recibido para alimentos a las mesas de juego o a las máquinas tragaperras.
La carrera de Dan terminó antes de haber empezado. El puesto en la Organización
Mundial de la Salud o el salario del Punto Cuatro apenas serviría para pagar la
pensión alimenticia y nada le quedaría, y un doctor no puede vivir del aire, ni hacer
trapacerías, excepto si se mete en la tela de araña de prácticas ilegales de la medicina.
Se fue a Florida porque el estado crecía y su trabajo y sus minutas serían mayores y
pensó que eventualmente tendría bastante dinero que ofrecerle en efectivo para
ajustar y supurar la hemorragia financiera.
En Fort Repose, Dan compartía el edificio de las Artes Médicas de un solo piso
con un hombre mayor, el doctor Bloomfield y dos dentistas. Vivía frugalmente en un
conjunto de dos habitaciones de Riverside Inn, en donde actuaba como médico de la
casa para los huéspedes de edad durante la temporada de invierno. Sus mayores
ingresos se doblaron. Mientras ponía en el mundo a niños en Pistolville y en Negro
por 25 dólares, equilibraba esto con las visitas a diez dólares a las casas, en el circuito
de placebo. En una sola vuelta de dos horas, River Road arriba, entregando
tranquilizantes y buenas palabras, a menudo reunía cien dólares. No le sirvió de nada.
Descubrió que se veía inexorablemente exprimido entre la pensión de su ex esposa y
los impuestos. Los impuestos subían con los ingresos y la cláusula progresiva de la
sentencia de la pensión de su ex esposa cobró efecto. Una vez, Randy y él calcularon
que si sus ingresos subían más de cincuenta mil dólares al año se vería en la
bancarrota. Dan no podía imaginar ninguna combinación de circunstancias que le
permitiesen amasar bastante capital para comprar a su antigua esposa y verse libre
para luchar contra las epidemias. Así que era un hombre amargado, pero, Randy le
creía un hombre amable, quizás un gran hombre.
—¿No considerará nuestra casa como una parada en su circuito de placebo? —
preguntó Lib.
—No —contestó Dan—, y sí. Su madre tiene diabetes —hizo una pausa, para
dejar que ella comprendiese que no era todo eso lo malo—. Me llamó hoy. Estaba
muy transtornada. Se preguntaba si podría cambiar el tratamiento de insulina por la
nueva droga oral. Usted le da una inyección de insulina cada mañana, ¿verdad?
—Sí —dijo Lib—. No puede soportar pincharse a sí misma y no quiere que mi
padre lo haga. Dice que es demasiado brusco. Afirma que cuando papá la pincha
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disfruta.
Eso era algo que Randy no sabía.
—Quiere que la reorganice porque dice que usted habla de abandonarla —dijo
Dan.
—Sí —contestó Lib—. Intento marcharme. Me voy a ir cuando Randy se vaya.
Randy empezó a hablar, pero se contuvo. Aún podía aguardar un momento.
Dan se limpió las gafas. Su rostro mostró una expresión triste.
—No sé nada acerca de los experimentos —anunció—. Su madre queda
equilibrada con setenta unidades de insulina al día. Una buena inyección. No quisiera
quitarle la insulina. Tendrá que aprender a utilizar ella misma la aguja hipodérmica.
Ahora, veamos lo de su padre.
—¡Mi padre! No hay nada malo con él, ¿verdad?
—Quizás nada, quizás todo. Se está convirtiendo en una especie de zombi,
Elizabeth. ¿Acaso no tiene aficiones? ¿No puede empezar un negocio nuevo?
Unicamente tiene sesenta y un años y, excepto un poco de hipertensión, está en buena
forma, físicamente. Pero se muere más de prisa de lo que debiera. Cuanto mejor es un
hombre en los negocios, peor es en la jubilación. Un día está dirigiendo una gran
corporación y al siguiente, cuando no se le permite dirigir nada, excepto su propia
casa, se desea la muerte a sí mismo y, efectivamente, se muere.
Lib había estado escuchando con atención. Ahora dijo:
—Es todavía más duro con papá. Mire, no se retiró por su gusto. Le despidieron.
Oh, todos lo llamamos jubilación y él recibe su pensión, pero el consejo de
administración le dejó cesante… perdió una lucha financiera beneficiosa… y ahora
no cree que sea de utilidad alguna para nadie, en absoluto.
—Me imaginé que era algo así —comentó Dan. Guardó silencio un momento—.
Me gustaría ayudarle. Creo que vale la pena salvarlo.
Ahora Randy se dio cuenta de que era el momento de hablar.
—Cuando viniste, Dan, estaba a punto de decir a Lib que Mark me habló hoy, en
McCoy. Tiene miedo… está seguro… de que estamos al borde de la guerra. Por eso
Helen y los niños vienen a esta casa. Mark cree que los rusos ya están preparados
para todo.
Randy les vigiló. La primera que pareció comprender fue Elizabeth.
—¡Oh, Dios! —exclamó en voz baja. Entrelazó los dedos en el regazo y se quedó
pálida.
La cabeza de Dan se sacudió, una especie de temblor negativo. Miró a la botella y
al vaso semivacío de Randy sobre el mostrador.
—No habrás estado bebiendo, ¿verdad, Rándy?
—La primera copa de hoy… desde el desayuno.
—No creí que estuvieses bebido. Era sólo una vana esperanza. —La cabeza
masiva de Dan, con el pelo rojizo y áspero de sus sienes, se inclinó hacia delante,
como si su cuello ya no pudiese sostenerle—. Eso hace hipotético todo lo demás —
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dijo—. ¿Muy pronto?
—Mark no lo sabe y yo no puedo ni imaginarlo. Hoy… mañana… la semana que
viene… el mes próximo… en cualquier momento.
Lib miró su reloj.
—Dan noticias a las seis —dijo. Una radio portátil, no mayor que una copa de
coñac, estaba en un extremo del mostrador. Ella la puso en marcha.
Randy mantuvo el aparato sintonizado al V.S.M.F., la mayor estación comercial
del condado. La música de baile se desvaneció y la voz de Hendrix, el comentarista
de discos, anunció:
—Bueno, a todos vosotros, amigos, tengo que quitar la aguja del surco durante
cinco minutos para que las personas serias puedan enterarse de lo que se cocina en
torno al globo terráqueo. Así que, empecemos con el tiempo. El termómetro del
exterior de los estudios marca 16 grados y una décima y la predicción para Florida
Central es de buen tiempo con viento suave y moderado del este durante el día de
mañana y que no hay peligro de heladas en todo el martes. Va a ser un clima
estupendo para pescar, amigos, y para demostrarlo, he aquí una historia de tabares,
allá en el Lake Country. Jonas Corkle de Hyannir, Nebraska, pescó hoy un barbo de
casi seis kilos en Lake Dora, poniéndose a la cabeza del Torneo de Invierno de Lake
Country. Utilizó anguila negra como cebo. Un parte de U.P. desde Washington dice
que la marina ha ordenado acción preventiva contra aviones reactores no
identificados que han estado sobrevolando a la Sexta Flota en el Mediterráneo
Oriental. En Tropical Park hoy, Bald Eagle ganó el Coral Handicap por tres
cuerpos, pagándose a once sesenta. Careless Lady fue segunda y Rumpus, tercero.
Ahora, volviendo a las noticias de Wall Street, las acciones cerraron a diversos
cambios, subiendo las de proyectiles dirigidos y ferrocarriles, pero de una manera
moderada. Los porcentajes Dow-Jones…
Lib apagó la voz de Happy Hendrix.
—¿Qué significa eso? —preguntó.
Randy se encogió de hombros.
—Es asunto del Mediterráneo. Ha ocurrido antes. Me imagino que es uno de los
peligros más graves. Nos hemos acostumbrado a las impresiones. Hemos sido
acondicionados. Estar al borde de la guerra ha sido nuestra postura moral —se volvió
a Dar—. Yo creo que deberíamos almacenar algunas medicinas… un equipo de
emergencia. ¿Que recetarías para la guerra, doctor?
Dan rebuscó en el bolsillo de su americana y sacó un bloque de notas. Avanzó
despacio y pareció muy cansado.
—Les daré a los dos algo —dijo, empezando a escribir—. Género que puedan
utilizar por sí mismos, sin mi ayuda. Y en cuanto a su madre, Elizabeth, botellas
extras de insulina. También pediré un poco de oranise de una farmacia en Orlando.
La farmacia local todavía no lo tiene.
—Pensé que usted había decidido no experimentar la droga con mi madre —
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comentó Lib.
—La insulina —contestó Dan, continuando escribiendo—, requiere refrigeración.
Dan dejó las recetas sobre el mostrador.
—Buenas noches —dijo—. Tengo que ayudar a nacer un niño en la clínica, a las
siete. Es una cesárea. La vida sigue. Por lo menos eso es lo que voy a creer hasta que
se demuestre lo contrario. —Se levantó y salió de la habitación.
Lib dio la vuelta al mostrador.
—Abrázame —pidió.
Randy la abrazó, la estrujó, extrañamente, sin ninguna pasión excepto miedo por
ella. De ordinario sólo tenía que notar su cuerpo próximo o pasarle los labios por
encima del pelo y oler lo que ella llamaba «Mi perfume seductor», para sentirse
excitado. Ahora sus brazos la arrollaban por completo en un sentido también por
completo protector. Todo lo que pedía era que viviese ella y vivir también él y que las
cosas permaneciesen igual por siempre.
La joven siguió rozando su suave cabeza contra la garganta de Randy. Ella no
decía que no. Pedia y rogaba porque el reloj se quedase quieto, lo mismo que Randy;
pero, como Mark dijo, eso iba contra la naturaleza.
La joven alzó la cabeza y gentilmente se apartó, diciendo:
—Gracias, Randy. Me das fuerzas. ¿No lo sabias? Ahora, ¿qué puedo hacer?
—Será mejor que vuelvas a tu casa y hables con tus padres.
—No creo que me crean. No prestan mucha atención a la situación internacional
y a mamá no le gusta ni siquiera hablar de nada desagradable.
—Probablemente no te crean, pero después de todo, no conocen a Mark. Háblalo
con tu padre, haciéndolo de manera que parezca una proposición comercial; dile que
es como tomar un seguro; de todas maneras, procura que las recetas de Dan se
cumplan.
—Mañana conseguiré las medicinas —contestó ella—. La comida no es
problema. Nuestra alacena no está exactamente vacía. ¿Qué vas a hacer, Randy? ¿No
sería mejor que descansases un poco si has de estar en el aeropuerto a las tres y
media?
—Lo intentaré. —La cogió de nuevo entre sus brazos y la besó, en esta ocasión
sin sentirse nada protector y ella respondió, sus temores contenidos.
Salieron de la casa cuando el sol rojo parecía distenderse y caer en el río allá
donde se unía con el amplio St. Johns. Ella subió al coche. El la volvió a besar.
—Si me necesitas, llámame.
—No te preocupes. Lo haré. Te veré mañana, Randy.
—Sí, mañana.
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III
A estas horas, cuando los cirros se extendían como cintas carmesí muy altos a
través del firmamento suroeste, en una especie de oscuridad que ni siquiera permitía
que la brisa agitase una hoja de musgo o las frondas de las palmeras, el día murió
tranquilo y hermoso. Esa era la hora de Randy, ésta y el alba, tiempo de quietud y de
paz.
Sus ojos quedaron atraídos por un movimiento en un macizo de turquesas a la
otra parte del camino y de nuevo vio al condenado pájaro. Podía haber muy poca
duda. Incluso a esta distancia, incluso sin binoculares, era capaz de distinguir los ojos
ribeteados de blanco. Moviéndose despacio y en silencio, saltando de arbusto en
arbusto, cruzó el césped.
Si atravesase el camino y el patio delantero de una identificación positiva.
Florence y Alice Cooksey le vigilaban. Florence le había estado observando
desde atrás de las persianas del dormitorio mientras él hablaba con la chica
McGovern y la besaba despidiéndose, una exhibición pública desagradable. Ella le
vigiló cuando estaba plantado en el camino, las manos en las caderas, solo, y durante
largo rato, inmóvil. Luego, de manera incrédula, le había visto inclinarse y avanzar
furtivo hacia ella y entonces fue cuando llamó a Alice.
—¡Ahí está! —dijo triunfante—. Ya te lo dije. Ven y cerciórate por ti misma. ¡No
hay duda de que es un fisgón!
Alice, mirando a través de los visillos, dijo:
—Creo que acecha a alguien.
—Sí, a mí.
Siguieron vigilantes mientras él cruzaba la calzada, poniendo los pies con cuidado
como un hurón a punto de lanzarse sobre su presa.
—¡La víbora! —exclamó Florence.
Llegó al césped de Florence y durante un momento se escondió detrás de un
macizo de lilas.
—Va a doblar este lado de la casa —anunció Florence—. Creo que será mejor que
lo vigilemos desde el comedor. —Entró corriendo a la estancia, Alice siguiéndola.
Inclinado, casi doblado, Randy avanzó desde las lilas hacia las turquesas. De
pronto se incorporó, lanzó un sombrero imaginario al suelo y Florence le oyó decir de
manera clara:
—¡Oh, maldición!
Al mismo tiempo vio a Anthony que sacudió la jaula en el porche posterior.
Anthony había regresado a su casa para pasar la noche. Luego oyó a Randy en la
parte trasera. Anthony chirrió. Randy juró y gritó:
—¡Eh, Florence!
Ella abrió la puerta de la cocina y contestó:
—¡Mire, Randolph Bragg, no voy a consentir más que esté husmeando en torno a
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la casa y mirándome mientras me visto! ¡Debería sentirse avergonzado!
Randy, con la boca abierta, estupefacto, miraba a los dos pájaros. Anthony, al
exterior de la jaula; Cleo, aleteando dentro.
—¿Es ése pájaro suyo? —preguntó. Señaló a Anthony.
—Con certeza que es mi pájaro.
—¿Qué clase de pájaro es?
—Oh, un tórtolo africano, claro.
Randy sacudió la cabeza.
—Soy un burro. Creí que era un periquito de Carolina. Mire, el periquito de
Carolina es, o era, nuestro pájaro nacional. No se ha encontrado ningún ejemplar
desde 1925. Suponen que la especie se ha extinguido. Si éste no es uno, reconoceré
que es verdad.
—¿Por eso ha estado usted espiándome? Le vi esta mañana, con anteojos.
—No la espiaba a usted, Florence. Espiaba a ese falso periquito de Carolina. —Se
fijó en Alice Cooksey de pie tras Florence, sonriendo. Alice era una de sus personas
favoritas. Realmente debería contar a Alica lo que Mark había predicho. Debía
también decírselo a Florence, pero esta última le miraba todavía trastornada y furiosa.
Por fin dijo—: Ahora, Florence, cálmese. Tengo algo importante que decirles.
—¡Admirador de pájaros! —gritó Florence. Le estrelló en las narices la puerta de
la cocina y entró corriendo en la casa.
Randy se metió las manos en los bolsillos y caminó hasta su hogar. El mundo
estaba realmente loco. Hablaría a Florence y Alice por la mañana, después de que la
primera se hubiese calmado.
En su cocina, Randy se preparó un bocadillo caníbal. Lib consideraba su
costumbre de comer de esa manera, sazonándolo todo con salsas picantes y mostaza y
poniendo la carne entre dos rebanadas de pan, como algo bárbaro. El le había
explicado que era la comida más sencilla que podía preparar un soltero perezoso para
hacer otra cosa y que además le gustaba.
Bajó trotando las escaleras y examinó las compras alineadas en las estanterías y
apiladas en las alacenas. Parte resultaba bastante exótico para una emergencia. Quizás
debería preparar un equipo de golosinas. Si ocurría lo peor, estas golosinas, más o
menos encubiertas, podrían ser sus raciones de hierro en un momento desesperado. Si
no pasaba nada, igual se conservarían. Seleccionó un tarro de extracto de buey inglés,
un paquete hermético de cubos de caldo, un bote de chocolatines suizos y una lata de
azúcar en terrones, un queso italiano en conserva y unas cuantas otras pequeñeces.
Las colocó en un cartón, envolvió este cartón en papel de estaño y se lo llevó al
apartamento. La cómoda de teca del despacho era un lugar estupendo para esconderlo
y olvidarse. Rebuscó por entre el cajón, apartando viejos documentos legales, fajos
abstractos de cartas, un paquete de dinero confederado, álbums de fotografías de
desnudos. El diario del teniente Peyton y media docena de libros infantiles…, todos
recuerdos de familia que no se creyeron de valor suficiente para ocupar un lugar en la
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caja fuerte, pero demasiado buenos, por otra parte, para ser echados a la basura… y
así hizo espacio en el fondo para las raciones de hierro.
A las siete en punto escuchó las noticias. No había nada extraordinario. Se dejó
caer en el diván del despacho, cogió una revista y comenzó a leer un artículo titulado:
«¡Próxima parada… Marte!». Al poco las letras le bailaron entre los ojos y se durmió.
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IV
Cuando son las siete de la tarde del viernes en Fort Repose son las doce en punto
de la mañana en el Mediterráneo Oriental, en donde el Grupo de Ataque 6, 7 giraba
hacia el Norte y se encaminaba a los estrechos mares entre Chipre y Siria. La forma
del grupo de ataque era un óvalo gigante, su periferia señalada por las estelas de los
destructores y de las fragatas de proyectiles dirigidos y de los cruceros. El centro del
Grupo de Ataque, 6, 7 y la razón de su existencia era el «U. S. S. Saratoga», una base
móvil nuclear. En el Centro de Información de Combate del «Saratoga» dos oficiales
contemplaban el brillante destello de un gran repetidor de radar. Parpadeaba una y
otra vez, como un ojito verde abriéndose y cerrándose. Interrogado por un impulso
amistoso de radar, no había replicado. Era hostil. Durante treinta y seis horas, desde
después de haber pasado Malta, el «Saratoga» se había visto ensombrecido. Este
pitido luminoso era la última descubierta.
—Es inútil enviar un avión de combate nocturno —dijo uno de los oficiales—.
Ese chisme es demasiado rápido. Pero un F-11-F podría capturarle. Así que será
mejor que le dejemos que se acerque más. Quizás lo hará lo bastante para que un
proyectil dirigido disparado del «Canberra» le alcance. Si no, al amanecer,
lanzaremos el F-11-F.
El otro oficial, un hombre mayor, capitán, frunció el ceño. No le gustaba arriesgar
su navío en una zona de maniobras restringida bajo la observación del enemigo.
Siempre pensaba que el Mediterráneo era una especie de saco, de todas maneras, y
que se acercaban al fondo de dicho saco.
—Está bien —dijo—. Pero asegúrese de que le cazamos mediante el radar antes
de que entremos en el golfo de Iskenderun.
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PARTE 4
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I
La batalla de Helen Bragg había pasado y ella la perdió. Los billetes estaban en su
bolso. Su equipaje —Mark les había hecho recoger casi todas las ropas que poseían y
pagó una suma considerable por el exceso de peso— estaba apilado en la carretilla
que ya giraba por el cemento, pisoteando la fina nieve. Ella había perdido, y sin
embargo quince minutos antes de la hora del despegue seguía protestando, no con la
esperanza de que Mark cambiase de idea. Era simplemente que se sentía triste y
culpable.
—Sigo sin creer que debo irme —dijo ella—. Me siento como una desertora.
Quedaron plantados juntos en el vestíbulo del terminal, una diminuta isla
olvidada de los seres humanos que la rodeaban. Su mano enguantada se cogía al
brazo de él, la mejilla de la mujer se apretaba contra el hombro del marido. El la
oprimió la mano y dijo:
—No seas tonta. Cualquiera que tenga sentido común se alejará de una zona de
blanco primario en un momento como éste. No eres la primera en marcharse ni
tampoco serás la última.
—Eso no justifica las cosas. Mi lugar está aquí contigo.
El la hizo darse la vuelta para que le mirase, así que su boca quedó a pocos
centímetros de la de Mark.
—Eso es. Pero no puedes quedarte conmigo. Si se produce lo que tememos yo
estaré en el Agujero, protegido por veinte metros de cemento y acero y de buena
tierra apisonada. Ahí está mi lugar y en ése tú no puedes estar. Deberías quedarte en
alguna parte de la superficie, expuesta. Si pudieses bajar al Agujero conmigo,
entonces te quedarías, cariño.
Eso era algo que no había dicho antes, un hecho que ella no había considerado.
De alguna manera la hizo sentirse algo mejor; sin embargo, siguió discutiendo,
aunque desanimada.
—Continúo pensando que mi trabajo está aquí…
Los dedos de él la silenciaron y cuando habló su voz era como una orden directa
y llana.
—Tu tarea es sobrevivir porque si no lo haces los niños no sobrevivirán. Esa es tu
misión. No hay otra. ¿Lo comprendes, Helen?
En el otro lado del triste terminal Ben Frahklin y Peyton recorrían el kiosco de
periódicos, cada uno con un dólar para gastar en caramelos, chiclé y revistas. Sabían
sólo que salían del colegio una semana antes y que iban a pasar las vacaciones de
Navidad en Florida. Eso es todo lo que Helen les había dicho y en la ilusión de hacer
las maletas y saludar a su padre, y luego hacer más maletas, no hubieron preguntas.
—Comprendo —contestó ella. Su cabeza cayó sobre el pecho de Mark—. Si este
asunto estalla y se disipa vendrás directamente a casa, ¿verdad?
—Seguro.
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—¿Me lo prometes?
—Ciertamente que te lo prometo.
—Quizás podríamos regresar a casa antes de que empiece el colegio después de
vacaciones.
—No cuentes con eso, cariño. Pero te llamaré cada día y en cuanto crea que la
cosa está segura, te daré el aviso.
El altavoz anunció que el vuelo 714 para Chicago, con enlace a otros vuelos hacia
el este y hacia el sur, estaba a punto de partir.
Los niños corren hasta ellos. Peyton llevaba un carcaj y un arco de flechas
atravesado en su hombro; Ben Franklin un trompo, y una caña de pescar, esto último
fue su regalo de Navidad de Randy, en el año anterior.
Mark les acompañó hasta fuera, por la Puerta 3. Cogió a Peyton y la sostuvo alta
un momento y la besó, desarreglándole su gorrita de punto roja.
—¡Mi pelo! —exclamó ella, riendo y su padre la dejó en el suelo.
Advirtió cómo otros pasajeros cruzaban la puerta. Se llevó aparte a Ben Franklin
y le dijo:
—Pórtate bien, hijo.
Ben le miró, sus ojos pardos turbados. Cuando habló su voz resultó
intencionalmente baja.
—Esto es una evacuación, ¿verdad, papá?
—Sí —era costumbre de Mark no decir nunca una mentira cuando respondía a
una pregunta de sus hijos.
—Me di cuenta nada más volver a casa, del colegio. De ordinario, mamá se
muestra emocionada y feliz por viajar. Hoy, no. No quería hacer las maletas; así que
lo comprendí.
—Me sabe mal enviaros lejos, pero es necesario. —Mirar a Ben Franklin era
como mirar una instantánea de sí mismo en un viejo álbum de fotos—. Tendrás que
ser el hombre de la familia durante una temporada.
—No te preocupes por nosotros. Estaremos bien en Fort Repose. Tú me
preocupas. —Los ojos del muchacho se arrasaban de lágrimas. Ben Franklin era un
niño de la era atómica, con mucho conocimiento.
—Estaré bien en el Agujero.
—No si… De todas maneras, papá, no tienes porque preocuparte por nosotros —
repitió.
Llegó el momento. Mark les acompañó hasta la puerta; el guante de Peyton en su
mano izquierda; Ben Franklin en su derecha. Helen se volvió y él la besó una vez más
y dijo:
—Adiós, cariño, te llamaré mañana por la tarde. Esta noche tengo servicio y
probablemente dormiré toda la mañana, pero nada más me levante te telefonearé.
Ella logró decir:
—Hasta mañana.
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Les contempló caminar hacia el avión, un pequeño desfile, que parecía salir de su
vida.
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apareciese, que intentara penetrar en su sector. Si lo hacía, nadie se reiría de su
tamaño, de su voz chillona, de su cara, o de su torpeza efectiva con las mujeres.
Peewee Cobb tenía un nombre en clave, Girasol 4, instrucciones de volar en
órbita sobre una área del mar que iba desde Haifa hasta la proa del Grupo de Ataque
6,7. Si el avión reactor de reconocimiento hostil venía de una base de Egipto a
Albania, estaría en posición de interceptarlo. Su aparato estaba armado con
sidewinders cohetes ingeniosos de una sola idea fija, localizadores de calor. El morro
de un sidewinder era sensitivo a los rayos infrarrojos de cualquier fuente calorífica.
Peewee había disparado dos en ejercicios de prácticas. No sólo había destruido los
blancos, sino que sin equivocación se perdieron por las tuberías de escape de los
cohetes enemigos, de las toberas de los cohetes.
A diez mil metros, Peewee juzgó que habían llegado a su punto y llamó pidiendo
una fijación de radar. El crucero lanzaproyectiles dirigidos «Canberra», el navío más
próximo de la formación, confirmó su posición. Mientras daba vueltas en círculo, el
cielo hacia el sureste se iluminó. Cuando el sol tocó las puntas de sus alas el mar
abajo seguía oscuro. Entonces, gradualmente, la forma del color del mar y la tierra se
hicieron evidentes. Se sentía por entero solo y parte de esta transformación, como si
lo vigilase desde un planeta distinto. Revisó su mapa. Lejos, hacia el este, divisó
Monte Carmelo y un río y más allá, estaban las colinas del elegido, también llamadas
de Armagedó. Continuó en su órbita.
Sus auriculares crujieron y él reconoció la llamada del «Saratoga». La voz del
controlador de combate dijo:
—Girasol 4, tenemos una señal. El está en los ángulos veinticinco, su velocidad
quinientos nudos. Su curso e intercepción es de treinta grados. ¡A por él!
Así que el fisgón estaría al norte suyo y corriendo costa arriba, esperando
alcanzar el flanco del grupo de ataque y observarlo por radar desde una posición
cerca del territorio amigo de Siria. Peewee se encaminó hacia el lugar indicado y
puso sus motores al noventa y nueve por cien de su potencia. Se deslizó por los mach
con un ligero y emocionante temblor; cada quince o veinte segundos hacía pequeñas
alteraciones de rumbo en respuesta a las instrucciones del «Saratoga», que tenía en
sus pantallas a ambos aviones.
Entonces lo vio, destello del sol sobre el metal, picando a gran velocidad.
Hizo bajar el morro del tiger y le siguió, informando:
—Me acerco al blanco.
Tocó el interruptor que armaba sus cohetes y otro que servía para el mando
manual.
La caza le hacía bajar hasta tres mil metros y su adversario seguía perdiendo
altitud. Era un reactor de dos motores, un IL-33, creía Peewee, y notablemente rápido
a tan escasa altura. No había duda que el espía se había dado cuenta de que le
perseguía, porque una aeronave de reconocimiento estaría equipada con radar. Se
mantuvo firme al Mach 1,5, pero la proporción de su acercamiento disminuyó.
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Muy lejos Peewee vio el puerto de Siria llamado Latakia, famosamente
convertido en una importante base de submarinos rojos. Al cabo de pocos segundos
estaría en agua territoriales sirias y unos pocos más le llevarían sobre el propio
puerto.
En este punto Peewee debió haber abandonado la caza, porque tenía órdenes
estrictas, en las instrucciones, de no violar las fronteras de nadie. Siguió adelante. Al
cabo de otros pocos segundos…
El avión espía giró violentamente a la derecha, encaminándose al puerto y a sus
baterías cohete y antiaéreas y quizás al santuario de un aeropuerto en las oscuras
colinas y las dunas del más allá.
Peewee hizo volver al F-ll-F interiormente, acortando al instante la distancia.
Oprimió el botón de disparo.
El sidewinder, dejando unas débiles estelas de humo del tamaño de un lápiz, se
precipitó al ataque.
Durante un momento el sidewinder pareció seguir certeramente el vuelo del espía.
Peewee esperó a que se colocara siguiendo la estela de uno de los motores a reacción.
Entonces el sidewinder pareció agitarse en su rumbo.
Peewee creyó, aunque no podía estar seguro, que el avión espía había cortado los
motores y planeaba. Siguiendo al sidewinder, Peewee perdió de vista al otro aparato.
El sidewinder se lanzó hacia tierra, en dirección al muelle en su zona de Latakia.
Parecía como si persiguiese a un tren.
A aquel loco, pensó Peewee.
Hubo una llamarada y una hermosa bola de humo pardo y negros pedazos de
cascotes subiéndole al encuentro. Peewee aceleró más y se alejó ascendiendo,
comprimido dentro de su traje espacial y momentáneamente perdiendo la visión.
Luego la onda expansiva le alcanzó por la parte de atrás y se vio de nuevo sobre el
Mediterráneo. Pedía un vector para volver a su navío cuando otro destello se reflejó
en su panel de instrumentos. Se volvió para mirar atrás y vio una nube negra, rojas
llamas en su base, alzándose desde Latakia.
Quince minutos más tarde el alférez Cobb, las pecas destacando en su rostro
pálido como manchas de tinta, estaba en presencia del almirante jefe del «Saratoga»
tratando de explicar lo que había ocurrido.
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IV
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primavera será el camino libre para que entren los mocasines y las serpientes de agua.
En las noches frescas se dejarán caer en el agua y nadarán o se arrastrarán hacia el
interior de la casa.
En este punto Lavinia lanzó un grito y se cogió la garganta como si se ahogase, y
su marido y su hija casi la tuvieron que llevar a rastras a su dormitorio. Al día
siguiente los fontaneros y albañiles volvieron a remodelar la bañera, eliminando su
característica exterior. Más tarde, Lib explicó que su madre tenía miedo a las
serpientes y que era la única responsable del diseño de la casa. Randy nunca se sentía
cómodo en presencia de Lavinia después de aquello. Y Lavinia, mientras trataba de
ser graciosa algunas veces, se debilitaba al verlo llegar.
Las relaciones de Randy con Bill McGovern eran un poco mejores. En una
ocasión, después de unas cuantas copas de más, estuvo en desacuerdo con el señor
McGovern en cuestión política, social y económica. Puesto que Bill durante muchos
años había sido presidente de una empresa fabricante que empleaba seis mil personas,
muy pocos de los cuales estaban en desacuerdo con él en nada, se sintió ofendido y
furioso. Consideró a Randy como un joven holgazán e insolente, un ejemplo de la
decadencia en la que una vez puede caer una buena familia y un cabezota tristemente
tozudo, por lo que tuvo que informar a su hija en tal sentido.
Así que Randy, sentado en su coche, dudaba. Estaba seguro de ser fríamente
recibido. Lib no esperaba verle hasta el día siguiente, pero tuvo el presentimiento de
que ahora la joven le necesitaba. Se imaginó una discusión considerable que tenía
lugar dentro. Lib se vería verbalmente vencida por su padre y el aviso de Mark no
tendría objeto. Randy bajó del coche.
Lib abrió la puerta norte antes de que llamase.
—Me pareció oír un coche en el patio —dijo—. Me alegro que seas tú. Tengo
dificultades.
Bill McGovern estaba de pie en la sala de estar, envuelto hasta los tobillos con
una bata blanca, sonriendo como si todo fuese gracioso. Lavinia McGovern, los ojos
hinchados y las mejillas de un rosa pálido, estaba en una mecedora, se llevaba un
pañuelo a la nariz. Bill era calvo, cuadrado de hombros y bastante alto. Tenia la nariz
curva y su barbilla prominente y fuerte.
En aquella especie de albornoz y con los pies metidos en sandalias de cuero, tenía
el aspecto de un césar colérico.
—¡De modo que aquí viene nuestro local Paul Revere! —saludó a Randy—.
¿Qué trata de hacer, asustar a mi esposa e hija para que se mueran?
Randy lamentó haber entrado, pero ahora no veía ya manera de ser otra cosa que
no fuese sincero.
—Señor McGovern… —dijo…, de ordinario se dirigía al padre de Lib
llamándole Bill—, no es usted tan listo como yo creí. Si le di un aviso de buena tinta
debió escucharlo. Y no me refiero a un aviso de compra de acciones o cosa por el
estilo. Esto es mucho más importante. Creí que le hacía un favor —se volvió para
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marcharse.
Lib le rozó el brazo.
—¡Por favor, Randy, no te vayas!
—Elizabeth —cuando sus padres estaban presentes siempre la llamaba Elizabeth
—, dejaré las cosas tal y como están. Si me necesitas, llámame.
Lavinia comenzó a olisquear audiblemente. Con voz preocupada Bill dijo:
—Vamos, no tanta prisa ni tanto amor propio, Randy. Lamento haber sido brusco.
Hay ciertas cosas que usted comprende.
—¿Como qué? —preguntó Randy.
La voz de Bill era conciliatoria.
—Siéntese y le explicaré.
Randy continuó de pie.
—Soy dos veces más viejo que usted —dijo Bill—, creo saber más que usted lo
que pasa en este mundo. Después de todo, conozco a unos cuantos hombres
destacados… los mayores. Todas estas escaramuzas de guerra están provocadas por
el Pentágono… no quiero ofender con ello a su hermano… para conseguir mayor
presupuesto y tener más amistad con los países de Europa y en subir los impuestos.
Es todo parte de la maldita política inflacionaria creada para engañar a la gente,
rebajar las pensiones y aumentar desmesuradamente los impuestos. Ahora sé que su
hermano cree que hace bien, y le agradezco que se lo dijese a Elizabeth. Pero lo más
probable es que su hermano se haya visto engañado, también.
—¿Ha escuchado usted las noticias de los últimos días?
—Sí. Oh, reconozco que la cosa tiene mal aspecto en Oriente Medio, pero no me
asusta. Quizá tengamos alguna escaramuza o una guerrita sin importancia, como la de
Corea, claro. Pero ninguna conflagración atómica. Nadie utilizará bombas atómicas,
como nadie utilizó el gas en la última guerra.
—Usted lo garantiza, ¿eh, Bill?
Bill entrelazó las manos a su espalda.
—No puedo garantizarlo, claro, pero el otro día estuve hablando con el señor
Offenhaus. Debe conocerle. Dirige la defensa civil, aquí. Bueno, no está preocupado;
dice que el único peligro real a que nos enfrentamos es vernos arrollados por la gente
de Orlando y de Tampa. Ni siquiera cree que haya mucha posibilidad de eso. Fort
Repose no está ahora en ninguna autopista importante. Pero dice que tendremos que
cuidarnos de los turistas y mantenerlos bajo control.
—¡Por favor, Bill! —exclamó Lavinia—. ¡Di la verdad, refiérete a los negros!
—¡Los negros, pues, infierno! Los morenos son propensos al pánico y al pillaje.
Oh, los negros locales, como Daisy, nuestro cocinero, y Missouri, la mujer de la
limpieza, son buenas personas. El señor Offenhaus hablaba de los trabajadores
emigrantes, los que vienen a la cosecha de naranjas, etc. Así que, si el señor
Offenhaus no está preocupado, yo tampoco lo estoy. El señor Offenhaus me parece
un sólido hombre de negocios.
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Randy sabía que Offenhaus fue nombrado para dirigir la Defensa Civil porque
poseía las únicas dos ambulancias, que con la suma de contratista de trabajo para los
negros, doblaba sus ingresos en Fort Repose.
—¿Le habló usted de una caída? —preguntó.
—Bueno, no lo hice —contestó Bill—. El señor Offenhaus dice que le han
enviado más folletos de Washington, pero que no los entrega porque son demasiado
engorrosos. Dice, ¿para qué preocuparse de algo que uno no puede ver, sentir, oír u
oler? Dice que es tan malo asustar a la gente como matarla con radiaciones y yo debo
añadir que estoy de acuerdo.
—Si eso viene —intervino Lavinia—, supongo que tendremos racionamiento
como la última vez y toda clase de dificultades. Bill, ¿no crees que debiéramos…?
no, no pensaría en ello. Por favor, no hablemos más de ese asunto. Es horrible. —Se
secó los ojos intentando sonreír—. Randy, ¿cuándo llegue su cuñada no querrá traerla
un día a cenar? Después de todo, podríamos jugar al bridge. ¿Le gustaría ahora echar
una partidita de Ruber? Sé que tiene que quedarse para salir más tarde a recibir el
avión y yo estoy demasiado excitada para dormir.
—Estoy convencido de que Helen se mostrará encantada de venir, a cenar —dijo
Randy—. En cuanto al bridge, aceptaré en una tarde de lluvia. En casa me quedan
unas cuantas cosas que hacer. Buenas noches, Lavinia. Siento haberla transtornado.
Lib le acompañó al coche.
—¿No fui muy lejos, verdad? —preguntó Randy.
—Hiciste que papá pensase y eso basta.
En el cielo percibió los motores de varios reactores. En aquella noche, la luna
estaba en uno de sus cuartos, casi a punto de ser llena. Alzó los ojos y al no ver nada
se dio cuenta de que los aviones eran militares, demasiado altos para que se les viesen
las luces en contraste con el brillante cielo. Cualquier noche si escuchaba un ratito,
podía oír a los B-52 y 47 y 58, pero en esta ocasión parecían haber más aparatos
volando.
—¿De dónde son? —preguntó Lib—. ¿Qué están haciendo?
—Me imagino que son de McCoy y Eglin —contestó Randy—, y no creo que
vayan a ninguna parte. Sólo están dando vueltas por ahí porque se encuentran más
seguros en el aire que en tierra. Cuando se les oye flotar por los alrededores, a esa
altura, uno sabe que todo va bien.
—Comprendo —dijo Lib. Por segunda vez, la besó dándole las buenas noches.
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once y media y puso la radio del vehículo. Entonces se enteró de la acusación árabe
sobre el bombardeo de Latakia por aviones americanos y, además, de una extraña
afirmación de Washington: «Un portavoz del Departamento de Marina», anunciaba el
locutor, «niega que haya habido ningún ataque intencional en la costa de Siria».
Mark pisó el acelerador y miró cómo la aguja del taquímetro pasaba del ciento
veinte. Al dar una curva las ruedas posteriores patinaron. Hielo. Se esforzó para
concentrarse en la conducción. Pronto conocería todo cuanto sabía la Inteligencia
Americana y las redes radiofónicas de todo el mundo, por todas partes. Mientras era
inútil imaginarse cosas, o terminar en una cuneta, siendo una baja inútil sin ningún
Corazón Púrpura.
Veinte minutos más tarde Mark entró en la Sala de Guerra, a unos diez y seis
metros por debajo de la superficie terrestre. Parpadeando ante la luz artificial brillante
y sin sombras, miró a los paneles de los mapas. Nada sobresaliente. Entró en las
oficinas de A-2, Inteligencia. En el despacho interno Dutch Klein, comisario A-2 e
impetuoso general cuarentón, esperaba su relevo. Una cafetera eléctrica despedía
vapores sobre el escritorio de Dutch. Dos ceniceros estaban llenos de aplastadas
colillas. Dutch había estado atareado.
—Me imagino que has oído las noticias —dijo Dutch.
—Sí, por la radio. No es cierto, ¿verdad?
—¡Es fantástico! —Dutch tocó un manojo de mensajes descifrados en papel rojo,
indicando su alta prioridad y puestos sobre el escritorio—. Hace dos horas la Sexta
Flota lanzó aviones de combate para interceptar a un reactor espía. Un alférez del
«Saratoga»… fíjate, un alférez… divisó al enemigo y le persiguió por todo Levante.
Se cerró sobre Latakia y disparó un pájaro. No ha quedado claro si fue un error
humano o un cohete errante. De cualquier manera, todo estalló. —Dutch, un hombre
muscular, en forma de barril con un rostro redondo y colorado, gruñó y se arrellanó
en su sillón.
Automáticamente las fortificaciones de la zona portuaria de Latakia aparecieron
claras en el cerebro de Mark.
—Grandes almacenes de minas convencionales, torpedos y munición —dijo—.
De ordinario tienen de cuatro a ocho submarinos en los nuevos muelles y un par de
cruceros y navíos de escolta en el puerto —dudó, pensando en algo peor—. El fuego
y la explosión han podido disparar armas nucleares, si estaban ya montadas y prestas
para el combate. Eso pudiera ser. ¿Tú qué opinas?
—La peor locura de todo nuestro historial —dijo Dutch—. Me alegro que la
cometiese la Marina y no nosotros.
—Me refiero, ¿cómo te imaginas que reaccionarán los rusos? —Mark formuló la
pregunta no porque pensase que Dutch podía dar respuesta, sino como una catálisis
de su propia imaginación. La Inteligencia no era el interés principal de Dutch.
Ascendiendo hasta las dos estrellas y al mando de una división aérea, Dutch se vio
obligado a asimilar dos años de estado mayor, como parte de su instrucción. Para
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Mark, el trabajo de Inteligencia, con todas sus facetas políticas y sicológicas, era en si
una carrera. Le gustaba, le agradaba la capacidad de agitar un puñado de prominentes
hechos sin relación alguna hasta que congelaban en un sistema que apuntaba como
una flecha al futuro.
—Quizás les haga perder el equilibrio —dijo Dutch.
—Puede que trastorne su plan de operación cronométrico —asintió Mark—, pero
me temo que no sea así. Puede que le dé a Greenwich un «Casus belli», una excusa.
Dutch se incorporó en la silla, levantándose.
—A ti te lo dejo. El comandante en jefe estuvo aquí hasta hace unos minutos.
Dijo que se iba a dormir porque quizá mañana fuese todo más escalofriante. Si
ocurren acontecimientos políticos importantes tienes que llamarle. Operaciones
manipulará el estado de alerta, como siempre.
Durante treinta minutos Mark se concentró en la pila de informes recibidos de la
NATO, Nápoles, Filipinas, Frontera Marítima Oriental y los sumarios del Comando
de Defensa Aérea y del CIA. Cuando estaba al corriente de la situación cruzó de la
Sala de Guerra a Control de Operaciones.
El oficial de servicio era Ace Atkins, un antiguo piloto de combate, y, como
Mark, coronel de graduación. Le llamaban Ace (As) porque lo fue, en dos guerras. A
causa de su valor demostrado y absoluta frialdad, estaba ocupando aquel escritorio,
con el teléfono rojo a pocos centímetros de sus dedos. Una palabra cifrada en el
teléfono rojo de Ace haría que dos mil bombarderos del C.E.A. partiesen y que
comenzase la cuenta inversa en los emplazamientos de proyectiles dirigidos. Si se
pronunciaba otra palabra bien dicha por el general Hawker o con su autoridad, se
provocaría el ataque.
Ace, ligero y delgado, alzó la vista y dijo:
—Bienvenido al manicomium. —La Sala de Control, separada de la Sala de
Guerra por un grueso vidrio, estaba profundamente en silencio.
—Estoy preocupado —contestó Mark—. Desearía que Washington hubiese dado
a la luz una completa declaración. Tal y como están las cosas, la mayor parte del
mundo creerá que atacamos Latakia deliberadamente.
—¿Y por qué los de Información de la Marina no ceden?
—Quieren. Necesitan soltarlo pronto. Pero son un escalón bajo y ya conoces
Washington.
—No muy bien.
—Yo a la perfección —afirmó Mark—, y creo que soy capaz de imaginarme lo
que está pasando. Todo el mundo quiere sacar tajada porque la cosa es importante,
pero por la misma razón nadie quiere hacerse cargo de la responsabilidad. Los PIO de
la Marina probablemente llamaron a un Secretario Ayudante, y el Secretario
Ayudante llamó al Secretario y el Secretario con toda probabilidad llamó al Secretario
de Defensa. Para ese tiempo la Agencia de Información y el Departamento de Estado
estaban mezclados. Ahora cuanta más gente se levante, y se convoca a mayor número
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de personas —Mark miró a los relojes, por encima de la Sala de Guerra, más altos
que los mapas, expresando la hora en todas las zonas desde Omsk a Guam—. Son las
dos de la madrugada en Washington. Como cada cual da su visto bueno a la noticia y
resulta que es preciso consultar con alguien más. Eventualmente sacarán de la cama
al Secretario de Estado y luego al Secretario de Prensa de la Casa Blanca. Quizás
despertarán al Presidente. Hasta que eso ocurra, no creo que se produzca ninguna
declaración completa.
—¡Dios mío! —exclamó Ace—. Eso parece terrible.
—Lo es, pero lo que más me preocupa es Moscú.
—¿Qué dice Moscú?
—Ni palabra. Ni un susurro. De ordinario radio Moscú estaría gritando muerte
sanguinaria. Eso es lo que me preocupa. Mientras la gente habla no pelea. Cuando
Moscú deja de hablar, me temo que lo hace porque está actuando. —Mark tomó un
cigarrillo de los de su amigo y lo encendió—. Creo que las posibilidades están
sesenta a cuarenta de que ya han empezado su cuenta inversa.
Los dedos de Ace acariciaron el teléfono rojo.
—Bueno —dijo—, nosotros estamos preparados como nunca lo estuvimos. El
catorce por cien de la fuerza está en el aire ahora y el otro diez y siete por cien alerta.
Estoy preparado para mantener la proporción hasta que nos releven a las ocho. ¿Qué
tal te parece, Mark?
Como siempre la responsabilidad de actuar residía en los A-3. Mark Bragg, como
A-2, sólo podía aconsejar.
—Es un lindo gran esfuerzo —dijo—. Uno no puede mantener a toda la fuerza en
el aire o alerta a cada instante. Lo sé y, sin embargo… —se desperezó—. Volveré a
mi cueva y veré qué otra cosa más sucede. Comprobaré contigo dentro de una hora.
En su escritorio, Mark encontró copias de tres despachos más urgentes. Uno, del
Agregado del Aire en Ankara, informando que un reconocimiento aéreo ruso estaba
produciéndose en la frontera de Azerbaijan. Otro del Departamento de Marina,
indicando haber divisado submarinos a doscientas millas de Seattle, definitivamente
no propios. El tercero, recibido de Londres por el Departamento de Estado con
clasificación del más alto secreto, decía que Downing Street había utilizado a la RAF
para armar inmediatamente proyectiles dirigidos de largo alcance, incluyendo el
Thor, con cabezas nucleares de guerra.
Dentro de una hora el avión de Helen aterrizaría en Orlando. Al cabo de ciento
veinte minutos, si el aparato llegaba a tiempo, Helen y los niños estarían en una zona
de comparativa seguridad. Mark rezó para que durante las siguientes dos horas, por lo
menos, no ocurriese nada más. Se agarró con fuerza al pensamiento de que, mientras
no hubiese guerra, siempre había una posibilidad de paz. Al pasar los minutos y las
horas y no llegar noticias de Moscú, sintió más y más seguro que un golpe de maza
había sido ordenado. Diagnosticó esta inteligencia negativa como más ominosa que
casi algo que pudiera haber ocurrido y decidió despertar al general Hawker, si
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persistía.
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VII
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hechos de la vida antes de que una tenga oportunidad de explicárselos.
Mientras esperaron el equipaje, Randy les narró las noticias. Escucharon serios.
Sólo Ben Franklin comentó:
—Parece como el saque inicial. Me imagino que papá sabía lo que se hacía.
Durante largo rato no se dijo nada más.
Randy se sintió aliviado cuando los suburbios de Orlando quedaron tras ellos y,
con el escaso tráfico a estas horas, mantuvo una velocidad cercana a los ciento diez.
Consideraba que sus aprensiones eran ilógicas. ¿Por qué iba a sentirse transtornado
por la observación de un chiquillo de trece años? Cuando estuvo seguro de que los
niños dormían en el asiento trasero, dijo:
—Se lo toman con calma, casi como algo corriente, ¿verdad?
—Sí —contestó Helen—. Mira, todas sus vidas, desde que tienen uso de razón,
las han vivido bajo la sombra de la guerra… la guerra atómica. Para ellos lo anormal
se ha convertido en normal. En toda su existencia no han oído hablar de otra cosa y lo
esperan.
—Están condicionados —afirmó Randy—. Un niño del siglo XIX se volvería
rápidamente loco de miedo. Creo, en el mundo de hoy que le pasaría eso. Debe haber
sido muy maravilloso vivir en aquellos años entré 1870-1914. cuando la paz era la
condición normal y la gente realmente se sentía abrumada por la idea de la guerra y
creía que nunca se produciría un gran conflicto. Una guerra grande resulta imposible,
solían decir. Costaría demasiado. Rompería el comercio mundial y haría que todos se
arruinaran. Incluso después de la Primera Gran Guerra Mundial la gente no aceptaba
la cosa como normal. La llamaron Guerra que terminó con las guerras; de otro modo
no hubiesen ido a luchar. Helen, ¿en qué nos hemos convertido?
Helen, atareada sintonizando la radio del coche, para escuchar las noticias de
última hora, contestó:
—Eres un poco idealista, ¿no es verdad, Randy?
—Eso supongo. Fue un lujo muy caro; quizás algún día me acostumbre. Aceptaré
las cosas como los niños.
—¡Escucha! —exclamó Helen. Había sintonizado una estación de Miami y el
locutor decía que permanecería la emisión abierta toda la noche para proporcionar
noticias de la nueva crisis.
—«Acabamos de recibir un boletín de Washington —dijo—. El Departamento de
Marina acaba de dar a la publicidad una plena declaración sobre el incidente de
Latakia. A primeras horas de hoy un portaaviones de la Marina hizo que despegase
de su cubierta un avión de combate que disparó un solo cohete aire a aire contra un
avión a reacción no identificado que había estado espiando las unidades de la Sexta
Flota. Este cohete estalló en la zona portuaria de Latakia. La Marina considera esto
como un lamentable error mecánico. Es posible que este cohete detonase sobre un
tren de municiones e iniciara una explosión en cadena, reconoce la declaración. La
Marina niega categóricamente ningún bombardeo deliberado. Les daremos a ustedes
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más noticias en cuanto las recibamos».
La estación de Miami comenzó a emitir un resumen de la segunda gran guerra
con canciones patrióticas que Randy recordaba de su infancia. Una era: «Alabado sea
el Señor y pásame las municiones». Sonaba como algo de mal gusto pero es que
aquella estación de Miami se caracterizaba de ordinario por ese mal gusto.
—¿Lo crees? ¿Es posible? —preguntó Randy.
Helen no contestó. Miraba hacia adelante, como si estuviese hipnotizado por los
faros y sus labios se movían. Randy se dio cuenta de que estaba muy distraída. No le
había oído.
A las cinco y media, Randy los tenía a todos en sus habitaciones durmiendo. Le
tocó subir todo el equipaje, incluso las maletas, al piso alto.
Se fue a su propio apartamento y se dejó caer en el diván del despacho. Graf saltó
a su lado y se acurrucó bajo su brazo. Casi de inmediato, sin preocuparse en quitarse
los zapatos y aflojarse el cinturón, Randy quedóse dormido.
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VIII
Eran las cinco en Offutt Field, con el alba todavía a más de dos horas de
distancia, cuando el general Hawker, sin aviso alguno, regresó al Agujero. El general
seguía la tradición de Vandenberg, Norstad y LeMay. Recibió su cuarta estrella
cuando era cuarentón y ahora, a los cincuenta, consideraba parte de su trabajo
permanecer esbelto y en excelente condición física. Antaño la guerra, excepto entre
los salvajes incontrolados se luchaba durante las horas del día. Esto cambió en el
siglo XX, hasta que ahora los cohetes y las aeronaves reconocían que ni la oscuridad
ni el mal tiempo eran obstáculos, ni tampoco se veían contenidos por océanos ni
montañas ni la distancia. Ahora, el factor crítico en tiempo de guerra era
precisamente el tiempo, medido en minutos o segundos. Hawker había ajustado su
vida a esta condición. En la pasada semana no durmió más que cuatro horas de un
tirón. Se adiestró a sí mismo para pegar cabezadas en su despacho durante diez o
veinte minutos, después de lo cual se notaba notablemente fresco.
Los ingenieros que proyectaron el Agujero habían preparado las cosas para que el
comandante en jefe tuviese su puesto de mando en una galería cerrada por cristales,
desde la que podía ver toda la Sala de Guerra con sus mapas y la actividad en el piso
inferior y verse rodeado por su estado mayor.
En este momento el conjunto no operaba como tal. Hawker tenía los pies sobre el
escritorio de la Sala de Control. Bebía café en un tazón gris verdoso de barata loza y
leía rápidamente la pila de los despachos más importantes de Operaciones y de la
Inteligencia. En ocasiones, el general disparaba una pregunta a alguno de sus dos
coroneles, Atkins y Bragg.
Un sargento del Estado Mayor A-2 entró en la habitación con dos rojos papeles
finos y los entregó a Mark Bragg. El general alzó la vista, inquisitivo.
—De la Frontera del Mar Oriental —dijo Mark—. Aviones patrulla sobre el eje
Argentino-Bermuda informan haber hecho tres contactos no identificados. Estos
sumergibles se encaminan a la costa atlántica.
—Parece malo, ¿verdad?
—Me parece que este otro suena peor —afirmó Mark—. Todo el servicio de
comunicaciones diplomáticas y noticias entre Moscú y los Estados Unidos están sin
funcionar durante la última hora. Esto viene de USIA. Las agencias de noticias han
estado llamando a sus corresponsales de Moscú. Lo único que dicen los operadores
moscovitas es: «Lo siento. No puedo completar la llamada».
—¿Y no ha habido ninguna reacción de Moscú acerca de Latakia?
—Ninguna, señor. Ni un susurro.
El general sacudió la cabeza, lentamente; las cejas fruncidas, profundizándose las
arrugas en torno a la boca y los ojos; su rostro sufriendo una transformación,
haciéndose más viejo, como si en pocos segundos toda la tensión y fatiga de semanas,
meses, años se hubiera acumulado y enmarcara su cara y le arqueara los hombros.
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—Esta es la hora de las brujas, ya saben —dijo Hawker—. Esto es lo peor. Sus
submarinos han tenido toda la noche para recorrer la costa si eso es lo que estaban
haciendo. Estamos a oscuras. Pronto amanecerá. El alba es el mal momento. ¿Cuánto
tiempo se tarda en que salga el sol en Nueva York y en Washington?
—El amanecer en Levante es a las 7.10 del tiempo normal Medio Oriental —dijo
Ace Atkins. El reloj de Washington marcaba las 6.41.
El cerebro de Mark Bragg voló; si venía un ataque, no podían contar con una
advertencia más larga de quince minutos. Si usaran cada uno de esos minutos con la
máxima eficiencia, la represalia podría ser decisiva. Pero Mark temía un minuto,
incluso dos, que se perdiera en una comunicación necesaria con Washington. Hizo
una propuesta osada:
—¿Puedo sugerir, señor, que pidamos autorización para disparar nuestras armas?
Este era el único acto mandatorio y esencial que debía preceder a la terrible
decisión del uso de las armas. Según la ley, el Presidente de los Estados Unidos
«poseía» las bombas nucleares y las cabezas de guerra de los proyectiles dirigidos. El
general Hawker tenía solamente su custodia. Antes de que el C.E.A. pudiese utilizar
las armas, debía asegurarse el permiso del presidente, o de su substituto o
superviviente en la línea de sucesión. Si se procedía a sufrir un ataque ese permiso
vendría casi al instante, aunque no del todo.
El general parecía algo asombrado.
—¿No cree usted que podemos esperar, Mark?
—Sí, señor, podemos esperar; pero si nos adelantábamos, eso nos podría ahorrar
un minuto, quizás dos. El peligro, y la necesidad de no tener un corte en las
comunicaciones, debe ser patente al Pentágono, o a la Casa Blanca, o allá donde esté
el presidente, tal como están aquí las cosas.
—¿Usted qué piensa, Ace? —preguntó Hawker.
—Me gustaría haberlo pasado ya todo, señor.
El general cogió uno de los cuatro teléfonos del escritorio de Atkins, el que estaba
conectado directamente con el Puesto de Mando del Pentágono. En aquel lugar, día y
noche, había un oficial general de la Fuerza Aérea. Ese oficial de servicio nunca
estaba sin comunicaciones con el Presidente, el Secretario de Defensa y el Jefe de la
Junta de Altos Oficiales de Estado Mayor.
El general habló brevemente por teléfono y luego aguardó, manteniendo el
aparato apretado contra su oído. El ojo de Mark siguió la segundera del reloj del
escritorio. Esto era un experimento interesante.
—Sí, John —dijo el general—, soy Bob Hawker. No quiero disparar mis armas.
—Mark sabía que ese «John» era el Presidente de la Junta de los Altos Jefes—. Sí,
espero —volvió a decir el general. Los segundos volaron. El general habló—:
Gracias, John. Son ahora las 11.44, Zulu. ¿Lo confirmarás por teletipo? Adiós, John.
El general escribió en el diario de servicio de Ace Atkins: «Las armas entregadas
al C.E.A. A las 11.44, Zulu». El diario de Operaciones según hora Greenwich.
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—Lo cronometré —dijo Mark—. Un minuto y treinta y cinco segundos.
—Espero que no los necesitemos —dijo Hawker—. Pero me alegro de haber
ahorrado ese tiempo. —Las arrugas de preocupación se hicieron menos conspicuas en
torno a su boca y ojos. Su espalda y sus hombros se enderezaron. Ahora que la
responsabilidad era suya, con complicaciones y enredos minimizados, la aceptaba
lleno de confianza. Su conducta decía que si llegara el momento lucharía desde aquí y
que por Dios ganaría, ganaría tanto como pudiera ganarse.
El general se sirvió otra taza de café. Ace Atkins le dijo:
—Con su permiso, voy a esparcir el cincuenta por ciento de nuestras cisternas en
Bluie West Uno, Thule, Limestone y Castle. Allí serían un blanco seguro para los
proyectiles dirigidos desde los submarinos. Ahora están bajo el punto de mira.
Necesitarán quince minutos. —El general asintió. Ace accionó dos conmutadores del
intercomunicador y dictó una orden.
Junto al escritorio de Ace, un magnetofón giraba incesante, grabando las
conversaciones telefónicas y las llamadas. El general lo miró de reojo y dijo:
—¿Se dan ustedes cuenta de que cuanto se ha hecho en esta habitación está
siendo registrado para la posteridad?
Todos sonrieron. En el conjunto de relojes pasó un minuto.
La línea directa desde NORAD, Defensa Aérea Norteamericana en Colorado
Springs, zumbó. Ace cogió el aparato y dijo:
—Atkins, Operaciones del C.E.A. —Escuchó y volvió a decir—: Roger. Repito.
Objeto, puede ser un proyector dirigido, disparado desde la base soviética de Anadyr
Peninsular.
El teletipo de prioridad en emergencia desde NORAD comenzó a parlotear.
Es sólo uno, pensó Mark. Pudiera ser un meteoro. Podría ser un Sputnik. Debería
ser algo.
La línea NORAD volvió a zumbar. Ace respondió y repitió un destello, como
antes, para que el general lo apercibiera y el magnetofón le grabase.
—«DEW Line el radar de alta sensibilidad tiene ahora cuatro objetos en sus
pantallas. La velocidad y la trayectoria indican que son proyectiles balísticos. Presque
Isle y Homestead informan de otros proyectiles viniendo desde el mar. Estamos
pasando el amarillo. Esto es su rojo de alerta.
El general dio una orden.
Mark se levantó y dijo:
—Creo que será mejor que vuelva a mi despacho.
El general asintió y sonrió con debilidad.
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PARTE 5
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I
Al principio Randy creyó que alguien sacudía el diván; Graf, anidado bajo su
brazo, gruñó y saltó al suelo. Randy abrió los ojos y se incorporó apoyándose en los
codos. Se notaba en el vado entumecido por dormir con las ropas puestas. Excepto el
perro, oreja y cola en posición de alerta, la habitación estaba vacía. De nuevo tembló
el diván. El mundo exterior siguió dormido, pero advertía un movimiento en la
habitación. Sus cañas de pescar, colgando por las puntas en toda la longitud de un
perchero, inexplicablemente oscilaban con ritmo. Había oído que fenómenos tales
acompañaban los terremotos, pero nunca se produjo un terremoto en Florida. Graf
alzó el hocico y aulló.
Entonces llegó el sonido, un rumor largo, profundo, potente, subiendo en un
crescendo hasta que las ventanas vibraron, las tazas bailotearon en sus platitos y los
vasos del bar rozaron sus bordes y tintinearon de terror. El sonido lentamente
disminuyó, luego bramó hasta una potencia más fiera, más próxima.
Randy se encontró de pie; la garganta seca; el corazón latiéndole con fuerza. Esta
no era la estación de las tormentas, ni se habían predicho tempestades en el boletín
meteorológico. Y esto era un trueno. Subió al porche superior. A su izquierda, en el
este, un esplendor naranja era preludio del sol. En el sur, a la otra parte del Timucuan
y más allá del horizonte, un resplandor similar disminuía lentamente. Sus sentidos se
negaron a aceptar un sol naciente y un sol poniente. Durante quizás un minuto el
espectáculo le turbó sus reacciones.
Lo que había sobresaltado a Randy desde su sueño —tardaría bastante tiempo en
conocer los hechos, muchísimo tiempo— eran dos explosiones nucleares, ambas de la
categoría megatónica, las cabezas bélicas de proyectiles dirigidos disparados por
submarinos. El primero calcinó la C.E.A. de Homestead, es decir, toda la base, e
incidentalmente hundió y devolvió al mar una zona considerable de la punta de
Florida. Ground Zero, el punto de explosión del segundo proyectil, era el Aeropuerto
Internacional de Miami, no muy lejos del corazón de la ciudad. El diván de Randy se
vio conmovido por las ondas de choque transmitidas a través de la tierra, que viajaron
más de prisa que por el aire; así que se despertó y estaba con los ojos abiertos cuando
la llamarada y el sonido llegaron un poco después. Mirando el resplandor, al sur,
Randy fue testigo, tenía una distancia de casi trescientos y pico de kilómetros, de la
incineración de un millón de personas.
La puerta se abrió de pronto. Ben Franklin y Peyton, descalzos y en pijama,
entraron en el porche. Helen les siguió. La visión de la marca roja de nacimiento de la
guerra en el firmamento les dejó sin palabras. Helen se cogió al brazo de Randy con
ambas manos como si estuviera a punto de caerse. Vagamente, habló.
—¿Tan pronto? —era un gemido, no una pregunta.
—Me temo que aquí está —contestó Randy, su mente ardiendo entre todas las
posibilidades, incluyendo sus propios peligros, buscando una pista de lo que hacer, de
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lo que hacer primero.
Helen llevaba kimono floreado y zapatillas de raña, botín de uno de los viajes de
inspección de Mark por el Lejano Oriente. Su pelo color nogal estaba despeinado; sus
ojos, un profundo e inquietante azul, se desmesuraban de aprensión. Parecía muy
ligera, necesitando protección de penas mayor que su hija. Era, en este momento, una
persona con menos ánimos que los niños.
Ben Franklin mirando al sur, dijo:
—No veo ninguna nube en forma de seta. ¿Es que no siempre dejan esa clase de
nubes?
—Las explosiones se produjeron muy lejos —contestó Randy—. Probablemente
una buena cantidad de bruma, u otras nubes, entre nosotros y el lugar que impiden ver
las setas atómicas. Todo lo que vemos es una reflexión en el firmamento. Ahora se
muere. Cuando salí era mucho más brillante.
—Comprendo —dijo Ben Franklin, satisfecho—. ¿Qué piensas que destruyeron?
Me imagino que Homestead y la base de la Marina en Boca Chica, en Cayo West.
Randy sacudió la cabeza.
—No creo que pudieran ser bombardeados desde distancia. Quizás dieron a Palm
Beach y a Miami. Puede que fallasen y enviasen los dos proyectiles a las Glades.
—Quizás —admitió Ben, sin creer del todo en el fallo de los proyectiles.
Todo estaba muy tranquilo. Todo estaba equívocamente tranquilo. Temían oír
sirenas o algo. Todo lo que Randy percibió fue el grito de un pájaro burlón entonando
su aria mañanera.
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II
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—preguntó Randy.
—Creí que todo el mundo lo sabía. —Ben frunció el ceño—. No creo que diesen
a Patrick. Es un centro de pruebas, no una base de operaciones. Patrick no podría
hacerles daño; pero MacDill y McCoy, sí. Y, hermano, se lo harán.
Randy, Helen y Ben Franklin miraban hacia el este, en donde estaban instaladas
las rampas de pruebas de proyectiles dirigidos de Cabo Cañaveral y donde el grueso y
rojo sol ahora asomaba por encima del horizonte. Peyton, con la nariz aplastada
contra el cristal aún trataba de seguir las estelas de los B-47. Un fogonazo blanco y
cegador envolvió su mundo. Randy notó el calor en el cuello. Peyton gritó y se tapó
la cara con las manos. Al suroeste; en dirección de Tampa, San Petersburgo y
Sarasota, otro sol antinatural había nacido, mucho mayor e infinitamente más fiero
que el sol del este.
Automáticamente, como un buen jefe de escuadra haría, Randy miró a su reloj y
anotó el minuto y segundo en su memoria. Esta vez sabría el punto del impacto
exactamente, utilizando el sistema del destello y del sonido aprendido en Corea.
Un grueso pilar rojo se alzó sobre sí mismo en el suroeste, teniendo como base el
sol artificial.
La parte alta de la columna se abrió hacia fuera. Esta vez el hongo atómico estaba
allí.
No hubo ningún sonido en absoluto excepto el sollozar de Peyton. Tenía sus
puños apretados contra los ojos.
Un pájaro chocó contra el cristal y cayó al suelo, seguido por una lluvia de
plumas revoloteantes.
Dentro de la columna y de la nube se desplegaron colores fantásticos. El rojo se
convirtió en naranja, relució blanco, tornóse de nuevo rojo. Y los de verde y de
púrpura se retorcieron hacia lo alto a través de la columna y extendieron tentáculos
por toda la nube.
El alegre hongo atómico creció furioso con increíble velocidad, venenoso,
maligno. Creció hasta que el borde de su sombrerete parecía la cresta de una ola
gigante marina, negra, púrpura, naranja, verde; una especie de cancerosa avenida
creada por el hombre.
Retrocedieron temblorosos.
—¡No puedo ver! —gritó Peyton—. ¡No veo, mamaíta! Mamaíta, ¿dónde estás?
—Sus ojos estaban desorbitados, su rostro mojado por las lágrimas, inválido. Los
brazos extendidos, cruzaba el porche con pasitos rígidos, inseguros.
Randy la cogió en brazos. La niña parecía sin peso. Helen abrió la puerta y él se
precipitó en la sala de estar. Le hablaba, diciendo:
—Calma, Peyton, ¡tesoro! ¡Calma! Deja de frotarte los ojos. Cierra los párpados
—extendió la niña en el diván.
Helen estaba a su lado, una toalla húmeda en las manos. Colocó la tela sobre los
ojos de su hija.
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—Nena, esto te hará sentirte mejor.
—¿Mamaíta?
—Sí. —Esta era la primera vez desde que cumplió los seis años que Peyton
utilizó la palabra mamaíta en vez de la de madre.
—Todo lo que puedo ver es una gran pelota blanca. La veo con los ojos cerrados.
Me duele, mamaíta. Me duele por toda la cabeza.
—Seguro, como una lámpara grande de magnesio iluminada de pronto. Estate
quieta, Peyton, te pondrás bien. —Ahora, con miedo por la vista de su hija,
suplantando todos los otros temores, Helen se calmó. De nuevo apareció compuesta,
capaz, eficiente y conoció al momento que el pánico no volvería. Habló a Randy,
tranquila—: ¿No sería mejor que llamases a Dan Gunn?
—Claro. —Randy entró corriendo en su despacho. Dan tenía dos teléfonos en sus
habitaciones de Riverside Ind. Randy marcó el número particular. Comunicaba.
Marcó el del establecimiento. De nuevo oyó la impersonal señal de poderse
establecer la comunicación. La pensión tenía centralita. No podían estar ocupadas
todas las líneas. Probó el edificio de la clínica, aunque se daba cuenta de que era
improbable que Dan, o cualquiera, estuviera allí a estas horas. Comunicaba. Marcó la
central de la población. El mismo pitido sonó en su oído. Una vez más, Randy probó
el número particular de Dan. La señal de comunicando persistía enojadora. Renunció,
anunciando:
—Tendré que ir hasta la ciudad y traer a Dan.
En aquel momento la onda conducida por el suelo hizo tambalearse la casa.
Peyton gritó, en su ciego terror. Helen la apretó contra el diván, murmurando,
tranquilizadora, palabras maternales. Randy advirtió que Ben Franklin no estaba en el
cuarto. El estampido y la honda sonora los sorprendió, sumergiéndolos a todos,
impidiéndoles captar cualquier otro sonido y sensación. De nuevo la vajilla y las
baterías de la cocina, vasos y porcelana, bailotearon. Un jarrón delicado de cristal
vienés se hizo polvo sobre la repisa de la chimenea. El cristal que protegía una
acuarela delicadamente pintada por Lee Adams, se pulverizó en su marco con gran
estampido.
Helen, mirándole atentamente, acariciaba el cuerpo tenso de Peyton con sus
dedos, mirándole y comprendiéndole, también, dijo:
—¿Qué fue?
—MacDill —contestó Randy—. Seis minutos y quince segundos. Esto da una
distancia de ciento veinte kilómetros, precisamente la que nos separa de MacDill.
—MacDill está en Tampa —dijo Helen.
—Y San Petersburgo. ¿Os encontraréis bien hasta que vuelva?
—Nos encontraremos bien.
Randy se tropezó con Ben Franklin en la escalera.
—¿Dónde estuviste?
—Abriendo las ventanas y puertas del piso bajo. Lo hice a tiempo. No se ha roto
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ni un solo cristal.
—Chico listo. Ahora sube y ayúdale a tu madre a cuidar de Peyton. Voy en busca
del doctor.
—Randy…
—¿Di?
—Voy a llenar todos los cubos, pilas y bañeras de agua. Se supone que hay que
hacer esas cosas.
—No lo sabía. —Randy puso la mano en el hombro de Ben—. Pero si es lo que
debe hacerse, adelante y hazlo.
Randy salió corriendo a tiempo de ver el camión de Golden Dew Dairy pasar por
River Road, encaminándose a Fort Repose. El lechero pasaba siempre un poco tarde
en sus entregas dominicales, puesto que los pedidos eran mayores que los días de
entre semana. Apenas debía haber empezado su ruta cuando las primeras explosiones
iluminaron el cielo del sur. Ahora volvía a casa con su esposa y sus hijos.
Cuando Randy alcanzó su vehículo oyó el bramido ondulante de la sirena de lo
alto de la casa de los bomberos de Fort Repose. Algo redundante, pensó. Sin
embargo, no hay sonido como el de una sirena gimiendo la alarma para agitar a la
gente e impulsarla a una acción constructiva… o dejarla paralizada de miedo.
Randy alcanzó y pasó al camión lechero antes de dar la curva de la carretera. Un
minuto después vio un sedán nuevo y grande volcado en la cuneta, las ruedas todavía
girando. Disminuyó la marcha y vio que la parte delantera del coche estaba arrugada,
su parabrisas hecha jirones; llevaba matrícula de Nueva York. En el lomo del camino
yacía una mujer, los brazos extendidos, una pierna desnuda grotescamente retorcida
por debajo de su espalda. La carne pálida aparecía por debajo de los estrechos
pantaloncitos cor tos azules y amarillos, a cuadros. Su rostro medio vuelto tenía una
mancha roja y Randy consideró que estaba muerta.
En este segundo Randy tomó una decisión importante. Ayer se habría detenido, al
instante. Sin la menor duda. Cuando se producía un accidente y se producía algún
herido los hombres se detenían. Pero ayer era un período pasado en la historia, con
leyes y normas arcaicas tan antiguas como las de Roma. Hoy las leyes habían
cambiado igual que la ley romana cedió paso al barbarismo atávico cuando el imperio
cayó ante los hunos y los godos. Hoy el hombre se salvaba a sí mismo y a su familia
y al infierno con los demás. Ya debían haber muertos por millones y otros millones de
mutilados, o condenados a la muerte por la radiación, porque si el enemigo estaba
alcanzando Florida, apenas fallarían las bases del C.E.A., los emplazamientos de
proyectiles dirigidos en las zonas más densamente pobladas. Con certeza no
ahorrarían del sacrificio a Washington y Nueva York, los puestos de mandos y centro
de comunicaciones de toda la nación. Y la guerra tenía menos de media hora. Así que
una desconocida en la cuneta no significaba nada, particularmente con una niña
medio ciega, sangre de su sangre, dependiendo de su misión. Con el uso de la bomba
de hidrógeno la era cristiana acababa de morir y con ella fallecía la tradición del buen
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samaritano.
Y, sin embargo, Randy se detuvo. Oprimió los frenos y quemó el neumático,
jurando y considerándose a sí mismo blando y estúpido. Retrocedió, salió del coche y
examinó los restos del otro vehículo. La mujer estaba muerta, el cuello roto. Viajaba
sola. Examinando las señales de los neumáticos y una destrozada palmera, dedujo
que viajaba a gran velocidad cuando tuvo lugar la explosión en MacDill —aún podía
ver una zona anaranjada en el suroeste, probablemente tempestades de fuego,
consumiendo Tampa y St. Petersburg—, enervándola o cegándola. Ella daría un giro
y chocaría contra el árbol y saldría catapultada por el parabrisas. En el coche habían
varias maletas de piel de cerdo, las cerraduras rotas por el impacto y un libro de
bolsillo. No tocó nada. Informaría del accidente a cualquier patrullero o comisario del
Scheriff, si encontraba uno y en el tiempo adecuado.
Randy continuó adelante, aunque a menor velocidad, porque la vista de un
accidente fatal siempre provoca la precaución temporal. El incidente era importante
sólo porque era autorevelatorio. Randy sabía que tendría que jugar con las viejas
normas. No podía despojarse de su código, o escabullirse de su era.
Con una pizca de ansiedad por lo que ocurría más allá de su propia vista y alcance
de oído, puso en marcha su radio, sintonizando la frecuencia COMELAAD, 640, y
puso el aparato a la máxima potencia.
Todo lo que oyó fue un distante e incoherente balbuceo.
Probó la otra frecuencia, 1240. Oyó un zumbido seguro y luego la voz familiar de
Happy Hendrix, el comentarista de discos de la VSMF, de San Marco.
—Esta es una misión de la Defensa Civil. Escuchad con cuidado, porque se nos
permite emitir durante treinta segundos, después de lo cual habrá dos minutos de
silencio. Un despacho de la AP desde Jacksonville afirma que se cree que el país está
sufriendo un ataque. Desde ese momento, ha habido interrupción de comunicaciones
entre Jacksonville y el norte. —La voz de Happy, de ordinario animosa y alegre,
sonaba sobresaltada y entrecortada, y parecía encontrar dificultades en leer—.
Obedezcan las órdenes de su director local de la Defensa Civil. No usen el teléfono
excepto en casos de urgencia. Recibirán más instrucciones dentro de breves
momentos. Esta estación estará en el aire en el plazo de dos minutos.
Randy volvió a sintonizar la 640. De nuevo oyó muchas voces, lejanas e
indistinguibles. Sabía que en el sistema con RAP todas las estaciones estaban
requeridas para operar a baja potencia. Dedujo que lo que oía era una emisión de
Orlando u Ocala, pero con interferencias de estaciones de otras ciudades próximas,
quizás Daytona, o Leesburg y Eustis, no muy lejos en Lake Country. Con cada
estación confinada a dos frecuencias limitadas a operar en baja potencia, la confusión
era comprensible.
Un año antes, Mark le advirtió que el sistema Conelrad era engañoso o podía no
funcionar en absoluto. Mark dijo, además, que el enemigo no dependía de las
emisoras de radio caseras para encontrar sus blancos.
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—Conelrad —fueron las palabras de Mark—, es tan anticuado como los B-29. Ni
los proyectiles dirigidos ni los aviones reactores equipados con radar moderno y guía
de inercia pensarían apuntar contra un rayo de la radio. En primer lugar, Conelrad se
va a convertir casi en algo inútil, me temo, excepto para instrucciones locales. Las
noticias que se consigan serán tan frescas y seguras como las que vengan por los
teletipos de las estaciones locales. Esas noticias fluyen de las agencias nacionales.
Cuando sus circuitos de teletipo queden sin funcionamiento —lo que ocurrirá
inmediatamente cuando estallen las grandes ciudades— cada estación y agencia
quedará aislada. Probablemente no se sabrá nada basta la Fase Dos… que es el
período de barrido pasado el primer ataque. En la fase Dos el gobierno utilizará
estaciones de canales claros, limpios, para decir lo que ha pasado.
Mark aparentemente tuvo razón sobre lo inservible de Conelrad, como en casi
todo lo demás. Se preguntó si Mark también estaba en lo cierto en su predicción de
que Offutt y el Agujero serían uno de los blancos primeros. Randy se preguntó si
Mark aún vivía y cuánto tiempo tardaría en saber noticias suyas.
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III
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estos momentos? ¡Tiene gracia, esto tiene que ser realmente serio!… Soy huésped de
este hotel durante veintidós temporadas y es ésta la primera vez que pido algo
especial… ¿Hay algún motivo para que la furgoneta del hotel no pueda llevarnos a
Tampa?… Por favor, no me considere tímido, pero me gustaría saber la situación del
próximo refugio… Fue ese maldito Roosevelt, en Yalta… ¿Cree que las líneas de
avión estarán mucho tiempo interrumpidas?… ¿Quiere usted decir que nuestros
cocineros se han marchado todos a su casa? ¡Jamás oí tontería así! Deberían
detenerlos. ¿Cómo, pues, vamos a comer?… Mi marido resbaló en la ducha… No
puedo levantarle…
Un general retirado, de uniforme y exhibiendo todas sus cintas, salió del ascensor.
—¡Atención! —gritó—. ¡Todo el mundo, atención! Pongamos orden aquí. Tengan
la bondad de guardar silencio. ¡No hay motivo para la alarma!
Nadie le hizo caso.
Un tipo de piernas arqueadas, con pantalones cortos y una gorrita de un rojo vivo,
la bolsa del golf pendiendo de un hombro llevando dos maletas, me abrió paso hasta
la entrada. Le seguía una mujer llevando abrigo de pieles por encima del pijama.
También iba cargada con otra bolsa de golf y tenía un joyero bajo un brazo y un
equipo de maquillaje bajo el otro. Esos dos tenían un refugio y medios de llegar allí,
por lo menos eso creían. Pero para la mayoría de los demás no había lugar a donde ir.
Eran gentes sin raíces. Si se hundía Riverside Ind se hundirían ellos con el navío.
Las habitaciones de Dan Gunn estaban en el segundo piso. Randy no hizo caso al
ascensor y subió las escaleras de dos en dos.
El cuarto de Dan estaba vacío y no estaba tampoco el maletín-médico que
empleaba. Probablemente habría salido a atender alguna llamada de urgencia o se
encontraría en la clínica del Edificio de las Artes Médicas. Randy probó el teléfono
particular de Dan. No daba señal de marcar, sólo ruidos de parásitos. Tomó el
teléfono del cuarto. La centralita del hotel no respondió.
Randy oyó voces en el vestíbulo y en el pasillo, de tono alto y furiosas. Abrió la
puerta.
Con los pies separados y braceando, una mujer delgada, con la curva en su vientre
de un embarazo adelantado, se apoyaba contra la pared. Sus brazos huesudos servían
para sujetar el abdomen y estaba jadeando. En el centro del pasillo discutían dos
hombres. El mayor era Jennings, gerente de Riverside Ind; el otro, John García, un
guía pescador menorquino. Randy reconoció a la mujer como la esposa de García.
—No puede tener a su hijo aquí, en el hotel —decía Jennings—. Ya hay mucha
confusión. ¡Ustedes tendrán que marcharse!
García, un hombre pequeño, de rostro moreno y curtido por el sol, dio un paso
atrás. Se llevó la mano al bolsillo de la cadera y sacó un cuchillo corto y curvado,
apropiado para cortar cables, o abrir las panzas de los peces para limpiarlos.
Randy se interpuso entre ellos.
—Guarde eso, John —dijo a García—, iré por el doctor. —Se volvió a Jennings
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—. ¿Dónde está el doctor Gunn?
—Tiene trabajo —contestó Jennings—. Tiene mucho trabajo con uno de nuestros
huéspedes. Un caso cardiaco. Diga a estas gentes que se vayan a la clínica y que
esperen.
—¿Dónde está él?
—Eso no importa. Esos individuos no pertenecen al hotel y no tienen porque…
La mano izquierda de Randy cogió la solapa de Jennings. Dio una bofetada
terrible al gerente cruzándole la cara. Le hizo eso sin pensarlo conscientemente,
excepto el considerar que era necesario para despertarle de la histeria y que le
permitiese localizar al doctor Dan Gunn.
—¿Dónde está? —repitió.
Las rodillas de Jennings se le doblaron y Randy le tuvo que apoyar contra la
pared.
—¡Suelte! ¡Me ahoga! ¡Gunn está en el dos 44!
Randy le soltó. El lado izquierdo del rostro de Jennings estaba rojo como un
tomate y un reguerito de sangre le salía de la comisura de los labios. Randy estaba
asombrado. Era la primera vez en sus años adultos que golpeaba a alguien, según
podía recordar, excepto a un traidor norcoreano. Jennings retrocedió, murmurando
que avisaría a la policía y desapareció escaleras abajo.
—Entra tu esposa ahí —dijo Randy a García—. Que se acueste en la cama. Voy a
por el doctor Gunn.
Randy siguió pasillo abajo y entró en el cuarto 244 sin molestarse en llamar. Era
una habitación sencilla. En la cama yacía un montón de carne gris, un hombre
corpulento, de más de mediana edad, muerto. Randy no sintió ninguna sorpresa e
impresión. Se familiarizó con la muerte en Corea. Esta familiaridad había quedado en
él, en su interior, escondida, como un lenguaje extranjero olvidado rápidamente una
vez se deja el país en donde se hablaba. Ahora regresaba, como la lengua extranjera
se vuelve a adquirir con rapidez en su tierra natal.
Dan Gunn salió del cuarto de baño, secándose las manos.
—Tienes más problemas esperándote en tu cuarto —dijo Randy—. Una mujer
que va a dar luz, o está a punto. La esposa de García.
Dan dejó caer la toalla al pie de la cama y subió la sábana tapando el cadáver.
—Todo el mundo propenso a tener un infarto de miocardio ha debido tenerlo ya
—dijo—, y supongo que toda mujer que está esperando dar a luz en los próximos dos
meses lo estará haciendo ahora. ¿Qué te pasa a ti, Randy?
—Peyton está ciega. Te acordarás de ella del año pasado, ¿verdad? La pequeña de
Helen…, bueno, no tan pequeña…, once años. Sé que tienes mucho trabajo, Dan,
pero…
Dan alzó sus inmensamente largos y peludos brazos y exclamó:
—¡Oh, Dios! ¿Por qué? ¿Por qué esta criatura?
Parecía y sonaba como un rebelde profeta del viejo testamento. Parecía y sonaba
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como loco. Lo peor que podía imaginar Randy en aquel momento era que Dan Gunn
perdiese su equilibrio mental.
—Eso nada tiene que ver —dijo Randy—. Eso fue estrictamente obra del hombre.
Del que dejó caer la bomba sobre MacDill, o en algún lugar de la zona de Tampa.
Peyton miraba hacia allá cuando estalló.
—Oh, el loco, destructor, asesino de niños, bastardo… ¡Esos hombres diabólicos,
esos diabólicos y traicioneros individuos! ¡Dios los maldiga!
Utilizó la expresión como un juramento sincero y terrible y entonces los brazos de
Dan cayeron y su cólera se esfumó. Visiblemente salió de aquel ataque de locura.
—Parece ser que se trata de una quemadura por destello de la retina —dijo—.
Para el ojo humano es el equivalente de una película fotográfica con exceso de luz.
Sus ojos se recuperarán.
Miró la forma del lecho.
—No puedo hacer mucho por los cardíacos. Este fue el tercero, aquí en el hotel.
Quizás vivan los otros dos, durante una temporada. Es el miedo lo que les mata y el
peor miedo es que tendrán un ataque y no podrán llegar hasta un médico.
Compadezco a todos los cardíacos de aquí, sin teléfono. Les compadezco, pero no
puedo ayudarles. Uno no tiene que preocuparse mucho de que las mujeres den a luz
niños. Los tendrán esté o no presente yo y las posibilidades de que tanto la madre
como el niño salgan con bien, —cogió el codo de Randy—. Echemos un vistazo a la
mujer de García y después veremos a Peyton Salieron de la habitación dejando al
muerto, solitario.
Marie García dijo que los dolores le sobrevenían con intervalos de cuatro a cinco
minutos.
—Será mucho mejor si puede dar a luz en su casa —contestó Dunn—. También
para mí más fácil. Este hotel no es sitio adecuado para tener a un niño. ¿Cree que
podrá llegar?
Marie miró a su marido y asintió.
—¿Nos seguirá, doctor? —preguntó García.
—Iré tras de ustedes —prometió Dan. Ayudó a Marie a ponerse en pie.
Apoyándose en John García salió ella, los labios apretados, aguardando la próxima
arremetida de dolor, pero sin miedo.
Dan se metió en el cuarto de baño y salió con una botellita.
—Gotas para los ojos —dijo—. Cada tres horas. —Las metió en su maletín y
entregó a Randy una caja de comprimidos—. Sedante. Un comprimido cada cuatro
horas. Y dale un par de aspirinas en cuanto llegues a casa. Que se quede en una
habitación oscura. Mejor aún, vendarla los ojos con un trapo negro. Mientras sepa
que no puede ver, no esforzará los ojos. Y eso tampoco la asustará demasiado. Lo que
da miedo es abrir los ojos y no ver.
—Vas a venir, ¿no? —preguntó Randy.
—Seguro. En cuanto pueda. Tengo que ayudar a nacer a ese niño y después he de
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revisar la clínica… Dios sabe lo que me espera allí… y ver a Bloomfield. Sea como
sea hemos de coordinar lo poco que podemos hacer. Pero en cuanto pueda iré a ver a
Peyton. Realmente nada es posible que pueda hacer en su bien que tú no lo hagas
ahora mismo. Y Randy…
—¿Sí?
—¿Compraste lo que había en las recetas?
—No. No tuve tiempo.
—No te preocupes. Yo te lo daré. Llevaré el género cuando vaya a tu casa.
Salieron juntos del hotel. Una mujer gimoteante, la peluca rojiza torcida en su
cabeza y con una boina mal puesta, se cogió al brazo de Dan. El se libertó. Ella trató
de apoderarse del maletín. El la alejó y echó a correr.
Se separaron fuera. Randy cruzó la ciudad. El tráfico crecía. Los almacenes y
tiendas que abrían temprano, los sábados, estaban atestados y habían grupos
esperando a la puerta de otras tiendas y en las escaleras del banco. Todavía no se
presentaba el desorden. Era una precipitación en comprar, como en la víspera de
Navidad. En la esquina de St. Johns y Yelee vio a Cappy Foracre, jefe de policía de
Fort Repose dirigiendo el tráfico. Se detuvo y gritó:
—Cappy, hay una mujer muerta en un accidente de River Road.
—Eso queda fuera de los límites de la ciudad —respondió con otro grito Cappy
—. No puedo hacer nada. Ya tengo bastante jaleo aquí.
Randy siguió adelante, sintonizando su radio a las frecuencias Conelrad, tratando
de pillar noticias. Como antes, el canal 40, tenía sólo un murmullo incoherente de
voces lejanas, pero Happy Hendrix seguía radiando en la VSMF, de San Marco, en la
sintonía 1240, aunque, obedeciendo las normas Conelrad no mencionaba el nombre
de la emisora. El teletipo de la AP desde Jacksonville hablaba de una batalla mar y
aire en la costa. El gobernador había dado a la publicidad una orden desde
Tallahasse… todas las ciudades que pudieran ser objetivo de los enemigos tenían que
ser evacuadas de inmediato; en las ciudades incluía Orlando y Jacksonville. No se
hablaba de Miami ni de Tampa.
Randy se preguntó porque la orden de evacuación se producía en Tallahasse, en
vez de salir del Cuartel General de la Defensa Civil. De la situación nacional no se
daban noticias en absoluto. Hasta ahora parecía como si Florida pelease sola la
guerra. Más que cualquier cosa Randy quería noticias… verdaderas noticias. ¿Qué
había pasado? ¿Qué ocurría por todas partes? ¿Se había perdido la guerra? Si seguía
luchándose, ¿quién ganaba?
En River Road adelantó a una docena de convictos, hombres blancos, con su
uniforme azul y la tira blanca en la pernera del pantalón. Marchaban hacia Fort
Repose. Dos de los convictos llevaban escopetas. Otro portaba una pistola metida en
su cintura. Eso era malo. Pandillas de bandidos en la carretera en vez de guardias
armados. Pero es que no habían guardias. No resultaba difícil imaginar lo que pasó.
Algunos de los guardias eran hombres sádicos y tenebrosos, expertos en castigos
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extraordinarios y degradantes. Era probable que cualquier disposición de la autoridad
del gobierno hubiera iniciado una revuelta de los prisioneros lanzándolos contra sus
guardianes. Había un campo de trabajos forzados entre Fort Repose y Pasco Creek.
Randy imaginó que aquellos prisioneros estaban siendo transportados por camión a la
zona de confinamiento cuando se produjo el ataque nuclear. Al darse cuenta del caos,
se revelarían y quizás asesinaron a los guardias obrando de manera casi instantánea.
Pasó por delante del coche siniestrado. El cuerpo de la mujer yacía junto a la
carretera. El equipaje había sido saqueado. Vestidos, zapatos y ropa interior relucían
en la cuneta. Un pijama de seda rojo colgaba de una baja palmera, triste gallardete
para marcar el final de unas vacaciones.
Cuando Randy llegó a su casa, el Chevrolet de Florence Wechek salió de su
jardín. Le gritó:
—¡Eh, Florence!
Florence frenó. Alice Cooksey la acompañaba en el coche.
—¿Dónde van? —preguntó Randy.
—A trabajar —contestó Florence—. Llego tarde.
—¿No saben lo que ha pasado?
—Claro que sí. Por eso es muy importante que abra mi oficina. La gente tendrá
que enviar toda clase de mensajes. Esto es una emergencia, Randy.
—Seguro que sí —afirmó Randy—. Camino de la ciudad se encontrarán con
algunos convictos. Están armados. No se detengan.
—Tendré cuidado —prometió Florence. Alice sonrió y agitó la mano.
Reanudaron la marcha.
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IV
El viernes por la noche Florence y Alice habían abierto una botella de jerez, un
gesto desacostumbrado, permaneciendo levantadas hasta pasada la medianoche,
intercambiando confidencias, opiniones y murmuraciones. Como resultado, Florence
se olvidó de poner el despertador y las dos mujeres se durmieron. Las explosiones
lejos hacia el sur las despertaron, pero hasta algún tiempo más tarde, cuando vieron el
resplandor en el firmamento, no se le ocurrió a Alice poner la radio y por último
comprender por las noticias lo que estaba sucediendo.
De inmediato, Florence quiso salir para su despacho. No teniendo parientes
cercanos y acercándose a una edad más allá de la que no podía esperar
razonablemente una propuesta de matrimonio ni siquiera que la mirasen dos veces ni
los viudos solitarios o los solterones maduros; toda su vida la centraba en la oficina.
Western Union no esperaba que abriese la estación hasta las ocho, pero llegaba de
ordinario un poco temprano. Por las tardes ella temía el descenso brusco de las
últimas horas del día, que al final, sobre las cinco, guillotinaba su jornada de trabajo.
Después de esa hora nada la aguardaba excepto los tórtolos, los pececitos de colores y
el precario viaje de regreso a siglos más románticos mediante el vehículo de las
novelas históricas. En el despacho era parte de un mundo atareado y excitante, un
lazo necesario de comunicación en los negocios de gran importancia de los demás.
En este día de crisis, ella tenía que ser la persona más importante de Fort Repose.
Sin embargo, dejó que Alice la convenciese para no partir en seguida. Para ser
una mujer tan avispada Alice parecía notablemente valiente y fría. Alice destacó que
Florence debería de soñar antes porque necesitaría de todas sus fuerzas y pudieran
pasar muchas horas antes de que tuviese oportunidad de comer. Y Alice se ofreció
voluntaria para acompañarla a la ciudad, aunque Florence insistió en que no era
necesario.
—¿Quién va a leer, hoy? —preguntó—. ¿Quién va a molestarse en ir a la
biblioteca?
—Quizás muchas buenas personas deseen leer —contestó Alice—, una vez
descubran que los folletos de la Defensa Civil están almacenados en la biblioteca. No
es que probablemente sea de mucha ayuda esa literatura ahora para ellos, pero quizás
sí les sirva de algo. Bubba Offenhaus decía que ocupaban mucho espacio en su
oficina. Así que me ofrecí para guardarlos.
—Fuiste previsora.
—¿Eso crees? Cuando dos navíos van en rumbo de colisión y los timoneles
inflexivamente mantienen ese rumbo, habrá choque. No es preciso ser previsora para
darse cuenta.
Y Alice sugirió que sería prudente para ellas utilizar su tiempo y recursos en
comprar provisiones mientras estaban en la ciudad.
—Conservas será lo mejor, me parece —dijo—, porque si la luz eléctrica
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desaparece, no habrá refrigeración posible.
—¿Y por qué tendría que suspenderse el suministro eléctrico? —preguntó
Florence.
—Porque la energía de Fort Repose viene de Orlando.
Florence no entendió por entero este razonamiento. No obstante, siguió el consejo
de Alice, poniendo en la lista elementos esenciales que necesitarían, llenando cubos y
la bañera de agua, antes de marcharse.
Florence y Alice pasaron por delante de la mujer muerta y del saqueado coche, en
su camino a la ciudad. Eso las asustó. Pero, cuando más adelante, Florence vio el
grupo de convictos y a dos de ellos armados, colocándose en el centro del camino
para indicarle que parase, pisó el acelerador. El coche se lanzó en una velocidad que
en su vida la mujer se había atrevido a emplear nunca. En el último segundo los dos
individuos se pusieron a salvo y los otros sacudieron los puños, moviendo la boca,
pero sin que pudieran oír sus maldiciones. Florence no disminuyó la marcha hasta
llegar a Marines Park. Dejó a Alice en la biblioteca. Aparcó detrás de Western Union,
que ocupaba una fachada de seis metros en un bloque de tiendas de un solo piso de
Yulee Street. Sus dedos temblaban y notaba torpes las piernas. Pasaron varios
segundos antes de que su corazón recobrase el ritmo normal y encontrase valor
bastante para entrar en su despacho. Catorce o quince hombre y mujeres, algunos de
ellos forasteros, se agruparon tras ella.
—¡Un momento! ¡Sólo un momento! —dijo Florence y se atrancó tras la
protección relativa del mostrador.
Era la primera mañana en muchos años que llegaba tarde y así, hoy, precisamente,
esperando a la puerta, había más clientes de los que podía esperarse por costumbre en
todo el día. Además, los sábados, Gaylord, su repartidor negro, tenía el día libre. Su
bicicleta estaba en la parte trasera de la oficina.
—Ahora tendrán que esperar —volvió a decir—, mientras abro las líneas.
Fort Repose era una de las docenas de pequeñas ciudades de circuito local que se
originaba en Jacksonville y terminaba en Tampa. Florence puso en funcionamiento su
teleescritor y anunció: «AQUI FR VOLVIENDO AL SERVICIO».
Al instante la máquina respondió desde JX, que era el indicativo de Jacksonville:
«ESTA USTED LIMITADO ACEPTAR Y TRANSMITIR SOLO MENSAJES DE
URGENCIA OFICIAL DE DEFENSA. HASTA OTRO AVISO. NO SE ACEPTAN
MENSAJES PARA PUNTOS AL NORTE DE JACKSONVILLE».
Florence acusó recibo y preguntó a Jacksonville: «¿ALGO RECIBIDO?».
JX dijo con sequedad: «NO. FI TAMPA ESTA AFUERA. HA SIDO
ORDENADA LA EVACUACION DE JX, PERO SEGUIREMOS HASTA QUE LA
DEFENSA CIVIL LLEGUE».
Florence se volvió a sus clientes de detrás del mostrador, empezó a hablar y se vio
abrumada por las demandas:
—Estoy esperando un giro de Chattanooga esta mañana. ¿Dónde está?… Quiero
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que envíe esto a Nueva York en seguida… ¿No puedo mandar un telegrama desde
aquí? Mi marido está en Londres y cree que yo me encuentro en Miami y no es
verdad. ¿Cómo se llama esta localidad?… Esto es un mensaje muy importante. Traté
de telefonear a mi agente y todas las líneas están cortadas. Es una orden de venta y
quiero que la envíe en seguida. Le daré una buena propina… Ni siquiera puedo
telefonear a Mount Dora. ¿Puedo enviar un telegrama desde aquí a Mount Dora?… Si
pido dinero a Chicago, ¿cuánto cree que tardará en recibir respuesta?…
Florence levantó las manos.
—Por favor, silencio…, así está mejor. Lo siento, pero no puedo tomar nada,
excepto mensajes oficiales de urgencia, de defensa. De todas maneras, nada puede
llegar más lejos que Jacksonville.
Vio la transformación de sus rostros. Habían estado ceñudos, decididos, irritados.
De pronto sólo estaban asustados. La mujer cuyo marido estaba en Londres murmuró:
—¿Nada al norte de Jacksonville? Oh, eso es terrible. ¿Cree usted que…?
—Acabo de decir cuanto sé —anunció Florence—. Lo siento. No puedo tomar
mensajes. Y no ha venido nada para nadie —les compadeció—. Vuelvan dentro de
unas pocas horas. Quizás las cosas vayan mejor.
A las nueve menos cuarto Edgar Quisenberry, presidente del banco, entró en el
despacho de la Western Union. Tenía el rostro colorado y afeitado, vestía un traje
nuevo azul, el pañuelo blanco asomando por el bolsillo superior de la americana y
lucía también una correcta corbata azul oscuro. Sus modales eran briosos, confiados y
comerciales, tal y como debería comportarse un banquero en tiempo de crisis. En la
mano llevaba un telegrama, ya pasado a máquina en el banco.
—Buenos días, señorita Wechek —dijo y sonrió.
Florence se quedó sorprendida. El banco era su mejor cliente y, sin embargo,
apenas veía a Edgar Quisenberry, en persona, y jamás le vio antes sonreír.
—Buenos días, señor Quisenberry —contestó.
—Realmente no se puede decir que sea muy bueno —anunció Edgar—. Me
recuerda el día de Pearl Harbor. Ese rebaño de Washington ha sido pillado
dormitando de nuevo. Me gustaría que enviase este mensaje… —lo pasó por encima
del mostrador—. El teléfono parece estar averiado, temporalmente, o de otro modo
habría hecho una llamada personal.
Florence recogió el telegrama. Estaba dirigido a la sucursal de Atlanta el Federal
Reserve Bank y decía: «Necesito urgentemente instrucciones sobre cómo resolver la
situación actual».
—Acabo de recibir órdenes de no aceptar ningún mensaje, excepto los de los
oficiales de defensa en casos de emergencia, señor Quisenberry —dijo Florence.
La sonrisa de Edgar desapareció.
—Es que no hay nada más oficial que el Federal Reserve Bank, señorita Wechek.
—Bueno, eso no lo sé, señor Quisenberry.
—Será mejor que se entere, señorita Wechek. No sólo esto es un mensaje oficial,
sino que en una emergencia de defensa no hay nada más importante que mantener la
integridad financiera de la comunidad. Usted enviará en seguida este mensaje,
señorita Wechek. —Miró el reloj—. Son ahora las nueve menos cuarto. Voy a exigir
un informe, exactamente, de la rapidez de esta transmisión.
Florence estaba colorada. Conocía que Edgar Quisenberry podía causarle muchas
molestias. Sin embargo, Atlanta quedaba muy al norte de Jacksonville.
—No tenemos ninguna comunicación con puntos más allá de Jacksonville, señor
Quisenberry —dijo.
—¡Eso es ridículo!
—Lo siento, señor Quisenberry.
—Muy bien. —Edgar le arrebató el telegrama y revisó, corrigiéndola, la dirección
—. Tome. Envíelo a la sucursal de Jacksonville.
Dudosa, Florence cogió el impreso y dijo:
—Veré si lo aceptan, señor Quisenberry.
—Lo aceptarán. Espero.
Para cuando se produjo la Alarma Roja las autopistas estaban atascadas con
caravanas de refugiados, buscando asilo sin saber dónde. Las setas radioactivas de las
explosiones atómicas de Miami vaciaron Hollywood y Fort Lauderdale. Los turistas
se encaminaron instintivamente al norte por la carretera número uno y A1A, como
pájaros asustados en busca de sonido. Al anochecer, se detenían al exterior de los
escombros radioactivos de Jacksonville. Algunos huyeron hacia el oeste en dirección
«1-30.
Randy condujo el coche hasta el edificio de las Artes Médicas. Aquí había
esperado encontrar actividad. No encontró ninguna, pero vio el coche de Dan Gunn
en el aparcamiento.
Se veían manchas de pardo rojizo en la acera y en los escalones de cemento. El
vidrio de la puerta principal estaba destrozado y la hoja misma se abrió con facilidad.
La sala de espera se encontraba ominosamente vacía. No había nadie en la recepción.
Randy poseía un agudo sentido del olfato. Ahora captó muchas aromas alarmantes…
desinfectante, éter, drogas desparramadas, sangre, orina estancada.
—¡Dan! —llamó—. ¡Eh, Dan!
—Estoy aquí atrás. ¿Quién es? —la voz de Dan salió apagada y despertando ecos
por el corredor.
—Yo… Randy.
—Ven hacia la parte posterior. Estoy en mi despacho.
En la oscuridad del pasillo, Randy tropezó con un par de pies y se hizo atrás,
estremecido. Un cuerpo yacía en el umbral de la clínica, las piernas en el corredor, el
dorso dentro del cuarto, boca arriba, los brazos extendidos. Tenía el rostro medio
volado, pero al fijarse en un informe resultaba identificable como Cappy Foracre, jefe
de policía de Fort Repose.
Randy siguió adelante, presuroso. Una puerta a prueba de incendios pendía
locamente de un gozne. Había sido abierta a golpes de hacha. Detrás estaba el
laboratorio y el almacén de drogas. El olor de productos químicos que venía del
laboratorio era sofocante y abrumador. Dentro Randy vio un montón de jarros y
botellas rotos. La clínica había sido destruida, loca y deliberadamente.
Constituyó un alivio encontrar a Dan Gunn de pie, en su despacho. El rostro de
Dan estaba más profundamente sombreado de fatiga y por una barba de dos días;
tenía la camisa rota y parecía sucio, pero no tenía aspecto de estar herido. Dos
maletines médicos estaban abiertos en su escritorio. Se hallaba examinando frasquitos
y botellas.
—¿Qué pasó? —preguntó Randy.
—Una bandada de adictos… desesperados… vino anoche, mejor dicho, sobre las
tres de esta madrugada. Jim Bloomfield estaba aquí, durmiendo en el diván de su
oficina. Nos habíamos dividido el servicio. El montaba guardia una noche, yo la
siguiente. Mira, sin teléfonos la gente no sabe otra cosa que hacer que venir a la
clínica en caso de emergencia. De todos modos, los adictos… eran seis, armados…
entraron y despertaron a Jim. Querían drogas. El pobre viejo Jim tenía mucho de
puritano. Si les hubiesen dado la droga se habría desembarazado de ellos.
Dan cogió una jeringuilla hipodérmica y lentamente apretó el émbolo con sus
tremendos dedos.
—Yo se la hubiese dado, sin duda… tres granos de morfina y habría acabado con
La noche del sexto día ardió Riverside Inn. Sin agua en los algibes, con el sistema
de riegos del hotel inoperante, el departamento de bomberos nada pudo hacer. Sólo
aparecieron unos cuantos bomberos de la reserva y una sola bomba entró en acción,
utilizando agua del río. Fue un esfuerzo inútil y tardío. La vieja y resinosa estructura
de madera ardía brillantemente antes de que el primer chorro de agua tocase las
paredes. Pronto el calor apartó a los bomberos. Pocos minutos después se oyó el
último grito procedente del tercer piso.
Avisaron a Dan una hora más tarde y Randy le llevó hasta la ciudad. Para
entonces, no se podía hacer otra cosa que ocuparse de los supervivientes. Eran
poquísimos. Algunos murieron intoxicados por el humo o por el miedo… resultó
difícil de diagnosticar… dentro de las siguientes horas, los con quemaduras fueron
llevados a San Marco en las escasas ambulancias de Bubba Offenhaus. Los ilesos se
alojaron en la escuela de Fort Repose. No había calefacción en el edificio, ni comida,
ni agua. Era un simple cobijo, menos cómodo que el hotel y al cabo de pocos días
mucho más escuálido.
Dan Gunn sospechó que el fuego se inició en un cuarto donde los huéspedes
utilizaban combustible en conserva en un intento de hervir agua. Quizás alguien
construyó alguna artesana chimenea de leña. Eso era, según la opinión de Dan,
inevitable.
Aquella noche Bill McGovern, con alguna ansiedad, caminó hasta casa de los
Henri y habló con Malachai. Juntos recorrieron la orilla del río hasta la vivienda de
Sam Hazzard y conferenciaron con él de un plan para suministrar energía para el
receptor de onda corta del almirante.
Dan Gunn fue en el coche hasta Fort Repose para visitar a los sin hogar, algunos
de ellos enfermos o con quemaduras, alojados en la escuela.
Randy y Lib McGovern estaban sentados solos en el porche delantero, utilizando
como asiento los escalones, los codos de Lib sobre sus rodillas, la barbilla sujeta
entre sus manos, los brazos de Randy dándole vuelta en torno a los hombros. Ella
hablaba de su madre.
—Estoy segura de que nunca comprendió lo que ocurrió en El Día, y nunca
hubiera podido. Quizás estoy sólo racionalizando, pero creo que su muerte fue un
acto de piedad.
Randy oyó que alguien corría sendero arriba y luego vio una figura y reconoció a
Ben Franklin.
—¡Ben! —llamó—. ¿Qué pasa?
Ben se detuvo sin aliento, y dijo:
—¡Algo le ha pasado a la señorita Wechek!
Randy se levantó, preparado para ir en busca de su pistola.
—¿Qué fue?
—No lo sé. Caminaba junto a su casa y oí que alguien gritaba. Creo que era la
señorita Wechek. Luego la oí llorar.
—Será mejor que echemos un vistazo, Lib —dijo Randy—. Quédate aquí, Ben.
Una luz amarillenta de vela lucía en la cocina de Florence. Entraron por la puerta
posterior. Florence lloriqueaba y Randy entró sin molestarse en llamar.
Cuando abrió la puerta pintada de verde, una serie de plumas amarillas revoloteó
en torno a sus pies. La cabeza de Florence descansaba sobre sus brazos en la mesa de
la cocina. Vestía una acolchada bata color rosa. La acompañaba Alice Cooksey
llevando agua hasta una olla a presión para hervirla.
—¿Cuál es la dificultad? —preguntó Randy.
Florence alzó la cabeza. Su pelo rosado, desaliñado, estaba húmedo y pegajoso.
Tenía los ojos hinchados.
—¡Sir Percy se comió a Anthony! —dijo. Se puso a llorar.
—La pobre ha tenido un día fatal —anunció Alice—. Trato de hacer té. Se sentirá
mejor después de que se tome una taza.
—¿Qué es lo que ha pasado? —volvió a preguntar Randy.
—En realidad, empezó ayer —dijo Alice—. Cuando despertamos por la mañana
el pez Angel estaba muerto. Ya sabes el frío que hizo la noche pasada y claro, sin
electricidad, no hay calefacción para el acuario. Y esta mañana los demás peces
Una mañana de abril, cuatro meses después de El Día, Randy Bragg despertó y
contempló cómo un rayo de sol bajaba por la pared. Al pie del diván, Graff se agitó y
luego salió de debajo de la manta. Durante el frío mes de enero Randy descubrió un
nuevo uso para Graff. El perro hacía de calienta-pies más que satisfactoriamente, era
móvil, automático y funcionaba con un mínimo de combustible que de todas formas
tendría que consumir. Randy se quitó la manta y colocó sus piernas en el suelo. Tenía
hambre Siempre estaba hambriento. No importaba lo mucho que cenase la noche
anterior, siempre se sentía desmayado por la mañana. Jamás comía grasas bastantes,
ni dulces, ni golosinas y la mayor parte de cada día se pasaba de ordinario en un
esfuerzo físico de cualquier clase. Abajo, Helen y Lib estarían preparando el
desayuno. Antes de que Randy lo consumiera se ducharía y se afeitaría. Esos eran
lujos penosos, casi la única rutina permanente desde El Día.
Randy se acercó al mostrador del bar y comenzó a suavizar su navaja. La navaja
era un cuchillo de caza de quince centímetros de largo. Afiló la hoja vigorosamente
en un pedazo de piedra de afilar y luego la suavizó con la correa clavada a la pared.
Un afeitado limpio, suave, indoloro era una de las cosas que más echaba de menos,
pero no lo más imprescindible.
Echaba de menos a la música. Había pasado mucho tiempo desde que oyó música
por última vez. El tocadiscos y su colección de microsurcos eran inútiles, claro, sin
electricidad. De todas maneras la música ya no se radiaba. De igual modo su segundo
y último juego de pilas para la radio de transistores perdía fuerza. Prontísimo ya no
tendría ni linternas ni medios de recibir radios excepto a través del aparato de onda
corta del almirante. VSMF en San Marco ya no funcionaba. Algo ocurrió al grupo
electrónico diesel del hospital que proporcionaba energía a la estación de radio y
resultaba imposible encontrar recambios. Esta era la noticia que llegó de San Marco,
a treinta kilómetros de distancia. Tardó dos días en llegar a Fort Repose.
Echaba de menos los cigarrillos, pero no demasiado. Dan Gunn todavía tenía unas
cuantas libras de tabaco y le prestó una pipa. Randy encontraba más placer en una
pipa después de la comida y en otra antes de acostarse, que el que halló jamás en todo
un cartón de cigarrillos. Con el tabaco tan limitado, una pipa era un lujo, relajador y
maravilloso.
No notaba en absoluto la falta de whisky. Desde El Día apenas había bebido nada
ni halló necesidad de hacerlo. Ya no miraba el whisky como bebida. El whisky era el
anestésico de emergencia de Dan Gunn. El whisky, el que quedaba de su suministro,
se empleaba para uso médico y para comerciar.
Lo que más echaba de menos era el café de la mañana. Habían pasado, calculó,
seis o siete semanas desde que tomó café por última vez. El café era más preciado
que la gasolina e incluso que el whisky. El tabaco podía cultivarse e indudablemente
se cultivaba en una zona del noroeste de Florida, hasta en Maryland y Florida; en las
Dan condujo. Randy se sentó a su lado. Hacía calor y Randy se sentía cómodo
con los pantalones cortos, las botas y una camisa de punto. Llevaba su pistola
enfundada en la cadera. La pistola se había convertido en una parte de sí mismo, sin
peso, ahora. Había tratado de disparar sin cápsulas mil veces hasta que ejercitó
perfectamente la mano, también la utilizó para matar una serpiente de cascabel en el
seto y dos mocasines en el muelle. Disparar contra los reptiles era gastar municiones
pero ahora confiaba en la puntería de la pistola y en la seguridad de su mano. En el
regazo de Randy, envuelta en una bolsa de papel, estaba la botella de whisky escocés
que confiaba cambiar por café. Fumaba sus pipas mañaneras.
—¿Dan, cuál es esa situación mala de la ciudad? —preguntó Randy.
—No he dicho nada aún —contestó Dan—, porque aún no he podido llegar hasta
el fondo y no quiero asustar a nadie. Tengo tres casos graves de intoxicación por
radiación.
—¡Oh, Dios! —exclamó Randy, en realidad, no fue una exclamación, sino una
plegaria. Esta era la espada que había estado pendiendo sobre todos ellos. Si un
hombre se mantenía lo bastante atareado, si sus dificultades y problemas eran
inmediatos y numerosos, si siempre tenía hambre, podía entonces por algún tiempo
apartarse de esta cosa, olvidarla y creer que vivía en un país que no había sido
oficialmente catalogado como zona contaminada. Era capaz de olvidar al implacable
enemigo, insidioso e invisible, aunque no para siempre.
—Esto es extrañísimo —dijo Dan—. No puedo creer que sea causado por la
lluvia caída retrasada. Si así fuese, tendría trescientos casos, no tres. Esto se parece
más a una quemadura de radio o de rayos X. Todos tienen las manos quemadas
además de los síntomas corrientes, náuseas, dolor de cabeza, diarrea, caída de
cabello…
—¿Cuándo comenzó? —preguntó Randy.
—Porky Logan fue el primero en sufrir. Su hermana me alcanzó en la escuela
hace tres semanas y me rogó que le visitara.
—¿No estaba Porky en alguna parte de la zona sur del Estado, El Día? ¿No pudo
haberse contagiado de la radiación, entonces?
—Porky estaba perfectamente bien cuando regresó aquí y desde entonces no ha
recibido más radiación que el resto de nosotros. Los otros dos no abandonaron Fort
Repose. Porky es un caso imposible. Cada vez que le veo está borracho. Pero la
radiación le mata más deprisa que el licor.
—¿Quién más está enfermo?
—Bigmouth Bill Cullen… nos detendremos en su campamento pesquero camino
de la ciudad… y Pete Hernández.
—No puede ser una especie de epidemia, ¿verdad? —preguntó Randy.
—No, no puede serlo. La radiación no es ningún germen ni un virus. Uno puede
En los límites de la ciudad, Dan entró por el camino que conducía al campamento
pesquero de Bill Cullen, con su café y su bar. Los jardines estaban más estropeados y
sucios que nunca. Las estanterías de licor se encontraban desnudas. Los mostradores
de la tienda de artículos de pesca se veían vacíos. Ni una caña, ni una mosca o
anzuelo quedaba. Bigmouth Bill lo vendió todo meses antes. Su esposa, de pelo
pajizo y forma de barril, salió de la vivienda, Randy olisqueó. Ella hoy apestaba a
vino rancio. Simplemente olía a suciedad. De todas las personas que Randy había
visto, aquella mujer era la única que ganó peso después de El Día. Randy imaginó
que tenía ocultos sacos de provisiones y que vivía confortablemente con esas
provisiones y con pescado frito.
—Está ahí dentro, doctor —dijo ella.
Dan no entró de inmediato.
—¿Ha mejorado? —preguntó.
—Está peor. Le sale pus de las manos.
—¿Cómo se encuentra usted? No ha tenido ninguno de los síntomas de su
marido, ¿verdad?
—¿Yo? No me siento distinta. Me siento peor —soltó una risita, mostrando sus
podridos dientes—. ¿No toma usted de vez en cuando un trago, doctor? Es para
cuando me siento peor. Ahora mismo desearía empeorar ya que una vez empeorada
con un trago mejoraría pronto. ¿Lo entiende, doctor? —se acercó más a Dan y bajó su
voz—. No se morirá, ¿verdad?
—No lo sé.
—Será mejor que no se me muera ahora ese viejo truhán. No me deja nada,
doctor. Ni siquiera es dueño total de este sitio. Ni tampoco ha hecho nunca
testamento. Nada tiene para mí, doctor. Se lo digo. Poseía seis cajas escondidas
después de El Día. Pretende que se las vendió las seis, a Porky Logan. Pero no me
enseñó el dinero. ¿Sabe usted qué, doctor? ¡Me parece que sigue teniendo escondidas
las seis cajas!
Dan la apartó a un lado y entraron en el cobertizo. Bill Cullen yacía en una
maltrecha cama de hierro, una manchada sábana le cubría hasta la cintura. A la luz
que se filtraba por la persiana veneciana de la única ventana, de buen principio
parecióle irreconocible, a Randy. Estaba gastado, los ojos hundidos, los globos
oculares amarillos. De un costado le habían caído mechones de cabello, descubriendo
la piel rojiza de la cabeza. Sus manos, descansando atravesadas en el estómago,
estaban hinchadas, ennegrecidas, y llenas de grietas.
—Hola doctor, —gruñó—. ¡Maldito sea… si es Randy! —añadió al ver a Randy.
El hedor era demasiado para Randy. Carraspeó y dijo:
—Hola Bill, y salió. Se apoyó en la barandilla del muelle, tosiendo y sofocado,
hasta que pudo respirar profundamente el dulce viento del río. Cuando Dan salió,
—Será mejor que pongas otro allí —dijo Randy—. Además yo aclararía las
cosas. Hay mucha gente que no sabe aún lo que significa radiación.
—¿De veras?
—Estoy seguro. Nunca la han visto ni la han notado. Han oído hablar, pero no
creo que estén convencidos de su existencia. No pensaron que podían morir antes de
El Día… si es que llegaron a pensar en la muerte… y no creo que crean en la
radiación ahora. Será mejor que añadas algo que puedan comprender como
«VENENO».
Y así bajo «RADIACION», Dan escribió: «VENENO».
—Aún hay otro —dijo—. Bill Cullen.
Bigmauth Bill estaba como le dejaron, excepto que tenía una botella de ron barato
en sus maltrechas manos y había estado bebiendo. Randy se asomó a la puerta, de
modo que pudo escuchar pero sin sumergirse en los hedores anteriores.
—Bill —dijo Dan—, hemos descubierto qué es lo que le pone enfermo. Está
usted absorbiendo radiación de las joyas que Porky le cambió por whisky. La joyería
de Porky arde. Es radiactiva. ¿Dónde las tiene?
Bill soltó una carcajada salvaje. Empezó a maldecir, metódicamente sin
imaginación, como Randy oyó maldecir a los soldados en Corea. El chorro de sus
obscenidades aumentó, se sofocó, tosió y dio un trago de la botella de ron.
—¡Joyería! —gritó, sus ojos amarillos girando—. ¡Joyería! ¡Diamantes,
esmeraldas, perlas, brazaletes, todo quema, todo radioactivo! ¡Eso es riqueza!
—¿Dónde están, Bill? —la voz de Dan era aguda—. Pregúntaselo a ella.
¡Pregúntaselo a esa perra! Ella lo tiene… se llevó todo el botín.
—¿Qué quieres decir?
—Tenía escondido el género, imaginándome que si caía en sus manos lo
cambiaría por una botella de vino. Las joyas en una bota, el oro en la otra. Créalo o
no, esto es lo último que me queda —volvió a beber de la botella.
—Adelante —dijo Dan.
—Guardaba las botas, estas botas aquí… —señaló a un par de botas de caza—,
escondidas bajo la cama. En un lugar seguro, de acuerdo. Mire, mi mujer jamás
limpió nada, especialmente nunca barrió debajo de la cama. Bueno, cuando se fue
hace un rato pensé echar un vistazo al botín. Ya sabe, es bonito tenerlo en las manos y
soñar en qué harás cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Pero ella estaba
vigilándome por la ventana. Ha estado tratando de cogerme con las manos en la masa
y precisamente lo consiguió hace un rato. Entró, sonriendo. Creí que iba a decirme
que había terminado la guerra o algo por el estilo. Entró y buscó debajo de la cama y
se llevó la bota. Todo lo que dijo al cruzar la puerta fue: «Espero que te ahogues,
cochino bastardo. Yo me vuelvo a Apalachicola».
Randy preguntó fascinado:
—¿Y cómo piensa llegar a Apalachicola?
—Tenía… tenía Plymouth en el garage. Estaba casi lleno el depósito de gasolina,
y tenía más en una lata escondida entre las estanterías. Ojalá se estrelle.
Dan recogió su maletín. Sus enormes hombros estaban hundidos. Tenía el rostro
infeliz tras la roja barba.
—¿Tienes todavía aquella pomada que te di?
—Sí —Bill volvió la cabeza hacia la mesita de noche.
—Siga usándola en las manos. Le producirá alivio.
—Puede, pero más esto —Bill agitó la botella y bebió hasta que le faltó aliento.
Volviendo a River Road, Randy dijo:
—Es en su propio interés —dijo Dan—. Si dejamos sin enterrar a los muertos,
comenzaremos una epidemia. Además, en este caso tenemos que desembarazarnos
del material radioactivo que puede ser peligroso para quien lo encuentre.
—Bubba es el enterrador, ¿no? —gritó alguien—. Pues que lo entierre él.
Unos cuantos se rieron. Randy vio que estaban aburridos y que pronto se irían.
Era necesario que actuase. Se colocó delante de Dan, levantó la tapa de su funda y
sacó el 45. Sosteniéndolo con indiferencia, de manera que fuese una amenaza, pero
para nadie en particular y sin embargo separadamente para cada uno de los presentes,
montó el percutor. Con el índice señaló a los rostros de cinco hombres, todos
corpulentos.
—Tú, Rusty, y tú, Tom, y usted, acaban de ofrecerse voluntarios como ayudantes
de enterrador.
Le miraron confusos. Durante largo tiempo, nadie les había mandado nada.
Durante largo tiempo no había jefatura alguna a la vista. Nadie se movió. Algunos de
los «comerciantes» llevaban pistolas en la cadera o en fundas. Otros tenían escopetas
apoyadas o rifles contra los bancos o la barandilla del kiosco. Randy vigiló cualquier
movimiento. Dispararía contra el primer individuo que tratase de sacar un arma. Así
lo tenía decidido. No le importaban las consecuencias de su acción. Habiendo tomado
la decisión y estando seguro de llevarla a cabo, se sentía tranquilo. Se dio cuenta de
que los demás lo comprendieron. Bajó del estrado mirando a los cinco voluntarios.
—Está bien, vamos —dijo.
Los cinco le siguieron y Randy enfundó su pistola.
Cuando a mediodía regresaron a River Road, las botas de Randy estaban secas de
la arcilla del cementerio. Estaba limpiándoselas en los escalones de la puerta
principal, cuando un movimiento en el follaje tras la casa de Florence Wechek le
llamó la atención. Alice Cooksey y Florence estaban plantadas bajo una alta palmera,
sujetando una escalera. En lo alto de la escalera de mano, la cabeza y los hombros
ocultos por las frondas, estaba Lib. Se preguntó qué hacía ella allá arriba. Deseó que
se hubiese quedado en el suelo. Corría demasiados riesgos. Podía lastimarse.
Disminuyendo las medicinas —Dan ya se había visto obligado a utilizar la mayor
parte de su reserva—, todos tenían que tener cuidado. Cada cual tenía su misión y si
uno se hería significaba añadir cargas, incluidos los cuidados, a los demás. Una
simple fractura hubiese resultado un desastre terrible.
Bill McGovern, Malachai y Tuo Tone Henri doblaron la esquina de la casa. Bill
llevaba unos pantalones de franela gris cortados a tijera por encima de las rodillas,
zapatos de tenis y nada más. Su mano derecha asía un manojo de herramientas. La
grasa le manchaba la cabeza calva y la estupenda barba blanca. Ya no parecía un
César, sino un desaliñado Júpiter armado con sus relámpagos. Antes de que pudiese
hablar, Randy preguntó:
—¿Bill, qué hace su hija arriba de esa palmera?
—No quiere decirlo —contestó Bill—. Ella y Alice y Florence están preparando
alguna especie de sorpresa para nosotros. Quizás ha encontrado el nido de un pájaro.
No lo sé.
—¿Y a qué viene esta delegación? —preguntó Randy.
—Es idea de Tuo Tone —dijo Bill—. Habla, Tuo Tone.
—Señor Randy —dijo Tuo Tone—, ya sabe usted que mi azúcar estará alta y
dulce y que el maíz de papá estará listo en junio.
—¿Y…?
—Maíz y caña de azúcar significan whisky de maíz. Quiero decir que podemos
prepararlo si usted da el visto bueno. Papá y el señor Bill, aquí presente, dicen que es
cosa suya. Yo sugiero que se haga la prueba. Podíamos comerciar con el licor.
—Naturalmente que tú no beberías nada, ¿verdad, Tuo Tone?
—¡Oh, no, señor!
Randy comprendió que pedían de él algo más que el permiso. Sin embargo, si
podían fabricar whisky de maíz, eso sería como haber encontrado granos de café. El
whisky era una moneda muy negociable. En esta clima húmedo, tanto el maíz como
la caña de azúcar se deteriorarían rápidamente. El whisky de maíz era distinto.
Cuanto más se le guardaba, más valor tenía. Además, sólo quedaban unas cuantas
botellas de borbón y de escocés, y el borbón era estrictamente medicinal, el
anestésico de Dan.
Randy dijo:
A las siete, consciente de que no había oído regresar a Dan, Randy bajó. La mesa
estaba puesta como para un banquete… mantel blanco, dos velas nuevas; plato hondo
para ensalada y otro plano en cada lugar. Una ensaladera de caoba haitiana estaba en
el centro del mantel. Guarneciendo el plato de pescado hervido había un collar de
setas. Era delicada, variada y estupenda.
—¿Quién inventó esto? —preguntó. Hacía meses que no probaba las verduras.
Helen no le había mirado a los ojos desde que entró en el comedor.
—Alice Cooksey —dijo—. Alice encontró un libro en el que hablaba de las
palmeras comestibles, hierbas y demás. Lib hizo la mayor parte de la elección.
—¿Qué hay en todo esto?
—Corazones de helechos, cogollos de palmera, cebollas silvestres, algunos de los
pepinillos de adorno del almirante y los primeros tomates sacados del jardín de
Hannah Henri.
—Espera que pruebes las setas —dijo Lib—. Eso fue idea de Helen. Tiene gracia;
durante la última semana han estado corriendo por todas partes, ante nuestros ojos, y
sólo Helen las reconoció como alimenticias.
—Supongo que no serán venenosas —inquirió Randy.
Helen sonrió y por primera vez le miró directamente.
—¡Oh, no! Alice también pensó en eso. He estado recorriendo el bosque con un
libro ilustrado en una mano y un cestillo en la otra.
Ahora que podía ver que él consideraba el incidente de su despacho como algo
que no había sucedido, recuperaba el control de sí misma.
—Helen —dijo Randy—, has de tener cuidado en ese bosque. Y, Lib, no te subas
a las palmeras. No queremos ni mordeduras de serpientes ni piernas rotas. Dan ya
tiene bastantes dificultades —bajó el tenedor—. ¿Dónde está Dan?
Nadie lo sabía. Dan volvía a casa de ordinario antes de las seis. En ocasiones
llegaba tan tarde como ahora o más, siempre que se hallaba ante una emergencia. Sin
embargo, resultaba imposible no preocuparse. En ocasiones como aquélla era cuando
Randy echaba de menos sinceramente el teléfono. Sin comunicaciones, la más simple
avería mecánica podía convertirse en una pesadilla y en un desastre. Acabó el
pescado, las setas y la ensalada, pero sin apetito.
A las once Dan Gunn salió del «shock», se relajó y durmió durante unos cuantos
minutos. Despertó diciendo que tenía hambre. No parecía mejor, estaba dolorido,
aunque evidentemente se hallaba fuera de peligro.
Randy se sintió desalentado al pensar en Dan, y su condición, teniendo que cargar
su estómago con caldo frío y pescado, jugo de naranja y los restos de la ensalada. Lo
que necesitaba para salir del «shock» era el caldo caliente, nutritivo, de cebolla o de
gallina. En ocasiones, cuando Malachai o Caleb descubrían el agujero de un topo y
Hannah Henri convertía a su habitante en sopa, o cuando Ben Franklin con éxito
mataba a una ardilla o conejo, se tenía asequible tal carne, pero esta noche no.
El pensamiento de un caldo sustancioso disparó su recuerdo.
—¡Las raciones de hierro! —gritó y corrió a su despacho. Abrió el cajón del cofre
marino de teka y empezó a rebuscar.
Lib y Helen se plantaron tras él y lo miraron, perplejas.
—¿Qué te ocurre ahora, Randy? —preguntó Helen.
—¡No le deis nada de comer hasta que veáis lo que tengo! —estaba seguro de que
había guardado el cartón envuelto en papel de estaño en el rincón más cercano del
escritorio. No estaba allí. Se preguntó si es que lo había soñado, pero al concentrarse
le pareció el hecho muy real. Había sido antes de El Día, después de su conversación
con Malachai. En la cocina recogió unas cuantas cosas nutritivas, enlatado o cerrado
herméticamente, las catalogó, raciones de hierro y las guardó para un tiempo
desesperado. Ahora el momento era desesperado y no podía encontrarlas.
Halló el cartón en el cuarto rincón por el que buscó. Lo sacó, arrancó el papel de
estaño y descubrió su contenido para que ellas lo vieran.
—Lo guardé para una emergencia. Se me había olvidado.
—Es precioso —susurró Lib. Examinó y casi acarició las latas y los tarros.
—Hay concentrado de buey aquí dentro… y otras cosas —les entregó el cartón—.
Dadle lo que necesite.
Dan sorbió el caldo y masticó los caramelos. Randy quería interrogarle, pero
Helen se lo impidió.
—Mañana —dijo ella—, cuando esté más fuerte.
Helen y Lib estaban todavía en el dormitorio cuando Randy se tumbó en el diván
de la sala de estar. Graff subió de un salto y se preparó una cama bajo el brazo de
Randy, y hombre y animal se durmieron.
Cada día, cuando terminaba sus visitas, era costumbre de Dan Gunn detenerse en
el kiosco de la orquesta de Marines Park. Una de sus columnas se había convertido en
boletín especial, tablero de anuncios, en el que los habitantes de Fort Repose
clavaban avisos, llamando al médico cuando había una emergencia. Ayer leyó una de
tales noticias. Decía:
«Dr. Gunn:
»Esta mañana (viernes) dos de mis niños se han puesto muy enfermos.
Kathy tiene una temperatura de 41 grados y desvaría. Por favor, venga. Envío
esta nota mediante Joe Sánchez, que tiene un caballo.
»Herbert Sunbury».
Sunbury, como Dan, era nativo de Nueva Inglaterra. Había vendido una
floristería, en Boston, seis años antes, para emigrar a Florida y abrir una pequeña
clínica. Adquirió tierras, construyó una casa y plantó diversas especies vegetales en el
Timucuan, a casi diez kilómetros corriente arriba de casa de los Bragg.
Dan llevó el modelo A hasta River Road. Más allá del edificio Bragg la carretera
se convertía en una serie de curvas, siguiendo el aserpentinado curso del río. Dan
había ayudado a nacer a los últimos dos niños de los cuatro hijos de los Sunbury. Le
gustaban los Sunbury. Eran animosos, trabajadores y atentos. Sabía que a menos que
la emergencia fuese real y acuciante, Herb no hubiese puesto la nota.
Era verdadera. Tifus. Era el tifus que Dan se estaba esperando y temiendo por
completo durante semanas, meses. El tifus era el más desagradable y diabólico
desastre de todas las calamidades en las que el suministro de agua quedaba destruido
o envenenado y atender a las necesidades normales de los hombres resultaba difícil o
imposible…
Betty Sunbury dijo que los dos niños mayores habían estado con dolor de cabeza
y fiebre durante varios días, pero hasta el viernes por la mañana, a primeras horas, no
se pusieron violentamente enfermos, un tinte rosado como deducción desarrollándose
en sus torsos. Por fortuna, Dan pudo hacer algo. Aspirina y compresas frías para
reducir la fiebre, terramicina, que estaba muy cerca de ser un específico para la
tifoidea, hasta vencer la enfermedad; y aún poseía terramicina.
Buscó en su maletín y sacó la botella, guardada para este momento. Pudo haber
utilizado centenares de veces el antibiótico para curar a pacientes y otras
enfermedades, pero siempre se las arregló con otra cosa, guardando esta simple
botellita como un conjuro contra el mal diabólico. Ahora probablemente salvaría a los
niños de Sunbury. Además, tenía bastantes vacunas para inocular a los mayores
Sunbury, el niño de cuatro años y los pequeñitos, y aún le quedaría para Peyton y Ben
Franklin, cuando regresase a casa. El proceder correcto sería vacunar a toda la
ORDEN NUM. 2
ORDEN NUM. 3
Había cierto número de medios por los que Randy pudo haber viajado los cinco
kilómetros hasta Marines Park y luego los otros tres y pico hasta casa de los
Hernández en el extremo exterior de Pistolville. El almirante se había ofrecido a
llevarle hasta el muelle de la ciudad en su crucero fuera borda, ahora convertido en
embarcación de vela. Pero Sam Hazzard todavía no había añadido un timón adicional
al bote, así que la navegación hubiera sido irregular y lenta. Sam podía llevarle hasta
Marines Park, de acuerdo, pero en el viaje de regreso quizá no pudieran dirigirse
hacia delante hacia la corriente y el viento, y tendría que quedarse atascado. Randy
podía haber pedido prestada a Alice Cooksey la bicicleta pero decidió que eso le
señalaría demasiado en Pistolville. También pudo cabalgar en Balaam, la mula, pero
si conseguía convencer a Rita que le dejase el camión y la gasolina, ¿cómo volvería a
casa Balaam? Balaam no cabía dentro de la caja del camión. Además, él no estaba
seguro de que debiese arriesgarse Balaam a salir lejos de los campos y del establo de
los Henri. La única mula de Timucuan Country era inapreciable. Al fin, decidió
caminar.
Partió después de oscurecer. Lib le acompañó hasta la curva de la carretera. Ella
había pegado firmemente los avisos a un trozo de madera cuadrado que él clavaría en
la columna del quiosco. Así, explicó le chica, no se perderían o desaparecerían entre
las ofertas de cambio de anzuelos o de piedras de encendedor y las súplicas por
gasolina, petróleo o cafeteras. En lo alto del tablero ella escribió: «BOLETINES
OFICIALES».
Randy llevaba pantalones de faena manchados, viejas zapatillas de pesca y un
sombrero desmadejado que le prestó. Encajó la pistola oculta en un bolsillo interior.
Cuando se encaminaba por Pistolville de noche él quería parecer como si fuese uno
de los de allí.
Cuando le dijo a Lib que era la hora de volverse, ella le besó.
—¿Cuánto tardarás, cariño? —preguntó la joven.
—Depende de si consigo el camión. Contando con la parada en el parque para
poner las órdenes, debería llegar en menos de dos horas. Después, no sé. Depende de
Rita.
—Si no has vuelto a medianoche —dijo ella—, iré a buscarte. Con una escopeta
—le decía medio en serio. En las últimas pasadas semanas se había mostrado con él
más tierna, con embarazadoras solicitudes y cuidados por su seguridad, más celosa
del tiempo que empleaba en sus cosas. Era posesiva, cosa natural. Eran enamorados,
cuando había tiempo y lugar e intimidad, y a pesar de la fatiga y el hambre y de los
peligros y de las responsabilidades del día.
Caminó solo bajo el arco de robles ocultándose de la luz de las estrellas, seguro
en el manto aterciopelado de la noche y sin embargo, caminando en silencio, ojos,
oídos incluso la nariz, alerta. Así había aprendido, en las paranzas de la oscuridad de
Fue después de oscurecer cuando Randy embocó hasta los escalones delanteros
de la casa. Cuando cortó el motor oyó los ladridos de Graff. Todas las ventanas del
piso bajo mostraban luz. Lib salió por la puerta y bajó corriendo la escalera, le vio
ante el volante y se plantó allá con los brazos abiertos y los labios jugosos antes casi
de que pudiera bajar.
El predicador Henri apareció, y Tuo Tone, Florence Wechek y Alice Cooksey,
Hannah y Missouri, los niños, Dan Gunn salió el batín revoloteando, llevando una
lámpara. Todos habían estado esperando.
El almirante y Bill estaban en la parte trasera con el prisionero y Malachai. Bill
bajó, empuñando una pistola y luego lo hizo el hombre, llamado Casey, con la punta
del cañón de la escopeta de Sam Hazzard en la espalda. Sam bajó y sólo quedó en el
coche Malachai. Malachai tras el primer kilómetro perdió el conocimiento. Hasta que
llegaron a Fort Repose, la carretera había sido malísima.
—Matamos a tres, cogimos a éste —dijo Randy—. Hirieron en la cintura a
Malachai. Mírale, Dan. ¿Sigue con vida, Sam?
—Lo estaba hace un minuto. Agonizando —dijo el almirante.
—Ben Franklin, trae vendas —ordenó Randy—. También cuerda.
—¿Vamos a ahorcarle ahora? —preguntó Ben, no con indiferencia sino como si
se lo esperase.
—No. Lo ataremos.
Dan entró en el camión. Alzó la lámpara, sacudió la cabeza exasperado y luego se
arrancó el parche de su ojo derecho. Lo tenía todavía hinchado pero no del todo
cerrado y cualquier ayuda a su ojo izquierdo sería bien acogida. Salió y dijo:
—Está en coma, y no debiéramos moverlo, necesita una transfusión. Pero
tenemos que trasladarle, si tengo que hacer algo con él. ¿Sobre qué?
Había una puerta abandonada en el almacén. La trasladaron utilizándola como
camilla.
Pusieron a Malachai en la mesa de billar de la sala de juegos y luego reunieron
lámparas y velas para que Dan tuviese luz.
—Tengo que hacerle reaccionar —anunció Dan—. Tiene una hemorragia interna
masiva. Tengo que cortarla o no habrá posibilidad de sobrevivir. ¿Cómo? ¿Con qué?
—dio una palmada al borde de la mesa, tambaleándose, no de fatiga o debilidad sino
de agonía y frustración. Gritó—: ¡Oh, Dios!
Dan dejó de tambalearse.
—¿Un cuchillo, Randy?
—El mío de caza. ¿Te va bien ese que es con el que me afeito? Está tan afilado,
como una navaja de afeitar.
—No. Demasiado grande, demasiado grueso. ¿Qué hay de los cuchillos de mesa?
—Claro, cuchillos de mesa.
A las nueve en punto de aquella noche, las rodillas de Randy empezaron a temblar
y su cerebro se negó a trabajar más y exigió el descanso, una ración, debido a la lucha
en el puente y lo que ocurrió antes y después y a la falta de sueño. Sin embargo, era
su noche de bodas. Se había casado a medio día, lo que parecía increíble. Medio día
quedaba a una eternidad atrás.
Pero ahora que estaba casado, pensó que él y Lib tenían una habitación para ellos
y la intimidad consiguiente a una pareja de recién casados. Todo el espacio de
dormitorios estaban ocupados y le sabía mal trasladar a nadie. Después de todo, eran
sus invitados. Sin embargo, resultaba inevitable que las camas y los cuartos sufrieran
alteraciones, la victima tendría que ser Ben Franklin, puesto que Ben era el hombre
más joven. Ben tendría que dar su cuarto y ocupar el diván del apartamento de Randy
y el señor y la señora de Randolph Bragg se trasladarían al cuarto de Ben.
Estaba sentado en el diván, tratando de dominar sus temblorosas piernas, la cara
en las manos, pensando en esto. Lib se sentaba tras del mostrador, tomando zumo de
naranja caliente. Ella también pensaba en el problema pero no se mostraba ganosa de
mencionarlo, dándose cuenta de que era obligación del marido y que tenía que dejarle
que tomase sus decisiones.
Entró su padre. Un delgado y descolorido César con sus sandalias y su túnica
blanca. Bill McGovern había estado montando guardia ante el prisionero atado,
preguntándose si después de haber matado a un hombre aquel día no sentía
remordimientos ni ahora ni después. Era como pisar una cucaracha. Se sintió aliviado
cuando Tuo Tone Henri le relevó, ya había dejado la casa del duelo para cumplir con
su deber. Bill preguntó por Dan. Randy alzó la cabeza y le dijo que Dan, agotado por
estar demasiado tiempo en pie, dormía.
—Bueno, te lo diré, entonces, pero no creo que sirva de nada esta noche.
Habló directamente a su hija.
—No sabía qué darte como regalo de bodas. Elizabeth. Hay una buena hacienda
en Cleveland, pero supongo que ahora no valdrá mucho. Hay bonos y acciones en
nuestra caja fuerte de Fort Repose y el dinero efectivo bueno, el dinero confederado
del arcén de Randy debe valer poco más o menos lo mismo. Puedes quedarte con la
casa y la propiedad del camino, si quieres, pero no creo que nadie pueda vivir allí a
menos que vuelva a haber electricidad. ¿Qué podría dar a Lib y a Randy? Lo hablé
esta mañana con Dan. Hice una sugerencia y decidimos ofreceros un regalo juntos,
del padrino y del padre de la novia.
Bill miró de uno a otro y vio que estaban interesados.
—Os vamos a regalar este apartamento entero. Dan se trasladará a vivir conmigo.
—¡Eso es maravilloso, padre! —exclamó Lib.
—Sólo que —empezó a decir Bill, dudoso—… si Dan está dormido no creo que
debiéramos molestarle, ¿verdad?
Al medio día del lunes, el hombre del bate fue ahorcado desde la vigueta más alta
del tejado del kiosco de Marines Park. Todos los comerciantes normales y un número
grande de forasteros estaban en el parque. Randy ordenó que no se bajase el cadáver
hasta la puesta del sol. Quería que los forasteros, se quedasen impresionados y
llevasen la noticia más allá de Fort Repose.
Mientras que él no lo había planeado, aceptó en este día los primeros
alistamientos de lo que resultó ser la Tropa de Bragg, aunque en sus órdenes le
llamase Compañía Provisional de Fort Repose. Siete hombres se presentaron
voluntarios aquel día, incluyendo a Fletcher Kennedy, que fue piloto de combate de la
aviación y Link Haslip, cadete de West Point, que estaba de permiso en su casa por
navidades en El Día. Les nombró tenientes provisionales de infantería. Los otros
cinco eran todavía más jóvenes… chicos que habían terminado sus seis meses de
reserva de instrucción después de la escuela superior o que formaron parte de la
Guardia Nacional.
Después de la ejecución, Randy clavó avisos que había escrito a máquina antes y
que llevó al parque en el bolsillo de su uniforme.
El primero decía:
«El 17 de abril los siguientes salteadores fueron muertos en el puente cubierto:
Mickey Cahane, de Las Vegas y Boca Ratón, jugador y pandillero; Arch Fleggert, de
Miami, de ocupación desconocida; Leroy Settle, Fort Repose.
»El 18 de abril, Thomas “Casey” Killinger, también de Las Vegas y cuarto
miembro de la banda que asesinó al señor y la señora James Hikey y que robó y
asaltó al doctor Daniel Gunn, fue colgado en este lugar».
El segundo aviso era más breve:
«El 17 de abril, el sargento técnico Malachai Henri (de la RESERVA de la
aviación de los Estados Unidos) murió de una herida recibida en el puente cubierto,
mientras defendía a Fort Repose».
En junio, la cosecha de maíz del predicador Henri maduró, las dulces mazorcas
oscilaban en el aire y los primeros tallos de la caña de azúcar de Tuo Tone cayeron
ante los machetes. Junio fue el mes de la abundancia, el mes en que comieron
mazorcas de maíz e hicieron pasteles con melaza. En junio todos engordaron.
Fue en junio, también, cuando cosecharon su primera garrafa de licor, gracias al
alambique construido por Bill McGovern y Tuo Tone. Fue todo un acontecimiento.
Luego de que una serie de piñas ardieran durante tres horas debajo de la caldera de
diez litros, el líquido empezó a gotear por el serpentín. Tuo Tone cogió estas primeras
gotas en una taza y se las entregó a Randy. Randy olfateó aquel género incoloro. Olía
horriblemente. Cuando se enfrió un poco lo probó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y
su estomago le rogó que no lo tragase. Sin embargo, logró engullir un poco. Era
horripilante.
—¡Maravilloso! —jadeó y rápidamente pasó la copa a los demás.
Después de que todos los hombres se hubiesen tomado un trago y adecuadamente
felicitaran la invención de Tuo Tone y el mecanismo construido por Bill. Randy dijo:
—Claro que resulta un poco crudo. Al envejecer, será más suave.
—Debiera envejecer en madera —dijo Bill—. ¿Podríamos conseguir un barril?
—Será todo un problema —contestó Randy—. Cualquiera que tenga un barril de
Whisky, lo cambiará por un par de litros del licor después de que haya envejecido.
Pero para Dan Gunn, el whisky de maíz resultó inmediatamente útil. Mientras que
no se atrevía a utilizarlo por anestesia, calculó como muy alto su contenido
alcohólico. Sería un excelente repelente para las moscas, un linimento y un
antiséptico preparativo para la piel.
Un día de julio, Alice Cooksey trajo a casa cuatro libros sobre hipnotismo y se los
presentó a Dan Gunn.
—Si puedes aprende hipnotismo —sugirió ella—, podrías utilizarlo como
anestesia.
Dan sabía que buena cantidad de doctores y de dentistas, también practicaban
comúnmente el hipnotismo; siempre le pareció un sustituto lento y poco eficiente del
éter y de la morfina, pero ahora se aferró a la idea como si Alice le hubiese ofrecido
un específico contra el cáncer.
Cada noche, Helen le leía. Ella insistió en leer para así no cargar los ojos del
médico. Ya no tenían velas ni petróleo pero sus lámparas y linternas quemaban aceite
pesado extraído de los tanques subterráneos con una bomba de mano. Era verdad que
el aceite pesado olía de manera horrible y producía una luz amarillenta y poco
efectiva. Pero era luz.
Pronto Dan hipnotizó a Helen. Luego hipnotizó o intentó hipnotizar a todos en
Kiver Road. No logró triunfar con el almirante en absoluto. Consiguió un hipnotismo
parcial en Randy, con pobres resultados, incluyendo mareo y dolor de cabeza. Randy
trató de cooperar pero no pudo dejar su mente en blanco ni un solo instante.
Los niños resultaron excelentes sujetos. Dan les volvía a hipnotizar una y otra vez
hasta que le bastaba sólo con hablar unas cuantas frases en la jerga del hipnotizador,
chasquear sus dedos y ellos caían en un trance maleable. Randy se preocupó de esto
hasta que Dan le explicó.
—He estado adiestrando a los niños para que sean sujetos rápidos, porque en una
emergencia, tengan una posibilidad fácil de anestesia.
—¿Y si tú no estás cerca?
—Helen también estudia hipnotismo —se quedó pensativo—. Se está haciendo
toda una experta. Mira, Helen podría haber sido médico. Helen no es feliz a menos
que cuide a alguien. Se preocupa por mí.
Una semana más tarde, Ben Franklin tuvo dolor de vientre que le obligó a
levantar su rodilla derecha encogiéndose cuando trataba de acostarse. El dolor
siempre estaba allí y a intervalos se convertía en un pinchazo agudo que le recorría el
cuerpo en oleadas. Dan decidió que el dolor de Ben no era producido por comer
demasiados plátanos. Era imposible hacer un recuento de glóbulos rojos pero el chico
tenía algo de fiebre y Dan sabía cuál era su mal.
Dan operó en la mesa de billar de la sala de juegos, después de someter a Ben en
un profundo trance. Dan utilizó los cuchillos de carne, las agujas de coser, los
rizadores del pelo y el hilo de nylón, todo esterilizado adecuadamente y quitó un
apéndice inflamado y a punto de perforarse.
A los cinco días, Ben se levantaba y trabajaba. Después de aquello, Randy con
cierta aprensión se refirió a Dan como: «Nuestro brujo particular y hechicero».
En agosto agotaron el último maíz, exprimieron las últimas naranjas tardías, las
valencianas, y consumieron las últimas deliciosamente dulces uvas de las parras. En
agosto se quedaron sin sal, los armadillos destruyeron la cosecha de ñame y los peces
dejaron de picar. Aquél terriblemente cálido agosto fue el mes del desastre.
El final del maíz y el agotamiento de la cosecha de cítricos había sido inevitable.
Los armadillos en los ñames fue mala suerte, pero soportable. Pero sin pescado y sal
su supervivencia resultaba dudosa.
Randy tuvo cuidado en racionar la sal desde que se vio sorprendido, en julio, al
descubrir las pocas libras que quedaban. La sal era un artículo de primera necesidad,
no simplemente los granitos blancos que uno dejaba caer sobre los huevos. Dan
utilizaba soluciones salinas para media docena de propósitos. Los niños empleaban
sal para limpiarse los dientes. Sin sal, la matanza de los cerdos de Henri, habría sido
un desperdicio terrible. Planeaban curtir la piel de uno de ellos para confeccionarse
mocasines que necesitaban con urgencia y sin sal, esto resultaba imposible.
En cuanto se quedaron sin sal pareció que casi todo lo que tomaban necesitaba
salarse, más que nada el cuerpo humano. Día tras día, el termómetro del porche
marcaba 35 o más y cada día todos tenían trabajos manuales que hacer y kilómetros
que caminar. Sudaban a raudales. Perdían la sal al sudar y se debilitaban y
enfermaban. Y todos los de Fort Repose se debilitaron y enfermaron porque no había
sal por ninguna parte.
En julio, Randy fue a casa de Rita Hernández y ella le cambió veinticinco libras
del sal por tres grandes lubinas, un cajón de Valencias y cuatro cartuchos de
perdigones. No cambiaban por regla general sus productos por estas cosas, creyó
Randy, pero a causa de que él la ayudó a preparar un entierro decente para Peter y la
proporcionó mano de obra para llevarle al cementerio de Fort Repose, accedió. Desde
julio, le fue imposible encontrar sal en ningún lugar. En Marines Park, una libra de
sal valdría cinco de café, si es que alguien tenía café. No se podía comprar sal ni con
licor de maíz potente aunque sólo ligeramente envejecido.
En agosto, los comerciantes de Marines Park, iban como zombies por falta de sal.
Y por la primera vez en su vida, Randy sintió una extraña intranquilidad que se
convirtió casi en locura cuando se secó el sudor de la cara y luego lamió la sal de sus
dedos. Ahora comprendía el ansia animal hacia la sal, entendía por qué un jaguar y un
ciervo compartían lamiendo el mismo terrón salino en un esfuerzo por mantener una
tregua que les impidiera morir por falta de sal.
Pero aún más importante que la sal, era el pescado, porque los peces del río eran
su plato fuerte, como las focas para los esquimales. Había sido muy sencillo, hasta
agosto. Sus cañas de bambú, con mangos de metal o de madera, colocadas a extremos
y lados de los muelles, cada noche proporcionaban bastante pescado para el día
siguiente. Por la mañana, alguien no tenía más que acercarse hasta el muelle y
NO SE ALARMEN.
Los técnicos volvieron del río. Paul Hart miró su reloj y dijo que tenían que
despegar. Era necesario que se dejasen caer a un campo pequeño cerca de Brunswick,
Georgia, antes de oscurecer. Actualmente era su cuartel general pero en pocos años
planeaba reconstruir la base de la Fuerza Aérea en Patrick, Cabo Cañaveral, y
trasladarla allí. El enemigo se había pasado por alto Patrick, quizás deliberadamente
puesto que era una base de pruebas y no de operaciones, quizás porque el proyectil
destinado se perdiese en otro rumbo. Nunca lo sabrían. Hart se quedó pensativo
durante un momento. Luego habló a Randy:
—Tú sabes que vosotros y toda la gente vuestra no contaminada puede salir si
quiere. Claro que tendría que sufrir un reconocimiento físico y médico muy estricto y
oficial, pero me parece que no tendríais ninguna dificultad en pasarlo. Volveré dentro
de una semana. Estamos ahora escasos de helicópteros, pero podría sacarte a ti y a los
tuyos, dos o tres, cada vez.
Esta era la ciudad de Randy y aquéllos eran sus paisanos y sabía que nunca les
dejaría. Y sin embargo, no tenía derecho a tomar a solas aquella decisión. Miró a Lib
sin encontrar necesario tener que hablar. Ella, sabiendo lo que él pensaba,
simplemente sonrió y parpadeó.
—Creo que me quedaré, Paul —dijo Randy.
—¿Y los demás?
Randy deseó que Dan estuviese con ellos y sin embargo, tenía la seguridad que
podría hablar por el doctor.
—Aquí tenemos nuestro médico, Dan Gunn. Si no fuese por Dan, me parece que
ninguno de nosotros podría haber sobrevivido. Salvó esta ciudad y estoy seguro de
que no querrá marcharse ahora —se volvió a Helen—. ¿Crees que querría?
—Ni yo ni él tampoco —contestó Helen, con tranquilidad.
—Pero hay algo que debes hacer, Paul. Traer suministros para nuestro médico.
—¿Qué necesita?
—Todo. Todo lo que necesita un hospital. Pero más que nada necesita un nuevo
par de gafas.
—Eso se lo podría requisar y traer, creo, si tuviese su receta.
—Sé donde está —dijo Helen—. ¡No te marches, Paul! ¡No te atrevas a irte! —
dejó la estancia y subió escaleras arriba corriendo.
—¿Y usted, Almirante Hazzard? —preguntó Paul—. ¿Qué hay de los niños?
¿Qué hay de las dos mujeres que viven a la otra parte de la carretera… la
bibliotecaria y la telegrafista?
Sam Hazzard soltó una carcajada.
—Coronel, tengo una flota a mi mando. Si el departamento de marina me diese
una flota, le acompañaría. De otro modo, no.
—Ya no tenemos flota —contestó Paul Hart—. Todo lo que nos queda son los