Olvídate de aquel día
Por Corín Tellado
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"—¿No tienes amigos que puedan ayudarte?
—No. Al casarse mamá, dejamos nuestra ciudad natal. Fuimos a vivir a la de Felipe. Es decir, fue mamá, pues yo aún me hallaba en el pensionado. Yo conocí los manejos de Felipe Pelayo el año pasado, pero ya entonces mamá veía visiones, parecía realmente trastornada. Me di cuenta de que Felipe trataba de internarla, y no fui capaz de impedirlo. Es hombre diabólico, sabe hacer las cosas.
—¿No tienes un solo pariente?
—Una prima de mamá en una ciudad del Norte. Pero desde hace un año viaja con su marido por América. No me será fácil localizarla.
—Lo siento, Ada."
Corín Tellado
Corín Tellado es la autora más vendida en lengua española con 4.000 títulos publicados a lo largo de una carrera literaria de más de 56 años. Ha sido traducida a 27 idiomas y se considera la madre de la novela de amor. Además, bajo el seudónimo de Ada Miller, cuenta con varias novelas eróticas. Es la dama de la novela romántica por excelencia, hace de lo cotidiano una gran aventura en busca del amor, envuelve a sus protagonistas en situaciones de celos, temor y amistad, y consigue que vivan los mismos conflictos que sus lectores.
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Olvídate de aquel día - Corín Tellado
CAPÍTULO PRIMERO
—Mi padre falleció cuando yo tenía diez años. Cuatro años después, mamá fue a visitarme al pensionado para decirme que volvía a casarse...
Alberto Coll oía aquella voz suave, cálida, muy femenina, con una atención impropia de su despreocupación.
Era la primera vez que le ocurría.
Y lo cierto es que le molestaba en extremo enternecerse ante una mujer.
Claro que aquélla era una chiquilla.
—Acababa de cumplir los catorce años, cuando, durante unas vacaciones, regresé a casa. Fue por las Navidades... Mamá llevaba casada tres meses, poco más o menos, con Felipe Pelayo... Me di cuenta en seguida de la clase de hombre que era.
Guardó silencio.
Alberto no se atrevió a interrumpirlo. Miraba al frente, como ella. Los dos apoyados en el muro que separaba la playa del paseo marítimo, bajo una tenue claridad, debida ésta a los faroles que en línea interminable bordeaban toda la Concha.
Alberto pensó: «Soy un tonto. ¿Qué hago yo aquí, oyendo a esta joven? ¿Qué me importan a mí sus problemas? ¿Cuándo me preocupé yo por los asuntos íntimos de los demás?
Nunca.
La voz cálida, tras una larguísima pausa, volvió a decir:
—Mi padre poseía una gran fortuna. Y mamá sólo es administradora de la misma. Pero si la gasta... yo no voy a reclamársela.
—Pues debieras hacerlo.
Los negrísimos ojos femeninos se volvieron un poco hacia él.
¿Qué tenía aquella muchacha en la mirada?
—Amo a mamá, y aunque sabía que su marido trataba por todos los medios de enviarla a un manicomio, aduciendo una enajenación que no existía... ¿Qué podía hacer yo ante un hombre que es su marido?
A Alberto le importaba un bledo aquel asunto.
Se enredó en él sin darse cuenta. ¿Cuántos días ya?
Una o dos semanas.
«Soy un Quijote —pensó—. Esta chica está desesperada y yo he salido de Gijón con la sana intención de divertirme.»
Y lo curioso era que llevaba casi dos semanas viéndose con aquella joven, sin saber por qué.
La encontró allí mismo un anochecer. Ella parecía inmóvil, absorta, contemplando las calladas aguas de la Concha.
La vio sentada en aquel banco, con un cigarrillo entre los dientes y una expresión de angustia en los ojos.
Se acercó a ella con un «hola».
Ada elevó los ojos. Lo hizo con pereza, y a la vez con cierta precipitación.
Contestó únicamente:
—Hola.
El se sentó a su lado. No supo por qué lo hizo. Quizá porque no tenía otra ocupación mayor en una ciudad desconocida, donde uno, a veces, no sabe qué hacer.
El jamás buscaba un mismo lugar para sus vacaciones. Elegía sitios distintos, desconocidos, que luego recopilaba en su experiencia. Era un poco tonto todo aquello. La ciudad, la noche y la chica que no contaría más de dieciocho años.
Se dio cuenta en seguida de que la chica era fina delicada, con una educación insuperable, pero al mismo tiempo se percató, dada su experiencia feminil, de que estaba desesperada y tanto se le daba una cosa u otra.
El no era de los hombres que se aprovechan de las ocasiones. Ni siquiera las buscaba. Si éstas llegaban, no las desaprovechaba. Unicamente eso.
Se alzó de hombros.
La voz de Ada Sarasola volvió a detener sus pensamientos :
—Hace dos semanas, después de vivir un año en aquel infierno, Felipe logró internar a mamá... No sé cómo se las pudo arreglar. Sus amigos médicos, su influencia, sus mentiras... Hoy es... administrador de mis bienes, pero no es eso lo que me inquieta.
—Debiera inquietarte.
Ella lo miró desesperadamente.
—¿Después de saber que mamá está entre locos, no siendo ella loca?
—Quizá tu ternura te haga indulgente.
—Mamá está tan cuerda como yo. ¿Te enteras? Tan cuerda como yo.
Era apasionada.
Muy apasionada.
Y, sin embargo, mirándola, daba la sensación de que era pasiva e indiferente, y que estaba muy desesperada.
—Vamos a dar un paseo. No hables de eso ahora. Prefiero... que hablemos de nosotros dos.
—No puedo. He huido de mi casa hace quince días. Estoy a punto de terminar el dinero.
—No te preocupes por eso.
Lo miró otra vez desconcertada.
* * *
Como un autómata, ella echó a andar paseo marítimo abajo. El emparejó con ella, casi sin darse cuenta.
—Eres menor de edad —adujo Alberto, rompiendo el embarazoso silencio—. Tu padrastro puede reclamarte.
—No lo hará. Sabe que intentaré demostrar que mamá no está loca. Sabiéndome lejos, vive más tranquilo.
—¿No tienes amigos que puedan ayudarte?
—No. Al casarse mamá, dejamos nuestra ciudad natal. Fuimos a vivir a la de Felipe. Es decir, fue mamá, pues yo aún me hallaba en el pensionado. Yo conocí los manejos de Felipe Pelayo el año pasado, pero ya entonces mamá veía visiones, parecía realmente trastornada. Me di cuenta de que Felipe trataba de internarla, y no fui capaz de impedirlo. Es hombre diabólico, sabe hacer las cosas.
—¿No tienes un solo pariente?
—Una prima de mamá en una ciudad del Norte. Pero desde hace un año viaja con su marido por América. No me será fácil localizarla.
—Lo siento, Ada.
Ella se detuvo un segundo para mirarlo.
Era de estatura corriente. Más bien frágil. Sin ser bonita, tenía un no sé qué que gustaba. Quizá sus negros cabellos cortos, sus ojos tan negros como sus cabellos o el dibujo suave de sus labios un poco largos y húmedos. Y sobre todo era de una elegancia extremada.
Alberto, al conocerla, no pensó en una aventura. El no era un sádico.
No obstante, aquella amistad con Ada Sarasola iba enredándose sin darse cuenta... Y sin darse cuenta asimismo, trataba en parte de mitigar su dolor. No sabía cómo, pero lo cierto es que le interesaba mitigarlo.
—¿Quieres olvidarte de eso y venir a comer conmigo por ahí? —consultó su reloj—. Son las once de la noche.
—Volveré al hotel —dijo ella, alzándose de hombros.
Alberto la asió por un brazo.
—Vamos, vamos, eres joven y tienes que olvidarte de ese asunto. Verás cómo se arregla.
—Falleciendo mamá en el sanatorio psiquiátrico.
—O demostrando que su marido es un sinvergüenza.
—Felipe Pelayo es un tipo inteligente. No habrá forma de pillarlo en un desliz. No me interesa mi fortuna —añadió con súbito ardor—. Que se vaya con ella al fin del mundo, pero que deje en paz a mamá. Ella se casó enamorada —añadió bajísimo, como reflexionando en alta voz—. Quedó muy sola al morirse papá... Yo estaba en el pensionado. Ella era joven... Lógico...
—No fue lógico que te dejara a ti en el pensionado y se casara con un hombre que no la mereció. Una madre tiene el deber de saber elegir, y sobre todo de preocuparse más por sus hijos.
Ada se detuvo como si la clavaran en el sitio.
—Mamá me quería —dijo como si de su garganta saliere un grito, no una frase.
Alberto comprendió que ella no deseaba pensar lo contrario. Que si bien su subconsciente lo pensaba, su amor hacia su madre la obligaba a desvanecer aquella fugaz llamada de rebeldía.
—Admitámoslo así —adujo suavemente, y tomándola del brazo, añadió—: Vamos por ahí. Cenaremos y luego iremos a una sala de fiestas.
Se fue con él y cenaron juntos, y luego se fueron a una sala de fiestas, y a la madrugada volvían a pasear por las calles de aquella ciudad casi desconocida para los dos.
Alberto, automáticamente le pasó un brazo por los hombros. La atrajo hacia sí. Le gustaba consolarla. De repente sentía que le agradaba endulzar un poco aquella terrible aspereza juvenil.
—¿Vamos a mi hotel? —preguntó al rato, buscando sus ojos en la oscuridad de la húmeda madrugada.
—¿Por qué?
—No sé... Te lo pregunto. Si tú quieres.
Fue.
II
El le dijo un día, cinco después:
—Tengo que regresar a casa. ¿Qué vas a hacer tú?
Ada Sarasola